El Barco de la Muerte

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William Clark Russell nació en Nueva York en 1844. Su madre, Isabel Lloyd, era amiga del poeta Wordsworth, así como de Coleridge y los hermanos Lamb. Russell estudió en un colegio de Winchester y luego en Boulogne, donde conoció a un hijo de Charles Dikens, con el que se cuenta que planeó huir en busca de fortuna. Su espíritu aventurero le lleva a enrolarse a los catorce años en la marina mercante con la que viajó a la India y Australia. En 1866 abandonó la vida marinera para dedicarse a escribir. Russell es autor de cincuenta y siete novelas de ambiente marinero, al estilo del Capitán Marryat, entre las que destaca «John Holdsworth, Chief Mate» (1874) que le granjeó una inmediata popularidad, «The Wreck of the Grosvenor» (1875), «An Ocean Tragedy» (1881), «The Emigrant Ship» (1894) y «The Two Captains» (1897). Russell escribió también varias historias de terror en el mar, al estilo de Hodgson, como la colección de relatos «Phantom Death and other Stories» (1895), o las novelas «The Frozen Pirate» (1887), y «The Death Ship» «El Barco de la Muerte» (1888), que recrea el mito de «El Holandés Errante».

El Barco de la Muerte narra las increíbles peripecias de un joven marinero inglés que, tras caer accidentalmente al mar durante una travesía cerca del Cabo de Buena Esperanza, a finales del siglo XVIII, y después de ser abandonado por sus compañeros, espantados ante la repentina aparición del legendario barco fantasma «El Holandés Errante», es recogido finalmente por su espectral tripulación. A bordo del siniestro navío se encontrará con el infortunado capitán Vanderdecken, que ignora que su travesía dura ya más de ciento cincuenta años, y se enamorará de Imogene, una compañera de cautividad, con la que planea fugarse.

ANTICIPO:

Capítulo 19
Un trance del capitán

Llevaba en cubierta cerca de un cuarto de hora cuando Vanderdecken, que permanecía inmóvil en el pasamanos mientras observaba el mar por la banda de barlovento con cualquiera sabe qué fantasmagorías y visiones, vino a sotavento de la caseta pues, aunque no pareciera fijarse en mí, sabía dónde me hallaba, y dijo:
–¿Está la señora en el camarote?
–Se fue a sus aposentos, señor –le respondí.
–¿Os contó su historia? –dijo mientras se arreglaba las barbas con ambas manos y me miraba con una severidad que empecé a pensar que se podía deber tanto a la disposición de sus rasgos como a su carácter.
Le contesté que me contó cómo la encontraron a bordo de una chalupa, que sus padres habían muerto, y cómo él sintió la piedad y el cariño de un padre por ella y la traía de vuelta al hogar.
–Para adoptarla –afirmó–. La haré mi hija. Mi mujer pronto se encariñará con ella y será como una hermana para mis niñas. No tiene parientes, y hay que cuidar de tal belleza y de tal dulzura, pues ¿para qué sirven todas esas gracias cuando se reúnen en una mujer sin protectores?
«¡Seguro que un hombre que piensa así no puede ser un endemoniado!», pensé. ¿Y no es el insigne Milton el que concede el cariño de una hermana y de una hija del pecado cuando reconcilia a Satán y a la Muerte? Algo de la naturaleza humana debe mantenerse incluso en las criaturas que más merecen el castigo del Cielo; y el resplandor de su Gloria en nuestra creación, pese a que se desluzca u oscurezca como este barco que se arrastra en la noche, nunca se extingue por completo, incluso en el alma más negra de todos nosotros.
No quería hablar de la señorita Dudley, pues no pretendía irritarle con alguna observación sobre el número de años que había pasado a bordo o por alguna indiscreción semejante. Si ella tenía que escapar gracias a mí, debía ocultar mis pensamientos con el más estricto secreto, ya que tras dos siglos de existencia, sus ojos parecían de cristal ardiente, capaz de encenderse con el fuego de su suspicacia y parecía leer dentro de mi cuerpo y de mi alma, por decirlo de una manera más sencilla. Lanzó una mirada a lo alto y alrededor:
–Me temo, mynheer, que si os topáis con un tiempo de esta naturaleza, vuestro barco habrá de sufrir una dura prueba –le dije.
