El colapsio

ElColapsioWilMcCarthy

En el reino de Sol, los secretos de la materia han sido descifrados y la misma muerte es solo un recuerdo gracias a dos asombrosas tecnologías, la roca pozo y el colapsio. Bruno de Towaji, inventor de este último, sueña con construir un artefacto capaz de sondear los lugares más remotos del espacio tiempo. Marlon Sykes, su rival en el amor y en la ciencia, trabaja en un vasto proyecto: la construcción de un anillo de colapsio alrededor del sol. Pero en el momento en el que un despiadado saboteador ataca el anillo de colapsio, ambos científicos tienen que dejar a un lado su enemistad personal y unir sus prodigiosos intelectos para prevenir la destrucción del sistema solar… y de toda la vida que hay en él.
Wil McCarthy es novelista, escribe sobre ciencia para el canal SciFi y trabaja en la investigación aeroespacial. De sus obras se ha dicho que tienen ecos de Arthur C. Clarke. El colapsio es, a juicio de la editorial, su novela más ambiciosa, sorprendente y original hasta la fecha.

ANTICIPO:

2
En el que se escucha un ruego urgente

En realidad ella era solo una representante. Lo cierto era que no podía destruirlo, no podía hacer que lo mataran, que borraran su patrón y arrancaran su nombre de cada piedra y columna, pero si podía hacerle la vida personal y profesional mucho más difícil de lo que deseaba.
—No me vengas con «hola» —le espetó mientras se arrodillaba ante ella—. Levántate y acércate.
La humedad del suelo había atravesado los pantalones de Bruno. Al alzarse, se los limpió de manera distraída con la mano, y entonces cayó en la cuenta y se limpió la mano en el chaleco, en caso de que ella pidiese darle la mano o algo por el estilo.
Mientras se acercaba con cautela, extendió los brazos.
—Mi mundo, su majestad. Bienvenida.
Ella asintió majestuosa.
—Sí. Tu mundo. —Entonces ladeó la cabeza mientras lo miraba de modo extraño—. ¿Te encuentras bien? ¿Por qué te ladeas de ese modo?
Él parpadeó.
—¿Me ladeo? Ah, es la curvatura. Al ser el planeta tan pequeño, la vertical local se inclina un grado completo cada seis metros. Tu «arriba» no es el mismo que el mío. Los árboles —señaló— parecen alejarse también de ti, más cuanto más distantes están. ¿Ves como se inclinan?
La reina de Sol observó el horizonte mientras asentía distraída.
—Estaba preguntándome justo eso. La forma en la que el terreno se inclina, me siento como si estuviese en la cumbre de una montaña. ¿Es esa de ahí abajo tu casa?
—Eh, sí —contestó Bruno siguiendo su mirada—. Pero no está «abajo», de hecho todo está más o menos al mismo nivel. ¿Vamos dentro?
Ella asintió.
—Sí, vamos a algún sitio donde me pueda sentar. Hay mucho de lo que hablar.
—Lo había supuesto.
La condujo a través de la pradera, seguidos por los elegantes robots. Sus faldas de terciopelo alisaban un camino sobre la hierba mientras andaba, el sol le daba de lleno en su rostro redondo. Incluso su larga sombra era más majestuosa que alargada, una reina en toda regla. Bruno no podía apartar los ojos. Tampoco lo intentó.
—Está más cerca de lo que creía —señaló la reina al cercarse a la casa—. Y es más pequeña. ¿Has vivido en esta choza todos estos años? ¿En esta casucha?
Bruno se encogió de hombros.
—Es de nuevo por el tamaño del planeta. Si la casa fuese más ancha, se notaría la curvatura del terreno. Una bola no rodaría por el suelo, pues desde un punto de vista gravitacional es plano, pero en el interior he comprobado que el ojo prefiere las líneas y los ángulos rectos.
—¿Por qué no añades otra planta?
Agitó la cabeza.
—En la planta superior habría menos gravedad, y mucha menos presión del aire. Un treinta por ciento menos. Los gradientes son elevados en un planeta tan pequeño como este —señaló las montañas del norte cubiertas de nieve—. El aire allí arriba es muy escaso. Y frío.
Ella sonrió.
—¿En aquellas cositas?
—Son mis Himalayas. Estoy bastante cómodo, Tamra, de verdad, y no creo que hayas venido hasta aquí para remodelar el planeta.
Bruno hizo un gesto para que apareciera una puerta al acercarse. Se abrió y entraron. La casa se había remodelado en su ausencia lanzando tramos de alfombra roja y creando unos muebles más elegantes de los que normalmente habría empleado. Del techo, atravesado por murales de vidrieras que representaban escenas estilizadas de la Tonga natal de su majestad con colores verdes, azules y marrones, colgaban candelabros de oro y diamantes. Se movían y cambiaban de manera tan lenta que no podía apreciarse.
