Danza de tinieblas

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Corre la primavera de 1571. Felipe II muere a causa de un accidente durante una cacería. Su hermano, Juan de Austria, regresa victorioso de la batalla de Lepanto para ocupar el trono. Así se forja una España distinta, que en 1927 conserva todos los territorios del imperio, está enfrentada con Roma y aún acoge a moriscos y judíos.

En el Madrid de este país, el cabo de alguaciles Joannes Salamanca es llamado a investigar la muerte en extrañas circunstancias de un joven judío. Junto a un inquisidor y la bella Rebeca, pronto averiguará que éste es uno más de una serie de asesinatos que parecen responder a un intento de desestabilización del Estado por parte de siniestros grupos que ambicionan el poder. Tras numerosas desventuras, Joannes, héroe a su pesar, deberá enfrentarse a perversos gólems y tremendos artefactos.

ANTICIPO:
Hacía calor aquella tarde al final de mayo. El cocido que la dueña les había servido al mediodía había sido de padre y muy señor mío. Las natillas del postre aún se le atravesaban en el gaznate haciendo cola detrás del tocino y la cecina para entrar en el horno del estómago. Joannes Salamanca, cabo de alguaciles, veterano de los tercios, hijo de emigrantes holandeses y más conocido como Mascaburras, suspiró audiblemente. Era un hombre grande, ancho de hombros; un muro serrano construido para vencer al viento y la nieve hubiera tenido las mismas proporciones. El pecho, al respirar, parecía hinchársele basta casi reventar los lazos de la camisa, por lo demás ya forzados por las lorzas excesivas del talle y la anchura de espaldas. En medio de su cara, ancha y rubicunda, dos ojos pequeños, dos cabezas de alfiler de color azul, observaron el comedor del cuartel, las mesas repletas, el aire cargado de humo, los hombres de uniforme apoyados en las paredes, charlando, fumando, esperando a que la tarde se hiciera noche.

Interrumpió la calma un muchacho morenito, mezcla de mil razas, huérfano empleado como correveidile en el cuartel. Resbaló en la entrada al comedor intentando detener la frenética carrera, gritando con su voz aún infantil:

-¡El teniente requiere un cabo de guardia! ¡Salamanca, Gonsálvez o Marquina! ¡Urgente!

Joannes miró en derredor y maldijo, había estado lenco: Gonsálvez, Marquina y los otros habían huido escaleras abajo nada más oír los pasos apresurados por el pasillo. Viernes a media tarde, mal momento para una visita al teniente.

De mala gana inició el camino al torreón norte. Pasó por el amplio patio de armas oculto tras altos muros de piedra y vigas vistas. El sol de mediodía hacía relucir el empedrado y cegaba al reflejarse en los bronces pulidos de los coches aparcados bajo los aleros. Buscó entrecerrando los ojos. No había ningún mozo haraganeando al que darle un par de gritos y un pescozón. Suspiró. Todo el mundo había iniciado la desbandada, esa noche irían de farra o aún mejor, de verbena. Acudirían a apostar a las peleas de gallos o, al antropódromo, a bailar a Cuatro Caminos, a pelear con matasietes en la ribera. Algo le decía que él no los acompañaría.

Resoplando, inició la ascensión hasta la noble planta cuarta. La piedra dio paso a los tapices y a la madera, a las armaduras en los rincones, a los grandes jarrones de porcelana talaverana sobre soportes de hierro, y a los enormes cuadros de batallas en las que el cuerpo había participado. Se detuvo involuntariamente ante un gran lienzo que adornaba un salón de recepciones: las revueltas del 17 en Madrid, diez años antes. Se veía la ciudad en escorzo. De muchos lugares incendiados ascendían negras columnas de humo. Calles, casas, plazas ardían por las barricadas de fuego que los anarcolistas habían prendido. La turba, una nube de hormigas multicolor, rodeaba el Palacio Real, escalaba sus rejas y tiraba abajo las puertas. La Guardia Real disparaba, pero era superada. En medio de tanta confusión, se veía, extrañamente magnificada por los colores, una cuña de uniformes negros, las fuerzas de choque de los alguaciles avanzando para defender al rey y al imperio. Ante su empuje, los anarcolistas huían o morían bajo sus botas y las ruedas de sus blindados.

¡Qué bonitas las pinturas! Él había estado allí, había visto enormes charcos de sangre espesarse al sol, había oído los gritos, había luchado contra hombres y mujeres enloquecidos por el miedo, borrachos de sangre y dolor. Habían pasado diez años y muchas noches se despertaba oyendo el eco de las ametralladoras y el golpeteo sordo, pac, pac, de las balas percutiendo contra los adoquines, estallando en pequeñas nubes de polvo o mordiendo la carne con sus picotazos mortales. Siempre tardaba un par de cigarros en dejar de oler la carne quemada y volverse a dormir.

