El arco de plata. Guerreros de Troya I

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Helicaón, el protagonista de esta novela, que pasará a la historia como Eneas, es un guerrero lúcido, ágil y fuerte, temido tanto en el mar como en tierra firme. El destino lo convierte en héroe de uno de los episodios más épicos y violentos de la historia, una hazaña que estremecerá al mundo. En este primer volumen de la trilogía, Helicaón zarpa en la "Janto" para ayudar a sus aliados troyanos, que viven tiempos turbulentos, y durante el viaje conoce a Andrómaca, que se dirige a la ciudad para casarse contra su voluntad con Héctor, el hijo del rey Príamo. Sin embargo, Agamenón ha sido advertido por un oráculo del peligro que puede suponerle Helicaón y hará todo lo posible para impedir que llegue vivo a Troya.

La última obra del aclamado autor de "Legend" es una de las más interesantes, por el modo en que juega con la mitología, la historia, la recreación de la sociedad, e incluso se premite un algo de fantasía, con un resultado realmente incomparable.

ANTICIPO:
Los dioses aparecen en tiempos de tormenta. La pequeña Phia lo sabía, pues a menudo su madre le había narrado historias de inmortales; de cómo en los relámpagos podían verse las jabalinas de Ares, el dios de la guerra, y cómo el martillo de Hefesto causaba el trueno. Si los mares se embravecían, era porque Poseidón nadaba bajo las olas, o porque se traslada en su carro de delfines a través del Gran Verde.

De este modo la niña de ocho años intentaba disipar el miedo mientras se esforzaba por subir la embarrada cuesta en dirección al santuario. Su raída y desteñida túnica la protegía de los vientos ululantes y la lluvia torrencial que azotaban las costas de Chipre. Incluso tenía la cabeza fría, pues diez días atrás su madre le había cortado el cabello dorado a fin de tratar de liberarle el cuero cabelludo de pulgas y piojos. Con todo, el delgado cuerpo de Phia aún estaba cubierto de llagas y mordidas. Muchas de ellas sólo picaban, pero el mordisco de rata en el tobillo continuaba hinchado y supurante; la costra se abría continuamente y por ella manaba sangre fresca.

No obstante, aquellos eran asuntos menores que no preocupaban a la pequeña mientras continuaba su ascensión hacia el elevado santuario. El día antes, al caer su madre enferma, Phia había corrido al centro de la ciudad en busca del sanador, que le había dicho airado que se apartase de él. No visitaba a aquéllos a quienes los dioses habían maldecido con la pobreza, y apenas la había escuchado cuando le explicó que su madre no podía levantarse del lecho, que le ardía el cuerpo y sufría dolores.

—Acude a un sacerdote —le dijo el sanador.

Por tanto, Phia se precipitó a través del puerto hacia el templo de Asclepio, donde guardó cola Junto a otros que buscaban ayuda y consejo. Todos los que esperaban portaban alguna clase de ofrenda. Muchos tenían serpientes en canastos de mimbre, algunos cachorros de perro, y otros llevaban ofrendas de comida o vino. Cuando al fin se le permitió atravesar las altas puertas fue recibida por un joven que se interesó por la ofrenda que traía. Ella intentó hablarle de la enfermedad de su madre, pero él también le ordenó que se marchara y llamó al siguiente en la fila, un viejo cargado con una jaula de madera donde zureaban dos palomas blancas. Sin saber qué hacer, Phia regresó a casa. Su madre estaba despierta y hablaba con alguien a quien Phia no podía ver. Después empezó a llorar. Phia también.

La tormenta se desató al oscurecer y Phia recordó que los dioses se presentaban con el mal tiempo, así que decidió hablarles en persona.

El templo de Apolo, el dios del arco de plata, se hallaba cerca del colérico firmamento, y Phia creyó que los dioses podrían oírla mejor sí subía hasta él.

Para entonces, al hacerse !a noche más fría, tiritaba y se sentía inquieta por si los perros salvajes que pululaban por la ladera percibían el olor de la sangre de su tobillo. Dio un traspié en la oscuridad. Su rodilla golpeó contra una roca y la niña gritó. Cuando era pequeña y se hacía daño acudía a su madre, que la abrazaba y hacía desaparecer el dolor. Pero eso era cuando vivían en una casa mayor, con un jardín florido, y todos los tíos eran jóvenes y ricos. Ahora eran viejos y mugrientos y no le llevaban bonitos regalos, sino sólo unos pocos anillos de cobre. Ya no se sentaban y reían en compañía de su madre. La mayoría de ellos ni siquiera hablaba. Llegaban de noche, mandaban fuera a Phia y marchaban poco después. Ninguno de sus tíos las había visitado últimamente. No había ni regalos ni anillos, aunque sí poca comida.

