Cuerpos descosidos

CuerposDescosidosQuevedoPuchal

Un viaje al lado más siniestro de la naturaleza humana. Un paseo por la anatomía de aquello que llamamos culpa.

El Cabaret de los Pecados. Una mujer que expía culpas ajenas a través de su cuerpo. Un joven chapero en busca de venganza. Una artista gráfica que sobrevive entregándose a las más terribles rutinas. Un diario secreto. Una familia regida por estrictos códigos de conducta. Un muchacho que posee un don inexplicable y un pasado inconfesable. Ámsterdam, Valencia, West Yorkshire… Tres espacios y tres tiempos que confluyen en una reflexión sobre el horror de lo cotidiano.
Cuerpos descosidos es un cuento oscuro e intrigante que va desnudando las almas y los miedos de sus personajes, hasta lograr que acaben dando nombre a lo innombrable en un desenlace lleno de resonancias, que no dejará indiferente a nadie.
Javier Quevedo Puchal (Castellón, 1976) estudió Filología Inglesa en la UJI y cursó un ciclo de estudios literarios por la Universidad de Huddersfield. Durante tres años colaboró como crítico cinematográfico para Labutaca.net, y también ha sido articulista ocasional para otras revistas digitales como Babab.com.
Tras obtener algunos premios literarios, en 2008 publicó su primera novela, El tercer deseo (Odisea Editorial), un drama romántico con algunos elementos de corte fantástico, donde la realidad se confunde con la ficción y los cuentos de hadas. También en 2008 realizó una pequeña aportación en forma de relato («La verdad de otro») a la obra colectiva Almuerzo sin mar (con amigos), editada por la Caixa Rural d’Onda. En 2009 publicó su segunda novela, Todas las maldiciones del mundo (Odisea Editorial), agridulce reflexión sobre la memoria en clave de ciencia ficción, que fue finalista de los premios Shangay.
En 2010, auspiciado por Santiago Eximeno, publicó de forma digital y gratuita la antología de nanorrelatos de terror y fantástico Abominatio (Ediciones Efímeras) e ingresó en Nocte, la Asociación Española de Escritores de Terror. Asimismo ha cosechado algunos reconocimientos en festivales de género, entre los que destaca el I premio Vórtice de Terror y Fantasía 2005 (finalista por su relato «El cuerpo ceñido»)  o el III premio Cryptshow Festival de Terror, Fantasía y Ciencia Ficción 2010 (finalista por su relato «Schlitze», recogido en la antología Cryptonomikon 3).
Se considera un apasionado de la obra de Ray Loriga, Angela Carter y Clive Barker, entre otros.

ANTICIPO:

