Cuando se abrió el abismo

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Santiago Marchena vive una vida en línea recta, aburridamente previsible, con un principio y un final anodinos. Mientras trabaja como ingeniero, a cientos de metros bajo el Estrecho de Gibraltar, en la construcción del larguísimo túnel que habrá de unir África con Europa, sobreviene un terrible terremoto que destruye todo: los volquetes, la tuneladora, a sus compañeros, la línea recta aburridamente previsible. Así comienza esta epopeya, las mil y una aventuras en que, a partir de ese instante, el joven ingeniero se verá envuelto, tratando de ponerse a salvo del cataclismo que se acaba de producir, llegando a lugares nunca antes imaginados por él.

ANTICIPO:

Con un sobresalto, el fragor de las campanas le apartó de aquellos recuerdos tan vividos. Santiago Marchena parpadeó varias veces y movió la cabeza, un tanto asustado, como si no supiera dónde se encontraba.

Pasaron unos segundos. Cuando consiguió saberlo, se quedó mirando las últimas líneas que había escrito, sin atreverse a hacer movimiento alguno.
Durante unos instantes, fue incapaz de respirar. ¿Le había pasado realmente todo eso? A continuación, tapó el tintero de porcelana azul, colocó en su sitio la pluma y se volvió muy despacio hacia la amplia estancia.
A través de la pantalla cubierta de encaje, la lámpara de petróleo trazaba círculos de luz. La celosía de tablillas continuaba baja: aún no había entrado ningún sirviente. Del alto techo, apenas se podían distinguir los adornos en los arbotantes y mucho menos los detalles de los admirables frescos que llenaban la mayor parte de la cúpula.
Marchena bajó la vista por la pared —despacio, como si la arrastrara—, la pared más larga de la habitación, la que tenía frente a él ahora, hasta llegar a la ostentosa chimenea, a cada lado de la cual un balcón daba al jardín. Sobre la chimenea había un gran espejo, encuadrado dentro de una profusa decoración. En el espejo, se reflejaba la cama a un lado y, por supuesto, el secreter y su propia imagen.
Por un segundo no la reconoció. El ingeniero se acodó en el secreter, ahuecó las manos y hundió la cara en ellas, con los ojos cerrados y las yemas de los dedos casi tocándose por encima del puente de la nariz. Por un segundo no había reconocido su propia imagen. Se frotó un momento las sienes. No la había reconocido.
Entre las secuelas que todavía le quedaban, persistía aquella pavorosa amnesia, la forma que había encontrado su cerebro de protegerse de una realidad que consideraba terriblemente ajena e inquietante.
Lo que conllevaba graves problemas de memoria.
Marchena reflexionó con cierta preocupación, porque era contra eso, en concreto, por lo que había empezado una especie de diario apresurado de sus andanzas, en aquel manuscrito, siguiendo las afectuosas pero firmes indicaciones del doctor Romegio:
—Todo lo que entra tiene que salir —le comentó el venerable médico, frotándose su poblada barba y poniéndose unas gafas de montura de oro, de lentes diminutas y torcidas, mientras le examinaba en una de sus últimas visitas—. Puede quedarse dentro de la cabeza y transformarse de muy diversos modos, saltando de una cosa a otra, de una situación a otra… La terapia consiste en provocar que salga, estimular una catarsis. Si es posible, y con extremada cautela, hay que incitar al paciente para que reviva lo sucedido.
Marchena no se dio cuenta, pero involuntariamente infló el pecho hasta que estuvo a punto de estallarle. Entonces, soltó un resoplido bastante fuerte, como demostrándose a sí mismo que estaba vivo, que aquello no era un sueño, aunque tantas veces se lo pareciese desde que había resucitado. Apoyando ambas manos en el secreter, con precaución de no volcar el tintero ni la pluma, trató de levantarse y alcanzar las zapatillas que, la noche anterior, dejó al otro lado de la cama, junto a un balcón. El inmenso lecho —al menos para lo que él hasta hace poco estaba acostumbrado— tendría los dos metros y medio de largo y casi lo mismo de ancho y era tan alto que le obligaba a subirse con ayuda de un mullido escabel de tela roja. Comprobando la firmeza de sus piernas, Marchena atravesó vacilante el dormitorio.
La habitación era muy espaciosa y rectangular. Comunicaba a la derecha con la alcoba de sea Bugala y a la izquierda con otro de los cuartos de invitados. Todas las estancias daban al jardín, sobre los tejados del Casco Viejo. Y todas, contrariamente a su aparente suntuosidad, estaban un tanto deslustradas —a pesar de los sirvientes— por el paso del tiempo. El ingeniero, pensando en la antigüedad que tenía todo, estuvo en un tris de arañarse con la esquina de la cama. No obstante, se sujetó con fuerza y fue recorriendo el avejentado armazón de madera paso a paso.
Cuando finalmente se puso las zapatillas, se aproximó al enorme ventanal del balcón, haciendo que se le agitasen las haldillas del batín. Abrió las hojas de par en par y, si bien le costó mover la chirriante manivela, consiguió que la persiana se replegara. Luego salió al exterior. Y en lugar de acercarse a la barandilla y admirar el exagerado resplandor que enfundaba la mañana, cerró los ojos y aspiró una bocanada de aire fresco. Con los párpados apretados, levantó las aletas de la nariz, dejándose atrapar por las mil sensaciones que emanaban del desordenado vergel que florecía en torno a la mansión.