Se deshizo de las visiones con una sacudida de cabeza y continuó. El despacho estaba ya cerca, olía a tabaco cubano.

-¡Malditos sean los desuellacaras y valentones del imperio todo! ¡Me cago en sus muelas, y en las de sus abuelos!

Joannes se detuvo un segundo. Nunca había oído maldecir al teniente. Aquello no pintaba nada bien. Siguió adelante, pero ya sus botas no arrancaban ecos sonoros del embaldosado catalán, más parecían pasos de gato a la emboscada. Se asomó discretamente.

-Usted dirá, mi teniente.

-Pase, Salamanca, pase.

El despacho era amplio y sombrío. La luz de atardecer resultaba escasa para iluminarlo. Sólo un viejo candil de aceite -que brillaba poco y atufaba mucho- alumbraba el escritorio, una gruesa tabla de roble barnizado, taraceado en hueso y reforzada con tiras de hierro. Joannes ya había visitado en otras ocasiones aquel lugar. Se mantuvo cerca de la puerta, sombrero en diestra y siniestra sobre el cinturón, como mandaban las ordenanzas.

-Pase, hombre, venga aquí a la luz, que aunque es poca nos tiene que valer para vernos las caras- El intendente hace economías con los candiles ajenos, que seguro que los de su casa derrochan luz.

Joannes hizo lo que le ordenaban y se mantuvo en silencio y de pie. El teniente era hombre escuálido, de mirada encendida. Largos y engomados bigotes le adornaban la cara. Por la piel, de oscuro tono cetrino, más parecía otomano que cristiano. Las malas lenguas decían que era hijo de turco y sevillana. Movió las mangas de la camisa y extrajo de ellas unas manos delgadas y nervudas que cruzó sobre el legajo que había estado leyendo.

-Me acaba de llegar un recado de la corte. El muy ilustre petimetre, pelafustán, y alcahuete del duque de Mier, va al teatrón.

Joannes se removió imperceptiblemente, conocía la fama del de Mier.

-Se imaginará que, tras ofender tanto orgullo madrileño, el de Mier tiene muchos enemigos. Si por mí fuera, que se viera con ellos y con sus aceros en cualquier esquina oscura de las muchas que proporciona la ciudad, pero es favorito real. Tiene que acompañarle al teatrón, de incógnito, sin que él ni otros le supongan alguacil, y protegerlo si algo le fuera a suceder.

-Pero teniente…

-Joder, Salamanca! Ni una palabra, que llevo el día entero bregando con expedientes de indeseables, tramando informes y peleando con gazmoños funcionarios de cien secretarías. A mí también me revienta hacer de niñera de nobles lindos y de lengua ligera, pero no nos queda más remedio. Retírese.

El teniente no esperaba más de la conversación, fijó de nuevo la vista en los legajos, apartando sus ojos vivaces y furiosos de la ceñuda mirada de Joannes. Se volvió y, aun antes de abandonar el despacho, ya maldecía en voz baja. No pasó por la sala de guardia por no aguantar las chanzas y risas que, sin duda, le tocaría oír si les contaba cuál era su misión. Cruzó el patio y subió por el torreón norte hasta su camareta, que compartía con otros dos alguaciles solteros. Allí mudó la sobreveste del uniforme por una ropilla orillada que era su único vestido de diario. Dejó en una percha el sombrero de cuero y plumas, y tomó otro de fieltro que en un tiempo fue verde. Se ajustó la capa al cuello y bajó las escaleras a furiosos taconazos. Antes de salir a la calle por el portalón norte, el que daba a la plaza de Barajas, sacó el Villegas, comprobó que el tambor tenía siete balas del 32 y lo devolvió a la sisa, dentro de la faltriquera de cuero, donde habitualmente dormía.

Las calles de Madrid en viernes por la tarde, casi noche ya, zumbaban llenas de gentes. Regresaban unos del trabajo, partían otros a la ribera alta del Manzanares, donde se prodigaban merenderos regentados por moriscos y mulatos y abundaba la cumbia, el ron de caña, el té, los pinchos morunos, la guitarra, el yembé y los cascabeles. Grupos variopintos se cruzaban en las calles. Las criadas y modistillas, tos cocheros, mozos, escoberos, artesanos y aprendices caminaban en tropel, riendo y gritando. Pasaban al lado, sin ni siquiera verlos, de hombres y mujeres ataviados de luto riguroso, beatos cristianos acudiendo a misa de novenas. Tenían éstos el gesto adusto, las carnes flacas, el cuerpo mortificado y dispuesto a oír pláticas con abundancia de paisajes infernales, menciones al papa negro de Roma, llamadas a la moral y exacerbadas diatribas contra el pecado. Con su verbo los predicadores intentaban mantener en la buena senda a sus feligreses más píos. Joannes los miró con algo de asco y también de miedo. Vigilaban la pureza del cisma que apartó al imperio y sus aliados de la nefasta influencia de los católicos, anglíticos y otras gentes contrarias a la recta moral. Nunca se sabía cuándo uno de ellos era un familiar de la Inquisición o un confidente de alguna conchabía u orden principal.

