El código secreto

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En el 2070 el mundo se encuentra en plena Era Fukuyama: la capa de ozono ha desaparecido y los combustibles fósiles se han agotado. Ningún país occidental existe ya como nación. Madrid es una ciudad estado típica europea en la que coexisten dos tipos de vida segregados por el acceso a la tecnología. Por un lado están los privilegios y poderosos urba que controlan Internet y se protegen de la mortífera radiación solar en sus urbanizaciones de la periferia. En el centro de la ciudad viven los inmi, que llegaron de otras tierras huyendo del hambre, las guerras y el efecto devastado de la radiación. La sociedad inmi está apenas organizada, muy atrasada tecnológicamente y depende totalmente del trabajo que ofrecen los urba.

En este marco, Aslan Ibárruri, un agente de la Policía Estatal Madrileña, es contratado para encontrar a un poderoso consejero del presidente madrileño que acaba de desaparecer. Su única pista son dos palabras: «Trescientas Holandesas».

Novela finalista del Premio Minotauro 2005.

ANTICIPO:
Viernes 30 de junio de 2070 (50 de la Era Fukuyama)

Me levanté algo tarde, puesto que no tenía, en principio, motivo para madrugar. Habla terminado con el tramposo asunto de los amigos de Romaguera y Santamans, y seguramente ya me hablan ingresado en cuenta una suculenta cantidad de euros. Salté de la cama y descorrí las cortinas de terciopelo rojo de la habitación. Una luz pálida pero consistente llenó la pieza. A través del triple filtro del balcón pude observar que las valvas de la calle estaban acopladas. El calor arreciaba y tuve que subir el termostato. En el resto de la casa, fui descorriendo cortinas para que entrase la luz. Moni Penny pegó un salto al verme y se me acercó. De mala gana, le acaricie la cabeza y nos dirigimos a la cocina. Del enorme refrigerador, comprado en una subasta de desechos urba, saqué un cartón de leche —Made in Mozambique, ponía en el reverso— y serví al gato. También le di unas cuantas tiras de proteína e hidrato de rata. Era su comida diaria y era conveniente racionársela para que tuviera hambre y completase su dicta cazando los roedores que frecuentemente penetraban en la casa. Yo no tenia, por el momento, hambre y decidí ir al despacho a comprobar si la ultrapalm habla registrado el ingreso de Montera y compañía.

Efectivamente, yo era ya un poco menos pobre. Miré el cuadro que tenía en la pared de enfrente. Violón y guitarra, de Juan Gris, cortesía del abuelo, y sonreí. Puse un disco de vinilo en el tocadiscos Technics de dos platos que había encontrado en un viejo garaje de las ruinas de Alcorcón y que Ibrahim hizo funcionar como la seda. Comenzó a sonar la voz áspera y a la vez dulce de un tipo que se llamó Chet Baker, cantando I get along without you very well. Me fui silbando a la ducha y dejé que el agua fresca resbalara por mi cuerpo desnudo, llevándose con sus pequeños latigazos todo el embotamiento de la marihuana y el alcohol ingeridos la noche anterior— Fue entonces, bajo el chorro de agua, cuando comencé a reflexionar sobre el caso que me habían encargado. La verdad es que no sabía si creer a Romaguera y Santamans. Es decir, no estaba seguro de sí esos tipos me estaban tendiendo una nueva trampa, aunque tampoco encontraba motivos por los que me pudieran desear ningún mal. Al contrario, a Romaguera y Santamans creía caerle bastante bien, y por parte de Montera, Sciorini y Fernández-Hirsch, con decir que eran mis principales clientes bastaba para entender que no querrían deshacerse del sabueso que les aclaraba todos los líos… No, aquello, por extraño que pareciese, tenía visos de ir en serio. Quizá no todo, puede que Romaguera y Santamans estuviera exagerando la gravedad del problema, pero su preocupación me pareció en aquellos momentos sincera.

