Dos Coronas

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Es tiempo de guerra. Siempre lo fue.
Durante siglos las dos Coronas se han enfrentado en un pulso de violencia y ambición. Los odios ancestrales se heredan batalla tras batalla.
Soota es un joven de espíritu rebelde y temerario. La pérdida de los recuerdos de su infancia ha forjado un corazón duro que lo ayuda a sobrevivir a las intrigas de una sociedad cruenta y convulsa. Es el mejor asesino que se ha adiestrado en la corte, y en él no hay cansancio, ni remordimiento ni dolor.
Su pasado, construido con mentiras, se derrumba el día que descubre que por sus venas corre la sangre de la casta real del enemigo. Comienza entonces para él un largo viaje hacia el honor, la lealtad y la compasión.
En medio del juego letal que disputan los dos reinos, Soota combatirá en una devastadora ofensiva. Pero, sobre todo, luchará por alcanzar su destino, la ansiada paz, la esperanza de recuperar lo perdido y redimir, así, su alma.

ANTICIPO:

Tengo que regresar. Si me echan en falta vendrán a buscarme, y no será con buenas intenciones. Creedme, mi vuelta no se puede demorar. Sé que es comprometido, pero… debéis confiar en mí. Regresaré a vuestro lado en cuanto me sea posible.
Los abuelos del joven no podían dar crédito a lo que escuchaban. Acababan de recuperar a su nieto y ya les estaba hablando de su marcha.
—¿Temes una represalia? —Los ojos de Fiendus se estiraron en dos líneas—. Conozco la dureza de la disciplina del ejército de Erigia, e imagino que el castigo para un desertor es ejemplar. Pero ahora que sabes tu verdadero origen no puedes volver a esa tierra. Eres un príncipe aldario y… ¡Tu sitio no está entre esa gente! —añadió algo alterado.
—Max, tranquilízate —le habló Magda—, el chico tendrá sus razones. Ha prometido volver.
El viejo capitán no quería considerar la posibilidad de que el joven regresase a las filas del ejército erigio. Se acercó al rincón donde descansaba la herrumbrosa espada que no había blandido desde hacía años. La desenvainó con cierta dificultad y la hizo cortar el aire con un par de mandobles.
—Aquí tienes mi brazo, Doogan. No dejaré que te toquen ni un solo pelo. Te acompañaré hasta el mismo corazón de Betengard.
Soota sonrió, complacido por aquel endeble despliegue de protección que le brindaba su abuelo. Los ancianos no comprendían que no era él sino ellos los que estaban en peligro, y que cada minuto que pasaba en su compañía era vital y corría en su contra. No era momento para dar explicaciones, quizá más adelante, en otra ocasión. Con mano firme bajó la espada de Fiendus y le habló cordialmente para no ofenderlo.
—Guarda el arma. Si en algo aprecias tu vida, debes dejar que siga mi camino. No es mi intención contrariarte, pero hay muchas cosas que desconoces de mi reciente pasado. —Las palabras del erigio sonaban sinceras—. Ahora debo volver, todavía estoy a tiempo de que mi ausencia pase desapercibida y de justificar esta escapada ante el compañero que me espera en un lugar cercano. Devolvedme mis armas y mi ropa —ordenó.
Fiendus percibió un gran cambio en su nieto. Había recuperado la sólida compostura de la primera vez que lo vio, y su talante emanaba la autoridad de una persona acostumbrada a llevar un mando. Para él era fácil reconocerlo, pues no había conocido otra vida que la de capitán.
—Está bien, muchacho.
Soota se volvió a vestir la sucia y raída indumentaria de color pardo y las pesadas botas negras remachadas de acero. Ciñó su larga espada sobre su espalda, bien sujeta por un doble correaje, y su daga pendió nuevamente de su cinto. Fiendus no pudo reprimir que un suspiro expresase la aflicción que lo invadía.
—Toma hijo, estarás hambriento. Llévate esto, por lo menos —le dijo Magda mientras le alcanzaba un hatillo de tela blanca que olía muy apetitoso.
