Di Sangro. Señor de Nápoles

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1771. Una simple carta hace tambalear los cimientos del Vaticano. ¿En qué conspiración se encuentra involucrado el más influyente noble de la Corte de Nápoles? Amigo de Carlos III, masón traidor a los suyos, alquimista obsesionado con la inmortalidad, inventor de los más descabellados aparatos mecánicos… Raimondo Di Sangro, Príncipe de Sansevero, es un peligroso enemigo a ojos de la Iglesia.
Paul Konrad Cuttat, el mejor entre los hombres del Papa, es enviado a Nápoles con una importante misión que cumplir: investigar qué sucede tras los muros del palacio de Sansevero, en pleno centro de la caótica y excitante ciudad del Vesubio. Pero los aterradores sucesos de que será testigo le harán dudar de sus convicciones y enfrentarse dolorosamente a sus propios fantasmas.
Basada en la vida del personaje más misterioso de la Italia del Setecientos, Di Sangro es una novela repleta de acción, de poesía, de crueldad, simbolismo y pesadilla, en la que la realidad cotidiana se encuentra infinitamente superada por infernales certezas. Una novela gótica espléndidamente ambientada, escrita con un lenguaje directo y brutal, que nos sumerge desde la primera página en el violento Nápoles del siglo XVIII.

ANTICIPO:

5

Desembarqué en Nápoles cuando contaba pocos días aquel mes de marzo de 1771.
El salitre, en cierta manera, hería mi rostro pero al mismo tiempo me vivificaba. Los olores, los colores, eran tan distintos a los de Roma que me resultaban catárticos, renovadores. Ha­bía algo en todo ello, tal vez la balsámica lejanía que me separa­ba de la sucia Ciudad del Vaticano, que se me hacía exquisito.
Sucia ciudad del Vaticano, aunque mucho más limpia en apariencia que aquella a la que acababa de llegar. Sucia era de espíritu, reluciente en calles y fachadas, plagada de oro, rique­zas, gemas y cánticos en puro latín, de voces puras.
Nápoles era, con diferencia, mucho más pestilente de he­ces y orines, plagada de pintadas soeces en las paredes, de des­pojos de pescadería en el suelo, de aguas fecales encharcando cada esquina. Pero limpia de ánimo, al menos eso creía adivi­nar, por su tenaz sinceridad.
Los rostros eran también distintos a los de los afilados prín­cipes de la Iglesia y demás secuaces. Incluso los más horribles adefesios tenían en Roma ademanes soberanos, gesticulaban con cierta gracia aprendida. En Nápoles no.
En Nápoles abundaban los perfiles aguileños, cetrinos, las tiznes negras de suciedad surcando las caras de los chiquillos que correteaban libremente por las calles, como animales divi­namente salvajes. Medio desnutridos, harapientos, pero con los ojos profundos de verdad.
Te miraban como no miraban los niños en Roma: nada acobardados.
Eran estos niños de Nápoles como niños hombres, con una mirada de inteligencia verdaderamente sorprendente, como sin complejos que les atenazaran. Conscientes de lo que era bueno y lo que era malo. Pero niños, al fin. Sin concesiones.
Eso veía en ellos, en sus gestos, en su forma de manejarse, en sus rostros.
Lo primero que debía hacer era dirigirme a la fonda «Guardingo», en la colina del Vomero, cerca de la Cartuja de San Martino, donde me hospedaría. Dejaría mi petate y orga­nizaría mentalmente los siguientes pasos a dar.
Caminé, no obstante, sin ninguna prisa. Nápoles me resul­taba una ciudad natural, verdadera, sincera incluso en sus miserias. Eso era sobradamente reconfortante para mí, asquea­do del ambiente viciado que se respiraba entre las paredes del Vaticano.
—¡Bruno! —gritaba una madre desde su balcón— ¡Vuelve Bruno, que tu abuelo te necesita!
La señora, morena desbaratada por haber parido una pro­le salvaje de chiquillos, tenía las caderas descompensadas, am­plias y desbordantes. Inclinaba sin falso decoro su abundante y desgarbado busto sobre la baranda del balcón desde el que gritaba. Casi se le salían los pechos por entre la sucia camisa que en otro tiempo debió ser blanca.
—¡Bruno! —volvió a gritar— ¡Que tu abuelo necesita que lo limpies!
—¡No voy mamma! —contestaba una vocecita surgida des­de un grupo de desarrapados que jugaban a cortarle el rabo a una indefensa lagartija— ¡Que le limpie la mierda la Sofía…!
—¡Tu hermana está lavando, vuelve a la tarde!
—¡Que no, mamma!
—¡Ven, te digo!
—¡Mamma…!
—¡Ven o te arreo con la correa de la mula, ven ahora…!
El niño ni siquiera se molestó en contestarle de nuevo. La ignoró por completo. La mujerona morena parecía a punto de caerse desde el escuálido balcón.
Dejé de lado la escena y me encaminé por otra calle, amplia, larga, plagada de ropa tendida al sol de una parte a otra de la misma, atravesada de colores como banderolas de feria, engala­nada para la fiesta diaria, sin motivo de feria de ganado o proce­sión patronal: fiesta de la vida. Hileras de ropa igualmente an­cladas entrambos edificios fronteros dibujaban un horizonte in­terminable y colorista hasta donde la vista alcanzaba.
Algunas ropas chorreaban aún. Puse cuidado de no pasar por debajo de éstas.
—¡Ginetto! —más gritos, esta vez de otra mujer, mucho más escuálida que la anterior pero de igual rostro aguileño—. ¡Puer­co degenerado de carajo mustio… ven ahora de inmediato a terminar lo que comenzaste!
