El cebo.

ElCeboJoseCarlosSomoza

Madrid. Un brutal atentado terrorista. Un futuro desolador.
El Espectador, el mayor y más salvaje homicida de todos los tiempos, anda suelto. La policía va en su búsqueda. Los métodos policiales han cambiado. La tecnología no funciona. Tiene que buscar dentro, en la mente, en los deseos del asesino. Para ello utilizan cebos, expertos en conductas humanas, entrenados para conocer las filias de los delincuentes y manipularlas a través de máscaras. Diana Blanco es la mejor, la más preparada, la única que puede atrapar al Espectador.
Cuando la protagonista descubra que su hermana ha sido secuestrada por el asesino, iniciará una carrera contrarreloj para salvarla que la conducirá a la guarida del monstruo.
A partir de este momento se desencadena un trepidante juego de sospechas que llevará a la protagonista a un sorprendente final lleno de acción y erotismo.
– Sin duda, estamos ante un best seller de calidad: un libro muy bien escrito, una trama inteligente y unos personajes perfectamente definidos.
– El autor ha vuelto al universo de Clara y la penumbra (2001) planteando un futuro cercano verosímil, utilizando un personaje femenino como eje y dando un giro final que sorprende al lector.

ANTICIPO:

En aquella planta la decoración era más o menos la misma: todo blanco, inmaculado, remoto. Una reproducción horte­ra de un caballero medieval en una columna de escayola. Dos puertas enfrentadas que podían guiar a dos dormitorios. El hombre abrió la de la derecha, dividida en paneles de cristal, y las luces automáticas se encendieron.
—Es mi dormitorio —dijo—. Pasa.
Estaba todo tan limpio que pensé de inmediato en un qui­rófano. La cama era lisa como los pensamientos de un cadá­ver. Los escasos muebles consistían en una cómoda de super­ficie vacía y un armario de apertura electrónica, ambos en color blanco. Encima de la cómoda, el primer y único espejo que yo había visto hasta ese instante, de marco biselado, parecía cumplir tan bien su labor que habría reflejado hasta a un vam­piro. Cortinas de tubos de acero cerraban el acceso a lo que podía ser una terraza.
—¿Qué te parece? —preguntó el hombre.
—No lo sé —contesté con toda sinceridad—. Desde lue­go, eres mucho más ordenado que yo.
Joaquín enrojeció como una cereza.
—Sí, me gusta el orden. Demasiado. —Y giró hacia el ar­mario, que era de cuatro cuerpos. Empezó a teclear la combi­nación.
—¿Me pongo cómoda?
—No, espera —dijo.
Había algo en aquel ambiente que me preocupaba, y no sabía bien qué era. No me sorprendía no hallar nada religio­so en su «refugio», ya que ello hubiese significado dejar que su conciencia penetrase hasta ese nivel. Pero toda aquella blan­cura y cierto olor a antisepsia en el ambiente me hacían pen­sar en una intensa relación con el decorado. Eso no cuadraba mucho con un fílico de Holocausto. Y además, no era cierto que no hubiese nada religioso: había dos cuadritos colocados en un rincón, junto al ordenador portátil de brazo plegable instalado en la cabecera de la cama, de manera que quien dur­miese en ella pudiese verlos desde allí. Mientras Joaquín te­cleaba la combinación del armario les eché un vistazo. Eran reproducciones de obras antiguas que mostraban a dos muje­res aureoladas en pleno martirio: una desnuda y arrodillada mientras dos ruedas de cuchillos parecían querer convertirla en lonchas de embutido; la otra con una túnica, a punto de ser atada a un potro en aspa. Ninguna de las dos muy contenta, desde luego.
—Es curioso —dijo el hombre, aún vuelto de espaldas, mientras la puerta del armario se descorría en silencio—. Fui al Orleans esta tarde a entrevistar a alguien para mi página, y te encontré a ti…
—Casualidades de la vida.
