Cuando rompe el dia

CuandoRompeEldiaMaryJaneClark

Constance Young era la estrella indiscutible de las mañanas de la televisión, pero sus planes para trasladarse de cadena junto con su leal público se vieron truncados cuando terminó en el fondo de su piscina. Y su famoso amuleto en forma de unicornio, el eje central de una próxima exposición sobre Camelot en el museo de Los Claustros de Nueva York,ha desaparecido. Eliza Blake, veterana de los programas de la mañana y ahora reina de los informativos de la tarde, está decidida a averiguar quién quería quitar de en medio a Constance… Pero mientras más ahonda, más se enreda la pista del asesino. Lo único que sabe es que cuanto más se acerque a él más cerca estará de su propia muerte.

ANTICIPO:

Prólogo

Jueves 17 de mayo

—Es un tesoro —dijo el encargado del refugio de animales señalando a la pequeña sabuesa de ojos tristes que miraba desde su jaula—. Es una cosita muy dulce pero aún está algo desorientada. Su antigua dueña murió y nadie de su familia quiere quedarse con ella.
—La verdad es que pensaba en algo más grande.
—Bueno, por aquí tenemos un bonito pastor escocés cruzado con pastor alemán.
El animal estaba sentado en el suelo de su redil con la cabeza echada sobre las patas delanteras extendidas. Cuando el encargado se acercó, el perro se puso en pie, meneó el rabo y apretó la nariz contra el cristal con impaciencia.
—¿Por qué está aquí?
—El dueño decía que soltaba demasiado pelo, ¿se lo imagina? Es un perro muy inteligente, leal y en el que se puede confiar, pero no valía la pena cepillarlo a diario.
—¿Y aquel?
El encargado se giró hacia el gran redil que había pegado a la pared.
—Ah, el gran danés. Es nuestro gigante manso, pero no se le encuentra un lugar fácilmente. Se comería la casa y el hogar de cualquiera.
—¿Cuánto cree que pesa?
—Se lo digo ahora mismo.
El encargado abrió la jaula y condujo al perro negro hacia el peso que había en la parte trasera de la habitación.
—Cincuenta y un kilos —anunció mientras acariciaba el corto y brillante pelaje del perro.
—¿Es muy difícil de manejar?
—Es un amor, muy cariñoso y juguetón. Lo adiestraron bien de cachorro. Por desgracia, su dueño tuvo que mudarse a la otra punta del país y no podía llevarse el perro con él.
El perro le lamió la mano al encargado.
—¿Cómo se llama?
—Marco.
—¿Polo?
El encargado se encogió de hombros y sonrió.
—¿Qué puedo decirle?
—¿Le gusta el agua?
—Debería, a los daneses les suele gustar.
—Creo que este es el mío.
—¿De verdad? —preguntó el encargado—. Los daneses necesitan un gran patio y mucho espacio para hacer ejercicio. Necesita largos paseos con regularidad.
—Prometo dárselos; no hay problema.
Después de pagar en efectivo la tasa de adopción y de rellenar el formulario para la licencia, el encargado le extendió un papel sobre el mostrador.
—Aquí tiene una lista de instrucciones y la comida que se sugiere darle al perro.
—Muchas gracias.
Nada más salir con Marco y caminar por la acera, la nueva persona encargada de él tiró las instrucciones a una papelera.
A medida que el vehículo se alejaba cada vez más de Manhattan, los árboles que bordeaban la carretera eran más numerosos, cubiertos de frescas hojas verdes primaverales. Por las ventanillas abiertas entraba una brisa de mayo cálida y dulce poco habitual. El perro asomó la nariz al fuerte aire cuando el coche aceleró al pasar por la avenida del río Hutchinson, a la vez que la persona que ahora cuidaba de él se quitaba la gorra de béisbol y las gafas de gruesos cristales que había comprado en una tienda de artículos variados.
Sin tráfico, solo había una hora de camino hasta la casa de campo de Constance Young. Aún faltaban unas horas para que comenzara la hora punta de la tarde y los coches embotellaran las carreteras y autovías que ya se habían quedado pequeñas para dar cabida a las necesidades de movilidad de una población en constante expansión. Debería tener tiempo suficiente para correr y volver en coche a la ciudad.
El coche se incorporó a la interestatal 684 antes de salir hacia Bedford. Después de dejar atrás algunas granjas de piedra y jardines en flor, el vehículo se adentró aun más en el campo. Aquel extenso prado ondulado era el lugar perfecto para que los caballos bien cuidados pastaran, hicieran ejercicio y descansaran.
El éxito tenía muchas recompensas y, definitivamente, tener una casa allí era una de ellas. Tener una propiedad en aquella zona proporcionaba privacidad, aislamiento y sensación de bienestar. Constance debía sentirse protegida cuando iba a pasar los fines de semana allí.
Obligado a girar al final de la carretera, el coche cruzó un pequeño puente y subió por una colina. En lo alto, una cancela de madera fácil de abrir y un camino de gravilla conducían a una casa de varias plantas escondida tras unos árboles. Al apagar el motor, el perro tocó la ventanilla con las patas con nerviosismo. Quien conducía se inclinó y abrió la puerta del coche. El animal salió de un salto y se dirigió hacia un arbusto cercano para aliviarse.
—Buen chico, Marco. Buen chico.
El gran danés meneó la cola observando mientras la persona que lo había traído caminaba hacia la parte trasera del coche y sacaba del maletero un rollo de cable naranja y una caja.
—Vamos, chico.
El perro hizo lo que le dijo y siguió el camino que rodeaba la casa y bajaba hacia la piscina. El perro observó como aquella persona entraba en una de las cabañas que flanqueaban la piscina pero perdió el interés cuando insertó uno de los extremos del cable naranja en el enchufe de la pared. Mientras el cable era desenrollado, Marco se puso a perseguir una ardilla que correteaba entre los árboles.
—Marco, Marco. Vuelve. Vuelve aquí ahora mismo.
El perro llegó trotando del bosque. Jadeaba y venía cubierto de barro.
—Ay, Marco. Mírate. ¿Qué has hecho?
El perro sintió el descontento de la voz de aquella persona.
—Por aquí, Marco. Vamos. Métete en el agua y lávate.
El perro miraba fijamente el dedo que señalaba el agua.
—Vamos. Métete en el agua, chico.
Lanzó una pelota de goma hacia el lado menos profundo de la piscina. Marco fue a por ella, con la cabeza erguida fuera del agua y batiendo las patas bajo la superficie, raspando el fondo con las uñas. Alcanzó la pelota, la cogió con la boca y se dio la vuelta hacia la persona encargada de él. Pero entonces Marco vio cómo caía otra cosa a la piscina, algo grande y brillante atado al cable naranja.
En cuanto el tostador alcanzó el agua, la electricidad recorrió el cuerpo del perro. Sus pulmones lucharon por respirar, el corazón dejó de latir y la cabeza se hundió bajo la superficie.
La persona observaba de cerca.
Sí. Será suficiente corriente.