Un hombrecillo triste, con un mostacho lánguido adornándole la cara redonda, abría la puerta de la casa, sobre la que la mujer se asomaba desde un balcón más alto que largo, mucho más descoca­da si cabe que la rotunda mamá de hacía un instante.
—¡Que lo acabe tu marido, que para eso le pones de comer todas las noches! —contestaba el hombrecillo, ajustándose el cinturón.
—¡Mierda de hombre! —gritaba con fuerza la mujeruca.
Un cuarteto de pordioseros desocupados reían ante la es­cena, rascándose dos de ellos las pústulas amarillentas que afeaban sus caras. Malatía.
Una dama arrojaba varias monedas a este grupo de tiñosos, dejando asomar un suspiro fugaz de mano enguantada desde el interior de la carroza en la que viajaba.
—¡Dios se lo pague! —decía uno.
—¡Dios la guarde! —decía otro.
—¡Dios le premie con el coño escocido por el rabo de un negro! —dijo un tercero, cuando ya hubo comprobado que la carroza andaba lo suficientemente lejos como para que no le pudiera oír la caritativa filántropa.
Los cuatro aunaron sus voces rotas por la miseria para reír villanamente la ocurrencia del repugnante pobre.
Los caballos defecaban en mitad de la vía pública. Un joven que portaba lo que parecía una pequeña barrica de vino pisó una de aquellas deposiciones. Maldijo en voz alta, uniéndose su voz a la de todos aquellos que atestaban la calle. Ruido de vida.
Quien más y quien menos maldecía. Alguno blasfemaba.
Una anciana escupía a los pies de otro viejo que en ese preciso momento se cruzaba con ella.
—¡Bruja, ya te coman las tetas los piojos! —le gritó el viejo.
La anciana se lanzó a arañarle la cara y el otro la arrojó de un golpe a un charco que apestaba.
A pesar de todo, me gustaba aquel ambiente. Los escrúpulos eran señal de afectación y engaño. Esa mañana en Nápoles todo me resultaba más auténtico de lo que solía estar acostumbrado.
El ruido de los cascos de los caballos quedaba sofocado por las altísimas voces de todos y cada uno de los habitantes de la ciudad. Ni una sola calle por la que pasaba en mi transitar se encontraba en silencio.
La vida bullía con escándalo. Con escándalo de volcán al acecho.
Varios hombres se peleaban frente a una taberna.
—¡Quince por el cerdo!
—¿Quince? ¡Fueron doce lo acordado!
—¡Doce no, putañero: quince!
—¡Mierda que comas!
—¡La comerás tú, cabrón!
Se empezaron a pegar. A pesar de estar rodeados de gente en buen número nadie los separaba. Al contrario, parecía dis­frutar el público. Alguno les alentaba con una pulla verbal.
—¡Pégale, pégale, marica…!
—¡No tienes agallas! —animaba otro.
—¡Cojones es lo que no tienes…! ¡Pégale a esa rata! ¡Ensé­ñanos de qué color tiene los sesos… !
—¡Color mierda! —apuntó uno.
Y todos rieron la ocurrencia.
Comenzaron a golpearse, a ciegas. El más alto de los dos que se peleaban hizo saltar saliva sanguinolenta de su enemi­go al primer manotazo. El otro, como si fuera una mujer, enlo­quecido, se agarró de los pelos de su agresor.
Chilló y le mordió en la oreja.
Creo que le arrancó un trozo de ella, a juzgar por el alarido que dio la víctima.
Los otros reían a mandíbula batiente.
Los dejé atrás. Ahora sólo oía cantar a dos lavanderas que, a coro, restregaban con genio aparatosas sábanas de recio lino moreno en sendas tablas, arrodilladas en unos lavaderos pú­blicos atestados de mujeres.
Unas hermosas, otras no tantos.
Las había a las que casi se le escapaban los pezones de las entretelas, sin pudor alguno, reconcentradas en el restregar ha­cendoso. Al poco, todas las presentes acertaron a continuar la can­ción iniciada por la pareja primera. Una canción picante, desver­gonzada. Como ellas mismas. Como todo en aquella ciudad. Fran­ca, fresca. Sin concesiones, solamente naturalidad bronca.
Hubo quien escupió a mi paso. Quien me miró con fijeza. Quien me ignoró. Quien me pidió limosna, sabiéndome extran­jero. De éstos, muchos.
—¿Tiene algo el señor…, algo, vuesa merced?
Adiviné acentos españoles. Lógico.
—¡Rebusque en sus bolsillos, que Dios se lo recompensará en salud y en hijos… !
Solía decir que no con la cabeza, para que mi habla no me delatara aún más como forastero y ello pudiera ponerme inclu­so en peligro. Conocía el modo en que se las gastaban aquellos pordioseros. Aquellos pillos para los que la vida de un hombre valía exactamente lo que guardara su bolsa.
Enfilando una estrecha cuesta me sorprendió una piara de cerdos que dificultó en cierta medida mi camino, haciéndolo intransitable por un buen rato.
El porquero, al llegar a mi altura, en lugar de disculparse por las incomodidades causadas por sus guarros, me miró de arriba abajo, escupió cerca de mí y me habló como en un gruñi­do que nada tenía que envidiar al de los cochinos que guiaba con una vara de mimbre.
—¡Apártese y no moleste!
Eso hice. Eso mismo. Me resultaba simpático.
En aquellas calles abundaban los niños.
Uno se dirigió hacia mí.
—¿Trae dulces? —dijo.
—¿Cómo? —contesté, extrañado por la pregunta.
—Dulces de miel… —me repitió—, de miel sólida… ¡Dulces de miel!
—No… , ¿por qué habría de traer?
El chicuelo no respondió. Maldijo en voz baja y se regresó al grupo del que había salido. Sus compañeros le esperaban con cara de impaciencia. Seguro que las noticias sobre mí y mi falta de dulces debió desanimarles.
El sol resplandecía con franqueza azul.

