El águila abandona Britania

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En lo que parece que va a ser el ataque definitivo contra las hordas de Carataco, la tercera cohorte debe desempeñar un papel de primer orden, cortando una posible retirada. Sin embargo, el fracaso en el cumplimiento de esta misión, la desbandada que éste provoca y las luchas internas en el seno de la propia cohorte va a desencadenar una situación crítica. En su búsqueda de una cabeza de turco, el nuevo centurión superior se fija en los centuriones Macro y Cato que tendrán que tomar una difícil decisión. Encadenando escenas sumamente divertidas, espléndidas recreaciones de batallas y una acertada reproducción de la vida en un campamento romano rodeado de bárbaros britanos, el author ha dado una de las mejores novelas de un ciclo que gana interés y emoción en cada nueva entrega.

La presencia y los avatares de los romanos en Britania es un aspecto de la historia poco tratado hasta la fecha en novelas históricas, y la obra de Scarrow cubre perfectamente esta carencia.

ANTICIPO:
Macro se volvió hacia la orilla norte del Támesis cuando sonó un nuevo coro de toques de cuernos. Con un rugido los britanos bajaron rápidamente por el camino y penetraron en el vado, levantando un espumoso y blanco caos de gotas de agua cuando atravesaron precipitadamente la reluciente superficie del río.

-¡Cerrad filas! –gritó Macro por encima del barullo-. ¡Arriba los escudos!

A ambos lados de él, los legionarios se apretujaron los unos contra los otros y alzaron sus escudos para presentar una línea continua de defensa al enemigo. Los romanos cambiaron de empuñadura en las astas de sus jabalinas mientras aguardaban la orden de lanzar una descarga al enemigo que atravesaba el río con estrépito y se dirigía hacia ellos.

-¡Tranquilos! –exclamó Macro-. Llegarán a las estacas en cualquier momento…

A casi unos ochenta pasos de distancias los britanos se abalanzaron al ataque, alentados por el rugido gutural de sus compañeros alineados tras ellos en la orilla del río. De pronto, varios de los hombres que iban al frente de la acometida se detuvieron con una sacudida y se doblaron en dos. Los hombres que iban detrás siguieren avanzando en tropel a pesar de todo y aquellos que consiguieron evitar a sus compañeros heridos quedaron empalados en la siguiente serie de obstáculos. Más hombres se abrieron paso desde detrás hasta que la carga se descompuso en un caótico hormiguero de cuerpos. Los de delante daban gritos de miedo y agonía, en tanto que los de detrás vociferaban con ira y frustración, pues no eran conscientes del motivo por el que su ataque se había detenido bruscamente. Cada vez había más hombres empujando en dirección al vado y aplastando a aquellos que tenían delante.

-¡Vaya lío! –exclamó Macro alegremente-. No podía ser mejor.

A ambos lados de él los legionarios profirieron pullas crueles y gritos de júbilo dirigidos a la confusión que había frente a la isla. Por un momento se desbarató el pulcro orden de la línea romana, pero Macro decidió dejarlo pasar por aquella vez. Que sus hombres tuvieran su momento de triunfo… iban a necesitar de cualquier inyección de moral que pudieran obtener para el próximo asalto enemigo.

Al final los cuernos de guerra enemigos atajaron la confusión que reinaba en el vado y tocaron tres bemoles. Los britanos empezaron a replegarse lentamente, inundando el espacio a lo largo de la orilla a ambos lados del camino. Aquellos que habían quedado atrapados al frente de la carga se soltaron como pudieron y retrocedieron renqueando. Una veintena de guerreros quedaron atrás: clavados en las estacas o aplastados por el peso de los hombres que venían detrás. Unos cuantos habían tropezado y se ahogaron bajo la aglomeración de cuerpos que se les vino encima. Casi todos los que quedaron atrás estaban muertos y los pocos heridos que había forcejeaban débilmente en la corriente que se llevaba una delgada mancha roja río abajo.

-¡El primer asalto es nuestro! –les gritó Macro a sus soldados, que le respondieron con una alegre ovación. Mientras se apagaba el griterío, Macro echó un vistazo por encima del hombro y al ver que seguía sin haber señales de la cohorte apretó los labios hasta que no fueron más que una fina línea en su rostro. Si el mensajero que había enviado no los encontraba a tiempo para que reforzaran a la tercera centuria, Macro no tardaría en tener que elegir entre intentar escapar o combatir hasta que cayera el último de sus hombres. Si optaba por eso último, su sacrificio sólo conseguiría ganar un poco de tiempo para el ejército romano que perseguía a Carataco. Macro no se engañó pensando que su defensa de la isla duraría lo suficiente hasta que el general Plautio se acercara para entrar a matar, pero si ordenaba a sus hombres que se retiraran y se pusieran a salvo lo acusarían de dejar que el enemigo eludiera la trampa, y esa clase de negligencia en el cumplimiento del deber sólo podía conducirle a un castigo. En cualquier caso era hombre muerto.