Se podía distinguir que el olor de los taferoles superaba, en dulces vaharadas, al de las donolias. O que el oleoso perfume de las tomadoras escondía la fragancia de la buenavida, mezclada con el aroma de la globosa y del vastol. Todo esto era muy difícil de apreciar, si no se tenía la suficiente destreza. Sin embargo tarde tras tarde el tío de Ambadelo, sea Bugala, el duque de Mastaserrada, llevaba semanas adiestrándole pacientemente. Para Marchena, de momento, sólo había rosas, claveles, limoneros, naranjos. Si fuera más experto, diferenciaría la menta, la magnolia, el arrayán. Pero le faltaban tantos conocimientos. Y, sobre todo, vocabulario.
Tomadora, donolia, ¿cuál era el nombre de las plantas con forma de lechuga y color azafrán que sea Bugala le enseñó ayer? Marchena no dejaba de forzar su memoria con ésas y otras preguntas. Aunque iba aprendiendo el idioma con aparente felicidad, todavía no lo dominaba con soltura. Pero aquello, en vez de desanimarlo, le impulsaba a avanzar, a pelear con nervio por la recuperación cuanto antes de su autoestima. Fue sin duda una de las primeras cosas que le hizo sentirse profundamente agradecido de no haber muerto en el túnel.
Sí, profundamente… Faltó poco para que se pellizcara para verificarlo. Después de eso, movió la cabeza hacia el extremo del jardín.
Cerrado por tres muros macizos y cubiertos de hiedra y un flanco de la mansión, recordaba más a una prolongación del parque anexo y no lo que normalmente se tiene por dicho nombre. Sobre el suelo, las numerosas flores crecían sin orden ni concierto. En la pared del fondo, una vegetación de arbustos amarillos y granates mostraba sus encantos con generosidad. Cerca de un rincón, junto a los altos paneles de cristal del belvedere, el brillo de varias ¿presoneras? introducía una señal de inesperado orden. En cada trozo de tierra de la finca Mastaserrada, se palpaba tal ambición de hermosura, de que todo tenía que crecer de la mejor y más radiante manera posible, que se sobreponía sin esfuerzo a la elegante belleza que irradiaba del resto de la ciudad.
Marchena se giró en ese momento y levantó la barbilla. Enfrente de la mansión, sobre el Casco Viejo, en la otra ladera, estaba el monasterio de Donánvola, cuyo ejército de campanas —realmente, las campanas de la escolanía del Monasterio—, de pronto habían dejado de repiquetear. Aquello era lo que le había hecho levantar la barbilla. Y detrás del Monasterio se elevaba el palacio Argafudere, el gran y majestuoso conjunto arquitectónico que, con sus múltiples estatuas, fuentes, escaleras, columnas, balaustres, dominaba omnipotente todo Klinklangámerun. “El lugar donde los gamerunitanos y cualquier habitante del Imperio pierden sus principios”, recordó la frase cargada de profunda decepción con que una vez sea Bugala se refirió a él en su presencia. Marchena todavía no había tenido oportunidad de visitar el Argafudere, pero faltaba muy poco para que lo hiciera.
Interrumpiendo sus pensamientos, la pesada puerta de la habitación se abrió y un hombre alto y fuerte entró dando poderosas zancadas:
—¡Buenos días, san Tiago!
El ingeniero se lo quedó mirando, muy quieto, más sorprendido por la marcialidad con que entrechocó sus botas que por el propio saludo.
—Hola, Ambadelo.
—¡Ah! ¡Magnífico! ¡Magnífico! ¡Al fin ya no necesitas estas muletas! —el recién llegado sostuvo en alto los apoyos de madera que, durante tanto tiempo, a Marchena le habían ayudado a desplazarse—. Hace una mañana espléndida, tú ya te puedes mover solo y, en pocas horas, llegará el conde de Mielverí, ¿se puede pedir algo más en un día como hoy?
El ingeniero sonrió al recibir de su amigo un cachete cariñoso. Daba gusto ver qué contento estaba. Desde su metro noventa de estatura, pelo rubio, con bigote y perilla, Ambadelo parecía flotar por todo el dormitorio, a pesar del brazo que llevaba en cabestrillo. Perfectamente uniformado —Marchena admiró el brillo de las espuelas, de la hebilla del cinturón, de las charreteras—, daba meneos al sable que portaba en su funda de terciopelo, no paraba de recorrer de una esquina a otra la habitación, llamando a los sirvientes y ordenando que prepararan con rapidez el baño al invitado de su tío. Mientras esperaba a que lo arreglaran, Ambadelo se dio la vuelta.
—¿Has estado escribiendo? —preguntó a Marchena, al fijarse en el manuscrito.
—Sí. Ayer por la noche estuve un rato buen.
—No, no, san Tiago —Ambadelo negó a la vez con la cabeza y con el brazo sano—. Eso no es correcto. Se dice “estuve un buen rato”.
El ingeniero sonrió con timidez, levantó las cejas y repitió para sí la observación, intentando memorizarla. A veces le resultaba tan difícil combinar algunos adjetivos.
—¿Y este sistema? —Ambadelo hizo una mueca, estirando el cuello, alto, rígido y bordado, señalando con un dedo las líneas horizontales que contenía cada página.
