Desde aquella oscuridad

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Este impresionante testimonio surge de las entrevistas de Gitta Sereny a Franz Stangl, comandante de los campos de exterminio de Sobibor y de Treblinka. Durante más de setenta horas, a partir de 1972, cuando Stangl se encontraba en prisión tras ser juzgado por genocidio, la autora no sólo le entrevistó a el, sino también a miembros de su familia, a sus amigos, a las personas que el encontraron en su escondite en Brasil y a supervivientes de los campos de concentración. A través de ellas el lectro se enfrenta a una de las cuestiones fundamentales del Holocausto, la banalidad del mal, el hecho de que actos de tal horror y crueldad fuesen obra de hombres ordinarios.
Definido por Stephen Vizinczey como \”el más absorbente e iluminador libro sobre el genocidio nazi\”, este libro, estructurado a partir de una inteligente combinación de entrevistas e investigación bibliográfica y de archivo tiene la virtud de enfocar desde una perspectiva completamente nueva uno de los episodios más funestos del siglo XX, y lo hace no sólo desde el punto de vista histórico y ético, sino intentando penetrar en la psicología de los verdugos, lo que lo convierte en un libro absolutamente único.

ANTICIPO:

Conocí a Franz Stangl la mañana del viernes 2 de abril de 1971, en una pequeña estancia que hacía las veces de salita de espera para los abogados que visitaban la prisión preventiva de Düsseldorf.
La habitación era de las mismas dimensiones que las celdas del moderno bloque de la cárcel, en el que Stangl cumplía condena. Contaba con las mismas ventanas con barrotes, la misma lóbrega vista sobre el patio pavimentado y la misma exigua decoración en pino blanco barnizado. Era una estancia impersonal, neutra, sin nada que pudiera gustar o edificar, ni tampoco que pudiera distraer el ojo o la mente: el lugar adecuado para las setenta horas singulares que debía pasar con este hombre singular.
Cuando, el 22 de diciembre de 1970, el tribunal de Düsseldorf sentenció a Stangl a cadena perpetua por corresponsabilidad en el asesinato de novecientas mil personas durante el ejercicio de su comandancia en Treblinka, el cazanazis Simon Wiesenthal, que había tenido su papel en la captura, dijo a los periodistas que la condena de Stangl por parte de los alemanes era al menos tan importante como la de Eichmann por parte de los israelíes. «El caso Stangl –dijo– procuró a Alemania su caso criminal más significativo del siglo. Si no hubiera hecho otra cosa en mi vida que atrapar a este hombre malvado, ya no habría vivido en vano.»
No era fácil asociar con esa descripción al hombre silencioso y cortés que el director de la cárcel me presentó aquella mañana.
Franz Stangl, de sesenta y tres años, era un individuo alto, fornido, canoso y de calvicie incipiente, de rostro anguloso y ojos de mirada despierta. Vestía pantalones de franela gris, una camisa blanca, corbata y un elegante jersey gris. Cuando le conocí, llevaba cuatro años y dos semanas en prisión, incomunicado prácticamente todo ese tiempo. Durante los tres años de preparaciones para el juicio, la cárcel alojó también a varios de sus antiguos subordinados, y se tomaron medidas estrictas para evitar que se relacionaran entre sí. Sin embargo, incluso después de que estos hombres, ya condenados, fueran trasladados a otras instituciones penales, Stangl permaneció en aislamiento en su celda de cuatro por dos metros debido a las amenazas que varios prisioneros más jóvenes habían proferido contra su vida. Unos pocos días antes de conocerle, su severa depresión decidió a las autoridades carcelarias a permitirle una sesión de ejercicio diaria en el patio y algún contacto con reos seleccionados. «Pero ni siquiera ahora habla con nadie –me dijo un funcionario de prisiones–. Es un solitario.» Casi todos sus días se consumían leyendo y escuchando la radio, con sus posesiones dispuestas a su alrededor en simetría exacta.
A pesar de su vida completamente sedentaria, Stangl aparecía musculoso, de espalda erguida, así como relajado y bajo control.
