Cuarteles de invierno

CuartelesInviernoAlfredDuggan

Camul y Acco son dos nobles galos de los Pirineos, orgullosos de la superioridad de su civilización, aunque aceptan de buen grado la ocupación romana por los beneficios que reciben. Sin embargo, Acco provoca la cólera de la Diosa, y los jóvenes amigos se ven obligados a escapar y a unirse al ejército invasor. Desde las campañas de Julio César, del Rin a Roma, pasando por Grecia hasta llegar al extremo oriental del Imperio en las estepas de Asia, Camul relata co un tono idealista pero pragmático sus aventuras y las impresiones sobre las costumbres y los cultos que encuentran. Pero no es fácil huir de la venganza de una Diosa cuya presencia se hace sentir en todo el mundo.

ANTICIPO:
Nos apartamos a regañadientes del camino para abrir paso a los enviados. Eran ancianos desarmados y manifiestamente preocupados. Nos pareció que no había nada de malo en demostrarles nuestros sentimientos, así que cuando pasaron por nuestro lado les maldijimos agitando los puños. Al cabo de un poco, los vi llegar al campamento de la infantería romana. Los legionarios los recibieron con el rostro impasible; para ellos, todos los bárbaros éramos iguales, y los germanos no eran peores que cualquier otro.

Esa noche circularon rumores de que los germanos habían aceptado retirarse sin entrar en combate, y que al día siguiente marcharíamos hacia el oeste. Cuando amaneció, sin embargo, se nos ordenó que continuáramos hacia el norte, pero se nos dijo que se seguía negociando con los germanos y que no debíamos atacar a la patrulla de avanzada. De hecho, yo no vi ninguna, pero era mi primera campaña, y oí decir a otros que habían visto hombres merodeando entre los arbustos.

El segundo día entramos en una región de amplios pantanos y llanuras cenagosas. No había ningún sitio en el que un ejército pudiera esconderse, y cabalgamos con la reconfortante certeza de que no íbamos a vemos sorprendidos. Aun así, nos informaron de que el campamento base de usipetes y tenderos, con las mujeres, los niños y los carruajes, estaba a sólo dos días de camino. Se suponía que los enviados germanos iban a volver al día siguiente, pero todavía no se había llegado a ningún acuerdo y teníamos que permanecer en guardia ante un posible ataque.

Estábamos en tierras de los troveros, un pueblo galo que todavía no tenía claro si los invasores germanos eran peores o mejores que el ejército romano. Aunque los campesinos habían buscado amparo en los pueblos fortificados, los troveros no estaban abiertamente en guerra con los germanos, y algunos de sus guerreros vinieron a hablar con nosotros. Fueron sinceros con la política de su nación. Nos dijeron que los germanos no habían venido exactamente en son de paz, sino que prolongaban las negociaciones porque la mayor parte de su caballería se había marchado en una incursión hacia el oeste. Cuando esos jinetes volvieran, entrarían en combate, y los prudentes troveros ofrecerían su ayuda al vencedor. Transmitimos esa información a los cuarteles generales, pero tal vez César no la creyó, porque no recibimos órdenes de atacar.

Como sabíamos que el campamento germánico estaba cerca, a la mañana siguiente seguimos avanzando con cautela. Había sido una mala noche, porque nos había costado mucho abrevar los caballos. Tal vez esto suene extraño sí se tiene en cuenta que estábamos en una zona cenagosa, pero el agua de los pantanos era tan fétida que los animales no quisieron ni acercarse. La única fuente limpia apenas llevaba agua, pero tuve suerte de darle agua a Lucero a medianoche, ya que a algunos de mis compañeros les llegó el turno cuando faltaba poco para la formación matutina.

Tras avanzar unos ocho kilómetros, la embajada germánica se puso en contacto con nosotros, y el ejército entero se detuvo. Parecía una petición de paz en el último momento, pues ningún ejército negociaría tan cerca de su campamento a menos que tuvieran intención de rendirse. Desmontamos para no cansar a los caballos. Siempre y cuando los germanos volvieran a sus tierras, tal vez fuera mejor no entrar en batalla. Odiábamos a todos los germanos, eso por supuesto, y queríamos verlos muertos; pero son guerreros temibles y ningún galo tiene ganas de enfrentarse a ellos.