Phia siguió ascendiendo. En la cumbre del acantilado distinguió el irregular recinto rocoso que rodeaba al santuario. El Descanso de Apolo, se llamaba, según le había dicho su madre, pues el dios del sol de dorado cabello había descansado allí antes de regresar al cielo montado en su carro de fuego.

La niña se encontraba casi al límite de sus fuerzas cuando se esforzaba por escalar la abrupta ladera— Trastabilló entre las rocas, mareada por la fatiga. Un rayo surcó el firmamento. Phia gritó, pues la brillante luz iluminó de pronto a una silueta situada al borde del elevado precipicio, con los brazos en alto. Las piernas de Phia flaquearon y se desplomó. Entonces se abrieron las nubes y la luna brilló a través. El dios bajó los brazos y se volvió despacio, mientras la lluvia refulgía sobre su torso desnudo.

Phia lo miró fijamente, con ojos muy abiertos y asustados. ¿Era ése el dios del arco de plata? Seguramente no, pues el cabello del dios era largo y oscuro, y se decía que Apolo tenía rizos nacidos de la dorada luz del sol. Su rostro era atractivo y severo, sus ojos pálidos y duros. Phia observó sus tobillos, esperando ver alas en ellos, lo cual significaría que se trataba de Hermes, el mensajero de los dioses, famoso por ser amable con los mortales.

Pero allí no había alas.

El dios se acercó a ella, y ella reparó en que sus ojos eran de un extraordinario color azul.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó él.

—¿Sois el dios de la guerra? —preguntó ella con voz temblorosa.

—No, no soy el dios de la guerra —contestó él sonriendo.

La invadió el alivio. El poderoso Ares no habría sanado a madre, pues odiaba a los humanos.

—Mi madre está enferma, y no tengo ofrendas —explicó la niña—. Pero si la sanáis, trabajaré y trabajaré y os traeré muchos regalos. Toda mi vida.

Entonces el dios se volvió, y alejándose de ella retrocedió entre las rocas.

—¡Por favor, no os vayáis! —chilló—. ¡Mi madre está enferma!

Él se arrodilló y levantó un pesado capote de detrás de una roca. Después, sentándose al lado de la niña, le cubrió los hombros con la prenda. Estaba tejida con la más suave de las lanas.

—¿Has venido al santuario en busca de ayuda para tu madre? —preguntó—, ¿La ha visitado el sanador?

—No lo hará —le dijo al dios—. Por eso fui al templo, pero no tengo ofrendas. Me echaron de allí.

—Vamos, llévame hasta tu madre —indicó.

—Gracias.

La niña intentó levantarse, pero sus piernas flaquearon y cayó con torpeza, salpicando de barro el valioso capote.

—Lo siento, lo siento.

—No tiene importancia —respondió él. Después la levantó en brazos y comenzó el largo camino de retorno a la ciudad.

***

Phia se quedó dormida en algún momento del recorrido, con la cabeza apoyada sobre el hombro del dios. Solamente se despertó al oír voces. El dios estaba hablando con alguien. Al abrir los ojos vio una enorme figura caminando al lado de aquél. Era calvo, y lucía una barba bífída. Et barbudo le sonrió.

Como en ese momento ya estaban aproximándose a las casas, el dios le preguntó dónde vivía. Phia se sintió avergonzada, pues aquéllas eran casas bonitas, de paredes blancas y tejados rojos. Su madre y ella moraban en una choza situada en el baldío de más allá. El techo goteaba y en las finas paredes de madera había agujeros por los que las ratas hallaban la entrada. El suelo era de tierra y no tenía ventanas.

—Ahora ya me siento más fuerte —dijo, y el dios la depositó en el suelo. Después la niña lo guió a casa.

Al entrar varias ratas salieron en estampida cerca del cuerpo de madre. El dios se arrodilló en el suelo, a su lado, y se estiró para tocar su frente.

—Está viva —anunció—. Llévala a la casa. Buey —dijo a su amigo—. Nosotros iremos enseguida.

El dios tomó a Phia de la mano, y atravesaron la ciudad hasta detenerse en la morada del sanador.

—Es un hombre muy irascible —advirtió la pequeña cuando el dios golpeó con fuerza la puerta de madera.

La puerta se desgoznó y el sanador apareció en el umbral.

