Diáspora

DiasporaGregEgan

Al borde del año 3000, la Humanidad se ha dividido ampliamente en varias trayectorias evolutivas.

Los Carnosos son los que residen principalmente en un cuerpo humano, aunque las diferencias genéticas han creado problemas de comunicación entres las diversas formas.

En las Polis, en cambio, los humanos son incorpóreos, inteligencias artificiales con consciencia propia que procrean, interactúan, crean arte e intentan desentrañar los misterios de la vida.

Y finalmente los Gleisner, robots orgánicos que usan un software de autoconsciencia.

La novela se inicia con la aparición de Yatima, un huérfano generado espontáneamente por el software de la Polis Konishi, con plena autoconsciencia.

Pero cuando una enorme tragedia sacude a las diversas especies humanas, Yatima se embarca en una gran búsqueda de especies supervivientes a través de la galaxia para resolver el misterio.

Greg Egan, autor de Axiomático o El Instante Aleph nos brinda en Diáspora, reconocida por la crítica como la más sobresaliente de sus novelas, la mejor ciencia ficción que aborda inquietantes hipótesis y fascinantes especulaciones acerca de la futura evolución del ser humano.

ANTICIPO:
Una campanilla invisible sonó suavemente, tres veces. Paolo rió, encantado.

Un toque habría indicado que seguía en la Tierra: todo un anticlímax… pero había ventajas que lo hubiesen compensado. Todos los que le importaban vivían en Carter-Zimmerman, pero no todos habían decidido participar en igual grado en la Diáspora; su yo en la Tierra no habría perdido a nadie. Ayudar a garantizar el lanzamiento de mil naves también habría sido satisfactorio. Y seguir siendo un miembro de la Coalición, conectado en tiempo real con la cultura global, también habría sido un atractivo.

Dos toques habrían indicado que este clon de Carter-Zimmerman había llegado a un sistema planetario carente de vida. Paolo habría ejecutado un sofisticado modelo predictivo de su yo —pero no consciente— antes de decidir despertar en esas condiciones. Explorar un puñado de mundos alienígenas, por estériles que fuesen, le había parecido una experiencia probablemente enriquecedora, con la ventaja clara de que algo así no estaría limitado por las complicadas precauciones necesarias en el caso de vida alienígena. La población de C-Z se habría reducido en más de la mitad, y muchos de sus mejores amigos no estarían allí, pero estaba seguro de que habría hecho amistades nuevas.

Cuatro toques habrían indicado el descubrimiento de alienígenas inteligentes. Cinco, una civilización tecnológica. Seis, con viajes por el espacio.

Pero tres indicaban que las sondas de exploración habían encontrado señales claras de vida. Razón de sobra para alegrarse. Hasta el instante de la clonación previa al lanzamiento —un instante subjetivo antes de que sonase la campanilla— los gleisners no habían enviado a la Tierra ninguna noticia de vida alienígena por simple que fuese. No había garantías de que algún miembro de la Diáspora C-Z fuese a encontrarla.

Paolo hizo que la biblioteca de la polis le informase; ésta pronto recableó la memoria declarativa de su cerebro tradicional simulado, incluyendo toda la información que probablemente fuese a necesitar para satisfacer su curiosidad. Este clon de C-Z había llegado a Vega, la segunda más cercana de entre las mil estrellas de destino, a veintisiete años luz de la Tierra. Era la primera nave en llegar a su destino; la nave que se dirigía a Fomalhaut había chocado con escombros y había sido aniquilada. A Paolo le resultó difícil llorar por los noventa y dos ciudadanos que iban despiertos; antes de la clonación no era íntimo con ninguno de ellos y las versiones concretas que dos siglos antes habían desparecido deliberadamente en el espacio interestelar le resultaban tan remotas como las víctimas de Lacerta.

Examinó su nuevo hogar a través de las cámaras de una de las sondas de exploración… y los extraños filtros del sistema visual ancestral. En colores tradicionales, Vega era un feroz disco azul y blanco, marcado con prominencias. De tres veces la masa del Sol, dos veces su tamaño y el doble de caliente, era sesenta veces más luminosa. Quemaba hidrógeno con rapidez y ya se encontraba a medio camino de su período previsto dentro de la secuencia principal de quinientos millones de años.