Piso congregó a los jefes de escuadrón y luego éstos nos transmitieron detalladamente las órdenes. Nuestro Jefe nos dijo que se había llegado a un acuerdo. Los germanos habían prometido cruzar el Rin, a la tierra de los ubos, tan pronto como su caballería volviera al ejército principal. Así pues, por e! momento, no íbamos a atacar. De todas formas, debíamos avanzar hasta una fuente que había unos cuantos kilómetros más adelante, donde dispondríamos de agua limpia para los caballos. Eso nos llevaría muy cerca del campamento germánico, y tendríamos que estar preparados para una acción inmediata. La infantería romana acamparía unos kilómetros más atrás para proteger el sistema de transporte de un posible asalto germánico.

Ésas eran las órdenes. No obstante, Piso sabía que en el campamento nos pondríamos nerviosos; éramos sólo cinco mil hombres a caballo, y estaríamos acampados muy cerca de un ejército germánico enorme, con nuestros refuerzos a kilómetros hacia la retaguardia. Para reconfortarnos, añadió extraoficialmente que la mayor parte de la caballería germánica todavía no había vuelto, y que las fuerzas enemigas no contaban con más de ochocientos jinetes. Además, les inquietaría tener un campamento militar tan cerca de las mujeres y los niños, por lo que, en esas circunstancias, difícilmente provocarían un combate. Por otro lado, si la infantería germánica venía a por nosotros, podríamos replegarnos hacia el ejército romano antes de que nos alcanzaran.

Acco se sintió enojado por esa reiterada insinuación de que los galos temamos miedo de los germanos y que había razones para ello. Pero Piso sólo constataba un hecho. Al fin y al cabo, los germanos eran mucho más corpulentos que los galos y se pasaban el día combatiendo. Nuestro avance para recorrer los cinco kilómetros que faltaban hasta la fuente fue uno de los movimientos más lentos que Jamás haya llevado a cabo un regimiento de caballería.

El agua salía a borbotones de la falda de un cerro, el único de la pantanosa llanura. Mientras que la mayoría de los hombres desmontó para apelotonarse alrededor de la fuente, nuestro escuadrón fue destinado a la vigilancia de la cima del promontorio. A través de la niebla, veíamos una gran nube de humo; era el campamento germánico, a sólo tres kilómetros de distancia. El viento soplaba de su campamento hacia el nuestro, y percibimos el olor humano proveniente de las cabañas donde se amontonaban y el hedor de las asaduras sin enterrar. Descabalgar tan cerca del enemigo parecía imprudente, pero a menos que quisiéramos seguir a lomos de !a montura hasta que los caballos estuvieran exhaustos, no nos quedaba otro remedio.

Acco escudriñaba detenidamente el horizonte.

—¡Mira, después de todo, parece que habrá combate! —exclamó—. Aquí viene el ejército germánico.

Entonces, vi una mancha negra que avanzaba por la llanura, pero era demasiado pequeña para ser el ejército germánico. Del suelo húmedo no se levantaba ni una mota de polvo y en seguida nos dimos cuenta de que se trataba de la caballería germánica. Nuestro escuadrón dejó escapar un grito, mezcla de desafío y alarma. Piso apareció de la nada para ponerse a la cabeza, puesto que éramos el único escuadrón a punto para el combate. Mientras nuestros compañeros ensillaban los caballos apresuradamente, avanzamos al galope para comprobar si realmente nos atacaban.

—¡Malditos salvajes! Nos atacan mientras nuestros jefes siguen negociando —murmuré a Acco.

Era mi primera batalla y estaba demasiado nervioso como para permanecer en silencio.

—Modales germánicos —contestó con una sonrisa burlona—. ¿Te das cuenta de que son los ochocientos Jinetes del campamento y cargan contra un ejército de cinco mil soldados de caballería? Espero que César deje que algunos se marchen, puesto que, traidores o no, ésta es una hazaña digna de verdaderos héroes.

Los dos bandos nos acercábamos al galope, así que todo fue muy de prisa. Éramos cuatrocientos hombres fuertes, la mitad que los germanos. No obstante, sabíamos que en unos minutos, cuando nuestro escuadrón se hubiera armado y hubiera subido a los caballos ellos iban a estar en clara inferioridad numérica, así que nos enfrentamos al enemigo con resolución.

