Cuando Susanah llora

JJCastillo

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Mientras el mundo se ve sumido en el caos, en un pequeño pueblo fortificado llamado Rotten, sus habitantes hacen frente al asedio de los muertos vivientes.
Un policía retirado que ha perdido a su hija. Un capitán del ejército que no se resigna a dar por muerta a su familia. Un joven con el poder de hablar con los difuntos. Un sacerdote que trata de mantener vivas la fe y la esperanza entre sus feligreses. Gente. Todo un pueblo, que no encuentra el amor, entre el horror y la tragedia.
Un grupo de supervivientes afrontando el tenso día a día, pendientes en todo momento de un bebé. Y es que, sin que nadie sepa la razón, el llanto de Susanah alerta de la llegada de los muertos. Pero un día Eva, la hija muerta de los Day, consigue llegar hasta su casa y…
J. J. Castillo (Las Vegas, 1977) lleva estudiando en la Universidad del Terror desde mediados de los años 80. Dedica la mayor parte de su tiempo a escribir historias en las que se sumerge y vive personalmente. Terror, Ciencia-ficción y Fantasía. Por ese orden.
Ha colaborado en cantidad de revistas del género y sus relatos han visto la luz en antologías impensables. Es miembro de NOCTE, Asociación Española de Escritores de Terror, y lleva al día la web de reseñas y noticias Crónicas Literarias, Desde New York (http://cronicasliterarias.com/). Es también conocida su afición a mirar el mar por la noche, pasar la velada y tomar el té en casas encantadas o comer Fritos sabor barbacoa. Se dice que reside en una zona de montañas escarpadas, prácticamente inaccesible, y rodeada de bosque de abedules, dónde las noches de luna llena son la principal atracción turística. Actualmente, vive.

ANTICIPO:

Sara

Tras el volante de su Hyundai, Sara Balaban sonrió, embebi­da por la belleza de las montañas y por la emoción de estar un paso más cerca de su lugar de origen. Liberation in a Dream sonaba por los cuatro altavoces y eso aumentó su excitación. Mientras se acercaba el crepúsculo, los árboles — pinos y abe­tos — que rodeaban a la estación parecían vestidos con el mis­mo fieltro que cubre las mesas del billar.
Había tardado muy poco en llegar a Winesbah. La autopista estatal estaba desierta hacia el norte. Únicamente había teni­do que serpentear algunos coches a la salida de la ciudad, y cuando había llegado al paso de montaña, toda la vía había sido para ella. Cuando llegó al pueblo en el que había decidido dejar el coche para evitar la posibilidad de quedarse aislada y sin gasolina en algún punto de la Ruta Norte, solo tuvo que preguntar una vez para cerciorarse de dónde estaba la estación.
Pero no fue difícil. La cantidad de árboles descritos se api­ñaban en torno a la carretera y marcaban el paso a través del campo. Sara dirigió una mirada al aparcamiento de la esta­ción y se temió lo peor. Corrió al maletero, extrajo las dos ma­letas y tiró de ellas como pudo hasta la terminal de paredes blancas y grises.
Dentro, comprobó que le sería imposible atravesar las puer­tas que llevaban al apeadero, pues se encontraban abarrotadas por multitud de personas que se empujaban entre sí. Sara pen­só que tendría la suerte de coger el primer tren sin tener que esperar, pues gracias a Meli había conseguido el billete de ida a Gregory por Internet.
Mala suerte. Decidió no esperar y salió de la estación de aquel pueblucho de mala muerte. Llevó las maletas al Hyundai y vio a muchas personas que se rendían como ella. Pero Sara Balaban no se sometía fácilmente. Así que, después de cerrar el coche, volvió y rodeó la terminal por el campo, el cual estaba lleno de grandes piedras y acechantes arbustos.
En el apeadero había más gente que dentro. El andén estaba repleto de familias. Algunos jóvenes caminaban incluso por el rail, esperando la llegada del tren. Otros se encontraban en­frente, donde empezaba el bosquecillo. Uno de los semáforos del borde se puso en rojo y algunos avisaron a los que por allí caminaban que venía el tren. Sara se maldijo por no haber cogi­do las maletas, aunque, ¿cómo habría podido cargar con ellas por entre las piedras que le habían robado un tacón?
Algunos empezaron a levantar la mano como quien espera en la parada del autobús. Los altavoces anunciaron la necesi­dad de apartarse del andén, el destino del ferrocarril y el tiem­po de espera.
Dos minutos.
La multitud empezó a agolparse en las puertas. Se escucha­ban insultos, un murmullo gigante como en los momentos previos a un concierto. Sara pensó en volver por las maletas corriendo e intentarlo, pero, cuando se giró, el tren salía de la curva en las montañas y se acercaba imponente.
Entonces, todo sucedió muy rápido: el tren aminoró al pasar por la estación a unos cinco metros de ella, continuó su mar­cha e inmediatamente, al ver como su espera no era tenida en cuenta, la muchedumbre sacó a pasear su maldad y la vileza de sus sentimientos: niños y niñas llorando, mujeres gritando, hombres destrozándolo todo… Sara echó a correr hacia el coche.