Eso era lo que me había contado. El Orleans era un club pick-up cutre de carretera que recientemente había sido refor­mado para convertirlo en algo aún más cutre, con aires de re­cinto medieval, vidrieras coloreadas y rubias del Este que mi­raban al suelo, fingían ser núbiles y adoptaban poses de doncellas. Pero admitían a chicas ajenas al local, siempre y cuan­do hicieras las cosas discretamente. Por eso lo elegí para ter­minar mi ronda, y porque era uno de los sitios de probabilidad media que podía visitar el Espectador. Me hallaba en la ba­rra, tras hacer una visita al aseo, y había pedido un combina­do llamado «Hoguera» cuando el tipo se me acercó con aque­llos ojos de pez y me preguntó si conocía a un hombre, un inglés llamado Talbot. Me explicó que era el decorador que ha­bía reformado el local, y que él estaba allí para entrevistarlo. Mientras me hablaba, hice unas gesticulaciones simples y su­puse que podía ser fílico de Holocausto. Decidí darle una opor­tunidad. Lo enganché mientras le proponía un «precio por mis servicios». Fue entonces cuando me invitó a venir a su casa.
Y allí me encontraba, mientras la puerta de su armario se descorría en silencio y él, vuelto de espaldas, seguía ha­blando.
—Quiero decir que te conozco desde hace apenas una hora… A mi mujer la conocí durante ocho años y solo me atreví a hablarle de esto al final de ese tiempo…
—Las mujeres casadas no conocen a sus maridos, eso lo tengo claro —dije.
—No sé… —Introdujo la mitad superior de su robusto cuerpo en el armario. Vi chaquetas oscuras alineadas como in­vitados en un funeral—. Ella era muy buena, que conste… No quiero decir nada en su contra. Muy buena persona, pero… no me comprendía. Y sin embargo tú… tú pareces compren­derme, aunque no sé por qué…
—Vaya, gracias. Quizá no soy tan buena.
Se había agachado para coger algo. Yo no podía ver qué era desde mi posición al otro lado de la cama. Su voz me lle­gaba ahogada por el angosto interior.
—Las tías sois curiosas… Os vemos y dejamos de ser noso­tros mismos. Podemos pasarnos años trabajando o fingiendo trabajar… Años enteros ocultos… y de repente llega una de vosotras y… y lo cambia todo. Nos saca fuera. Nos saca todo lo que somos. —Emergió como una tortuga del fondo de un estanque, se puso en pie y dio la vuelta. Llevaba algo en las manos—. Todo. De arriba abajo. Y uno hace cosas que jamás hubiese pensado hacer…
Dejó el objeto sobre la cama impoluta, donde su aparien­cia cobró aires aún más ridículos. Era una caja de zapatos Bed- ford para caballero, negra, con el logotipo de una espada do­rada en el costado. El hombre puso las manos sobre ella como si se tratara del Santo Grial mientras deslizaba la lengua por los labios. Luego dijo:
—Tú sabrás cómo lo has hecho, pero cuando te vi por ca­sualidad caminando por el club esta tarde pensé que… era como si te conociera de toda la vida. Como si pudiera confiar en ti por completo. Fue solo una impresión. Luego, al hablar­te, la confirmé.
Tan distraída me encontraba mirando aquella caja que, por un instante, no escuché lo que decía. Lo miré.
—¿Me viste por primera vez caminando?
—Sí, de espaldas. Creo que ibas al baño. —El hombre rió mientras quitaba la tapa de la caja con ambas manos, como si ejecutara un rito—. Pero no necesité verte la cara… Lo supe en ese instante.
Un enganche previo viéndome de espaldas no encajaba con lo que yo sabía sobre la filia de Holocausto. Eso me puso en guardia. Intenté desesperadamente recordar cómo era el pa­sillo que llevaba a los lavabos del Orleans: disposición de lu­ces, contraste entre mi ropa oscura y el fondo… ¿Qué había al fondo? El aseo de mujeres. La puerta estaba… ¿abierta? ¿El interior era blanco? ¿Había luz? Mi silueta se recortaría so­bre ese escenario. Blanco, negro. El pantalón de piel destella­ría en mis nalgas al andar…