El único planeta de Vega, Orfeo, no había sido más que una mancha informe en los mejores interferómetros del Sistema Solar; ahora Paolo contemplaba su creciente verdeazulado a diez mil kilómetros por debajo de Carter-Zimmerman. Orfeo era terrestre, un mundo de níquel, hierro y silicio; ligeramente más grande que la Tierra, algo más caliente —mil millones de kilómetros restaban potencia al calor de Vega— y casi completamente cubierto por agua líquida. Paolo se aceleró a mil veces el tiempo de la carne, dejando que C-Z orbitase el planeta durante veinte taus subjetivos; con cada pase la luz del sol despejaba una nueva zona. Dos delgados continentes de color ocre, con columnas vertebrales montañosas, encajados entre océanos hemisféricos y extensiones cegadoras de hielo cubriendo ambos polos… mucho mayor en el norte, donde irregulares penínsulas blancas radiaban desde la oscuridad ártica de mediados del invierno.

La atmósfera de Orfeo estaba formada en su mayor parte por hidrógeno —seis veces más que en la Tierra— con trazas de vapor de agua y dióxido de carbono, pero no suficientes para provocar un efecto invernadero. La alta presión atmosférica implicaba una evaporación reducida —Paolo no vio nubes— y el enorme océano cálido ayudaba a atrapar el dióxido de carbono. El estallido de rayos gamma de Lacerta se habría sentido aquí todavía con más fuerza que en la Tierra, pero sin capa de ozono para destruir y una atmósfera ionizada rutinariamente por los potentes ultravioletas de la propia Vega, cualquier cambio en el entorno químico o los niveles de radiación a baja altitud habría sido relativamente reducido.

Todo el sistema, en comparación con la Tierra, era joven y todavía estaba saturado de polvo primordial. Pero la mayor masa de Vega y una nube protoestelar más densa habían significado un paso más rápido por la mayoría de los traumas del nacimiento: ignición nuclear y fluctuaciones iniciales de luminosidad; formación planetaria y la época del bombardeo. La biblioteca estimaba que Orfeo había disfrutado de un clima relativamente estable, sin impactos importantes, durante al menos los últimos cien millones de años.

Tiempo de sobra para que apareciese vida primitiva.

Una mano agarró con fuerza a Paolo por el tobillo y le metió bajo el agua. No se resistió y dejó que la visión del planeta desapareciese. Sólo otras dos personas en C-Z tenían libertad para acceder a su panorama… y su padre no jugaba con un hijo que ahora tenía mil doscientos años.

Elena le arrastró hasta el fondo de la piscina, antes de soltarle el pie y flotar por encima, una silueta triunfante frente a la luminosa superficie. Tenía aspecto de carnosa, pero era evidente que hacía trampas: le habló con perfecta claridad sin producir burbujas de aire.

—¡Duermes hasta tarde! ¡Llevo cinco megataus esperándote!

Paolo fingió indiferencia, pero se estaba quedando rápidamente sin aliento. Hizo que su exoyó le convirtiese en un exuberante anfibio… biológica e históricamente auténtico, aunque ninguno de sus propios antepasados había adoptado esa forma. El agua entró en los pulmones modificados y el cerebro modificado la recibió con agrado.

Dijo:

—¿Por qué iba a querer malgastar consciencia esperando a que las sondas exploratorias mejorasen sus observaciones? Me desperté en cuanto los datos fueron claros.

Elena le atacó el pecho; él alzó las manos y tiró, reduciendo instintivamente su propia flotabilidad para compensarlo, y rodaron por el fondo de la piscina, besándose.

Elena dijo:

—¿Sabes que somos la primera C-Z en llegar a algún sitio? La nave de Fomalhaut fue destruida. Así que sólo hay otra pareja de nosotros. En la Tierra.

—¿Y? —Luego recordó que Elena había escogido no despertar si alguna otra versión de il ya había encontrado vida. Independientemente de la suerte de las otras naves, todas las otras versiones de Paolo tendrían que vivir sin ella.

Asintió con seriedad y la volvió a besar.

—¿Qué se supone que debo decir? ¿Ahora para mí eres mil veces más preciosa?

—Sí.

—Ah, ¿pero qué hay de nuestra pareja en la Tierra? Quinientas veces se acercaría más a la verdad.

—Quinientas no tiene poesía.

—No seas tan derrotista. Reorganiza tus centros del lenguaje.