Consultó el reloj, casi era la hora.

Caminando de prisa llegó a la Plaza Mayor. Unos globos de luz potentísima iluminaban el empedrado y hacían resaltar el mal estado de los estucos en las fachadas de los edificios. Aquélla era la iluminación eléctrica que había inventado un aragonés llamado Goya que decían genial. Joannes pasó de prisa bajo la luz fulgurante esquivando restos de hortalizas y despojos podridos que aún no habían sido recogidos tras el mercado de la mañana. Enfiló luego hacia la Puerta del Sol, pasó por ella casi corriendo y saludó con un tocar del sombrero a la Mariblanca, que dicen que siempre da suerte. Bajó luego, la capa ondeando al viento, por la carrera de San Jerónimo y la calle del Príncipe. Aún había luz en el aire, el horizonte ardía en morados y azules más allá del palacio real. El gris de la noche se imponía poco a poco y contaminaba ya el cielo por el este.

Joannes se acercó despacio, estudiando el terreno. Un poco más adelante los numerosos edificios del centro se apretaban unos contra otros como asustados, cediendo el espacio a una amplia plaza empedrada. Allí la mole del teatrón se alzaba desafiante muy por encima de los tejados de Madrid. El edificio original, que databa del tiempo del primer imperio, había ardido a principios de siglo. El padre del actual rey, el rey Jorge, había sido muy aficionado al teatrón. Gil de Alcalá, el arquitecto al cual se debía mucha de la grandiosidad de la capital, había aprovechado ese hecho para proyectar aquella máquina de asombro arquitectónico. Grandes parábolas de latón pulido, alimentadas por magnesio incandescente, iluminaban con deslumbradora potencia altos lienzos de roca lisa. Enormes columnas lisiadas recorrían toda la altura del edificio hasta un frontispicio que parecía clásico en una primera mirada pero no lo era. Los capiteles, a más de cincuenta metros de altura, sostenían el ala de un tejado en suave curva al modo oriental. Estatuas y adornos en oro, hierro y bronce ascendían por la fachada, entreverados en las columnas y lienzos pétreos, como una legión de hormigas escultóricas. Miraban desde la fachada los bustos de los inmortales Calderón, Pereira, López-Reina, Ayala; los dramaturgos del teatro judío, Maimónides, Salazar e Isaac Lubino, y muchas otras desconocidas caras de grandes actores del pasado, de libretistas antiguos y representativos que Joannes desconocía.

Olía a magnesio, a latón requemado, el olor del teatrón para todos los habitantes del imperio.

Había ruido de risas y gritos. En un lateral, controlada por ujieres de uniforme, esperaba la canalla animándose unos a otros entre voces, tragos de limonada y carcajadas, camino del paraíso desde donde podrían ver el espectáculo entre las nubes de yeso y los soles de latón que adornaban el techo. La plaza estaba aún vacía, las puertas del teatrón abiertas e iluminadas por pebeteros ardientes.

El alguacil se apostó en una esquina en sombras. Sus ojos, ágiles y entrenados, fueron volando por encima de la multitud, posándose aquí y allá, viendo quien llevaba espadas o indicios de armas de fuego y quién no; quién era militar de paisano, quién trotona, quién pechero, quién criado filipino sin librea, quién mulato, quién norteño, quién con indicios de hereje católico, quién con traza de anarcolista dinamitero.

Al poco comenzaron a llegar las personalidades. Una brigada de mozos había despejado un tercio de acera y habilitado un lugar donde los cocheros pudieran esperar a sus amos. Relucientes como enormes escarabajos de charol, movidos por motores de hulla de mucha potencia, limpios y sin más ruido que un ronroneo profundo fueron llegando los autocoches. Apenas olían a hulla sin quemar y las nubes de los escapes eran mínimas. Se abrían sus puertas blindadas dejando ver maderas y terciopelos rojos en el interior, de donde salían, caminando airosamente, nobles de cuño viejo y capa bordada con los símbolos de órdenes y ministerios, a los que acompañaban damas cubiertas por amplias capas de seda y toquillas catadas que reservaban la blancura de su piel y el brillo de las Joyas para lucirlos en el palco.

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