El atlas furtivo

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Mallorca, siglo XIV. Dos cartógrafos de origen judío reciben un encargo muy especial del propio Rey: confeccionar el más bello y completo mapamundi de todos los tiempos, una joya que refleje con absoluta fidelidad el mundo conocido.

Conscientes de la importancia del encargo, se ponen manos a la obra, pero en vez de hacer un solo mapa, deciden hacer dos: el real y el furtivo, un mapamundi fantástico en el que se reflejarán los mitos y las leyendas narrados por viajeros y marinos de todos los rincones del orbe, un documento, en definitiva, único, comprometido y de un valor incalculable. Cuando este segundo atlas desaparece, se inicia un torbellino de intrigas palaciegas….

ANTICIPO:
El hospital se alzaba al final del puerto, cerca de una ermita y un par de casas más. Entramos en el patio interior: en un rincón encontramos a un mensajero, sentado sobre un baúl con la cruz de San Jorge. Apoyaba la cabeza en las rodillas. El maestro tuvo que zarandearlo para que abriera los ojos. Eran un joven fuerte, aunque se le veía pálido y mal afeitado. Sudaba como un condenado. Nos miró cual si hubiéramos caído del cielo.

—Doncel, soy Cresques de Abraham, maestro de cartas de navegación. Me han dicho que traíais correo de Barcelona.

Abúlico, el joven asintió con una mueca de asco. Puso los ojos en blanco y, sin previo aviso, vomitó a nuestros pies.

Nos echamos hacia atrás, pero no logramos esquivar las salpicaduras, y noté cómo la vomitona me chorreaba por los tobillos. Maese Cresques me obligó a ir a la alberca solo, a pesar de que él también estaba pringado. Mientras volvía supe que las noticias eran buenas. Cresques corría hacia mí con los brazos abiertos y un pergamino en la mano. Se agachó y me abrazó con fuerza.

—El Rey… el Rey nos ha encargado un mapamundi. El más grande, hermoso y completo que habrá dibujado hombre alguno.

De regreso a la ciudad, con una mano me agarraba y con la otra estrechaba el pergamino enrollado, que exhibía como un trofeo a cualquiera, persona o animal, que encontráramos por el camino. Pensé que, durante muchos años, recordaría aquel día como el más gozoso de mi vida. Si mi padre, el hombre más bueno y admirable del mundo, era feliz, yo lo era doblemente. Nada me hacía sentir más afortunado que compartir su gozo y participar de sus sueños. Sí, aquel hombre era mucho más que mi padre. Aunque llevase en las sandalias una innoble capa de polvo junto a las bilis y tripas de un mensajero barcelonés.

Entramos en Ciudad de Mallorca al atardecer, y Cresques decidió que un día tan memorable debía prolongarse. En las calles por donde habíamos pasado, la gente terminaba su labor y acarreaba los últimos bultos. Doblamos hacia arriba, por la calle del Mar, hasta la Posada. Había oído hablar de ella; allí, los del oficio se mezclaban con patrones y viajeros. A fuerza de vino, la gente de mar acababa contando un montón de historias acerca de costas lejanas, que más tarde eran dibujadas con fruición en las cartas. Cresques abrió la puerta de un empujón.

—¡Viva el rey Pedro!

Invitamos a una ronda a los bebedores, los cristianos con su vino y los judíos con el nuestro. Nos sentamos en la mesa más grande junto a una docena de individuos singulares. El maestro les explicó a qué era debida tan festiva aparición. No recuerdo a todos los que nos acompañaban, pero sí a quienes ya conocía o a algunos con los que, por una u otra razón, me familiarizaría a lo largo de los años.

