El águila en el desierto

AguilaDesiertoSimonScarrow

Simon Scarrow nos presenta la séptima entrega de las aventuras de Quinto Licinio Cato.

Cuando a Roma llegan noticias del deplorable estado en que se encuentran las tropas que controlan las fronteras orientales del Imperio, se decide mandar a dos centuriones experimentados para restaurar el orden en una zona de vital importancia estratégica. Como no podía ser de otra manera, Macro y Cato son los elegidos.

Sin embargo, el caos en que se halla sumido el ejército es el menor de los problemas a los que deberán enfrentarse. Bannus, un cabecilla local, está azuzando a los habitantes de Judea recordando el nombre de un oscuro personaje crucificado en Jerusalén hace ya casi setenta años. La revuelta parece inminente, y Partia, uno de los tradicionales enemigos del Imperio, está dispuesto a una invasión de consecuencias imprevisibles.

ANTICIPO:
Con Cato delante, los dos centuriones se dirigieron al extremo de la hilera de tenderetes que se extendían junto a los escalones que conducían a los muros del templo interior. Los puestos más cercanos pertenecían a los prestamistas y a los banqueros, que estaban sentados en cómodas sillas con almohadones mientras hacían negocios con sus clientes. Más adelante se hallaba la otra sección, más pequeña, donde los recaudadores de impuestos y sus matones a sueldo esperaban a que vinieran a pagar aquellos que estaban sujetos al pago de tributos. A su lado tenían las tablillas enceradas en las que se detallaba el nombre de los tributarios y la cantidad que tenían que pagar. Los recaudadores de impuestos habían adquirido el derecho a cobrar contribuciones concretas en las subastas que celebraba el procurador romano en Cesárea, capital administrativa de la provincia. Tras pagar una cantidad fijada a las arcas imperiales, adquirían el derecho legal a exprimir a la gente de Jerusalén exigiéndoles el pago de cualquier impuesto que ellos consideraran que les correspondía satisfacer. Era un duro sistema, pero se aplicaba en todo el Imperio romano y los recaudadores de impuestos consumían una clase social que inspiraba resentimiento y desprecio. Lo cierto es que eso les venía muy bien al emperador Claudio y al personal del Tesoro imperial, puesto que el odio de los contribuyentes provinciales siempre se centraba en los recaudadores locales y no en las personas a las que éstos habían comprado sus derechos recaudatorios.

De repente unos gritos y chillidos provenientes del otro extremo de la hilera de tenderetes llamaron la atención de Cato y Macro. Un grupo de hombres se había separado precipitadamente de la multitud. La luz del sol se reflejó en la cara de una hoja y Cato se dio cuenta de que aquellos hombres iban todos armados, y vio que rodeaban a uno de los recaudadores, como lobos aprestándose para caer sobre su presa. El guardaespaldas de aquel hombre echó un vistazo a las armas, se dio la vuelta y echó a correr. El recaudador alzó los brazos para protegerse el rostro y desapareció de la vista cuando sus atacantes cayeron sobre él. Cato agarró la espada automáticamente y se escondió detrás de la hilera de garitas.

—¡Vamos, Macro!

Detrás de Cato, Macro desenfundó su hoja con un ruido áspero y ambos echaron a correr hacia los asesinos, apartando bruscamente a los prestamistas y saltando sobre sus montones de tablillas de registros. Cato vio que por delante de él los hombres se apartaban del recaudador de impuestos, que en aquellos momentos estaba desplomado encima de su tenderete con la túnica blanca rota y ensangrentada. Frente a la caseta la gente retrocedió presa del pánico; se dieron la vuelta y echaron a correr, dando gritos de terror. Los agresores, que hacía un momento llevaban puestas las capuchas, se volvieron contra los que estaban detrás del tenderete contiguo, quienes por un instante se habían quedado paralizados antes de caer en la cuenta del terrible peligro que corrían y que ahora intentaban alejarse apresuradamente de aquellos hombres que blandían las hojas cortas y curvas que daban nombre a su grupo: los sicarios, asesinos del sector más extremista de los judíos zelotes que se oponían al gobierno romano.