Mientras pensaba todo esto, el hombre extrajo de la caja el primer cuchillo.
—Son míos —dijo—. Los colecciono.
Asentí, pero mi mente ya no se hallaba concentrada en sus palabras: la blancura cegadora de la habitación, similar a la de un cuarto de baño; la holografía de la mujer con aspecto do­minante; la presencia ridicula y doméstica de una caja de za­patos para encerrar su secreto íntimo, el deseo de su psino- ma… Todos aquellos detalles por sí solos eran admisibles en una filia de Holocausto, pero en conjunto pertenecían a otra clase de cosa, bien distinta.
—¿Estás asustada? —preguntó el hombre mientras acari­ciaba el cuchillo.
—No, qué va, es lo normal. Quiero decir que es normal que le pagues a una chica para acostarse contigo y luego saques una caja llena de cuchillos.
De la cara colorada del hombre brotó algo que podía ser una risa o una arcada, pero enseguida recobró la seriedad y la mirada de pez suplicante.
—No debes asustarte, por favor. Solo los colecciono. Ten­go verdaderas joyas, como este. Mira, es un Somerset, con mango de madera de Rosewood y hoja de aleación molibde- no-vanadio. Se llama Rosa Roja, las piezas están numeradas… Este otro es Rosa Blanca, tiene mango de asta de ciervo natu­ral y repujados en marfil…
—Encantada —dije, pero el hombre no se rió. Tenía todo el rostro granate y sudoroso mientras iba depositando sus «jo­yas» sobre la cama. El brillo del acero de los cuchillos refle­jaba las crudas luces del techo.
—Te diré lo que debes hacer. Y te pagaré más, si quieres.
Volvió a meter la mano en la caja, pero esta vez no sacó un cuchillo sino un rollo de cuerda fina de color rosado.
Cuerdas de cualquier clase eran esperables en una filia de Holocausto, y desde luego el Espectador las usaba. Pero el tipo que tenía ante mí no era fílico de Holocausto, y ahora lo sabía. Lo había catalogado mal. No era la primera vez que me ocurría, y resultaba casi lógico en una filia tan parecida a la de mi presa, pero me reproché a mí misma no haberme asegura­do antes de que el enganche se produjera.
—Te pagaré lo que me pidas —repitió el hombre. Dos grue­sas gotas de sudor resbalaron por su frente mientras sacaba de la caja el último objeto: un rollo pequeño de cinta elástica. Todo tenía el aspecto de no haber sido usado en mucho tiem­po—. Solo debes seguir mis instrucciones…
Un teléfono sonó en alguna parte, y ambos parpadeamos como si nos despertáramos del mismo sueño. La llamada en­mudeció.
—Tengo los inhibidores activados. —Joaquín Ojos de Pez curvó los labios en una sonrisa—. Nadie nos molestará du­rante… Eh, ¿adonde vas?
Yo había aprovechado la pausa para colgarme el bolso del hombro y desplazarme hacia la puerta.
—Creo que… esto no es lo mío, Joaquín —contesté fin­giendo inquietud.
—Te he dicho que no te asustes… No es lo que piensas. Déjame explicarte…
Observé que se ponía tenso y decidí esperar.
—De acuerdo —dije—. Pero no te prometo nada.
—Te aseguro que no es nada malo, nada malo.
—No he dicho que lo sea.
—Si me dejas que lo explique… Si me permites… —Se le había secado la boca y necesitaba despegar la lengua del pala­dar para seguir hablando—. Yo soy buena persona. Y esto no es malo. Lo entenderás enseguida…
Yo ya lo entendía demasiado bien. El acento en las palabras «bueno» y «malo» era típico del texto de los fílicos de Repul­sión, que gozaban de contrastes chocantes: pulcritud y cuadros de torturas, cajas de zapatos y cuchillos. Gens los comparaba a la Juana de Arco de la trilogía de Enrique VI, una de las primeras obras del dramaturgo inglés. La Juana de Shakespeare era un personaje lleno de contrastes: guerrera y doncella, puta y santa, bruja y salvadora. Hasta el propio rey Enrique era un ejemplo típico de Repulsión. Por supuesto, nada de lo que el hombre estaba diciendo tenía relación alguna con la moral: solo hablaba su psinoma, el deseo ardiente que brotaba por sus ojos.
