Dilvish, el Maldito

DilvishElMalditoRogerZelazny

Hace cientos de años, Dilvish, mitad elfo mitad humano, interrumpió al peligroso mago oscuro Jelerak en pleno ritual mágico. Semejante atrevimiento le valió el peor de los castigos: su cuerpo fue convertido en piedra y su alma condenada al infierno.
La estatua resultante se colocó en la plaza de una ciudad que, tiempo atrás, Dilvish había salvado de ser conquistada. Cuando los habitantes de Portaroy vuelven a necesitar la ayuda de su héroe, hacen todo lo posible por rescatarlo del infierno en el que está retenido. Al volver al mundo de los vivos, lo hace acompañado de Black, una demoníaca montura con cuerpo de metal, y de una cegadora sed de venganza… pero parece que el destino tiene otros planes para él.
Roger Zelazny fue un escritor estadounidense de novelas e historias cortas de fantasía y ciencia ficción. Todavía hoy, muchos años después de su muerte, sigue siendo aclamado por la crítica como uno de los mejores autores de la literatura fantástica anglosajona del siglo XX.

ANTICIPO:

El camino a Dilfar

Cuando Dilvish el Maldito abandonó Portaroy intentaron detener­lo en Qaran, en Tugado, en Maestar, en Mycar y en Bildesh. Cinco jinetes lo esperaron a lo largo de la ruta que conducía a Dilfar, de tal manera que, cuando cada uno de ellos comenzaba a mostrar signos de flaqueza, era reemplazado de inmediato por otro que iba a lomos de una montura de refresco. No obstante, ninguno de ellos fue capaz de aguantar el ritmo de Black, el caballo de acero del Coronel de Oriente, de quien se decía que había llegado a vender una parte de su alma para poseerlo.
Dilvish había cabalgado durante todo el día y toda la noche para dejar atrás a los ejércitos más avanzados de Lylish, el Coronel de Occidente, pues sus hombres yacían muertos y desangrados sobre las ondulantes llanuras de Portaroy.
Cuando Dilvish se percató de que él era el único que quedaba en pie en el lugar de la masacre, llamó a Black y se subió a aquella montura, que era como una parte más de su propio cuerpo y le ordenó emprender la retirada. Los relucientes cascos de Black le condujeron a través de una línea de lanceros cuyas armas se doblaron como espigas de trigo y cuyas puntas metálicas resona­ron con fuerza al chocar contra su piel negra como la noche.
—¡A Dilfar! —gritó Dilvish, y Black, tras girar en ángulo recto, lo llevó por la cara de un acantilado a la que solo las cabras podían acceder.
Cuando Dilvish se acercaba a Qaran, Black giró la cabeza y le dijo:
—Gran Coronel de Oriente, han minado el aire y el aire que hay bajo el aire con las estrellas de la muerte.
—¿Crees que podrás pasar junto a ellas? —preguntó Dilvish.
—Si vamos por el camino de postas, puede que lo consiga —respondió.
—Entonces adelante sin más dilación.
Los pequeños ojos plateados que observaban desde algún lugar situado más allá de las profundidades y que contenían motas infernales de polvo de estrellas, parpadearon y brillaron mientras avanzaba.
Abandonaron la carretera.
Y fue en el camino de postas donde el primer jinete les salió al encuentro desde detrás de una gran roca y le ordenó a Dilvish que se detuviese. Iba a lomos de un enorme corcel bayo desprovisto de arreos.
—Frenad vuestras riendas, Coronel de Oriente —le ordenó—. Han matado a vuestros hombres y el camino que tenéis por delante se halla sembrado de muerte y flanqueado por los hombres de Lylish.
Pero Dilvish pasó de largo junto a él sin responderle. El jinete, por su parte, espoleó su caballo y lo siguió.
Se mantuvo tras él durante toda la mañana por el camino de Tugado hasta que su caballo, empapado en sudor, se derrumbó y arrojó al jinete contra las rocas.
Al llegar a Tugado, Dilvish se encontró el camino bloqueado por el jinete del semental color rojo sangre, quien le disparó una flecha con su arco.