Se encogió de hombros y esbozó una leve y amarga sonrisa. ¡Era tan característico del estilo de vida del ejército! ¿Cuántas veces se había visto obligado a enfrentarse a un dilema en el que todas las opciones eran igualmente desagradables? Si había algo que Macro esperaba encontrar en la otra vida, era que nunca más le obligaran a tomar decisiones semejantes.

En la otra orilla del río el enemigo volvía a entrar en acción y Macro descartó cualquier pensamiento sobre el futuro.

-¡Formad! –ordenó.

Un pequeño grupo de guerreros enemigos se acercó al vado. Aquella vez no hubo gritos desaforados ni una alocada carga contra los romanos de la isla. En lugar de eso los britanos avanzaron con cautela, con las armas enfundadas y agachándose todo lo que podían mientras se abrían paso a tientas. Era lo que Macro había esperado que hicieran, y se contentó con dejar que perdieran el tiempo salvando los obstáculos que sus hombres habían colocado en el vado. Además, tenía reservado un as en la manga.

-¡Preparad las hondas!

Macro había apostado en los flancos de su centuria a los hombres a los que se les habían proporcionado hondas del fuerte, y unas pequeñas pilas de guijarros redondeados extraídos del lecho del río que habían dispuesto allí cerca. Los legionarios dejaron sus escudos y jabalinas en el suelo, retrocedieron para tener espacio y prepararon las bolsas de cuero sujetas en el extremo de las largas correas. Se colocaron los guijarros y un zumbido inundó la atmósfera cuando los legionarios hicieron girar las hondas por encima de sus cabezas a la espera de la orden de Macro.

-¡Soltad las hondas!

Hubo un coro de restallidos y unas diminutas bolitas negras atravesaron silbando el vado hacia los guerreros enemigos. Algunas chocaron contra la superficie de los escudos, o cayeron al agua sin causar daños, pero hubo varias que alcanzaron su objetivo y resquebrajaron cráneos o destrozaron otros huesos.

-¡Bien hecho! –exclamó Macro-. ¡Disparad a discreción!

Los zumbidos de las hondas al coger velocidad y los débiles silbidos de los proyectiles que hendían el aire no tardaron en ser constantes. Pero aunque el número de guerreros enemigos disminuyó, la arremetida solo sirvió para reducir la velocidad a la que los obstáculos se iba descubriendo y arrancando del lecho del río. Todos aquellos que eran alcanzados por un proyectil de honda eran rápidamente reemplazados por algún otro miembro de las huestes que se alinearon en la orilla del río. En tanto que la concentración de britanos permanecía en la orilla norte, silenciosos bajo el resplandor del sol de media tarde, cada vez iban llegando a ella más hombres, caballería y carros de guerra que incrementaban sus efectivos y que aguardaban a que el paso por el río quedara despejado.

Macro observó el avance de los hombres del vado y cuando se situaron al alcance de las jabalinas consideró el impacto que podría tener una descarga de hierro. Pero estaban demasiado disgregados y no podía estar seguro de maximizar el efecto, por l oque decidió reservar las jabalinas para el ataque que tendría lugar cuando los britanos dejaran atrás el lecho del río. Por otro lado, a medida que el alcance disminuía, la efectividad de los proyectiles de honda se veía incrementada y el ritmo al que los romanos derribaban a los hombres llenó de alegría a Macro. De momento, calculaba él, su centuria debía de haber causado por lo menos un centenar de bajas, siendo el pobre Léntulo el único romano que había resultado muerto.

Los britanos siguieron adelante a pesar de sus bajas, encontrando y sacando metódicamente todas las estacas. La labor de sacar los obstáculos les estaba llevando menos tiempo del que los hombres de Macro habían empleado en colocarlos. Al cabo de poco más de un cuarto de hora de haber emprendido la tarea, el enemigo casi había llegado a la maraña de madera cortada y afilada que formaba la barricada a lo largo de la ribera de la isla. Unos cuantos romanos se inclinaron hacia delante y arremetieron contra los guerreros con las puntas de las jabalinas.

-¡Volved a la línea! –les bramó Macro-. ¡No hagáis nada hasta que yo os lo diga!

Una vez realizados su peligroso trabajo, los britanos del río retrocedieron lentamente, agazapados bajo sus escudos mientras que a su alrededor los proyectiles de honda seguían cayendo al agua con un chapoteo. Tras ellos los jefes nativos ya estaban preparando a sus hombres para el asalto. Macro se fijó que la oleada inicial estaba formada por hombres bien equipados: casi todos ellos tenían cascos y cotas de malla. Carataco debía tener prisa por llevar sus fuerzas al otro lado del río si estaba dispuesto a arrojar a sus mejores guerreros primero. Por detrás de los aproximadamente trescientos hombres que se apretujaban en el borde del río había una densa concentración de honderos y arqueros. Esto últimos le preocupaban muy poco a Macro; sus cortos arcos podían suponer una molestia para los soldados que llevaran a cabo una escaramuza, pero nunca podrían penetrar el escudo de un legionario. Sin embargo, los honderos podían infligir un terrible castigo.

