Diario de un ladrón

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Género :


Bex y Ollie son una pareja de ladrones de medio pelo que viven en una pequeña ciudad cercana a Londres. Cualquier robo es bueno si con ello sacan para pagar las cervezas y, más aún, si con ello evitan tener que trabajar de lunes a viernes. Les gusta la sensación de la adrenalina, les gusta el riesgo y se divierten asaltando casas para llevarse vídeos y televisores. Y no tienen más ambición que seguir robando.

Diario de un ladrón nos ofrece una narración testimonial con la que el autor se adentra en el mundo del crimen con irreverencia y humor a la vez que nos desvela sus vivencias al otro lado de la ley.

Muchos autores llegan a la novela negra por afición a estos temas. Incluso los hay que han trabajado como policías o detectives. Danny King se adentra en la ficción criminal para relatarnos sus vivencias como delincuente. En esta novela nos relata las experiencias de una adolescencia alocada.

ANTICIPO:
—¿Qué? — dice Ollie mientras me enfoca la casa con la linterna por enésima vez.

—Coge las instrucciones.

—¿Qué instrucciones?

—Las del vídeo.

Ollie agita la linterna por toda la habitación un par de veces mientras yo me peleo con los cables para desconectarlos de la parte posterior del aparato, antes de volver a metérmela en al cara.

—¿Por qué?

—Electric me dijo que las cogiera, ya que estábamos aquí.

—¿Dónde están?

Una gran pregunta. Como si yo fuera a saberlo mejor que él. Pero Ollie es así, el rey de las preguntas tontas. No hay pregunta demasiado inútil para él. Y es así todo el tiempo. Siempre que vamos juntos a cualquier parte por primera vez, Ollie se convierte en el tío del «dónde está el meadero» o «cuanto falta». Una vez, después de hacerme un reconocimiento médico, y cuando se lo estaba contando, va y me pregunta de qué grupo sanguíneo era él. A lo largo de los años siempre le he dado la misma respuesta, sin variaciones: «¿Cómo cojones quieres que lo sepa?». Uno esperaría que a estas alturas ya hubiera entendido el mensaje.

—¿Cómo cojones quieres que lo sepa? Esta no es mi casa, yo no vivo aquí, ¿no? Echa un vistazo en esos cajones de ahí, donde los videos.

Cosa que hace mientras yo meto un poco más la mano para poder arrancar por fin el último cable. Saco el aparato de debajo de la mesa y salgo con él por la puerta de atrás (nuestro punto de entrada esta noche), para ponerlo con el resto de la pila. Una tele grande, otra portátil, un microondas, uno de esos equipos de música en miniatura, un contestador automático, una cámara, una chaqueta de cuero, una botella de güisqui casi llena (para consumo personal más tarde) y un juego de palos de golf de grafito que no tiene mala pinta. Algunos ladrones se llevarían también los muebles, pero a mí eso no me va. Demasiado grandes, demasiado esfuerzo para quemarse los huevos con eso. Yo soy hombre de aparatos eléctricos, punto; es lo que más guita rinde por menos bulto, sin contar las joyas, claro, pero en la vida real no hay tantas. La imagen de un tío de anuncio de chocolatinas subiendo como un gato por un canalón para robar la tiara de diamantes de lady Fanshaw no es más que un producto de la imaginación de Hollywood, y una visión muy romántica del oficio de ladrón. Te lo aseguro, si Raffles hubiera vivido en esta urbanización, él también hubiera mangado vídeos.

—¿Esto? —dice Ollie mientras me enseña un manual que lleva escrito en grandes letras en la cubierta: «Cómo utilizar su nuevo vídeo».

—Sí, eso — digo yo.

—bueno, toma.

—No me lo des a mí, yo no lo quiero. Métetelo en el bolsillo.

—No me cabe, cógelo tú.

Esa es otra de las pequeñas peculiaridades de Ollie: se llena el bolsillo de mierda. En la mayor parte de las casas, no llevamos ni diez minutos y ya se ha guardado en los pantalones media tonelada de cachivaches de los que no vamos a sacar ni medio penique. Calculadoras, bolígrafos, relojes digitales baratos y cualquier cosa que brille y le llame la atención. Una vez hicimos un trabajo en el que el viejo tenía una gran botella llena de perras chicas, ya sabes, monedas de uno y dos peniques, y un poco más tarde aquí, el bueno del grajilla este, casi se provoca una hernia intentando saltar la verja de atrás a toda prisa con poco más de diecinueve libras en el bolsillo. ¡Capullo!

—¿Qué tienes ahí? —le pregunto.

—Un juego de ajedrez.

—¿Ajedrez?

—Sí, unas piezas muy guapas, talladas y tal, y el tablero plegable, estaba todo colocado en al mesa de café de al otra habitación.

—¿Y que coño sabes tú de ajedrez? —le pregunto. Tengo que admitir que es un comentario bastante condescendiente, es decir, no es algo que hayamos discutido jamás. Que yo sepa, podría ser el siguiente Gary Kasparov, o ese cuatro ojos idiota que no hace más que perder en la tele. Solo estoy suponiendo de forma natural que es un hijo de puta más bruto que un arado y que no sabe una mierda de un pijo, aunque siempre estaría dispuesto a respaldar esa suposición con un par de billetes.

—Lo bastante para saber que no tengo ninguno, y que quiero uno.

—No me jodas, eres capaz de mangar cualquier mierda, que no. ¿Por qué no pruebas a ser un poco más profesional para variar?

—Ah, sí, pues no te veo tirar esos CD que te metiste antes en el bolsillo. ¿Quién se ha muerto para que te conviertas en el puto jefe? Yo no te digo lo que puedes y no puedes coger, verdad. No son tus putas cosas, así que vete a la puta mierda. —Un buen razonamiento, bien expresado, pensé sin duda.