–¡Ya quisieran todos los barcos comportarse en la mar como éste! –respondió.
–¿Cuánto hace que no se carena? –le pregunté.
–¿Cuánto tiempo creéis que es necesario? –dijo con un súbito arranque de genio.
–No lo puedo suponer –respondí titubeante.
–He comandado el Braave durante cinco viajes –dijo suavizando un poco el tono– y sólo una vez, en el segundo, rezumó. Pero en éste ha tenido más problemas y debimos carenar dos veces.
«Dos veces sólo», pensé. Pero esa memoria, conformada a la medida de su maldición y del recuerdo de todo lo que le pasó a él y a los suyos desde el momento en que su condena fue dictada, se eclipsaba casi tan rápidamente como el suceso, como las nubes sobre la blancura de los cielos; tan es así que los mismos cambios que podían dar una idea sobre el paso del tiempo para cualquiera, tal como la alteración en los aparejos y las formas de los barcos con los que se encontraba, o el desarrollo de la feminidad en la muchacha rescatada, él y sus compañeros lo notaban tan poco como por un hombre totalmente desprovisto de memoria. Claro que era una parte manifiesta de su maldición el que guardase una precisa y clara memoria de su hogar, de su familia, de Ámsterdam, de la política y las guerras de su tiempo y de cosas semejantes. Si esta facultad estuviera completamente muerta en él, no sería sino un cadáver, sin ese afán por regresar al hogar que es el que perpetúa su maldición.
–¿Hay algún buen lugar para carenar en la costa al este de El Cabo? –le pregunté, ansioso por recopilar todo lo que pudiera en lo que toca a las prácticas y vida cotidiana de este barco sobrenatural sin parecer demasiado curioso.
–Sí –respondió él–, hay un buen sitio en cierta bahía. No sé el nombre, pero se puede identificar por la forma peculiar que tienen las montañas que la rodean. Si alguna vez necesitáis carenar en esas aguas, escoged ese lugar, pues aparte de eso podéis refrescar a vuestra tripulación y hay un montón de provisiones, cuando es la temporada, de naranjas, uvas, albaricoques, plátanos y otros frutos, además abunda el pescado, especialmente el bacalao, la merluza y el mújol, y delicias tan exquisitas como frailecillos, perdices y avutardas. También hallaréis ahí una fuente de agua salobre cuyo líquido al hervir produce la cantidad suficiente de sal para curar cualquier cantidad de víveres. Y lo que no es de menor utilidad para un marino, alrededor de la orilla se encuentra una especie de ciervo javanés que, hervido con sal y aderezado con aceite, es buena brea para calafatear las cuadernas.
«De esta forma», pensé, «es como te conduces cuando tu barco necesita reparaciones o cuando escasean las provisiones. Con la estopa que puede sacar de los barcos abandonados y del ciervo del que habló antes, no tiene ningún problema a la hora de mantener cohesionada la estructura de la nave, con más razón si la cualidad sobrenatural que hay en su propia vida se extiende también a la del barco; así el casco se mantenía como su piel, pese a que una a menudo necesitaba reparaciones, al igual que el cuerpo del otro se mantenía comiendo y bebiendo».
–Os agradezco vuestra información, capitán –le dije.
–Si dejáis que el plátano se seque –prosiguió–, obtendréis una excelente harina al triturarlo. Los pasteles que comimos en el desayuno estaban hechos de harina de plátano.
–Es fantástico –dije– cómo el marino fuerza al mar y a la tierra para proveerse de todo aquello que precisa.
–Sí –afirmó–, tenéis razón, pero ningún marino supera a los holandeses en este apartado particular.