Viernes 18 de mayo

1

Comenzaban las prisas de la mañana.
Desayuno tomado. Dientes cepillados. Cabello recogido. Zapatos atados. Suéter abotonado.
Eliza llevaba la mochila de su hija mientras azuzaba a Janie hacia el garaje.
—¿Llevas algo aquí dentro que yo deba ver? —preguntó Eliza.
La expresión de perplejidad de Janie hizo que Eliza corriera a abrir la cremallera de la bolsa de nailon. Sacó una hoja de papel amarilla.
—Ah, sí. Tienes que rellenarla, mami —dijo Janie—. Es para el picnic.
Eliza le echó un vistazo a la nota. El picnic familiar de la clase de primero para celebrar el final del curso escolar iba a tener lugar en unas semanas.
—Suena bastante divertido, cariño —dijo Eliza mientras cogía un bolígrafo de la encimera de la cocina—. ¿Les preguntamos a Kay Kay y a Poppy si quieren venir?
Janie negó con la cabeza con expresión seria.
—No, mami. La señora Ansley dijo que ni abuelos ni amigos. Es solo para padres e hijos.
Gracias, señora Ansley, pensó Eliza. Muchas gracias.
—Estoy segura de que si se lo pidiera, la señora Ansley nos dejaría llevar a Kay Kay, a Poppy e incluso a la señora García —dijo Eliza.
Janie negó con la cabeza.
—No, no. La señora Ansley dice que no hay espacio suficiente y que no puede hacer ninguna cepción.
—Excepción —corrigió Eliza.
—Excepción —repitió Janie—. La señora Ansley dice que no hace ninguna excepción.
Eliza no tenía ganas de escuchar nada más sobre lo que la señora Ansley tuviera que decir. Cogió el bolígrafo y firmó el papel con su nombre y rellenó la información necesaria.
Un niño. Un adulto.
En la familia Blake había solo dos personas que podían ir al picnic de la clase de primero.