6

Aquello me agradaba. Mucho. Desde luego.
Sentía relajados los músculos, eximidos de las tensiones que solían acumular con el paso de los días, grises y pomposos, en Roma.
El rumor del mar, aunque no se escuchara claramente, siem­pre se adivinaba allá donde fueras. Era extraño pero, sin verlo, el ambiente, la limpieza de la luz, denotaba su presencia. El salitre. Me devolvía la salud. La efusiva salud del hombre.
Un individuo giboso arrastraba retama en un carro des­membrado. Con la farfolla haría colchones para aquellas gen­tes, pensé. Colchones para aquellas gentes…
Recordé nuevamente el Vaticano, las sábanas de raso, los bordados litúrgicos sobre las colchas de los cardenales…
Escupí en el suelo.
—¡Pescado!… ¡Pescado fresco! —pregonaba uno su género.
—¡Sandalias de esparto! —otro— ¡Las mejores!
Me había dado de bruces con pleno mercado callejero.
Había llegado al centro de Nápoles. Estaba cerca de mi destino.
—¡Caro! ¡Te parece caro…! ¿De qué van a comer mis hijos?
Le decía uno a otra clienta.
—¡Caro y podrido! ¡Esto no vale ni la mitad de lo que pides!
Pasó el Viático en aquel preciso momento. Fue el único ins­tante en todo mi trayecto en el que guardaron reverencial si­lencio los hombres y mujeres de la ciudad.
Se arrodillaron al paso del sacerdote portador del cuerpo de Cristo consagrado, que viajaba dentro de un fastuoso cubí­culo portado por dos criados de librea.
En las puertas del coche tirado por bestias humanas, apa­recía pintado un sol resplandeciente entre ángeles y arcánge­les que entonaban el «Gloria». Filacterias plagadas de alaban­zas, rompimiento de nubes, luces, frutos surgiendo a borboto­nes del cuerno de la abundancia, comunión de los santos… Una obra de preciosista miniatura ya craquelada por el rigor nada reverente de la mala técnica.
Volutas doradas remataban el habitáculo dentro del cual un oficiante con pesada y rica capa pluvial sostenía una cajita
En Nápoles era distinto. En Nápoles todo era música, can­ción, chiste, broma, insulto, eructo. Sonaban los mocos en sus dedos y se los limpiaban en cada esquina.
Dios no los vigilaba.
Aquello era otra cosa.
Magnífico, nada sutil. Verdad, a fin de cuentas.
Una puerta entornada dejaba ver el interior de un patio, en el que una muchacha se encontraba aseando en una jofaina sus bien torneados brazos, correctamente morenos, de hembra sana, trabajadora y hermosa.
Trinaba un pájaro exótico en un balcón. En otro, las flores reventaban de color.
Olí a pan recién horneado, y pude ver cómo sacaban de una tahona una tabla repleta de bollos de aceite y pasas, todavía calientes, que atravesaron la calle delante de mis narices, per­fumándola irresistiblemente camino de sus engullidores, que aguardaban en fila para comprar las ricas viandas.
Una mula dio una coz, y el mulero la maldijo y le pegó con una fusta certera. El animal resopló y se encabritó al instante, echando por tierra una carga completa de cerámica vidriada, que estalló en una constelación de brillantes tonalidades ver­des y amarillas. Toda una desgracia para su propietario, que rompió a moler a palos al animal.
Ruido, ruido y más ruido.
Confusión, pero ordenada de algún modo.
Honesta, de algún modo.