Sarita Balaban utilizaba el apellido de su madre porque era el último recuerdo que tenía de ella. Con dieciocho años, había sido la primera habitante de Rotten que había dejado el pueblo para ir a la universidad. Desde muy pequeña había sido una niña muy lista.
Mucha culpa de ello la tenía Max Rodríguez, su padre, que aunque no había terminado sus estudios, siempre estaba con un libro en la mano. La madre de Sara había desaparecido de sus vidas por culpa de una grave enfermedad en el estómago. Por entonces, Sara, con lágrimas en los ojos, pidió a su padre ciertas cosas que no le fueron negadas por lo grave de la situación.
La primera fue poder estudiar en la universidad.
Su padre jamás había pensado en separarse de su hija, pero no se pudo negar ante aquella mirada perdida y lastimera de unos ojos que le recordaban demasiado a su esposa. Porque su hija sabía aprovechar los momentos de bajón. Los aprovecha­ba por encima de todo. Porque ella captaba las oportunidades con ojo clínico. Cuando las cosas cuadraban… cuadraban. Por aquella época al tío Terens lo habían despedido de su trabajo en la fábrica y volvía a vivir con ellos.
Papá ya no estaría solo.
Sara supo que su padre intentaría retenerla usando a Brota, su novio de toda la vida. No obstante, ella hizo hincapié en la prioridad de labrarse un futuro mejor y regresar al pueblo con grandes opciones empresariales para elaborar proyectos de envergadura con las vastas y desoladas tierras del abuelo. Su hija debía saber hacer frente a situaciones como una mujer moderna. No como las demás jovencitas del pueblo que allí quedaban, para tener hijos como única ilusión en la vida.
El «futuro», era la palabra más importante para un padre con respecto a su hija.
Max cogió parte de los ahorros de la familia y mandó a su hija a estudiar a la ciudad. Pero ella no olvidó a Brota. No lo dejó formalmente. Sara decidió vivir la vida de verdad. En dos años de estudios, se había acostado con cantidad de chicos. Al menos, con todos los que merecían la pena. Y cuando regresaba el fin de semana a Rotten, pues doble ración de alegría para el cuerpo. No le importaba. ¿No eran universidad y libertad pala­bras concordantes?
Libre de verdad. Liberation in a Dream. Maravillosa canción con la que le había conquistado Joel, el chico de la cafetería, y que ahora sonaba de nuevo en los altavoces de su coche. No había por qué preocuparse: Brota salía con Carrelson y los chi­cos con los que trabajaba en Vany. Salían a beber y a pasárselo bien. Seguramente acabaran de putas cada fin de semana. Eso era algo muy normal, sobre todo, entre los hombres. Se lo había dicho Maury, el chico que tocaba la guitarra en The Resurrected y al que le encantaba morder su cuello.
Sara bajó un poco la ventanilla para fumar y sonrió. Se puso el cigarro en la boca y apretó el mechero del salpicadero. Sería el último durante un tiempo. Jamás había fumado (ni lo pensa­ba hacer) delante de su padre.