Eliza se apresuró de vuelta a casa después de dejar a Janie. Se sirvió otra taza de café y se puso delante de la televisión de la cocina justo a tiempo. Constance Young miraba directamente desde la pantalla y le brotaban lágrimas de sus luminosos ojos azules.
—Todos los años que he pasado aquí con todos vosotros han significado mucho más de lo que puedo expresar. Cada mañana nos hemos enfrentado juntos al mundo. Hemos aprendido nuevas cosas juntos, hemos explorado posibilidades juntos, nos hemos reído juntos y nos hemos enfrentado a un sinfín de crudas realidades juntos.
Mientras escuchaba las palabras que provenían de la televisión, Eliza se encontró admirando la preciosa chaqueta verde corta de Constance y la iluminación que acentuaba el brillo de su piel y de su pelo siempre rubio. Eliza se preguntó si debería discutir con el director sobre hacer algunos ajustes en la iluminación de su plató de Titulares de la noche. Definitivamente hablaría con Doris sobre aumentar un poco la magia del maquillaje para disimular la oscuridad que inevitablemente se formaba debajo de sus ojos. En las últimas cintas que Eliza había repasado, no había duda de que tenía aspecto de cansada.
Cuando Eliza pasó de presentar CLAVE para América a llevar Titulares de la noche, se sintió emocionada con su logro profesional y con el privilegio de haberse convertido en una de las pocas personas elegidas para dar las noticias diarias al público. Pero la madre que había en ella también había ansiado tener un horario más civilizado. Ya no tendría que volver a levantarse a las cuatro de la mañana. nunca más. Podía desayunar con Janie y llevarla al colegio por la mañana antes de ir a trabajar. Otras madres quizá resoplaran con lo trabajoso que era llevar y recoger a sus hijos todos los días, pero Eliza, aunque podía permitirse un chófer, disfrutaba de la normalidad de aquellos viajes con su hija de primero. Resultó que la realidad del trabajo de presentadora de la noche implicaba tanto estudio, tarea y viajes como su anterior puesto y, aunque Janie y ella podían compartir huevos revueltos por las mañanas, nunca cenaban juntas durante la semana. Eliza consideraba que había sido un buen día cuando llegaba a casa a tiempo para acostar a su hija por la noche.
Constance Young había sustituido a Eliza en CLAVE para América y ahora Constance también dejaba aquel programa de la mañana de tanto éxito, pero no por las noticias de la tarde, ni si quiera por otro puesto en Noticias. Constance se iba a la competencia. El mes siguiente estaría saludando a los espectadores de la mañana desde otra cadena. Aquel día era su última aparición en CLAVE para América y Eliza quería escuchar cada palabra del discurso de despedida.
—Las noticias no siempre han sido felices o previsibles. Todo lo contrario. A veces las cosas a las que nos hemos enfrentado juntos eran casi imposibles de imaginar. Pero siempre he creído que no importaba lo preocupantes o dolorosas que pudieran ser, el reunirnos cada mañana y compartir los temas y problemas del día aliviaba un poco esa carga. Es tranquilizador saber que hay millones de personas escuchando lo mismo a la vez, a los que va dirigida la misma información. Y, porque el saber es poder, salimos mejor preparados para el día a día, mejor preparados para cuidar de nuestros hijos y padres, más capaces de ser mejores cónyuges y amigos, con más posibilidades de ser ciudadanos responsables.
Tras una pausa para secarse una lágrima que le asomaba por el rabillo del ojo, Constance sonrió enérgicamente y prosiguió.
—Hay mucha gente a la que debería dar las gracias, pero no hay tiempo para nombrarlos a todos. Sin embargo, tengo que expresarle mi gratitud a Harry. Ha sido el mejor compañero con el que se pueda desear compartir esta mesa cada mañana y voy a echarlo de menos mucho más de lo que soy capaz de expresar.
El director cambió a un doble plano de Constance y Harry Granger sentados al lado. Constance se inclinó y le dio un beso en la mejilla a su copresentador.
—Y le deseo la mejor de las suertes a mi sucesora, Lauren Adams, quien ya ha formado parte de la familia de Noticias CLAVE como nuestra corresponsal de estilos de vida. Sé que Lauren lo hará maravillosamente bien como presentadora.
Constance miraba desde la pantalla con seriedad.
—La familia de CLAVE para América es justamente eso, una familia. Incluye a toda la gente que aparece en la pantalla cada mañana, las innumerables personas que no ven trabajar tan duro detrás de los platós para que podamos emitir en directo y a todos ustedes, los espectadores. Sin ustedes, CLAVE para América no existiría. Gracias a ustedes, CLAVE para América continuará y prosperará. Mi marcha solo es un parpadeo de la pantalla del radar.
Eliza sonrió mientras colocaba la taza de café sobre la encimera. Si no hubiese conocido a Constance Young ni hubiese sido testigo de lo que había ocurrido durante aquel último año, habría pensado que la famosa personalidad de los programas de la mañana sentía verdaderamente todo lo que decía.

