Desgraciadamente, Philip K. Dick ha muerto

DesgraciadamentePhilipDickMuer

Michael Bishop es uno de los clásicos de la ciencia ficción. Destaca por la óptica antropológica de sus obras, a la manera de Ursula K. Le Guin; una mirada inquieta y lúcida que dota a sus libros de un carácter universal.

Corre el año 1982. Estados Unidos posee una base permanente en la luna; Richard M. Nixon se encuentra en el cuarto mandato del «Imperio Presidencial»; y un excéntrico novelista llamado Philip K. Dick acaba de morir en California.

¿O no está muerto? La doctora Lia Pickford se queda perpleja cuando Dick entra en su despacho de un pueblo de Georgia para pedirle ayuda. Cal Pickford, eterno admirador del autor y conmocionado por la noticia de la muerte de su héroe, se entusiasma cuando su esposa le habla de su visita.

Comienza entonces una serie de acontecimientos que implican a Cal en la política represiva del régimen de Nixon junto con una envejecida diva del cine, un inmigrante y un hombre negro que trabaja como mozo de cuadra.

ANTICIPO:
—Doctora Bonner —la interrumpió la señorita Bledsoe, la joven secretaria negra de Lia—, tiene una visita.

Lia escondió la baraja:

—Me has asustado, Shawanda. Creí que habías salido a por el correo.

—He vuelto hace un rato. ¿Quiere usted ver a esa persona?

—¿Quién es? ¿Ha venido alguna otra vez?

—No, señora. No sé quién es exactamente, pero quiere ver a un médico. Eso es todo lo que ha dicho.

—¿Y sabe qué clase de médico soy, Shawanda? —Lia era cautelosa porque Shawanda podría dejar pasar a cualquiera que afirmase tener relación con ella: a vendedores de material de oficina, a representantes de sectas religiosas e incluso, en dos ocasiones, a miembros de su propia familia picados por la curiosidad.

—Dice que necesita un médico, señora.

—¿Le has pedido que cumplimente los impresos? Ya sé que necesitamos pacientes, pero tampoco tenemos por qué cazar al primero que pase por la calle.

—Sí, señora.

—¿«Sí, señora, ha cumplimentado los impresos» o simplemente «Sí, señora, estoy de acuerdo con usted»?

—No ha tocado los impresos.

—¿Y por qué no, Shawanda?

Lia intentó no parecer irritada. Sabía que debería llamar a su secretaria «señorita Bledsoe» en lugar de «Shawanda», pero la joven (que, de hecho, no era más que una adolescente de dieciocho o diecinueve años) tenía un aspecto tan infantil, y unos gestos y unos hábitos de trabajo tan inmaduros que Lia no era capaz de mantener una apariencia de formalidad. Además, de vez en cuando Shawanda se confiaba a Lia y ella la había contratado no solo porque podía pagarle el sueldo mínimo (lo cual era una absoluta necesidad ahora mismo), sino también porque Shawanda era la nieta de la cocinera que había trabajado en casa de los padres de Lia desde finales de los años cuarenta hasta mediados de los sesenta. Shawanda había terminado sus estudios en el instituto del condado de Harris el pasado junio y tenía amplios conocimientos de ciencias sociales, matemáticas y clarinete. Necesitaba mejorar su ortografía y su dominio del idioma dependía mucho de su estado de ánimo y de su interlocutor. Como la Universidad de Georgia admitía estudiantes negros según un sistema de cupos basado en el porcentaje de estadounidenses negros que había en todo el país, la muchacha no pudo continuar con sus estudios. Si Lia no le hubiera ofrecido el trabajo de secretaria, nunca habría encontrado un empleo que no fuese en el servicio doméstico.

—¿Señora?

—Digo que por qué esa persona no ha cumplimentado los impresos.

—Doctora Bonner, no creo que pueda escribir.