Mi primera imagen de los germanos fue la de unos hombres corpulentos que chillaban y blandían pesadas espadas. Cabalgaban sobre ponis pequeños, mal parecidos y generalmente sin ensillar. Sus armas no brillaban, pues según tengo entendido las engrasan a menudo, y la basta piel de cordero que llevaban apestaba al humo de las hogueras del campamento. No eran guerreros gallardos, pero parecían realmente peligrosos.

En el último momento, nuestras filas perdieron impulso, como si retrocediéramos ante la idea de cabalgar hacia un muro de espadas. Refrené a Lucero para no salirme de las filas, pero Acco espoleó a Álamo y ganó una clara ventaja. Entonces, un corpulento y velludo germano intentó darme en la cabeza, pero detuve el golpe con el escudo. Estaba demasiado ocupado para mirar a mí alrededor, pero no recibí ningún golpe, aunque creo que tampoco herí a ningún enemigo. De pronto, la muchedumbre desapareció; había germanos por todas partes, pero no tan cerca. Tiré con fuerza de las riendas y espoleé a Lucero hacia la retaguardia. Era un mercenario, no un defensor acérrimo de la causa. Si mis compañeros habían creído adecuado retirarse, no sería yo quien cuestionara las decisiones de los veteranos.

Me sentí aliviado al ver que Acco me adelantaba, blandiendo la espada ensangrentada. Estaba ebrio de gloria por su primer ataque, pero aún le quedaba prudencia para no enfrentarse él solo a ochocientos germanos.

El enemigo se detuvo para recomponer sus filas, y nosotros pudimos alcanzar sin incidentes a los demás escuadrones, que habían formado en la llanura. Piso nos maldijo con grosería, pero yo no me sentí en absoluto avergonzado. Parecía innecesario que un escuadrón luchara hasta el final, en inferioridad numérica, cuando había otros nueve de refuerzo que no tardarían en llegar.

Entonces, para nuestra sorpresa, los germanos cargaron por segunda vez. Aunque habíamos vuelto a formar filas, no estábamos realmente preparados para contraatacar, y algunos de nuestros hombres iban con la cabeza descubierta o las cinchas desatadas. Por la razón que fuera, tal vez por cobardía, rompimos filas justo antes del ataque germánico.

Les detuvimos, eso por supuesto, aunque sólo fuera por el espacio que ocupábamos. En seguida nuestros jinetes, excitados por el ataque, espolearon su montura contra los enemigos y fueron a su encuentro con la espada desenvainada. Ni unos ni otros teníamos el impulso del galope, y al cabo de poco les hicimos retroceder. Pero entonces los germanos adoptaron una extraña táctica. Muchos de ellos desmontaron y se agacharon para acuchillar la tripa de nuestros caballos. Mientras canto, los ponis permanecieron inmóviles, firmes como rocas en el tumulto de la refriega. SÍ no lo hubiera visto con mis propios ojos. Jamás habría creído que se pudiera domar a los caballos hasta tal punto. En ese instante entendí por qué los germanos apreciaban tanto esos feos ponis y nunca ofrecían sumas grandes por caballos extranjeros como hacíamos nosotros. Unos ponis que, sin jinete, permanecen quietos en medio del combate valen su peso en oro.

De ese modo, derribaron a algunos de nuestros hombres, a los que apuñalaban cuando éstos intentaban ponerse de pie. Yo no tenía a ningún germano cerca, y el apelotonamiento de caballos no me dejaba avanzar. Cuando nuestras filas retrocedieron, la muchedumbre arrastró a Lucero.

—¡Eh, canallas! —gritó Piso, blandiendo la espada—. ¿Es que habéis nacido para someteros a los germanos? ¡Doy las gracias a Dios por ser romano! ¡Si ni siquiera os atrevéis a enfrentaros con ellos diez contra uno a vuestro favor tendré que luchar solo!

Ningún insulto iba a hacerme reaccionar después de ver que tos veteranos pensaban sólo en salvar el pellejo. Cuando nos retiramos, y mientras los germanos corrían hacia sus imperturbables ponis, quedó un espacio entre los dos ejércitos.