Cuando Marchena iba a contarle que en su tierra natal lo común era escribir así, en renglones, de izquierda a derecha, avisaron que el baño ya estaba dispuesto. Casi agradeció la interrupción, porque Ambadelo y él acababan siempre discutiendo, por una cosa o por otra, enzarzándose en innumerables disputas que no conducían a ninguna parte, al comparar los usos de un mundo con los del otro. En realidad, lo hacían por cualquier minucia, por cualquier comentario. Marchena se quedó mirando a Ambadelo, quien tampoco parecía importarle mucho que no se lo explicase: le aburrían tanto como a él esas discusiones bizantinas que no conducían a nada. En silencio, le señaló el extremo de la estancia.
El cuarto de aseo era relativamente pequeño, entelado en el mismo tono azul que el resto de las habitaciones, con el desagüe en el piso de loza. Tal vez diese esa impresión por el tamaño desproporcionado de la bañera, que se parecía a un cajón descomunal, medio verdoso por fuera y amarillento por dentro, apoyado sobre ocho robustas patas de madera. Al instante, entraron dos criados, bastante mayores, cada uno con un par de cubos, uno de agua fría, otro de agua hirviendo. Con visible esfuerzo, fueron y vinieron unas cuantas veces hasta que la bañera estuvo llena. Entonces Ambadelo probó la temperatura con el brazo sano. Haciendo un ademán, le indicó a Marchena que estaba en su punto. Éste se desvistió en su presencia y, torpemente, se metió en el agua. Muy despacio, se restregó con el largo cepillo que Ambadelo le ofreció, en tanto uno de los sirvientes trajo una bolsita de la que desenvolvió varias cáscaras vegetales, las cuales, al humedecerlas, soltaron un líquido blanquecino muy aromático.
—¡Uouh…! —exclamó Marchena con satisfacción.
La tibieza del agua le hacía tanto bien. Le relajaba por completo. Gracias en parte a estos baños, su salud había experimentado en los últimos días una notable recuperación.
No tuvo constancia de los minutos que pasó en la bañera, sumido en el terapéutico bienestar que le proporcionaba el agua. Cuando estaba medio adormilado, distraído el ánimo totalmente, la piel de sus manos y pies cada vez más arrugada, levantó la cabeza y contempló la humedad que se condensaba en las paredes de tela azul y cómo Ambadelo descolgaba de la percha un albornoz y una toalla y le decía:
—Vamos, perezoso. Se nos echa la hora encima.
Marchena sonrió y, con precaución de no escurrirse, salió de la descomunal bañera.
Con la parte superior de la toalla, se secó repetidas veces la barba y el cabello. Y con la opuesta se frotó las partes más íntimas y luego las piernas y los pies.
—Estás muy impaciente —le dijo a Ambadelo.
—Claro que lo estoy —respondió éste, sin dejar de mirarlo—. Cómo no lo iba a estar.
—Pues no te preocupeste, que llegaremos a tiempo.
—“No te preocupes”.
—¿Qué?
—Se dice “no te preocupes”. Pues sí que me vas a hacer quedar bien delante del Conde.
—No te preocupeste, no te preocupeste —volvió a repetir Marchena, a sabiendas ahora de que lo estaba diciendo mal, conforme se ponía los calzoncillos largos y le lanzaba a la cara la toalla—. ¡Mucho te importa el Conde a ti!
—Sabes bien que bastante poco. Pero lo que sí me importa es mi guerrera. Como me la mojes, ¡vas a ver tú lo que es bueno!
Tras lo cual, Ambadelo dejó en el borde del lavabo la toalla húmeda y llamó para que vinieran a vestir a Marchena. A los pocos segundos, uno de los ancianos criados hizo acto de aparición y se puso diligentemente manos a la obra. Le tendió una camisa blanca y le colocó en torno al cuello una monumental tira de tela de seda lustrosa de color azul. Sus artríticos dedos acomodaron con temblor los pliegues; una vuelta, dos vueltas, tres vueltas; estiraron el frunce; clavaron en la seda el escudo de los Mastaserrada con incrustaciones de zafiro.
—¡Alto! ¿No ves esta arruga de aquí? Trae rápidamente otra chaqueta —indicó Ambadelo al sirviente, retirándola de forma autoritaria con la punta del sable.
Mientras el hombre se disculpaba torpemente y, con una reverencia, iba a buscar lo que le pedía, él mismo se puso detrás de Marchena y le ayudó a pasarle el chaleco por los brazos. Después de que se lo hubo abotonado, Ambadelo le dio un elegante pañuelo con gotas de esencia de buenavida. El monedero y las llaves de la cancela y la entrada principal de la mansión se los fue repartiendo por los bolsillos. Cuando consideró que ya estaba listo, le hizo darse la vuelta y que se viera en el espejo.
—¿Qué te parece?
Al principio, Marchena no pudo pronunciar palabra. De nuevo le recorrió un escalofrío al contemplar su propia imagen. Sabía que estaba más delgado que antes de que se abriera el abismo. Durante los días anteriores, cuando se encontraba ante los grandes espejos de la mansión, apenas reconocía esa cara larga de ojos hundidos y frente huesuda. Evitaba los espejos. Ahora, no obstante, se miró de arriba abajo, examinándose con minuciosidad.
Ciertamente, no tenía nada que objetar a su aspecto, aparte de las ojeras y la barba. Pese a las fiebres y la situación crítica que había estado, todavía conservaba cierta apostura, lejano recuerdo de su condición atlética. Dio un paso adelante y se tocó los pómulos. Qué flaco estaba. Marchena, levantando las cejas, no dejaba de contemplar su imagen reflejada en el espejo. Efectivamente, qué flaco estaba… Y eso que la barba lo disimulaba bastante.