2

—Necesito este trabajo —susurró B. J. D’Elia.
—Yo también —dijo Annabelle Murphy, a su lado fuera del estudio de CPA. El cámara y la productora esperaban su entrada.
—Así que voy a sonreír hasta que me duela la cara —dijo B. J.
Cinco minutos antes del final de la emisión, trajeron al plató de para América una tarta rectangular con una elaborada decoración. El productor ejecutivo Linus Nazareth salió de la cabina de control y se unió a los otros miembros del equipo, que se habían colocado alrededor de Constance Young.
Sirvieron champán y Harry Granger alzó su copa.
—Por Constance. Gracias por soportarme y por hacer que cada mañana parezca mejor de lo que soy. Buena suerte en… —Harry se aclaró la garganta—. En tu nuevo trabajo. Ahora que vamos a ser competencia no voy a contarle a nadie dónde te van a ver.
Todo el mundo en el plató se rió y alguien gritó:
—¡Como si ahí fuera no supieran ya dónde se va Constance!
En la periferia de la reunión, B. J. farfulló por lo bajo:
—Harry tiene que sentirse bastante aliviado por librarse de ella. Yo lo estoy.
—No sé, Be Jota —le contestó Annabelle también en voz baja—. Ten cuidado con lo que deseas. Lauren Adams tampoco es ningún regalito.
—Me cuesta creer que pueda haber alguien peor que Constance —dijo B. J.—. Es la peor pesadilla de cualquier cámara; siempre está sacando faltas a sus planos y a la iluminación. Es una verdadera arpía.
Annabelle hizo una mueca.
—Perdona, Annabelle. Se me olvidaba que sois amigas.
—Éramos amigas, Be Jota. Lo éramos. Constance ya no es la misma.
En el momento en que salieron los créditos y el público ya no pudo ver nada más de lo que ocurría en el estudio de CLAVE para América, las sonrisas se borraron y Annabelle y B. J., al igual que todos los demás a los que les habían dicho que participaran en la celebración de Constance, se dieron la vuelta y se alejaron.

