Cuentos Completos III

CuentosCompletosDick

Además de novelista, Philip K. Dick fue un prolífico autor de cuentos y relatos, muchos de los cuales han sido llevados al cien en los últimos tiempos. Él mismo reunió sus narraciones breves en cinco volúmenes que ahora recuperamos en una edición revisada. Esta tercera entrega recoge 23 relatos que escribió en poco más de un año, antes de la publicación en 1956 de su primera novela, Lotería solar.

ANTICIPO:
EL AHORCADO

A las cinco en punto, Ed Loyce se lavó, se puso el sombrero y la chaqueta, sacó el coche y atravesó la ciudad en dirección a su tienda de televisores. Estaba cansado. Le dolían la espalda y los hombros de excavar tierra del sótano y transportarla al patio posterior. De todos modos, para ser un hombre de cuarenta años, lo había hecho muy bien. Janet podría comprarse un nuevo jarrón con el dinero que había ahorrado, y le gustaba la idea de reparar personalmente los cimientos.

Estaba oscureciendo. El sol poniente arrojaba largos rayos sobre los apresurados peatones que volvían del trabajo, cansados y malhumorados; mujeres cargadas con bultos y paquetes, estudiantes de la universidad, se mezclaban con funcionarios, ejecutivos y secretarias. Detuvo el Packard ante un semáforo en rojo y arrancó de nuevo. La tienda había estado abierta sin su presencia. Llegaría justo a tiempo de colaborar hasta la hora de la cena, echar un vistazo a las cuentas del día y hasta cerrar un par de ventas él mismo. Condujo a poca velocidad frente al pequeño cuadrado de verde situado en el centro de la calle, el parque de la ciudad. No había estacionamiento ante TELEVISORES LOYCE – SERVICIO DE VENTA Y REPARACIONES. Maldijo por lo bajo y ejecutó una maniobra en forma de U. Volvió a pasar frente al pequeño cuadrado de verde, con la fuente, el banco y la farola solitarias.

Algo colgaba de la farola. Un bulto informe y oscuro, que el viento balanceaba con suavidad. Como una especie de maniquí. Loyce bajó la ventanilla y asomó la cabeza. ¿Qué demonios era aquello? ¿Algún anuncio? A veces, la Cámara de Comercio ponía anuncios en la plaza.

Dio otro giro en forma de U. Pasó frente al parque y se concentró en el bulto oscuro. No era un maniquí. Y de ser un anuncio, era muy raro. Se le erizó el vello de la nuca y tragó saliva. El sudor cubrió su rostro y manos.

Era un cuerpo. Un cuerpo humano.

—¡Fíjense! —gritó Loyce—. ¡Salgan!

Don Fergusson salió con parsimonia de la tienda y se abotonó su chaqueta a rayas con dignidad.

—Tengo un buen negocio entre manos, Bill. No puedo dejar al tipo plantado ahí.

—¿Lo ves? —Ed extendió el dedo hacia la creciente oscuridad. La farola se recortaba contra el cielo; el poste y el bulto que se mecía—. Allí está. ¿Cuánto tiempo llevará ahí? —Alzó la voz, nervioso—. ¿Es que la gente se ha vuelto ciega? Pasan de largo como si tal cosa.

Don Fergusson encendió un cigarrillo con calma.

—Tranquilo, muchacho. Tiene que existir un buen motivo para que esté ahí.

—¡Un motivo! ¿Qué clase de motivo?

Fergusson se encogió de hombros.

—Como aquella vez que el Consejo de Seguridad Vial puso el Buick destrozado. Una especie de alegato cívico. ¿Cómo quieres que lo sepa?

Jack Potter salió de la zapatería y se reunió con ellos.

—¿Qué ocurre, muchachos?

—Hay un cuerpo colgado de la farola —dijo Loyce—. Voy a llamar a la policía.

—Ya se habrán enterado —dijo Potter—, de lo contrario no seguiría ahí.

—Debo volver. —Fergusson se encaminó hacia la tienda—. Los negocios antes que el placer.

Loyce empezó a ponerse histérico.

—¿Lo ves? ¿Lo ves ahí, colgado? ¡Es el cuerpo de un hombre! ¡De un hombre muerto!

—Claro, Ed. Lo vi esta tarde cuando salí a tomar café.

—¿Quieres decir que lleva ahí toda la tarde?

—¡Claro! ¿Qué tiene de malo? —Potter consultó su reloj—. Debo darme prisa. Hasta luego, Ed.

