El americano Tranquilo

AmericanoTranquiloGrahamGreene

Construida formalmente bajo los patrones del género de intriga, El americano tranquilo, novela que tiene como escenario la Indochina de los primeros años de la década de 1950, es una de las obras de Graham Greene más acabadas, originales y vigorosas. Situados en un complejo tablero en que se dirimen distintas pugnas la lucha del Vietminh por la independencia, el combate en retirada del ejército francés, los primeros movimientos del Gobierno estadounidense para hacerse con la hegemonía detentada hasta el momento por Francia, un periodista británico, un agente de los servicios secretos norteamericanos y una muchacha vietnamita constituyen los vértices de una compleja relación triangular en la que cada personaje, representativo de concepciones culturales antagónicas, es guiado por motivaciones que, mal entendidas o incomprensibles para los demás, terminan por producir resultados y comportamientos muy distintos de los que se persiguen.

Edición especial 60 aniversario

ANTICIPO:
La primera vez que Pyle se encontró con Fuong fue también en el Continental, unos dos meses después de su llegada. Todavía no era de noche; las bujías ya estaban encendidas en los puestos de las callejuelas laterales, en ese fresco transitorio que cae cuando el sol acaba de ponerse. Los dados repiqueteaban sobre las mesas donde los franceses jugaban al ochenta y uno, y las muchachas con sus pantalones blancos de seda regresaban a casa en bicicleta por la rué Catinat. Fuong bebía un vaso de naranjada y yo una cerveza; estábamos callados, contentos de hallarnos juntos. De pronto apareció Pyle, indeciso, y lo presenté. Tenía la costumbre de mirar a las mujeres como si nunca hubiera visto ninguna hasta ese momento, y de ruborizarse luego.

—No sé si usted y la dama que lo acompaña —dijo Pyle— tendrían inconveniente en sentarse un momento a mi mesa. Uno de nuestros agregados…

Era el agregado económico. Desde la terraza de arriba nos invitaba con una amplia sonrisa cálida de bienvenida, perfectamente seguro de sí mismo, como el hombre que sabe conservar sus amigos porque usa los desodorantes adecuados. Yo había oído muchas veces que lo llamaban Joe, pero nunca me había enterado de su apellido. Cuando nos acercamos nos ofreció una ruidosa demostración, moviendo las sillas y llamando al camarero, aunque todo lo que esa actividad podía producir en el Continental, indefectiblemente, era la posibilidad de elegir entre una cerveza, un coñac y un vermut.

—No pensé que anduviera por aquí, Fowler —dijo—. Estamos esperando a los muchachos que se fueron a Hanoi. Parece que hubo una batalla importante. ¿No fue con ellos?

—Estoy harto de volar cuatro horas para oír una conferencia de prensa.

Me miró con desaprobación. Dijo:

—Esos muchachos se la toman realmente en serio. Cuando pienso que podrían ganar el doble en el comercio o en la radio, sin correr ningún riesgo…

—Pero entonces tal vez tendrían que trabajar —dije.

—Parecen oler de lejos la batalla, como caballos de guerra —prosiguió con entusiasmo, sin prestar atención a las palabras que no le gustaban—. Bill Granger, por ejemplo; donde hay pelea, allí está él, es imposible contenerlo.

—En eso tiene razón. Justamente lo vi participar en una la otra noche, en el bar del Sporting.

—Usted sabe muy bien que no me refería a esa clase de peleas.

Dos conductores de triciclos de alquiler aparecieron pedaleando furiosamente por la rué Catinat y terminaron empatados frente al Continental. En el primer triciclo venía Granger. El otro contenía una especie de paquete gris, silencioso y pequeño, que Granger comenzó a tironear hacia la acera.

—Oh, vamos, Mick —decía—, bájate.

Luego se puso a discutir con el conductor por el precio del viaje.

—Tome —dijo finalmente—, quiera o no quiera, tiene que conformarse con esto.

Y arrojó a la calle una suma equivalente a cinco veces la tarifa normal, para que el hombre tuviera que agacharse a recogerla.

El agregado económico dijo con nerviosidad:

—Supongo que los muchachos tienen que divertirse un poco de vez en cuando.

Granger arrojó su carga sobre una silla. De pronto advirtió la presencia de Fuong.