—Bueno, ¿no dices nada? —Ambadelo le observaba detrás de él, mostrándose más que satisfecho—. Por fin pareces una persona.
—Gracias —entonces Marchena se giró y, cogiéndole por sorpresa, le dio un abrazo—. Muchas gracias. Sé todo lo que tu tío y tú habéis hecho por mí.
—¡Eh! Ten cuidado con la herida —Ambadelo apartó el cuello rígido y reculó hacia la puerta, tratando de liberarse de aquellas muestras de sentimentalismo—. Si no se recupera a tiempo, vas a tener que batirte en mi lugar con el estúpido de Dincala.
De improviso, el sonido del campanario irrumpió por el ventanal abierto del balcón. Los tañidos tenían mucha más viveza que antes. Ambadelo miró a Marchena y, al darse cuenta de la hora, le conminó a que se apresurara.
—¡Venga! ¡Vámonos! ¡Es tardísimo!
Bajaron con la mayor rapidez que lo pudo hacer Marchena. En el vestíbulo, el ingeniero recogió su sombrero y el sobrino del Duque su casco. En cuanto se pusieron los guantes y las capas, montaron en el coche que les acababan de preparar y que se asemejaba mucho a un faetón, aunque era un poco más alto y estrecho y tenía una capota con muchos adornos. Nada más acomodarse dentro, Ambadelo le dijo que, con la cantidad de público que iba a asistir, no sabía si tardarían menos yendo a pie.
Se alejaron por el largo camino de grava que atravesaba la finca de un extremo a otro.
Aquella zona del jardín, constreñido cada vez más entre los límites que le iban quedando por la creciente expansión de la ciudad y el parque anexo, despedía fragancias tan untuosas como las de las plantas aromáticas que brotaban del otro lado, por detrás del belvedere.
—¿Qué son, donolias? —Marchena no hacía más que abrir la nariz.
—No lo sé —Ambadelo, sumido en su preocupación por llegar a tiempo, no hizo ningún esfuerzo por diferenciar el pegajoso olor.
La mansión Mastaserrada estaba rodeada de un muro de escasa altura, con un enrejado de hierro en la parte superior y una gran cancela con dos columnas a los lados, que eran coronadas por sendas esferas de piedra. El cochero, con un chirrido, abrió la cancela. Después de pasar el faetón y asegurarse que quedaba bien cerrada, tomó la calle de enfrente que —a diferencia de la derecha, que flanqueada por faroles de gas bajaba hasta la rampa de la plaza de Corta— penetraba en los estrechos callejones del Casco Viejo.
La muchedumbre inundaba las aceras con sus gritos: vociferaban los mozalbetes, canciones en las tabernas, música como de organillo a la vuelta de la esquina. El faetón descendió directamente sobre el paseo de los Monteros. Empedrado y con frondosos árboles en medio, el extenso bulevar se hallaba en esos instantes muy concurrido, aunque no era de los más adornados de escaparates de Klinklangámerun.
Engalanaban sus fachadas gallardetes y flores de papel. Muchos balcones estaban ornados con farolillos de muchos colores, lo que daba al paseo de los Monteros, a todo Klinklangámerun, un aspecto mágico. En las avenidas más anchas, ya en el Distrito Centro, los coches de punto transitaban dificultosamente entre la multitud. Los galopantes rozaban con su belfo los sombreros, los altos peinados de las mujeres, las cuales se apartaban del acoso sorprendidas y asustadas con gritos y risas.
Dentro de aquel río de gente, tuvieron que ir esquivando también músicos, charlatanes, escamoteadores, poetas líricos, vendedores que pregonaban a voz en grito sus mercancías o curiosos que, simplemente, deseaban echar un vistazo a la comitiva real.
La caballería del carruaje, dando resoplidos, empezó a mostrarse inquieta entre tanta aglomeración. El cochero tenía que dominar a la pareja de galopantes con continuos restallidos del látigo. Mientras, Ambadelo no dejaba de manosear el casco metálico sobre su uniforme, arrugando el adorno con pelo cortado de crines de cerviante de la parte posterior. Marchena observó que cada vez se encontraba más nervioso, puesto que el sobrino de sea Bugala veía que se estaban retrasando.
En ese instante, apareció un control policial que, al fijarse en el escudo pintado en la portezuela de los Mastaserrada, les permitió cortésmente el paso entre silbidos y exabruptos de la muchedumbre.
Del otro lado del control, el resto del paseo estaba bastante más vacío. Sólo grupos de militares y algún que otro carruaje de la aristocracia gamerunitana iban en su misma dirección. Sin tantos obstáculos, la pareja de galopantes empezó a recobrar la calma. Las herraduras resonaban sobre los adoquines, a medida que les aflojaban las riendas y su trote obtenía mayor velocidad. Así, plegaban y desplegaban los diminutos apéndices vestigiales que poseían sobre los lomos, como dando palmas de contento, alegres de conservar, quizá, aquella mínima herencia de la que fue, sin duda, una raza fabulosa.
Circundando una de las figuras ecuestres de Palaveo VI, a la que el artista había exagerado hasta lo imposible las alas de su montura, llegaron al borde de la Gran Grieta.
Mucha gente se agolpaba ya sobre el pretil, miembros probablemente —sólo había que fijarse en la elegancia llevada al extremo de sus recargados ropajes— de algunas de las familias de la nobleza y la burguesía de la ciudad.
—Éste parece un buen sitio —Ambadelo hizo que el cochero se detuviese. Un segundo después, descendió del faetón y se acercó con rapidez al pretil.
