Daemonomania

Crowley

Esta es la tercera entrega de una serie que se inició hace ya años con Aegipto y que siguió con Amor y sueño. Esta entrega completa la trilogía sobre el universo mágico creado por Crowley sobre la intersección entre el pasado y el presente. Esta es una novela que se nos presenta como referente al fin del mundo, la historia, la escatología y la fe, con personajes inolvidables, un ambiente denso y decadente, y un argumeto aterrador. ¿Cómo vivirán los protagonistas el Apocalipsis si este resulta ser no un gran cataclismo sino un plácido paseo por el campo? Esta es una obra ambiciosa, inteligente, hermosa y visionaria, que confirma a Crowley como uno de los grandes de la narrativa fantástica contemporánea. John Crowley nació en 1942. Trabajó en Nueva York en documentales para el cine y la televisión, y publicó su primera novela, Deep, en 1975. Desde 1977 vive con su mujer y sus hijas en una extraña casa gótica junto a las colinas Berkshire, en Massachussets. Crowley es uno de los autores más peculiares y originales del fantástico de nuestros días, y su manejo de la prosa le coloca en un lugar al que pocos pueden aspirar dentro de este género, al menos entre sus contemporáneos.

ANTICIPO:

Allí, en lo alto de la torre, los excelentes obreros del emperador habían construido los marcos para tres grandes espejos circulares, montados sobre anillos que giraban uno sobre otro, de manera que Dee pudiera moverlos, mediante ruedas engranadas, y enfocarlos hacia cualquier parte del cielo. Los espejos no eran superficies planas azogadas sino catóptricos: una especie de grandes platos poco profundos, con su curvatura calculada de acuerdo con unas geometrías que John Dee había elaborado más de treinta años atrás. La catóptrica, o el conocimiento y uso de estos espejos curvos, era, a su juicio, el misterio central de la astrología; sólo recogiendo y dirigiendo catrópticamente los rayos de los planetas podía un trabajador conseguir algo más allá de la mera descripción pasiva del estado y las perspectivas (favorables o desfavorables) del individuo afectado.
Alcindo de Arabia lo sabía: cada objeto se propaga por el universo esféricamente, es decir, mediante rayos procedentes de cada uno de sus puntos. La naturaleza de la piedra imán, capaz de atraer al hierro o a otras piedras imán, actúa esféricamente desde ella hacia el exterior con fuerza menguante a través de casi cualquier medio, el agua, el aire, cualquier cosa… excepto, por supuesto, el jugo de ajo. Los planetas, el sol y la luna, son los propagadores de rayos más potentes; la tierra y todos los seres que hay en ella están bañados constantemente por sus intersecciones angulares (Dee había descrito la matemática del proceso en su Prapa!deumata aPhoristica). De manera que, para contrarrestar las tendencias naturales de un alma o un cuerpo formado por los rayos de un planeta maléfico, John Dee alzaba la cara del espejo hacia el cielo, atrapaba en su interior los rayos de un planeta contrario bien situado (como Venus, que justo entonces seguía al sol hacia el oeste, refulgente, el objeto más brillante de los cielos que se apagaban); con el espejo enfocado entonces no sobre su superficie curva sino en un punto situado un poco por delante de ella. Un hombre que se quedara exactamente allí, ante aquel foco, y mirara hacia el espejo, creería estar viendo a Venus flotando en mitad del aire, dos o tres veces más brillante que en el cielo de la tarde…, o así sería si por ventura estuviera hecho de cristal, pues la luz de Venus no puede atravesar la solidez de su cuerpo para llegar a la superficie del espejo. El hombre se vería en cambio a sí mismo boca abajo como en una cuchara de plata. Pero, aunque su luz no lo atraviese, los otros rayos de Venus sí lo harán; de manera que, de ser colocado allí, en ese foco, su cerebro o su corazón encogido, los rayos de Venus aún lo calentarán, como una jovencita que se metiera en la cama con un viejo frío y enfermo.
No había duda alguna sobre la eficacia del procedimiento. El poder de los espejos curvos era conocido por los antiguos, y aun cuando la historia de cómo Julio César había usado un espejo curvo instalado en las costas de la Galia para ver los preparativos de guerra de los britanos no fuera cierta, lo que sin duda era cierto es que un catóptrico vuelto hacia el sol, podía hacer que un palo grueso mantenido en su foco empezara a arder. Y si el sol., ¿por qué no Venus y Júpiter? John Dee había conseguido el primer éxito con sus espejos al curar a su esposa de una melancolía, tras el nacimiento de su primer hijo, Arthur: una tristeza maternal post partum que no era capaz de quitarse de encima.
La melancolía del hombre-lobo sería más profunda; y era posible que incluso artes tan seguras y certeras como la catóptrica fueran débiles y fallaran en ese caso. No había manera de saberlo con certeza más que usándolas y viendo.
John Dee hizo un ligero ajuste en su espejo, dio la vuelta a su reloj de arena y se sentó a esperar en la oscuridad creciente.
Pensó: hacemos pedazos a los melancólicos que, a causa de su enfermedad, se han degradado del estado humano y creen ser bestias. En un tiempo no fue así; no, cien años atrás se sabía que eran unos desdichados, y que necesitaban nuestro cuidado y nuestro amor. Quemamos a viejas ofuscadas que creen en preparar en sus pucheros de hierro los elixires maravillosos que han oído que los sabios saben hacer; toman las recetas cifradas y ocultas de los viejos libros y leyendas por la verdad literal, y tratan de hacer una obra con plumas de gallo, pis de caballo, hierbas del campo y la luz de la luna. Quizás, alguna vez, una de estas ofuscadas -al oír historias del Homúnculo, el Hijo que cobra vida en el interior del atanor- puso a hervir un bebé estrangulado al nacer encontrado en una zanja, o el cuerpo de un bebé desenterrado: perverso, sin duda, y digno de castigo, pero ineficaz, perjudicial sólo para la bruja misma.
Viejas mujeres despreciadas y proscritas. Asustan a sus vecinos con sus maldiciones, y más tarde, cuando un niño se pone enfermo o una vaca se seca, el vecino recuerda. Y el miedo se extiende, alcanzando por último a los estudiantes de Artes que el vulgo no puede comprender. Artes que los sacerdotes y los jueces, la mayoría de ellos, tampoco comprenden mejor.
Te quemarán a ti también, había dicho Madimi.
Quizá. Vería pues qué bien podía hacer, hasta entonces.
Cuando Venus bajó lejos hacia el oeste y sus rayos dieron sobre aquella torre en un ángulo oblicuo,John Dee se palmeó las rodillas, se levantó del taburete y consultó su efemérides; miró hacia el este, donde Júpiter, gigante jovial, había salido: tan eficaz contra la melancolía como su hermosa hija azul, si ella es o era su hija, como decía Hesiodo. Dee, observando con su mira astronómica y el muchacho John moviendo de un lado a otro los platos con la rueda de trinquete, de acuerdo con sus instrucciones, atraparon la estrella; hicieron rodar al enjaulado (y fatigado) lobo hasta el foco de la parábola (el nombre que había dado John Dee a la forma de espejo que había ideado). Yal sentir el calor de la leonada estrella en la mejilla, el chico parpadeó, alzó la vista como un hombre despertado por el sol que atraviesa el agujero de un nudo de la madera; abrió la boca, se humedeció los labios y tragó saliva.
Dee se acercó a la jaula y abrió la puerta. Le dijo aJohn: -Pregunta si podemos dejarle salir sin peligro.
John le habló al muchacho, que había empezado a tiritar; el muchacho respondió brevemente y empezó a arrastrarse fuera de la jaula.
-Dice que está sediento.
-Ve -le dijo Dee a John-. Trae una camisa limpia, un manto abrigado. Una taza de vino blanco, con agua, manzanas; pan de trigo. Nada de queso, nada de verdura. En prisión le han dado cerveza negra y pan de guisantes, y por ello está peor.
John se marchó rápidamente, contento de irse; Dee empujó la jaula fuera del carro con ruedas, gruñendo por su peso, y el muchacho, al verlo esforzarse, se volvió para ayudarlo: pero cuando trató de ponerse en pie cayó.
-Herido -dijo Dee-. Estás herido…, no te levantes. Quédate quieto.
Puso la mano sobre el hombro del chico, y la dejó allí, esperando aJohn. Se acordó de la noche seis años atrás cuando Edward Kelley llegó a su casa de Mortlake, temeroso, perdido incluso, aunque sin saberlo: la noche en la que había empezado aquel viaje.
Vistieron al chico y le dieron de comer, e hicieron un jergón para él en el carro. John Dee cambió la posición de sus espejos, porque durante todo aquel tiempo, Júpiter había estado moviéndose con la noche y las estrellas. Volvieron a dar la vuelta al reloj de arena. El chico dormía.
A quinientos millones de millas de allí (John Dee creía que eran unos cuarenta millones) el naranja Júpiter brillaba con la luz del sol John Dee creía que tenía su propia luz); en el interior de sus grandes envolturas de gas, las más pesadas dentro de las más ligeras, penetraron los pequeños rayos del alma del niño enfermo, adentrándose miles de millas, alcanzando el corazón casi tan caliente como una estrella; allí excitaron la generosidad del dios en una medida infinitesimal, y se reflejaron más fuertes.
Por la mañana estaba hablando, alerta, alegre incluso, su melancolía aparentemente disipada ya…, si es que había sido melancolía. John Dee, al oír su historia, se preguntó si lo que había padecido no habría sido más que una simple locura.