Potter se alejó por la acera y se perdió entre los demás peatones. Hombres y mujeres, que paseaban ante el parque. Algunos lanzaban una mirada de curiosidad al bulto oscuro…, y seguían adelante. Nadie se paraba. Nadie le prestaba atención.

—Voy a volverme loco —susurró Loyce.

Avanzó hacia el bordillo y cruzó la calle sin respetar el semáforo. Airados bocinazos saludaron su paso. Por fin, llegó al pequeño cuadrado de verde.

El hombre era de mediana edad. Vestía un traje gris roto y manchado de barro seco. Un forastero. Loyce no le había visto nunca. No era de la ciudad. Tenía la cara un poco ladeada, y giraba lenta, silenciosamente, mecido por el viento de la noche. Tenía cortes y heridas en la piel. Rojas hendiduras, marcas profundas de sangre coagulada. Unas gafas con montura de acero colgaban grotescamente de una oreja. Tenía los ojos saltones, la boca abierta, y de ella surgía una lengua gruesa y azulada.

—Por el amor de Dios —murmuró Loyce, mareado.

Reprimió las náuseas y volvió a la acera. Temblaba como una hoja, de asco…, y miedo.

¿Por qué? ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué colgaba de la farola? ¿Qué significaba?

Y…, ¿por qué nadie se daba cuenta?

Tropezó con un hombrecillo que caminaba a buen paso por la acera.

—¡Mire por dónde va! —graznó el hombre—. Ah, eres tú, Ed.

Ed asintió, aturdido.

—Hola, Jenkins.

—¿Qué te pasa? —El empleado de la papelería tomó el brazo de Ed—. Pareces enfermo.

—El cuerpo. En el parque.

—Claro, Ed. —Jenkins le condujo hasta la entrada de TELEVISORES LOYCE – SERVICIO DE VENTA Y REPARACIONES—. Tómalo con calma.

Margaret Henderson salió de la joyería y fue a su encuentro.

—¿Pasa algo?

—Ed no se encuentra bien.

Loyce se soltó con violencia.

—¿Qué hacen ahí quietos? ¿Es que no lo ven? Por el amor de Dios…

—¿De qué está hablando? —preguntó Margaret, nerviosa.

—¡Del cuerpo! —chilló Ed—. ¡Del cuerpo que está colgado allí!

Acudió más gente.

—¿Se encuentra mal? Es Ed Loyce. ¿Estás bien, Ed?

—¡El cuerpo! —chilló Loyce, y trató de abrirse paso. Unas manos le asieron. Se soltó—. ¡Déjenme ir! ¡La policía! ¡Llamen a la policía!

—Ed…

—¡Será mejor que llamemos a un médico!

—¡Estará enfermo!

—O borracho.

Loyce luchó por abrirse paso entre la multitud. Tropezó y estuvo a punto de caer. Vio como a través de una neblina filas de rostros, curiosos, preocupados, angustiados. Hombres y mujeres se paraban a ver qué ocurría. Corrió hacia su tienda. Vio que Fergusson estaba dentro. Hablaba con un hombre y le estaba enseñando un televisor Emerson. Pete Foley, en el mostrador de reparaciones, ponía a punto un Philco nuevo. Loyce le gritó como un poseso. El rugido del tráfico y los murmullos que se alzaban en torno suyo apagaron su voz.

—¡Hagan algo! —gritó—. ¡No se queden ahí parados! ¡Hagan algo! ¡Algo está pasando! ¡Algo no va bien!

La muchedumbre abrió un respetuoso pasillo a los dos fornidos policías que avanzaban con aspecto eficiente hacia Loyce.

—¿Nombre? —murmuró el policía del bloc.

—Loyce. —Se secó la frente, cansado—. Edward C. Loyce. Escuche, allí donde…

—¿Dirección? —preguntó el policía.

El coche patrulla corría a toda velocidad, sorteando coches y autobuses. Loyce se dejó caer en el asiento, exhausto y confuso. Respiró hondo.

—Hurst Road, 1368.

—¿Eso es en Pikeville?

—Exacto. —Loyce se incorporó con un violento esfuerzo—. Escúcheme. En la plaza, colgado de una farola…

—¿Dónde estuvo hoy? —preguntó el policía que conducía.

—¿Dónde? —repitió Loyce.

—No estuvo en su tienda, ¿verdad?