Los sicarios se hallaban tan concentrados en su frenesí homicida que no se percataron de la presencia de Cato y Macro hasta el último momento, cuando el asesino más cercano levantó la mirada y vio que Cato apartaba a un recaudador de un empujón y daba un salto adelante enseñando los dientes y blandiendo la espada frente a él. La punta alcanzó al agresor a un lado del cuello, le partió la clavícula y se le hundió en el pecho, atravesándole el corazón. El hombre soltó un explosivo grito ahogado y cayó de bruces, con lo que casi le arrancó la espada de la mano a Cato, que levantó la bota, empujó el cuerpo de una patada, liberó la hoja y se agachó, buscando su próximo objetivo con la mirada. Hubo un movimiento borroso a un lado cuando Macro pasó corriendo, arremetió con la espada contra el siguiente sicario y le propinó tal corte en el brazo que por poco no le cercenó el miembro. El hombre se vino abajo, aullando de dolor, y sus dedos laxos soltaron el arma. Los demás abandonaron repentinamente su ataque contra los recaudadores de impuestos y se dieron la vuelta para enfrentarse a los dos romanos. El cabecilla, un individuo bajo, de tez morena y hombros fornidos, espetó una orden y los sicarios se desplegaron rápidamente en abanico, algunos de ellos rodeando los tenderetes en tanto que otros subieron por las escaleras para cortarles el paso a Cato y Macro en la dirección por la que éstos habían venido. Gato mantuvo levantada la punta ensangrentada de la espada y echó un vistazo a su alrededor.

—Son siete.

—Lo tenemos mal —Macro resoplaba y tomó posición, espalda contra espalda con Cato—, No deberíamos estar aquí, muchacho.

La multitud había huido hacia la puerta y habían dejado un espacio despejado en torno a los dos romanos y los asesinos. El enlosado del patio exterior estaba lleno de cestos abandonados y tentempiés a medio comer que la gente había tirado en su precipitada huida para salvar la vida.

Cato se rió con amargura.

—Fue idea tuya, ¿recuerdas?

—La próxima vez no permitas que sea yo el que piense.

Antes de que Cato pudiera responder, el jefe de los sicarios dio una orden brusca y sus hombres se acercaron, moviéndose con rapidez y esgrimiendo las armas en disposición de ataque. Los romanos no tenían escapatoria y Cato se agachó más aún, tensó los músculos y fue pasando rápidamente la mirada de un contendiente a otro, todos ellos a menos de una lanza de distancia de Macro y él.

—¿Y ahora qué? —susurró en voz baja.

—¡Y yo qué sé!

—Estupendo. Justo lo que me hacía falta oír.

Cato notó un movimiento a un lado y se dio la vuelta en el preciso momento en que uno de los asesinos se abalanzaba sobre Macro para asestarle una cuchillada en el costado.

—¡Cuidado!

Pero Macro ya se había movido, su espada surcó el aire con un destello borroso y de un golpe hizo que aquel hombre soltara el arma. Mientras ésta repiqueteaba contra el suelo, otro sicario amagó a Cato, por lo que éste se dio la vuelta hacia él, listo para parar la arremetida. Al moverse, otro de los hombres avanzó de un salto, cuchillo en ristre. Cato se volvió de nuevo justo a tiempo de enfrentarse a la amenaza. Bajó la mano libre y sacó la daga, un arma de hoja ancha, pesada y difícil de manejar en comparación con las de hoja estrecha de los asesinos; de todos modos, el hecho de tenerla en la mano hacía que se sintiera mejor. El cabecilla gritó otra orden y Cato percibió el enojo en la voz de aquel hombre. Quería terminar con aquello enseguida.

—¡Macro! —Gritó Cato—. ¡Conmigo! ¡Al ataque!

Se arrojó contra los hombres que retrocedían por el patio y su compañero lo siguió bramando a voz en cuello. La repentina inversión de papeles sobresaltó a los sicarios, que se quedaron quietos durante un instante crítico. Cato y Macro arremetieron a cuchilladas contra los hombres que tenían delante, lo que hizo que se apartaran de un salto y entonces los romanos pasaron entre ellos y corrieron por el pavimento de vuelta hacia la entrada del Gran Patio. Oyeron un grito furioso a sus espaldas y el ruido de las sandalias de los sicarios que se apresuraron a salir en su persecución. Cato volvió la vista atrás, vio a Macro que lo seguía de cerca y más allá, a unos pocos pasos por detrás de él, al jefe de los asesinos, con los labios retraídos en un gruñido mientras corría tras los romanos. Cato supo enseguida que no lograrían dejarlo atrás. Iban demasiado cargados y los sicarios no llevaban nada más que una túnica. Todo terminaría en unos momentos. Justo delante había un ánfora que había quedado abandonada por los que corrían para escapar del patio. Cato saltó por encima de ella y se dio la vuelta de inmediato. Macro, con expresión perpleja, pasó por su lado de un salto en el preciso instante en que Cato golpeaba la gran vasija con la espada y la hacía pedazos. El contenido se extendió sobre las losas del suelo con un agitado borboteo y el aroma del aceite de oliva inundó la atmósfera. Cato se dio la vuelta de nuevo, echó a correr detrás de Macro y miró por encima del hombro a tiempo de ver que el jefe de los sicarios resbalaba, perdía el equilibrio y caía al suelo con un golpe sordo. Dos de los hombres que iban inmediatamente tras él también resbalaron, pero el resto orilló la deslizadiza mancha de aceite y persiguió a los romanos. Cato vio que se hallaban a corta distancia de los rezagados de la multitud: los ancianos, los enfermos y unos cuantos niños que gritaban aterrorizados.