7

Conocía bien la posada a la que me dirigía, no era la pri­mera ocasión en que me hospedaba allí por asuntos más o me­nos relacionados con el que, ahora de nuevo, me traía hasta sus cálidos muros de piedra encalada.
De hecho, mis visitas a la ciudad y mis estancias en la «Guardingo» habían sido bastante frecuentes en los últimos cuatro años.
Nápoles era un centro activo, caliente como el propio Vesubio, de movimientos soterrados, silenciosos, discretos. En los infiernos interiores de la tierra de Campania se fraguaban no sólo vómitos de lava, también potentes hordas de trasgresores de la norma. La norma impuesta.
El Vaticano lo sabía bien, y no despegaba ojo de aquella ciudad mediterránea, plagada de hombres y mujeres vocingle­ros, medio salvajes para los refinados príncipes de la Iglesia, gente del norte en su mayoría. Temían la erupción de aquel particular Vesubio: el cálido e hirviente volcán de masones, carbonarios y librepensadores. La Omerta competía en influen­cias con la Santa Madre. Dos poderes imposibles. Bastante te­nía ya la Cátedra de Pedro con enfrentarse a reyes y nobles.
Remonté el Vomero por su empinada escalera centenaria tallada en la roca, dejando abajo la apiñada y sucia ciudad.
Podía oír las peleas callejeras en aquel día claro y de vien­to a ratos cortante. Caminé mirando la punta de mis zapatos, poniendo el máximo cuidado en no pisar ningún excremento de perro o de cristiano.
Precisamente uno de estos últimos me saludó, al cruzarme con él, mostrándome su boca sin dientes en un amago de sonri­sa. Estaba en cuclillas, con los harapos sucios remangados so­bre los muslos, y su redondo rostro colorado. No dejaba de apre­tar y de soltar una defecación sonora mientras me dirigía la palabra.
—Tenga usted un buen día, forastero.
Estaba colocado justo en mitad de uno de los tramos de escalones, impúdicamente entronizado en su propia mierda.
—Tenga un buen día usted también —respondí.
Y le esquivé para continuar con mi ascensión. Cuando aca­baba de pasar de largo escuché nuevamente su fea voz. Sin cambiar de postura ni dejar de obrar de vientre, medio volvió la cara.
—¿Me daría una moneda, por caridad?
—No.
Mientras me alejaba de él pude escuchar una retahíla de bendiciones exageradas mezclada con ciertas escogidas pala­bras en español, que bien sabía que eran insultos.
Al llegar, casi exhausto, al final de la empinada cuesta, apoyé mi cuerpo —rendido por los días de pesado viaje en bar­co— en un murete bajo que formaba balconada en la placeta frente a la cual se abre la puerta de la cartuja y contemplé la panorámica que se dibujaba ante mis ojos.
El cielo pintaba aquel día de un azul tranquilizador. Las caóticas calles de la ciudad eran un ruidoso mentidero, trayén- dome el vientecillo frío y húmedo un sinfín de discusiones, de peleas, de celebraciones por cualquiera sabe qué motivo parti­cular, ruido de carros, galopar de caballos, alguna canción…
Era sorprendente. Estaba en uno de los puntos más altos de la ciudad y hasta allí llegaban las voces.
Fijé mi vista en el volcán. Su humo era negro y recto, como la columna de la que habla el Éxodo. La bahía que se extendía a sus faldas debía permanecer, en aquel preciso momento, dul­cemente calma, con toda seguridad en arrullo, aunque desde el lugar donde yo me encontraba no conseguía verla.
Recogí el bulto de mi equipaje tras haber recuperado el resuello.
Sonó la campana en la espadaña de la cartuja.
Dejé a mis espaldas el castillo de San Elmo y volví a subir una costanilla que me condujo casi de inmediato a la diminuta casa de hospedajes.
En la puerta, la gobernanta y su marido conversaban, sen­tados en sendas sillas de anea, con un acquafrescaio viejo como su burro engalanado con arreos grasientos y adornos en hilo rojo y amarillo. La dueña pareció reconocerme.
Al ver en mí las intenciones de arribar a su puerta me son­rió exactamente como hacía un instante lo había hecho el por­diosero en la escalera: sin un solo diente sano. Levantó su obesa humanidad no sin dificultosos esfuerzos y, con ademanes exagerados, se dirigió hacia mí con voz chillona.
—¡Paolo, Paolo, hijo mío de mis entrañas! ¡Cuánto hace que no te vemos! ¡Ven a mis brazos! ¡Un beso, un beso a tu tita Carmela! ¡Un beso del guapo tratante! ¿Y la mamma, y la se­ñora esposa, y los niños… ?
Me estrechaba entre sus brazos como si verdaderamente me tuviera algún aprecio, ante la imperturbable mirada de su marido, que permanecía velada bajo un negro y desmembrado sombrero de ala ancha que le caía sobre los ojos. No pareció interesarse por la escena, ya que continuó la parla con el agua­dor. La bestia reculaba a cada gritito de fingida alegría que emitía la señora.
Todos allí me creían viajante de una importante manufac­tura florentina de telas. Esa era mi justificación. La de mis viajes y la de mis extrañas idas y venidas dentro de una ciudad que hacía gala como ninguna de la mirona curiosidad propia de los mediterráneos. Me solía relacionar tanto con nobles como con lacayos, con comerciantes y con eclesiásticos, artesanos, judíos prestamistas, banqueros alemanes… Toda esa dispar actividad era creíble tan sólo en un comerciante de telas. Sin levantar sospechas.
La dueña me ofreció su ayuda, cargando ella con el equipa­je, a pesar de negarme yo en un principio, pero era tozuda como una mula. Tozuda y fuerte.
De cuatro zancadas de sus piernas gordas como columnas me acompañó hasta la que era mi habitación de costumbre, la que alquilaba a precio de palacio para evitarme así indiscre­ciones y pagar de este modo la complicidad de los propietarios de la casa. Discreta casa.
Di una generosa propina junto con el adelanto por la es­tancia, que esperaba larga. Al menos un par de semanas, si no un mes.
La gobernanta se despidió como me había saludado, entre gritos y abrazos estranguladores. Muchos besos. Marchó a pre­pararme algo para almorzar.
La escuché bajar ruidosamente las escaleras de madera añeja, mientras daba gracias a Dios por tenerme de nuevo en­tre sus huéspedes. Hablaba a voces, para que la oyera bien.
En la soledad de mi pequeña pero despejada habitación abrí, con la soltura que procede en confianza, los portones del magnífico y recoleto balcón, respirando de una bocanada el aire siempre cálido del mar.
Frente a mi balcón, el Golfo: la gran hoz que siega las aguas. Ahora parecía que el penacho de humo del Vesubio tomaba alguna forma caprichosa.
Quise conversar de alguna manera con aquel gigante ale­targado, y utilicé para ello su mismo lenguaje: saqué de su bolsa de cuero y encendí una de mis largas pipas de barro, aspirando con deleite la fumada suave de mi tabaco holandés.
Permanecí apoyado en las maderas del balconcito durante bastante tiempo, con el pensamiento vacío. Jugando a ser como el volcán que parecía observarme con ojos invisibles. Reposa­do, cálido…, pero portador de una latente furia interna que me abocaría, tarde o temprano, a destruir.
Lo sabía. Sería, quizás, una vida, o libertades prohibidas…
Libertades prohibidas…
Desperté de mi ensueño con la voz gritona de la dueña avi­sando de que ya tenía lista la comida en la mesa de la cocina. Debía bajar antes de que se enfriara.
Al hacer el ademán de abrir la puerta de la habitación su­frí uno de mis frecuentes mareos.
Traía demasiada tensión acumulada.