Ella le pasó las manos por los lados del torso y llegó hasta las caderas. Hicieron el amor con sus cuerpos casi tradicionales… y sus cerebros; a Paolo le divirtió hasta casi la distracción que su sistema límbico se disparase, pero recordó lo suficiente de la última vez como para esperar esa sensación y rendirse a ese extraño secuestrador. No era como hacer el amor de forma civilizada —para empezar, la tasa de intercambio de información entre los dos era minúscula— pero poseía la cualidad cercana e insistente de la mayoría de los placeres ancestrales.

Luego fueron hasta la superficie del estanque y se tendieron bajo el radiante cielo sin sol.

Paolo pensó: He cruzado veintisiete años luz en un instante. Estoy en órbita alrededor del primer planeta que se sabe contiene vida alienígena. Y no he sacrificado nada… no he dejado atrás nada que realmente apreciase. Esto es demasiado bueno, demasiado bueno. Sintió cierta pena por sus otras versiones —le resultaba difícil creer que les iría bien, sin Elena, sin Orfeo— pero no había nada que pudiese hacer al respecto. Aunque no habría tiempo para comunicarse con la Tierra antes de que más naves llegasen a su destino, había decidido antes de la clonación no permitir que el desarrollo de sus futuros múltiples pudiera ser alterado por un cambio de parecer. Estuviesen o no de acuerdo él y su yo de la Tierra, ninguno de los dos tenía poder para modificar el criterio de despertar. Ya había quedado atrás el yo capaz de escoger por los mil.

No importaba, decidió Paolo. Los otros encontrarían —o construirían— sus propias razones para ser felices. Y todavía quedaba la posibilidad de que uno de ellos oyese cuatro toques.

Elena dijo:

—Si hubieses dormido más, te habrías perdido la votación.

¿La votación? Los exploradores en órbita baja habían recogido todos los datos que habían podido sobre la biología de Orfeo. Para avanzar más, sería necesario enviar microsondas al propio océano… una ampliación del contacto que exigía la aprobación de dos tercios de la polis. No había ninguna razón para creer que la presencia de unos pocos millones de robots diminutos fuese a causar daños de consideración; en el agua no dejarían más que algunos kilojulios de calor. Aún así, había aparecido una facción que proclamaba la cautela. Los ciudadanos de Carter-Zimmerman, argumentaban, podrían seguir observando desde la distancia durante toda una década, o un milenio, refinando las observaciones e hipótesis antes de entrometerse… y los que no estuviesen de acuerdo, siempre podían esperar o encontrar alguna otra actividad interesante.

Paolo exploró el conocimiento reciente de la biblioteca sobre las “alfombras”, la única forma de vida detectada hasta ahora en Orfeo. Eran criaturas que flotaban libremente en las profundidades del océano ecuatorial. Aparentemente, si se acercaban demasiado a la superficie los ultravioletas las destruían, pero en su hábitat estaban lo suficientemente protegidas como para haber sobrevivido a Lacerta sin problemas. Alcanzaban tamaños de cientos de metros, luego se dividían en docenas de fragmentos, cada uno de los cuales seguía creciendo. Resultaba tentador dar por supuesto que eran colonias de organismos unicelulares, algo similar al kelp gigante, pero todavía no había ninguna prueba para apoyarlo. Las sondas de exploración ya tenían suficientes problemas para establecer la apariencia y comportamiento observando a través de un kilómetro de agua, incluso con los copiosos neutrinos de Vega iluminando el camino; la observación remota a escala microscópica y más aun el análisis bioquímico quedaban descartados. La espectroscopia mostraba que la superficie del agua estaba cuajada de interesante restos moleculares, pero intentar estimar su relación con cualquiera de las alfombras vivas era como intentar reconstruir la bioquímica carnosa estudiando sus cenizas.

Paolo se volvió hacia Elena.

—¿Qué opinas?

Gimió teatralmente; mientras él dormía debían haberlo estado discutiendo hasta el aburrimiento.

—Las microsondas son inocuas. Podrían indicarnos de qué están hechas las alfombras sin retirar ni una sola molécula. ¿Qué riesgo hay? ¿ Shock cultural?

Paolo le tiró agua a la cara, con afecto; ese impulso parecía ser parte del cuerpo anfibio.

—No puedes estar segura de que no sean inteligentes.

—¿Sabes lo que vivía en la Tierra doscientos millones de años después de su formación?