Parecía estar inmóvil como un fantasma, sólo destacaba la vivacidad de sus ojos brillantes. Me aparté de su lado con un escalofrío, pues en aquel momento su aspecto me reveló de la forma más horrible su existencia aberrante y ultraterrena. El cambio tuvo la violencia de una catalepsia y pasó de ser un hombre razonable, aunque mortalmente pálido, capaz de conversar de cosas rutinarias, a convertirse en una figura petrificada y muda, a la que el fuego de sus ojos imponía un inefable elemento de horror. Tanto me espantó que noté que sudaba por las manos. Por más que razoné acerca de su estado, no pude sacar ninguna conclusión. Todo indicaba que la muerte que se albergaba en su cuerpo se hubiese encontrado con su espíritu, dejándole lánguido por la pena y la enfermedad. La vitalidad se extinguía en su interior, hasta que se reavivaba por el elemento sobrenatural que la poseía. Saltaba a la vista que este don sobrenatural no hizo sino reavivar a un cadáver hace poco sepultado, en el que todavía se observaban los colores de la vida, como sucede con los muertos recientes. De la misma forma, según creo, que Vanderdecken y su tripulación se desvanecerán de golpe en cenizas que el viento esparcirá cuando se acabe el poder que los mantiene capaces de moverse y dotados de inteligencia. Con esto no quiero decir que se pudren lentamente, como los cadáveres naturales, sino que se disolverán en el polvo, como los muertos de hace más de cien años.
Estos pensamientos no son alegres, ¿pero qué se puede pensar de la realidad? Nunca hubiese podido medir el horror de la maldición como entonces, cuando volvía mis ojos al hombre que estaba a mi lado: marmóreo, majestuoso, inmóvil, que sólo albergaba vida en sus ojos. Y también el gris, baqueteado y frágil barco, que hiende la tétrica oscuridad con su ahorquillado bauprés, que surca por antiguos derroteros con sus gimientes aparejos y entre los truenos rabiosos y aulladores, como si en sus olas reverberasen los cañonazos de las olvidadas flotas de Blake y Tromp, y barridas sus cubiertas por olas que parecen ráfagas de nieve a proa, que desafía con tenacidad al viento que le hace retroceder por el líquido sendero que tendrá que volver a surcar. ¡Es terrible sólo pensar en una vida así, inacabable! ¡Dios misericordioso! ¿No nos resultaría un solo año en semejante situación enloquecedor? Es gran misericordia de la Providencia que estos pobres desgraciados hayan perdido toda noción del tiempo y que su castigo consista en un perpetuo engaño, en una esperanza de tan corta vida que hasta un simple recuerdo podría quebrar sus corazones. Pese a todo había dos personas en El Barco de la Muerte para las que el solaz que se le permitía a la tripulación no les alcanzaba, pues de no poder escapar del barco soportarían una vida aún más temible que las de los mismos holandeses, aunque se destruyesen a sí mismos, como hiciera Skevington. Y, durante algún tiempo, no pude pensar en nada sino en cómo iba a rescatar a la señorita Dudley y a preparar mi propia fuga, pues ya me había resuelto a hacer una cosa: no dejar nunca sola a la muchacha en ese barco.

Capítulo 20
Hablo con la tripulación

No había nada en el horizonte. Un barco para resultar visible con aquella mar gruesa tendría que navegar a menos de una milla. Como Vanderdecken ni se movía ni me hablaba, temí que se tomase a mal que siguiera a su lado, podría decir que consideraba aquella retirada de su atención como una señal para que me apartase de él. Entonces fui a proa y el segundo oficial me hizo tanto caso como si fuera tan invisible como el aire, mientras que el timonel, después de volver un par de ojos vidriosos e inyectados en sangre hacia mí, los volvió a enfocar hacia la proa; su rostro era tan tétrico y ausente como el de los otros, pero llevaba el timón con buen tino, el tranquillo, como decimos los marineros, y cuando hacía falta sabía mantener una buena orzada.
Mi curiosidad era grande, tanto que me aventuré a echar una ojeada en la cabina de bitácora, una caseta donde se guarda el compás. La carta era muy antigua, como se puede imaginar, y sin embargo oscilaba con el balanceo del barco. No podía suponer que fuera inexacta, ya que gracias a ella periódicamente tomaban tierra para cazar y hacer aguada. Ni Vanderdecken ni Antony Arents me impidieron que vagabundeara por la cubierta, así que tomé buena nota de lo que había en el Barco de la Muerte. Examiné las cureñas de los cañones, que estaban muy verdes por el paso del tiempo y traté de mover una desde su pivote, pero encontré que no había forma de hacerlo. La caña del timón fue una buena pieza de madera, pero ahora presentaba un aspecto de podredumbre; como todo el resto de la madera del barco se labró con mucho primor y numerosos adornos que todavía afloraban, aunque el significado de sus epígrafes no se podía adivinar. La rueda del timón se encajaba en una gran barra a través de la cual un hombre de doscientas libras de peso se habría deslizado cómodamente hasta el mar que bullía debajo. El temporal dio un melancólico alarido en el esqueleto del fanal, y me pregunté por qué no arrojaban por la borda aquella cosa inútil. Miré por el costado lo más lejos que pude alcanzar con los ojos y observé que el barco tenía un color enfermizo y amarillento, pero no amarillo, de hecho no se podría definir ese matiz, aunque un pintor haría conjeturas sobre el original al imaginar de qué color podría obtener estos tonos tan desvaídos después de años y años arrostrando los mares y las intemperies.