No sentía para nada remordimientos cuando se acostaba con algún ligue en la ciudad. Siempre pensaba en Brota. O, al me­nos, la mayoría de las veces. Porque con él se había iniciado. Era importante. Brota había sido su primer amor y eso era im­borrable. En su corazón estaba grabada a fuego aquella prime­ra vez en el bosque de los abedules sobre la roca del pescador. Pocos segundos, mucha intensidad. Cuando se lo había conta­do a Lisi, Tami y Osman en la universidad habían flipado. Sin embargo, ellos le advirtieron que fuera había todo un mundo por descubrir y cada relación era diferente. Sobre todo, los co­mienzos. Ninguno se parecía a los demás.
«Es aterrador querer olvidarse de ese cosquilleo que se siente cuando quedas para verte con alguien por primera vez», decía Osman con su voz amanerada.
Conocías gente nueva, que tenía aficiones nuevas, que ama­ba el mar por encima de todo, que soñaba con vivir en Nueva York algún día, que lloraba con una canción en un concierto… Cada relación era diferente.
Y Sarita Balaban decidió probar. Y le gustó. Era su secreto. Pero cuando no se podía ser más feliz — porque los primeros años de carrera le estaban pareciendo un paseo —, habían co­menzado los disturbios. El mundo había cambiado de la noche a la mañana. La confusión había llegado también a la residen­cia universitaria, la cual se había despoblado de una manera alarmante. Un alto porcentaje de estudiantes había optado por la primera opción que ofrecía el decano: regresar a casa junto a los familiares hasta que el gobierno estipulara ciertas pautas y poder volver a la normalidad.
Sara regresaba a casa.
Con los pies descalzos, los vaqueros y la blusa de estilo mon­tañero que le regaló su padre, conducía a más de ciento treinta kilómetros por hora a través de la Ronda Norte en dirección a Rotten.
La autopista estaba en su mayor parte desierta. Unos diez kilómetros después, pasó fugazmente junto a seis coches aban­donados en la carretera. Un par de ellos estrellados contra el murete de contención y los otros, abandonados con las puer­tas abiertas como si sus ocupantes hubieran huido de algo a la desesperada. La imagen era sobrecogedora, pero Sara se llenó de valor.
La idea era coger el tren en Winesbah, recoger a Brenda en May y regresar a Rotten como hacían algunos fines de semana cuando el mundo iba bien. Los móviles hacía tiempo que ha­bían dejado de funcionar. Aun así, tenía la esperanza de ver a su amiga en esa estación como tantas otras veces y abrazarla.
Abrazarla como su mejor amiga que era. Por un momento pen­só que jamás volvería a verla. Sí. Brenda podría estar muerta.
Muerta y resu…
El mechero saltó en el salpicadero. Sara lo atrapó y encendió el pitillo. Lo saboreó y con la misma mano puso la radio. Interferencias. Y.
Noticias.