3

Stuart Whitaker se puso bien las gafas de monturas negras mientras miraba fijamente y con tristeza el programa de televisión. Constance vestía de verde, el color de la deslealtad. Sin lugar a dudas, ella sabía que él vería su despedida aquella mañana y le estaba restregando por las narices que no iba a ser sincera con él. Peor aun, llevaba puesto el amuleto del unicornio coronado, ahí delante de millones de espectadores.
¿En qué estaba pensando? ¿Intentaba destruirlo?
Stuart abandonó el plató y se dirigió hacia la ventana pasándose la mano por su cabeza calva. Se quedó mirando fijamente el edificio Chrysler y los demás edificios de apartamentos del complejo. Un hombre de su fortuna podía permitirse vivir sin problemas en algún otro lugar más prestigioso, pero Stuart prefería su apartamento de dos dormitorios en Ciudad Tudor, un distrito histórico en las afueras de Manhattan. El aire de «mundo antiguo» de aquel lugar encajaba con él. Era un lugar tranquilo y apartado de la frenética vida de la ciudad, con su encantador estilo arquitectónico inspirado en la dinastía inglesa de los Tudor.
Gárgolas, dragones y otras criaturas místicas observaban desde el tejado del edificio. Su vestíbulo estaba adornado con tapices y vidrieras de colores. Los exteriores de los edificios vecinos lucían minuciosas mamposterías e inscripciones.
Había parques privados donde, cuando hacía buen tiempo, podía pasear, meditar, sentarse y leer.
Sin embargo, Constance no había apreciado el encanto de aquel lugar. Solo había ido a su apartamento una vez. Él mismo le había preparado la cena, una versión de una comida medieval: lucio con zanahorias y chirivías y manzanas y peras asadas. Le explicó que en la Edad Media el pescado había sido famoso por su pureza.
—Y Dios le dijo a Adán: «Maldita sea la tierra por tu causa» —le había contado Stuart citando el Génesis—. ¿Ves, Constance? La gente de aquel entonces pensaba que el pescado estaba exento de la maldición de Adán.
—Bueno, gracias a Dios que no tuve que vivir en aquella época, Stuart —dijo Constance con una mueca mientras apartaba el plato—. Lo siento, sé que te has tomado muchas molestias, pero no me gusta.
Stuart recordó que le había cogido la mano y se la había besado.
—No hay nada por lo que te tengas que disculpar, cariño.
Enamorado de ella como estaba, era capaz de perdonarle casi cualquier cosa.
Se sintió atraído por ella desde la primera vez que cruzaron sus miradas en una ocasión en que ella, vestida majestuosamente de azul, presidía como maestra de ceremonias una cena benéfica el otoño anterior. La admiró en la distancia durante pocos meses y cada día se levantaba solo para verla en CLAVE para América. Al final tuvo el valor de llamarla a la oficina, y localizarla le resultó más fácil de lo que había creído. Le dejó su número a su asistente y al cabo de unas horas, ella misma le devolvió la llamada. Pasó un tiempo hasta que fuera sincero consigo mismo sobre el porqué.
Para Stuart, los últimos meses habían sido celestiales. Aunque le habría gustado pasar más tiempo con Constance, se sentía agradecido porque habían estado juntos. Había habido cenas a la luz de las velas en algunos de los mejores restaurantes de la ciudad, algunas horas cogidos de la mano en el teatro y paseos en coche de caballos por Central Park. Pero sin duda, la actividad favorita de Stuart había sido enseñarle a Constance su pasión por el arte y la arquitectura medievales.
La tarde que habían pasado caminando por el museo y los jardines de los Claustros fue el mayor de los placeres. Había disfrutado mostrándole a Constance la extraordinaria colección de tesoros artísticos y con sus paseos en aquel majestuoso lugar en la parte alta de Manhattan con vistas al río Hudson, en el parque Fort Tyron.
Constance había sido una pupila entusiasta. Era muy inteligente, y mostró mucho interés en la historia de cómo se construyó el corazón del museo a partir de los monasterios y capillas franceses que habían sido comprados y transportados en barco piedra a piedra, vidriera a vidriera, estatua a estatua de una punta a otra del océano Atlántico. Le fascinaron los siete magníficos tapices de La caza del unicornio que estaban colgados en la galería y quiso saberlo todo sobre el simbolismo de aquella criatura de un solo cuerno. Se maravilló ante las plantas que había en los jardines de los claustros, algunas cultivadas para comer, otras para fines medicinales y otras por sus poderes mágicos. Se sobrecogió con los ataúdes de piedra con las efigies esculpidas de los caballeros y nobles que yacían en la capilla gótica. Después de haber visto las tumbas, Stuart le explicó los principios del amor cortés.
—Se trataba de la idea de que un noble dedicara su vida al amor de una dama.
Aquella relación tenía el fin de halagar a la dama e inspirar al caballero a realizar hazañas atrevidas para ser merecedor del amor de su señora.
¿Qué podía ser más atrevido que conseguir el amuleto que el rey Arturo le había regalado a su amada, Ginebra?
El robo del unicornio de mármol con la corona dorada para Constance había sido atrevido, pero no lo suficiente, al parecer. No le había asegurado su amor. Había arriesgado su reputación con una hazaña que iba en contra de sus principios para ganarse el favor de su dama. Pero Constance había dejado de otorgarle su favor.
Le había pedido que se pusiese el amuleto solo cuando estuviesen solos y ella se lo había prometido. Sin embargo, Constance no solo había roto su promesa, le había roto el corazón.

