El Camino de los mitos III

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Doce relatos mitológicos y tres poemas componen este volumen, el tercero de los concursos de La Revelación. Su lectura hará revivir antiguos mitos, algunos ya olvidados y otros de plena actualidad, la mayoría clásicos y algún que otro astur o popular. Aquiles, Hércules, Tántalo, Perséfone, Casandra, Zeus, Áyax, ente otros, se dan cita en El camino de los mitos, una cita anual que cada vez es más celebrada.
En las páginas interiores podrás leer aventuras, reflexiones, amoríos, cultura, fantasía y mucho más. Una buena oportunidad de aprender leyendo y disfrutando.
Categoría relatos: 1º Alejandra de Troya, 2º Pantaleón Tarsillo el Tempestario, 3º Volver a Enna, 4º El evangelio del Frigio, 5º H, 6º El corazón del héroe, 7º Ayante, 8º Griego sin excepción, 9º El chancho enorme, 10º El favor de Zeus, 10º La tivina velada, 10º Los sueños de la amazona.
Categoría poemas: 1º Cronos, 2º El Aleph, 3º Amantes.

ANTICIPO:

Una arcada lo sacudió entero. Estuvo a punto de vomitar (débil Banner), pero no lo hizo. Ahora podía distinguir claramente el suelo áspero, las paredes irregulares de una cámara natural antiquísima, todo bañado en una luz verde esmeralda uniforme, que parecía no brotar de ningún lado. Alzó la vista para examinar el entorno. Y entonces lo vio.
…hhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhyrklhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh…
El doctor David Banner se especializaba en física, pero era un hombre de una cultura amplia y sólida. Reconoció de inmediato al ser majestuoso que permanecía erguido frente a él. El problema era que no existía.
Tardó un par de segundos en darse cuenta de que era víctima de una alucinación. Una muy realista y fácil de identificar, por cierto. Imposible confundirse ante aquella figura de mirada definitiva, músculos colosales y respiración poderosa; menos aun ante la vestimenta del coloso: la piel de un león que debió haber sido casi tan fiero como él mismo.
Hércules. El semidiós. Rey y terror de hombres.
Aún a gatas, el doctor Banner alzó la cabeza para contemplar mejor a la formidable aparición que se le acercaba con pasos incuestionables. Se detuvo a apenas un paso de él, mirándolo desde toda su altura, y el doctor todavía estaba tratando de discernir si esa visión obedecía a la falta de aire en la caverna o a que su cerebro había cedido al fin a la completa locura cuando el coloso habló. «The world needs a hero», dijo, el mundo necesita un héroe, la última palabra marcada por esa hache que el griego insistía en suavizar y separar de la vocal que la seguía.
—¿C-cómo…? —empezó el hombre arrodillado y no pudo seguir, y su quejido cortado, H-how, quería preguntar cómo era posible que un ser ficticio estuviera parado frente a él hablándole en inglés. Una pregunta definitivamente estúpida si se la dirigía al propio ser ficcional que, en principio, no podía estar ahí.
Hércules se agachó para mirarlo desde el mismo nivel. Banner registró su rostro semejante al mármol y quedó absorto en los ojos del formidable león desollado que le servía de abrigo. Lo que había sido la cabeza del salvaje animal ahora cubría la cabeza del semidiós, los ojos sin vida alineados sobre los ojos fieros de Hércules, la melena oscilando levemente por el movimiento que éste acababa de realizar.
El coloso levantó la mano derecha, una mano poderosa, sólida y flexible, con dedos como tubos de acero. David Banner la vio sin dejar de mantener la vista clavada en los ojos de Hércules, en cuyo fondo había un brillo verde y frío. Esa mano fue bajando luego, lentamente, hacia el hombro izquierdo de Banner, y éste temió que el peso de esos dedos prodigiosos lo derribara porque su debilidad ya era absoluta, terminal. No se le ocurrió pensar (porque el dolor físico, la cólera y la sorpresa habían arrasado con la racionalidad científica de la que siempre se había preciado) que la mano en realidad no estaba allí y que probablemente no llegara a sentir contacto alguno, a menos que también sufriera alucinaciones táctiles. Lo que tenía enfrente era un fantasma, una forma de la nada, pero parecía real, más que él mismo en su camisa suelta y su cuerpo consumido y postrado.
El doctor Banner cedió, en efecto, bajo la presión de la mano de Hércules: sufrió un espasmo violento y bajó los ojos al suelo, apartándolos de esa terrible mirada, pero no se desplomó.
El contacto produjo un efecto inusitado. Empezó con un fuerte hormigueo en el hombro, que luego se transmitió a toda la espalda en una suerte de onda expansiva. Los dedos de Hércules parecían irradiar una energía extraña. Sintió una serie de sacudidas interiores que no se tradujeron en ningún movimiento externo: el cuerpo del doctor Banner permanecía inmóvil en la caverna, un cuerpo encogido y minúsculo en comparación con el del gigante que se había acuclillado a su lado, pero en su interior se desencadenaba una especie de revolución.
La vibración que había ganado su piel se transmitió a sus músculos y se metió en sus venas. Una energía descomunal se difundió por todo su organismo montada en la sangre que bombeaba rítmicamente. Invadió sus brazos y piernas, se extendió por sus uñas y le asaltó el fondo de los ojos; recorrió su páncreas y su intestino, colonizó sus pulmones y su corazón, rebotó en su estómago y su garganta, tomó boca y oídos, atracó en los dedos de manos y pies y holló sus cabellos hasta la punta. Lo empapó todo. Y quedó en él, latiendo.
A la vibración siguieron otros cambios. El frío se fue transformando en calidez, la debilidad en vigor; el dolor comenzó lentamente a retroceder, fue acorralado, luego extinguido. Hubo una especie de delirio fisiológico, una explosión celular repentina: el cuerpo de Banner creció hacia adentro, se expandió sobre sí mismo, rodeando al cáncer, comprimiéndolo, aplastándolo hasta reducirlo a nada.
El doctor David Banner aspiró una fuerte bocanada de aire. Los pulmones no se quejaron; al contrario, el pecho se expandió, elástico, y la exhalación posterior fue vigorosa, casi violenta. No había dolor.
Aún a cuatro patas sobre el suelo de la caverna, aún con la mano del semidiós apoyada sobre el hombro, el doctor Banner levantó una de sus propias manos y la examinó. Extendió los dedos, los contrajo, movió la muñeca a un lado y a otro. Ninguna articulación se quejó; los tendones trabajaron con eficacia y eficiencia.
…hhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh…
La luz verdosa seguía bañando la caverna. El doctor Banner quiso levantar los ojos para enviarle al semidiós una mirada agradecida, pero la mano de Hércules seguía apoyada sobre su hombro. Lo retenía firmemente, aunque sin violencia. Faltaba algo.
Imágenes.
Imágenes que eran recuerdos pero no eran recuerdos.
Imágenes impregnadas de una autoconciencia confusa, salvaje: imágenes de un él que no era él, de seres y situaciones que le resultaban doblemente familiares, porque por un lado eran la puesta en escena de las viejas estampas de los manuales, reproducidas vívidamente como en una película, y por el otro lado venían teñidas por la sensación absurda de pertenecer a su pasado, de no ser un mito sino situaciones realmente vividas por un David Banner imposible y luego olvidadas, relegadas a lo más profundo del inconsciente.

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Interplanetaria

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