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Interplanetaria

9 Opiniones

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  • Siluro
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    A mi me pasa una cosa curiosa con Crowley. Me encanta como escribe, pero tengo que leerlo de a poco porque en seguida me saturo.

    ¿Sólo me pasa a mí?

  • Bran
    on

    He leído en la reseña que este libro cierra la historia que comenzó con Aegypto, sin embargo, creo que aún faltaría un cuarto libro, tanto por la continuidad de la historia como por el modo en que están divididos los libros (según las casas del zodiaco), alguien me podría confirmar o desmentir si Daemonomania es el último libro?

  • marcos
    on

    Yo he oído que son cuatro libros también.

  • nebu
    on

    Yo también me saturaba, de hecho no puedo ni acabar sus libros… así que decidí que no me gustaba 😉

  • melmoth
    on

    Cuánta razón tienes… No sé por qué exactamente, pero los libros de este hombre me atraen cantidad de entrada… y luego me cansan … No he conseguido terminar ninguno…

  • liquimoly
    on

    Yo también he oido que hay una cuarta parte, y la verdad debe haberla, pues he terminado daemonomanía y claramente queda en continuará.

  • beor
    on

    puede ser que sea el ultimo libro publicado de la saga. lo cual no significa que se alla terminado.

  • Mina
    on

    A mí Crowley siempre me ha parecido un fantasmón infumable. Sincesamente pienso que no merece la pena perder el tiempo con sus chorradas.

  • Mar
    on

    Eso me parece excesivo. Crowley es un estilista muy bueno, el problema, EMHO, es que ese estilo tan personal acaba enmascarando el argumento.

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