4

Mientras iba por la autopista West Side, Eliza observaba el río Hudson desde la ventanilla trasera del sedán azul oscuro. Intentaba concentrarse en el día que tenía por delante, pero no dejaba de pensar en el picnic de Janie.
Por lo que Eliza sabía, Janie era la única niña de su clase que no tenía padre. Ya había algunos divorciados entre los padres de los niños de seis años, pero esos padres seguían vivos y seguían formando parte de la vida de sus hijos. Aquellos padres irían al picnic, pero el de Janie, no.
A menudo Eliza se recordaba a sí misma que debía estar agradecida por toda su fortuna, por todos los dones con los que había sido bendecida y por todas los logros que había conseguido. Sin embargo, la pérdida de John era algo que nunca podría superar. Janie y ella tenían una vida buena, una vida maravillosa, pero había un vacío en ella. Eliza había perdido al hombre al que amaba y Janie nunca había tenido la suerte de conocer a su padre.
Eliza estaba decidida a criar a su hija con toda la normalidad posible y, por el momento, las cosas parecían funcionar bastante bien. Ahora que Janie estaba en el colegio, cada vez habría más recitales, obras de teatro y juegos deportivos, donde los padres estarían aplaudiendo como público y deseando suerte desde fuera del campo. Inevitablemente Janie iba a notar mucho más la ausencia de su padre.
El sedán giró hacia la calle Cincuenta y Siete. La atención de Eliza se desvió hacia la multitud de cámaras y reporteros que había en la acera de la oficina de Noticias CLAVE.
—¿Qué ocurre hoy? —preguntó el chófer mientras frenaba—. ¿Viene el presidente o algo?
—Es un gran día —contestó Eliza desde el asiento trasero—. Es el último día de Constance Young.
—Ah, sí. Esta mañana oí comentarlo en la radio. Dijeron que va a ganar veinte millones de dólares en su nuevo trabajo. ¿Es verdad?
—Eso es un poco exagerado —dijo Eliza.
—Pero apuesto a que va a ganar un montón de dinero. Sabía que me había equivocado de trabajo.
El chófer se encogió de hombros, salió del coche y dio la vuelta para abrir la puerta.
Cuando Eliza extendió sus largas piernas fuera del coche, la prensa se enjambró a su alrededor.
—¿Va a echar de menos a Constance Young? —preguntó un reportero pegando el micrófono a la cara de Eliza.
—Constance ha sido una persona importante en Noticias CLAVE. Todos vamos a notar su ausencia.
Eliza se dirigió hacia la entrada del centro de emisión.
—¡Constance Young ha desertado! —gritó otro reportero—. ¿Cree que el público también se irá con ella?
—Esa es la pregunta del millón, ¿no? —respondió Eliza antes de cruzar la puerta giratoria.
Al tomar el ascensor para subir a su despacho, Eliza miró el reloj. Faltaban quince minutos para que comenzara la reunión editorial de Titulares de la noche. Tenía tiempo para reunirse con su asistente, ponerse algo y revisar los detalles de última hora del almuerzo de hoy.
Paige Tintle estaba al teléfono cuando Eliza entró en el pequeño despacho que estaba junto al de la presentadora, más grande.
—No. Amarillos —dijo Paige frunciendo el ceño—. Se suponía que iba a haber tulipanes amarillos en las mesas. Los tulipanes amarillos son los preferidos de la señora Young.
Eliza observaba a su asistente negar con la cabeza y hacer una mueca de consternación. Paige suspiró profundamente mientras escuchaba la respuesta que no quería oír.
—Sé que la gente va a llegar dentro de una hora —dijo—. De acuerdo, los rosas servirán.
Paige colgó el teléfono.
Eliza hojeó el pequeño montón de mensajes que había en la esquina de la mesa.
—No te preocupes, Paige, estoy segura de que todo va a estar precioso.
—Es solo que me produce frustración —dijo la otra mujer—. Quiero que hoy salga todo bien.
—Saldrá bien, Paige. Saldrá bien —la tranquilizó Eliza—. El Barbetta lleva funcionando más de un siglo. Es el lugar ideal para un almuerzo de despedida.
Espero que a la gente se le quiten las ganas de ser hostil en un entorno tan maravilloso.

