El barón de Ballantrae

BaronBallantrae

Sirviéndose de la rivalidad entre los dos hermanos de una noble familia escocesa, Stevenson plantea en El Barón de Ballantrae, la imposible lucha entre el hermano vivo (esencialmente bueno) y la sombra heroica del primogénito desaparecido (un ser que ha perdido toda noción de la moral y que actúa más allá de todo escrúpulo). «Pese a que la idea de un hombre que vuelve a la vida», dice Stevenson, «quedaba totalmente fuera del ámbito de la aceptación general, … encajó de inmediato en mi proyecto… Tenía que crear una especie de genio malvado para sus amigos y para su familia, someterle a varias desapariciones y hacer de su reaparición final desde el foso de la muerte, en el bosque helado americano, la última y más desalentadora de la serie.» El resultado es una apasionante novela de misterio y aventuras, que se desarrolla a lo largo de muchos años y países -Escocia, la India, Norteamérica-, en escenarios marinos y continentales, en ambientes tanto de salvajismo como de civilización, y que a la postre, gracias al magisterio de Stevenson, resulta estar emparentada con la gran tradición gótica.

ANTICIPO:
Pueden adivinar qué parte de las aventuras relatadas por el coronel fue narrada con mayor detenimiento. No cabe duda de que si lo hubiéramos escuchado todo, el curso de este asunto se habría visto totalmente alterado; pero hay que admitir que el tema del barco pirata fue tratado de manera sucinta y, ciertamente, con suficiente delicadeza. Tampoco yo escuché al coronel hasta el final; ni siquiera el desenlace de aquello que él estaba deseando exponer, ya que el señor Henry, que había estado durante un tiempo sumergido y absorto en sus propios pensamientos, se levantó por fin de su asiento y (tras recordar al coronel que había ciertos asuntos que debía atender) me pidió que le siguiera inmediatamente a su despacho.

Una vez allí, sin tratar de ocultar por más tiempo su preocupación, comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación con la cara crispada y frotándose repetidamente la frente con la mano.

–Tenemos que tratar un asunto –comenzó por fin; y luego se calló.

Afirmó que debíamos tomar vino y mandó traer un magnum de los mejores. Esto era algo extremadamente ajeno a sus hábitos; y lo que fue todavía más inusual, cuando llegó el vino, vació un vaso detrás de otro como aquel a quien no preocupan las apariencias. Pero la bebida le reconfortó.

–Apenas se sorprenderá, Mackellar, cuando le diga que mi hermano, aunque todos nos alegramos de saber que se encuentra a salvo, se halla falto de dinero.

Le respondí que me había temido que se tratara de algo así, pero que el momento no era muy propicio porque las reservas estaban bajas.

–No las mías –dijo él–. Está el dinero para la hipoteca.

Le recordé que se trataba del dinero de la señora Durie.

–Yo me encargaré de dar cuentas a mi esposa –exclamó bruscamente.

–Y, luego, está la hipoteca –dije yo.

–Lo sé. Sobre eso quería consultarle –respondió.

Le mostré lo poco indicado que era este momento para desviar aquel dinero de su destino; y cómo, haciendo esto, perderíamos los beneficios de nuestros ahorros pasados y volveríamos a hundir la hacienda en el lodo. Incluso me tomé la libertad de suplicarle y, mientras él seguía, todavía, oponiéndose a lo que le decía con un movimiento de cabeza y una sonrisa obstinada, un exceso de celo me llevó a ir más lejos de donde me correspondía.

–Esto es una locura de verano –exclamé–, y esta vez yo no pienso tomar parte en el asunto.

–Habla como si yo lo hiciera para mi propio deleite. Y, sin embargo, ahora tengo una hija, además amo el orden; y para serle totalmente sincero, Mackellar, había comenzado a estar orgulloso de las propiedades –adoptó un gesto sombrío por un momento y continuó–. Pero ¿qué tendría? Nada es mío, nada. Las noticias de hoy me han llegado al fondo del alma. Mío sólo es el nombre de las cosas; la sombra de ellas, sí, sólo la sombra; mis derechos no tienen sustancia ninguna.

–Son lo suficientemente sustanciales como para ser probados en un juicio –respondí.