—No quiero que te quites la ropa… Te quedarás así… tal como estás…
—Vale.
—Entonces… me atarás con esta cuerda… manos y pies. —Sí.
—Luego cogerás a Rosa Roja y… me pincharás… Yo te diré dónde… Por favor, no te rías…
—No me estoy riendo.
—Puedes pincharme un poco… no mucho, pero lo bas­tante para… que me duela… —Endureció la voz—. ¿Te hace gracia?
—No.
Yo no había siquiera sonreído. Gens habría dicho que aque­llos comentarios iban dirigidos hacia esa otra parte ridicula y burlona de su filia de Repulsión, a la «caja de zapatos» del in­terior de su conciencia, pero por supuesto los dirigía hacia mí. Temí una disrupción y aparté la vista para no mirarlo direc­tamente.
—¿Lo harás? ¿Harás esto? Hace mucho tiempo que no se lo pido a nadie…
Lo único que yo quería era marcharme sin perturbarlo más. Fuera quien fuese el Señor Pulcro, le gustara lo que le gustase, lo cierto era que no se trataba de mi presa. Yo lo ha­bía enganchado por azar de espaldas, y el enganche se había reforzado con mis gestos de máscara de Holocausto, que po­dían atraer a otras filias, y sobre todo al imitar la postura de la mujer de la holografía, su ex, la Juana de Arco de su vida, bruja y santa, pasiva y dominante. Ahora tenía que intentar reparar mi error sin hacerle daño.
—Por favor —gimió.
No se me ocurría qué otra cosa hacer sino cerrar la tien­da. «Apagar lo focos y salir de escena», como diría Gens. Se­guir interpretando para calmarlo era inútil. Mi propia ropa negra le ofrecía un contraste suculento con el fondo blanco del dormitorio. Y al hallarme tan próxima a los cuadros de santas martirizadas, me identificaba con un verdugo, lo cual le gustaba aún más. Pensé que su psinoma tenía que estar en- viándole escalofríos de placer con la potencia de unas fiebres
palúdicas. Pero lo peor no era eso.
Lo peor era que seguía sosteniendo a Rosa Roja mientras
hablaba.
—Por favor, Elena, o como te llames… me dijiste… me di­jiste que si te pagaba, harías cualquier cosa…
Relajé los músculos y moví las manos con suavidad, ya que la rigidez y los gestos violentos enganchaban más al deseador de Repulsión. Entregué un texto con voz natural mientras ca­minaba hacia la puerta:
—Lo siento, pero… creo que no quiero hacerlo. Lo lamen­to, Joaquín.
—Dime un precio. Tan solo dímelo.
—Lo siento de veras. Hasta luego.
Comprendí que le había dado la espalda demasiado pron­to. Mi espalda lo enganchaba, lo había olvidado. Sentí sus ja­deos acercándose.
—Oye, oye, oye… —Cada «oye» se aproximaba más y re­velaba más furia. Una mano me cogió la manga de la cazadora cuando cruzaba el rellano hacia el último tramo de escalera—. ¿Adonde crees que vas, eh? ¿Adonde, eh?
—Suéltame. —Me liberé de un tirón, pero volvió a coger­me el brazo.
—Espera… Espera, coño… Me dijiste que harías lo que yo quisiera, ¿no?
—¡He dicho que me sueltes! —Intenté apelar a su respe­to por la mujer dominante, pero eran arenas movedizas: mien­tras más me movía en ellas, más placer le causaba.
—¡Ya te he soltado! —exclamó, abriendo la mano—. ¡Aho­ra, escúchame!
Seguí bajando la escalera sin responder hasta que el chilli­do me paralizó.
—¡Espera, joder! ¡Me dijiste «lo que yo quisiera»! ¿No? ¿Qué ha pasado? ¿Ahora dices que no es lo tuyo? ¿Qué ha pasado? ¿Te parezco muy anormal? ¡Dime! ¿Te parezco un loco?