Entonces pensé en que avanzaría, sin importarme mucho los cáncamos, y pasé con mucho cuidado al lado de Vanderdecken dispuesto a pararme si él me miraba, pero permanecía en trance como una estatua de piedra, con toda su vitalidad concentrada en los ojos, que miraban ardientes y terribles a la misma parte del océano a la que contemplaba cuando lo vi quedarse por primera vez inmóvil. Descendí pues al alcázar, donde no había nada que ver, y luego al combés.
Allí, cerca del palo mayor, donde reposaban dos bombas de agua que me recordaban a las de un barco construido en 1722, y que estaba a flote y en fructuoso empleo en 1791. Enfrente del mástil había dos botes, uno debajo del otro, ambos atorados. Los dos eran del mismo tipo, de popa y proa cuadradas, con las bordas proyectándose como si fueran cuernos. El que estaba más arriba, pues no podía ver dentro del bote pequeño, fue pintado en origen con un escarlata brillante. Contenía las bancadas y media docena de remos, todos con unas inmensas palas que también se pintaron de rojo. Los cañones oxidados, los chicotes de los cabos serpenteando en la espuma cerca de los imbornales, los desmañados cabos y poleas del aparejo de la vela mayor, vieja y a punto de estallar; el barril que busca una pipa de agua amarrada al costado de babor, la antigüedad de la lona embreada sobre la gran escotilla. Estos y otros detalles, cuya enumeración sería aburrida, daban la más deprimente y ruinosa apariencia a toda esta parte del casco baqueteado, que rezuma de agua y húmedo, que trabaja bajo un cielo que está oscuro desde el amanecer y cuya complexión se refleja sobre el lienzo de las velas en una palidez enfermiza y raída, mientras por encima se mueven las cofas con sus empalizadas y los mástiles y las vergas de un lado para otro y de una manera inestable y amedrentadora.
Los pasamanos, al ser muy altos, me permitían esquivar las olas a medida que avanzaban, y de pronto llegué al palo de trinquete donde estaba Jans, el contramaestre, junto con tres o cuatro marineros que se refugiaban en una especie de tambucho muy sólidamente construido, al que llegaban los gruñidos de los cerdos y el murmullo de los gansos, gallinas y demás volatería. Como necesitaba una excusa para presentarme allí, ya que estos tipos creían estar en la época de Blake y de Cromwell, y consideraban al inglés como a un enemigo y, por lo tanto, me mirarían con desconfianza si me ofrecía para curiosear por su barco, le dije a Jans de la manera más cortés posible:
–¿Están aquí los hombres que me rescataron ayer? Me gustaría agradecerles su acción.
–Allí está Houtmann –dijo él de forma brusca–, el otro está abajo.
Me volví hacia el hombre que llamaban Houtmann, y vi a un viejo marinero de quizás sesenta años, con la cabeza gacha, las manos en los bolsillos y una gastada, rugosa y melancólica faz, y una complexión tan sepulcral como la de los otros. Vestía pantalones de lona y una blusa del mismo material amarillo desvaído; calzaba botas y se cubría con un abrigo de piloto, un buen gorro como el que yo llevaba en el Saracen y un tosco pañuelo que se enroscaba alrededor del cuello.
Le puse la mano sobre el hombro y le dije:
–Houtmann, deje que un marino británico agradezca a un valiente holandés el haber escuchado su llamada de auxilio.