—Venga, dame eso —admito, y me meto las instrucciones en la camisa.

En circunstancias normales no reñimos así. Por lo común, si nos encontramos en el pub o… o… bueno, donde sea, no podrías tropezarte con dos tíos más agradables. Es solo cuando estamos haciendo algún trabajo, ya sabes cómo es, una situación tensa, la presión, quieres entrar y salir del sitio con cierta agilidad, y todo el tiempo da la sensación de que el otro tipo está haciendo todo lo humanamente posible para joder la marrana y conseguir que te trinquen. Estoy seguro de que Ollie piensa lo mismo de mí, con una pequeña diferencia: él no tiene ni la mitad de munición para quejarse de mí que tengo yo para quejarme de él, porque yo no jodo la marrana tanto como él, ni me acerco, vamos. Se plantea ahora un buen ejemplo que hace al caso.

»Bueno, venga, ya está todo, salgamos de aquí —digo mientras cojo el microondas, el vídeo y la chaqueta de cuero (de hecho, si me la pongo será una cosa menos que llevar y entonces podré agarrar otra cosa, la cámara o algo así y le dejo la tele grande a Ollie) —. Coge lo que puedas y a ver si hacemos el primer viaje a la furgoneta. —Apoyo la carga en la esquina de la encimera, saco las llaves de la furgo del bolsillo y me las meto entre los dientes. Mejor hacerlo ahora que ponerme en la esquina de la calle a rebuscar por los bolsillos, yo sujetando las cosas del coleguita mientras sus vecinos nos miran desde las ventanas de sus dormitorios—. ¿Listo?

—Espera un momento, tengo que cagar. ¿Dónde está el cagadero?

—¿Eh? Hombre, no me jodas, vamos a meter todo esto en al furgo y a salir de aquí ya.

—Un minuto, tío, que exploto —dice él poniendo la cara que pone todo el mundo cuando se está cagando.

—¿Y por qué no fuiste antes de venir aquí?

—Oh, lo siento, seño, pero es que entonces no tenía ganas, ¿vale? —dice arrugando la cara como cualquier tío que lo está pasando mal en al aduana—. Mira, creí que podía terminar el trabajo y tal y luego ir a jiñar, pero me equivoqué. —Me mira mientras lo miro a través de la oscuridad del salón—. Tengo unas ganas del copón, joder, si no voy ahora me va a explotar el culo, vale.

Y con eso se larga en busca del cagadero,

»Arriba, ¿no?

—No lo sé, pero date prisa —le digo—. Capullo — murmuro para mí.

—No pasa nada, tranqui, con esta podemos tirarnos toda la noche.

Cosa que era, hasta cierto punto , era cierta. El propietario de al casa era un bombero. Uno de los tíos que bebía en su pub habitual nos había puesto sobre la pista por una pequeña comisión, claro está, lo habitual. Bueno, no esperarás que nadie venda a sus colegas a menos que se lleve unas cuantas copas como mínimo. Bueno, el caso es que el bombero Fred tenía turno de noche toda esta semana, lo que nos daba unas más que generosas ocho horas para entrar y liberar sus bártulos, y todavía nos quedaban sus buenas cuatro horas. Sin embargo, no es siempre el propietario de la casa el que te pilla en faena. ¡No! Es más probable que sea el vecino de al lado, o la tipa de enfrente, la de los prismáticos y la cortina con sus tics nerviosos. Ah, sí, grupos de vigilancia del barrio, los llaman. Se sientan en la casa de turno cada dos miércoles, beben té y se quejan de los escombros de la ampliación de la cocina del número 18 que están tirados por toda la calle. O de la hija de Audrey, Wendy, que la han visto detrás de las tiendas fumando un par de mensajeros (y ni siquiera ha terminado la escuela). O de esos negros nuevos del número 43, y de que ahora los precios de las casas van a caer en picado. Vigilancia de barrio, y una mierda, el fuero de los fisgones, más bien.

—Y no te quites los guantes —le digo en voz baja.

—Ya, ¿qué van a hacer los maderos, empolvarme el culo para buscar huellas? —es la respuesta de Ollie.

Decido echar un vistazo mientras Ollie está arriba. Siempre merece la pena hacer una última ronda si tienes un momento, solo si acaso. Hay una foto de Fred, o como se llame, en el aparador, de uniforme y con un par de vejetes (sus pares, sin duda). Es un tío grande y robusto y tan orgulloso como un camión, igual que sus viejos, pero no pensar mucho en aquel al que le estás afanando media casa, por si acaso despierta algún punto débil en tu interior.

Tampoco querría pasar un día trabajando con el señor Sing en la tienda de la esquina, mirándolo trabajar desde el amanecer hasta última hora de la noche, llenando los estantes, vigilando la mercancía y contando la miseria que ha ganado después de catorce o quince horas de trabajo. Una miseria con la que tiene que pagar el alquiler, dar de comer a su familia y ahorrar lo suficiente para que su hijo vaya a la universidad dentro de unos años. Pero tú no quieres saber nada de eso, a que no. A ti te da igual. A ti lo único que te importa es que cobra 30 peniques más de al cuente por un bote de H&S y que mira hacia aquí cuando pasas al lado de los pastelitos Jaffa.

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2 Opiniones

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  • pepe
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    ésta es una colección de anécdotas que le pasan a un ladrón normalito, no explico lo de normalito, eso os lo leéis… divertida y cinica

  • Anónimo
    on

    ¡Caramba, parece interesante! ¿Se entiende…? Lo digo por la legibilidad media de los textos de esa editorial.

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