Salí de la ducha con el doctor Ramallaes en la cabeza y me dispuse para ir a desayunar al zoco del Dos de Mayo. Me calcé unas babuchas amarillas y me cubrí con una chilaba azul celeste. No me olvidé de embadurnarme el rostro con crema protectora. Tampoco de ponerme los guantes de seda. Salí de casa y bajé en penumbra las escaleras que conducían al portal. Accedí al exterior tras ponerme las gafas de sol y cubrirme la cabeza con un turbante del mismo color que la chilaba. Anduve por los apestosos callejones, sorteando los regueros de légamo y soportando los olores concentrados que se condensaban con el terrible calor. En las esquinas, los inmis negros y algunos blancos, probablemente norteamericanos, vendían fruta medio podrida y arroz con alubias rojas en perolas que mantenían calientes con resistencias conectadas a baterías de coche. Éstas eran muy resistentes, y a pesar de que la utilización de automóviles de propulsión combustible estaba extinguida, soportaban bien el paso del tiempo. Además tenían la ventaja de que el ácido sulfúrico era fácil de obtener mediante la destilación de la lluvia acida. Así se conseguía una mezcla de ácidos sulfúrico y nítrico que era impura pero que permitía funcionar a las baterías. Los inmis pobres calentaban sus alimentos y hervían su agua así. Por la noche subían a los tejados y conectaban las baterías a las placas fotovoltaicas; cuando de nuevo caía el sol las recogían, ya cargadas, y tenían energía portátil para varias semanas. Normalmente, a estos vendedores ambulantes solían comprarles inmis todavía más pobres, gente que acababa de llegar a través del gran puente del estrecho de Gibraltar y que apenas tenían ropas para taparse. Los vendedores gritaban: « ¡Todo un euro, everything one euro, tout pour un euro!». Los que tenían la preciada moneda, generalmente robada la noche anterior o conseguida mediante favores sexuales, podían así asegurarse su ración de alimento diario.

Al cruzar la calle de Carranza me tapé el rostro con el pañuelo y apreté el paso, puesto que era una vía demasiado ancha y estaba al descubierto. Me desvié por Manuela Malasaña, ya otra vez bajo las valvas de triple filtro, y bajé por San Andrés, acercándome al zoco. A medida que me aproximaba, proliferaban los pedigüeños de todas las razas y colores. Pedían el euro de rigor y ofrecían todo tipo de objetos y favores a cambio del mismo. Muchos de ellos ni siquiera estaban en pie: simplemente sentados, fumando hierba o aspirando cola de soldar triple filtro, extendían sus marchitas y ulcerosas manos a mi paso. A decir verdad, aunque hubiera querido, no habría podido darles nada, pues había salido de casa únicamente con lo puesto, exceptuando la ultrapalm, con la que cerraba y abría las puertas de mi apartamento. Los sorteaba como podía, a pesar de que cada vez eran más densos los grupos de mendigos, traficantes de medicinas y vendedores ambulantes de miserables objetos robados o encontrados en las calles de los barrios no habitables: lámparas, juguetes vetustos, alimentos pasados y maquinaria inutilizada.

Finalmente alcancé el zoco, cubierto en parte por valvas circulares en los márgenes de la plaza, y me moví entre los toldos de los comercios, laberínticamente dispuestos, hasta llegar al local de desayunos de Makama Owosu—Ankomah, en la esquina con la calle Daoiz. Servían allí buen café y abundante rancho con especias picantes, además de algunos platos delicatessen de origen magrebí. Saludé al enorme negro que era Makama y él me dispuso una mesa aparcada en la sombra del tugurio y junto a un ventilador. En su aparato de música sonaba una tonada árabe suave y lánguida. Makama tenía preferencia por todo lo árabe a pesar de que su familia era originaria de Ghana. Llegaron a principios de siglo cruzando el estrecho en un tipo de embarcación sumamente inestable llamada patera. Ahora, setenta años después, Makama y los suyos podían considerarse don a todos los efectos.

—Buena voz. —le dije refiriéndome a la mujer que cantaba a través de los altavoces.

—Se llama Natacha Atlas —me dijo entusiasmado—. Lo compré —se refería al compacto— a uno de los manteros de los alrededores del mercado. No sé de dónde lo habría sacado; not easy lo find that kind of cd´s now.

