El anillo de hierro

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Viendo llegar los últimos años de su vida, Tito Vibio Scipus, un ex legionario romano, se decide a recapitular su vida, y ésta reserva dos grandes sorpresas al lector: por un lado el asesinato de Viriato y por el otro el enfrentamiento naval entre romanos y cartagineses que acabaría con la destrucción de Cartago. Un relato violento, divertido, emocionante, erudito, de un realismo muy sólido que asalta al lector y le sacude; una espléndida y muy original novela histórica, con un reflejo fiel en todos los aspectos de lo que debió ser la vida de un legionario.

ANTICIPO:
Mientras los demás se mofaban de mí, empezé a sentir un rebullo de sentimientos y flujos corporales lacerantes y contradictorios, que me exaltaban, me quemaban, me producían náuseas. Debí poner la cara y parecer la estatua de un bobo, porque las risotadas de mis amigos eran grandes y sinceras. Al cabo de un rato, y con la ayuda del vino, conseguí sobreponerme e integrarme en la fiesta. La velada transcurrió, y cuando la borrachera común ya iba a entrar en gravedad, las chicas empezaron a mostrarse lascivas, y yo decidí —o mi cuerpo, o mi ánimo— que no me apetecía participar en lo que venía.

Antes de entrar en la casa no pude evitar volverme y arriesgarme a sufrir descubriendo a Marcia revolcándose con alguno de mis amigos. No la vi. Fue peor: se habría retirado antes y llevaría largo rato gimiendo encima, debajo, detrás y delante, no podía entender qué había pasado con aquella niña inteligente y sensible; la cabeza me daba vueltas en la oscuridad, los dioses maldijeran por siempre aquella casa, a Drusila, que lo sabía, que lo había preparado todo a posta, mœcha putida, a mi padre, que ojalá se hubiese ahogado en algún mar lejano.

Escuché entonces el susurro de una mujer, y la respuesta rumorosa de una voz varonil. Me asomé al atrio. La puerta de la casa estaba entreabierta; fuera un esclavo aguardaba sujetando las bridas de un hermoso caballo blanco. Avancé, para ver mejor, y me encontré casi de narices con el rostro de Drusila y el de un hombre, enojada y sorprendido respectivamente:

—No te preocupes, es un sobrino. De los que irán contigo al África a pie —le dijo Drusila a su amante—. Ponlo en primera fila y un cartaginés hará callar para siempre a este entrometido —añadió.

Yo me tambaleaba, o al menos la pareja oscilaba delante mía como si estuviésemos en la cubierta de un barco un día de levante fuerte. El hombre, que no debía tener mucho más de treinta años, me dedicó una amable sonrisa:

—¿Como hastario?

—Sí, dómine.

—¿En qué legión?

—En la Cuarta.

—Mandaré seiscientos hombres en una de las legiones del cónsul Manilio, aunque todavía no sé a cuál me asignarán. Si deseas que haga algo por tí…

—No lo deseo, dómine… Quiero decir que no se moleste.

—Como quieras.

El desconocido se despidió de Drusila y salió. Drusila lo vio partir al trote de su caballo, acompañado de otros tres jinetes. Cerró la puerta y se dirigió a mí en la oscuridad:

—¡Maldito niñato borracho!

—Pppperdón.

Drusila debió marcharse, y yo me quedé allí plantado sin poder ver nada. Me di la vuelta. La puerta del jardín enmarcaba la silueta de una chica vestida con un peplum.

—¿Sabes quién era?

—¿Marcia?¿Eres tú?

Marcia se acercó, tomándome del brazo.

—Acabas de conocer a Escipión Emiliano, el nieto del gran Escipión Africano. Un tipo muy popular. ¿A que es guapo?

—¿Escipión…? Ni idea.

—Ven conmigo. Te llevaré a tu aposento.

Desperté a primeras horas de la tarde. Mi habitación daba a Occidente, y la luz del sol a través de la ventana me devolvió al mundo entre fuertes punzadas de la cabeza y un desconcierto general del cuerpo. Abajo, en el jardín, terminaba el ajetreo de la limpieza. Noté entonces, en las sábanas de mi cama, un lánguido aroma, y las últimas nébulas del sueño recordaron sobre mi piel el sentido de una piel rozada, la caricia de otros cabellos, largos y sedosos, sobre mi mejilla, el dulce calor de unas manos dormidas.

La puerta se abrió.