Ante las prisas de su amigo, Marchena se quedó sin saber qué hacer dentro. Vio cómo se entremetía entre el público. Cuando instantes después reaccionó, antes de bajar, se asomó por la otra ventanilla. Sacando un poco la cabeza, desde allí pudo admirar la espectacular grandeza de los quince arcos del Pontineo, extendiéndose de un extremo a otro del profundo barranco.
Marchena se sentía completamente arrobado. Sea Bugala tenía toda la razón. El entusiasmo que producía su contemplación no era equiparable con nada: siendo, desde luego, el monumento más importante de Buntega —y por añadidura del Imperio entero—, aquella magnífica obra de ingeniería se había erigido sobre las dos riberas del Suondo, bajo el larguísimo mandato de Palaveo VI, después de enormes y costosísimos trabajos. “Ninguna otra cualidad de su carácter lograba reprimir su desmedida ambición”, le había comentado el Duque, en una de sus habituales disertaciones acerca de la codicia del soberano recientemente fallecido. Aunque gracias al ansia de poder de Palaveo VI —terminaría después por reconocérselo—, ese último tramo del extraordinario viaducto había acabado por unir, al fin, el círculo de las capitales de los Cinco Principados.
Contando cada uno de los accesos, su longitud se aproximaba a los tres kilómetros y medio. La obra era un enrejado de vigas de metal, apuntaladas con un sistema de bastidor tan confuso que Marchena no pudo por menos de calificarlo de muy notable. Se levantaba sobre treinta pilares, cada cual se remataba con piedra verdosa de Calvian, llegando a hundirse veinte metros en la arena del río. Por encima corría el estruendoso ferrocarril que comunicaba las lejanas tierras de Fenerobio con las de Malperio a través de la propia Klinklangámerun. Y sobre éste un paseo de carruajes, flanqueado de altas pasarelas.
En cada extremo, se erguían torres fortificadas de ladrillo rojo oscuro, casi negro, con troneras para la fusilería y para los grandes cañones. Marchena se fijó que la construcción aún no estaba terminada, ni mucho menos. Centenares de animales parecidos a las acémilas pero con las patas más cortas y la cabeza más grande y otros que debían de pertenecer a la misma familia de los galopantes, aunque de menor corpulencia y sin apéndices vestigiales, subían por el precipicio, desde la cantera, cargados con sacos de materiales y azuzados por los arrieros y el silbido, al caer al abismo, de la tierra ocre.
Asomándose un poco más, Marchena vio que las revueltas aguas del Suondo corrían muy abajo. Entre las cinco columnas centrales, había pilastras con listones entrecruzados, llenos de barro y embadurnados de igual modo por fuera, para sostener las últimas vigas, mientras las terminaban de unir. Un ingenio con ruedas, engranajes y brazos articulados de molino iba de un lado para otro, como si fuese un insecto enorme, colocando barras de hierro con precisión, en tanto que grupos de trabajadores hormigueaban por las pasarelas elevadas, perforando las planchas de metal y uniéndolas con infinidad de tornillos y tuercas.
—¿Todavía sigues aquí metido? —Ambadelo abrió de pronto la portezuela y esperó, con gesto serio, a que Marchena saliese del faetón—. Que no se te olvide el sombrero. ¡Vamos, están a punto de llegar!
Hizo que le siguiera hasta un extremo del pretil, donde Fadrio les había reservado un sitio desde donde se dominaba las dos orillas del Suondo y, por supuesto, la entrada a Palacio. Marchena lo saludó, como era costumbre, haciendo una respetuosa venia, al tiempo que el amigo de Ambadelo —metro ochenta; más o menos la misma estatura que él; pelo castaño, con un espeso bigote en punta perfectamente engrasado— se tocó el ala de su sombrero y le devolvió el gesto de educación.
De pronto, un vocerío unánime se levantó por encima de ambas orillas. Ipso facto, los tres se inclinaron hacia adelante, tratando que las cabezas de los demás no les entorpeciesen la visión de la Gran Grieta.
Por la margen izquierda apareció, en toda su majestad, la aeronave de Lispetis. La población gritó de entusiasmo. Suspendiéndose con ostentación sobre el cauce del Suondo, la admirable barquilla hizo un balanceo por encima de la Central Hidroeléctrica antes de trasladarse hacia la ribera contraria. Marchena no parpadeaba. Provista de hélice propulsora, tendría unos veinte metros de proa a popa e iba atada de forma longitudinal a una inmensa bolsa de tafetán que mediría treinta o quizá cuarenta mil metros cúbicos. Una estrella amarilla y múltiples cordoncillos del mismo color adornaban el perímetro del globo aerostático. Algunos montantes sobresalían, sujetos por un esqueleto de alambres, y desplegaban al viento multitud de enseñas y divisas honoríficas. De nuevo, la extraña máquina volvió a oscilar, para consternación de todos los presentes, pero al momento recuperó el equilibrio y se dispuso, con mucho cuidado, a perder altura.
Marchena seguía sin parpadear, fijándose que aprovechaba la dirección del viento, maniobrando con el empuje de sus múltiples aspas. Casi no hacía ruido. Aunque, con tanta algarabía, era muy difícil de apreciar. Haciendo un cálculo, debía de ser un motor bastante rudimentario el que la impulsaba. Pero, a medida que la aeronave se acercaba con lentitud al Pontineo, se fueron delimitando los detalles.