… no ha sido un incidente aislado. Si viven en la zona norte, el refugio al que deben acudir es la Iglesia de…
Interferencias.
Repito. Iglesia de Santa Ágata en el veintidós de Rumiley.
Por favor, no abandonen sus hogares. Si en su
zona no detectan ninguna actividad, quédense en
casa y cierren todas las puertas. Repito…
Apagó la radio y puso música. ¿Cómo se permitían inducir el miedo por la radio? La desazón que transmitía aquel mensaje le recordó que la mayor parte de las gasolineras habían cerrado. Se la estaba jugando, pero no tenía otro remedio. No sabía en qué punto el coche la dejaría tirada. Con toda seguridad iba a ser en medio de la nada. Antes de meterse en la autopista había tenido la esperanza de ver a más gente en la carretera. Con un poco de suerte, haría autoestop y alguien terminaría llevándola.
Pero la suerte no está cuando más la necesitas. Y seguía sin ver un alma. Sara estaba sorprendida y complacida ante la fa­cilidad con que había llegado hasta las montañas. Recordó no pasarse y salir por el desvío donde estaba el cartel azul con la caravana del desguace de Quinton en lo alto. No sabía si ace­lerar mucho, para después ir jugando con el punto muerto, u olvidarse de todo y que la suerte dispusiera su camino.
Optó por lo primero y puso el Hyundai a su máxima velo­cidad para después quitar las marchas. La carretera comarcal descendía suavemente y el crepúsculo se hizo por un momento más luminoso. El valle de las sombras se quedaba atrás. Notó cómo se le taponaban los oídos y tragó saliva. Dejó atrás una pronunciada curva que le hizo recordar el sueño que tenía úl­timamente — en el cual moriría en un accidente de coche— y levantó un poco el pie del acelerador.
La música había terminado hacía una media hora. El modo continuo no estaba activado y el aparato se había apagado. Los indicadores del cuentakilómetros llegaron al máximo por un segundo, una luz roja se encendió en el indicador de gasolina y Sara profirió un gritito. Entraba en reserva.
Recordó las palabras de su padre diciéndole una y otra vez que nunca dejara el Hyundai en reserva, porque el depósito de ese coche tenía muy poca capacidad.
Casi en el horizonte vislumbró el cartel azul y la caravana, pero no redujo aún. Siguió hasta llegar a la vía del desguace, salió por ella y aceleró suavemente al pasar por la entrada. No se veía a nadie y todo estaba cerrado a cal y canto.
El coche alcanzó de nuevo velocidad y entonces el camino se bifurcó: hacia la izquierda y en dirección recta. Siguió hacia delante acelerando, la espalda sudándole a mares y, unos cinco minutos después, atisbo el primer túnel bajo la montaña. Debía atravesar siete. El tercero y el cuarto eran los más largos. Daba pavor pasar por ellos caminando. De pequeña, con los del pue­blo, se convirtió en un rito entre padres e hijos llegar hasta allí y atravesarlos todos andando. Con amigos te lo pasabas bien, recorrías la vía verde de la que todos los habitantes de aquellos pueblos estaban orgullosos. Estuvo muy de moda durante un tiempo e incluso venía gente de la ciudad para hacerlo. Pero todo se fue al traste el día que la hija de los Cleber desapareció y no pudieron encontrarla. Desde entonces, se prohibió el paso peatonal. Pese a que los túneles contaban con aceras e interrup­tores de luz al principio y al final. De un tiempo a esta parte, eran muy transitados por ciclistas.
El motor se paró. El volante se bloqueó a escasos metros del pasaje. Sara se quedó atónita mirando el agujero. No había nadie dentro. Era muy corto y se podía ver el otro lado con claridad. No más de trescientos metros podría tener el primer túnel. Sin embargo, le inquietó pensar en cómo se defendería los próximos once kilómetros y medio que le restaban hasta su pueblo. «Y andando». — Oh, no… — se quejó.
El lugar parecía muerto. Cuando había vuelto otras ve­ces en coche siempre había algo de tránsito por aquel lugar. En la bifurcación anterior, hacia la izquierda, había un bar de carreteras que por lo que ella sabía, había tenido mucho éxito por estar al comienzo de la vía verde. Aquel bar era uno de los culpables de que estos caminos siempre tuvieran circulación. Ahora estaba cerrado.
Bajó del coche con los sentidos a flor de piel. Sacó las maletas de la parte de atrás y de la más pequeña extrajo unos botines y se los puso. «Estoy preciosa». —Vale, coño. Vamos a hacerlo.
Llegó ante la señal de prohibición, al principio del túnel. Su­bió las maletas al pavimento y comenzó a caminar bajo la mon­taña. Sintió la humedad de años atrás, que le despertó recuer­dos. Cada pocos segundos se giraba. El Hyundai le observaba solitario, discordante con el entorno en el que lo habían aban­donado. Pasó por delante de uno de los descansillos del muro donde resplandecían los focos que iluminaban el interior. Miró de soslayo. Sabía que no habría nadie, pero era de rigor mirar ahí dentro. Cuando se tiene miedo, todos son ruidos. Atravesó otros dos y salió del túnel.

