El bueno, el feo y la bruja

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Llegan por fin a España los libros sobre brujas más populares de Estados Unidos, de mano de la autora superventas Kim Harrison. Kim Harrison es una de las autoras imprescindibles de literatura juvenil paranormal. Sus relatos han sido publicados junto con los de algunas de las mejores del género: Meg Cabot y Stephenie Meyer. El bueno, el feo y la bruja es la segunda novela de su serie de Rachel Morgan, con la cual ha cosechado un gran éxito de ventas y críticas, llegando al nº 1 de ventas en EE. UU. con cada nueva entrega. 
La vida es dura para una cazarrecompensas independiente como la bruja Rachel Morgan, que debe patrullar entre las sombras más oscuras del centro de Cincinnati en busca de delincuentes sobrenaturales.
Puede con los vampiros vestidos de cuero e incluso consigue meterse con algún que otro astuto demonio; pero un asesino en serie que se alimenta de expertos en el tipo más peligroso de magia negra parece demasiado para esta brujita.
Enfrentarse a un mal arcaico e implacable no es juego de niños y en esta ocasión, Rachel tendrá suerte si logra escapar con su alma intacta.

ANTICIPO:

Me coloqué sobre el hombro la correa del depósito de agua de riego y me estiré para que la boquilla llegase hasta la maceta colgante. Notaba los cálidos rayos del sol sobre mi mono azul de trabajo. Al otro lado de las estrechas ventanas de cristal había un patio pequeño, rodeado de oficinas de ejecutivos.
Entorné los ojos por la luz y apreté el gatillo de la manguera para que saliera un chorrito siseante de agua. Oí a alguien aporrear el teclado del ordenador y pasé a la siguiente maceta. Las conversaciones telefónicas se filtraban desde la oficina, detrás del mostrador de recepción, acompañadas por unas carcajadas que sonaron como el ladrido de un perro. Hombres lobo. Los que estaban en lo más alto de la manada eran los que parecían más humanos, pero siempre se delataban al reírse.
Eché un vistazo a la fila de macetas que colgaban frente a las ventanas hasta el acuario, colocado tras el mostrador de la recepcionista. Sí, había aletas color crema, una con un lunar negro en la parte derecha. Era esa. La carpa criada por el señor Ray y que presentó al concurso anual de peces de acuario de Cincinnati. El ganador del año pasado siempre se exhibía en la recepción, pero ahora había dos peces y faltaba la mascota de los Howlers. El señor Ray era un fan de los Den, el rival del equipo de inframundanos de béisbol. No hacía falta ser muy listo para sumar dos y dos y ver que el resultado era un pez robado.
—Vaya —dijo la alegre mujer tras el mostrador al levantarse para colocar un taco de papel en la bandeja de la impresora—, ¿está Mark de vacaciones? No me ha dicho nada.
Asentí sin mirar a la secretaria, que vestía un elegante traje color crema, y seguí arrastrando mi equipo de riego otro metro más. Mark se había tomado unas cortas vacaciones en el hueco de la escalera del edificio en el que había estado trabajando antes de este. Ahora estaba inconsciente gracias a una poción de sueño de corta duración.
—Sí, señora —contesté elevando la voz y fingiendo un leve ceceo—, pero me dijo qué plantas tenía que regar. —Escondí la manicura roja de mis uñas en la palma antes de que las viese. No pegaban con la imagen de la chica que riega las plantas. Tenía que haberlo pensado antes—. Todas las de esta planta y luego los árboles de la azotea.
La mujer sonrió enseñando sus dientes más bien grandes. Era una mujer lobo y debía estar bien arriba en el escalafón de la manada de la oficina, a juzgar por su refinamiento. El señor Ray no se conformaría con una secretaria perra cuando podía pagar un sueldo lo suficientemente alto para una loba. Emanaba un ligero olor a almizcle que no resultaba desagradable.
—¿No te ha dicho Mark que hay un ascensor de servicio en la parte de atrás del edificio? —dijo amablemente—. Te será más fácil que arrastrar ese carrito por las escaleras.
—No, señora —contesté encasquetándome aun más la fea gorra con el logotipo del jardinero—, creo que quería ponerme las cosas difíciles para que no le quite el puesto. —A la vez que se me aceleraba el pulso, empujé el carrito de Mark con las herramientas de podar, las bolitas fertilizantes y el sistema de riego y seguí avanzando por la fila. Ya sabía lo del ascensor y la situación de las seis salidas de emergencia y de los pulsadores de las alarmas de incendio, y dónde guardaban los dónuts.