Lia se puso en pie:

—¿Es una persona adulta, Shawanda? —Temía que su posible paciente fuera un niño o un negro pobre. Esperaba que no fuera así, no porque le disgustara tratar a niños o a negros, sino porque cualquiera de ellos dispondría de recursos limitados y ella no podía seguir trabajando por caridad para siempre.

—Definitivamente es una persona adulta, doctora Bonner. De hecho, es un hombre adulto; un hombre blanco adulto. Con barba.

—¿Tiene pinta de vagabundo?

—No es que luzca su mejor traje de domingo, pero no sé si eso lo convierte en un vagabundo.

—¿Y no sabe escribir?

—No lo sé. Lo que sí sé es que no va a escribir: ha tirado los papeles y ha dicho: «Quiero ver al médico».

¡Jesús! pensó Lia. Debería ir a echarle un vistazo desde la puerta, pero aunque parezca el último mono, apeste y lleve ropa sucia, podría ser tan rico como ese loco de Howard Hughes. ¿Me atrevería a rechazar a Howard Hughes? En realidad, ¿me atrevería a rechazar a un tío que llevase unos zapatos rotos? No. Si quiero comer, no.

—Dile que pase, Shawanda.

Shawanda, atractivamente larguirucha, salió a decirle al segundo cliente del día que sí, que la doctora lo recibiría.

El hombre remoloneó junto a la puerta, como si tuviera tan pocas ganas de estar en el despacho de Lia como ella de tratar a un vagabundo que no pudiera pagarle, lo cual resultaba tranquilizador: si tenía dudas sobre ella, era evidente que no se trataba de alguien que intentaría gorronear terapia solo por el hecho de gorronear. Tenía principios. Lia vislumbró un rayito de esperanza.

—¿Cómo está? —dijo, sentada de nuevo ante su escritorio—. ¿Qué puedo hacer por usted?

—Quería saber si tendría usted una cafetera.

—¿Una cafetera?

El hombre se rió:

—Sí, uno de esos chismes que se usan con filtros de papel, o incluso una de esas viejas cafeteras italianas. Pero ya veo que tiene usted un paquete de filtros de papel, de esos tan modernos.

Oh, oh… Puede que solo gorroneara terapia gratis a psicoterapeutas que tuvieran cafeteras aceptables. ¿Lo sería la suya?

Lia le señaló el diván situado frente al escritorio, una obra de arte muy bien acolchada que estaba pagando a plazos. El hombre vestía de un modo informal, pero no descuidado. Su aspecto denotaba que estaba bien entrado en la madurez: tenía la frente alta, una barba entrecana bastante bien arreglada y ojos caídos que, dependiendo de la luz que se reflejara en ellos, resultaban nostálgicos o amenazantes. Lia decidió que parecían más bien tristes, aunque tenía incongruentes líneas de expresión en los bordes de los mismos y cierto alborozo, igual de incongruente, grabado en las comisuras de los labios, algo gruesos. ¿Cómo se las iba a arreglar con este tío?

Desgarbado y distinguido, pensó Lia. Eso es: es desgarbado y distinguido.

—Yo haré el café —dijo el hombre dirigiéndose a la mesa sobre la que reposaba la cafetera—. Veo que tiene usted todos los ingredientes aquí mismo: una jarra de H2O, un paquete de Brim… ¡Dios mío, es un maldito descafeinado! Y una caja de filtros de esos.

Agitó un filtro dirigiéndose a ella; le recordó a la toca de una monjita Rápidamente la cafetera, que había sido de Jeff y necesitaba un buen enjuague con vinagre, se puso a humear emitiendo extraños resoplidos y vertiendo aromático líquido marrón en el interior de la taza de Silex.

—Espero que no le importe —dijo él sentándose en el diván. Sus ojeras y sus precisos movimientos corporales sugerían que alguna vez había pesado más que ahora—. ¿Sabe usted, señorita? El café descafeinado tiene tan poco sentido como el güisqui sin alcohol.

—A mí me gusta el sabor, no el efecto que provoca.