Miró en ambas direcciones otra vez y no vio a nadie. Algu­nos árboles trepaban por el monte y la observaban con aire de superioridad. Un perro ladró un par de veces en la lejanía y Sara no supo si asustarse o sentirse arropada. —Qué extraño —dijo.
Continuó por la carretera con mil ojos sobre su entorno. El día se marchaba. La noche llamaba a la puerta. El frío repentino bajó de las lomas y navegó por los caminos. Hacia el este, sobre el frondoso valle, en un descanso de vegetación, pudo ver el carril de las vías férreas antes de que las sombras lo abordaran.
Dejó muy atrás el primer túnel, perdió de vista el Hyundai. A paso ligero intentó pensar qué haría cuando fuera noche ce­rrada. Lo mejor era seguir caminando pues como no hubiera luz, lo iba a pasar realmente mal. No podía parar. No podía estarse quieta. Sus tobillos temblaban por el ritmo fatídico que llevaban sus botines. Le entraron ganas de llorar. Y lloró. El pe­rro volvió a ladrar sobre el ocaso y ella se limpió los ojos llenos de rímel. Quizás aquel perro bajara de algún sitio y le atacara. Aunque aquel ladrido que entonaba tenía un tono de aviso. Como cuando lo emitían para alertar a sus dueños de que se acercaba alguien. Probablemente la estaba oliendo. Allí arriba debía de haber alguna finca.
Paró un segundo. Del camino cogió una piedra y la colocó sobre una de las maletas. Sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó la nariz. Se limpió el rabillo de los ojos y… Cuando miró al se­gundo túnel, allí estaban.
Tres tipos esperaban junto a una cerca en la entrada. Dos lle­vaban cascos de protección. Uno tocaba la pared en el interior del túnel con ambas manos, como si la estuviera alisando. Sara siguió hacia ellos. Sonrió cuando apreció al otro lado un coche azul aparcado sobre la cuneta. Sonrió con fervor. Ellos la lleva­rían a casa.
« ¿Ves como todo no es tan malo, tonta?».
Al parecer aún no la habían visto. Sara pensó qué demonios podrían estar haciendo tres obreros allí a esa hora. Obviamente, algo en el túnel, se dijo. Pero la situación actual en todo el país no era muy halagüeña como para trabajar y echar horas por amor al arte. Se estaba dejando llevar por el miedo. Le asustó pensar que tal vez quisieran violarla. Tres hombres en mitad de la sierra y ella. ¿Y qué podía hacer?
Mientras no intentaran hacerle daño…
Anduvo lentamente hacia ellos y pasó cerca de un pequeño precipicio a su izquierda. Al llegar a su altura se apartó rápida­mente. La valla de protección estaba rota. Abajo, hasta donde alcanzaba su vista, se abatía un mar verde y oscuro. Calculó unos veinte metros de altura en aquel barranco. Lo dicho: aba­jo, espesura.
Observó como los hombres empezaban a caminar hacia el otro lado del túnel. Quizás habían terminado su turno y se marchaban. Los tres se alejaban. No iban juntos. Cada uno por su lado. Se dirigían hacia el coche. Caminaban de un modo ex­traño. Era como si no quisieran andar y algo les empujara.
— ¿Oigan? ¡Perdonen! — gritó.
Nada.
Gritó más fuerte.
Uno se giró.
Y olió.
Arrastraba la pierna como si no le quedaran nervios en ella. Empezó a aligerar el paso en su dirección. Gruñendo. Gritan­do. Aterrador, como solo lo puede ser el grito de un hombre.
Sara soltó las maletas y se tapó la boca. ¿Y ahora qué? Los otros dos también empezaron a correr hacia ella. Ambos ade­lantaron al cojo. Sara se dio cuenta de que uno de ellos no iba vestido de obrero sino con traje de chaqueta. De su pecho y su cuello empezó a manar sangre. Mientras los otros intentaban ganar la carrera, el cuello de este se desgarró y el cuerpo cayó estrepitosamente al suelo.
Pero quedaban más. Uno con mono de trabajo azul que en pocos segundos estaría sobre ella. ¿Por qué gritaban de esa for­ma? Sara cogió la piedra de la maleta y echó a correr hacia el primer túnel. Por un segundo, quiso esperarle cerca del preci­picio y hacerle caer. Lo pensó un miserable segundo. Pero tuvo miedo de que no funcionara. ¿Qué posibilidades tenía una chi­ca como ella contra un hombre?
Había luna llena. El camino era transitable. La frescura del aire llenaba de pasión los corazones del bosque. Sara corrió con todas sus fuerzas hasta que se le salió un botín, tropezó y cayó. La piedra que llevaba en las manos desapareció entre los setos. Detrás, oyó el grito de la bestia y poco después sintió el peso sobre ella. El mordisco. Dolor. Quemazón y ardor excesivo. Pero la muerte no le acompañó hasta diez minutos más tarde.
El perro volvió a ladrar en la lejanía de las montañas.