Él y el director de la cárcel, Eberhard Mies, antiguo abogado, se dieron la mano e inclinaron sus cabezas. Al serme presentado, Stangl volvió a inclinar la cabeza. En ambas ocasiones había sido un gesto de cortesía, no de deferencia o respeto. Herr Mies le preguntó por su salud. Hablando queda y coloquialmente en el alemán más suave de su Austria natal, en la modalidad semiformal que suele enseñarse en las escuelas provinciales del país, Stangl respondió que se sentía mejor. «Me he apuntado al club de ajedrez –dijo–, y quizás asista a algunas clases cuando empiecen después de Pascua. Literatura, creo. Será interesante. Dos veces a la semana, ¿verdad?» Inesperadamente, parecía un encuentro entre iguales. Stangl, para nada el «hombre menudo» que me habían dicho que encontraría, daba la impresión inquietante de una personalidad imponente y dominante en pleno control de sí mismo y de su entorno.
Aquella impresión se mantuvo hasta cierto punto, y a pesar de su aprensión evidente hacia nuestra charla pendiente, a lo largo de toda la mañana. En cuanto nos dejaron solos, se puso a
rebatir varias acusaciones hechas durante el juicio. Los argumentos, la fraseología, incluso las palabras que utilizaba me resultaron insidiosamente familiares; eran las mismas que se habían utilizado en tantos otros juicios por crímenes nazis: no había hecho nada malo; siempre había otros por encima de él; no había hecho más que obedecer órdenes; jamás había lastimado a un solo ser humano. Lo que había sucedido era una tragedia bélica y –tristemente– hay tragedias bélicas en todas partes: «Mire Katyn –dijo–, mire Dresde, Hiroshima y ahora Vietnam». Estaba dolido, así es, dolido, por el joven teniente americano que, al igual que él, no había hecho más que obedecer órdenes en Mai Lai y le tocaba ahora pagar el pato.
Le estuve escuchando toda la mañana, casi sin interrumpirlo. Su sentencia estaba pendiente de apelación y quedaba claro que le habían aconsejado la actitud que debía tomar; incluso era posible que él se hubiera convencido de que estas entrevistas le permitirían –y que pensara que para ello estaban concebidas– exponer su caso nuevamente del único modo en que han sido expuestos los casos de personas como él. El precedente se había establecido en Nuremberg, donde los argumentos propuestos por la defensa para algunos de los acusados se acercaron suficientemente en algunos casos a una cierta verdad como para plantear ciertas dudas acerca del cáracter de su culpa. Se trataba de una técnica que, a falta de algo mejor, había sido adoptada posteriormente por todos los que habían seguido a los acusados de Nuremberg en el banquillo de los acusados, fuera cual fuera su posición o su implicación en el pasado.
Pero yo no había venido en busca de polémicas. Poco antes del receso para almorzar –que, según me dijeron, duraría tanto tiempo como él deseara para la comida y el reposo–, le dije que, después de escucharle durante dos horas y media, creía que debía explicarle cuál era mi verdadera intención.
Podría pensar en ello y hacerme saber después de comer si deseaba seguir adelante. Le dije que me sabía al dedillo todo lo que me había contado por la mañana; todo aquello ya había sido dicho por otra gente. Yo no deseaba discutir la bondad o maldad de nada de todo eso, no tenía sentido. Yo había ido a por algo distinto: quería que me hablara, que me contara cómo había sido su infancia, su juventud, su vida adulta; que me contara cosas sobre su padre, sobre su madre, sus amigos, su esposa y sus hijos; que me contara no ya lo que hizo o dejó de hacer, sino lo que amaba y lo que odiaba, y qué sentía sobre las cosas de su vida que habían acabado por llevarle donde ahora se hallaba. Si no deseaba hacerlo y prefería seguir en la línea del recital de aquella mañana, yo le escucharía, dije, hasta el final de la tarde, regresaría a Inglaterra, escribiría algo sobre la entrevista, y ahí quedaría todo. Si, después de pensar en ello, decidía ayudarme a escarbar en el pasado (su pasado, porque le habían ocurrido cosas que apenas le habían pasado a nadie más), entonces quizá podríamos hallar cierta verdad entre ambos, una nueva verdad que contribuiría a la comprensión de cosas que hasta entonces no se habían comprendido. En caso de que pudiera seguir esa dirección, me dispondría a quedarme en Düsseldorf el tiempo que hiciera falta, ya fueran días o semanas. También le dije que tenía que saber de entrada que yo aborrecía todo lo que los nazis representaban y habían hecho, pero que le prometía escribir exactamente lo que dijera, fuera lo que fuera, y que intentaría –a pesar de mis sentimientos– comprender sin prejuicios.
Cuando terminé no dijo nada, sólo asintió. Y cuando más tarde vino un celador para llevarle de regreso a la celda, abandonó la estancia con una leve inclinación. No estaba muy segura de si volvería a verle.

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