—Hombres —dijo haciendo una mueca exasperada y sentándose de nuevo frente al ordenador—, ¿no se dan cuenta de que si quisiésemos gobernar el mundo lo haríamos?
Le dediqué un gesto afirmativo y algo evasivo con la cabeza y eché un poquito de agua en la siguiente maceta. Creía que, en realidad, ya lo hacíamos.
Un tenso zumbido se elevó por encima del ruido de la impresora y del débil murmullo de la oficina. Era Jenks, mi socio, quien obviamente estaba de mal humor al salir de la oficina del jefe y dirigirse hacia mí. Sus alas de libélula estaban rojas por la agitación y desprendían polvo pixie que creaba efímeros rayos dorados.
—Ya he terminado con las plantas de aquí —dijo en voz alta cuando aterrizó en el borde de la maceta colgante frente a mí. Se colocó las manos en las caderas, al estilo de un Peter Pan madurito convertido en basurero con su diminuto mono azul de trabajo. Su mujer incluso le había hecho una gorra a juego—. Lo único que necesitaban era agua. ¿Te ayudo con algo aquí o puedo irme a dormir a la furgoneta? —preguntó cáusticamente.
Me descolgué la mochila con el depósito de agua y desenrosqué la tapa de arriba.
—Me vendrían bien unas bolitas de fertilizante —apunté, mientras me preguntaba qué problema tendría.
Refunfuñando, voló hasta el carrito y comenzó a hurgar en él. Alambres verdes, rodrigones y tiras para test de pH usadas volaron por todas partes. —Ya la tengo —dijo sacando una bolita casi tan grande como su cabeza. La dejó caer en el depósito y burbujeó. No era una bolita fertilizante, sino un oxigenador y creador de capa protectora. ¿De qué sirve robar un pez si se te muere por el camino?
—¡Ay, Dios mío, Rachel! —susurró Jenks aterrizando en mi hombro—. ¡Es poliéster! ¡Llevo puesto poliéster!
Me tranquilicé al entender a cuento de qué venía su mal humor.
—No pasa nada.
—¡Me está matando! —dijo rascándose vigorosamente el cuello—, no puedo llevar poliéster. Los pixies somos alérgicos, ¿lo ves? —Inclinó la cabeza para apartar su rubio pelo del cuello, pero estaba demasiado cerca para enfocarlo—. Verdugones, y además apesta. Huelo el petróleo. Llevo puesto un dinosaurio muerto. No puedo llevar un animal muerto. Es de bárbaros, Rachel
—alegó.
—Jenks —dije enroscando la tapa del depósito para volver a colgármelo al hombro, sacudiéndome al pixie de paso—, yo llevo puesto lo mismo. Te aguantas.
—¡Pero es que apesta! —dijo revoloteando frente a mí.
—Poda algo —le dije entre dientes.
Me hizo un gesto obsceno con ambas manos, planeando de espaldas. Bah. Me llevé la mano al bolsillo trasero de mi feo mono azul en busca de mis tijeras de podar. Mientras la señorita Profesional de la Oficina escribía una carta, abrí una banqueta plegable y comencé a cortar las hojas de las macetas que colgaban junto a su mesa. Jenks empezó a ayudarme y tras unos instantes le pregunté en voz baja:
—¿Está todo listo?
Él asintió sin apartar la vista de la puerta abierta de la oficina del señor Ray.
—La próxima vez que mire su correo se activará todo el sistema de seguridad de Internet. Se tardan cinco minutos en arreglarlo si uno sabe lo que hace, cuatro horas si no se tiene ni idea.
—Solo necesito cinco minutos —dije, empezando a sudar por el sol que entraba por la ventana. Olía a jardín aquí dentro, a un jardín con un perro mojado jadeando sobre las frías baldosas.
El pulso se me aceleró y pasé a la siguiente maceta. Estaba detrás de la mesa y la mujer se irguió. Había invadido su territorio, pero tendría que aguantarse. Era la encargada de las plantas. Esperaba que atribuyese mi creciente tensión al hecho de estar tan cerca de ella y seguí trabajando. Tenía una mano en la tapa del depósito de riego. Un giro de muñeca y lo destaparía.