Mitch

Los muertos llenaban toda la vaguada. El humo y los gases se extendían por el prado calcinado. Nada de cuanto había ob­servado en sus años de soldado o durante sus ejercicios en los países del Este, podía compararse a la sensación de temor que ahora le embargaba.
Cuanto más tiempo contemplaba los cuerpos muertos, más le parecía estar mirando una de esas imágenes en blanco y ne­gro de Rodchenko, donde se lograban todos los ángulos y uno se maravillaba con una perspectiva diferente de una situación única.
Tan aterradora como un accidente de tren.
— No contestan, señor —dijo Rori, rodilla en tierra.
Mitch miraba el armatoste de hierro. Le había ordenado al chico que contactara con la base y lanzara como código de si­tuación: Echo, Delta, Delta, Charlie. El radiorreceptor continuaba mudo. Mitch agarró el enlace y lo apoyó contra una roca. Alzó la antena al máximo. Volvieron a intentarlo. Nadie contestaba al mensaje de auxilio.
—Siga intentándolo — ordenó Mitch.
Era tremendamente extraño que Receptor-0 o Base JT no con­testaran a una llamada con ese código de situación. A cualquier llamada. Abajo, la linterna del sargento Farquart emitía un cono de luz incapaz de penetrar el polvo y el hollín suspendi­dos en el aire.
Los cadáveres —la mayoría no eran más que bultos gri­sáceos, salvo algún brazo entre las piedras por aquí o algún cuerpo en una postura imposible por allá— habían llegado a la última parada. Junto al sargento estaba el soldado con perilla rubia y pocos dientes, cuya conducta peligrosa era famosa en todo el cuartel. Le llamaban Bala. No era de la compañía de Mitch: pertenecía a la 3a Sección de Armas en la Iª, pero se lo habían colado.
En las maniobras se solían hacer intercambios de solda­dos para fomentar la fraternización entre los destacamen­tos. Mitch había oído hablar de Bala. Era un tipo peligroso de manejar, le había explicado el comandante. Otros tantos capitanes se habían quejado de él en anteriores maniobras. Aquel tipo tenía tantas menciones honoríficas como puntos de omisión.
«Ahora nos toca a nosotros, ten cuidado», le había alertado el comandante.
El tal Bala había hecho buenas migas con Farquart. No se ha­bía despegado de él desde que llegaron al campo. Mucha culpa tenía que el sargento lo tratara como a un igual y no hiciera valer su rango.
Mitch dio un paso adelante.
— ¡Soldado! ¡Baje usted el arma! —gritó Mitch, y su voz re­tumbó en el valle.
El muy idiota apuntaba a los muertos con la mirilla como si hubieran salido airosos de una emboscada.
Bala dejó de apuntar, pero no contestó al capitán.
Farquart le dijo algo y Bala levantó la vista. Acto seguido se colgó el fusil en el hombro. Mitch se frotó las manos y ordenó nuevamente al soldado Rori que no cesara en su intento con el enlace. Luego, bajó por el terraplén.
Solo el último vagón se mantenía en pie, aunque sin cristales. Las cortinas se mecían en sus ventanas al son del vientecillo helado de la sierra en los comienzos de la noche. Los demás vagones se abrían a izquierda y derecha a lo largo de las zanjas hasta la infinita oscuridad, que no era total, gracias a los focos que Mitch y Rori habían encendido arriba en el camino. Ayu­daban también las linternas de exploración y las lejanas luces de la locomotora oculta en los matorrales del bosque negro. Y la luna. La seductora luna llena.
Todos los vagones que veían desde allí estaban abiertos por la mitad. Mitch pensó que ese era un buen dato a tener en cuenta por parte del ingeniero que hubiera diseñado el tren y quisiera buscar posibles causas del descarrilamiento. Aparte de gente muerta, lo que más había eran cables desparramados liberando chispas. Uno de los vagones había rodado cientos de metros so­bre el campo. Tenía el techo abierto como una lata de sardinas y, allí en medio, podría pasar por una obra de arte moderno. Había otro completamente aplastado en la parte posterior de la roca donde estaba el enlace. Otro contenía gente a medio salir por las ventanas. Y bajo las ruedas. Manchas negras se volvían rojas al recibir la luz. Sangre. Mucha sangre. Sangre por doquier.
Mitch volvió a dirigir su linterna al camino. Estuvo muy atento de no pisar a nadie. Había demasiados. El tren debía de ir hasta los topes. Llegó al llano y vio como la mayoría de los muertos habían salido despedidos en aquel tramo. Se giró y alumbró en la lejanía en busca de alguna posible lógica al des­carrilamiento. Pero nada obstruía los raíles.
El sargento Farquart se acercaba a él. Se quitó la gorra, se secó el sudor y dijo en voz baja:
— ¿Qué hacemos?