—Pero —exclamó—, ¡Joe, viejo sinvergüenza! ¿Dónde la encontraste? No sabía que te daba por ahí. Perdonen, tengo que ir a hacer lo que se imaginan. Me lo cuidan a Mick.

—Modales bruscos de soldado —dije.

Con cierta ansiedad, ruborizándose otra vez, dijo Pyle:

—No me habría atrevido a invitarlos a nuestra mesa si hubiera sabido…

El paquete gris se movió en la silla, y una cabeza cayó sobre la mesa, como si estuviera suelta. Suspiró, un largo suspiro sibilante de tedio infinito, y se quedó inmóvil.

—¿Lo conoce? —le preguntó a Pyle.

—No. ¿No es un corresponsal?

—Oí que Bill lo llamaba Mick —dijo el agregado económico.

—¿No ha llegado un nuevo corresponsal de la U. P.?

—No es él. Al otro ya lo conozco. ¿Y no será alguno de su Misión Económica? No creo que usted pueda conocerlos a todos, hay centenares.

—No me parece ser de la Misión —dijo el agregado—. No recuerdo haberlo visto.

—Podríamos buscar su tarjeta de identidad —sugirió Pyle.

—Por el amor de Dios, no lo despierten. Con un borracho basta. De todos modos, Granger sabrá quién es.

Pero no sabía. Volvió con aire lúgubre del retrete.

—¿Quién es esta muchacha? —preguntó.

—La señorita Fuong es una amiga de Fowler —dijo Pyle, muy estirado—. Quisiéramos saber quién…

—¿Dónde la encontró? Hay que tener mucho cuidado en esta ciudad —y agregó sombríamente—: Gracias a Dios existe la penicilina.

—Bill —dijo el agregado—, quisiéramos saber quién es Mick.

—¡Qué sé yo!

—Pero tú lo trajiste.

—Estos franchutes no soportan el whisky. Se quedó frito.

—¿Es francés? Te oí llamarlo Mick.

—De algún modo tenía que llamarlo —dijo Granger.

Se inclinó hacia Fuong y le dijo:

—Oiga. ¿Usted no quiere otra naranjada? ¿Tiene algún compromiso esta noche?

—Tiene un compromiso todas las noches —dije.

El agregado económico preguntó apresuradamente:

—¿Cómo va la guerra, Bill?

—Una gran victoria al noroeste de Hanoi. Los franceses recobran dos aldeas, aunque nadie sabía que las habían perdido. Numerosas bajas vietminesas. Todavía no han podido contar las propias bajas, pero nos lo harán saber dentro de una semana o dos.

El agregado dijo:

—Corre un rumor: parece que el Vietminh ha llegado hasta Fat Diem, ha quemado la catedral y ha obligado al obispo a escaparse.

—No iban a hablarnos de eso en Hanoi. No es una victoria.

—Uno de nuestros equipos médicos no pudo pasar más allá de Nam Dinh —dijo Pyle.

—¿No te llegaste hasta allá, Bill? —preguntó el agregado.

—¿Quién crees que soy? Soy un corresponsal, con un permiso de circulación que te dice en seguida cuándo estás fuera de la zona permitida. Vuelo hasta el aeropuerto de Hanoi; allí nos dan un automóvil hasta el campamento de prensa. Nos preparan un vuelo por encima de las aldeas que han recobrado y nos hacen ver cómo flamea la bandera tricolor. A esa altura podría ser cualquier otra bandera. Después tenemos la conferencia de prensa y un coronel nos explica lo que hemos visto. Luego redactamos nuestros telegramas para el censor. Luego bebemos algo con el mejor barman de Indochina. Y, finalmente, tomamos el avión y nos volvemos.

Pyle miró su cerveza frunciendo el ceño.

—Eres demasiado modesto, Bill —dijo el agregado económico—. Realmente, ese artículo sobre la carretera sesenta y seis…, ¿cómo se llamaba? «La carretera del infierno…»; se merecía el premio Pulitzer. Sabes a cuál me refiero…, a esa historia del hombre sin cabeza, arrodillado en la zanja, y ese otro que viste caminar como en un sueño…

—Verdaderamente, ¿crees que me tomé siquiera el trabajo de pasar por la inmunda carretera esa? Stephen Crane era capaz de describir una guerra sin haber visto ninguna. ¿Por qué no habría de hacer yo lo mismo? De todos modos, es una asquerosa guerra colonial. Consíganme otro whisky. Y después vayamos a buscar alguna muchacha. Ustedes ya tienen su programa. Yo también quiero un programa.