No sonrió, no mostró un rasgo que se conmoviera con mi discurso, salvo en la forma sin vida en la que me dio la mano. Pero me agradó soltarla. Si una mano guarda el frío de la muerte lo suficiente como para estremecer la carne mortal, ésa era la suya. No había rozado ninguna otra piel humana en aquel barco, pese a que mi brazo fue tocado por Vanderdecken, y su contacto fue uno de los más mordientes recuerdos de aquel momento. ¿Podemos suponer que ese frío lo produ­cían la humedad y los vientos helados? ¡Ay! Se llevó la mano al bolsillo, pero si la hubiese llevado a un bloque de hielo apenas lo habría notado su piel desolada y amarga.
Los otros se ataviaban de forma muy variopinta, la que se podría concebir en un barco cuyos cofres se rellenan con restos de las naves que se encuentran y saquean durante ciento cincuenta años. Tenían todos pinta de holandeses: unos parecían de treinta años, otros aparentaban cuarenta, pero había algo en ellos… Bien sabe Dios que no sabría marcar lo que los definía… que sus movimientos, composturas y demás, le hacían ver a uno que, en ellos, el tiempo se había convertido en eternidad, y que su exterior no era indicativo de los años que sumaban, como la efigie de un hombre en la tumba no representa a sus cenizas.
–Está soplando muy fuerte –le dije a Jans, tras rebuscar en mis conocimientos de holandés y decidido a confrontar cada experiencia asombrosa que me sucediera con rostro impasible–, pero el Braave es un barco robusto y navega muy bien a la capa.
–Eso mismo piensan las ratas –exclamó Houtmann dirigiéndose a Jans.
–¡Al diablo con las ratas! –gritó Hans–. No hay sino un remedio: cuando lleguemos a El Cabo la bodega debe ser ahumada con azufre.
–Nunca vi que las ratas se multiplicaran como lo hacen en este barco –dijo otro de los marineros, llamado Kryns–, he pasado diez años en la ruta de Batavia y las sabandijas no se habían incrementado tan rápidamente.
–¿Dónde duerme la tripulación? –pregunté.
Jans hizo una señal sobre su hombro con el pulgar hacia una escotilla frente al remate de la barandilla del castillo de proa. Estaba cerrada porque la espuma la cubría de rociones como si fuera vapor de agua hirviendo y llenaba el espacio bajo la vela de trinquete con una humedad que goteaba bajo el arqueado marchapié durante las tormentas. En otras circunstancias habría pedido permiso para bajar y explorar el castillo de proa, pues ninguna parte de este barco, pensaba, podía ser más curiosa que el lugar en el que vivía la tripulación, y yo, en particular, deseaba ver cómo descansaban. Pues al verlos dormir podría observar la forma de sus lechos, ya fueran hamacas o literas, y los baúles y bolsas para sus ropas.
–Estará muy oscuro allá abajo con la escotilla cerrada –dije.
–Sí –contestó el que parecía más joven de los marineros, llamado Abraham Bothma, pues tomé su nombre después al dictado de Imogene, ya que pensé que la enunciación de sus apellidos sería de interés para cualquier descendiente de ellos en Holanda, en cuyas manos puede caer casualmente esta narración–, pero mantenemos una lámpara siempre encendida.
–Andaréis escasos de aceite –dije, dispuesto a que pensaran que creía que habían salido de Batavia el año anterior, por lo que esa pregunta era coherente con tal suposición.
–El aceite se consigue con facilidad –dijo Jans con rudeza–. ¿Qué uso hacéis los ingleses de la marsopa y de la orca? ¿No está la gaviota llena de él? Y se pueden cazar en cualquier ensenada en la costa entre Natal y Ciudad de El Cabo; os garantizo que hay hígados suficientes para mantener vuestras lámparas ardiendo durante un viaje alrededor del globo. ¿Y qué barco con calderas a bordo puede estar escaso de sebo?
–Herr Jans –dije–, soy un marino y me gusta escuchar las opiniones de las personas de mi oficio. Por lo tanto, querría preguntaros si no encontráis que a vuestro barco le estorba mucho a proa ese mastelero del bauprés y toda esa pesada arboladura.
Y para hacerme perfectamente inteligible le señalé al mástil que ya he descrito que estaba enhiesto encima del bauprés y que levantaba, por decirlo así, una cofa redonda y otra más pequeña en el tope.