Black se irguió sobre sus cuartos traseros y la flecha rebotó contra su pecho. Luego abrió mucho los orificios de su hocico y emitió un sonido como el de un pájaro enorme abalanzándose desde el cielo. El semental rojo abandonó el camino de un salto y escapó campo a través.
Black se precipitó hacia delante. El otro jinete hizo girar su caballo y fue tras él. Persiguió a Dilvish hasta que el sol alcanzó su cénit, pero entonces el caballo rojo se desplomó en medio de fuertes estertores. Dilvish continuó cabalgando.
En Maestar el sendero se hallaba cortado a la altura del paso de Reshth.
Un muro de troncos ocupaba el estrecho sendero hasta una altura que era dos veces la de un hombre.
— ¡Salta! —ordenó Dilvish.
Y Black se elevó de tal manera que su salto fue como un arcoíris negro que, tras pasar por encima del obstáculo, alcanzó el otro lado.
Allí delante, al otro extremo del camino, los esperaba el jinete de la yegua blanca.
Black volvió a relinchar pero la yegua permaneció impasible.
La luz se reflejaba en sus resplandecientes cascos de acero, y su lampiña piel parecía haberse vuelto azul a la cegadora luz del mediodía. No redujo la marcha, y el jinete de la yegua, al ver que estaba hecho por completo de metal, se hizo a un lado y desenvai­nó la espada.
Dilvish desenfundó su espada de debajo de la capa y paró una estocada que le iba dirigida a la cabeza cuando pasó junto al otro jinete. El caballero emprendió la persecución gritando:
—¡Por mucho que hayáis superado las estrellas de la muerte y superado esta barrera, jamás llegaréis a Dilfar! ¡Frenad las riendas! Cabalgáis a lomos de un espíritu infernal que ha adop­tado la forma de un caballo, pero os detendrán en Mycar, en Bildesh… ¡o incluso antes!
Pero el Coronel de Oriente no le hizo el menor caso y Black prosiguió la marcha a grandes y ágiles zancadas.
—¡Montáis un caballo que nunca se cansa —le gritó el caballe­ro—, pero eso no significa que esté a prueba de brujería! ¡ Entregadme vuestra espada!
Dilvish se echó a reír y su capa ondeó al viento.
Antes de que el día se convirtiese en noche, la yegua había caído también fulminada y Dilvish se encontraba ya cerca de Mycar.
Black se detuvo súbitamente al llegar junto al río Kethe. Dilvish tuvo que aferrarse con fuerza al pescuezo del animal para evitar salir despedido.
—¡Han destruido el puente! —gritó Black—. ¡Y yo no sé nadar!
—¿Crees que puedes cruzarlo de un salto?
—No lo sé, mi coronel. Es muy ancho, y si no alcanzo la otra orilla no volveremos a ver la superficie. El Kethe es un río muy profundo.
De repente, unos soldados que habían estado ocultos salieron de entre los árboles. Algunos iban a caballo y otros, que blandían lanzas, a pie.
—¡Inténtalo! —dijo entonces Dilvish.
Black marchó inmediatamente a todo galope, corriendo más rápido de lo que cualquier caballo podía llegar a hacerlo. El mundo entero giró y dio tumbos alrededor de Dilvish mientras este se aferraba a Black con fuerza valiéndose de sus rodillas y sus manos cubiertas de cicatrices. El animal relinchó mientras ambos surca­ban el aire.
Cuando cayeron sobre la otra orilla, los cascos de Black se hundieron en la roca y Dilvish se tambaleó sobre la silla. Aun así, logró mantenerse en su sitio y Black liberó sus cascos.
Al volver la vista atrás, Dilvish pudo ver que los soldados, petrificados y con los ojos llenos de asombro, los miraban prime­ro a ellos, luego a las aguas del Kethe y luego de nuevo a ellos.
Cuando reemprendieron la marcha, el jinete del caballo motea­do les dio alcance y les dijo:
—Aunque ya hayáis dejado extenuados a tres caballos, os detendremos de aquí a Bildesh. ¡Rendíos!
Pero Dilvish y Black no tardaron en dejarlo muy atrás.
—Todos creen que eres un demonio, mi querido caballo —le dijo a Black.
El caballo se rió por lo bajo.