—Quizá alguna cianobacteria. Quizá nada. Pero no estamos en la Tierra.

—Cierto. Pero incluso teniendo en cuenta la improbable posibilidad de que las alfombras sean inteligentes, ¿crees que notarán la presencia de robots de una millonésima parte de su tamaño? Si son organismos unificados, no parecen reaccionar a nada que suceda en su entorno… no hay depredadores, no buscan comida, se limitan a flotar con las corriente… así que no hay ninguna razón para que posean órganos sensoriales elaborados y menos aún nada que funcione a escalas submilimétricas. Y si son colonias de organismos unicelulares, y uno de ellos resulta que choca con una microsonda y con sus receptores superficiales registra su presencia… ¿qué daño se podría ocasionar?

Paolo se encogió de hombros.

—No tengo ni idea. Pero mi desconocimiento no es garantía de seguridad.

Elena le echó agua.

—La única forma de resolver tu desconocimiento es votar a favor de enviar microsondas. Estoy de acuerdo en que debemos ser cautelosos, pero no tiene sentido estar aquí si no descubrimos qué pasa ahora mismo en los océanos. No quiero esperar a que en este planeta evolucione algo con la inteligencia suficiente para radiar al espacio lecciones de bioquímica. Si no estamos dispuestos a aceptar algunos riesgos infinitesimales, Vega se convertirá en gigante roja antes de que descubramos nada.

Era un comentario retórico, pero Paolo intentó imaginar cómo sería presenciar ese suceso. Dentro de doscientos cincuenta millones de años ¿los ciudadanos de Carter-Zimmerman estarían discutiendo la ética de intervenir para rescatar a los orfeanos… o habrían perdido el interés y habrían partido a otra estrella, o se habrían modificado para convertirse en seres carente por completo de cualquier compasión nostálgica por la vida orgánica?

Visiones grandiosas para alguien con mil doscientos años. Un diminuto trocito de roca había destruido el clon Fomalhaut. En el sistema de Vega había muchísima más basura que en el espacio interestelar; incluso rodeada de defensas, con los datos copiados a todas las sondas de exploración, esta C-Z no era invulnerable por el simple hecho de haber llegado intacta. Elena tenía razón; debían de aprovechar la oportunidad… o bien podían retirarse a sus propios mundos herméticos y olvidar haber realizado este viaje.

—No podemos quedarnos aquí para siempre; la pandilla te espera.

—¿Dónde? —Paolo sintió la primera punzada de añoranza; en la Tierra, su círculo de amigos siempre se había reunido en una imagen en tiempo real del cráter Pinatubo, extraída directamente de los satélites de observación. Una grabación no sería lo mismo.

—Te lo mostraré.

Paolo tomó la mano de Elena y la siguió al saltar. El estanque, el cielo y el patio desaparecieron… y se encontró mirando una vez más Orfeo… el lado nocturno, pero para nada oscuro. Ahora su paleta mental lo codificaba todo, desde la estela pálida de la corriente de tierra de las ondas largas de radio hasta el rileante multicolor de los rayos gamma isotópicos y la radiación de frenado retrodispersada de los rayos cósmicos. Ahora era evidente a simple vista la mitad del conocimiento abstracto sobre el planeta que la biblioteca le había transmitido. El resplandor termal en suave descenso del océano indicaba instantáneamente trescientos kelvin… así como retroiluminaba la delatora silueta infrarroja de la atmósfera.

Se encontraba de pie en un soporte largo y de aspecto metálico, un borde de una vasta esfera geodésica, abierta a la centelleante catedral del espacio. Alzó la vista y vio el brazo rico en estrellas y atestado de polvo de la Vía Láctea, rodeándole de cenit a nadir; consciente del resplandor de todas las nubes gaseosas, percibiendo todas las líneas de absorción y emisión, Paolo casi podía sentir el plano del disco galáctico cortándolo por la mitad. Algunas constelaciones se veían distorsionadas, pero la vista resultaba más familiar que extraña, y reconoció por el color la mayor parte de los antiguos hitos. Una vez que se orientó, la dirección seguida quedó clara por las pérdidas o ganancias de brillo de las estrellas cercanas. La una vez impresionante Sirio era ahora la que más se había atenuado, así que Paolo buscó en el cielo a su alrededor. A cinco grado –al sur, siguiendo la dirección provinciana de la Tierra- débil pero inconfundible: el Sol.

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