—¡Vanessa! —gritó alguien airadamente desde la oficina de atrás.
—¡Allá vamos! —dijo Jenks volando hasta el techo, hacia las cámaras de seguridad.
Me giré para ver a un hombre enfadado, que, claramente, se trataba de un hombre lobo por su delgada complexión, asomándose a medias desde la oficina.
—Lo ha vuelto a hacer —dijo con la cara roja y aferrándose con sus manos robustas al marco de la puerta—. Odio estos aparatos. ¿Qué había de malo en el papel? A mí me gustaba el papel.
Una sonrisa profesional asomó en la cara de la secretaria.
—Señor Ray, seguro que le ha vuelto a gritar al ordenador. Ya se lo he dicho, los ordenadores son como las mujeres, si les gritas o les pides que hagan demasiadas cosas a la vez, se cierran en banda y no te dejan ni olerlas. Él gruñó y desapareció en la oficina, sin darse cuenta, o ignorando que acababa de amenazarlo. El pulso se me aceleró y puse la banqueta junto a la pecera.
Vanessa suspiró.
—Que Dios lo guarde —masculló y se levantó—. Ese hombre podría romperse las pelotas con la lengua. —Me echó una mirada de exasperación y entró en la oficina haciendo sonar sus tacones—. No toque nada —dijo en voz alta—, ya voy.
Di una inspiración corta.
—¿Cámaras? —susurré.
Jenks me cayó encima.
—Tienes un bucle de diez minutos.
Voló hacia la puerta principal para posarse en la moldura sobre el dintel e inclinarse para vigilar el pasillo. Sus alas se convirtieron en un borrón y me hizo un gesto con el pulgar hacia arriba.
Se me erizó la piel por la expectación. Quité la tapa del acuario, luego saqué una red verde de un bolsillo interno del mono. Subida encima de la banqueta me remangué hasta el codo y metí la red en el agua. Inmediatamente los dos peces salieron disparados hacia la parte de atrás.
—¡Rachel! —bufó Jenks de pronto en mi oído—. Es buena, ya casi lo ha solucionado.
—Limítate a vigilar la puerta, Jenks —dije mordiéndome el labio. ¿Cuánto se tardaba en pescar un pez? Empujé una piedra para llegar al pez que se escondía detrás y salió disparado hacia delante.
El teléfono empezó a sonar con un suave zumbido.
—Jenks, ¿puedes cogerlo? —dije tranquilamente mientras inclinaba la red y los atrapaba en el rincón—. Ya te tengo…
Jenks vino disparado desde la puerta y aterrizó con los pies por delante contra el botón iluminado.
—Oficina del señor Ray, espere un momento, por favor —dijo en voz alta y aguda.
—Mierda —maldije cuando el pez se revolvió y se escurrió de la red—, vamos, solo quiero llevarte a casa, pedazo de carne escurridiza con aletas —dije entre dientes intentando animarlo—. Casi… casi… —Estaba entre la red y el cristal. Si se quedase quieto solo un momento…
—¡Oye! —exclamó una voz grave desde el pasillo. La adrenalina me hizo levantar la cabeza de golpe. Un hombre bajito con una barba recortada y una carpeta de papeles me miraba desde el pasillo que llevaba al resto de las oficinas—. ¿Qué haces? —inquirió beligerantemente.
Miré al acuario con mi brazo dentro. La red estaba vacía. El pez se había escapado.
—Mmm, ¿se me han caído las tijeras? —dije.
Desde la oficina del señor Ray, por el otro lado se oyeron los tacones de Vanessa y un gritito ahogado.
—¡Señor Ray!
Maldición. Se acabó la parte fácil.
—Plan B, Jenks —dije y tiré de la parte de arriba del acuario con un gruñido. En la otra habitación Vanessa gritaba al ver la pecera inclinarse y derramar cien litros de agua asquerosa sobre su mesa. El señor Ray apareció junto a ella. Salté de la banqueta y caí al suelo, tambaleante y empapada de cintura para abajo. Nadie se movía, estaban conmocionados. Recorrí el suelo con la mirada.
—¡Ya te tengo! —grité lanzándome a por el pez que buscaba.
—¡Va a por el pez! —gritó el hombre bajito mientras más gente acudía desde el pasillo—. ¡Detenedla!