En el camerino de al lado de su despacho, Eliza ojeó los percheros de vestidos, faldas y pantalones antes de elegir un traje rosa de Chanel. Era su favorito, pero apenas se lo ponía para el directo de la noche. Para el programa de Titulares de la noche tendía a los azules marino, negros, marrones, grises y beis.
Eliza se quitó los pantalones de confección y la blusa recién planchada que se había puesto para ir al trabajo y se puso el traje de diseño. Al evaluarse en el espejo, se dio cuenta de que la tela rosa hacía que su piel brillara. Su melena morena, que le llegaba a los hombros, también parecía más voluminosa y lustrosa. Incluso sus ojos parecían más azules. Aquella prenda era realmente milagrosa.
Terminó de cambiarse y se dirigió al piso de abajo.
De camino a la cristalera, Eliza vio a través de las paredes transparentes que los productores y redactores de Titulares de la noche ya estaban reunidos y discutiendo las docenas de historias que se desarrollaban en el mundo y que tenían el potencial para ser contadas aquella noche. Pero cuando entró en la habitación de cristal en la que se decidía lo que el país vería y escucharía, el tema de conversación era la aparición final de Constance Young en para América.
—Casi me llego a creer que realmente le afectaba su marcha. Creo que las lágrimas parecían reales —decía Range Bullock, el productor ejecutivo del programa de la noche.
—¿Nos tomas el pelo? Lloraba de alegría pensando en la cantidad de dinero que va a ganar —dijo uno de los redactores de las noticias—. Y no me niegues que planeó su marcha justo en lo mejor de su carrera. Constance sabe que ahora se miran los índices de audiencia más de lo normal. Quiere que Noticias CLAVE tome nota de lo poderosa que es y que nos demos cuenta de cuánto dinero en publicidad está llevándose con ella.
—Si quieres saber mi opinión, ¡adiós y buen viaje! Que se la queden los otros.
—Qué fácil es para ti decir eso. Tú no diriges el departamento de noticias de la cadena. CLAVE para América produce quinientos millones de dólares al año. El público que se lleva Constance con ella le cuesta a Noticias CLAVE un ojo de la cara.
—Pero pensad en toda la presión a la que está sometida. ¿Y si no alcanza el mismo índice de audiencia en el otro programa?
—No llores por mí, Argentina. Se sentirá herida en el orgullo, pero tiene el resto de su vida para solucionarlo.