–¿Y de qué otra manera lo habríais aparejado? –me preguntó con gran sorna.
–Porque –dije cautelosamente– la mayor parte de los barcos con los que os encontráis están aparejados con el botalón del foque, sobre el cual se puede aparejar más trapo útil que con las velas de bauprés.
Acerca de esto Bothma dijo:
–Dejad que en vuestro país se aparejen los barcos como deseen; se encontrarán con que los holandeses saben más de la mar y del arte de navegar y mandar sobre él de lo que el estómago de vuestros compatriotas podría soportar.
Podía haberme reído de eso, pero la voz de aquel hombre, lo tétrico de su rostro, la vida terrible de su mirada, la sombría gravedad de los otros, que estaban a mi alrededor como si fueran sonámbulos, eran tal correctivo de mi humor que podrían haber hecho temblar a un hombre más valiente que yo. No me atrevía a seguir hablando con ellos, desde luego, porque sus apariencias me hacían temer por mis sentidos. Sin nada más que decir, me fui a popa y entré en el camarote esperando encontrar algo de calor y de alivio para mi espíritu en la belleza y el trato de Imogene.
El camarote estaba abandonado. La oscuridad del cielo lo volvía muy tenebroso y con su escaso mobiliario, con la insalubre coloración de sus mamparos, con los apliques y artificios que alguna vez, me atrevo a decir, fueron brillantes y deliciosos, pero ahora estaban tan deslucidos como el traje de un arlequín decolorado por el sol, con todo ello configuraba un interior de lo más opresivo, en especial con el tiempo que tronaba entonces, cuando el incansable estruendo de los rompientes originaba un golpe tras otro de tempestuosos sonidos a través del resonante casco, y cuando los aullidos del viento sobre los cordajes y el propio aire parecían el frenético pandemonio de un millón de perros aullando en el temporal.
No sabía cómo pasar el tiempo, por lo que me acerqué hasta las viejas pinturas enmarcadas sobre las paredes, y vi que eran paneles apropiados para tablazón de barco y elaborados de tal manera que formaban parte de la estructura del barco de la misma manera que lo hacía su popa. Pero los tiempos y el abandono, la mugre y la humedad, o todo a la vez, habían estropeado y oscurecido tanto las superficies que muchos de ellos parecían más la cubierta de barriles de brea que pinturas. Pero aquí y allá quedaba alguna supervivencia del trabajo del artista. Una representaba una lonja de pescado en Ámsterdam, las figuras eran simples y se exhibían repletas de humor. Otra mostraba un barco de la Compañía Holandesa de las Indias, de la época de Vanderdecken, que navegaba a toda vela, con viento de popa y la bandera de Batavia flotando ampliamente sobre el asta del alcázar. El tercer cuadro era un retrato, pero nada quedaba de él salvo una nariz, cuya tosca punta había sido respetada por el tiempo, una boca, en la cual brillaba ampliamente distendida una sonrisa, y un ojo pequeño y alegre, pues el otro se había sumido en la oscuridad como una estrella cuando pasa una nube como la que se había expandido por la mayor parte del lienzo. Ése, supongo, sería el retrato de un marino, pues mucho de lo que quedaba de los cuadros estaba relacionado con la vida náutica y con Ámsterdam. Después de dar tan lúgubre paseo, me senté a la mesa, dura y tristemente observado por la cotorra, cuya molesta y gruñona presencia no deseaba oír; era mi única compañía, si exceptúo el reloj, cuyo tosco tictac era audible sobre la misma galerna, y el esqueleto que se resguardaba en su interior, cuya resurrección horaria no estaba en el mejor ánimo de contemplar, así como su anuncio por la cotorra.
Me preguntaba cómo la joven dama se las arreglaba para pasar el tiempo. ¿Tenía libros? De ser así, haría tediosos avances en antiguo holandés, con gordos y agusanados volúmenes encuadernados en piel dura… tan tediosos en su asunto como un canal, y poco recomendables para entretener a una muchacha inteligente. Por supuesto, en los cinco años que pasó navegando con Vanderdecken debió de aprender lo que pudo de holandés. Lo hablaba con fluidez y con un buen acento, pero era neerlandés de 1650. Yo dirigía mis ojos constantemente hacia su camarote en la esperanza de verla aparecer, pues me sentía terriblemente aburrido y triste, y suspiraba por la visión de su blanca y dorada belleza. Y, mientras tanto, me preguntaba cómo resistió sin enloquecer el espantoso encarcelamiento que había soportado y que aún le quedaba por aguantar, además de la siniestra convivencia con el capitán y sus hombres.