8

Me proponía, en primera instancia, dar con la Logia prin­cipal de la ciudad. Guardaba alguna noción de hacia dónde podía encontrarse, por viajes anteriores, pero nunca había ne­cesitado localizarla verdaderamente.
De otra parte, trataría de averiguar algo sobre Ernesto Della Moglie o sobre el propio Príncipe de Sansevero. Saber del príncipe sería, sin duda, mucho más fácil que indagar la suerte que había podido correr el sobrino del cardenal, aun­que, con seguridad, iba a costarme bastante trabajo el acerca­miento a Di Sangro. Tenía entendido que el noble era bien ce­loso de su intimidad, hasta el punto de ser considerado excesi­vamente misterioso y reservado por las gentes de una ciudad tan abierta y vocinglera como Nápoles. Era sumamente difícil resultar de su agrado, y mucho más entrar en su círculo ínti­mo. Iba a ser todo un reto para mí, aunque si, como sospecha­ban desde el Vaticano, el príncipe había vuelto a relacionarse con las ciencias ocultas, yo tendría mis buenas bazas para des­pertar al menos su curiosidad.
Antes de dejar Roma, el cardenal Piccialli había contado con la precaución de hacerme llegar la documentación necesa­ria para ponerme en antecedentes con respecto del Príncipe de Sansevero. Se trataba de una veintena de pliegos sellados con el lacre del Archivo Secreto Vaticano: las actas del proceso contra Di Sangro en 1751 —donde se señalaban claramente los cargos de masón, iluminado y alquimista—; copia de la carta a Carlos III, en ese mismo año, que pedía la persecución de los hijos de la viuda en los reinos de Nápoles y de España, y la retractación jurada, acompañada de una lista detallada con los nombres y ocupaciones de destacados hermanos masones, que le valió a Di Sangro salvar su cuello, aún a costa de la traición.
Este hecho en particular produjo en mí un extraño senti­miento de hermandad con el príncipe. Ambos éramos unos re­negados. Unos perjuros ingratos.
Debía, por tanto, extender mi red. De una parte, encontrar el Templo. De otra, saber del joven sobrino de Su Ilustrísima y de su inquietante mecenas.
Y es que Di Sangro era un generoso benefactor, costeando a varios pares de cantantes adolescentes para esplendor de su ma­jestuosa capilla familiar, envidia de las ilustres castas de la Campania. Cantantes castrados, por supuesto. Voces de oro, coro de ángeles que sacrifican su virilidad, su todo, la única y remota posibilidad de prevalecer en este mundo a través de la descenden­cia, para mayor gloria del Altísimo. Y en aras el Arte supremo de la Música Sacra. Y, en fin, por lograr mediante esta entrega una salida mínimamente digna de la miseria en la que generalmente nacen, y de este modo proporcionar a sus pobres familias algún sustento.
Me puse manos a la obra nada más recibir el calor de la sopa de pollo escuálido que preparara la dueña. Sabía a rayos, pero reconfortaba después de días a base de bacalao en sal y bizcocho, plato único a lo largo de la molesta travesía.
Sabía dónde acudir primero.
Me vestí cómoda pero elegantemente después de un aseo ligero y me miré en el oscuro espejo de la habitación. No me reconocía casi, sin aquellas rayas de colores vivos que conforma­ban el que era mi único traje un día tras otro. Recogí mi pelo negro en una cola atada por lazo suave de seda azul. Caí una vez más en la cuenta de que empezaba a canear. Calcé pantalón de marrón muy oscuro y cálido, medias blancas, chapines ne­gros. Me dispuse una discreta levita gris, de cuello alto, abierta a la única señal de ostentación: mi chaleco dorado con botona­dura tan refulgente como el espadín que, inmediatamente después, pendí de la cintura. Al cuello mi pañuelo blanco con bordados chi­nescos en sutil tono marfil. En una mano mi sombrero español de tres picos, en la otra un largo bastón de cerezo con empuñadura de bronce en forma de cabeza de león. No era día de capa.
Salí camino de la casa de mi buen amigo Iossua Nebbia, alguien que, aun sin saber exactamente para quién trabajaba yo, conocía de mis altas responsabilidades y me había sido de mucha utilidad en viajes anteriores. Algo debía sospechar so­bre la identidad de mis superiores, sin duda, por lo que no per­día ocasión de alabar la grandeza de la fe católica frente a la infeliz raza judía. Se hacía llamar Joseph Nebbia, descendien­te de conversos a la fe de Cristo por la gracia de Yahvé.
Tenía una eficaz red de informantes de los que solía valer­se para tal o cual pesquisa en casas de ricos venidos a menos al borde de la almoneda, para así mantener a flote su pingüe ne­gocio como anticuario. Cada vez más, los viejos óleos y esta­tuas mugrientas, arrumbadas en caserones invivibles de hi­dalgos en horas bajas, producían inmejorables beneficios a unos cuantos negociantes avispados. Los nuevos acaudalados, alta burguesía compuesta por comerciantes prusianos y franceses sobre todo, eran sus mejores clientes.
Nebbia constituía una magnífica herramienta de información. Por un módico precio se enteraría y me pondría en conocimiento acerca de las actividades y la situación pecuniaria del príncipe.
Además, yo presumía que un opulento judío converso no podía sustraerse de formar parte de la muy provechosa her­mandad de la plomada.
Por todo ello, Nebbia me parecía el primer eslabón necesario de estimar en la imprevisible cadena que me acercaría hasta Di Sangro.
Bajé dando un tranquilo paseo hasta una plazoleta diminu­ta, donde aguardaban tres coches de punto a que alguien como yo requiriera sus servicios. Uno de ellos, de zafio pero veloz co­chero, me condujo hasta la misma puerta del convento de Santa Chiara, cerca de donde Nebbia tenía su almacén y vivienda.
Un montón enorme de piedra sin desbastar ocultaba parte de la fachada de la iglesia conventual, materiales éstos para una re­forma ampulosa del interior que se venía llevando a cabo desde hacía más de un lustro. Recordaba haberla visto en similar estado en un par de viajes anteriores, lo que me daba que pensar sobre cómo habría quedado de irreconocible el interior de aquella iglesia, en principio gótica de sobrias hechuras. Años de trabajos incansa­bles. Una digna y magnifícente tumba para los Anjou, sin duda.
Varios pícaros se arremolinaron en torno a mí nada más verme salir del vehículo. Algunos estaban casi desnudos y to­dos, por igual, renegridos de suciedad. Vigilé la bolsa del fajín, a riesgo de perderla en un empujón de la marabunta. De hecho palpé en las cercanías de la faltriquera, hasta en tres ocasio­nes, pequeñas manos rebuscadoras que retiré de un golpe seco de bastón, sin saber nunca muy bien a cuál de los andrajosos de entre el barullo pertenecían.
—¡Niños! —grité, tomando aire resuelto.
Me deshice de ellos lanzando a buena distancia alguna calderi­lla que saqué de uno de los bolsillos del chaleco. Todos se alejaron iguiendo el sonido de las piezas al caer sobre los adoquines, igual que palomas ávidas por las migajas de pan que les tiran los ociosos.
Una veintena de sacerdotes abandonaban la cercana igle­sia del Gesu Nuovo, que había pertenecido a los jesuitas hasta hacía poco menos de una década, cuando fueron expatriados. Saludé el paso de los padres respetuosamente, con una incli­nación de cabeza mientras que me descubría. Algunos se dig­naron devolverme el saludo.
Dos pescaderas en pareja llevaban hasta un mercado cer­cano, en equilibrio sobre sus cabezas, las banastas plenas de frutos del mar. Pasaban caballos. Paseantes abastonados cogi­dos del brazo de sus bellas.
La mujer napolitana es tanto baja y moruna como alta y recia matrona, pero en cualquier caso hermosa y de rasgos gran­des. Labios, boca, senos, brazos. Todas morenas. Les diferencia de las mujeres de la Toscana su tono de piel, muy oscuro, y su labia inquieta y ordinaria la más de las veces. No saben callar.
Las narices aguileñas abundaban en el humano mundo que ante mí se desplegaba.
Criadas que paseaban la compra del día y escuchaban las chanzas del guappo de turno, chulo desocupado. Algunos hom­bres fumando un tabaco negro y apestoso, liado en cualquier papelote de freiduría.
Quien más y quien menos comía uno que otro zeppole compra­do a una churrera cercana, tan poco aseada como el común.
Muchos menesterosos. Unos callados y quietos, perdidos entre el gentío, sentados con rostro cariacontecido y mano ex­tendida. Otros, incordios de aquí para allá, buscando la caza de la limosna. A los primeros se la daban por pena, a los segun­dos para deshacerse de ellos. Y algún embaucador vigilante.
Desiguales niñas entraban al convento cercano. Perros en todas partes, pulgosos, bostezando, dormidos al sol en siesta perpetua. Un niño arrojó contra un podenco tuerto la piedra que previamente le había arrebatado a otro infante más pe­queño, que quedaba llorando sin su rústico juguete.
Un acquafrescaio llegó hasta mi lado de entre aquella al­garabía, sin yo haber reparado en ello.
—¿Agua, señor?
—Sí —contesté al instante, casi sin pensarlo.
—Es de las faldas del Vesubio, señor, gaseosa y curativa —me indicó mientras la servía—. Tibia hace de vientre y fría con limón es buen refrigerio…
Bebí del vaso grande de cristal duro y rallado, que le devolví al pagar.
—Que tenga buen día vuesa merced —dijo entonces, con gracejo antiguo.
—Disculpe, buen hombre —lo retuve antes de que se aleja­ra—, ¿sigue Nebbia viviendo en la casa del fénix?
Me miró de arriba abajo, con cierto reparo.
—Sí —contestó al fin—, el converso sigue viviendo en la misma casa dejada de la mano de Dios —y escupió al suelo sin ningún pudor—. ¿El señor es cliente o recaudador de deudas?
Lo miré fijamente por unos instantes, sin saber exactamente qué pensar de aquel hombre y su burro. Me pudo la prudencia.
—Gracias, quede usted con Dios —decidí ignorar su pre­gunta y me giré con la intención de marcharme.
A los pocos pasos escuché de nuevo la voz del aguador, que me reclamaba.
—¡Sepa vuesa merced que si es cliente nada hace con visi­tar al viejo, lleva un mes sin mercadería y acosado por los acree­dores! ¡Por ello mi pregunta, señor, por hacerle favor y aho­rrarle viaje en balde!
La curiosidad cotilla era propia del carácter de aquellas gentes, pero algo en el tono de su voz me hizo desconfiar. Des­eché tal sensación y me volví graciosamente a contestarle.
—Soy familia lejana de Joseph, mis intereses no son preci­samente comerciales.
El aguador guiñó un ojo.
—Pues si sus intereses son los que creo que son, también ha de saber que sus dos hijas ya están prometidas. La mayor desde hace poco más de un año y la menor nada más empezar el declive de la hacienda. Yo sólo le informo…
Aquella actitud de correveidile me irritaba. Me volví con una mueca que se pretendía sonrisa, sin responder palabra a aquel indeseable.
Sabía que el aguador estaría observándome mientras me alejaba camino de casa del anticuario. Notaba sus ojos venosos clavados en mi nuca.
Podía casi imaginar con toda precisión sus cavilaciones pueblerinas.