—No. —Meneó la cabeza—. No, estuve en casa. En el sótano.

—¿En el sótano?

—Arreglando los cimientos. Saqué la tierra para poner un armazón de cemento. ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver eso con…?

—¿Había alguien con usted?

—No. Mi mujer había ido al centro. Mis hijos estaban en el colegio. —Loyce paseó la mirada de un policía al otro. Una loca esperanza resplandeció en su rostro—. ¿Quieren decir que no comprendí la… explicación porque estaba allí abajo? ¿No lo entendí, al contrario que los demás?

—Exacto —dijo el policía del bloc, después de una pausa—. No comprendió la explicación.

—¿Se trata de algo oficial, entonces? ¿El cuerpo… debe colgar en el parque?

—Debe colgar en el parque. Para que todo el mundo lo vea.

Ed Loyce esbozó una débil sonrisa.

—Santo Dios. Supongo que me enfurecí. Pensé que algo había pasado, algo relacionado con el Ku Klux Klan, por ejemplo. Algún hecho violento, perpetrado por comunistas o fascistas. —Se secó la cara con el pañuelo. Sus manos temblaban—. Me alegra saber que todo está controlado.

—Todo está controlado.

El coche se acercaba al Palacio de Justicia. El sol se había puesto. Las calles estaban oscuras, tenebrosas. Las luces aún no se habían encendido.

—Me siento mejor —dijo Loyce—. Me puse muy nervioso. Creo que armé un escándalo. Ahora que ya lo he entendido, no hace falta que me lleven a la comisaría, ¿verdad?

Los dos policías no dijeron nada.

—Debo volver a mi tienda. Los chicos aún no han cenado. Estoy bien. Se acabaron los problemas. ¿Es necesario…?

—No será muy largo —le interrumpió el policía que conducía. Un proceso breve. Cuestión de minutos.

—Espero que sea corto —murmuró Loyce. El coche frenó ante un semáforo—. Creo que provoqué un altercado. Es curioso, se te alteran los nervios y…

Loyce abrió la puerta. Se lanzó a la calle. Los coches que le rodeaban se pusieron en marcha cuando el semáforo cambió. Loyce saltó al bordillo y corrió entre la gente, camuflándose entre los numerosos peatones. A su espalda oyó gritos y pasos apresurados.

No eran policías. Se había dado cuenta en seguida. Conocía a todos los policías de Pikeville. Era imposible regentar un negocio en una ciudad pequeña durante veinticinco años y no conocer a todos los policías. No eran polis…, y no le habían dado ninguna explicación. Potter, Fergusson, Jenkins, ninguno sabía por qué estaba allí el cadáver. No lo sabían…, y les daba igual. Eso era lo más extraño.

Loyce entró en una ferretería. Pasó como una flecha entre los estupefactos empleados y clientes, se coló en el almacén y salió por la puerta de atrás. Derribó un cubo de basura y bajó un tramo de escalones de cemento. Trepó a una valla y saltó al otro lado, jadeante, casi sin resuello.

No oyó nada detrás de él. Lo había conseguido.

Se encontraba en la entrada de un tenebroso callejón, sembrado de tablas, cajas y neumáticos rotos. Vio la calle que se abría al final. Una farola se encendió. Hombres y mujeres. Tiendas. Rótulos de neón. Coches.

Y a su derecha…, la comisaría de policía.

Estaba cerca, terriblemente cerca. Pasada la plataforma de carga de una tienda de comestibles, se alzaba la pared de cemento del Palacio de Justicia. Ventanas enrejadas. La antena de la policía. Un alto muro de cemento que se erguía en la oscuridad. Un mal sitio para estar tan cerca. Y él estaba demasiado cerca. Tenía que seguir adelante, alejarse de ellos.

¿Ellos?

Loyce avanzó con cautela por el callejón. Más allá de la comisaría estaba el Ayuntamiento, la estructura amarilla de madera, latón dorado y amplios peldaños de cemento, tan pasada de moda. Vio las innumerables hileras de oficinas, ventanas oscuras, los cedros y los macizos de flores que flanqueaban la entrada.

Y…, algo más.

Un retazo de oscuridad, un cono de negrura más espesa que la circundante se cernía sobre el Ayuntamiento. Un prisma de tinieblas que se perdía en el cielo.