—A mí me gusta el efecto que provoca, no el sabor. Y si aplica usted al sexo esa misma lógica, le bastaría con hacer abdominales sola frente al espejo.

Lia parpadeó. ¿Quién es este personaje? , se preguntó. No era el típico maníaco-depresivo y, si era maníaco-depresivo, lo había pillado en su momento álgido, soltando frases ingeniosas y camelándola con su taciturno encanto: un maníaco-depresivo atípico.

Lia recobró la compostura y dijo:

—Un par de preguntas: ¿cómo se llama? ¿Y cómo puedo ayudarle?

—En respuesta a su primera pregunta, no sé cómo me llamo y no estoy seguro de quién soy.

—¿Cómo?

—Creo que estoy sufriendo un episodio de amnesia bastante severo; amnesia radical. Solo que esta vez es como si estuviera muerto para la persona que soy normalmente. O que solía ser.

¡Dios Santo! , pensó Lia. Te esperas un cliente y te aparece un tío tan liado que da miedo. Amnesia, dice, y tú esperando a alguien con un desorden leve de personalidad.

Lia se revolvió intranquila. Podía oír a Cal diciéndole: «Por Dios, tía, tú no serías feliz ni en el paraíso».

—Así que he venido a verla —decía ahora el hombre— para pedirle ayuda. Y también para ofrecérsela, en respuesta a una oración que usted probablemente consideraba una especie de deseo estúpido. —Miró hacia la cafetera—. Escuche eso: le juro por Dios que suena como un enfermo de enfisema. —Se sacó un pañuelo arrugado del bolsillo de su chaqueta de la marca Members Only y se secó la frente—. Me encanta el café, el café de verdad. Necesito tomarlo, prepararlo, aunque puedan aterrarme todos esos condenados ruidos y vapores.

—Es una cafetera prestada, eso es todo. Y vieja. Pero no es nada que pueda provocar ansiedad.

—Solo café, ¿eh? Oiga, los terapeutas más reputados saben que casi cualquier cosa puede provocar ansiedad.

Bajo el escritorio, Lia apretó sus manos entre las rodillas.

—Perdóneme, tiene usted razón, pero no es más que una cafetera. Aquí está usted a salvo.

La pregunta es: ¿estoy yo a salvo? Pareces bastante respetable, amable incluso, pero tu táctica de entrada, «¡amnesia!» me ha pillado desprevenida. ¿Guardas más joyas como esa bajo tu pulcra barba?

—Si realmente sufre usted de amnesia —dijo Lia— es necesario realizarle un examen médico exhaustivo. Hay un hospital muy cerca de aquí.

—Doctora, no se reza por un paciente —estúpido deseo— para desviarlo a otro médico en cuanto aparece.

—Yo soy psicóloga, no psiquiatra. Usted debe consultar a alguien que tenga formación en medicina; con frecuencia la amnesia tiene una causa física. Casi siempre, de hecho.

—La mía no. La mía es un mecanismo para alejar los problemas de mí y no tener que enfrentarme a ellos.

—Aprecio su deseo de que lo trate. Por la multitud de personas que se agolpan en mi sala de espera, habrá podido deducir usted que estoy desbordada de trabajo. Pero tengo ciertos principios.

El hombre, tendido en el diván con las manos cruzadas sobre el pecho, la observaba atento y —pensó Lia— divertido.

—Además —lo acusó—, si usted sabe que su amnesia es un mecanismo para evitar el sufrimiento emocional, es probable que no se trate de amnesia radical: al menos recuerda eso sobre sí mismo.

—Si fuera amnesia total, doctora, no estaría aquí, sino tirado en cualquier esquina en posición fetal.

—Entonces ¿qué tenía en mente cuando entró aquí a sabiendas de que padece de episodios de amnesia?

—Gracias —se rió—. Está usted admitiendo que tengo mente. Se lo agradezco.

