Dios, patria, riqueza

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La influencia de la religión, el poder de los lobbys, el imperativo del beneficio, el culto a la innovación. Historias y personajes de un país en crisis de identidad: Estados Unidos. En este ensayo, compuesto por cientos de fragmentos-artículos que forman un caleidoscopio fascinante de los aspectos más controvertidos de la cultura estadounidense, Massimo Gaggi nos sumerge en un viaje, a veces surrealista, a veces sorprendente y siempre esclarecedor, a través de los tres pilares —religión, patriotismo, economía— de un mundo que, de tan presente, nos cuesta entender sin su contexto. Lejos de los discursos habituales sobre el país más polémico del planeta, Dios, patria, riqueza propone una mirada que, partiendo de situaciones concretas (las megaiglesias que mezclan marketing y espiritualidad, el fenómeno social de los circuitos Nascar o la beneficencia como una empresa viable económicamente), extrae las claves de un modo de pensar que en cierta medida ha cambiado la fisonomía imaginaria del mundo que nos rodea.

ANTICIPO:
Una religiosidad que tiene mil caras mezcla sensibilidades profundas y pragmatismo, dogmas arcaicos y formas extremas de comercialización de la fe. En Estados Unidos, los «cruzados» del integrismo cristiano, aunque también otras comunidades confesionales, influyen de manera muy relevante en la política y en la organización social, sobre las que pesa cada vez más el concepto de Patria, o, mejor dicho, el fuerte sentimiento de identidad nacional, ese patriotismo que surge de la conciencia de que Estados Unidos nació de un experimento social audaz y único, el orgullo por el papel desempeñado en el mundo que permanece vivo incluso cuando no se comparten las decisiones ni el modo de actuar del Gobierno en el poder: «Con razón o sin ella, mi País». Y además está la producción de riqueza: la obsesión por el crecimiento, el ansia de aumentar la facturación y el producto interior bruto en un país que considera el dólar como la menos imprecisa de las unidades de medida con las que se puede valorar —al menos a primera vista— personas y hechos. Dios, patria, riqueza es una galería de historias y de personajes de este país —Estados Unidos— optimista y excesivo, vital, creativo, a veces loco; se muestran fragmentos de la aventura de un país que suscita una creciente hostilidad, tanto por su papel de única superpotencia como por su voluntad de exportar valores políticos y esquemas culturales que muchos pueblos de otros continentes ven extraños, y que incluso a la «madre» Europa a menudo le cuesta comprender. Se trata de un país que, con el comienzo de la campaña electoral más larga, intensa y costosa de su historia, ha empezado a reflexionar sobre sí mismo, sobre los errores del pasado reciente que le han hecho perder la simpatía incluso de países que siempre le han apoyado. Un país que, junto a los candidatos demócratas y republicanos que han empezado a competir cuando todavía falta un año para las elecciones a la Casa Blanca de noviembre de 2008, se hace preguntas sobre las dificultades económicas que hacen peligrar importantes conquistas sociales y los propios frutos del «milagro» de quince años de intenso crecimiento y sin inflación. Este país, que tendrá que curar muchas patologías, sigue siendo, en cualquier caso, la referencia de nuestro mundo, no sólo por su fuerza militar o por la fuerza económica de sus multinacionales: los Estados Unidos siguen siendo una referencia por su capacidad de atraer cerebros, de crear y gestionar redes de enorme complejidad —desde Internet hasta la logística de los transportes mundiales—, de mantener la universidad y la investigación tecnológica en un nivel de excelencia, de integrar a los distintos pueblos y etnias que viven en su territorio, así como por la habilidad para proteger los mecanismos democráticos —que, además, desde el año 2001 han sufrido duros golpes, justificados por Bush con los imperativos de la guerra contra el terrorismo— con un eficaz sistema de controles convergentes activados por los distintos niveles de las instituciones políticas, económicas y sociales. Es un mundo en el que la religión y el patriotismo se convierten en un valioso aglutinante social y sirven para «hacer equipo» en el ámbito de la actividad empresarial. Un universo que a veces les parece extraño incluso a un alemán, a un italiano, a un español porque, aunque se basa en las raíces comunes de la cultura occidental, intenta personificar aquel Nuevo Mundo que los fundadores, desilusionados y expulsados de Europa, habían ido a construir al otro lado del Atlántico, y que constituye la esencia, el extraordinario optimismo y la irreprimible ausencia de medida del sueño americano, alimentado por los infinitos espacios de las praderas y por el mito de la frontera. Un sueño que todavía sobrevive, incluso en un país que descubre de repente que un tercio de su población es obesa, que sus «ascensores sociales» ya no funcionan o son lentísimos, que empieza a estar superpoblado y que tiene serios problemas de contaminación. La «última frontera» para quien se siente terriblemente atraído por los espacios infinitos, por el reto de la naturaleza y, en última instancia, por el enfrentamiento consigo mismo, se ha trasladado más al norte, a la espléndida y despiadada tierra de Alaska.

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