También empleé mi tiempo en dar vueltas a diversos planes para escaparme con ella, pero no se me ocurrió nada realmente práctico. En el caso de que nos encontrásemos con un barco confiado… es decir, una nave que no supiera que nosotros éramos el buque al que se conocía como El Holandés Errante, Vanderdecken se querría desembarazar de mí y me enviaría a ellos en un bote. Yo gritaría que dejaba atrás a una joven doncella cuyo corazón suspiraba por su hogar, y con posteriores explicaciones demostraría que era el Barco de la Muerte. ¿Qué se seguiría de esto? Con toda probabilidad, si llegaba a bordo del barco, su gente, para verse libre de la Maldición, me arrojaría por la borda. En cualquier caso, ellos arrumbarían lo más lejos posible del barco una vez que supiesen la verdad. Además, familiarizado como estoy con el terror con que Vanderdecken era mirado por toda clase de marineros, estaba claro que, a pesar de que no albergaba la más mínima sospecha del miedo que inspiraba, seguramente no me harían caso. Me auxiliarían y proseguirían su viaje.
Para escapar con ella en una de las chalupas del Holandés, lo primero era cómo izar el bote sobre la borda y pasar desapercibido. Lo siguiente, en el caso de que lo anterior saliera bien, era cómo arreglárnoslas para evitar que Vanderdecken, un hombre de una determinación feroz, saliera en nuestra busca y nos encontrara. Sabe Dios que estábamos a merced de alguien en el que habitaba en gran medida el demonio y que se vengaría de una manera mucho más terrible que manteniéndome en su barco. De los varios proyectos que tracé, sólo una extraña idea me vino a la cabeza. Aquí había una muchacha huérfana y, como supe, enteramente desprotegida y sin un penique, en esto último de poco le servía ser hija de un marino. Supongamos que tengo la suerte de escapar con ella: ¿no debe acabar una asociación como ésta en boda? ¿Me mueve esa idea? La verdad es que, pese a conocerla sólo desde aquella mañana, reconozco que era joven y un admirador del tipo que tal especie de belleza y dulzura reúne esta muchacha hasta la perfección. No le harían falta muchos días para que mi alma fuera suya por entero.
Tras esto, mi mente se iluminó. Se me ocurrieron muchas ideas brillantes y deliciosas. ¿No encontraría mi tremenda experiencia una gloriosa culminación en las manos de esa muchacha, gracias a su dote, guardada en esos espléndidos cofres repletos de oro y monedas que Vanderdecken albergaba en su bodega? ¿Sería posible convencerle, después de que otra galerna le hiciera retroceder desde el cabo de las Agujas, para que nos embarcara en alguna nave rumbo a casa, junto con un cofre del tesoro para su mujer, como prenda de que lo más importante estaba por venir y que, de esta manera, me permitiese llevar a la señorita Dudley directamente a Ámsterdam? No eran sino las ensoñaciones de un joven pretencioso, que contradecían mis opiniones acerca del temperamento del capitán y su ignorancia de la maldición que pesaba sobre él. Y, quizás, aquello no fuera realmente honesto. Pero si uno se para a considerar esta condena, él no podría soportar que nunca se aprovechasen las riquezas que yacen en ese barco y no sabría lo fielmente que llevaría a la señorita Dudley a su casa de Buitenkant… donde después supe que vivía cuando zarpó… No me juzgue duramente el lector por este ocioso y alegre sueño.
Estaba en medio de estos castillos en el aire cuando sonó la hora del mediodía en el reloj. Contemplé la figura de la muerte dando lanzazos, pero con un ojo abstraído, con mi mente llena de alegres y esperanzadas ensoñaciones. Pero en el momento de sonar la última campanada la cotorra gritó: Wy Zyn al Verdomd! con una energía tan fiera que interrumpió mis pensamientos al igual que se destruye una tela de araña cuando se pasa el dedo a través de ella y bajé el mentón hacia el pecho con mis energías deprimidas.

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