—No hemos de juzgar al prójimo —dijo Lia, sorprendida de sí misma. ¿De dónde había sacado una expresión tan gnómica?

—Pues lo que tenía en mente, doctora, era responder a su oración y ayudarme a mí al mismo tiempo. Usted puede ayudarme con ambas cosas mostrándome el camino a la anamnesis.

—¿Anamnesis?

Cada vez más curioso, pensó Lia.

—Literalmente, pérdida de la amnesia: la salvación mediante el conocimiento, o gnosis. Recordará usted, espero, que Platón consideraba el aprendizaje como una simple forma de recordar.

—Y usted quiere que yo lo ayude a recordar su vida para averiguar quién es. ¿Es así?

—La primera parte sí, supongo. La segunda ya es más difícil.

—¿Más que curarle la amnesia o, en sus propias palabras, guiarlo hacia la anamnesis?

—Exactamente, señorita hermosa.

Quizá pueda ayudarlo, reflexionó Lia, sacando las manos de entre sus rodillas y apoyándolas sobre el vade de su escritorio, como expresando su simpatía por aquella extraña persona. Quizá pueda. Y tengo que hacerlo si algún día quiero llamarme psicóloga y ganarme la vida con ello. No puedo obligarlo a ir al hospital si él no quiere, y no sería ético rechazarlo si realmente quiere que yo lo trate. Pero ¿tendrá dinero? ¿Soy una mala persona por preguntarme si puede pagarme?

—Espero que no piense mal de mí —dijo Lia armándose de valor—, pero necesito saber si se puede permitir usted la terapia.

—No pienso mal de usted. El dinero es un hecho en la vida. Y supongo que también es un hecho en la muerte.

Lia esperó. No lo he ofendido, pensó, pero ¿qué se supone que tengo que deducir del aforismo que me ha dado por respuesta?

—Hubo una época —dijo él, estirándose sobre el diván para sacarse la cartera del bolsillo— en la que el dinero era uno de mis grandes problemas, eso no lo olvidaré. Sin embargo, parece ser que ahora estoy forrado.

Le lanzó la cartera a Lia. Se deslizó sobre el vade, rebosante de billetes de distinto valor. Ella ni siquiera tuvo que cogerla para convencerse de que su paciente (ya no era una tontería usar el posesivo) estaba más que forrado: era lo más parecido al Tío Gilito con lo que nunca se había topado. De todos modos, era degradante que le lanzaran una billetera como si fuera un perro que espera unas sobras de costilla de cerdo.

Entonces cogió la cartera y se le ocurrió una idea:

—Espere un momento: ¿no tiene aquí algún tipo de identificación? ¿Un permiso de conducir? ¿Tarjetas de crédito? ¿Algo para inducir la… anamnesis?

—No, señorita. Tan solo dinero. Eche un vistazo.

«Curiorífico y curiorífico». …Y me quedo corta, se dijo Lia al descubrir que en la cartera no había tarjetas, ni fotos, ni tan siquiera el carné de una biblioteca. Tan solo dinero.

—¿De dónde ha salido todo esto? —preguntó.

—No estoy seguro, pero no lo afané de la caja de la empresa General Dynamics. Tengo la disparatada idea de que es… bueno, dinero kármico, o sea, el que habría ganado en un mundo perfecto si Dios o cualquier otro mero observador hubiese traducido mis luchas espirituales en… ¿qué? En dinero de curso legal, supongo. Pero no es solo dinero, ¿no? ¡Es una pasta! —rió.

Lia dejó la billetera y se secó las manos a la falda. ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué coño está ocurriendo en mi despacho esta mañana?

—¿Y bien?

—¿Y bien, qué?

—¿Cree que hay suficiente dinero ahí para comprarme una taza de café? Aunque sea castrado, o sea, descafeinado. Al menos parece que se deja beber —volvió a reírse con una tensa carcajada, casi maníaca.

—Hay de sobra —respondió Lia—. Estaré encantada de tratarle.

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