—¿Qué tal has descansado?

—Lo bastante.

—Tus amigos ya se han marchado. Aselio, Laberio y Saturnino, los que partían hoy para Hispania, no quisieron despertarte; me han dicho que te escribirán, y que siempre recordarán esta fiesta.

Otros hubieran opinado que Marcia, de niña, prometía más de lo que Natura le había reservado como mujer. Su rostro no se acercaba en absoluto a los cánones de la belleza helenística; sin embargo uno puede admirar pero no enamorarse de la Victoria de Samotracia. Bueno, esto lo ve todo el mundo, y hace tiempo que los artistas griegos descendieron de las frías cumbres de los arquetipos para solazarse en la cálida y carnal variedad humana. Drusila turbaba por esos detalles con que la voluptuosidad turba un rostro perfecto: labios algo demasiado gruesos, nariz asaz pequeña, ojos grandes y rasgados de mirar descarado. Muchos años atrás Laluna, sin duda, embrujó con sus ojazos oscuros. Marcia no tenía esa cabeza en forma de pera invertida y la nariz interminable y afilada de las romanas de pura sangre, pero su rostro era alargado y su nariz también; sus labios perfectos y sus ojos pequeños, almendrados y graciosos como los de una ardilla. Cuando reía, los párpados se entrecerraban mostrando únicamente el iris oscurecido, y entonces parecían los de algún pequeño animalillo. La frescura de su juventud ceñía el conjunto de sus rasgos en una armonía inesperada, sin ser exótica; su expresión era dulce y contenida. Y como en los humanos primero llega el amor y después la persona amada, ahora sé que yo estaba perdidamente enamorado de mi amor por Marcia.

—Has dormido conmigo. ¿Hemos…?

—Tenemos el mismo padre, Tito.

¡Que los dioses se revuelvan allá en sus altas moradas y nuestros antepasados en su infierno, que se escandalice quien quiera, pero mis sentimientos no podían ser los de un hermano!

Esbocé una triste sonrisa:

—Y además tal vez sigas creyéndote la reencarnación de Platón.

Ella también sonrió, y después se mostró sombría:

—Voy a casarme cuando Puerulus regrese.

—Lo sé. ¿Quién será tu marido?

Marcia hizo un gesto vago con su brazo:

—Aún no le he visto. Se llama Aristarco, es un rico propietario neapolitano. Tiene cincuenta años. Pero antes de que nuestro padre cayera en desprestigio me había adjudicado a un patricio, no tan viejo, que después retiró su compromiso.

—Marcia: te amo, y no como un hermano —me rendí.

Me incorporé de la cama. Había olvidado que estaba desnudo. Y empezaba a sufrir una veloz erección. Enrojecí y agarré rápidamente la sábana.

Marcia estalló en un carcajada, para mi total confusión. Con las mujeres uno cree haber hecho el ridículo, y ha resultado encantador; cree haber estado formidable y ha sido un patán. ¿No es adorable? Además Marcia era inteligente:

—No podías haberme halagado más, Tito —dijo, sin dejar de reírse, y después se calmó:

—Te daría un besazo, pero entonces tropezaría con eso, y prefiero mantenerme dueña de mí misma.

Y volvió a reírse.

Abochornado, le rogué que me permitiera vestirme. Marcia añadió que Drusila y mis otros tres hermanos me esperaban para almorzar.

Yo habría debido quedarme un momento, por cortesía, y después largarme a mi casa, pero faltaban pocos días para que mi legión partiese, y sin Marcia hubieran sido los más desolados de mi vida.

Al menos, Drusila confiaba en sus encantos y en que mi padre se hacía viejo. Pero mis hermanos se aterrorizaban con la idea de que el hijo legítimo de Puerulus, algún día, quisiese impugnar un testamento injusto. Manio, el mayor, parecía un muchacho sensible y despierto. Mi padre lo había iniciado en sus negocios. Marco daba la impresión de que amaría la buena vida por cima de todas las cosas, y Cneo era sombrío y retraído:

— Menuda fiesta la de anoche, a cuenta de la casa, ¿eh?—dijo Marco, agitando una pata de pollo—: ¿Sabes lo que costaron solamente las lobitas? No podrías pagártelas ni con todo el botín que vaya a tocarte en África.

—He, he —rió Cneo.