El joven guardó los alimentos en su morral y, tras un titubeo, la besó en la mejilla. Después de echarse la capa de piel de zorro por los hombros, se dirigió a la puerta. Al abrirla, la tenue luz del amanecer iluminó el interior de la casa, dejando ver como una gata blanca ronroneaba sobre la cama. Salió a la fría mañana sin decir una palabra ni volver la vista atrás, y se alejó con pasos decididos.
—No te preocupes, Max, nuestro príncipe volverá. Lo he visto en sus ojos.

El sol apenas asomaba tras las redondas y verdes colinas. La tierra estaba blanda, encharcada por la tormenta del día anterior, y no era fácil avanzar campo a través. La niebla matutina difuminaba el paisaje, envolviéndolo en un velo lechoso que habría confundido el rumbo a otra persona menos experimentada que Soota. Sin embargo, el erigio no se desorientaba nunca. Tenía un sentido innato, casi animal, que evitaba que se perdiese incluso en los lugares más lejanos y desconocidos. Siempre sabía en qué dirección debía caminar.
Una fina lluvia empezó a caer suavemente, y la falta de viento le dio una extraña verticalidad, semejando una cortina de agua. En la cabeza de Soota se arremolinaban las imágenes de sus abuelos, el olor a limpio de su propia piel, el acento aldario de sus voces que aún resonaba en sus oídos, llamándole «Doogan». Ahora, de nuevo en la intemperie, sintiendo las perneras húmedas del pantalón contra sus muslos, le parecía estar reviviendo una vana ilusión. Pero no era así, aquel encuentro era tan cierto como el ligero olor a pan fresco y a fruta que venía de su morral.
Poco a poco, la confusión fue pasando, y todo comenzó a encajar, a tomar forma. Eran muchas las piezas del pasado y del presente que empezaban a casar, pero la inmensa laguna que ocupaba toda su infancia seguía ahí, como una barrera infranqueable. Cuando, horas antes, escuchó su verdadero nombre había sentido un leve estremecimiento en el corazón. Más adelante, él también lo pronunció y le pareció que algo se había roto en el inmenso muro opresor de los recuerdos que permanecían ocultos.
Soota era consciente de que lo que había sucedido en el hogar de los Fiendus suponía un antes y un después en su vida. Había recuperado un fragmento de la conciencia dormida que pertenecía a otro hombre que no era él, y que quizá podría llegar a ser si recobraba su identidad perdida.
Y, por primera vez, había llorado con un sentimiento de indefensión y tristeza nuevas para él.
¿Cómo explicarles aquella dualidad a unos ancianos que solo veían en él a su nieto Doogan? ¿Cómo decirles que el niño desaparecido de Betengard estaba perdido, subyugado, dominada su mente por un potente conjuro? ¿Podrían entender que una pequeñísima parte del príncipe Doogan había sido liberada, y que a partir de aquel instante la sentía como una cálida lucecita dentro de su ser? Mucho menos estarían preparados para comprender que mientras esa muralla no se rompiese en mil pedazos él era y seguiría siendo Soota, el erigio, y que debía volver al único reino que conocía.
Si no hubiera sabido que eran de su misma sangre los ha bría matado sin pestañear. Ni la misericordia ni la piedad formaban parte del duro entrenamiento de los guerreros del ejército erigio, y Soota había sido muy bien aleccionado. Por el filo de su espada pasaron decenas de aldarios, y no solo durante el combate. Había participado en numerosas incursiones, muchas no autorizadas, como aquella, y había robado, matado y violado por obtener un par de gallinas, unas botellas de licor o simplemente un poco de diversión.
Si ya de por sí los erigios eran una casta de hombres violentos y temerarios, él se podía considerar como un azote de villanía para los suyos. Pocos eran los que se atrevían a contradecirle por temor a que su puño les saltase algunos dientes. Los guerreros cercanos a Soota no conocían el motivo de aquella falta de empatía que le hacía caer en muchos actos de barbarie. Nadie imaginaba que la ausencia de recuerdos de una infancia, mejor o peor, podían convertir a un hombre en un autómata que en poco valoraba la vida humana. Soota no cono cía la inocencia de sentirse niño, no recordaba el arrullo de una madre, ni los juegos infantiles, ni el haber perseguido una mariposa que al final se escapa por el vado de un río.