— Esto es terrible, sargento —murmuró también Mitch, sin saber por qué lo hacía—. Ni Receptor ni Jota Tango contestan a las claves de emergencia, pero nada. Algo debe de ocurrir. Esto es muy grave.
— No creo que nos hayan dejado aquí tirados, mi capitán.
— Hechos peores se han dado.
— Voy a inspeccionar los vagones del fondo —señaló Farquart—. Tal vez alguien necesite ayuda.
— No sé. Eso no es lo que dice el protocolo de asistencia.
— Pero quizás podamos salvar a alguien, señor.
Mitch imaginó al sargento saliendo en los noticiarios. Un sar­gento en maniobras de rutina se ha topado con un accidente de tren en el que han muerto cientos de personas. Pese a todo, ha salvado unas cuantas vidas. Su alto conocimiento en primeros auxilios y su valentía fueron claves en el momento crucial…
¿Mención honorífica? Farquart las buscaba como quien busca palomitas antes de entrar en el cine.
— Puede usted ir si quiere. Pero permanezca a la vista. Tengo un mal presentimiento.
— A la orden, mi capitán. Me llevo al soldado de la 3a, si no le importa.
— No tarden.
Mitch se separó de ellos. No quería indagar. No quería ser valiente. Tenía la extraña sensación de estar siendo observado como en un concurso de esos en que te vigilan las veinticuatro horas de día. Cuanto más contemplaba los cuerpos bajo la te­nue luz de los focos, más vueltas le daba el estómago. Como máximo dirigente del escuadrón, decidió que reservarse y es­perar sería una buena solución durante la próxima media hora. Observar hasta que se le pasara el mal cuerpo. El soldado Rori bajó un poco por el repecho y le tendió una mano.
— ¿Nada? — le preguntó Mitch.
— Nada, mi capitán. Ya ni siquiera se oyen interferencias. Es muy extraño. Esos enlaces tienen muchísimo alcance. Los he comprobado en cantidad de ocasiones: son maravillosos. No sé si será el caso de este en particular, pero los nuevos contactan vía satélite. Son de lo mejorcito que tenemos en el ejército. Fun­cionaban incluso bajo tierra, ¿recuerda? Lo vimos con nuestros propios ojos cuando estuvimos en las maniobras de las CODEE de hace cuatro años. Quizás si subo con él a un lugar más alto… — No creo que sea culpa de la cobertura. Acudieron nuevamente al montículo. El puesto de observa­ción AK-12. Mitch oteó el paisaje en la negrura. A pesar de la oscuridad, podía ver las siluetas del sargento y el soldado en la pequeña misión de exploración que ellos mismos habían pla­neado. Tenían miedo. Los muy estúpidos continuaban apun­tando con los fusiles a los cuerpos. Farquart saltó por una aber­tura y subió a un vagón. Bala esperó y dijo algo. Farquart salió y de regreso saltó a tierra.
Detrás de ellos, Mitch vio como se levantaba alguien.
— ¡Un superviviente!
Rori dejó el enlace y se le acercó.
— Detrás de ellos. ¡Mire! —señaló —. ¡Venga conmigo! Regresaban al terraplén cuando Rori gritó:
— ¡Se están levantando, mi capitán!
Mitch dio un salto. Había pánico en aquellas palabras. Mandó silencio. Miró en derredor. Sintió como si les hubiesen tendi­do una emboscada. Oyó cómo se rompían cristales y cómo un constante murmullo se hacía con el páramo. Decenas de ellos se alzaban. El levantamiento. El alzamiento. ¿Nadie había muerto?
— ¡Capitán!
Volvió a ordenar silencio. Observó su entorno. El soldado es­taba asustado. El horror le consumía por los pies. Era normal. ¿A quién no? Las víctimas del accidente se estaban levantando a la vez. ¿Cómo podían levantarse todos? ¿La cordura se pier­de? ¿Te la roban? Como soldados, habían sido entrenados para no pensar. Mente en blanco, instinto bruto. La tierra es la vida. Por eso inconscientemente permanecían agachados. Mitch bus­caba en su cerebro una lógica para lo que sus ojos veían bajo la espectral luz de la luna.
Farquart y Bala abrieron fuego. Los fogonazos iluminaron todo el valle. Aquellos gilipollas, excitados por el miedo, dis­paraban a diestro y siniestro, mientras corrían de vuelta. Algu­no de aquellos seres intentaba atraparlos, pero entre disparos, culatazos y patadas, los dos militares se abrían paso como en una película de acción.
Saltaban, pegaban y seguían apretando el gatillo. ¿Por qué seguían disparando?
No tenían fuego real.
— Carga la bayoneta, vamos a ayudarlos — ordenó Mitch.
—Tenemos que marcharnos, mi capitán… ¡Virgen santa, solo tenemos munición de fogueo!
—¡Deja de llorar! ¡No me gustan los hombres que lloran! Ven, quédate al borde de la rampa y ayúdanos a subir cuando regre­semos — dijo al soldado.
Mitch le sujetó el rostro para que el chico no perdiera el norte:
—Escucha: céntrate, ¿de acuerdo? Tiene que haber una expli­cación lógica. No pienses en lo peor.