Allí estaba Angelí Dulcert, un judío barbudo y viejo que había venido años atrás de Génova y que estaba considerado el padre de los cartógrafos. También se contaban entre los presentes el doctor León Mosconi, un cirujano de origen griego que poseía la biblioteca mejor surtida de la isla, y dos mercaderes judíos de la Berbería y algunos navegantes sicilianos, que se entretenían con unas mozas del hostal. Me impresionó mucho un joven vestido de fraile que, sentado a mi lado, se me presentó como Anselmo Turmeda. Me habían enseñado que rehuyera a los predicadores, pero aquél parecía muy agradable.

—Hago votos —anunció fray Anselmo—… por el buen entendimiento entre cristianos, judíos y sarracenos…

—¿Y los que no deseen la concordia? —interrumpió el sabio Mosconi.

—Pues ya pueden ir haciéndose a la idea de vivir unidos —replicó el fraile—; porque, si bien en el cielo nos separarán, en el infierno nos quemarán a todos juntos.

Sus palabras hicieron reír a todo el mundo. Sin embargo, inesperadamente hizo algo que sólo divirtió a los más jóvenes: cató el vino de los judíos, se quedó pensativo y aseguró que había descubierto una razón de peso para no convertirse a la fe de Moisés. El viejo Dulcert aprovechó un momento de silencio para cambiar de tema y felicitar al maestro Cresques. Le ofreció su ayuda y deseó que durante muchos años pudieran celebrar la buena fortuna de uno de ellos como si fuera la de todos, sin envidias ni rencores.

Agradecimos las buenas palabras de aquellos hombres y, a pesar de las protestas, abandonamos el hostal. En la Judería debían de estar a punto de cerrar y no eran horas para pasear a un niño por calles que no eran las suyas. Además, no llevábamos antorcha y debíamos guiarnos por la claridad de un sol que se ponía. Yo caminaba de lado, contento y mareado. Tropecé un par de veces, pero el maestro me agarraba; gracias a él no caí de cabeza al arroyo cuando resbalé en los tablones del vado. En los alrededores de la Seo, los peones habían encendido una hoguera, se tendían en el suelo y canturreaban medio borrachos. Padre, para quitar me el miedo y abreviar, me subió a hombros.

Antes de llegar a la reja de la Judería, oímos cómo echaban el candado. Salté a tierra y ambos rompimos a correr. El portero nos debió de escuchar, porque cuando nos plantamos ante la vega nos esperaba con cara de pocos amigos. Nos metimos adentro y padre, con una expresión de arrepentimiento harto graciosa, le prometió que no volvería a ocurrir. Parecía más un niño travieso que un maestro judío. Aún conteníamos la risa tonta cuando llegamos a la calle del Portal del Templo. Tres o cuatro parejas de mendigos dormían al raso, pero no había por qué temer, pues eran nuestros pobres.

Salió a abrimos Setaddar, mi madre, que dedicó una mirada de preocupación a mi padre, nos hizo entrar y cerró la puerta a cal y canto. No nos echó ninguna bronca, porque era poco habitual que volviéramos a aquella hora. La mujer se limitó a observarnos y a aguardar una explicación. Cuando el maestro le hubo contado las novedades con pelos y señales, Setaddar nos abrazó a ambos y, mientras se frotaba los ojos, nos obligó a jurar que nunca la volveríamos a hacer sufrir de aquella manera. Nosotros, con la mano en el pecho y una sonrisa esbozada, juramos. Yo no podía siquiera sospechar cuántas veces tendría que tragar me aquella promesa, a la vez tierna y juguetona.

Padre quería continuar la fiesta, pero madre dijo que ya era suficiente. Los demás, mis hermanos, dormían hacía rato, y no podíamos negarles el participar en una alegría tan enorme. Al día siguiente, con la caída de la tarde, comenzaba el sabbath, y ya tendríamos tiempo de invitar a familia y amigos a cenar. Me llevaron al taller, donde los pequeños dormían en los mostradores y ellos se fueron escaleras arriba. Me costó mucho dormirme; repasaba uno a uno los fabulosos hechos de aquel día, mientras fuera ladraban los perros y arriba oía crujir la madera, risotadas y jarana.

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