—¡Media vuelta! —le gritó a Macro, se detuvo arrastrando los pies y giró sobre sus talones para enfrentarse a sus perseguidores.

Al cabo de un instante Macro estaba a su lado. Los sicarios cargaron por un momento y después se detuvieron bruscamente al tiempo que dirigían unas miradas fulminantes más allá de Cato y Macro. Entonces se dieron la vuelta y volvieron corriendo con su jefe y los demás, que ya estaban nuevamente de pie, y todos siguieron corriendo hacia una puerta pequeña situada en el extremo más alejado del Gran Patio.

—¡Cobardes! —Les gritó Macro—. ¿Qué pasa? ¿No tenéis pelotas para una pelea de verdad? —Se echó a reír y encajó su grueso brazo en torno a los hombros de Cato—. Míralos. Han salido disparados como conejos. Si nosotros dos los asustamos así no creo que haya que preocuparse demasiado en Judea.

—No estamos sólo nosotros dos —Cato hizo un gesto con la cabeza hacia la multitud y, al volver la mirada, Macro vio que el optio y sus hombres se abrían paso a empujones por el borde del gentío y acudían a toda prisa a ayudar a los centuriones.

—¡Id tras ellos! —bramó el optio, extendiendo el brazo hacia los asesinos que huían.

—¡No! —Ordenó Cato—. No servirá de nada. Ya no los atraparemos.

En aquel preciso momento los sicarios llegaron a la puerta, la cruzaron y desaparecieron de la vista. El optio se encogió de hombros y no pudo ocultar una expresión de resentimiento. Cato entendía cómo se sentía y estuvo tentado de explicárselo. Se contuvo justo a tiempo. Había dado una orden y no había más que hablar. No tenía sentido dejar que los auxiliares emprendieran una persecución desenfrenada y peligrosa que no conduciría a nada por las calles estrechas de Jerusalén. En lugar de eso, Cato señaló hacia los tenderetes volcados y los muertos y heridos víctimas de los sicarios.

—Haced lo que podáis por ellos.

El optio saludó, llamó a sus hombres y se dirigieron a toda prisa a lo que quedaba de la zona del mercado que ocupaban los recaudadores de impuestos. Cato se había quedado sin resuello por el esfuerzo. Enfundó la espada y la daga, se inclinó hacia delante y apoyó las manos en las rodillas.

—Ha sido una buena jugada —Macro sonrió y señaló con la punta de su espada el ánfora de aceite hecha añicos—. Nos ha salvado el pellejo.

Cato meneó la cabeza e inspiró profundamente antes de responder.

—Acabamos de llegar a la ciudad…, aún no nos hemos presentado en la dichosa guarnición y ya casi nos cortan el cuello.

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3 Opiniones

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  • Alberto
    on

    Ya tenía yo ganas de que saliera esta entrega. Soy bastánte aficionado a todo lo que produce Simon Scarrow, así que no creo que sea demasiado objetivo juzgándola, pero creo que El águila en el desierto mejora con respecto a las demás novelas de la serie, primero porque en esta entrega le da más importancia a la acción y menos a la trama conspiratoria habitual, segundo porque la Judea de la época es uno de los mejores escenarios para este tipo de historias y aún mejor teniendo en cuenta que la obra adopta el punto de vista de los romanos. por otra parte tiene la gracia de poder reconocer algunos personajes de la época.

    Vamos, que ma´ gustao.

  • Pluto
    on

    Yo de la serie sólo he leido la primera, Roma vincit, y en esa también era más importante la acción que la conspiración.

    Quizá vaya a dar un salto temporal y me lea esta nueva entrega sin pasar por las anteriores.

    ¿Qué número en la serie tiene esta entrega?

  • Alberto
    on

    Es la séptima de la serie.

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