—¡Vamos! —chilló Jenks—. Yo me encargo de ellos.
Jadeante, seguí al pez, rebuscando encorvada e intentando atraparlo sin hacerle daño. Se revolvía y retorcía. Resoplé al atraparlo entre mis dedos. Levanté la vista tras meterlo en el depósito de agua y apretar bien la tapa.
Jenks parecía una luciérnaga endemoniada revoloteando entre los hombres lobo, blandiendo lápices frente a ellos y lanzándoselos a las partes más sensibles. Un pixie de diez centímetros estaba manteniendo a raya a tres lobos.
No me sorprendió. El señor Ray se contentaba con observar hasta que se dio cuenta de que había robado uno de sus peces.
—¿Qué diablos haces con mi pez? —inquirió con la cara roja de rabia.
—Irme —contesté. Se abalanzó contra mí con sus robustas manos por delante. Solícitamente tomé una de ellas y le lancé contra mi pie. Se retiró tambaleante, apretándose el estómago.
—¡Deja de jugar con esos perros! —le grité a Jenks y busqué una salida—. Tenemos que irnos.
Levanté el monitor de Vanessa y lo lancé contra uno de los ventanales. Hacía mucho tiempo que quería hacer lo mismo con el de Ivy. El cristal se rompió con un satisfactorio crac, y la pantalla quedó tirada en el césped. Más lobos entraron en la habitación con pinta de estar muy enfadados y apestando a almizcle. Agarré el depósito de riego con un movimiento rápido y me lancé por la ventana.
—¡A por ella! —gritó alguien.
Mis hombros tocaron el recortado césped y rodé hasta ponerme en pie.
—¡Arriba! —dijo Jenks en mi oído—. Por aquí.
Salió disparado atravesando el pequeño patio cerrado. Lo seguí a la vez que me colgaba el pesado depósito a la espalda. Con las manos libres pude escalar la celosía, ignorando las espinas que atravesaban mi piel.
Cuando llegué arriba respiraba entrecortadamente. El chasquido de las ramas al partirse me decía que nos seguían. Me arrastré sobre el borde de piedras y alquitrán de la terraza y eché a correr. El aire estaba recalentado aquí arriba. Ante mí se extendía una panorámica de los tejados de Cincinnati.
—¡Salta! —gritó Jenks al llegar al borde.
Confiaba en Jenks, así que haciendo aspavientos con los brazos y los pies salté del tejado.
Me subió de golpe la adrenalina al notar mi estómago que caía. ¡Era un aparcamiento! ¡Me había hecho saltar del tejado para aterrizar en un aparcamiento!
—¡No tengo alas, Jenks! —le grité, apretando los dientes y flexionando las rodillas. Un fogonazo de dolor me invadió al golpear el suelo. Caí hacia delante y me arañé las palmas de las manos. Al romperse la correa, el depósito con el pez se golpeó contra el suelo con un sonido metálico. Rodé para amortiguar el impacto. El depósito de riego metálico salió dando vueltas. Aún resoplando de dolor me abalancé a por él y mis dedos lo rozaron justo antes de que rodara bajo un coche. Maldiciendo me tiré al suelo y me estiré para alcanzarlo.
—¡Allí está! —gritó alguien.
Oí un golpe sobre el coche bajo el que estaba, después otro. De pronto el suelo junto a mi brazo tenía un agujero y me salpicaron afilados fragmentos de metralla. ¿Me estaban disparando? Gruñendo me arrastré por el suelo y tiré del depósito. Protegiendo al pez, reculé.
—¡Eh! —grité apartándome el pelo de los ojos—. ¿Qué coño estáis haciendo? ¡Es solo un pez! ¡Y ni siquiera es vuestro!
El trío de lobos se me quedó mirando desde el tejado. Uno se llevó la mirilla del arma al ojo. Me di la vuelta y empecé a correr. Esto ya no valía los quinientos dólares. Cinco mil quizá. La próxima vez, me prometí mientras corría pesadamente hacia Jenks, averiguaré todos los pormenores antes de aplicar la tarifa estándar.
—¡Por aquí! —chilló Jenks. Trozos de asfalto rebotaban y me golpeaban a cada eco de los disparos. El aparcamiento no estaba vallado. Mis músculos temblaban por el flujo de adrenalina. Atravesé corriendo la calle y me adentré entre los peatones. El corazón me saltaba en el pecho. Aminoré el ritmo para mirar hacia atrás. Vi sus siluetas recortadas en el horizonte. No habían saltado. No tenían necesidad. Les había dejado suficiente sangre en la celosía. Aun así, no creí que me siguieran. No era su pez, era de los Howlers.