Rori asintió con los ojos bañados en lágrimas de plata. Mitch cargó la bayoneta sobre la boca del fusil y corrió por la pendien­te con el arma delante. Toda una horda de seres se arrastraba e intentaba caminar con las fauces abiertas y los ojos en blanco. A la mayor parte le faltaban extremidades, piel o incluso partes de la cara. Las ropas hechas jirones, manchadas de tierra, y algo que se asemejaba al pus recorría sus orificios nasales. La mayoría de ellos intentaban alcanzar a Farquart y al soldado de la tercera compañía. La luz de los disparos parecía cabrearles. Mitch pudo ver cómo algunos se tapaban los oídos a la vez que gritaban.
Farquart se enzarzó en melé con un tipo gordo que lo había agarrado y varios más. Una de las patadas que Bala lanzaba fue a parar a la cabeza del gordo y se oyó un crujido. Luego, el soldado ayudó a levantarse al sargento.
Decenas de ellos aparecían en los vagones, aquel movimien­to siniestro en El vagón de los muertos vivientes, era digno de las películas de terror. Buen titulo de película de serie B… Pero real. Real para Mitch. Real para muchos.
Los que estaban muertos y colgados sobre las ventanas del vagón intentaban ponerse en pie. Unas fuertes sacudidas aco­metían sus cuerpos. Como si el dedo resurrector del Altísimo les hubiese concedido tiempo o como si el Bajísimo les hubie­re insuflado fuerza con su aliento infernal. Se lanzaban por las ventanas como mejor solución. Sus cuerpos se estampaban con­tra el suelo y luego se levantaban. Del vagón que llegó en volan­das hasta la explanada en el campo, algunos venían corriendo. Otros, reptando. Arrastrándose. De las grietas en la chapa del coche más cercano salían algunos y no les importaba quedarse sin piel en el intento. Otros se agarraban a los cables sueltos y la electricidad les hacía arder. Pelos y cuerpos quemados, hedor insoportable. Ojos ardiendo en figuras que seguían caminando.
Mitch odió que su vista se hubiera agudizado como la de un gato. Lo veía todo demasiado bien. Aquellas escenas jamás po­dría olvidarlas: quedarían grabadas a fuego hasta el fin de sus días. La fiebre que le atosigaría durante horas en el delirio de los minutos previos a su muerte recordaría la primera vez que los vio levantarse. Era su maldición. Una y otra vez.
El infierno es repetición.
Mitch se había obnubilado y cuando regresó al presente, ha­bía muchos más. Tenían más libertad de movimiento. Una se­ñora de mediana edad gritaba intentando agarrarlo. Tenía el rostro abotargado. La criatura brillaba como si llevase dema­siado maquillaje. No tenía nariz. Por alguna extraña razón es­taba inflada. Quedaba visible la carne, cuyo aspecto era blando y excesivamente azul.
Su boca.
Grande.
Mitch la derribó de un culatazo cuando intentó morderle. El capitán sintió una descarga de adrenalina y empezó a abrir­se paso a golpes entre todo lo que se le acercaba. Lanzó un puñetazo al rostro de un chico lleno de pelo y piercings, que había saltado sobre él como una gacela. El brazo se le llenó de sangre y se recordó usar el fusil para lo que estaba por venir.
— ¡Dejad de disparar! ¡Eso los atrae! — gritó Rori desde arriba.
Cada vez eran más. Mitch intentaba llegar hasta el sargento y el soldado, pero estaba rodeado. Pensó en volver y fue en­tonces cuando se percató de cómo tres de ellos habían subido a por Rori.
El soldado salió corriendo.
Mitch no supo que hacer. Farquart y Bala estaban en peor si­tuación. Rori podía escapar. Mitch corrió y consiguió esquivar a los asaltantes hasta llegar al sargento y a Bala inmiscuidos en una refriega con seis hombres. Cuando llegó, Farquart ya­cía en el suelo y una niña rubia, de unos ocho años, le estaba mordiendo la pierna. De la fuerte sacudida, la envió hasta unos setos. Mitch, en carrera, empujó con sus piernas a dos hombres. El estrepitoso golpe hizo que cayera con ellos al suelo. Los en­gendros se levantaron con mayor rapidez que Mitch y, cuando se abalanzaron sobre él, Bala tiró de su brazo y lo arrastró hasta que consiguió ponerlo en pie. El enorme tirón casi le desencaja la clavícula.
Patadas y golpes.
— ¡Vámonos! ¡Vámonos de aquí, joder! —gritaba Farquart.
Echaron a correr por las vías férreas. Venían más y tenían más libertad de movimiento.
Mitch y los suyos no tenían fuego real.

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Interplanetaria

1 Opinión

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  • moni_29
    on

    Gracias por la recomendación, me gustan ésta clase de libros!!!

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