5

Faith metió las sábanas en la lavadora, añadió detergente y puso la temperatura en «caliente». Madre había vuelto a manchar la cama.
Al cerrar la puertecilla, Faith sintió que se iba poniendo tensa. Aunque había empaquetado los almuerzos de los niños, les había preparado la ropa la noche anterior y se había levantado temprano para lavarse el pelo, Madre había necesitado un baño y había tardado más de lo habitual en mordisquear su escaso desayuno. Ahora Faith tenía que correr a vestirse para llegar a tiempo y coger el tren a Nueva York.
Mientras subía las escaleras del sótano, escuchó el timbre de la puerta. Se miró en el espejo del vestíbulo, se pasó las manos por el pelo húmedo y deseó haber tenido tiempo para ponerse un tinte. Se apretó el cinturón del albornoz alrededor de su gruesa cintura antes de abrir la puerta.
—Hola, señora Hansen.
La joven estaba de pie delante del porche delantero. Miró a Faith de arriba abajo.
—¿Llego demasiado temprano?
—No, Karen. Llegas a tiempo. Soy yo la que va tarde. Vamos, entra.
Faith sostuvo la puerta abierta mientras entraba la cuidadora. Karen llevaba varios libros enormes.
—Señora Hansen, espero que no le importe, pero los finales están cerca y a veces su madre duerme durante todo el tiempo que estoy aquí.
—Claro, Karen. Está bien.
—Ah, y, señora Hansen, tengo que irme a las tres. ¿Hay algún problema?
Muy bonito por tu parte haber esperado hasta este momento para decírmelo, pensó Faith. No tengo tiempo de llamar a nadie más.
—¡No me digas eso, Karen! —dijo Faith—. Hoy tengo que ir a la ciudad, a uno de esos almuerzos de lujo para mi hermana. No me va a dar tiempo a llegar a las tres.
La cuidadora sonrió disculpándose y se encogió de hombros.
—Lo siento, señora Hansen, pero tengo una cita con mi asesor para hablar sobre mis clases del semestre que viene. Tengo que salir de aquí a las tres para llegar a tiempo.
Faith intentó esbozar una sonrisa. ¿Qué elección tengo?, se preguntó a sí misma. Aunque ya había quedado en que los niños fuesen a jugar a las casas de sus amigos después del colegio, no podía dejar sola a Madre. Faith sabía que iba a tener que dejar la sobremesa a las dos, tanto si había terminado como si no, tanto si quería como si no.
Parecía que lo que ella quisiera no le importaba a nadie. Todd y los niños la infravaloraban, pero muchas de sus amigas también estaban en el mismo barco. Mientras que esperaban a que sus hijos salieran del colegio en tropel al final de la jornada escolar o se encontraban en el supermercado o quedaban para tomar un café de vez en cuando, a menudo hablaban de los esposos que no tenían ni idea de lo duro que era el trabajo diario de la casa y de los hijos que daban por sentado el tener la ropa limpia en los cajones y la comida caliente sobre la mesa.
Sin embargo, Faith ya casi había aceptado las cosas. Mientras deseaba un marido que se preocupase más por ella y sus hijos que por los informes meteorológicos que indicaban las condiciones para el golf, Faith había elegido ser una madre ama de casa y le gustaba creer que sus hijos eran mejores por ello. Pero tampoco había protestado al aceptar la responsabilidad de su madre. Siempre había pensado, cuando alguna vez se había puesto a pensarlo, que pasado un tiempo Constance y ella llevarían juntas la carga de cuidar a su madre. Después de la muerte de su padre, Madre se las había arreglado bien durante algunos años en la casa de su infancia a las afueras de Washington D. C., pero dieciocho meses atrás fue evidente que Madre ya no podía seguir viviendo sola. La casa se puso en venta y Madre se mudó a Nueva Jersey.
Para ser justos con Constance, Faith tenía que admitir que su hermana estuvo de acuerdo en destinar la recaudación de la venta de la casa a los cuidados que madre necesitaba. Pero en realidad todo aquel dinero había ido a parar a otro sitio: a sacar a Todd de un negocio absurdo en el que había invertido. Cuando finalmente Faith le contó a Constance lo que había pasado con el dinero, Constance no le ofreció más.
Faith sabía que tenía sentido que Madre se quedara con su familia. Su casa de estilo colonial tenía un cuarto dormitorio con baño propio justo al lado de la cocina. El cuarto de la sirvienta, lo había llamado el agente inmobiliario cuando les enseñó la casa. Pero durante los seis años que habían vivido en la casa, allí no había dormido ninguna sirvienta. Faith era la sirvienta de la casa de los Hansen.
—Madre está en su habitación, probablemente dormida, Karen. Acércate de puntillas de vez en cuando y échale un vistazo.
—Lo haré, señora Hansen.
Faith había subido algunos escalones de camino a su dormitorio, calculando el tiempo que tardaría en vestirse a sabiendas de que iba a tener que maquillarse a toda prisa, cuando oyó que su madre la llamaba.
—¿Faith? Faith, ven.
—Ya voy, madre.
Faith volvió a bajar las escaleras con resignación. Pensó en su hermana. Seguro que Constance había tenido todo el tiempo del mundo aquel día para vestirse con alguno de los numerosos trajes de firma que tenía en su armario. Algún experto la habría maquillado y tendría el pelo teñido por un profesional del color y peinado por su estilista personal. Tendría un aspecto feliz, glamuroso y descansado, como la famosa que las revistas, periódicos y programas de televisión mostraban. Mientras que Faith parecería y se sentiría como una antigualla.
Constance no tenía que planear cada uno de sus movimientos basándose en quién podría quedarse con Madre. Constance no llevaba a su madre a las citas con los doctores ni se aseguraba de que tuviera la ropa de cama limpia o que comiera lo suficiente. Constance no tenía ni que ayudar a su madre a bañarse ni limpiar después de sus accidentes. Constance no tenía un marido que a veces se hartaba de la intromisión que eso suponía en sus vidas y quien, sin importarle cuántas veces le rogara Faith que le prestara atención, se preocupaba más por las timbas de póquer con sus amigos que por cómo iba su matrimonio.
Constance no se había casado nunca, aunque Faith sabía que su hermana había estado con una gran variedad de hombres interesantes y de éxito. Faith lo sabía, no porque su hermana se lo hubiese contado, sino porque lo había leído en artículos y había visto las fotos en las revistas y en las páginas de sociedad. Constance tenía una vida interesante, era admirada por millones de personas y tenía un sueldo de proporciones monstruosas. Faith se odiaba a sí misma por sentir celos, pero no podía evitarlo. Cada semana que pasaba, su madre empeoraba más, Todd le prestaba menos atención y ella ganaba peso, sintiéndose cada vez más atrapada y furiosa con lo que le había tocado vivir.

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