Me miró con los ojos encendidos; parecía estar conteniéndose para no hablar. Me arrepentí de lo que había dicho antes, pues me di cuenta de que mientras me hablaba de las propiedades, continuaba aún pensando en su matrimonio. De pronto extrajo de un tirón la carta del bolsillo donde la había guardado toda arrugada, la deslizó violentamente sobre la mesa y me leyó con voz temblorosa lo siguiente:

–«Querido Jacob». ¡Así es como comienza! «Querido Jacob, una vez te llamé así, puede que lo recuerdes; y ahora has llevado a cabo el plan y me has lanzado de una patada más allá del pico Criffel».17 ¿Qué le parece esto, Mackellar, viniendo de mi único hermano? Juro ante Dios que le estimaba; siempre le apoyaba; ¡y así es como me escribe! Pero no permaneceré sentado ante tal imputación –decía mientras caminaba de un lado a otro–. Yo era tan bueno como él; soy un hombre mejor que él, ¡y apelo a Dios para probarlo! No puedo concederle la totalidad de la monstruosa suma que pide; él sabe que la propiedad es insolvente; pero le daré lo que tengo, y eso es más de lo que él espera. He soportado todo esto durante demasiado tiempo. Mire lo que escribe un poco más abajo; léalo usted mismo: «Sé que eres un tipo mezquino». ¡Un tipo mezquino! ¿Mezquino, yo? ¿Es eso verdad, Mackellar? ¿Cree que es verdad? –yo pensé que mientras decía eso iba a llegar a pegarme–. ¡Ah! ¡Todos piensan lo mismo! Pues bien, todos verán, él verá y Dios verá. Aunque arruine la propiedad y tenga que caminar descalzo, cebaré a esa sanguijuela. Dejemos que pida todo, todo, ¡y lo tendrá! Todo es suyo por derecho, ¡ja! –exclamó–. Yo ya predije esto, y cosas mucho peores, cuando él no quiso permitir que yo me marchara.

Se sirvió otro vaso de vino, y ya estaba a punto de llevárselo a los labios cuando me aventuré a llegar lo suficientemente lejos como para apoyarle un dedo sobre el hombro. Se detuvo un momento.

–Tiene usted razón –me dijo arrojando el vaso al fuego–. Venga conmigo, contemos el dinero.

No me atreví a oponerme más; ciertamente, me encontraba muy afectado al ver tanto desconcierto en un hombre normalmente tan controlado; nos sentamos juntos, contamos el dinero y lo distribuimos en distintos paquetes para que le resultara más fácil al coronel Burke, pues era él quien debía llevar el dinero a Ballantrae. Una vez hecho esto, el señor Henry volvió al salón, donde el lord y él estuvieron sentados durante toda la noche con su invitado.

Un poco antes del amanecer me llamaron para que acompañara al coronel, a quien no se podía haber satisfecho con una escolta de menor importancia porque era un hombre que valoraba mucho su persona; ni tampoco podíamos permitirnos uno de mayor dignidad, pues el señor Henry no debía aparecer junto a los contrabandistas. Era una mañana muy fría de mucho viento y, mientras descendíamos por el largo camino delimitado por los setos, el coronel se embozó dentro de su capa.

–Señor –le dije–, su amigo requiere una gran suma de dinero. Debo suponer que tiene mucha necesidad.

–Debemos suponer tal cosa –dijo él. Me pareció que lo decía con sequedad, pero quizá fuera por la capa que le cubría la boca.

–Yo soy tan sólo un sirviente de la familia –le dije–. Puede hablar abiertamente conmigo; ¿no le parece que es poco probable que obtengamos algo bueno de él?

–Querido amigo, Ballantrae es un caballero con las habilidades naturales más eminentes; es un hombre al que admiro, y venero incluso el suelo por donde pisa –y me pareció que se detenía como quien se ve ante una dificultad.

–Pero, a pesar de eso, ¿es probable que obtengamos algo bueno de él? –dije.

–Seguro, y usted puede obtenerlo como más le guste, mi querido amigo –dijo el coronel.

Para entonces habíamos llegado a la orilla del arroyo donde le esperaba el bote.