—Quizá sería mejor si lo fuese.
Y cabalgaron hasta que se puso el sol y el caballo moteado acabó desplomándose. El jinete maldijo a Dilvish y a Black, pero ellos continuaron cabalgando.
Los árboles empezaron a caer sobre ellos en Bildesh.
—¡Trampas! —gritó Dilvish, si bien Black, que ya estaba en guardia, se dedicaba a esquivarlos y a pasar entre ellos. Se detuvo y se encabritó. Dio un brinco sosteniéndose sobre sus cuartos traseros y saltó por encima de un tronco caído. Se detuvo de nuevo y saltó una vez más. Luego, cuando dos nuevos troncos cayeron al mismo tiempo desde distintos lados del camino, saltó hacia delante, después hacia atrás y luego hacia delante otra vez hasta pasar por encima de ambos.
A continuación, mientras franqueaba dos profundas fosas, una lluvia de flechas se estrelló contra sus costados. Una de ellas hirió a Dilvish en el muslo.
Entonces, el quinto jinete se abalanzó sobre ellos. Su caballo, llamado Sunset, era del color del oro recién acuñado, mientras que el jinete era un joven ágil y liviano, escogido así para mantener la persecución hasta donde fuese necesario. Le arrojó a Dilvish una lanza de aspecto letal que se hizo añicos contra el lomo de Black sin que este llegase siquiera a inmutarse. Luego echó a correr a toda velocidad en pos de Dilvish mientras le gritaba:
—¡Hace tiempo que admiro a Dilvish, Coronel de Oriente, así que no deseo verlo muerto! ¡Rendíos a mis pies! Seréis tratado con todos los honores que se merece alguien de vuestro rango.
Dilvish rompió a reír y respondió:
—De ninguna manera, muchacho. Prefiero morir antes que entregarme a Lylish. ¡Adelante, Black!
Black redobló el paso, con lo que el muchacho, inclinándose sobre el pescuezo de Sunset, emprendió la persecución. Llevaba una espada al costado, pero no tuvo ocasión de usarla porque, aunque Sunset aguantó galopando toda la noche durante más tiempo y distancia que cualquiera de sus antecesores, al final acabó también desplomándose cuando el cielo comenzaba a palidecer por el este.
Mientras permanecía allí tumbado, pugnando por levantarse, el joven gritó:
—¡Aunque hayáis escapado de mí, caeréis a manos de Lance!
Así que, por fin, Dilvish, llamado el Maldito, se encontró cabalgando a solas por las colinas que guardaban Dilfar llevando su mensaje para dicha ciudad. Y aunque montaba un caballo de acero llamado Black, temía encontrarse con Lance, el de la Armadura Invencible, antes de poder entregar el mensaje.
Cuando comenzó a descender el último tramo del camino, un hombre provisto de armadura que cabalgaba a lomos de un caballo cubierto también de armadura intentó detenerlo nueva­mente. El hombre bloqueaba el camino por completo y, aunque llevaba visera, Dilvish supo, a juzgar por su vestimenta, que aquel era Lance, la mano derecha del Coronel de Occidente.
—¡Deteneos, Dilvish! —gritó—. ¡No podréis vencerme!
Lance parecía una estatua.
Dilvish detuvo a Black y esperó.
—Os conmino a que os rindáis inmediatamente.
—No —repuso Dilvish.
—En ese caso no tendré más remedio que mataros.
Dilvish desenvainó su espada.
El otro se echó a reír.
—¿Acaso no sabéis que mi armadura es indestructible?
—No —contestó Dilvish.
—De acuerdo, entonces —contestó soltando algo parecido a una risa—. Estamos solos aquí, tenéis mi palabra. Desmontad y yo haré lo mismo. Cuando os percatéis de lo inútil que resulta vuestro intento podréis salvar la vida. Seréis mi prisionero.
Los dos desmontaron.
—Estáis herido —dijo Lance.
Sin pronunciar respuesta, Dilvish le lanzó varias estocadas a la altura del cuello con la intención de desgarrarle la cota de malla. Pero esta no solo resistió, sino que ni siquiera sufrió el más mínimo rasguño que pudiese delatar el poderoso golpe que hubiese decapitado a cualquier otro.