9

La casa del fénix era conocida por ese sobrenombre dado que tenía pintado al mítico animal en una tabla de vivos colo­res que colgaba oblicuamente sobre el quicio del portón, como anuncio bajo el que se destacaba el nombre del anticuario.
Una de su dos hijas, la de menor edad, observaba la calle desde un ventanuco del piso superior.
Llamé golpeando las maderas de la puerta con el puño de mi bastón, con lo que la joven abandonó inmediatamente su cómodo acodo en la ventana para aparecer al poco abriendo el postiguillo.
—Soy Cuttat, ¿está tu padre?
—¿Cuttat el comerciante de telas?
—El mismo.
Indicó que entrara, sin mediar palabra, con un gesto de la mano. Estaba seria y aparentemente preocupada. Era bajita y ancha de caderas, pero suficientemente guapa.
—Se encuentra en cama.
—¿A estas horas? —pregunté extrañado.
—Sí, no se siente muy bien que digamos. Cayó enfermo ayer tarde.
—¿Algo grave?
—No, fiebres nerviosas. Esta casa no está pasando por su mejor momento, señor Cuttat.
Me mostró la salita en la que tantas veces me había recibi­do el anticuario. Abrió las contrapuertas de las amplias venta­nas y la luz rasgó la oscuridad de la estancia. Mi sorpresa fue mayúscula.
Donde recordaba haber podido contemplar numerosas pin­turas colgadas en abigarrada exposición para su venta ahora sólo tendían telarañas. Habían desaparecido los ricos muebles, siendo sustituidos por una humilde mesa enorme y acuchillada, que parecía sacada de alguna carnicería, y varias sillas des­vencijadas. No quedaba rastro de las imágenes sacras talladas en madera ni de las estatuillas de los más diversos materiales que solían apiñarse en grupos ordenados sobre las varias có­modas que se ubicaban a lo largo de la amplia habitación. No quedaba ni uno solo de entre las decenas de libros que Nebbia atesoraba. Ni rastro de las cajoneras que albergaban coleccio­nes enteras de joyas.
—Espere aquí, veré si puede recibirle.
Me senté, haciendo crujir bajo mi peso uno de los incómo­dos asientos. Temí que se partieran las endebles patas y caer­me en cualquier momento, por lo que me levanté y permanecí en pie unos segundos sin saber dónde posar mi vista, que tan­tas otras veces se maravillara en las nutridas piezas de arte que el viejo Nebbia tenía renovadas a cada viaje mío. Decidí asomarme a la ventana y observar la calle.
En la esquina que se formaba entre la casa de enfrente y un callejón encharcado de heces, distinguí la imagen del agua­dor, que miraba sin verme. Aquello me inquietó.
Entró la joven de nuevo en la estancia.
—Lo siento, mi padre se disculpa por no estar en condicio­nes de poder recibirle adecuadamente y le ruega que vuelva dentro de algunos días.
No era cuestión de perder tiempo, por lo que decidí apos­tarlo todo a la peregrina certeza que rondaba por mi cabeza.
—¿Recado de escribir? —pedí.
La joven hija abandonó la estancia otra vez, para regresar trayendo papel pulposo de baja estofa y un tintero de loza ama­rillo. Definitivamente aquella casa no era lo que fue. Recordé los juegos de tinteros de plata de los que tan orgulloso estaba Joseph, algunos para comerciar con ellos, otros de uso perso­nal. El cambio era patético.
Mojé la pluma y dibujé tres puntos que, de unirse con una línea, hubiesen formado un triángulo perfecto. La joven me contemplaba con extrañeza. Doblé el papel y se lo di.
—Muéstrale esto, por favor. Si, una vez lo haya visto, él lo considera oportuno me marcharé por hoy.
La joven subió las escaleras con el papel entre sus estupe­factas manos, sin comprender. Aguardé.
Observé mientras tanto que el aguador ya no estaba en la esquina. No supe qué podía significar aquello, lo cual me pro­ducía mayor desazón.
—¿Quiere verme mi amigo Paul Konrad —escuché la voz del anticuario a mis espaldas—, o acaso me requiere mi her­mano Paul Konrad?
Estaba en el linde de la puerta, su hija le sostenía de un brazo. Cubría su nada disimulado camisón amarilluzco con un largo abrigo que había pasado tiempos mejores, como la casa. Me sonreía.
Había dado resultado: mi intuición había sido la acertada.
Me acerqué, le estreché la mano y lo besé en las mejillas. Clavé el dedo índice de mi mano derecha en la muñeca de su mano derecha, mientras agarraba con la izquierda su antebra­zo por la altura del codo. Él hizo lo mismo.
—¿Cuánto tiempo hace que no te ven los ojos que ahora lloran al contemplarte? —dije yo.
—Desde que abandoné el camino de la luz porque la luz misma ya habita en mí —contestó el anciano, siempre con la sonrisa colgada de los labios.
—A la Gloria del Gran Arquitecto del Universo, se revela un hermano rojo, grado dieciocho.
—Caballero Rosa-Cruz, caiga tu venda, como la mía ha caído, ante un Venerable Areópago Filosófico veintitrés.
—Jefe del Tabernáculo —y me incliné.
—Pero hermanos ante todo.
Finalizado el ritual, ambos deshicimos la tenaza de brazos que nos unía.
—¡Desconocía tu pertenencia, querido Paul!
—Me ha sido necesario revelarla porque en esta ocasión vengo a Nápoles por asuntos algo más complejos de lo habi­tual, y sabía que podía contar contigo, amigo Joseph. Pero an­tes, cuéntame, ¿qué ha sido de tu próspero negocio? Estoy pro­fundamente abatido por lo que veo a mi alrededor…
—¡Ay, Paul! —suspiró y se agarró de mi brazo para apo­yarse, al tiempo que se soltaba del de su hija— Anita, ve y prepara chocolate. ¿Aún tenemos chocolate?
—Sí, padre.
—Pues ve, ve y prepáralo. Mientras, nosotros, querido herma­no, hablaremos tranquilamente en un sitio algo más acogedor.
Nos dirigimos a paso lento de anciano hasta una estancia mucho más pequeña que la anterior y casi tan pobremente desnuda, de no ser por una tabla que colgaba de la pared y desde la que se asomaba una preciosa Virgen con el Niño en sus brazos. Ella miraba con complicidad al espectador mientras revolvía los cabellos del chicuelo, que la besaba en la cara a la par que jugaba con una manzana en su manita derecha. Estaba lozanamente desvestido, apoyado con sus pies en el li­bro de oraciones que sostenía la Madre en su regazo. El pecho derecho de la Esposa y Madre de Dios se enseñoreaba libre, fuera de su camisa encorsetada. Su pezón, moreno claro, era tan delicioso y tentador como la manzana que sostenía el Niño. Aquella idea me turbó.
Pareció como si el anticuario hubiera leído mis pensamientos.
—Jamás en toda mi vida —me contestó— había contem­plado nada tan hermoso. Por eso me hice de ella y moriré con ella. Prefiero perecer de hambre y frío antes que perderla de vista un solo día de mi existencia. Sé que con lo que vale po­dría vivir desahogado durante al menos un año, sería mi balsa de salvación. Pero… me volvería loco si la supiera lejos de mí. Sí, amigo, estoy seguro. La necesito. Es la mayor seductora que he conocido y por ella soy capaz de matar. ¿Lo compren­des, Paul Konrad?
No podía despegar la mirada de su seno desnudo. Por el rabillo del ojo casi la noté sonriéndome. Se me insinuaba abier­tamente, con su hijo delante. Con su Hijo-Esposo, el fecundador y el fruto de lo fecundado. Se cierra el círculo del celoso. El círculo perfecto. Siempre suya.
Pero ella se escapaba de su dominio.
Pensé que por aquellas elucubraciones habrían podido que­marme en la hoguera no hace tanto, siempre y cuando los pensa­mientos hubieran cruzado el umbral de mis labios y los hubiese sabido formular con palabras tintadas de sensual irreverencia.
—Te comprendo, querido hermano.
Fue lo único que acerté a decir.
La Virgen me sonreía, definitivamente.