Y ahora el equipo de béisbol de inframundanos de Cincinnati me pagaría el alquiler.
Mis pulmones respiraban agitadamente mientras intentaba acomodar mi paso al de la gente que me rodeaba. Hacía calor y sudaba dentro de mi mono de poliéster. Jenks probablemente estaba cubriéndome las espaldas, así que entré en un callejón para cambiarme. Dejé el pez en el suelo y reposé la cabeza en la fresca pared del edificio. Lo había logrado. Había pagado el alquiler de otro mes más.
De un tirón me quité el amuleto de disfraz que llevaba al cuello. Inmediatamente me sentí mejor. La falsa apariencia de morena con pelo castaño y nariz grande desapareció para revelar mi pelirroja melena rizada que me llegaba hasta los hombros y mi pálida piel. Me miré los arañazos de las palmas de las manos y me las froté con cuidado. Debería haber traído un amuleto contra el dolor, pero quería llevar los menos conjuros posibles por si me pillaban y mi «intento de robo» se convertía en «intento de robo con lesiones». La primera no era nada, pero con la segunda me metería en un buen lío. Soy cazarrecompensas. Conozco la ley.
Mientras la gente pasaba por la boca del callejón, me quité el mono empapado y lo metí en un contenedor. Fue un gran alivio. Me agaché para desdoblar el bajo de mis pantalones de cuero sobre mis botas negras. Al incorporarme, advertí un nuevo arañazo en los pantalones y me giré para evaluar el destrozo. El bálsamo para el cuero de Ivy serviría de algo, pero el suelo y el cuero no hacían buenas migas. Bueno, mejor que se arañe el pantalón que yo; al fin y al cabo ese era el motivo por el que los llevaba. La brisa de septiembre resultaba agradable en la sombra mientras me remetía el top negro de cuero con cuello halter y volvía a coger el depósito de agua. Sintiéndome más yo misma, volví a salir al sol y le coloqué la gorra en la cabeza a un niño que pasaba, que la miró y luego me sonrió e hizo un tímido saludo con la mano. Enseguida su madre se inclinó para preguntarle de dónde la había sacado. Sintiéndome en paz con el mundo caminé por la acera, haciendo resonar los tacones de mis botas y sacudiéndome el pelo. Me dirigí a Fountain Square, donde iban a recogerme. Me había dejado las gafas de sol allí por la mañana y con suerte seguirían allí. Que Dios me perdone, pero cómo me gustaba ser independiente.
Hacía casi tres meses desde que me harté de sufrir las asquerosas misiones que mi antiguo jefe en la Seguridad del Inframundo me venía encargando. Me sentía utilizada y completamente infravalorada, así que rompí la regla no escrita y abandoné la SI para abrir mi propia agencia. En aquel momento parecía una buena idea, pero tener que sobrevivir a la consiguiente amenaza de muerte al no poder pagar el soborno para romper mi contrato me abrió los ojos. No lo habría logrado de no ser por Ivy y Jenks.
Aunque parezca mentira, ahora que había empezado a tener un nombre propio, las cosas parecían más difíciles en lugar de más fáciles. Era cierto que había empezado a sacar rendimiento a mi título de bruja creando tanto hechizos que antes solía comprar como otros que nunca me pude permitir.
Pero el dinero era un verdadero problema. No es que no consiguiese trabajo, el problema era que el dinero no parecía durar mucho en el tarro de las galletas de encima de la nevera.
Lo que conseguí por demostrar que un clan rival le había colgado una maldición a un hombre zorro había servido para renovar mi licencia de bruja.
Antes lo pagaba la SI. Recuperé un espíritu familiar para un hechicero y me lo gasté en el seguro médico. No sabía que los cazarrecompensas éramos «inasegurables». La SI simplemente me dio una tarjeta y la estuve usando durante el tiempo que estuve allí. Luego tuve que pagar al tipo que le quitó la maldición letal a mis cosas que seguían en el almacén, tuve que comprarle a Ivy un albornoz de seda para reemplazar el que le estropeé y comprarme un par de modelitos para mí, ahora que tenía una reputación que mantener.