—Como habréis podido comprobar, mi armadura es indestruc­tible. Fue forjada por las mismísimas Salamandras y sumergida en la sangre de diez vírgenes.
Dilvish le lanzó una estocada a la cabeza y, conforme lo hacía, se desplazó lentamente hacia la izquierda, de manera que Lance quedó de espaldas a Black, el caballo de acero.
— ¡Ahora, Black! —gritó Dilvish.
Entonces Black se alzó sobre sus patas traseras y se echó hacia delante, atacando a Lance con sus cascos.
El caballero llamado Lance se giró rápidamente y los cascos le golpearon en el pecho, haciéndole caer.
Dos relucientes marcas de cascos habían quedado grabadas sobre su peto.
—Teníais razón —le dijo Dilvish—. Es indestructible.
Lance soltó un gemido.
—Y pensar que podría mataros aquí mismo ensartando la hoj a de mi espada en la ranura de vuestra visera. Pero no lo haré, pues no os he vencido de manera justa. Cuando os recuperéis decidle a Lylish que Dilfar estará preparada para su llegada, por lo que será mejor que retroceda.
—Cuando conquistemos la ciudad tendré preparado un saco para guardar en él vuestra cabeza —repuso Lance.
—Os mataré en la llanura que se extiende ante la ciudad —le dijo Dilvish.
Dicho esto, volvió a montar sobre Black y se alejó por el camino dejando al otro allí tumbado sobre el suelo.
Y mientras galopaban, Black le dijo:
—Cuando volváis a enfrentaros golpeadle sobre las marcas que han dejado mis cascos. En ese punto la armadura se quebrará.
Cuando entró en la ciudad, Dilvish recorrió las calles que conducían al palacio sin dirigirles ni una sola palabra a cuantos le salían al encuentro.
Una vez dentro del palacio, se anunció a sí mismo:
—Soy Dilvish, Coronel de Oriente —dijo—, y estoy aquí para informar de que Portaroy ha caído y se encuentra en poder de Lylish. Los ejércitos del Coronel de Occidente avanzan en esta dirección y se encontrarán aquí en un plazo de dos días. ¡Daos prisa y armaos! Dilfar no debe caer.
—¡Que suenen las trompetas —ordenó el rey levantándose del trono—, y reunid a los guerreros! Debemos prepararnos para la batalla.
Mientras las trompetas resonaban, Dilvish probó una copa del magnífico vino tinto de Dilfar. Y conforme le iban llevando raciones de carne y pan tierno, recordó la fuerza y resistencia de la armadura de Lance. Supo entonces que tarde o temprano tendría que volver a poner a prueba su indestructibilidad.

La canción de Thelinde

Al atardecer, al otro lado de la colina y bajo una luna enorme y dorada, Thelinde cantaba.
En el inmenso salón embrujado de Caer Devash, rodeado de pinos y cuya imagen se reflejaba al pie de los acantilados sobre las plateadas aguas del río Denesh, Mildin alcanzó a oír la voz de su hija y la letra de su canción:
Los caballeros de Westrim son fuertes, los caba­lleros de Westrim son valientes, pero cuando Dilvish el Maldito regresó les heló la sangre en las venas. Cuando lo persiguieron desde Portaroy hasta Dilfar en el este cabalgaba sobre una criatura salida del infierno: una bestia ne­gra hecha de acero. No podían herir ni doblegar su montura —el caballo al que los hombres llaman Black—, y es que el coronel se hizo sabio gracias a la maldición de Jelerak.
Mildin se estremeció y fue en busca de su reluciente capa mágica, pues era ni más ni menos que la Señora del Aquelarre, y, tras echársela sobre los hombros y abrochársela a la altura del cuello con la humeante Piedra lunar, se convirtió en un páj aro de color gris que salió volando por la ventana y pasó por encima del Denesh.
Cruzó la colina donde Thelinde se hallaba de pie mirando fijamente hacia el sur y, tras posarse sobre una de las ramas más bajas de un árbol cercano, dijo:
—Hija mía, deja ya de cantar.
—¡Madre! ¿Qué ocurre? —preguntó Thelinde—. ¿Por qué os habéis transformado en pájaro?