10

Tomamos asiento en dos sillones bajos y nos acercamos la mesa de camilla que arrastraba unas sayas rojas deshilachadas.
Escuchábamos el ruido de cacerolas en la cercana cocina. El hogar restallaba quedamente por las ramas secas que segu­ro hacían mecha para el fuego.
—¿Qué te ha pasado, Joseph?
El viejo sonrió amargamente.
—Acreedores. Acreedores y bandidos, que no ven en mí sino a un cambista desalmado, fáustico, no sé qué… ¡El Señor de Montalbano, ese déspota! ¡Él, él es el culpable de mi desgracia!
Ocultó el rostro entre las manos, pero al instante se repu­so, apretándose los ojos con ambas palmas.
—¡Gobernantes corruptos! —siguió con su plática— ¿Sa­brán ellos de honradez? ¡Qué sabrán! Yo soy solamente un tra­bajador, un comerciante, como tú, Paul Konrad, pero de obje­tos inservibles, sin valor para unos… ¡Que compraba casi por caridad, amigo Paul, por caridad para ayudar con ello a sus pobres dueños que se veían ahogados en deudas! A cambio al­gún beneficio sacaba si los malvendía a mi vez, por supuesto, pero, ¿no es eso justo? ¿No es justo que un hombre se gane su plato de gachas y el pan negro con el que coman él y su dos hijas? Soy viudo, Paul Konrad, casi vivo en la fe del místico. La Santa Madre Iglesia sabe que soy un devoto cristiano, ¿acaso no puedo ganarme la vida con honradez?
Llantera fingida.
—¡Acusarme a mí, a mí, de usura y desposeerme de casi todas mis posesiones! ¡Qué digo posesiones, del material de mi negocio, de mi vida…! ¡Adiós a lo almacenado, adiós a la posi­bilidad de atender a mis clientes! ¿Y todo por qué? ¡Porque no abonaba qué impuestos! ¡Impuestos, impuestos, deudas…! ¿Aca­so yo no he perdonado deudas y he aguardado el tiempo nece­sario a que pudieran pagarme mis deudores? ¡Y así me lo pre­mia la ciudad de Nápoles! ¡Así…!
Sonreí sus exageraciones cuidando de no resultar grosero. El anciano movía adelante y atrás su macilento cuerpo, verda­deramente desmejorado.
—Veremos en qué puedo ayudarte —dije—, si de mi mano queda algo…
Antes de que terminara la frase, Joseph se arrancó en un grito de júbilo tan teatral como todo lo anterior.
—¡Gracias, gracias, amigo! ¡Sé que tu corazón es sincero y harías todo lo que pudieras, pero este asunto es demasiado enrevesado, y un pobre viejo no tiene porqué resultar una car­ga para nadie…! ¡No, no, amigo, mi buen amigo, descuida que el viejo Joseph sabrá salir de esta prueba que le envía el Se­ñor! —me tomó la mano derecha con ambas suyas—. Pero, aho­ra, dejemos aparte penas con las que no debo aburrirte… ¿Qué necesitas tú? Veamos… Te escucho, hermano. Nada puedo ne­garte por buen amigo y ahora mucho menos.
La hija llegó con bandeja y jarrito de chocolate hirviendo. Lo sirvió en un par de jícaras chinescas desportilladas y se marchó tan silenciosa como había llegado. El líquido resultante era un mejunje más claro que oscuro, aguado y falto de azúcar.
El anciano tomaba sorbitos cortos, agachando la cabeza pero sin dejar de clavar sus ojos aviesos en mi rostro. Me decidí a hablar.
—Vengo por un asunto precisamente relacionado con nues­tro Arte, enviado por el Supremo Consejo de Florencia.
—¡Ah! ¿Cómo está mi antiguo amigo Sebastiani? Más viejo que yo, supongo…
Aquello fue una prueba, una señal más de su felina des­confianza. Estaba bien, era la actitud correcta en un maestro celoso del secreto de su logia.
—Murió hará un año —contesté, sin darle importancia.
—¡Ah, es verdad! ¡Disculpa, estoy empezando a perder la memoria! ¡La edad, la edad, hijo…!
—Ahora ocupa su cargo Giovanni Fiero…
—Galeotto —me interrumpió— , sí, ahora recuerdo. Buen muchacho…
Había completado en mi lugar dicho nombre con su corres­pondiente apellido, como deferencia una vez superada la fugaz duda anterior, ya respondido correctamente el acertijo envene­nado de la esfinge. Era un buen guardián, escrupulosamente protocolario. Era seguro que aún me pondría en algunos com­promisos más hasta comprobar que yo era en verdad un herma­no sano y no un infiltrado con intenciones de reventar su logia.
—Como te decía, Joseph, el Supremo Consejo me envía aquí para saber de un traidor al juramento. Tuvo relación con noso­tros en el pasado, como itinerante, y tememos que pueda de­nunciar nombres de compañeros que ahora tienen intereses en la Corte Española.
El farol quedaba sobre la mesa. Veríamos qué pasaba ahora.
—¿Y por qué iba a hacer nada de eso? —preguntó el anti­cuario.
—Algo parecido hizo con los suyos aquí en Nápoles.
—¿Sí, cuándo?
—En el cincuenta y uno.
El viejo abrió los ojos con desmesura. Su barba rala tembló de manera diminuta.
—¡Sansevero…! —musitó, con la vista fija en la nada.
No me sorprendió su inmediata reacción, lo extraordina­riamente nítido que tenía Nebbia aquel asunto al que me esta­ba refiriendo. No hubo vacilación alguna por su parte.
—El mismo… —dije.
—Pero, Paul Konrad, Di Sangro ya no es masón…
—¿No?
Esta vez el anticuario parecía confundido. Dejó la jícara de cho­colate sobre la bandeja de alpaca, dando sobre ella un golpe seco.
—Era Gran Maestre de la Logia «Sol Dorado», yo perte­nezco a «Horizonte», la conformamos comerciantes burgueses y artesanos del oro y la plata, sobre todo. En «Sol Dorado» se afilian los nobles y el clero liberal… había mucho jesuita ahí dentro. Bueno, supongo que todo esto ya lo sabrás…
Por supuesto que lo sabía.
—Después de la retractación y la denuncia a la Inquisi­ción romana —continuó el anciano— el príncipe abandonó verdaderamente los círculos iniciáticos. No podía ser de otro modo, sobre él pesaba, y pesa, la declaración de enemigo por parte de las otras logias de la ciudad. Y no hay nada más. Ya no es masón…
—Pero eso no significa nada.
—¡Por supuesto que no! ¡Simplemente que ya no es masón! Si venías a saber de él como adepto ya lo sabes todo…, no hay más.
Di fin a mi chocolate, agradeciendo interiormente a la Provi­dencia que se hubiera terminado aquel engrudo indigesto.
—¿Quieres otro poquito de… ?
—No, gracias, quedo satisfecho… —interrumpí, rápidamente.
Parecía como si Nebbia supiera escuchar mis pensamien­tos. Continué con mi pesquisa.
—Pero vosotros debéis saber si verdaderamente se ha ale­jado de los Misterios, o puede que haya recalado en otra her­mandad de iniciación…
—Nadie lo querría. Es un traidor, un apestado. Ninguna sociedad secreta está segura con él dentro. A no ser…
Joseph quedó en silencio, como si hubiera hablado dema­siado y sucumbido su prudencia a un innato sentido napolitano del cotilleo. Le animé a proseguir.
—¿A no ser qué… ?
—Nada, tonterías… Algunos llegaron a decir que desde hacía años Di Sangro pretendía la fundación de su propia so­ciedad iniciática. Se tenía a sí mismo por un elegido. Habladu­rías… Pero sí es cierto que el príncipe era considerado, en sus tiempos, como un enfermizo entregado al estudio de las Cien­cias Ocultas, del Saber Supremo. La Obra, incluso.
—¿La Obra? —pregunté, extrañado— ¿Pero, cómo, física?
—¡Sí, sí, física! ¡Nada de simbólica! ¡La Piedra Filosofal, el Elixir de la Vida Eterna, lo Perfecto, lo Inmutable…: la Alqui­mia en estado puro!
