Corum

CorumMichaelMoorcock

Corum incluye los tres libros de la trilogía de las espadas: Caballero de espadas, Reina de espadas y Rey de espadas.
La vida en el castillo Erorn es plácida y sosegada. El príncipe Corum Jhaelen Irsei y su familia disfrutan cultivando las artes, la música y la poesía, ajenos como al resto de los vadhagh a las guerras, el dolor, la cóloera y la envidia propias de los humanos, los madben. Pero esta tranquilidad no puede durar eternamente y a la vuelta de uno de sus viajes Corum descubre que su castillo y su familia han sido destruidos.
Llevado por la ira, COrum buscará la venganza de los suyos, sin pensar que ello le llevará a entrentarse no sólo a los madben, sino a los Señores de las Espadas, los verdaderos responsables de que el mundo haya sucumbido al terrible poder del Caos.
En su misión contará con la ayuda de Rhalina, una bella mujer mabden, de Jhary-a-Conel, compañero de héroes, y del ojo Rhynn y la mano de Kwll, dos armas formidables, pero a la vez siniestras.

ANTICIPO:

En aquellos días había océanos de luz, ciudades en el cielo y salvajes bestias voladoras de bronce. Había manadas de ganado carmesí que bramaban, más altas que castillos. Había seres chillones y repugnantes que infestaban ríos salvajes. Era un tiempo en que los dioses se manifestaban en nuestro mundo con todos sus atributos; un tiempo de gigantes que caminaban sobre el agua; de duendes sin mente y criaturas deformes que podían ser convocadas por un pensamiento mal calculado y que sólo podían ser alejadas con el dolor de algún terrible sacrificio; un tiempo de magia, fantasmas, naturaleza inestable, sueños frustrados, pesadillas corpóreas.
Era un tiempo rico y oscuro. El tiempo de los Señores de las Espadas. El tiempo en que los vadhagh y los nhadragh, enemigos seculares, se extinguían. El tiempo en que el hombre, esclavo del miedo, emergía sin darse cuenta de que gran parte del terror que experimentaba era simplemente consecuencia de su nacimiento. Era una de las muchas ironías relacionadas con el hombre (que, en aquellos días, llamaba a su propia especie «los mabden»).
Los mabden vivían breves existencias y se multiplicaban prodigiosamente. En pocos siglos llegaron a dominar el continente occidental, donde habían evolucionado. La superstición los disuadió de enviar sus flotas hacia las tierras de los vadhagh y los nhadragh durante uno o dos siglos, pero poco a poco, al no encontrar resistencia, se envalentaron y comenzaron a sentir celos de las razas más antiguas; celos que se convirtieron en malsana envidia.
Los vadhagh y los nhadragh no se daban cuenta de ello. Habían habitado durante un millón de años o más aquel mundo, que al fin parecía en paz. Sabían de la existencia de los mabden, pero no los consideraban muy diferentes de los otros animales. Aunque continuaban manteniendo sus odios atávicos, vadhagh y nhadragh ocupaban sus largas horas en meditar sobre abstracciones, en crear obras de arte y en cultivar, en definitiva, el pensamiento. Racionales, sofisticadas, satisfechas consigo mismas, aquellas antiguas razas eran incapaces de creer en los cambios que se habían producido. De ese modo, y como casi siempre ocurre, ignoraron los presagios.
No había intercambio de conocimientos entre los dos antiguos enemigos, a pesar de que su último combate había tenido lugar muchos siglos atrás. Los vadhagh vivían en grupos familiares que ocupaban castillos aislados, dispersos por todo un continente llamado por ellos Bro-an-Vadhagh. Apenas había comunicación entre aquellas familias, pues los vadhagh habían perdido tiempo atrás el impulso de viajar. Los nhadragh por su parte vivían en sus ciudades, construidas en las islas de los mares al noroeste de Bro-an-Vadhagh. También ellos mantenían pocos contactos, ni siquiera con sus parientes más cercanos. Ambas razas se consideraban invulnerables. Y ambas estaban equivocadas. El hombre, recién llegado, comenzaba a multiplicarse
y extenderse como la peste por el mundo. Una peste que atacaba a las razas antiguas allí donde las encontraba. Y no sólo era muerte lo que el hombre llevaba consigo, sino también terror. Deliberadamente, redujo el mundo antiguo a ruinas y huesos. De forma inconsciente, provocó un desorden de tal magnitud que incluso los grandes dioses antiguos eran capaces de comprenderlo.
Y así, los grandes dioses antiguos empezaron a conocer el miedo.
Y el hombre, el esclavo del miedo, orgulloso en su ignorancia, continuó su progreso a tropezones. Era ciego ante los grandes cataclismos levantados por sus ambiciones, aparentemente insignificantes. De hecho, su sensibilidad era deficiente, y lo hacía incapaz de percibir la multitud de dimensiones que llenaban el universo, cada plano en intersección con varios otros. No era el caso de los vadhagh o de los nhadragh, que habían sabido moverse libremente entre las dimensiones que ellos denominaban los cinco planos. Habían observado y comprendido la naturaleza de los muchos planos, además de los cinco a través de los cuales se movía la tierra.
Parecía, por tanto, una terrible injusticia que aquellas sabias razas perecieran a manos de criaturas que todavía eran poco más que animales. Era como si los buitres se dieran un festín y se pelearan sobre el cuerpo paralizado de un joven poeta que sólo pudiera mirarlos con ojos confusos mientras ellos le robaban lentamente una existencia exquisita que nunca podrían apreciar, que nunca sabrían que estaban arrancando.
–Si apreciaran lo que robaron, si supieran lo que estaban destruyendo –dice el vadhagh de la leyenda «La única flor del otoño»–, me sentiría consolado.
Era injusto. Al crear al hombre, el universo había traicionado a las razas antiguas.
Pero era una injusticia eterna y habitual. Los seres vivos pueden percibir y amar el universo, pero el universo no puede percibir y amar a los seres vivos. El universo no distingue entre la multitud de criaturas y elementos que lo constituyen. Todos son iguales. Ninguno es favorecido. El universo, provisto sólo de materia y del poder de crear, continúa creando. No puede controlar lo que crea y no puede, al parecer, ser controlado por sus creaciones (aunque algunos pueden engañarse a sí mismos pensando lo contrario). Los que maldicen la obra del universo maldicen a un sordo. Los que la golpean, luchan contra lo indiferente. Los que, airados, agitan el puño, lo hacen ante ciegas estrellas.
Pero esto no impide que haya quienes intenten combatir y destruir lo invulnerable. Siempre habrá seres semejantes; algunas veces, se tratará de seres de gran sabiduría, que no podrán soportar creer en un universo indiferente.
El príncipe Corum Jhaelen Irsei fue uno de ellos. Fue tal vez el último de la raza vadhagh, y a veces fue llamado el príncipe de la túnica escarlata. Esta crónica trata de él.

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Interplanetaria

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