—Not easy, no —respondí—. Lo habrá robado— Ya no quedan joyas de éstas en la calle.

—Están todas en tu casa —rió Makama al decirlo—, o en la mía.

Se refería a que ambos, y otros como nosotros, siendo dones, estando asentadas nuestras familias en esta tierra, éramos voraces recolectores de restos culturales de antes de la gran catástrofe climática. La mayoría de los dones, exceptuando a los locales pobres, que nunca supieron hacerse un lugar privilegiado entre los inmis, vinculaba su valor social a su pasado, y éste estaba indefectiblemente ligado a la cultura. Un inmi culto, en el sentido en que lo entendían los urba, era alguien a quien se debía respetar, puesto que sabía. Los inmis, en el sentido en que utilizábamos la palabra los dones, no sabían muy bien para que servía tanta cultura, pero sabían que los que la poseíamos estábamos por encima de ellos. No era raro, pues, que todo don que se preciase, y quisiese vivir sin grandes preocupaciones por su seguridad, acumulara en su casa o comercio miles de discos, decenas de cuadros y centenares de libros, fotografías y otros objetos que atestiguasen su conocimiento de un pasado común que ya no era más que una entelequia.

—El disco estaba nuevecito—comentó Makama mientras me traía un café y un plato de alubias con huevos fritos espolvoreados de pimienta y curri—. Y resulta que la tía que canta no es mora sino de Bruselas —dijo estallando en una gran carcajada,

—Déjame que piense —le interrumpí—; creo que tengo algo de esta tipa. Me parece que sí… Lo miraré y el próximo día te lo comento-

—Ah, qué bueno —dijo Makama

—We could change —dije,

—Joli —aseveró entusiasmado

Comí y me bebí el café en silencio, acunado por la sombra, el ventilador y la voz de la tal Atlas, admirando las fotos de familia antiguas que Makama tenía por las paredes. Auténticas fotos de Ghana, del tiempo de sus abuelos. Envidiaba, más que nada en el mundo, igual que lo envidiaba Romaguera y Santamans o Makama o Fernández-Hirsch, e incluso Ramallaes si seguía vivo, aquel sol que inundaba las imágenes familiares de altos hombres y regordetas mujeres negras expuestas a la libertad de unas calles sin valvas, sin sombras eternas ni limitadas por un cielo tóxico. Envidiaba la sensación de poder sentir el calor de la mañana o el atardecer sin pánico ni prevenciones— Envidiaba, como todos, incluso los urba aunque no lo supieran, aquel mundo perdido para siempre.

Cuando terminé, avisé a Makama. Él iba, como yo, con su chilaba y las gafas de sol incluso dentro del bar y bajo el gran toldo verde, Se acercó, cogió una silla y se sentó a la mesa conmigo.

—Dime, hermano.

—Tengo un caso caliente entre las manos. Mucho dinero pero también mucho lío —le comenté en tono confidencial.

—Explícate.

—Un urba importante, un tal Ramallaes, ha desaparecido y quieren que le encuentre.

Makama me miró con una sonrisa enorme y blanca, indiferente tras sus gafas de sol redondas y simpáticas.

—Pues que se joda si se ha perdido —soltó sin perder la sonrisa—. Y a nosotros ¿qué? No hacen nada por nosotros los putos urba.

Asentí, aunque sin sonreír, puesto que yo sí vivía de ellos y sus líos. De todos modos, no le faltaba razón.

—Además —prosiguió—, si se pierde un capullo de ésos, los urba ponen a otro y ya está. Acuérdate de cómo hace cinco anos, en el accidente del magneto suburbano, se—murieron no sé cuántos urba.

—Mil —dije—; era hora punta. Y murieron dos concejales y el jefe de la PEM.

— ¿Y qué pasó? —se preguntó Makama, que ya no sonreía—. ¡Nada! Los cambian y ya está. Su sistema no necesita de humanos: está al servicio de los humanos, pero puede prescindir de ellos

—Ya, Makama, pero me pagan por encontrar a ese capullo —repuse.

— ¿Mucho? —preguntó con una mirada picara.