—Me extraña que Di Sangro crea en cuentos infantiles, en esas tradiciones medievales…
El anciano Joseph acercó su cara huesuda a la mía, como para confiarme un gran secreto. Habló en voz baja.
—Di Sangro está loco, Paul Konrad… ¡Loco!
Y se retiró, apoyando la cabeza cansada en el espaldar del sofá. Cerró los ojos y continuó hablándome.
—Pero, a lo que vamos: ¿qué temen esos señores amigos tuyos y hermanos nuestros?
—Carlos III es un fiel vasallo del Papa —respondí con mi mejor tono fingido de arenga—, y las continuas y cada vez más violentas condenas del Vaticano contra la Masonería son lle­vadas al extremo en el Reino de España. Las cárceles de Ma­drid están repletas de nobles y ricos hombres que desafían el oscurantismo y la superstición mantenida por la Iglesia den­tro de la sociedad. A la Iglesia española no le gusta sentirse amenazada. Tiene miedo de perder su enorme influencia y, por supuesto, sus ingentes posesiones: las tierras. España pertenece a unos pocos, Joseph, y esos pocos la quieren tener en un puño. Algunos de mis representados, propietarios de las principales ma­nufactureras textiles de Florencia, han firmado un tratado comer­cial con la Corte de Carlos, pero temen que todo quede en papel mojado si el Rey descubre que la mayoría de ellos son masones. Di Sangro es amigo personal del monarca y tal vez fuera capaz de…
—Ya, de delatarles. Pero contra esa posibilidad no pode­mos combatir.
Fruncí el ceño.
—Desde luego, ya lo sé, pero Di Sangro…
—El príncipe —Nebbia volvió a interrumpirme— está ale­jado de las logias de Nápoles, de eso que no te quepa la menor duda. Si era lo que querías saber, ya lo sabes. ¡Lo que haga o deje de hacer fuera de ellas se escapa de nuestras manos… ! Está decapitado, amigo Paul Konrad. ¡No es para menos des­pués de cómo traicionó a sus compañeros… !
—Imagino que…
—Pero, no obstante, comprendo tus temores y los de la lo­gia a la que representas. Por eso, amigo, estaré encantado de servirte como hasta ahora vengo haciendo. He perdido mi for­tuna, pero no a mis informantes, y tratarán de averiguar todo lo posible acerca de Di Sangro, si tú quieres…
Dirigí mi distraída mirada a la tabla desde la que aquella dama renacentista a manera de Virgen María seguía sonrién- dome. Acto seguido volví a centrarme en el rostro, tan amari­llento como su camisón y surcado de arrugas, de mi interlocu­tor. Todo marchaba según lo previsto.
—Bien, te lo agradezco y cuento con ello.
—¡Ahora has hablado, Paul Konrad! —me golpeó en el hom­bro derecho con una palmada hueca— No tengo que recordarte que mis colaboradores trabajan por un humilde salario por servicio prestado que deberás sufragar parte por adelantado y parte al final de la pesquisa…
Su apreciación me molestó, pero tal actitud contratista es­taba enquistada en su espíritu de comerciante. Sabía que la mayor parte del dinero que Nebbia me pidiese iba a quedar en sus bolsillos en concepto de intermediario.
—Por supuesto, Joseph, descuida.
Apostillando mi respuesta solté tres piezas de oro proce­dentes de la bolsa que me había sido asignada para los gastos. Las pequeñas monedas danzaron como trompos sobre la des­pejada mesa oscura. Las pupilas del anticuario bailaron con ellas. Hasta le mejoró el color de la cara.
—Quiero averiguar —dije— si existe la mínima posibili­dad de que Di sangro siga relacionándose con la masonería o, si me apuras, con algún otro iniciado aunque esté en su misma situación de non grato, de renegado e incluso de degollado. Quiero saber si verdaderamente ha abandonado el Camino de la Luz. También me interesaría conocer si continúa con sus elaboraciones alquimistas…
—Eso es casi seguro.
—¿Por qué tanta certeza? —pregunté— Antes me dijiste que sobre el particular solamente corrían habladurías, pudie­ra haberlo abandonado. Hace muchos años de…
—¡Pero pasa días enteros dentro de su palacio, Paul Konrad! La gente ve luces a deshoras, humos extraños, olores extra­ños… ¡Se persignan al cruzar por delante de la puerta! La capi­lla del palacio da a la calle y está abierta todos los domingos, como si fuese pública, pues bien: no hay ni un solo pordiosero que espere la salida de los pocos pares de señoritingos que acu­den allí a misa. ¡Ni uno solo! ¡Ya ves tú, aquí, en Nápoles…, ya sabes cómo están de plagadas las calles de pobres! ¡Pero todos se guardan de acercarse a las puertas de la Pietatella! ¡Incluso cuentan cosas raras de un par de ellos que intentaron estable­cer sus menesterosos dominios en el zaguán de la capilla de Sansevero! ¡Desaparecieron: no se les volvió a ver por los luga­res que frecuenta el hampa!
—Tonterías, ¿qué quieren decir con eso las malas lenguas, que el príncipe se habría molestado en matarlos?
—¡No, amigo Paul, en matarlos no: en utilizarlos para sus misteriosos experimentos!
Por alguna pintoresca razón, fue aquella anécdota, conta­da por el viejo Joseph como de casualidad, lo que más podero­samente llamó mi atención de entre todo lo que veníamos ha­blando. Recordé alguna de las frases que contenía la desespe­rada carta dirigida al cardenal Piccialli por su joven sobrino.
—¿Experimentos? —pregunté con verdadero interés.
—Sí, sus… sus cosas… ¡No sé, Paul Konrad, es lo que se dice… , nada más!
Fue tajante. Me desilusionó, francamente, que llegados a tan interesante punto de la conversación no hubiera más que saber. Por ahora al menos, pensé.
Me levanté del asiento, iniciando el gesto de despedida al extender mi mano derecha.
—Bien entonces. ¡No, no te levantes! —impedí calurosamente que el anciano se pusiera en pie—. Quedamos en lo dicho.
—Descuida, hermano. En pocos días tendremos algo. Man­daré recado y nos volveremos a reunir. ¿Te hospedas donde siempre?
—Sí, en la casa de «Guardingo», por encima de San Elmo.
—¡Bobo, pero cuándo me harás caso y aceptarás el consejo de este viejo amigo tuyo! —rió el anticuario con cierta amarga dificultad— ¡Aquí siempre tendrás una cama limpia y no te faltarán comida y vino! ¡Guarda tu dinero para otros meneste­res, Paul Konrad, y deja que te agasaje el anciano Joseph!
—La próxima vez… —le dije.
—¡Para la próxima vez seguro que estoy muerto, Paul Konrad! ¡Qué inocente eres al pensar que este viejo durará más allá de esta primavera!
—Hierba mala, querido Joseph, ya sabes que…
—¡Nunca muere!
Rió a mandíbula batiente.
Su hija me acompañó hasta la puerta.
Afuera era otro el aguador que ahora miraba fijamente hacia donde yo me encontraba.
A los pocos metros andados por entre el gentío que abarrotaba la plazuela me paré en seco y volví todo mi cuerpo con rapidez, de improviso.
Efectivamente: el segundo aguador caminaba detrás de mí, a cierta distancia. No pudo reprimir un involuntario sobresalto que le hizo frenar el paso por unos segundos. Luego continuó con el rostro gacho, mirando obsesivamente hacia el suelo. Me sobrepasó, enfilando una calleja que lucía pobres trapos moja­dos de todos los colores, colgados de cuerdas atravesadas de lado a lado. La colada chorreaba aguas tintadas y jabonosas.

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