En mis sueños vuelvo a la casa. No sabría decir si lo que me mueve es la añoranza o algo más significativo que eso. Quizás una cierta inercia que no puedo evitar, o tal vez un instinto animal. Aunque a lo mejor no es ni una cosa ni la otra. Al fin y al cabo, en los sueños no hay riendas y, si las hay, éstas nunca están a nuestro alcance. Vuelvo allí, en cualquier caso, al lugar donde empezó todo, y al hacerlo siento que mi cuerpo se estremece por una descarga eléctrica que sólo puede deberse al nerviosismo. Observo mis manos y me sorprendo al comprobar que vuelven a ser menudas, rollizas, con el esmalte de uñas descascarillado de color rosa que adorna una vez más las uñas mordisqueadas.
La calle es la misma, pero el cielo no. Donde antes había nubes, ahora ya no hay nada. Ni estrellas ni luna, tan sólo un enorme vacío de oscuridad que parece amenazar con engullirme de un momento a otro. Sólo cuando me detengo frente a la casa me doy cuenta de que estaba equivocada, de que la calle no es la misma. Sólo entonces veo las malas hierbas crecer por todas partes, incluso por debajo de ese asfalto que logran levantar con su pujanza imparable. Sólo entonces veo que las vallas de madera y metal que cercan el vecindario están enfermas de herrumbre y carcoma. Y que los pájaros, sombras taciturnas que parecen vigilar mis pasos, permanecen quietos en las ramas de los árboles por una razón sin duda más poderosa que el sueño.
Han dispuesto en la fachada la iluminación navideña, pero las bombillas parpadean con un brillo tan mortecino como todo lo demás. Con el corazón desbocado, abro la verja de goznes oxidados. Ni siquiera chirría. Una silueta se perfila tras las cortinas del salón, como alertada por el imposible quejido mudo de la verja. Sé que es él, aunque en realidad no hay nada que me lo asegure. Blas no se mueve cuando paso junto a su casita. Mantiene medio cuerpo oculto en las sombras, su pelo sucio y apergaminado, como si no lo hubieran lavado en meses, y desde sus cuencas vacías me dedica la misma mirada hueca que los pájaros. Es una mirada que estremece, pero no lo suficiente como para llamarlo miedo. No lo suficiente como para paralizarme. De algún modo, su aspecto me parece acorde con todo lo que me rodea.
Subo los tres peldaños que me separan del porche, sumido en el mismo estado de falso abandono que parece haberlo enfermado todo. Pero ni siquiera llego a pulsar el timbre, pues la puerta se abre con mi mera presencia. Enmarcado por el umbral del vano, el interior de la casa parece albergar más vida y, al mismo tiempo, más muerte que el exterior. Vida en esa luz cálida, casi dorada, que envuelve los muebles que no había visto en años. Muerte en ese olor espeso, agrio, inconfundible, y sin embargo ya casi olvidado, que me recibe como una bofetada invisible por parte de los mismos cimientos. De manera instintiva, me llevo el puño de la manga a la nariz y, casi al mismo tiempo que lo hago, un grito fluye de las escaleras interiores hasta calarme en los huesos igual que una oleada de frío. Tú, claro, sólo puedes ser tú.
La mano se materializa en mi hombro de repente, sin que en ningún momento pueda anticiparla. Su tacto, suave, casi gentil, y al otro lado veo la figura de una mujer sin rostro. No necesito distinguir sus facciones para comprender que es ella. No sé si está enfadada, de modo que mi primer impulso es ofrecerle una disculpa, débil y flaca como todas, absurda y cobarde, pero una disculpa al fin y al cabo. En cualquier caso, le gustan las disculpas y los arrepentimientos sinceros. Y sé que sólo así me dará una tregua, si es que este regreso no lo es ya de algún modo. Sin embargo, antes de que diga nada, ella me sella los labios con el dedo.
Bienvenida a casa, dice.