—¿Qué, en nombre de Hades…? —comenzó a decir. Después, vio al dios de cabello oscuro y Phia advirtió que su actitud cambiaba. Parecía achicarse—. Te pido perdón, noble señor –dijo humillando la cabeza—. No sabía…

—Recoge tus hierbas y medicinas y ve de inmediato a casa de Fedra —indicó el dios.

—Por supuesto. Enseguida.

Luego siguieron caminando, en esta ocasión para ascender por la ventosa colina en dirección a las casas de los ricos. Las fuerzas de Phia comenzaron a flaquear de nuevo. El dios la levantó.

—Te conseguiremos algo de comida —anunció.

Cuando al fin llegaron a su desuno, Phia observó maravillada el lugar. Se trataba de un palacio con un muro alto alrededor del jardín y pilares rojos que flanqueaban la gran entrada. Una vez dentro, el suelo estaba decorado con losas coloreadas y en las paredes había frescos pintados con vivos colores.

—¿Es ésta vuestra casa? —preguntó la niña.

—No, pero me alojo aquí cuando estoy en Chipre —contestó el dios.

Condujo a Phia a una sala de paredes blancas situada en la parte posterior de la casa, donde había una mujer, joven y de cabello dorado, ataviada con un vestido verde ribeteado con hilo de oro. Era muy hermosa. El dios habló con ella y después la presentó como Fedra.

—Dale a la niña algo de comer —dijo el dios—. Yo iré a esperar al sanador y veré cómo le va a la madre.

Fedra sonrió a Phia y sacó pan fresco con miel. Después de comérselo la niña se lo agradeció y luego quedaron sentadas un rato en silencio. Phia no sabía qué decir. La mujer se sirvió una copa de vino al que añadió agua.

—¿Sois una diosa? —preguntó Phia.

—Algunos hombres me han dicho que lo soy —replicó Fedra muy sonriente.

—¿Es ésta tu casa?

—Sí, ¿te gusta?

—Es muy grande.

—En efecto, lo es.

Phia se inclinó hacia delante y dijo en voz baja;

—No sé qué dios es él. Fui al santuario y lo vi. ¿Es el dios del arco de plata?

—Es como un dios en muchos aspectos. ¿Te gustaría comer más pan?

—Sí, por favor.

Fedra le dijo que se sirviese, después fue a por un jarro de leche templada y llenó un cuenco, que Phia bebió. El sabor era exquisito.

—Entonces —dijo Fedra—, tu madre estaba enferma y tú fuiste al santuario en busca de ayuda. Aquello está muy alto, y el camino es peligroso. Y hay jaurías de perros salvajes.

Phia no sabía qué responder, de modo que permaneció sentada en silencio.

—Eso fue de gran valentía por tu parte —continuó Fedra—. Tu madre es afortunada al tenerte. ¿Qué le sucedió a tu cabello?

—Mi madre lo cortó. Tenía pulgas —respondió Phia, avergonzándose de nuevo.

—Esta noche tendré preparado un baño para ti. Y buscaremos algunos ungüentos para esas picaduras y rasguños de tus brazos.

Entonces regresó el dios. Se había cambiado de ropa y vestía una túnica blanca hasta las rodillas y ribeteada con hilo de plata. Llevaba el largo cabello recogido en una cola de caballo, lo que dejaba al descubierto su rostro.

—Tu madre está muy débil. No obstante, ahora está durmiendo. El sanador vendrá todos los días hasta que se encuentre bien. Ambas podéis quedaros aquí tanto tiempo como deseéis. Fedra encontrará un empleo para tu madre. ¿Responde esto a tus oraciones, Phia?

—Oh, s͗respondió la niña—. Gracias.

—Se preguntaba si eres Apolo —intervino Fedra, sonriendo.

Él se arrodilló junto a Phia y la niña se hundió en sus brillantes ojos azules.

—Mi nombre es Helicaón —le dijo—, y no soy un dios. ¿Estás decepcionada ?

—No —replicó Phia, aunque no era cierto.

Entonces Helicaón se levantó y se dirigió a Fedra.

—Van a venir unos comerciantes. Estaré un rato con ellos.

—¿Todavía tienes intención de zarpar mañana hacia Troya?

—Debo hacerlo. Le prometí a Héctor que asistiría a la boda.

—Es temporada de galernas, Helicaón, y la travesía supone casi un mes en el mar. Esa promesa puede resultar cara.

Él se inclinó y la besó. Después salió de la estancia.

Fedra se sentó con Phia.

—No te decepciones demasiado, pequeña —le dijo Fedra—. La verdad es que es un dios. Lo que pasa es que no lo sabe.

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