De los costados, colgaban diversas banderolas con el color escarlata y dorado de Su Alteza Soberana y el anaranjado de la corte de Musadora. Dio una vuelta completa sobre las aguas, hasta posarse encima de una de las lujosas terrazas inferiores del Argafudere. Todos los habitantes de la metrópoli prorrumpieron en un estallido de admiración y apoyo hacia la familia imperial. Se ancló el gigantesco globo a los balaustres y, al momento, empezaron a bajar sus distinguidos viajeros por las escalerillas situadas a babor.
—¿La has visto ya? —Ambadelo preguntó con agitación a Fadrio, buscando con la mirada a Sefrina.
Primero descendió uno de los oficiales y después varios soldados que se unieron a los que esperaban en la terraza del Argafudere. A continuación lo hicieron la princesa Mazia, la propia Sefrina y las dos hermanas de ésta, Anvelina y Dolonata, seguidas por el conde de Mielverí y el capitán de la aeronave. Como un volcán en erupción, la ciudad tapó con sus gritos las campanadas de la Escolanía, que daban la bienvenida a la heredera de la Corona. Un estampido dio inicio a la gran traca preparada para la ocasión, con abundancia de petardazos, silbidos de cohetes y fuegos artificiales.
Ante aquella inusitada explosión de ruido, Marchena trató de taparse los oídos y ponerse de puntillas, ya que no podía distinguir con comodidad lo que estaba ocurriendo: un individuo con algo parecido a un canotier con una copa tremenda se había ido metiendo en su línea visual y ahora ocupaba casi todo el pretil. Enfadado por la desfachatez de aquel hombre, Ambadelo, ni corto ni perezoso, le dio disimuladamente con el brazo sano tal revés en la punta del singular sombrero que hizo que el intruso se apartara de repente, en busca del canotier entre los arbustos donde había caído.
Distraído con este incidente, cuando Marchena se quiso dar cuenta, la princesa Mazia ya se estaba metiendo dentro de una berlina y, como mejor pudo, empezó a acomodar a su alrededor los pliegues de la espléndida falda. Seguidamente, subieron sus tres ilustres acompañantes, las cuales se sentaron frente a ella, haciendo que el peso desproporcionado produjera un movimiento de imprevisto vaivén en el vehículo.
El Conde tuvo que montarse en el siguiente carruaje, ya que en el primero no cabía un alfiler. Una vez plegados los escalones del estribo, el cochero pareció recibir la orden de dirigirse, presto, al palacio Argafudere, porque el mozo que sostenía las bridas de los galopantes se echó hacia un lado, hizo con los brazos un movimiento apenas perceptible y permitió que la berlina se deslizase por una de las salidas de la terraza.
—¿Te has fijado qué guapa es?
—Ambadelo, ¿cómo quieres que hayamos visto nada si apenas se puede asomar la cabeza? —dijo Fadrio, ajustándose los guantes de un tirón.
—¿Tú tampoco te has dado cuenta? —Ambadelo se dirigió entonces a Marchena.
El ingeniero le miró, en el momento que la mayoría del público se alejaba calle arriba, entre los cuchicheos que había generado la llegada del dirigible.
—Fadrio tiene razón. Pero no te preocupeste —le hizo un gesto con los hombros—, esta noche poderemos comprobarlo.
—¡Oh, no! —se quejó Ambadelo.
—¿Qué? —Marchena se le quedó observando.
—Se dice “no te preocupes”, “no te preocupes”. Te lo he explicado hace un rato. Y tampoco es correcto “poderemos”. ¡Cuándo te enterarás de las cosas! ¡“Podremos”, san Tiago, “podremos”!
Ante el tono seco de aquellas recriminaciones, Marchena estuvo a punto de exclamar: “¡Yo no soy un santo, Ambadelo! ¡Mi nombre es Santiago! ¡Y se pronuncia todo seguido!” Pero conociendo lo complicado que sería explicarle su significado, obvió el repentino arranque de malhumor de su amigo y le siguió hacia donde les esperaba el faetón.
El público seguía subiendo calle arriba, comentando y acompañando con gestos qué les había parecido la llegada rutilante de Su Alteza Soberana. No habrían caminado cincuenta metros, cuando Fadrio se dio la vuelta y, con un brazo, señaló la inesperada silueta que se abalanzaba por encima de las torres de la casa Anadri, directa al borde del acantilado.
—¡Mira, Ambadelo, es tu tío! ¡Es sea Bugala! ¡Va en ese cacharro con Matoné hijo!
Desde luego, no podía ser otro. Nadie que no fuera el duque de Mastaserrada tendría suficiente valor para lanzarse con un artefacto semejante al abismo.
Marchena movió un poco la cabeza. Aquel aparato parecía una persiana veneciana. No menos de quince alas formaban la parte principal. Una hélice de dos aspas por delante y un rudimentario timón de tela por detrás camuflaban el triciclo sobre el que dos figuras iban montadas y regalaban saludos por cada lado de la carlinga a quien se volviera hacia ellas.
El “cacharro” del Duque, como lo había calificado de modo despectivo Fadrio, tardó menos de un minuto en sobrevolar la Gran Grieta y desencajarse, con un repentino golpe de aire, más allá de la Central Hidroeléctrica, cerca de la vieja máquina abastecedora de agua. Ante el asombro general, sea Bugala y su acompañante cayeron sobre la rocosa pendiente y, tras una serie de volteretas y trompazos que terminaron de desmenuzar la aeronave del todo, se dieron de bruces contra el río con una zambullida espectacular.