Sus ojos eran profundos, pues obedecían a los cambios de la luna, y en su cabello refulgía el fuego plateado propio de las bruj as del norte. Tenía diecisiete años, era de grácil figura, y le maravi­llaba cantar.
—En tu canción has pronunciado un nombre que no se debe mencionar ni siquiera en la seguridad de nuestra fortaleza —le dijo Mildin—. ¿Dónde has aprendido esa canción?
—Me la enseñó una criatura de la cueva —le contestó—, allí donde el río Midnight forma una laguna antes de esconderse bajo tierra.
—¿Y qué criatura era esa que habitaba la cueva?
—Ya se ha ido —respondió Thelinde—. Era un viajero de piel oscura, del tipo de las ranas, según creo, que se encontraba descansando allí en su camino al Consejo de las Bestias.
—¿ Te explicó el significado de esa canción ? —preguntó Mil din.
—No. Solo me dijo que era nueva y que hablaba de las guerras que tienen lugar en el sur y en el este.
—Eso es cierto —dijo Mildin—, y mientras la rana no tiene miedo a croarlo porque es una criatura oscura y su canto carece de importancia para los poderosos, tú, Thelinde, debes tener más cuidado. A no ser que sean especialmente temerarios, todos aquellos que tienen poder temen pronunciar ese nombre que empieza por jota.
—Y eso, ¿a qué se debe?
El pájaro gris revoloteó hasta posarse sobre el suelo. Un instante más tarde la madre de Thelinde estaba allí, a su lado, alta y pálida bajo la luna. Llevaba el pelo recogido y enroscado en forma de corona de aquelarre, tal y como le correspondía a causa de su cargo.
—Déjame envolverte con mi capa y viajemos hasta el estanque de la Diosa mientras los rayos de la luna rozan todavía su superficie —le dijo Mildin—. De esa manera podrás ver algo de cuanto acabas de cantar.
Descendieron por la colina hasta el lugar en el que el riachuelo, que solía nacer en lo alto de la colina durante la primavera, discurría mansamente hasta el estanque. Mildin se arrodilló a su lado en silencio e, inclinándose hacia delante, respiró profunda­mente sobre la superficie del agua. Entonces llamó a Thelinde a su lado y las dos miraron hacia abajo.
—Fíjate en la imagen de la luna reflejada en el agua —le dijo—. Observa con atención. Escucha.
—Hace mucho tiempo —comenzó a relatar—, antes incluso de cuanto alcanzamos a recordar, había una Casa que fue excluida del señorío de Oriente porque varias generaciones se habían mezcla­do en matrimonio con la raza de los elfos. Los elfos eran altos y apuestos, rápidos de pensamiento y de acción y, aunque su raza es mucho más antigua que la de los hombres, estos no suelen admitir la nobleza de los elfos. Una pena. El último miembro de esta Casa, despojado de sus tierras y títulos, probó suerte en toda clase de oficios, desde aquellos relacionados con el mar hasta los que suelen desempeñarse en las montañas, hasta que finalmente se hizo soldado y participó en las primeras guerras con Occidente, hace ya unos cuantos siglos. Destacó con honores en la batalla de Portaroy al liberar a la ciudad de sus enemigos, de ahí que pasara a ser llamado Dilvish el Libertador. ¡Mira! ¡La imagen se va aclarando! Es la llegada de Dilvish a Portaroy…
Y Thelinde miró fijamente el estanque, en cuya superficie acababa de tomar forma una imagen.
Era alto y más oscuro que los elfos, y tenía unos ojos burlones en los que resplandecía el orgullo del triunfo. Iba a lomos de un semental pardo, y su armadura, aunque mellada y arañada, brillaba a la luz del sol de la mañana. Cabalgaba a la cabeza de sus tropas y los habitantes de Portaroy se agolpa ban a ambos lados del camino para vitorearle mientras las mujeres lanzaban flores a su paso. Cuando finalmente llegó a la fuente de la plaza, desmontó y bebió el vino de la victoria. Luego los ancianos del lugar pronunciaron discursos de agra­decimiento y la ciudad entera celebró un fastuoso banquete en honor de sus libertadores.