En su mente no había nada más allá de un adolescente malherido, aquejado de un fuerte dolor de cabeza, y que no paraba de gemir y vomitar. Estuvo así durante dos días, hasta que su débil cuerpo se fue recuperando de la mala caída de un caballo. Le contaron cómo había sucedido: viajaban a la capital, a la casa de su padre. Su montura se encabritó al ser alcanzada por una andanada de flechas. Una banda de malhechores los había emboscado en un abrupto paso montañoso. Ninguno de aquellos detalles le hizo retornar la memoria, y dentro de él se arraigó el presentimiento de haber sido víctima de un «borrado». Debía de tener un pasado infame que no tenía lugar en la nueva vida que le esperaba junto a su padre. Soota se convirtió en un muchacho desesperanzado, profundamente dolido. Lastimado.
Fue el germen que lo transformó en alguien peligroso, incluso para sí mismo.
Y nueve años después, el relato arrebatado de un viejo capitán le había traído noticias de su procedencia y del lugar e incidentes que rodearon su nacimiento. Lo escuchó un poco incrédulo; mas, cuán hermoso le resultaba oír hablar de uno mismo, de unos padres y hermanos; escuchar palabras emocionadas como que una abuela amorosa se preocupaba por no poder velar el sueño de su niño.
No todo lo que le contaron fue agradable, pero ¿acaso no era mejor tener un pasado por el que sufrir que un insondable vacío? Ahora deseaba más que nunca recuperar aquellos momentos vividos, buenos y malos.
Lo que de verdad le había sorprendido fue conocer quién era su padre. El rey Geroy Benrich, el hijo del rey Gronic y la reina Eliza, descendiente de un linaje centenario, en quien residía toda la potestad para gobernar a los aldarios, rodeado de los nobles que lo seguirían hasta la muerte en sus decisiones. Un rey en cuyas sienes descansaba la más preciada de todas las joyas, una reliquia de oro blanco y rubíes: la corona del Reino de Aldaria. Ahora sabía que por sus venas se mezclaba la sangre real aldaria y la de una hechicera.
También le inquietaba un asunto muy turbio que no alcanzaba a desentrañar y que se refería a la noche de su desaparición. No desconocía la historia del asalto a Betengard y la muerte de los infantes; la había escuchado varias veces en las tabernas y posadas, y en boca de distintos hombres. Era un suceso que se había propagado detrás de la frontera aldaria y que se narraba con suma jactancia en tierra erigia, dando por hecho que Geomande fue el instrumento de la voluntad de algún dios vengativo hacia un rey sedicioso que dio la espalda a su culto. No había mayor castigo que la destrucción de toda una estirpe y su descendencia; era una hecatombe que pocos reinos podrían soportar.
Si Geroy hubiese fallecido, el rey de Erigia habría tenido en sus manos el destino del pueblo aldario, pues habría sido muy fácil la invasión del territorio que se reclamaba, aprovechando un momento de caos y desconcierto. Pero no había sido así. El rey Geroy demostró la fortaleza de su cuerpo y espíritu al recuperarse de las graves heridas y unirse en matrimonio con una noble doncella y teniendo nuevos hijos legítimos que asegurasen su linaje.
Aquella acertada reflexión no le había dado la clave que quería conocer, eran muchas las preguntas que quedaban sin respuestas. ¿Por qué Geomande aniquiló a la familia real estando al servicio de la Corona, y, por lo tanto, recibiendo una alta compensación en oro y en prestigio? Era un hombre reconocido no solo por sus habilidades mágicas, sino por su avaricia. Aquel horrendo crimen le había privado de la vida que él deseaba, la de la ostentación y el boato, para luego partir esa noche en compa ñía de sus pupilos hacia un paradero ignorado hasta entonces. Y lo que era aún más extraño: si todos los herederos de Geroy ha bían sido exterminados, ¿por qué él seguía vivo? ¿Cuál era la razón de su secuestro? ¿Qué beneficio había sacado el mago al cometer aquellos asesinatos?