—Siempre hace lo mismo. Es incorregible —dijo Ambadelo, levantando desdeñosamente las cejas—. Seguro que había preparado todo para que lo vieran el Conde y su séquito. Y fijaos, encima de llegar tarde, ha hecho el más espantoso de los ridículos.
—Pues yo creo que tiene su mérito —respondió Marchena, tratando de rebajar el enfado del sobrino del Duque—. Algo le ha debido fallar. En caso contrario, habría dejado a todos boquiabiertos.
—Y bien que lo ha hecho —añadió Ambadelo con mordacidad. No hizo más comentarios. Sumamente enfadado, se montó con apresuramiento en el faetón y, cuando estuvo dentro, les chilló—: ¡Venís o no! ¡Que no tenemos todo el día!
Fadrio, que no quería verse en medio cuando su amigo se encolerizaba, se disculpó diciendo:
—No, muchas gracias. Regreso paseando. Si te parece, nos vemos en el baile.
Ambadelo se quedó mirando a Fadrio y luego se volvió hacia Marchena.
—¿Y tú, san Tiago, también prefieres volver a pie?
El ingeniero dudó unos segundos, antes de despedirse:
—Sí. Voy a ver lo que le ha ocurrido a tu tío.
—Muy bien, como prefieras. Aunque no creo que le haya pasado nada. Matoné y él tienen la cabeza muy dura… ¡Al Oriental! —Ambadelo cerró la portezuela con un golpe recio, tras ordenar al cochero que arrancase.
Con un crujido de las ruedas, el faetón se puso en movimiento y se perdió con velocidad por una de las bocacalles que salía en ángulo recto.
—¿Te vas a acercar al otro lado? —preguntó entonces Fadrio, en cuanto se quedaron solos, dando un paso hacia Marchena.
El ingeniero, volviéndose hacia la torre del Ayuntamiento, se demoró unos instantes en responder.
Diablos… le costaba tanto descifrar la hora en aquellos extraños relojes.
—Creo que sí —dijo por fin—. Aún falta bastante para la comida.
—Pues, si no te importa, te acompaño.
Los dos tomaron la misma dirección que Ambadelo. No obstante, al entrar en la estrecha bocacalle por donde había desaparecido el faetón, cambiaron de rumbo y siguieron por la cuesta que, atravesando una arcada bastante alta y adornada con farolillos y guirnaldas —como en el Casco Viejo—, subía en perpendicular.
—Bueno, te habrá extrañado el repentino mal humor de nuestro amigo —Fadrio rompió el silencio, con una observación que parecía no decir nada.
—Realmente, no —Marchena contestó en tono igualmente desinteresado, tratando de escabullirse del veneno de la observación; no le gustaba hablar mal de nadie que no estuviera presente—. Está tan enamorado…
—¿Enamorado? ¿Tú crees? —Fadrio sonrió, mientras caminaba ahora por el centro de la empinada cuesta, evitando los rieles que la flanqueaban—. Mira, hay personas que, cuando no consiguen lo que quieren, se ponen hechos una fiera.
—Bah, no creo que sea para tanto.
—Es posible que tengas razón —Fadrio volvió a sonreír—. Pero yo llevo años al lado suyo. Lo he visto comportarse en muchas oportunidades del mismo modo, san Tiago. Siempre que no puede alcanzar algo, del tipo que sea, Ambadelo pierde los estribos y tiene arranques como el que has visto hace un momento —remarcó esto último de manera especial, atusándose el bigote y haciendo un gesto de asentimiento.
Marchena no dijo nada más, pues sabía que Fadrio, cuando le interesaba, era un argumentador nato. Hábil y disimulado, buscaba en todas las ocasiones que podía que su opinión prevaleciese. Aunque siempre dentro de la compostura. Para él, los modales eran lo primero. Por nada del mundo se debían de perder los modales. Cuando surgía una polémica y sospechaba que se podían producir acaloramientos, prefería moverse hacia un terreno diferente y asentir mientras sonreía. Uno podría prometer cualquier cosa con tal de que no se le borrase de la cara esa sonrisa.
De improviso, oyeron un sonido estruendoso por detrás que les hizo subirse a la acera con rapidez. Una cabeza de galopante metálica pasó a escasos centímetros de ellos. El operario de la cabina, accionando diversas palancas con una mano y tocando la campanilla con la otra, hizo que la pequeña locomotora subiera la cuesta a base de bruscos empujones.
—¡Vaya ruido! —exclamó Marchena, apretujándose al lado de Fadrio contra la pared.
Las ruedas chirriaron sobre los rieles, al tiempo que los viajeros que ocupaban el único vagón se sujetaban con fuerza a los agarradores de los lados, sin dejar de dar cabezazos hacia atrás y hacia adelante con el violento cambio de marchas. Al terminar la pendiente, la máquina tuvo que girar con la “misma suavidad” y perderse por una de las costanillas que conducían directamente al Pontineo.
Qué curiosa forma de idear un vehículo. Marchena dejó de mirar al tranvía y siguió a Fadrio por el centro de la cuesta. No dejaba de sorprenderle la enorme fantasía con que todo Klinklangámerun se aplicaba en el más ínfimo de los detalles. La ornamentación de los faroles de gas, el artesonado de cualquier techo, los lavabos decorados con gran profusión de flores, los escaparates tan surtidos y atrayentes de los comercios… Al preguntarle, Fadrio le explicó:
—Los primeros tranvías, según recuerdo, eran de vapor. Pero las caballerías se espantaban de tal forma ante los resoplidos de aquellos armatostes que, cada vez que aparecía uno, los carruajes se disparaban en cualquier dirección. Un caos. Un completo caos, san Tiago. Hasta que Matoné padre, con el apoyo económico de sea Bugala, dio con la solución y construyó uno con forma de galopante. Éstos, los actuales —según me contó el propio Duque—, se encienden mediante gas, de forma que no arrojan los vapores que aterrorizan a los animales.