Escuchó. Santo Dios, oyó algo. Algo que le impulsó frenéticamente a taparse los oídos, a cerrar su mente para desterrar el ruido. Un zumbido. Un murmullo lejano y apagado, como un gigantesco enjambre de abejas.

Loyce levantó la vista, helado de terror. La oscuridad era tan espesa que casi parecía sólida. Algo se movió en el vórtice. Formas luminosas. Cosas que descendían del cielo, se detenían un momento sobre el Ayuntamiento, flotaban sobre él formando un denso enjambre y después se posaban en silencio sobre el tejado.

Formas. Formas luminosas venidas del cielo. De la masa oscura que se cernía sobre él.

Les estaba observando.

Loyce espió durante largo rato, agazapado tras una valla inclinada sobre un charco de agua espumante.

Estaban aterrizando. Descendían en grupos, se posaban sobre el tejado del Ayuntamiento y desaparecían en su interior. Tenían alas. Como insectos gigantes. Volaban, planeaban, aterrizaban, y después se arrastraban como cangrejos, de lado, sobre el tejado y penetraban en el edificio.

Estaba horrorizado. Y fascinado. El frío viento de la noche sopló a su alrededor y se estremeció. Estaba cansado, desconcertado. Había hombres parados en la escalinata del Ayuntamiento. Grupos de hombres salían del edificio y se detenían un momento antes de continuar.

¿Habría más?

No parecía posible. Lo que descendía de la grieta negra no eran hombres, sino extraterrestres. Procedentes de otro planeta, otra dimensión. Se deslizaban por aquella rendija, aquella grieta en la cáscara del Universo. Entraban por el hueco, insectos alados de otro plano.

Un grupo de hombres detenido en la escalinata del Ayuntamiento se dispersó. Algunos se dirigieron hacia un coche que aguardaba. Otra de las formas hizo ademán de volver a entrar en el edificio. Cambió de idea y se desvió para seguir a los demás.

Loyce cerró los ojos, horrorizado. Tenía los sentidos en estado de máxima alerta. Se aferró con fuerza a la valla desvencijada. La forma, la forma de hombre, había aleteado de súbito y volado hacia los otros. Se posó sobre la acera, entre ellos.

Pseudohombres. Hombres de imitación. Insectos con la capacidad de adoptar la forma de hombres. Como otros insectos comunes en la Tierra. Coloración protectora. Mimetismo.

Loyce reaccionó. Se puso en pie lentamente. Había anochecido. La callejuela estaba totalmente a oscuras, pero quizá podían ver en la oscuridad. Quizá la oscuridad no representaba ninguna diferencia para ellos.

Abandonó el callejón con cautela y salió a la calle. Pasaban hombres y mujeres, pero pocos. Algunos grupos esperaban en la parada del autobús. Un enorme autobús se arrastró por la calzada y sus faros taladraron la oscuridad.

Loyce avanzó. Se abrió camino entre los que esperaban. Cuando el autobús paró, subió y se sentó en la parte de atrás, cerca de la puerta. Un momento después, el autobús cobró vida y se puso en movimiento.

Loyce se serenó un poco. Examinó a la gente que le rodeaba. Rostros cansados, sombríos. Gente que volvía del trabajo a casa. Rostros muy vulgares. Nadie le prestó atención. Todos se sentaron en silencio, hundidos en sus asientos, mecidos por el autobús.

El hombre sentado a su lado desdobló un periódico. Comenzó a leer la sección de deportes, moviendo los labios al mismo tiempo. Un hombre vulgar. Traje azul. Corbata. Un ejecutivo, o un vendedor. Volvía con su mujer y sus hijos.

Una joven de unos veinte años al otro lado del pasillo. Ojos y cabello oscuro, un paquete sobre el regazo. Medias y tacones. Chaqueta roja y jersey de angora. La vista fija al frente, absorta.

Un universitario con tejanos y chaqueta de cuero negra.

Una mujer de triple papada con una inmensa bolsa llena de paquetes. Su grueso rostro abrumado de cansancio.

Gente corriente. Del tipo que cada noche tomaba el autobús. Volvían a casa, con sus familias. A cenar.

Volvían a casa, con la mente en blanco. Controlados, cubiertos con la máscara de un extraterrestre que había aparecido y tomado posesión de ellos, de su ciudad, de sus vidas. Él también. Sólo que no había estado en la tienda, sino encerrado en el sótano. De alguna manera, le habían pasado por alto. Su control no era perfecto, no era infalible.

Quizá había más.

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Interplanetaria

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