Quizás eran demasiadas preguntas para un hombre cansado que llevaba horas caminando bajo la fría lluvia de un otoño que no quería terminar. Se acercaba el mediodía y el tiempo no había mejorado. Estaba cerca del Paso de los Reyes, una llanura que, entre las Montañas Istonas, comunicaba los dos reinos por uno de los itinerarios más emblemáticos de la península. Debía su nombre a que en una época ya olvidada, cuando la concordia existía entre los dos pueblos, este había sido el camino elegido por los antiguos soberanos para cruzar la cordillera; tiempo después había sido el escenario de múltiples batallas.
El Paso de los Reyes era el cordón umbilical que unía Erigia con Aldaria. Dos reinos separados por una frontera natural, las Montañas Istonas, partidas por aquel inmenso valle que, desde épocas pasadas, se conocía como la única ruta transitable para las caravanas de comerciantes que viajaban de un lugar a otro haciendo sus negocios.
Ya hacía varios siglos que todo aquello terminó. Entre los rei nos solo había guerras sangrantes y casi perpetuas que con el paso de los años no hacían más que recrudecerse. La falta de entendimiento entre estos dos estados era un abismo que no dejaba de crecer. Los que antaño fueron pueblos muy parecidos, ahora eran dos tierras de tradiciones bien distintas que no compartían ni a sus dioses.
En Aldaria, al sur de la península, sus habitantes se habían esforzado en prosperar a través de un comercio constante con otras regiones lejanas. Este intercambio se realizaba mediante el fluido transporte marítimo de los muchos e importantes puertos que se repartían por su costa. Aldaria poseía una gran riqueza, pero no solo por sus salinas y el oro de sus ríos. En las planicies de sus mesetas se cultivaba el trigo y la cebada, en las faldas de sus suaves lomas había bosques y verdes campos en los que el ganado pacía bajo la sombra de frondosos robles y castaños. Era un pueblo que no permanecía ocioso. Sus habitantes eran campesinos que se dejaban la piel trabajando en el campo, dando además su servicio al ejército que se organizaba bajo el mando de la nobleza, siendo fieles, unos y otros, a su rey.
Al norte, los erigios habían hecho de la guerra la única actividad provechosa y necesaria para su reino, todas las demás ocupaciones giraban en torno a ella. Comerciaban por mar, surcando las frías aguas del Océano del Norte, y a través del Istmo de Flock que unía la península con otros pueblos y otras razas que necesitaban los minerales que extraían de sus sempiternas cumbres, horadadas a lo largo del tiempo en busca de hierro y plata. Erigia abarcaba una extensa región colmada de cadenas montañosas, cuyas laderas graníticas fueron quebradas por las canteras de piedra.
La guerra pasó a formar parte del carácter indómito de los erigios. Habían renunciado a la vida en las aldeas, abandonando los cultivos y aglomerándose en desordenadas ciudades donde los seres humanos malvivían en unas calles atestadas de excrementos y alimañas. Eran hombres rudos, envilecidos por los continuos combates contra el enemigo, por el desapego a las antiguas costumbres y por el consumo excesivo del licor que destilaban sus alambiques.
El ejército erigio ubicó campamentos permanentes allí donde la orografía indicaba que la frontera aldaria era más débil, siempre esperando el momento de perpetrar una invasión o de impedir un ataque. Aquellos remotos parajes estaban rodeados de pastos en los que cuidar a las importantes yeguadas que criaban para proporcionar monturas a sus caballeros. Estos guerreros vestían de hierro, pieles y cuero. Sobre el suelo eran lentos, mas cuando cabalgaban en sus vigorosos caballos y alzaban sus espadas eran como un puño demoledor que aplastaba a sus adversarios en la batalla.
Por el contrario, las tropas aldarias habían abandonado los puestos fronterizos, replegando sus contingentes alrededor de las grandes poblaciones y dejando desprotegidas las tierras norteñas del reino. Aldaria aceptaba así su inferior capacidad de ataque, aunque demostrando que sus fortificadas plazas eran inexpugnables.
Pero estos dos territorios, en apariencia tan opuestos, sí ha bían compartido un mismo interés durante siglos: el dominio de los poderes mágicos, de la hechicería, la adivinación y el control de los elementos y de las mentes. Por ello, las personas nacidas con estos dones eran muy apreciadas e, invariablemente, utilizadas para obtener una ventaja en las guerras contra el enemigo.