—¿Has dicho Matoné padre? —preguntó Marchena.
—Sí. Antes de que lo ayudara el hijo, era el colaborador habitual del tío de Ambadelo —Fadrio tuvo que aflojar el paso al ver las dificultades de Marchena por seguirle; en el último tramo, la pendiente era más empinada aún—. Pero se mató en uno de sus experimentos con pólvora. Fue algo muy comentado.
Llegaron finalmente al altozano que dominaba la escolanía del monasterio de Donánvola. Al rodear la parte de atrás, la parte menos cuidada y vistosa de la emblemática edificación, un fuerte aroma a horno hizo que los dos se acercaran a la puerta entreabierta. Las cocinas estaban a pleno funcionamiento. Aguardaron unos segundos, sobre todo para que Marchena se recuperase del esfuerzo de la pendiente. Cuando los monjes notaron su presencia, uno de ellos ordenó al novicio que en ese momento le ayudaba con una cesta que les hiciese entrar en la Escolanía.
Con mucho gusto, Fadrio y Marchena pasaron dentro. El novicio cortó la leña de la cesta. Mientras el religioso —un hombre bajito y regordete, medio calvo y con la nariz y las mejillas muy coloradas— metía los trozos en el hornillo y soplaba con fuerza hasta que se encendieron, abanicando el fuego hasta que los ladrillos de carbón volvieron a llamear, puso en una superficie almendras, algo que parecía vainilla y un poco de azúcar, empezando a revolverlo todo hasta que estuvo bien mezclado.
—¿Y luego hay que esperar a que se meta en la lumbre? —dijo el ingeniero, con interés.
Según añadía una a una las yemas necesarias para que la masa se espesase, el monje respondió con simpatía a Marchena:
—Oh, no. Ni mucho menos. Una vez conseguida la pasta se forma con ella una bola que se coloca sobre el polvo de azúcar y se aplana con el rollo pastelero —en ese instante, como si le sirviera de ejemplo, cogió uno—. No debe de quedar muy gruesa, porque si no parece un mazacote. Dándole forma de barra, se pasa a un recipiente plano y se cubre con un papel de su mismo tamaño. Así, ¿veis? Después, se repite la operación por el otro lado y se le coloca un peso encima, dejándola secar a temperatura ambiente durante seis o siete días. Transcurrido este tiempo, se retira el peso, se quita el papel y…, ¡ajajá!, se presenta en una bandeja, quedando lista para servir.
Dicho aquello, el monje sacó de una de las alacenas una fuente con una tableta entera, de la cual partió dos trozos.
—Por favor, probad.
A Marchena se le hizo la boca agua, ya que no había desayunado.
Cuando se quisieron dar cuenta, había pasado cerca de una hora, durante la cual llenaron sus estómagos no sólo con aquella tableta si no con otra más que el monje les volvió a ofrecer. Había sido un banquete inesperado. El novicio que le ayudaba, sin dejar de amasar en ningún instante, observaba cómo Ambadelo y Marchena se despedían de él dándole las gracias repetidas veces.
—No hay que agradecer nada. Ésta es vuestra casa. Venid cuando queráis —dijo el religioso, levantando y agitando su rolliza mano.
Marchena y Fadrio abandonaron la Escolanía con una sonrisa en los labios, mientras comentaban qué bueno estaba el dulce que les acababan de dar. En ese momento, un carretón lleno de muebles comenzaba a subir la cuesta. Caminando más deprisa para que no les adelantara, alcanzaron el ensanche que daba entrada al Pontineo y dejaron paso a un tranvía y después a un convoy abarrotado de trabajadores que regresaba en dirección contraria.
Ah, qué bien sentaba aquella brisa. Marchena respiró con fuerza, disfrutando de la suave ráfaga de aire que procedía del Suondo, con el recuerdo aún en la cabeza del amable comportamiento del monje. En mitad del viaducto, se encontraron con otro carromato cargado hasta los topes, en donde venían los “aeronautas” y los restos que habían logrado recuperar del “aeroplano”. Sea Bugala, sonriendo entre los cachivaches, les invitó a que subieran, a la vez que le presentaba a Marchena, muy ufano:
—Éste es Matoné, san Tiago. Mi valiente compañero de aventuras.
No tendría más de quince o dieciséis años el muchacho, quien le saludó con un excitado mohín, retirándose el flequillo moreno de sus espesas cejas y estrechándose, un tanto apocado, contra el Duque para hacerles sitio —lo que no resultó nada fácil, ya que el asiento era muy estrecho y sea Bugala superaba el metro noventa de estatura, aunque no debía de pesar más de ochenta, ochenta y cinco kilos—. Matoné hijo lucía un rasguño cerca de la ceja derecha. Seguro que el aterrizaje forzoso había tenido algo que ver en ello.
Entonces, alguien soltó por detrás una exclamación, de muy malas maneras. Varios vehículos se agolpaban en una ruidosa fila a lo largo del viaducto, quejándose de que no avanzaran. El criado que llevaba la dirección del carromato de sea Bugala hizo que los galopantes volvieran a ponerse en marcha y desatascaran el embotellamiento que, sin querer, habían formado.

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