Pero la sangría continua de mi economía tenía que deberse a las carreras de los taxis. La mayoría de los conductores de autobús de Cincinnati me reconocían de lejos y no me recogían, por eso tenía que venir Ivy a buscarme. No era justo. Hacía ya casi un año desde que accidentalmente dejé sin pelo a todos los que iban en un autobús cuando intentaba detener a un hombre lobo.Me sentía harta de estar casi arruinada, pero el dinero por haber recuperado la mascota de los Howlers me sacaría de los números rojos, al menos durante otro mes. Y los lobos no me seguirían. No era su pez. Si se quejaban a la SI, tendrían que explicar de dónde lo habían sacado ellos.
—¡Eh, Rachel! —dijo Jenks descendiendo de quién sabe dónde—. No te sigue nadie. ¿Y cuál era el plan B?
Arqueé las cejas y lo miré de reojo mientras continuaba volando junto a mí, siguiendo mi ritmo con exactitud.
—Agarrar al pez y salir como alma que lleva el diablo.
Jenks se rió y aterrizó en mi hombro. Se había deshecho de su diminuto uniforme y volvía a ser el de siempre, con una camisa de seda color verde militar de manga larga y sus mallas. Llevaba un pañuelo en la cabeza para indicarle a cualquier pixie o hada cuyo territorio atravesase que iba en son de paz. Sus alas brillaban con los destellos del polvo pixie restante tras la emoción vivida.
Aminoré el paso al llegar a la plaza. Busqué a Ivy con la mirada, pero no la vi. Sin preocuparme fui a sentarme en una zona seca de la fuente. Pasé los dedos bajo el borde del murete buscando mis gafas de sol. Llegaría en un momento.
Esa mujer vivía siguiendo el horario a rajatabla.
Mientras Jenks revoloteaba bajo el agua pulverizada para librarse del resto del «olor a dinosaurio», abrí las gafas y me las puse. Mi entrecejo se relajó al mitigar las gafas la luz de esa tarde de septiembre. Estiré mis largas piernas y con gesto indiferente me quité el amuleto de olor que llevaba al cuello y lo dejé caer en la fuente. Los lobos habían rastreado mi olor y si finalmente me seguían, el rastro acabaría aquí en cuanto me metiese en el coche de Ivy y nos marchásemos.
Deseando que nadie me hubiese visto, miré a la gente a mi alrededor: un lacayo de vampiro anémico y nervioso ocupado con las tareas diurnas de su amante, dos humanos que susurraban y se reían sin quitar ojo de las feas cicatrices de su cuello, un brujo cansado, no, creo que era un hechicero pues no olía a secuoya, sentado en un banco cercano mientras se comía una magdalena, y yo. Respiré lentamente, tranquilizándome. Tener que esperar a que te recojan era un completo anticlímax.
—Ojalá tuviese coche —le dije a Jenks inclinando el depósito con el pez para acomodarlo entre mis pies. A diez metros de nosotros los atascos eran intermitentes. El tráfico había aumentado e imaginé que serían más de las dos, cuando empezaba el lapso de tiempo durante el cual los humanos y los inframundanos comenzaban su batalla diaria por coexistir en el mismo espacio limitado. Las cosas se ponían muchísimo mejor cuando el sol se ocultaba y la mayoría de los humanos se retiraban a sus casas.
—¿A qué viene tanto interés por un coche? —preguntó Jenks posado en mi rodilla. Empezó a limpiarse sus alas de libélula con pasadas largas y serias—. Yo no tengo coche. Nunca lo he tenido y voy a todas partes. Los coches son un problema —dijo, pero yo ya no le estaba escuchando—. Tienes que ponerles gasolina y hacerles el mantenimiento y dedicarle tiempo a lavarlos y tienes que tener un sitio para aparcar y luego el dinero que hay que dedicarles. Son peor que una novia.
—Aun así —dije sacudiendo el pie para irritarlo—, ojalá tuviese coche.
—Miré a la gente a mi alrededor—. James Bond nunca tuvo que esperar el autobús. Me he visto todas sus películas y nunca esperó un autobús —dije mirando con los ojos entornados a Jenks—. Habría perdido su encanto.
—Mmm, sí —dijo prestando atención a algo a mis espaldas—, además creo que también es más seguro. A las once en punto. Lobos.