Antes de entrar en el Paso de los Reyes, Soota se encaminó hacia la pared rocosa que se alzaba ante él. Los retorcidos troncos de unos pinos centenarios señalaban la entrada a una cueva de boca ancha y oscura. Allí dentro lo esperaba Koux, el ojeador, con quien debía regresar al campamento. Los habían enviado para efectuar una misión de reconocimiento en tierra aldaria. Debían pasar inadvertidos y confirmar si el ejército del rey Geroy estaba haciendo algún tipo de maniobra cerca de la frontera. Extralimitando la orden recibida, hambrientos y aburridos, se habían adentrado en las zonas habitadas; ahora tendrían que regresar y cubrirse mutuamente las espaldas en aquella falta.
Soota se introdujo en la penumbra hasta el final de la cueva. Koux había encendido un pequeño fuego en el que se asaba el cebado capón robado en la granja. El humo ascendía en perfectas volutas para luego escapar por una chimenea natural que se abría en el techo, del que colgaban unas enmarañadas raíces.
—Pensaba que aquel carcamal había acabado contigo —dijo Koux saliendo de la esquina donde había orinado.
—Ni lo sueñes.
—Llevo horas esperándote, ¿dónde cojones te has metido?
—Métete en tus putos asuntos, Koux. —Dejó caer su morral al suelo.
—Está bien, no te preguntaré nada más. —Koux se ajustó los pantalones—. No es mi problema de dónde vengas.
—Entonces lo has entendido.
Koux decidió no hablar más de la cuenta. Conocía por experiencia sus arranques de ira y no tenía ganas de importunarlo. Sería mejor que se sentasen a comer el asado, un estómago lleno animaba a cualquiera. La leña ya se había consumido. Se inclinó sobre la tierna carne del ave; olía deliciosamente. En ese instante un fuerte impacto hizo que se tambalease y que un borbotón de sangre saliera por su boca. Koux ya no probaría el capón. Soota acababa de hundir su daga en el costado del ojeador, que cayó de bruces en el suelo sin emitir ni un gemido.
El joven erigio extrajo la hoja y la limpió contra la ropa del muerto; después, con la punta del pie lo hizo girar sobre su espalda. El vómito de sangre le manchaba la barba, los ojos estaban abiertos, la mirada fija en las raíces que se descolgaban del techo, tan inexpresiva como la de su asesino.
Era mucho mejor así, sin que hubiera un testigo de lo sucedido que pudiese volver a la granja de Fiendus, solo o en compañía de otros. Aquella le parecía la manera correcta de proteger el lugar en el que vivían sus abuelos.
Soota se sentó junto a las brasas y devoró parte del capón con apetito, sin olvidarse de lo que Magda le había puesto en el hatillo. Cuando terminó, se dejó llevar por la somnolencia hasta que se quedó dormido.

Unas horas más tarde, Soota salió a la exigua luz de una tarde que ya se apagaba. El cuerpo de Koux había quedado abandonado en un rincón sobre sus propios orines, expuesto a la voracidad de los carroñeros. Los peculiares ojos del erigio pronto se habituaron a la claridad, y este echó a andar por el aún visible rastro que el paso de Koux había dejado en los matorrales. Los caballos no debían de estar lejos, escondidos en alguna vaguada o entre la fronda del soto. No le tomó mucho tiempo encontrarlos atados por el arnés a los árboles que crecían de forma aislada en el margen de una hedionda ciénaga.
No habían sido desguarnecidos de sus sillas y arreos. Eran dos magníficos ejemplares, de alta cruz, robustas patas y con la crin larga y de color pajizo. Soota se acercó a su caballo y le palmeó la grupa; el animal dejó escapar un relincho al reconocer a su amo.
El erigio vio que las patas delanteras se hundían en el lodo hasta cubrir el espolón. Maldijo en voz alta al difunto Koux, deseando que su alma se pudriese en el Averno por toda la eternidad. Puede que no sintiese gran aprecio por sus congéneres, pero no soportaba que nadie maltratase a unas bestias tan nobles como aquellas. Comprobó la cincha y los estribos. Subió a su montura y ató las riendas del caballo de Koux a su silla, alejándose de aquel paraje pantanoso en dirección al Paso de los Reyes.