—¿Lo sabes tú, Marco? Seguramente puedas hacer un cálculo, a partir de lo que te gastas con las tuyas —le increpó Manio. Y volviéndose hacia mí, con una sonrisa:

—Yo mismo me encargué de procurarlo y organizarlo todo, nada más me lo dijo Drusila. ¿Verdad, Drusila?

Pero no pudo evitar:

—Incluso me pareció poco para unos valientes hastarios que quizás mueran honrosamente por la Patria.

—Yo también serviré a la Patria, seguramente el año próximo —dijo Marco—. Papá me dejará llevarme conmigo a furor, su caballo favorito, y me comprará otro más: uno no puede fiarse de los que proporciona la República. Ya tengo la armadura, es una maravilla: después te la enseñaré. Pero no el yelmo. Están a punto de llegar unas importaciones de Ática que llevará todo el mundo el año próximo.

Marcia:

—Sois asquerosos.

Drusila:

—Menos cháchara. La comida se os va a enfriar. —me dijo inesperadamente Cneo.

—Últimamente no he leído mucho a Zenón —respondí.

—¿No? Claro que no. Te has preparado para matar, sin preguntarte bajo qué ley incompleta vas a hacerlo. Y una parte incompleta de tu ser, la más tosca y brutal, es la que prevalecerá.

Marcia se levantó:

—Hace una tarde espléndida. Ven, Tito: vámonos a dar un paseo.

Salté de mi triclinio:

—Bueno, Drusila; y a ti también, Manio, ya que has… Quisiera agradeceros…

Marcia me tiraba de la manga:

—Déjalo. Ya lo agradecerá durante la cena.

—¿Durante la cena? —exclamaron al unísono Manio y Marco.

—¡Marcia! —gritó Drusila.

Marcia se detuvo:

—No olvides que estás prometida. Y no con tu hermano.

Mis hermanos se escandalizaron. Marcia fingió no hacer caso, pero volvió el rostro para que no descubriesen que se ruborizaba.

—¿Sabes montar a caballo?

—Creo que no.

—Yo te enseñaré. Iremos despacito.

Luego cambió de opinión y me pidió que montara en la grupa de su caballo, sujetándome a ella.

—Me da un poco de vergüenza que…

—Vamos, tonto. ¿No sabes que los íberos van al combate dos en un mismo caballo?

—Nosotros no vamos a combatir. Me refiero a que…

—¿Cómo sabes que no vamos a combatir? Pero no con armas de hierro…

Marcia, con sus piernas desnudas aprensando los costados del caballo, parecía una joven diosa; una diosa roja de excitación.

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Interplanetaria

7 Opiniones

Escribe un comentario

  • HALEF
    on

    Saludos, pues paseando por la feria del libro de madrid, vi un libro que me llamo su atencion "El Anillo de Hierro" alguien sabe que tal esta??

  • I
    on

    Me sumo a la petición. El tema me tienta mucho, pero prefiría disponer de algún avance que me permitiera hacerme alguna idea…

  • Pluto
    on

    A mi tambiçén me interesa esa novela. ¿Alguien sabe algo?

  • Jaime
    on

    ¿De verdad no se ha atrevido nadie? Jó, venga, que los libros de Edhasa son demasiado caros para hacer experimentos…

  • Eos
    on

    Yo no lo he leído, pero también me llamó la atención que se ambiente en la III guerra púnica (que es un tema que me apasiona). Pero he encontado una reseña de ese libro en Hislibris: http://www.hislibris.com/?p=263.

    Lo que sí puedo recomendar sobre la III guerra púnica es un libro llamado Cartago: el imperio de los dioses, de Emilio Tejera Puente, Ed. Viamagna. Por casualidad llegó ese libro a mis manos, y me pareció una novela histórica impresionante. No solo tiene la parte histórica, que es apasionantes, sino que el estilo y los personajes me fascinaron.

    Os pongo el enlace del resumen que ofrece la editorial:

    http://www.editorialviamagna.com/fichas-tecnicas/Cartago.pdf

    Espero que disfruten del libro tanto como lo he hecho yo. Un saludo

  • AKIUS
    on

    POSIBLEMENTE YA HAYAS LEÍDO EL LIBRO DE MARRAS PERO SI NO LO HAS HECHO, AHÓRRATE EL PASTÓN QUE VALE.

  • AKIUS
    on

    POR CIERTO, SI QUEREIS LEER ALGO SOBRE LAS GUERRAS PÚNICAS OS RECOMIENDO "ANIBAL" DE GISBERT HAEFS.

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