Se me aceleró la respiración al mirar y la tensión volvió a apoderarse de mí.
—Mierda —susurré, cogiendo el depósito. Eran los mismos tres. Lo sabía por lo encorvados que iban y por sus respiraciones profundas. Con las mandíbulas apretadas me levanté e interpuse la fuente entre nosotros. ¿Dónde se había metido Ivy?
—¿Rachel? —inquirió Jenks—, ¿por qué te siguen?
—No lo sé. —Mis pensamientos fueron a la sangre que dejé en los rosales. Si no podía romper el rastro de mi olor, me seguirían hasta mi casa. Pero ¿por qué? Con la boca seca me senté, dándoles la espalda y sabiendo que Jenks vigilaba—. ¿Me han olfateado? —le pregunté.
Jenks se elevó con un entrechocar de alas.
—No —dijo volviendo apenas un segundo después—. Tienes más o menos media manzana de ventaja, pero tienes que ponerte en marcha ya.
Nerviosa, sopesé el riesgo de quedarme allí quieta y esperar a Ivy o moverme y que me viesen.
—Maldita sea, ojalá tuviese coche —mascullé. Me incliné para mirar por la calle, buscando el alto techo azul de un autobús, un taxi o lo que fuese. ¿Dónde demonios estaba Ivy?
Con el corazón acelerado me levanté. Apreté el depósito contra mí y me dirigí a una calle con la intención de entrar en el edificio de oficinas adyacente y perderme entre la muchedumbre mientras esperaba a Ivy. Pero un gran Ford Crown Victoria negro se detuvo, interponiéndose en mi camino. Miré enfurecida al conductor pero la tensión de mi cara se desvaneció cuando bajó la ventanilla y se inclinó sobre el asiento delantero.
—¿Señorita Morgan? —dijo un hombre negro con voz profunda y áspera.
Miré a los lobos tras de mí y luego de nuevo al coche y a él. Un Crown Victoria negro con un hombre con traje negro solo significaba una cosa: era de la Agencia Federal del Inframundo, el equivalente humano de la SI. ¿Qué querría la AFI?
—Sí, ¿y quién eres tú?
Se molestó.
—He hablado con la señorita Tamwood. Me dijo que la encontraría aquí.
Ivy. Apoyé una mano en la ventanilla abierta.
—¿Está Ivy bien?
Apretó los labios. El tráfico se acumulaba detrás.
—Lo estaba cuando hablé con ella por teléfono.
Jenks revoloteó frente a mí con su carita asustada.
—Te han olfateado, Rachel.
Resoplé por la nariz. Eché la vista atrás. Vi a uno de los tres hombres lobo y este me pilló mirándolo y ladró para avisar al resto. Los otros dos acudieron a la llamada, trotando sin prisas. Tragué saliva. Era comida para perros. Se acabó. Comida para perros. Game over. Pulsar «Reinicio».
Girándome agarré la manecilla de la puerta y tiré. Me lancé dentro y di un portazo.
—¡Arranca! —grité, volviéndome para mirar por el cristal de atrás.
La cara alargada del hombre adoptó una expresión de asco al mirar atrás por el espejo retrovisor.
—¿Vienen con usted?
—¡No! ¿Esta cosa anda o simplemente te sientas aquí para jugar al solitario? Emitiendo un sonido grave de irritación, aceleró con suavidad. Me giré en el asiento y observé a los lobos detenerse en mitad de la calle. Sonaron las bocinas de los coches que se vieron obligados a frenar por su culpa. Volviéndome hacia atrás agarré el depósito y cerré los ojos aliviada. Echaría una bronca a Ivy por esto, juré. Voy a usar sus queridos mapas como cobertura para las malas hierbas del jardín. Se suponía que vendría a recogerme ella, no un esbirro de la AFI.
El pulso me volvía a la normalidad y me giré para observar al conductor.
Era por lo menos una cabeza más alto que yo, que ya era bastante, con los hombros bonitos, el pelo rizado negro muy corto, la mandíbula cuadrada y un aire de estirado que pedía a gritos que le diese una colleja. Era bastante musculoso, aunque sin exagerar. No tenía ni rastro de barriga. Con su traje negro que le quedaba como un guante y su camisa blanca con corbata negra, podría ser el chico de calendario de la AFI. Llevaba el bigote y la barba recortados a la última moda: tan mínimos que apenas se veían, aunque en mi opinión se le había ido la mano con la loción para después del afeitado.