-¡Esto va a ser duro, muchachos! Mantened los escudos en alto hasta que dé la orden. Sólo utilizaremos las jabalinas de la última fila, nos hará falta emplear el resto a modo de lanzas. Las jabalinas tendrán que arrojarse deprisa, de modo que sólo voy a dar la orden de lanzar. Arrojadlas y volveos a agachar hasta que esa gente llegue a la barricada. –Miró a su alrededor, a sus hombres-. ¿Entendido?

Los que se hallaban más próximos a él movieron la cabeza afirmativamente y unos cuantos farfullaron su asentimiento.

-¡Mierda! ¡No os oigo! ¿Me habéis entendido, cabrones?

-Sí, señor –rugieron como respuesta todos y cada uno de los hombres de su centuria.

Macro sonrió.

-¡Bien! En cuanto estén lo bastante cerca como para emprender un combate cuerpo a cuerpo quiero que les deis una buena paliza. ¡No olvidarán fácilmente a la tercera centuria!

-¡Ahí vienen! –gritó alguien, y todas las miradas se volvieron hacia la otra orilla. Los guerreros nativos avanzaron dando bandazos, bajaron por el camino y se metieron en el río. Mientras se acercaban, los britanos profirieron sus gritos de guerra, acompañando sus desafíos con un repiqueteo ensordecedor al golpear las armas contra los bordes metálicos de sus escudos. No los alentaba ningún cuerno, ellos solos ya hacía suficiente ruido como par ahogar toda manifestación de ánimo de los de su propio bando. Estaban tan cerca que los romanos podían distinguir las frías y resueltas expresiones de los rostros bajo los cascos. Aquélla no era la típica acometida de unos bárbaros salvajes manchados de tintura azul y con el pelo encalado; esos hombres sabían lo que hacían e iban a ser unos oponentes formidables.

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11 Opiniones

Escribe un comentario

  • Ferm
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    Me ha dicho mi librero que estas navidades vamos a poder disfrutar de la quinta entrega de la serie de Quinto Licinio Cato. Supongo que, como en las anteriores, habrá sus dos batallas :)

  • Ferm
    on

    Con eso, creo que sólo falta por aparecer en castellano The Eagle´s Prophecy, que tengo entendido no se ambienta en Britania.

  • wolf
    on

    YO estoy dandole caña, ya os contaré algo cuando lo acabe.

  • Cyric
    on

    Bueno, yo ta lo e caabado y os puedo asegurar que la próxima aventura de Cato y Macro no se va a ambientar en Britania.

  • wolf
    on

    Esta novela, bastante circular y poco atrayente me recuerda mucho a otra historia, no se si de una película o novela…a ver si alguien me la recuerda. Para pasar el rato…

  • Pendragon
    on

    Quinta entrega del señor Scarrow, y a pesar de mantener la extraordinaria narracion de la vida en las legiones y unas buenas descripciones de lo que debian de ser las batallas cuerpo a cuerpo y las sensaciones del los participantes, la serie va perdiendo fuerza e interes. No puedo decir que no me haya entretenido la novela, pero no esta a la altura de las dos primeras.

    Un bien raspon.

  • Lucas
    on

    El tío repite mucho la fórmula. Pequeña batalla, conspiración palatina con la vida cotidiana de los legionarios y cojonuda y apoteósica batalla que concluye la novela. Tiene una parte buena, sabes a que atenerte, y otra mala: es previsible.

  • Maligno
    on

    Totalmente de acuerdo. Ha encontrado la fórmula y la repite hasta el tedio. Por repetir repite hasta el escenario una y otra vez.

    Eso sí: ¡qué batallas!

  • WOOZ
    on

    Es verdad lo que decís de Simon Scarrow, tanto lo bueno como lo malo. Tiene una fórmula que repite hasta la saciedad (aunque para ser justos me siento como uno más cuando se desarrollan las batallas) y que la trama se desarrolle siempre en Britania pues también le resta atractivo a las novelas.

    De todas formas a mi de las cuatro que me he leído la que menos me gusto fue la de “Las Garras del Águila”, que me pareció que se le desmadraba la cosa con lo de los druidas y me resulto menos creíble o que perdía veracidad…

    Ayer entré en la página de Simon Scarrow (hoy pone que están remodelándola o algo así) y parece ser que ya en la sexta entrega, “The Eagle’s Prophecy”, Cato y Macro abandona por fin Britania.

    Saludos,

    WOOZ

  • Alberto
    on

    De hecho ya se van en El águila abandona Britania (peazo traducción de The Eagle´s Prey en la que no se desvela nada del libro)

  • Juan
    on

    ¿Sale algún tomo más de la serie para la Feria?

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