Danza macabra

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Heredero de la gran tradición norteamericana en narrativa de terror, que nace con E.A. Poe y pasa por H.P. Lovecraft, Stephen King ha logrado con sus obras una difusión jamás alcanzada por ningún otro autor en este género, dotándolo de una vitalidad envidiable. Danza Macabra (1981) es un lúcido y divertido ensayo, lleno de referencias a multitud de obras y jugosas anécdotas biográficas, que pretende dar respuesta a la paradoja esencial del aficionado a la ficción de terror: «¿Por qué hay personas dispuestas a pagar a cambio de sentirse extremadamente incómodas?» Y para abordar tan complejo asunto, King se vale de un doble recorrido, histórico y personal, a través de la literatura y el cine de terror modernos (1950-1980), «con un par de salidas al margen para explorar las raíces del género». «El buen cuento de horror —reflexiona King— avanza bailando hasta alcanzar el centro de la vida del lector, donde encontrará la puerta secreta a esa estancia que usted creía que nadie más conocía». Tras sugerir que la ficción de terror remueve los temores sociales más inconfesos, y que está sujeta por tanto a cambios históricos, argumenta a propósito de su pervivencia que «aunque los sueños inquietos del inconsciente colectivo puedan cambiar de década en década, la tubería que se hunde en ese pozo de sueños permanece constante y vital». «Este libro es únicamente mi paseo por todos los mundos de la fantasía y el horror que me han complacido y aterrorizado», explica su autor, al tiempo que nos recomienda: «vaya mordisqueándolo de vez en cuando o devórelo de cabo a rabo, pero disfrútelo».

ANTICIPO:
El primer número de la escabrosamente jovial revista de Forrest J. Ackerman Famous Monsters of Filmland que compré en mi vida contenía un largo, casi académico artículo de Robert Bloch acerca de la diferencia entre las películas de ciencia ficción y las de terror. Era un trabajo interesante y a pesar de que dieciocho anos después no lo recuerdo en detalle, si recuerdo que Bloch decía que la película dirigida en colaboración por Howard Hawks y Christian Nyby El enigma de otro mundo (The Thing from Another World, 1951, basada en el clásico de la ciencia ficción Who Goes There, la novela corta de John W. Campbell) era esencialmente de ciencia ficción a pesar de sus elementos de miedo y que una película posterior como La humanidad en peligro (Them, Gordon Douglas, 1954)), acerca de unas hormigas gigantes engendradas en el desierto de Nuevo México (como resultado de las pruebas atómicas, por supuesto), era un film puramente de horror a pesar de sus revestimientos de ciencia ficción.

Esta línea divisoria entre la fantasía y la ciencia ficción (pues, hablando con propiedad, es de fantasía de lo que estamos hablando; el género de terror es sólo una subdivisión dentro de un género mayor) es un tema de conversación que surge antes o después en prácticamente todas las convenciones de fantasía o ciencia ficción (y para aquellos que desconozcan esta subcultura, decir que cada año se celebran literalmente cientos). Si tuviera una moneda de cinco centavos por cada carta en relación con la dicotomía fantasía/cf aparecida en los fanzines y prozines de ambos campos podría comprarme una isla en las Bermudas.

Este asunto de las definiciones me parece una trampa y además no se me ocurre un rema más aburrido académicamente. Al igual que las interminables discusiones sobre las rupturas de ritmo en la poesía moderna o la posible intrusión de ciertos métodos de puntuación en el relato corto, se trata en realidad de una discusión sobre el sexo de los ángeles, en realidad nada demasiado interesante a menos que los implicados en la discusión estén bebidos o sean estudiantes recién licenciados (dos estados de incompetencia vagamente similares). Me contentaré con presentar dos obviedades indiscutibles: ambos géneros son obra de la imaginación y ambos intentan crear mundos que no existen, no pueden existir o no existen aún. Hay una diferencia, por supuesto, pero puede usted trazar la línea divisoria donde le apetezca, si quiere… Y si lo intenta podría descubrir que se trata de una línea realmente escurridiza. Alien el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979), por ejemplo, es una película de terror a pesar de que está más firmemente enraizada en un entorno científico que La guerra de las galaxias (Star Wars, George Lucas, 1977). La guerra de las galaxias es una película de ciencia ficción, a pesar de que debemos reconocer el hecho de que se trata de cf de la escuela de porrazo y tentetieso de E. E. «Doc» Smith y de Murray Leinster; un western espacial rebosante de ESPÍRITU PIONERO.

En algún lugar entre estas dos tendencias, en una zona parachoques que ha sido poco utilizada por las películas, hay obras que parecen combinar la ciencia ficción y la fantasía de modo no amenazador, por ejemplo Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, Steven Spielberg, 1977).