Clavé la vista en la funda para las esposas de su cinturón, deseando tener todavía las mías. Eran de la SI y ahora las echaba mucho de menos.
Jenks se colocó en su sitio habitual sobre el espejo retrovisor, donde el viento no pudiese rasgar sus alas. El arrogante hombre lo observaba fijamente, lo que me indicaba que no trataba a menudo con pixies. Qué suerte la suya.
La radio emitió una llamada acerca de un ladrón en el centro comercial y la apagó rápidamente.
—Gracias por llevarme —dije—, ¿te manda Ivy?
Apartó la vista de Jenks.
—No. Ella solo nos dijo que estaría aquí. El capitán Edden quiere hablar con usted. Algo relacionado con el concejal Trent Kalamack —dijo el agente de la AFI con tono indiferente.
—¡Kalamack! —aullé y luego me maldije a mí misma por haberlo hecho. El maldito ricachón quería que trabajase para él o matarme, dependiendo de su estado de ánimo o de cómo fuesen sus acciones de bolsa—. ¿Kalamack, eh? —rectifiqué revolviéndome incómoda en el asiento de cuero—. ¿Por qué te manda Edden a buscarme?, ¿estás en su lista negra de esta semana?
No contestó nada pero sus potentes manos se aferraban al volante tan fuerte que sus uñas se pusieron blancas. Se creó un silencio. Cruzamos un semáforo en ámbar a punto de ponerse en rojo.
—Oye, ¿y tú quién eres? —le pregunté finalmente.
Carraspeó en lo más profundo de su garganta. Estaba acostumbrada a despertar recelo en la mayoría de los humanos. Este tipo no parecía asustado y me estaba empezando a hartar.
—Detective Glenn, señora —dijo.
—«Señora» —saltó Jenks riéndose—, te ha llamado «señora».
Lo miré con el ceño fruncido. El hombre parecía muy joven para ser detective. La AFI debía estar desesperada últimamente.
—Pues gracias, detective Glade —dije confundiéndome con su nombre—, puede dejarme aquí mismo y cogeré un autobús desde aquí. Ya iré a ver al capitán Edden mañana. Ahora mismo estoy trabajando en un caso importante.
Jenks se rió por lo bajo y el hombre se puso rojo, aunque su piel oscura casi lo ocultaba.
—Es Glenn, señora, y ya he visto su importante caso. ¿Quiere que la vuelva a dejar en la fuente?
—No —dije, hundiéndome en el asiento al recordar a los cabreados hombres lobo—, pero se lo agradecería si me pudiese llevar hasta mi oficina. Está en los Hollows, coja la siguiente a la izquierda.
—No soy su chófer —dijo con tono serio, claramente disgustado—, soy el chico de reparto.
Metí el brazo dentro cuando accionó el botón para subir la ventanilla desde su asiento. Inmediatamente el ambiente se volvió cargado. Jenks revoloteó hasta el techo quedando atrapado.
—¿Qué demonios haces? —chilló.
—¡Sí! —exclamé—. ¿Qué pasa?
—El capitán Edden quiere verla ahora, señorita Morgan, no mañana. —Sus ojos se apartaron de la calle para clavarse en mí. Apretaba la mandíbula y no me gustaba su antipática sonrisa—. Y si se le ocurre tan siquiera alargar la mano para alcanzar un hechizo, la saco del coche, la esposo y la meto en el maletero. El capitán Edden me ha enviado a recogerla, pero no me ha dicho cómo debía traerla.
Jenks aterrizó en mi pendiente jurando como un carretero. Intenté abrir la ventana repetidamente con mi botón, pero Glenn lo había bloqueado. Me eché hacia atrás en el asiento con un bufido. Podría meterle el dedo en el ojo a Glenn y obligarlo a salirse de la carretera, pero ¿para qué? Sabía adónde íbamos y Edden se encargaría de que me llevasen a casa luego. Sin embargo, me molestaba encontrarme con un humano con más agallas que yo. ¿En qué se estaba convirtiendo esta ciudad?
Se hizo un profundo silencio en el vehículo. Me quité las gafas de sol y me incliné hacia delante al darme cuenta de que el hombre iba veinticinco kilómetros por encima del límite. Típico.

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Interplanetaria

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