El Camino de los mitos

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En las páginas interiores de este libro aguardan héroes antiguos, atemporales; esperan a ser leídos diferentes mitos, mitos de indudable vigencia en el tiempo y de un atractivo que ha permanecido inalterado en el tiempo; acechan, a su vez, espantosas criaturas o seres informes unas veces, bellos y equilibrados otras, pero siempre atrayentes. Es El Camino de los Mitos, que a lo largo de los siglos ha ido adquiriendo distintas formas para llegar a nosotros en plena efervescencia.
Acompañados de unas magníficas ilustraciones, cada autor nos ofrece su visión de determinadas historias en estos deliciosos relatos que son, no nos cabe ninguna duda, un entretenimiento de primer orden y una fuente de conocimiento.

Los Concursos de relatos de La Revelación nacieron con la esperanza e ilusión de conocer y dar a conocer la visión de distintos autores acerca de los mitos. Evohé quiere despertar en el lector unas sensaciones casi perdidas, un mundo de narraciones en donde le espíritu clásico perviva y en donde la irracionalidad del hombre tenga su espacio, en ese universo tan evocador, y a veces recurrente, que es la mitología.

En este volumen se podrán encontrar relatos para todos los gustos: algunos resultarán originales y otros clásicos, unos parecerán divertidos, poéticos, delirantes, otros fabulosos, desmesurados, irónicos y mágicos. En todo caso, este libro contiene cuentos que harán disfrutar tanto al lector ocasional como al más exigente.

 

