Conan de Cimmeria

ConandeCimmeria

Sabe, oh príncipe, que entre los años del hundimiento de Atlantis y las resplandecientes ciudades bajo los océanos, y los de la aparición de los hijos de Aryas, hubo una edad olvidada en la que el mundo estaba cubierto de brillantes reinos como mantos azules bajo las estrellas: Nemedia, Ofir, Brithunia, Hiperbórea, Zamora, con sus muchachas de oscuros cabellos y sus torres plagadas de arácnidos misterios, Zingara y sus caballeros, Koth, limítrofe con las tierras pastoriles de Shem, Estigia, con sus tumbas custodiads por sombras, e Hirkania, cuyos jinetes vestían de acero, seda y oro. Pero el más orgulloso reino del mundo era Aquilonia, que reinaba soberana sobre el soñoliento oeste. Y allí llegó Conan, el cimmerio, el pelo negro, los ojos sombríos, la espada en la mano, un ladrón, un saqueador, un asesino, de gigantescas melancolías y gigantescos pesares, para pisotear con sus sandalias los tronos enjoyados de la Tierra.

ANTICIPO:
La puerta se abrió y la reja estaba corrida; se vio una enorme figura Oscura recortada contra el resplandor de las antorchas. La figura entró, y, cuando se acercó, Conan vio que se trataba de un negro gigantesco, desnudo, que llevaba una enorme espada en una mano y un manojo de llaves en la otra. El negro hablaba en el dialecto de la costa, y Conan respondió en la misma lengua; la había aprendido en su época de corsario en las costas de Kush.

-Hace mucho que quería encontrarte, Amra -le dijo el negro, llamándolo por el nombre con el que lo conocían los kushitas de su época de pirata… Amra el León.

El esclavo esbozó una sonrisa casi animal, enseñando sus blancos colmillos. Los ojos le brillaban con fulgor rojizo a la luz de las antorcha.

-He arriesgado mucho para venir a verte. ¡Mira! ¡Las llaves de tus grilletes! Se las robé a Shukeli. ¡Qué me darás por ellas? -preguntó, agitando las llaves delante de los ojos de Conan.

-Diez mil monedas de oro -contestó el rey rápidamente, con una esperanza en el corazón.

-¡No es suficiente! -repuso el negro gritando, con feroz alegría en su rostro de ébano-. No es suficiente teniendo en cuenta el riesgo que corro. Tsotha es capaz de enviar a sus monstruos para que me devoren, y si Shukeli se da cuenta de que le robé las llaves, me colgará del… bueno, ¿qué me das?

-Quince mil monedas y un palacio en Poitain -ofreció el rey.

El negro lanzó un alarido y se puso a dar saltos de alegría.

-¡Más! -pidió a gritos-. ¡Ofrece más! ¿Qué me darás?

-¡Perro negro! -dijo Conan, con un rojo velo de furia en los ojos-. ¡Si es tuviera libre, te rompería el cuello! ¿Acaso Shukeli te envió aquí para que te burlaras de mí?

-Shukeli no sabe nada de esto, hombre blanco -repuso el negro, estirando su grueso cuello para mirar fijamente a Conan a los ojos-. Te conozco desde hace mucho tiempo, cuando yo era el jefe de un pueblo libre, antes de que los estigios me vendieran a esas gentes del norte. ¿No recuerdas el saqueo de Abombi, cuando tus lobos de mar nos atacaron? Tú mataste a un jefe delante del palacio del rey Ajaga, y el otro jefe huyó. Mi hermano fue el que murió, y yo huí. ¡Exijo que pagues con sangre, Amra!

-Si me liberas, te daré tu peso en oro -dijo Conan con un gruñido.

Los ojos centellearon, y los blancos dientes brillaron como los de un lobo a la luz de las antorchas.

-Sí, perro blanco, eres como todos los de tu raza, pero, para un negro, el oro jamás puede sustituir a la sangre. ¡El precio que exijo es… tu cabeza!

El eco de estas últimas palabras, pronunciadas a gritos, resonaron en el calabozo. Conan se puso en tensión, apretando inconscientemente los grilletes con una sensación de repugnancia ante la idea de morir como una oveja. En aquel preciso instante vio una vaga sombra espantosa moviéndose en la oscuridad.

-¡Tsotha jamás lo sabrá! -dijo el negro, riendo como un demonio, demasiado ebrio de triunfo para darse cuenta de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, demasiado ciego de odio para notar que la Muerte se balanceaba a sus espaldas-. No entrará en este foso hasta que los demonios te hayan destrozado los huesos. ¡Tendré tu cabeza, Amra!