–Bueno, con toda seguridad quedo deudor de su cortesía, señor comoquiera-que-se-llame; y tan sólo una última palabra, ya que muestra un inteligente interés. Mencionaré una circunstancia que puede ser de utilidad para la familia, pues creo que mi amigo omitió decirles que cobra del Fondo Escocés la pensión más alta de todo refugiado en París, y es de lo más lamentable, señor –dijo el coronel subiendo el tono–, porque no hay ni un sucio penique para mí.

Se ladeó el sombrero, haciendo un gesto como si yo fuera la causa de aquella parcialidad, y luego, volviendo a adoptar su arrogante cortesía habitual, me estrechó la mano y descendió al bote con el dinero bajo los brazos mientras se alejaba silbando la patética tonadilla de Shule Aroon. Era la primera vez que la escuchaba; aún la volvería a escuchar en otra ocasión, incluso con letra, como podrán saber más adelante, pero recuerdo cómo esa pequeña estrofa siguió dando vueltas en mi cabeza después de que los contrabandistas le hubieran pedido: «¡chsssss, por todos los diablos!» y hubiese comenzado a sonar el chirrido de los remos; yo permanecí en pie, contemplando el lento amanecer por encima del mar, mientras el bote se alejaba en dirección al lugre, que permanecía a la espera con la vela de proa recogida.

El desequilibrio que habían sufrido nuestros ahorros resultaba una vergüenza dolorosa y traía consigo, entre otras consecuencias, la siguiente: que tuve que cabalgar a Edimburgo para conseguir un nuevo préstamo en unos términos muy cuestionables para poder mantener lo viejo a flote; y de este modo estuve ausente de la casa de Durrisdeer durante más de tres semanas.

No tenía a nadie que me contara lo que sucedió en ese intervalo de tiempo, aunque cuando regresé encontré el comportamiento de la señora Durie muy cambiado. Aquellas antiguas conversaciones con lord Durrisdeer habían sido suspendidas; mostraba visiblemente un cierto desprecio hacia su marido, al cual me pareció que se dirigía más a menudo; pero, sobre todo, ahora toda su atención se centraba en la señorita Katharine. Podría parecer que el cambio resultaría agradable para el señor Henry; ¡ni mucho menos! Todo lo contrario, pues toda circunstancia que supusiera alguna modificación, resultaba ser una cuchillada para él; veía en cada una de ellas la confirmación de los deseos irresponsables de su mujer. Aquella lealtad hacia el barón, de la que se sentía orgullosa cuando le suponía muerto, ahora le hacía ruborizarse, pues sabía que estaba vivo; y estos rubores eran el origen de su nuevo comportamiento. No quiero ocultar ninguna verdad; y lo diré aquí claramente, creo que éste es el periodo en el que el señor Henry mostró lo peor de sí mismo. Se contenía en público, sin duda, pero se podía observar una irritación profunda asentada en su fondo. Conmigo, a quien ocultaba menos, a menudo era muy injusto, e incluso contestaba a su mujer algunas veces con brusquedad; quizá cuando se sentía irritado por una generosidad desacostumbrada en ella; quizá no debido a ninguna ocasión perceptible, sino a consecuencia de su irritación habitual, que explotaba espontáneamente y salía a la luz. Cuando conseguía olvidar sus penas (algo que resultaba muy difícil dada su relación), desconcertaba a las personas de su entorno y ambos se miraban el uno al otro con una especie de asombro afligido.

Todo este tiempo, mientras se perjudicaba a sí mismo con este defecto de su temperamento, dañaba también su posición por el silencio, que apenas puedo determinar si era producto de la generosidad o del orgullo. Los contrabandistas venían una y otra vez con mensajes del barón y nunca se marchó ninguno de ellos con las manos vacías. Jamás me atreví a intentar hacer entrar en razón al señor Henry; él daba lo que se le pedía desde una especie de ira noble. Quizá porque sabía que por naturaleza estaba inclinado a la minuciosidad, le proporcionaba un placer secreto de primer orden la imprudencia con que atendía las exigencias de su hermano. Quizá la falsedad de la posición en que se encontraba habría llevado a un hombre más humilde que él al mismo exceso; no obstante, la propiedad se lamentaba (si puedo decirlo así) a consecuencia de esto. Nuestros gastos diarios eran recortados cada vez más; se vaciaron los establos, todo, a excepción de cuatro caballos de aguante; muchos sirvientes fueron despedidos, lo que levantó unas murmuraciones espantosas en la región que hicieron revivir los antiguos sentimientos en contra del señor Henry; y por último, la visita anual a Edimburgo tuvo que ser anulada.