ANTICIPO:
Hace una eternidad que me encuentro en la misma postura: la pierna izquierda un poco adelantada, el tronco hacia atrás, el brazo diestro en actitud de descargar la espada y el siniestro aferrado con fuerza al escudo. Ahora que el polvo y la ceniza han ido cubriendo mi cuerpo, me asemejo a las belicosas estatuas que desde niño solía ver en el palacio de mi isla. Esta sensación se incrementa por el hecho de que no soy el único: a mi diestra alza su lanza otro guerrero de casco empenachado; adelante, como piezas desperdigadas en un damero, están mis predecesores: hombres llegados de todos los puertos del Mediterráneo, inmóviles hoy y para siempre en el momento de asestar un golpe de gladio, de lanzar una flecha o de blandir la maza. Uno —que está muy cerca de mí— perdura en la actitud de desenvainar; otro —más lejano— trata de cubrirse el rostro con las manos; un tercero, para su deshonra, se petrificó con las rodillas dobladas.
 Ignoro la patria de la mayoría de ellos. Algunos quizá remonten sus linajes a los héroes primigenios; otros a las divinidades selváticas o fluviales; unos pocos, como yo, a los Olímpicos que por siempre viven. Pero muchas son las cosas que nos hermanan: todos emprendimos alguna vez el viaje hacia Occidente, hacia la región luctuosa donde se hunde el carro del sol; todos hicimos la travesía con el propósito de acrecentar nuestra fama de héroes; todos preferimos la posibilidad de morir jóvenes y con gloria a la de envejecer tácitos en las ciudades populosas; y todos experimentamos en algún momento la fiebre de enfrentarnos cuerpo a cuerpo con los monstruos, la misma que nos ha eternizado como a figuras pintadas en un ánfora.
También ella, nuestra captora, ignora la patria de la mayoría de nosotros; e ignora cómo fuimos llamados, años o siglos atrás, por nuestros padres. Pero algunos le hemos permitido sumergirse en nuestras almas, robarnos los sueños. Sabe que éste que aferra una espada que nunca terminará de desenvainar, fue en su tierra un príncipe y un artista; que aquel otro que eternamente le suplicará piedad fue un asesino de jóvenes; que éste que ahora no se distingue de la piedra —éste, que ahora soy yo— fue alguna vez un niño, arrojado junto a su madre, en una urna, al mar. Ella conoce nuestras grandezas y nuestras miserias: con ellas se alimentan sus días.
Hay entre todos nosotros soberbia suficiente como para nutrir a un monstruo. Los héroes que no comprendieron del todo que la elevación es un estado pasajero del alma, no han hecho más que trazar el derrotero de su propia ruina. Ella lo sabe bien, lo ha leído en sus sueños, tal vez también en los míos. Ellos lograron, en el mejor de los casos, matar a los monstruos que devoraban los rebaños, que carbonizaban los cultivos, que contaminaban las fuentes. Pero no a los monstruos que fermentan como forúnculos en los espíritus desbordados. 
Qué sencilla era la lección: el hombre —han escrito los sabios— debe volver a su aldea, partir el pan, beber el vino, impregnar a su mujer; ser sobre todo muy cauto, afilar la espada, abombar el escudo, envenenar las flechas; estar siempre alerta al despertar del monstruo que la vanidad ha sembrado en su pecho. También han dicho los sabios —y ella lo sabe bien— que el verdadero héroe es el que sabe resistir en el combate continuo: el que permanece firme, el que siempre alza la mirada hacia el mundo de los dioses, pero con los pies perfectamente afirmados a la vida concreta.
 Ahora que todo es quietud, que todo es reposo, el recuerdo de los días juveniles es a la vez un consuelo y una tortura. El último siglo no ha alcanzado a desvanecer el perfume del mar mezclado con el de las naves calafateadas, en derrota hacia la tierra de las Hespérides. Entonces la vida era nada más que eso: el olor de la espuma y de la brea, y también la caricia del sol de otoño en las playas benignas —playas que tienen nombres que parecen surgidos de los dioses: Costa Dorada, Costa del Azahar, Costa de la Luz—; la vida era el sabor del vino escanciado con miel, el gozo de la danza y el canto al son de la zampoña, el azul profundo del mar y la calcinación de los pueblos ribereños. Entonces podía llamarme feliz solamente con que cada jornada acabara sin pesar.
 Ahora que todo es quietud, no es el movimiento lo que más añoro —pues en lo móvil está la muerte y lo eterno en la inmovilidad—, sino el baño matutino en el agua salobre, el placer de calmar la sed en tantos y tan remotos ríos. 
Dicen los poetas que los ríos son hijos de Océano y Tetis. Yo, más bien, creo que son fruto de las lágrimas. Las lágrimas que, al igual que los sueños, no conocen distinción entre los hombres y los inmortales. En otros melancólicos viajes, encaminados entonces a la ciudad de Biblos, me he sentado más de una vez en la ribera del Adonis, que todos los años se enrojece como si emergiera desde su fondo el joven desgarrado por el jabalí; y las muchachas lloran sobre esos borbotones que no sólo tiñen las aguas, sino también las rosas y las anémonas. En la desembocadura del río Esepo, en las márgenes del Helesponto, he visto las aves que cada año se reúnen a plañir por la muerte de Memnón, cuya madre la Aurora vierte todas las mañanas, en señal de tristeza, el rocío que impregna los campos. En Sicilia, en las proximidades del Etna —donde es fama que tienen sus fábricas los cíclopes— bebí las aguas del Acis y encontré en ellas el sabor de las lágrimas de Galatea. Y en una travesía por el país de Misia, quise llegar en peregrinación a las orillas del Ascanio sólo para recordar al hermosísimo Hilas, raptado por las ninfas que deseaban regalarle la inmortalidad; y supe que Heracles nunca se resignó a la desaparición de este joven al que amaba: aún hoy en día, por mandato suyo, los sacerdotes lo siguen buscando y lo llaman a gritos a través de los montes. Yo podría haber encontrado la felicidad con sólo permanecer ocioso sobre las playas de esos grandes ríos.
 Pero es parte de la naturaleza humana el no conformarse con esa dulce medianía. Por amor a la gloria vadeaba ya en mi adolescencia los ríos correntosos de mi patria, de nombres distintos para los hombres que para los inmortales. Y más tarde fueron la expugnación de ciudades, la vida áspera de los campamentos, la guerra luctuosa que devora a los varones. Batallar con otro guerrero igual o mayor en ardides y en fuerza, derrotarlo y despojarlo de sus luminosas armas, ¡qué placer tan sublime! Pero un placer pequeño, un renombre pasajero, comparado con el de los héroes que se han medido con toros de fogosa respiración, quimeras de aliento pestífero, gigantes o centauros…
 El inconformismo fue la causa de mi extralimitación, de mi caída. No escuché a los maestros que me recomendaban el camino medio como el mejor. Me sentía llamado a los hechos portentosos. Había escuchado de mi madre que era hijo del dios que porta la égida: mis acciones debían ser propias de un semidiós. Sin embargo, siempre fui consciente de mi destino mortal: sabía que aquellos a quienes los dioses aman, mueren jóvenes.

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