Entre las filas enemigas, vimos un fulgor de espadas y crines que se agitaban bruscamente; eran algunos de nuestros hombres, que habían sido arrastrados hasta allí. Acco me obligó a detenerme.

—Tenemos que rescatar a esos hombres —dijo—. Sólo con que carguemos una vez, lo conseguiremos.

Encogiéndome de hombros, señalé a dos nobles eduos que abandonaban la batalla.

—Los romanos no nos pagan para que nos comportemos como héroes. Si esos hombres se ganan la paga, nosotros también podemos huir.

Cuando me di la vuelta, vi a Piso acompañado de Craso, el comandante romano. Me pareció una estupidez quedar como un cobarde a los ojos de mis superiores, así que me volví para quedar frente a frente con el enemigo, aunque a una distancia razonable.

—¡Tenemos que cargar otra vez! —gritaba Piso, loco de furia, a su superior—. ¡Quedarás como un cobarde! ¡Mi hermano está ahí! ¡Si nadie me sigue, iré yo solo!

—SÍ nos retiramos ahora —respondió Craso con calma—, podremos atacar otra vez con la infantería. Pero otra repulsa, y estos soldados se esparcirán por toda la Galia. Te prohíbo que eches a perder toda la caballería para rescatar a un solo hombre.

Piso atacó, de todos modos. Echó a galopar él solo, y las filas germánicas se abrieron para recibirle. Craso le siguió, tres cuerpos por detrás, y tres cuerpos más atrás fuimos Acco y yo.

Hay que tener en cuenta que ésa era una tentativa mucho más razonable que la heroica propuesta de Acco de rescatar a esos hombres sin ninguna ayuda. Un ataque en solitario ni siquiera nos hubiera dado fama tras la muerte, puesto que ningún bardo hubiera visto nuestra hazaña. Ése, sin embargo, era un ataque legítimo, y si sobrevivíamos, el comandante romano quedaría en deuda con nosotros para siempre.

Durante unos cinco minutos, todo fue muy confuso, aunque creo que maté a tres germanos. Acco luchó magníficamente, como un verdadero hijo del Dios de la Guerra; supongo que Craso y Piso también los hicieron bien, pero yo estaba demasiado ocupado para mirarlos. Acco y yo sacamos a dos Jinetes a la retaguardia, Craso y el hermano de Piso. Piso estaba tendido al lado de su caballo, pero una baja entre cinco hombres no era mucho si se tenía en cuenta que se trataba de un ataque desesperado.

El hermano de Piso estaba aturdido por un golpe que había recibido en la cabeza, y nos siguió porque, como cualquier hombre en su estado, habría hecho cualquier cosa que se le hubiera ordenado. Craso se mostró agradecido de que fuéramos a rescatarle, pues de pronto parecía haberse acordado de que los comandantes romanos no deben atacar en solitario, ni siquiera sÍ sus hombres se baten en retirada. Al final, fue menos complicado de lo que creí. Nuestro pequeño contraataque había roto las primeras filas de los germanos y no salieron detrás de nosotros de inmediato. La decepción llegó cuando volvimos a unimos a los escuadrones en retirada; de pronto, el hermano de Piso entendió lo sucedido y dio media vuelta para vengar la muerte del oficial. Así pues, todos nuestros esfuerzos no habían servido para nada.

Sin embargo, habíamos salvado al comandante de la caballería romana, y eso era seguro que contaba como una valiosa hazaña.

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4 Opiniones

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  • Alberto
    on

    Este es uno de esos libros que se lee en dos patadas, no solo es corto sino que tiene un estilo muy ágil. Al autor consigue meterte en el ambiente de los protagonistas y a las batallas no les falta emoción aunque sepas el resultado de antemano. Casi la principal pega que le veo es que me gustaría que la hsitoria continuase un poco más (como 200 ó 300 páginas más)

  • Lobo
    on

    A mí también me ha gustado mucho.

  • Jaro
    on

    Que un libro sea tan ameno que se lee "en dos patadas" suele ser algo positivo, pero si el precio es de 23 € me parece demasiado caro, es como si te dieran las dos patadas en los …

    Me temo que, aunque me atrae bastante el libro, solo lo leeré si lo encuentro en la biblioteca.

  • NormanBates
    on

    El libro es bueno, pero también caro.

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