—Mucho —admití.

—Y cuando lo encuentres, ¿qué harás? Yo le pegaría un tiro —opinó para sí sin mucho enfado, simplemente porque ése era su punto de vista.

—Yo no puedo hacer eso, tengo que devolverlo vivo a su puta urbanización —alegué

—Si pagan, pues vale —dijo Makama—. ¿En qué puedo ayudarte?

—Al parecer, el tal Ramallaes tenía algunos archivos importantes… Vitales, dicen los urba; archivos que podrían interesar mucho a las mafias, principalmente las del reciclaje. No sé muy bien de qué van, pero los urba temen que a Ramallaes lo haya secuestrado gente como Sánchez. Por tu local pasa mucha gente, y la hierba que cultivas en el invernadero de ahí atrás —señalé la pared del fondo del local, donde una puerta daba a un solar derruido— es de las más preciadas de la ciudad. Tú sabrás por tus amigos si se ha perdido por la ciudad un urba llamado doctor Ramallaes o algo así. Las noticias vuelan.

—Aquí a nadie le importa quién es Ramallaes —adujo Makama—. Ni lo conocen. Sólo por las fotos que ven en el Times, pero ya sabes que no saben ni leer. Además, para ellos ese tipo es un urba más. Y para los urba también, al fin y al cabo —razonó— Pero si te pagan preguntaré. ¿Cuánto?

—Mucho más de lo que vale esta plaza —dije.

— ¿Cuánto? —insistió.

—Casi un millón —solté finalmente reduciendo considerablemente el importe.

Makama se quitó las gafas para mirarme fijamente con la boca abierta.

— ¡Estos urba se han vuelto locos! —exclamó—. Un kilo por un funcionario de mierda.

—Ten en cuenta que ese tipo es el secretario particular del presidente —intervine.

— ¿Pero qué tiene ese tío para valer tanto, por muy secretario que sea? ¿El elixir de la juventud, una máquina que acabará con la hiperradiación?

—Puede que algo de eso —respondí con desgana— Quién sabe —dije levantándome—, lo que les preocupa son los archivos, no el tipo en cuestión. Tú entérate de todo lo que puedas. Ya sabes que si resuelvo el caso tendrás un local huevo y más amplio, hermano.

Se rió a mandíbula batiente, me señaló y dijo:

—Tú lo resolverás, seguro. Y seremos millonarios. Y casaré a mi hija contigo.

—En todo caso yo seré millonario; y tú tendrás un local joli, joli Chic —le aseguré con una media sonrisa y obviando el tema de su hija— Pero no sé si esta vez lo conseguiré: sólo tengo seis días.

—Seis días dan para mucho —dijo volviendo a la barra del bar y dando instrucciones a su hijo, un mulato delgado de notable altura.

—En este caso puede que sea poco —repliqué—, Y otra cosa: ¿crees que debería contactar con Sánchez?

Makama se quedó pensativo, con dos platos colgados de los antebrazos mientras le reclamaban en otra mesa.

—Creo que tú, especialmente, no le caes muy bien, poli —dijo finalmente—; y eso hace que sea peligroso contactar con él.

—Luego mejor no me acerco a su entorno.

—No sé, chico —insistió Makama mientras se entendía en francés con dos comerciantes árabes que estaban pidiendo su comida—; antes podrías preguntar a tu amigo Hakim. Él trata con Sánchez.

—Pues ayer por la noche no estaba muy contento con él, y casi me las cargo yo.

—Pero eso era porque Sánchez le tango hace dos días con una partida de chicas. El chico no tiene nada contra ti, sino contra los cabrones como Sánchez, que creen que por ser don tienen derecho a aprovecharse de los inmis que hacen bussines with´em.

—En fin —dije con prisas—, ese Sánchez va a acabar jodiendo la convivencia con los inmis que tanto nos a costado construir— Contactaré con Hakim. Lo peor que puede pasar es que tenga que matarlo. O él a mí. Salut mon frére.

—Salut, mon frere. ¡Un millón por un urba! ¡Madre mía! —iba diciendo Makama mientras se acercaba a los comerciantes hambrientos.

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