Cuando llegó al valle ya había oscurecido. La luna era una esfera brillante, un orbe asombrosamente ingrávido sobre las cumbres. Su luz le permitía viajar a buen ritmo, sin forzar el trote de los caballos.
Esa noche no llovería. Soota cabalgaba contra el viento del norte que soplaba con fuerza despejando las nubes, dejando ver un cielo estrellado. A lo lejos, en los riscos de las Montañas Istonas, se oyó el aullido de un lobo.

Desde muy temprano la actividad en el fortín se había vuelto frenética, por lo que la llegada de Soota pasó inadvertida. El joven dejó los caballos en el cercado y se ocupó de desensillarlos, abrevarlos y darles el alimento. No se dio mucha prisa. Sabía con certeza a qué venía aquel ajetreo porque había visto ondear la bandera escarlata de la Media Luna, y no tenía ningún interés especial en apurar un encuentro que era inevitable. Se entretuvo cepillando a los caballos. Pero alguien lo vio y lo llamó a voces. Era Roy, un jovencísimo soldado que llevaba poco tiempo en el campamento y que, ante el asombro de muchos, había entablado un trato cordial con Soota. Resultaba evidente que a pesar del carácter huraño del erigio, Roy lo admiraba, y no tenía en cuenta que este le ignorase —la mayoría de las ocasiones— o le hablase con desdén. El bisoño pensaba que Soota no lo trataba con excesivo desprecio y que aquella camaradería era el principio de una buena amistad.
—¡Soota! ¡Ya está aquí! ¡Ya ha llegado! —gritó Roy, mientras corría atolondrado hacia él.
—Calma, Roy, ¿o pretendes embestirme como un carnero?
El muchacho se paró en seco y recuperó el aliento. Su cara pecosa estaba congestionada por la carrera y sus greñas pelirrojas más enmarañadas que nunca. Se notaba que hacía poco que se había levantado del catre, y que se había puesto la ropa tan rápido que su chaleco de cuero marrón estaba mal abrochado.
—Menuda facha. —Soota lo miró de arriba abajo—. Parece que vienes de revolcarte con una puta.
Roy se sonrojó todavía más, era demasiado inocente para no ruborizarse ante una broma.
—Llegó en la madrugada, ha preguntado por ti. Quiere verte —le informó el muchacho.
—Está bien, iré allí. Y tú, desaparece —dijo Soota dándole un ligero coscorrón en la cabeza con sus nudillos.
Por si no fuera suficiente, frunció el ceño poniendo una expresión de enojo para espantarlo, no quería que el bisoño lo siguiese por todo el campamento como solía hacer siempre. No si tenía que ir a ver a su padre. Roy entendió el mensaje y echó a correr de nuevo en dirección opuesta.
Mientras caminaba hacia la gran tienda en la que su padre lo esperaba, algunos hombres lo saludaron formalmente haciendo honor a su rango superior. Al llegar a la puerta, los soldados que la custodiaban lo dejaron pasar abriendo la lona que tapaba la entrada. Soota se adentró pisando el austero suelo, apenas cubierto por una estera.
En el fondo de la estancia había un hombre de espaldas, observando con suma atención el mapa que se desplegaba sobre una mesa. Se dio la vuelta al sentir la llegada de su hijo, y en un gesto de acogida extendió al frente sus desnudos brazos, cuyo grosor daba una idea de su fornida complexión.
La apariencia de aquel recio caballero producía un temible respeto y sumisión. Su vestimenta y su larga capa eran negras, y en el pecho lucía una bruñida coraza de metal que devolvía la imagen de Soota como un espejo.
—General Soota…
El erigio hincó una rodilla en el suelo e inclinó la cabeza.
—Mi rey.
Soota levantó la mirada y se encontró con su rostro reflejado en el acero. Vio sus ojos, uno oscuro y el otro claro, unos ojos iguales a los de Fiendus, y en ese instante pudo intuir, al fin, cuál era el sitio que debía ocupar en su propia existencia.

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