Cuentos completos

kafka

La presente edición se propone brindar al lector español la posibilidad de acercarse a los textos originales de Franz Kafka, libres de las fusiones y arreglos arbitrarios a los que les sometió su albacea y editor Max Brod tras su muerte, y que han cierculado desde entonces. En este volumen se reúnen todos los escritos de Kafka que pueden ser considerados relatos, incluido La metamorfosis, piezas narrativas, poemas en prosa, cuentos o fragmentos, traducidos a partir de los textos originales, sin filtros ni retoques, utilizando para ello los propios manuscritos del autor y, cuando estos no se han conservado, las ediciones autorizadas por el propio Kafka. El criterio primordial para elegir estos textos ha sido su pertenencia al mundo de la ficción, es decir, no se incluyen escritos autobiográficos, como fragmentos de los Diarios, ni otros escritos, como la carta al padre, en los que Kafka elabora claramente situaciones personales, desde una perspectiva alejada de la literatura.

ANTICIPO:
Cuando Gregor Samsa despertó una mañana de un sueño inquieto, se encontró en la cama convertido en un monstruoso insecto. Yacía sobre su dura espalda, parecida a una coraza, y v_ía, cuando levantaba un poco la cabeza, su estómago abombado, de color marrón, dividido por durezas arqueadas, sobre el que la manta, a punto de deslizarse hasta el suelo, apenas podía mantenerse. Sus numerosas patas, de una delgadez deplorable en comparación con su volumen corporal, vibraban desvalidas ante sus ojos.

«¿Qué me ha ocurrido?» -pensó. No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, tal vez algo pequeña, aparecía tranquila entre las habituales cuatro paredes. Sobre la mesa, en la que se extendía un muestrario desordenado de mercancías de paño -Samsa era viajante de comercio-, colgaba una foto, recortada hacía poco de una revista ilustrada, y que había colocado en un bonito marco dorado. Mostraba a una dama tocada con un sombrero de piel y cubierta con una boa también de piel, sentada muy erguida sosteniendo frente al espectador un pesado manguito en el que desaparecía todo su antebrazo.

A continuación, la mirada de Gregor se dirigió hacia la ventana, yel tiempo nublado -se oía cómo las gotas de lluvia repiqueteaban en el cinc del alféizar-lo puso melancólico. «¿Qué pasaría si siguiera durmiendo un poco y olvidara todas estas locuras?» -pensó, pero eso era del todo irrealizable, pues estaba acostumbrado a dormir sobre el lado derecho, y en su estado actual era imposible adquirir esa posición. Por más fuerza que empleaba en arrojarse hacia el lado derecho, siempre volvía a yacer sobre la espalda. Lo intentó cien veces más, cerró los ojos para no tener que ver las agitadas patas, y lo dejó cuando comenzó a sentir un ligero e indistinto dolor, jamás experimentado, en el costado derecho.

«¡Ay, Dios Todopoderoso!» -pensó-, «¡qué profesión tan agotadora he elegido! Siempre de viaje. Las preocupaciones profesionales son mucho mayores fuera que en el negocio, aquí en la ciudad; por añadidura, me han impuesto esta plaga de viajar, las preocupaciones por los enlaces, las comidas irregulares y malas, un trato humano siempre cambiante, efímero, nunca íntimo. ¡Que se lo lleve todo el diablo!» Sintió un ligero picor en la parte superior del abdomen; se desplazó lentamente sobre la espalda hasta la cabecera de la cama para, así, poder elevar mejor la cabeza; encontró el lugar que le picaba, cubierto con pequeños puntitos blancos, que no supo explicarse; intentó colocar en sitio con una pata, pero tuvo que retirarla e inmediato, ya que sintió escalofríos sólo con rozarlo.

Se deslizó de nuevo hasta alcanzar su posición inicial. «Esta manera de madrugar» -pensó- «le convierte a uno en un completo idiota. El hombre tiene que dormir lo suficiente. Otros viajantes viven como las mujeres de un harén. Cuando yo, por ejemplo, regreso por la mañana a la pensión para transcribir los pedidos reclamados, esos señores acaban de sentarse a tomar el desayuno. Eso se lo debería proponer a mi jefe; me haría salir volando. Quién sabe, por lo demás, si eso no sería beneficioso para mí. Si no me contuviera a causa de mis padres, ya hace tiempo que habría renunciado. Me habría plantado ante el jefe y le hubiera dicho mi opinión desde el fondo de mi corazón. ¡Se habría caído del pupitre! Ya es bastante extraño sentarse sobre el pupitre y hablar desde esas alturas con el empleado, quien, por añadidura, y debido a la dureza de oído del jefe, tiene que acercarse bastante hasta donde está. Bien, todavía no he perdido del todo la esperanza; en cuanto haya reunido el dinero para pagarle la deuda de mis padres -tendrán que pasar todavía entre cinco y seis años-, no dudaré en hacerla. Entonces se producirá un cambio radical. Pero ahora tengo que levantarme, el tren sale a las Cinco».

Miró hacia el despertador, que hacía tictac sobre la cómoda. «¡Cielo santo!» -pensó. Ya eran las seis y media, y las manecillas seguían avanzando tranquilamente; había transcurrido media hora, se acercaba a tres cuartos. ¿Acaso no había sonado el despertador? Desde la cama se podía ver que estaba puesto correctamente para sonar a las cuatro; seguro que había Sonado. Sí, pero ¿era posible quedarse dormido tan tranquilo con ese ruido que hacía vibrar los muebles? Bueno, no había dormido lo que se dice tranquilo, pero probablemente con mucha profundidad. ¿Qué debía hacer ahora? El próximo tren salía a las siete, para tomado tendría que darse una prisa loca, y el muestrario no estaba guardado; además, no se encontraba especialmente fresco y dinámico. Y aun en el caso de que lograse coger el tren, no se podría evitar la bronca del jefe, ya que el empleado comercial había esperado en el tren de las cinco, es decir que habría comunicado ya hacía tiempo su negligencia. Ese empleado era una criatura del jefe, sin valor y sin sentido común. ¿Y qué pasaría si llamaba diciendo que estaba enfermo? Eso resultaría extremadamente penoso y sospechoso, pues Gregor jamás se había puesto enfermo en los cinco años que prestaba sus servicios. El jefe se presentaría con el médico del seguro, haría reproches a los padres a causa del holgazán de su hijo, liquidaría todas las objeciones remitiéndolas al médico del seguro, para el que sólo existen hombres completamente sanos, pero reacios a trabajar. y, realmente, ¿no tendría razón en este caso? Gregor se sentía muy bien, si no fuera por la superflua somnolencia que le aquejaba después de haber dormido tanto tiempo; incluso tenía un hambre considerable.

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