Esto sucedió en 1756. Ha de suponerse que durante siete años esta sanguijuela había estado chupando la sangre, y con ello la vida de Durrisdeer, y que durante todo este tiempo mi patrón había mantenido la calma. Por efecto de la maldad endiablada del barón, éste se dirigía únicamente al señor Henry para realizar sus demandas, sin que nunca llegase palabra alguna a oídos de lord Durrisdeer. La familia se volvía hacia nosotros preguntándose por la economía. Lamentaban, no me cabe duda, que mi patrón hubiera llegado a ser tan tacaño (falta siempre despreciable, pero aborrecible en la juventud, y el señor Henry no tenía aún ni treinta años). Sin embargo, se había encargado de los negocios de Durrisdeer desde niño; y todos habían ido soportando estos cambios con un silencio tan orgulloso y amargo como el que mantenía él mismo, hasta el colofón de la visita a Edimburgo.

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9 Opiniones

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  • gandalin
    on

    Me ha sorprendido el tono de esta novela porque yo hasta ahora conocía un Stevenson por clásicos como "La Isla del tesoro" o "La flecha Negra" o por algún relato como "El diablo en la Botella", donde la acción y la aventura están por encima de todo

    Sin embargo el barón de Ballantrae me parece una novela oscura, pesimista y profunda, donde los sentimientos contenidos de ira y venganza afloran desde el principio al final .Los personajes son algo tétricos y algunos de ellos, magníficos por ellos, casi te los imaginas en una película…

    La lucha entre el bien y el mal que rodea toda la historia implica al lector, quien acaba por inclinarse por uno de los protagonistas. En esto, Stevenson juega al equívoco varias veces

    El estilo epistolar del relato, por boca de un criado de la casa Durrisdeer que bien de motu propio o leyendo a su vez crónicas de personajes secundarios donde los protagonistas aparecen, recuerda un poco al Drácula de Soker, por el estilo, no poe el contenido.

    El desenlace se va haciendo más tétrico y sobrecogedor hasta el final , que para mí es de los más redondos y conseguidos que he leido últimamente

    Buena ocasión de descubrir otra cara de Stevenson, para mí muy interesante.

    Chao

  • Luy
    on

    Siempre es una buena oportunidad para descubrir a Stevenson, mon ami :-)

  • coronel pike
    on

    Qué grande es Stevenson. También guardo un buen recuerdo de El Barón de Ballantrae. La película no le hace justicia, pese a Errol Flin, que quedaba muy bien con boina y escarapela. Si te ha gustado prueba con Secuestrado y Catriona, también ambientada en la epoca de las rebeliones jacobitas.

  • gandalin
    on

    "Secuertrado y Catriona " es exactamente la misma novela que las "Aventuras de David Balfour"?

    Chao

  • coronel pike
    on

    Si, son los dos libros reunidos en uno. Siento contestar tarde, he estado liado. Buena lectura.

  • Markus
    on

    No sé qué edición tendrás tú, pero yo el de El barón de Ballantrae lo leí en Anay tus Libros y me encantó. También lo tienen en Valdemar bolsillo, que por cierto acaban de sacar por fin en la misma colección las Historias Escocesas, también de Stevenson, agotada en tapa dura. Un deleite para los que amamos al autor escocés y las aventuras con sabor.

  • fettes
    on

    Las ediciones de Valdemar son impecables, creo que está recogida casi la totalidad de la obra de Stevenson, excepto el Weir de Hermiston, obra sobre la cual os pido algún comentario. Tengo entendido que es una obra inacabada (no ha caído en mis manos ninguna edición). Un saludo.

  • Wamba
    on

    Lo único que te puedo decir del Weir es que está plagado de escocetismos (?) y tuve que abandonar su lectura porque no lo entendía. Mi inglés no es tan bueno como eso.

  • Angus
    on

    gandalín si te sorprende el tono de ballantrae te recomiendo Las aventuras de un cadáver de stevenson. humor negro, intriga.. no parece del mismo tío que La isla del tesoro y el doctor jekyl. en valdemar, como la de sant ives, entretenida y de la misma epoca que balantrae

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