Me volví hacia él en la escalera y lo miré. No, no estaba loco, por supuesto. Era un pobre diablo. Pero estaba disrup- cionando. De alguna manera el enganche había sido mayor del que esperaba, y al cerrar el teatro había empezado a dis- rupcionar. La disrupción es un estallido del deseo: te hundes tanto en el psinoma que es como si perforaras la tierra y, de improviso, ves ascender petróleo como un vómito negro y viscoso.
—¿Quién te crees que eres, puta de mierda? —vociferaba el bueno de Joaquín abriendo una boca que parecía más gran­de que toda su cabeza—. ¿Quién coño te crees que eres? ¡Toda mi vida he tenido que aguantar a putas como tú! ¡Primero sí, luego no! ¡Primero «ven», luego «lárgate»! ¡Dais asco! ¡To­das! ¡Asco!
Era inútil decirle que se calmara, o siquiera hablarle. Mi propia tensión e incluso los leves jadeos que me produciría el ejercicio de correr escalera abajo, elevarían a la quinta poten­cia aquella disrupción preliminar. Solo cabía esperar que se calmara perdiéndome de vista. Yo era su tentación, su placer: si salía de escena, quizá se detuviera.
Descendí los cuatro o cinco peldaños que me quedaban y corrí a la puerta. Estaba cerrada electrónicamente, pero con­fié en que no con una clave. Busqué el teclado para pulsar el «Open», y entonces oí la voz a mi espalda y casi sentí el alien­to en mi nuca. Me volví.
—¿Qué soy para vosotras? ¿Qué soy… ? ¿ Qué he sido siempre? —El hombre temblaba de pies a cabeza mientras so­llozaba. Pero yo solo tuve ojos para la epilepsia de aleación molibdeno-vanadio que lanzaba destellos en su mano dere­cha al gesticular.
—Deja que me marche, Joaquín —dije con calma.
Sin embargo, al tiempo que lo decía, comprendí que ya no podía irme así como así. Joaquín la Vestal, la doncella mártir, haría algo terrible con su poderosa Rosa Roja si lo abandona­ba en aquel estado. O quizá no, pero no quería aceptar el ries­go. Era un inocente. O bien no era el culpable que buscaba.
—¡Dime qué soy! —rugió, alzando el cuchillo hacia su ros­tro—. ¿Un anormal? ¿Eh? ¿Eh? ¿Soy anormal porque me gus­ta que me pinchen? ¿Eh? ¿Eh? ¿Soy anormal?
—Sí —dije—. Eres un anormal del culo.
Se quedó quieto un segundo.
Durante ese segundo levanté el brazo derecho y le estam­pé el puño en la cara. Fue como golpear una pared, pero no era el primer hombre a quien golpeaba. Se derrumbó de in­mediato y Rosa Roja escapó de sus manos y se deslizó como un esquí afilado y mortal por el suelo de mármol blanco.
Me froté los nudillos, me agaché junto a Mister Mártir y estudié la situación: un coágulo empezaba a abultar su nariz, lo cual me hizo pensar que se la había roto al caer, o quizá con mi propio golpe. Pero al menos respiraba con normalidad y su corazón latía. Además, ya era inofensivo, y cuando desper­tara, la disrupción habría finalizado. No se puede tener todo en esta vida.
Recogí a Rosa Roja y subí la escalera. Guardé los cuchi­llos y el resto de objetos en la caja de zapatos y la devolví a las profundidades del armario, donde hallé ocultas varias impre­siones de webs de hombres atados. Me despedí de las santas mártires y al regresar al vestíbulo, me detuve antes de abrir la puerta y contemplé el fardo vestido de verde oliva y vaque­ros que roncaba como un borracho en el suelo del salón.
—Eres anormal, sí—dije en voz alta—, pero no más que cualquiera.
Abrí la puerta y salí de la escena

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Interplanetaria

1 Opinión

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  • planeador
    on

    Muy entretenido el último de Somoza. La idea de detener a los delincuentes ofreciendoles exactamente lo que desean es buena y está bien desarrollada.

    Se nota que Somoza es spiquiatra y sabe de lo que habla.

    La novela tiene un toque fururista que hace más atractiva y creible la trama.

    Lo dicho, entrenida de principio a fin.

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