EVA

Esta noche no he tenido pesadillas. O quizá sí, pero desde luego no las recuerdo. Por supuesto, no es algo que vaya a reconocer delante de Gilles. Dado que casualmente ha sido la primera noche que pasa en mi apartamento, lo más probable es que si se lo digo empiece a hacer conexiones estúpidas entre una cosa y la otra. No sé ni cómo permití que se quedara a dormir, supongo que debía de estar atiborrada de medicinas. Pero esto traerá consecuencias, sin duda. Comenzará a hacer conexiones estúpidas o, lo que es peor, puede que lo atribuya en silencio a eso que unos llaman Suerte, otros, Destino, y él, Providencia. Pobre idiota, cómo se puede ser tan abnegado. Estoy convencida de que si le dejara hacerlo, me secaría el sudor con un paño de cocina y se sentaría hasta ver aparecer mi cara impresa en el tejido. Es tan católico y apostólico que meterse en la cama de una mártir (o de lo que él cree que es una mártir) debe de parecerle lo más cercano a mear en las puertas del cielo.
El olor del café que hace días que no compro ha ido penetrando en el dormitorio de manera subrepticia, hasta acabar convertido en una presencia tan corpórea como la cama, la lamparilla de noche o mi brazo recostado bajo la almohada. Lo más seguro es que haya sido eso lo que me ha despertado, el olor a café, que está lo suficientemente fresco como para indicar que Gilles sigue aquí. O que se acaba de marchar, una de dos. Espero que sea lo segundo, pues en estos momentos no me veo ni con fuerza ni con paciencia necesarias para lidiar con nadie. Con nadie que no sea él, claro. Y Gilles está lejos, tan lejos de parecérsele en lo más mínimo…
En realidad, si se parece a algo es al olor de ese café que acaba de preparar. Pues al igual que ocurre con él, Gilles consigue penetrar en tu vida lo quieras o no, sólido y firme, al menos al principio, pues tarde o temprano acaba evaporándose como si jamás hubiera existido. Y sin embargo, no te molestaría volver a sentirlo a tu lado una y otra vez, con una ridícula sensación de necesidad que sabes que ni siquiera lo es. Retenerlo una y otra vez, con la secreta sospecha de que en el fondo sólo se trata de un vulgar sustituto de otro sustituto. En el caso del café, se supone que su sabor sólo debe llenar ese molesto hueco que deja el hastío. En el caso de Gilles, me temo que éste ni siquiera llega a llenar ese hueco y, por lo tanto, menos aún el que dejó él. Cuando pienso en ello creo que si aún no se ha evaporado es más bien por su proverbial obstinación, siempre tan irritante y, sin embargo, tan difícil de eludir.
En la cocina te he dejado el desayuno. TQ. Gilles.
Supongo que «TQ» deben de ser las siglas de «Te Quiero». Sabe que me molesta que lo diga, así que no entiendo qué le hace pensar que va a molestarme menos por escrito y con siglas. Por supuesto, tan equivocado como todo lo que suele dar por sentado con su verborrea pseudoclerical. El otro día dijo que Dios me había puesto en su camino, y que no pensaba desperdiciar esa oportunidad. Le dije que aquello era una soberana gilipollez, y vi auténticas lágrimas condensársele en el rabillo del ojo.
—Me duele que hables así —dijo.
—El dolor sólo es una opinión —repuse.
La nota descansa junto a la mesilla de noche, encima del cenicero, y al menos me sirve para constatar que se ha largado. Hago una bola con ella y la lanzo contra la pared. El cenicero está limpio, no sé en qué momento lo ha vaciado, fregado y vuelto a dejar en su sitio, pero está claro que debo acotar terreno antes de que empiece a dar más cosas por sentadas. Enciendo un cigarrillo y observo el humo ascender en espirales hacia el techo ennegrecido. Cuento las espirales. Una, dos, tres, cuatro… Hubo un día en que contaba las horas del mismo modo. Pero ahora ya no. Ahora sólo cuento espirales. Dudo que eso sea una buena señal para nadie. La desesperación ha dado paso al hastío, y eso nunca es bueno para nadie. No hay peor terreno por donde moverse. Gilles dice que se alegra de verme más calmada pero, como siempre, está equivocado. No estoy más calmada, sólo en estado de letargo. Tengo miedo de lo que pueda ser capaz cuando por fin despierte. Tengo miedo de que las heridas ya no basten.
Tiempo atrás no sabía lo que quería, y eso me hacía más vulnerable a todo. Vulnerable a los minutos y los segundos, y vulnerable a la soledad, pero sobre todo, vulnerable a la distancia. Ahora entiendo por fin que todo este tiempo no he hecho más que volver a él, aunque sólo sea en mi subconsciente. Que todo lo que me rodea no es sino el reflejo mortecino y bufonesco de lo que me arrancó de cuajo. Mis ojos tienen hambre de volver a verlo, mis labios, de que me los muerda, mis pezones, de sus dedos retorciéndolos, y mi sexo, de que lo lacere. Ya no hay desesperación, ni tampoco hastío, y todo lo que queda es una necesidad en carne viva. Necesidad y rabia. Frustración, en definitiva. Ni siquiera me doy cuenta cuando las lágrimas comienzan a derramarse por los flancos de mi cara. Me limito a apretar los dientes con fuerza y palparme el coño con fruición, mientras que con la otra mano dirijo la lumbre del cigarrillo a mi vientre. Si hay algo que aprendí bien rápido es dónde ocultar las marcas que deja el monstruo.
El cuerpo entero se me estremece con el latigazo que precede el dolor dulce y purificador. Y sonrío casi al mismo tiempo, como si de verdad creyera que eso me va a situar un poco más cerca de él.

oooooooOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOooooooo

—Yo no sé si esto es una buena terapia…
Se refiere a mis fotografías, por supuesto. Inclinado sobre el monitor, Gilles examina lo último en lo que estoy trabajando, y de verdad parece creerse en el derecho de juzgarlo. Cierro el portátil de un manotazo y no le pillo los dedos de milagro.
—¡Eva!
—No es ninguna jodida terapia: te recuerdo que soy fotógrafa, y que lo soy desde hace años. Y, además, no recuerdo haberte pedido tu opinión como crítico de arte.
—Pero si no es una crítica. Tan sólo te lo digo como consejero.
—Venga ya. Hace semanas que perdiste ese derecho.
No necesito mirarlo para saber que se ha ruborizado. Siempre lo hace. A veces pienso que Gilles es una de esas personas que no han roto un plato en la vida —o que han roto toda la vajilla, pero en privado—, una de esas que van conteniendo toda su ira hasta que ésta brota un día como una flor exuberante y acaban asestando treinta puñaladas a su pareja o liándose a tiros con los viandantes desde la azotea de un edificio. Sin embargo, otras veces pienso que eso no es posible, y que lo más seguro es que simplemente sea lo que siempre me pareció, desde la primera vez en que lo vi repartiendo trípticos en aquella reunión de maltratadas anónimas o comoquiera que las llamen. Predecible, gris, aburrido e inexorablemente mediocre. Tan bienintencionado que provoca arcadas. Es entonces, justo en esos momentos, cuando mi renovado desprecio por él se exacerba hasta que está a punto de ahogarme. Y la necesidad de hacernos daño a los dos me corroe como una salpicadura de ácido.
—Eva, por el amor de Dios…
Lo veo abalanzarse atropelladamente sobre mí, con el brazo extendido con un pedazo de tejido que no sé de dónde ha sacado. Sólo cuando me envuelve la mano con él me doy cuenta de que se trata de su bufanda. Lo aparto con un empujón brusco, pero no tarda en acercarse otra vez con esa paciencia tan exasperante que lo caracteriza, como si mi rechazo no significase gran cosa para él. Me coge la mano de nuevo y desenvuelve con delicadeza el pedazo de tejido, para mostrarme una mariposa de sangre estancada en la palma. Flexiona mis dedos hacia arriba y se agacha un poco para inspeccionarme las uñas.
—Cielo santo… ¿Cuántos días hace que no tomas la medicación?
—No creo que la necesite.
—¿En serio? Vamos, Eva, mira lo que acabas de hacerte. ¿De verdad crees que lo tienes todo bajo control?
—Pero es que no quiero tener nada bajo control.
Parece abatido en secreto, como cuando le dije que no pensaba divorciarme de Alessandro ni aunque saliera del coma. Deja escurrir la bufanda sobre la moqueta e improvisa un gesto de exasperación un tanto melodramático. Cuando se pone así, me da la impresión de que sí le importo, de que debo de significar para él algo más que un simple proyecto samaritano. Y, en silencio, me regocijo ante la idea de que el control que ejerzo no se limite al efímero espejismo de un trabajo bien hecho o, en el mejor de los casos, de bienestar espiritual.
—Te has estado marcando, ¿verdad?
Si no fuera porque su voz quebradiza no es apta para ello, el tono sonaría acusatorio.
No puedo evitar que se me escape una sonrisa. Marcando, dice. Ni siquiera Alessandro pronunció jamás esa palabra absurda. Parece un vocablo sacado de alguna ridícula jerga callejera inventada por un catequista frustrado. Sus palabras hacen que mis actos suenen a capricho decorativo, como si el hecho de «marcarse» fuera un fin en sí mismo. Supongo que eso es lo que me parece tan gracioso: su completa ineptitud para entender nada.
—¿Qué es lo que te parece tan gracioso? —De nuevo, el tono acusatorio queda ahogado bajo esa vocecilla—. Déjame verte los brazos.
Me desabotono los puños de las mangas y extiendo los antebrazos, que sólo exhiben los rasguños que él ya conoce perfectamente. Cuando me pide que me desabroche la camisa, mi sonrisa cambia de forma automática.
—¿Sabes? —ronroneo—. Me encanta que te pongas autoritario…
Reconozco esa confusión en su mirada, la misma de un niño que se debate entre sus reticencias y la atracción que siente por algo que sabe a ciencia cierta que no está bien. Con los pechos liberados, espero varios segundos antes de salvar la distancia que nos separa. Quiero que me vea bien, que no pierda detalle, que desee con todas sus fuerzas atravesar los límites. Sé que ha reparado en la marca del cigarrillo que hay en mi vientre, en ese círculo perfecto y sonrosado como una vulva abierta. Le tomo la mano y la beso. Percibo toda la tensión de su cuerpo concentrada en su mirada, pero también en el intersticio que precede su lengua. No opone resistencia cuando comienzo a mordisquearle los lóbulos de las orejas. Puedo sentir cómo la reticencia se va diluyendo gradualmente, cómo la tensión se transforma en deseo. Poco a poco, Gilles ya no ve cercas ni límites, sólo un vasto campo que se extiende hasta donde alcanza la vista.
Para cuando comienzo a guiar su boca hacia la marca de mi vientre, tampoco encuentro resistencia alguna por su parte.

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Interplanetaria

1 Opinión

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  • Interplanetaria
    on

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    [IMG]http://img856.imageshack.us/img856/3637/invitation.jpg[/IMG]

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