El negro separó las piernas, que parecían columnas de ébano, y empuñó su enorme espada con las dos manos. En aquel momento, la gigantesca sombra que había a sus espaldas dio un salto, y la cabeza en forma de cuña golpeó con una fuerza tal que el impacto resonó en los túneles. De la boca del negro no surgió ni un solo sonido a pesar de que los labios se distendieron de dolor. Conan vio que la vida se escapaba por los grandes ojos negros con la misma rapidez con que se apaga una vela. El enorme cuerpo del negro cayó al suelo, y la cosa lo rodeó con sus brillantes anillos. Poco después, Conan oyó el ruido de huesos rotos. Entonces, algo hizo que su corazón latiera aceleradamente. La espada y las llaves cayeron de las manos del negro y fueron a dar casi a los pies del cimmerio.

Conan trató de agacharse para recogerlas, pero la cadena era demasiado corta. Casi ahogado por los latidos de su corazón, estiró un pie y asió las llaves con los dedos; después levantó el pie y las cogió con la mano, ahogando con dificultad un grito de alegría feroz que asomaba instintivamente a sus labios.

Después de manosear un rato los cerrojos, quedó libre. Recogió la espada del suelo y miró a su alrededor, donde no había más que oscuridad. Conan se dirigió hacia la puerta abierta. Dio unos pasos y se encontró en el umbral. Una risa chillona resonaba en el foso, y la reja volvió a su lugar de un golpe. A través de esta vio un rostro demoníaco… Shukeli, el eunuco, había seguido el rastro de las llaves que le habían robado. Seguramente no vio la espada que tenía el prisionero en la mano. Conan profirió un juramento y atacó con la rapidez de la cobra; la enorme espada pasó entre los barrotes, y la risa de Shukeli se convirtió en un grito de agonía. El obeso eunuco se inclinó hacia adelante, como haciendo una reverencia a su asesino, y cayó al suelo con las manos regordetas apretando las entrañas que escapaban de su abdomen.

Conan gruñó con salvaje satisfacción, pero seguía prisionero. Las llaves no servirían para abrir el cerrojo, que solo podía ser accionado desde fuera. Tocó los barrotes y vio que eran duros como la espada; si intentaba cortarlos, solo conseguiría destrozar su única arma. Pero notó unas marcas dentadas en los barrotes de hierro, como de unos colmillos increíbles, y se preguntó con un estremecimiento qué monstruos terribles habrían intentado forzar aquellos barrotes. Solo podía hacer una cosa: buscar otra salida. Cogió una antorcha y avanzó por el corredor espada en mano. No vio ningún rastro de la serpiente ni de su víctima, salvo una enorme mancha de sangre en el suelo de piedra.

El cimmerio avanzó sin hacer ruido en la oscuridad, mitigada tan solo esta por la luz vacilante de su antorcha. Caminó con cautela, observando cuidadosamente el suelo, para evitar caer en algún pozo. De repente oyó el llanto desgarrador de una mujer. Supuso que se trataría de otra de las víctimas de Tsotha. Maldijo al hechicero una vez más y se volvió hacia un túnel más pequeño y húmedo, siguiendo el sonido, que llegaba a sus oídos.

Este se hizo cada vez más nítido a medida que avanzaba. Levantó la antorcha y vio una silueta en las sombras. Se acercó más y se detuvo de repente, horrorizado, al ver una masa antropomórfica. Parecía un pulpo, pero sus deformes tentáculos eran demasiado cortos, y su cuerpo como una gelatina repugnante. Por encima de li masa gelatinosa asomaba una cabeza similar a la de un sapo, y se quedó petrificado de asco y de horror cuando se dio cuenta de que el llanto provenía de aquellos labios repugnantes. El ruido se convirtió en una risa abominable cuando los enormes ojos del monstruo se posaron en él, y se le acercó moviendo el cuerpo tembloroso. Conan retrocedió y huyó por el túnel, no confiando en su espada. La cosa podía estar hecha de materia terrenal, pero se estremecía al verla, y dudaba que un arma humana pudiera hacerle daño. Durante un breve lapso oyó que la cosa se agitaba a sus espaldas, y se reía con una risa terrible. La nota inconfundiblemente humana de su risa lo volvía loco. Era la misma risa que había oído de los gruesos labios de las lascivas mujeres de Shadizar la Maldita, cuando se desnudaba a las muchachas cautivas en la subasta pública. ¿Por medio de qué artes infernales había dado vida Tsotha a aquel ser antinatural? Conan tenía la extraña sensación de estar viendo una blasfemia contra las leyes eternas de la naturaleza.

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Interplanetaria

6 Opiniones

Escribe un comentario

  • Lupus
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    Excelente presentación, pero son las traducciones de Martinez Roca, hechas a partir de las ediciones de De Camp y Carter, con lo que no son realmente las canónicas originales de Howard.

  • Motorola
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    Vaya. Una pena. Veremos algun dia el conan canonico?

  • Gamero
    on

    La pinta es preciosa, pero de momento esperaré a la edición en rustica, y no la de lujo. Sesenta euritos son muchos.

  • I
    on

    La verdad es que esa edición canónica se está resisitiendo un pelín :(

  • Lobo
    on

    ¿Alguien sabe cuándo aparece el siguiente tomo?

  • Wamba
    on

    No le falta mucho. Probablemente en otoño, como el anterior.

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