—Parece ser un buen hombre —dijo Thelinde—. ¡Y qué espada tan magnífica lleva! ¡Le llega hasta las botas!
—Sí, un arma de empuñadura larga que desde aquel día fue llamada Libertadora. Y verás que sus botas están hechas con el cuero verde de los elfos, que ningún hombre puede comprar, pero que a veces es entregado como regalo, como muestra de favor por parte de los Grandes. Se dice de ellas que no dejan huellas. Es una pena que una semana después de aquella celebración, que aquí puedes contemplar, Libertadora fuese hecha añicos y Dilvish dejase de pertenecer al mundo de los vivos.
—¡Pero si todavía vive!
—Sí… Otra vez.
Las aguas del estanque se agitaron y una nueva imagen afloró a la superficie.
La oscura ladera de una colina. Un hombre ataviado con capa y capucha en medio de un brillante círculo de fuego. Una muchacha maniatada sobre un altar de piedra. Un cuchillo en la mano derecha del hombre y un báculo en la izquierda.
Mildin sintió como los dedos de su hija se aferraban a su hombro.
—¡Madre! ¿Quién es?
—Aquel cuyo nombre nunca debes pronunciar
—¿Y qué hace?
—Algo siniestro, algo para lo que se requiere la sangre de una virgen. Lleva esperando una eternidad a que las estrellas se alineen en la posición adecuada para llevar a cabo este ritual. Ha venido desde muy lejos hasta ese antiguo altar en las colinas de Portaroy, el lugar en el que debe consumarse el ritual.
—Observa cómo todas esas criaturas oscuras bailan alrededor del círculo: murciélagos, espectros y fuegos fatuos. ¡todos ellos anhelando conseguir una gota! Pero ninguno de ellos se atreverá a tocar el círculo.
—Por supuesto que no.
—Ahora, a medida que las llamas del fuego van creciendo cada vez más y las estrellas van adoptando la posición adecuada, se prepara para matarla.
—¡No puedo mirar!
—¡Mira!
—Es el Libertador, Dilvish, que se acerca.
—Así es. Siguiendo las costumbres de los Ancianos, apenas duerme. Se dedica a pasear por las colinas de Portaroy ataviado con su traj e de batalla, tal y como la gente espera de los libertadores como él.
—Ve a Jel. ¡Ve el círculo! ¡Y se aproxima a él!
—En efecto. Y rompe el círculo. Al llevar sangre élfica en las venas sabe que su capacidad para repeler hechizos es diez veces mayor que la de un hombre. Pero desconoce de quién es el círculo que ha roto. Aun así, aquello no acaba con él. No obstante, se encuentra más débil. ¡Mira, de hecho, cómo se tambalea! Así de grande es el poder de ese ser.
—Dilvish golpea al hechicero con la mano y lo derriba. Este, al caer, vuelca el contenido del brasero. Entonces Dilvish se vuelve para liberar a la muchacha.
En el estanque, la sombra que pertenecía al hechicero se elevó desde el suelo. Y aunque su rostro siguió oculto bajo la capucha, levantó en alto su báculo. De repente pareció crecer hasta alcanzar una altura increíble y su báculo se alargó con él y comenzó a retorcerse como si de una serpiente se tratara. Estiró entonces el brazo y tocó a la mujer con la punta de los dedos.
Thelinde gritó.
La muchacha comenzó a envejecer ante sus propios ojos. Aparecieron arrugas en su cara y su pelo encaneció. Su piel se marchitó y sus huesos comenzaron a marcarse bajo esta cada vez más.
Finalmente dejó de respirar, pero no terminó con ello el encantamiento. La criatura que yacía sobre el altar se marchitó y un fino polvillo parecido al humo se elevó en el aire.
Luego, sobre la piedra, no quedó más que un esqueleto.
Dilvish se volvió hacia el hechicero blandiendo a Libertadora por encima de su cabeza.
Pero cuando Dilvish descargó su estocada, el Oscuro tocó la espada con su báculo y esta se rompió en varios pedazos que cayeron a sus pies. Entonces Dilvish avanzó un paso hacia el hechicero.