Con semejante número de divisiones (y cualquier aficionado a la ciencia ficción o a la fantasía podría ofrecerle una docena más; Ficción Utópica, Ficción Distópica, Espada y Brujería, Fantasía Heroica, Especulativa… y así hasta el infinito), entenderá que no quiera abrir esta puerta en particular más de lo estrictamente necesario.

Permítame que, en vez de definir, le ofrezca un par de ejemplos antes de seguir avanzando. ¿Y qué mejor ejemplo que El cerebro de Donovan?

La ficción de horror no tiene necesariamente por qué no ser científica. La novela de Curt Siodmak El cerebro de Donovan parte de una base científica para pasar a ser puro terror (tal y como sucedía en Alien). Fue adaptada a la gran pantalla en dos ocasiones, y ambas versiones fueron relativos éxitos de público. Tanto la novela como las películas se centran en un científico que, aunque no está del todo loco, ciertamente opera en los límites más alejados de la racionalidad. De este modo podemos situarle en una línea directa de descendencia desde el doctor loco original, Victor Frankenstein. Dicho científico lleva algún tiempo experimentando con una técnica diseñada para mantener el cerebro vivo después de que el cuerpo haya muerto… específicamente en un tanque lleno de una solución salina cargada eléctricamente.

En el transcurso de la novela, el avión privado de W. D. Donovan, un millonario autoritario, se estrella cerca del laboratorio desértico del científico. Reconociendo la oportunidad, el científico secciona el cráneo del millonario agonizante y sumerge el cerebro de Donovan en su tanque.

Hasta ahora, bien. La historia tiene elementos tanto de horror como de ciencia ficción; a partir de este momento podría tirar en una dirección u otra dependiendo de cómo manejara Siodmak la premisa. La primera versión de la película muestra sus intenciones casi de inmediato: la extracción del cerebro tiene lugar en plena tormenta, con los aullidos del viento, y el laboratorio de Arizona del científico se parece más a la mansión de los Baskerville. Y ninguna de las dos versiones hace justicia a la escalada de terror que narra Siodmak con su prosa racional y precisa. La operación es un éxito. El cerebro vive y posiblemente incluso piensa en su tanque de líquido neblinoso. El problema ahora es cómo comunicarse. El científico intenta contactar con el cerebro utilizando la telepatía… y finalmente lo consigue. Medio en trance, escribe el nombre W. D. Donovan tres o cuatro veces en un pedazo de papel, y una comparación demuestra que su firma es intercambiable con la del millonario.

En el tanque, el cerebro de Donovan comienza a cambiar y a mutar. Se hace cada vez más fuerte, capaz de dominar a nuestro joven protagonista. Éste comienza a ejecutar los deseos de Donovan, los cuales giran obsesivamente en torno a asegurarse de que su fortuna es heredada por la persona adecuada. El científico comienza a experimentar las flaquezas del cuerpo físico de Donovan (que ahora se descompone en una tumba anónima): dolores de espalda, cojera. A medida que la historia se acerca a su culminación, Donovan intenta utilizar al científico para atropellar a una niña que se interpone en el camino de su implacable, monstruosa voluntad

En una de sus encarnaciones fílmicas, la Joven y Bella Esposa (una figura inexistente en la novela de Siodmak) dispone unos pararrayos de modo que electrocuten al cerebro en su tanque. Al final del libro, el científico ataca el tanque con un hacha resistiéndose a la incesante presión de la voluntad de Donovan mediante el recitado de una sencilla pero evocadora frase mnemónica: He thrusts his fists against the posts and still insists he sees the ghosts [lanza sus puños contra los postes y aun así insiste en que ve fantasmas]. El cristal se resquebraja, la solución salina se derrama y el abominable cerebro palpitante cae al suelo del laboratorio donde es abandonado para que muera como una babosa.

Siodmak es un buen pensador y un escritor correcto. El flujo de sus ideas especulativas en El cerebro de Donovan es tan fascinante como el flujo de ideas en una novela de Isaac Asimov, de Arthur C. Clarke o de mi autor favorito en este campo, el tristemente fallecido John Wyndham. Pero ninguno de estos ilustres caballeros ha escrito jamás una novela como El cerebro de Donovan… de hecho, nadie más lo ha hecho.

El último guiño llega al final de la novela, cuando el sobrino de Donovan (o quizá era su hijo bastardo, maldito si consigo acordarme) va a ser ahorcado por asesino. Por tres veces la trampilla del cadalso se niega a abrirse cuando tiran de la palanca, y el narrador especula que el espíritu de Donovan aún persiste, indómito, implacable… y hambriento.

A pesar de todo su entramado científico. El cerebro de Donovan es un relato tan de terror como puedan serlo “El maleficio de las runas" de M. R. James o "El color surgido del espacio", el cuento aparentemente de ciencia ficción de H. P. Lovecraft.

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