Le pregunté a Pyle:

—¿Le parece que habrá algo de cierto en ese rumor sobre Fat Diem?

—No sé. ¿Es importante? Si es importante, me gustaría ir a ver qué pasa —dijo.

—¿Importante para la Misión Económica?

—¡Oh, bueno, uno no puede trazar una frontera demasiado rígida! —dijo—. La medicina es una especie de arma, ¿no le parece? Esos católicos se opondrán mucho a los comunistas, ¿no es verdad?

—Comercian con ellos. El obispo consigue de los comunistas sus vacas y el bambú que necesita para construir. Yo no los consideraría exactamente la Tercera Fuerza que menciona York Harding —le dije, para fastidiarle un poco.

—Vámonos —gritaba en ese momento Granger—. No podemos perdernos toda la noche aquí. Yo me voy a la Casa de las Quinientas Muchachas.

—Si usted y la señorita Fuong quisieran cenar conmigo… —dijo Pyle.

—Ustedes pueden comer en el Chalet —lo interrumpió Granger—, mientras tanto les hago una visita a las chicas de al lado. Vamos, Joe. Tú por lo menos eres un hombre.

Creo que fue entonces, mientras me preguntaba qué era un hombre, cuando sentí un primer afecto hacia Pyle. Estaba sentado un poco de costado para no mirar con una expresión decidida de retraimiento. Le dijo a Fuong:

—Supongo que usted estará un poco harta de toda esta charla… sobre su país, quiero decir.

—Comment?

—¿Qué piensas hacer con Mick? —preguntó el agregado.

—Dejarlo aquí —contestó Granger.

—No puedes. Ni siquiera sabes cómo se llama.

—Podríamos llevarlo con nosotros y dárselo a las chicas para que lo cuiden.

El agregado económico lanzó una ruidosa carcajada, dedicada a todos nosotros. Parecía una cara en la televisión. Dijo:

—Ustedes los jóvenes pueden hacer lo que quieran, pero yo ya estoy demasiado viejo para esos juegos. Me lo llevaré a casa conmigo. ¿Dijiste que es francés?

—Hablaba en francés.

—Si puedes transportarlo hasta mi coche…

Cuando se fue, Pyle tomó un triciclo con Granger, y Fuong y yo los seguimos por el camino a Cholón. Granger había intentado meterse en el triciclo con Fuong, pero Pyle se lo había impedido. Mientras nos llevaban pedaleando por la larga carretera suburbana hacia la ciudad china, pasó junto a nosotros una hilera de tanques franceses, cada uno con su arma prominente y su silencioso oficial inmóvil como un mascarón de proa bajo las estrellas y el cielo negro, terso y cóncavo; algún disturbio, otra vez, probablemente con alguno de esos ejércitos privados, los Binj Xuyen, por ejemplo, que poseían el Grand Monde y las salas de juego de Cholón. Era un país de barones rebeldes, como Europa en la Edad Media. Pero ¿qué estaban haciendo aquí los americanos? Colón todavía no había descubierto su tierra.

—Me gusta ese hombre Pyle —le dije a Fuong.

—Es impasible —respondió ella.

Y ese adjetivo, que ella fue la primera en usar, se le pegó como el sobrenombre de un escolar, hasta que, finalmente, se lo oí emplear al mismo Vigot, sentado bajo su visera verde, cuando me dijo que Pyle había muerto.

Hice detener nuestro triciclo frente al Chalet y le dije a Fuong:

—Entra y elígenos una mesa. Será mejor que me ocupe de Pyle.

Ése fue mi primer instinto: protegerlo. No se me ocurrió pensar que en realidad tenía que protegerme de él. La inocencia siempre solicita tácitamente ser protegida, cuando haríamos mucho mejor en precavemos de ella; la inocencia es como un leproso mudo que ha perdido su campana y que se pasea por el mundo sin mala intención.

Cuando llegué a la Casa de las Quinientas Muchachas, Pyle y Granger acababan de entrar. Pregunté al policía militar de guardia en el portal:

—Deux américains?