Una vez más el báculo se movió hacia delante y una nubecilla de fuego pálido ocultó la imagen del Libertador. Al cabo de un rato, la nube se disipó. Pero Dilvish continuaba allí plantado, inmóvil.
La imagen se desvaneció.
—¿Qué ha ocurrido?
—El Oscuro —dijo Mildin— lanzó sobre él una terrible maldición contra la que ni siquiera la sangre de los elfos estaba a prueba. Observa ahora.
El día caía sobre la ladera. El esqueleto yacía sobre el altar. El brujo había desaparecido y Dilvish se encontraba solo, convertido en una estatua de mármol a la luz del sol mientras el rocío de la mañana caía sobre él. Tenía el brazo todavía en alto como si se dispusiese a golpear a su enemigo.
Más tarde, unos cuantos muchachos que pasaban por allí se acercaron a él y se quedaron contemplándolo durante largo rato. Luego corrieron hasta la ciudad para contar lo que habían visto. Los más ancianos de Portaroy se internaron en las colinas y, tomando la estatua como si fuese el regalo de uno de los supuestos amigos del Libertador, la cargaron en un carro y se la llevaron a la ciudad, donde la colocaron en la plaza que se levanta junto a la fuente.
—¡Él lo ha convertido en una estatua de piedra!
—Así es. Y permaneció allí de pie en aquella plaza durante más de dos siglos. Su propio monumento, con el puño alzado contra los enemigos de la ciudad que él mismo había liberado. Nadie supo jamás qué había sido de él, pero todos sus amigos fueron envejeciendo y muriendo mientras su estatua permanecía allí impasible.
—Y durmió un sueño de piedra.
—No, pues el Oscuro no se muestra tan amable cuando echa una maldición. Mientras su cuerpo permanecía rígido y ataviado para la batalla, el alma de Dilvish descendió hasta las simas más profundas del infierno que el Oscuro fue capaz de encontrar. —Oh.
—Y si el hechizo tenía que ser así, o si su sangre élfica se mantuvo en tiempos de necesidad, o si algún poderoso aliado de Dilvish descubrió alguna vez la verdad y acudió a liberarlo, eso nadie lo sabe. Lo cierto es que hace tan solo unos días, mientras Lylish, el Coronel de Occidente, asolaba el territorio, todos los hombres de Portaroy se reunieron en la plaza para prepararse para defender su ciudad.
La luna se había deslizado hasta el borde del estanque. Y bajo su luz apareció otra imagen.
Los habitantes de Portaroy se estaban armando y entrenando en la plaza. No parecían ser muchos, pero estaban dispuestos a vender cara su piel. Esa mañana, muchos alzaron la mirada hacia la estatua del Libertador como invocando a la leyenda. Y enton­ces, cuando el sol la cubrió por completo con su luz, la estatua se movió.
Durante todo un cuarto de hora, muy despacio y con aparente gran esfuerzo, sus extremidades cambiaron de postura. Todos cuantos se encontraban en la plaza se quedaron allí de pie observando. Ahora eran ellos quienes eran incapaces de moverse. Finalmente, Dilvish se bajó del pedestal y bebió agua de la fuente.
Todos lo rodearon y él se volvió hacia ellos.
—¡Mirad sus ojos! ¡Han cambiado!
—Después de todo lo que debe de haber visto con los ojos de su alma, ¿te extraña que los de su rostro no lo reflejen?
La imagen se desvaneció y la luna se alejó nadando.
—Y de algún lugar consiguió un caballo que no era un caballo, sino una bestia de acero dotada de la apariencia de un caballo.
Por un momento, una oscura figura al galope se mostró en el estanque.
—Ese es Black, su montura. Dilvish lo cabalgó durante la batalla y, aunque también luchó mucho rato a pie, fue a lomos de él como consiguió salir de allí, mucho más tarde, como único superviviente. Durante las semanas precedentes a la batalla entrenó a sus hombres a conciencia, pero estos resultaron ser demasiado escasos. Lo nombraron Coronel de Oriente en contra­posición al título ostentado por lord Lylish. Todos salvo él cayeron en la batalla, a pesar de que los señores del resto de las ciudades de Oriente se habían alzado en armas y habían recono­cido oficialmente su rango. Ese mismo día, según se dice, se presentó ante las murallas de Dilfar y batió a Lance, el caballero de la Armadura Invencible, en un duelo cuerpo a cuerpo. Pero ahora la luna se pone y el agua se oscurece.
—Ya, pero ¿y el nombre? ¿Por qué no puedo mencionar el nombre de Jelerak?
Nada más decir aquello, el batir de dos grandes alas resonó por encima de sus cabezas. La luna se ocultó tras una nube y una oscura figura se reflejó en lo más profundo del estanque.
Mildin arrebujó a su hija bajo su capa mágica. El batir de alas cobró fuerza y una ligera niebla comenzó a caer alrededor de ellas.
Mildin hizo la Señal de la luna y comenzó a hablar en voz baja.
—Volvemos a encontrarnos. En el nombre del Aquelarre, del que yo soy la Señora, os ordeno que regreséis. Retornad al lugar del que habéis venido. No deseamos que vuestras oscuras alas sobrevuelen Caer Devash.
Una corriente de aire se precipitó sobre ellas y un inexpresivo rostro rodeado por dos enormes alas de murciélago revoloteó por encima de sus cabezas. Sus garras resplandecían tenuemente como si estuviesen hechas de metal recién forjado.
Aquel ser voló en círculo alrededor de ellas. Mildin se arropó con más fuerza dentro de su capa y levantó una mano.
—En el nombre de la Luna, nuestra Madre, en todas sus formas, os ordeno que regreséis. ¡Ahora! ¡En este mismo instante! ¡Alejaos de Caer Devash!
El ser se posó sobre el suelo junto a ellas, pero la capa de Mildin empezó a brillar y la Piedra lunar comenzó a arder con una suave llama. El recién llegado se apartó de la luz y retrocedió hasta quedar envuelto en la niebla.
En ese momento, las nubes se apartaron y la luz de la luna pasó entre ellas. Un límpido rayo lunar cayó sobre la criatura.
Esta profirió un grito, como si de un hombre malherido se tratase, y a continuación se elevó en el aire y desapareció en dirección suroeste.
Thelinde miró a su madre, cuyo rostro parecía haberse vuelto de repente muy viejo y cansado.
—¿Qué era eso? —le preguntó.
—Era un siervo del Oscuro. Intenté advertirte de la manera más clara posible de su poder. Su nombre se ha empleado durante tanto tiempo para conjurar las almas caídas y los espectros oscuros que ha acabado convirtiéndose en un Nom­bre de Poder. Cada vez que uno de dichos siervos lo oye mencionar se apresura a encontrar a quienquiera que lo haya hecho por si por casualidad se tratase de su propio amo y este pudiese llegar a enfadarse por su tardanza. Si no es su amo quien ha hablado suelen buscar venganza en el presuntuoso que ha osado mencionar su nombre. Se dice también, sin embargo, que si es la misma persona la que menciona el nombre demasiado a menudo, es el mismísimo Oscuro quien se percata de ello y se encarga de enviar una maldición sobre dicha persona. En cualquier caso, no es muy conveniente cantar esa clase de canciones.
—No lo volveré a hacer. ¿Cómo puede un hechicero ser tan fuerte?
—Él es tan viejo como estas colinas. En otros tiempos fue un mago blanco, pero se desvió por caminos oscuros y eso lo convirtió en alguien particularmente malvado. Como te puedes imaginar, en casos así rara vez se cambia para mejor. Hoy se dice de él que es uno de los tres magos más poderosos, o tal vez el más poderoso, de todos los hechiceros que existen en todos los reinos de todas las tierras. Todavía vive, y es muy fuerte a pesar de que la historia que has visto ocurrió hace siglos. Pero ni siquiera él está libre de problemas.
—¿Por qué lo decís, madre? —preguntó la hija de la bruja.
—Porque Dilvish ha resucitado y me imagino que estará algo enfadado con él.
La luna salió de detrás de la nube tras la que se había ocultado poco antes. Era enorme, y durante el tiempo que había permane­cido oculta se había vuelto del color del oro.
Mildin y su hija comenzaron a subir la colina en dirección a Caer Devash, la ciudad rodeada de pinos que se erigía sobre el Denesh, el río de plata.

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