Era un joven cabo de la Legión Extranjera. Cesó de limpiar su revólver y me señaló el zaguán con el pulgar, agregando una broma en alemán. No pude comprenderla.

Era la hora del descanso, en el inmenso patio abierto bajo el cielo. Había centenares de muchachas recostadas sobre la hierba o sentadas en cuclillas, conversando con sus compañeras. En los pequeños cubículos en tomo del patio las cortinas estaban descorridas; una muchacha cansada reposaba sola sobre una cama, con los tobillos cruzados. Había disturbios en Cholón, las tropas estaban confinadas en los cuarteles, y las chicas no tenían trabajo: era el domingo del cuerpo. Un grupo tumultuoso de muchachas que se peleaban, tironeaban, gritaban, me señalaba el único lugar donde todavía quedaban clientes. Recordé el viejo cuento de Saigón, la historia del distinguido visitante que había perdido los pantalones mientras se abría paso para ponerse a salvo en el destacamento de policía. Aquí no había protección para los civiles. Si se decidían a invadir ese territorio militar, tenían que defenderse ellos mismos y escapar como podían.

Yo había aprendido una técnica: dividir para conquistar. Elegí una muchacha entre el montón que me rodeaba y la empujé lentamente hacia el lugar donde Pyle y Granger se debatían.

—Je suis un vieux—decía yo—.Trop fatigué.

La muchacha lanzaba risitas y se apretaba contra mí.

—Mon ami—le dije—,il est tres riche, tres vigoureux .

—Tu es sale—me contestó.

Vislumbró a Granger, acalorado y triunfante; parecía considerar esa demostración como un tributo a su virilidad. Una muchacha había tomado el brazo de Pyle y trataba de remolcarlo lentamente fuera del círculo. Empujé a mi chica dentro del montón y le llamé:

—Pyle, venga por aquí.

Me miró por encima de las cabezas de las jóvenes, y dijo:

—Es terrible, terrible.

Quizá fuera un efecto de la luz, pero su cara parecía aterrada. Se me ocurrió que muy probablemente fuera virgen todavía.

—Venga conmigo, Pyle —le dije—. Déjeselas a Granger.

Vi que se llevaba la mano al bolsillo trasero del pantalón. Pensé que realmente tenía la intención de darles todos los billetes que traía consigo.

—No sea loco, Pyle —le grité secamente—. Si les da dinero conseguirá que se maten entre ellas.

Mi muchacha se acercaba otra vez hacia mí; volví a empujarla dentro del círculo que rodeaba a Granger.

—Non, non—le dije—,je suis un anglais, pauvre, tres pauvre.

Luego aferré la manga de Pyle y lo arrastré hacia afuera, con la chica enganchada a su brazo como un pescado a un anzuelo. Dos o tres muchachas trataron de interceptarnos antes de llegar a la puerta, donde nos observaba el cabo; pero no parecían demasiado decididas.

—¿Qué hago con ésta? —me preguntó Pyle.

—No le dará ningún trabajo.

En ese momento la joven le soltó el brazo y volvió a precipitarse dentro del remolino que rodeaba a Granger.

—¿Cree que no corre ningún peligro? —preguntó Pyle, con ansiedad.

—Ha conseguido lo que quería…, un programa.

Fuera, la noche parecía muy tranquila; pasó un segundo escuadrón de tanques y se alejó por el camino como sabiendo perfectamente adonde iba. Dijo Pyle:

—Es terrible. Yo no lo hubiera creído nunca…

Agregó con triste asombro:

—Eran tan bonitas.

No envidiaba a Granger; se lamentaba pensando que algo bueno y la belleza y la gracia son seguramente formas de bondad— pudiera ser maltratado o estropeado. Pyle era capaz de reconocer el dolor cuando lo tenía frente a los ojos. (No escribo estas palabras con sarcasmo; después de todo, muchos de nosotros no somos capaces ni de eso.)

—Volvamos al Chalet le dije. Fuong nos espera.

—Perdón —dijo—. Me había olvidado completamente. No debió dejarla sola.

—Ella no corría ningún peligro.

—Mi intención fue acompañar a Granger para estar seguro de que no le pasaba nada…

Volvió a sumergirse en sus pensamientos, pero cuando entrábamos en el Chalet dijo con oscura aflicción:

—Me había olvidado que hay tantos hombres…

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