En el acto, a lo largo de las paredes, a la altura del pecho, se formó un anillo de altavoces por los que comenzó a sonar Gracias a Dios por la recuperación de la monarquía, que era el himno oficioso y muy popular del reino de Sol. El oficial era el deprimente Alabada sea, que casi nunca se tocaba. O así había sido al menos la última vez que había funcionado su portal de red. Suponía que la moda ya habría sobrepasado tales preferencias musicales, junto con los estilos de ropa y muebles que mejor conocía. Siempre pasaba eso con la moda, hacía que las cosas más usuales parecieran ridículas y las más ridículas usuales. La inmortalidad aún tenía que otorgarle una estética más elevada al reino, aunque suponía que eso también podía haber cambiado en su ausencia.
Habían pasado quince años desde que abandonara la corte de Tamra, once desde que abandonó por completo la civilización, cambiándola por aquel silencio, aquella paz y soledad. Aquí fuera, no era incomparable o dependiente. Simplemente estaba solo.
Se dio cuenta de que debía hablar, comportarse como un anfitrión.
—Eh, ¿algún refresco? ¿Comida, bebida? Tengo verduras recién recolectadas.
Ella arrugó la nariz.
—Aún lo haces, ¿eh? No, gracias. Un vaso de agua tal vez. ¿Nos sentamos?
—Por supuesto, discúlpame.
Señaló una silla junto a una mesa baja, esperó a que ella le hiciera un gesto, luego esperó hasta que asintiera dándole permiso para unirse a ella, y finalmente se sentó en la silla de enfrente. Un robot que emitía leves ruidos metálicos se acercó, colocó dos vasos de agua fría sobre la mesa entre ellos y se fue.
—Tienes muy buen aspecto, Tamra. Lo digo en serio.
—Tú también tienes buen aspecto. —La voz reveló un leve despecho—. Siempre lo tienes.
Se encogió de hombros.
—Como todo el mundo. Pero hoy yo me he arreglado.
Ella lo estudió unos instantes antes de contestar.
—Sí. Parece como si estuvieses interpretándote a ti mismo en un melodrama. El pelo canoso es nuevo. Te va bien, supongo.
Su tono, aunque áspero, no era antipático. Como su expresión y su postura hipercorrecta, delataba una mezcla de diversión, ira y urgencia, así como una especie de dignidad herida. Después de todo, había abandonado su corte sin permiso, sin ni siquiera una despedida en condiciones, pues temía que su resolución se desmoronase. Había sido algo cobarde, irrespetuoso y cruel, y fuera cual fuera el asunto que la había traído hasta aquí ahora… Bueno, había pasado por el aro por él, ¿verdad? ¿Qué emergencia permitiría que una reina tuviese que rogarle a un expatriado tan tozudo?
—Ha ocurrido algo —apuntó él—. Algo horroroso.
Ella agitó la cabeza, pero sus ojos parecían inseguros, nerviosos.
—No, horroroso, no. Inconveniente. Un… proyecto ha salido mal. Nadie ha salido resultado, pero hay un… esfuerzo por arreglarlo que no progresa bien. Pensé que quizá pudieras darnos algún consejo.
Bruno no estaba seguro de haber entendido, y así lo dijo.
—Mi, por así decirlo, campo de especialización es la ingeniería del colapsio, su alteza. Los accidentes industriales… —De repente captó su expresión—. Oh, ya veo. Se trata de un accidente con el colapsio.
Asintió, apretó los labios, y por un instante Bruno se sintió paralizado por su belleza, incapaz de pensar, indigno de hablar. Se decía que el cerebro humano estaba de algún modo predispuesto hacia la monarquía, la jerarquía, la elevación y admiración de individuos, y ahora la verdad que contenía esta idea golpeó a Bruno como una almohada profusamente decorada. No había ni una sola cosa en Tamra Lutui, ni sus largos cabellos negros, ni la inclinación de la cabeza, ni la dulce hinchazón de sus labios, de sus muslos, de su pecho, que le afectara de tal manera. La conocía extremadamente bien, lo suficiente como para que su gesto no lo inundara de un sobrecogimiento infantil y tembloroso. Pero era reina, y eso marcaba la diferencia.
Su majestad, que conocía bien esta reacción, esta alergia social, esperó
educadamente a que desapareciera.
—Sí —dijo por fin—. Un accidente de colapsio. Deberías estar orgulloso de nosotros, Bruno; finalmente hemos intentado hacer algo grande. Demasiado grande, evidentemente.
Bruno carraspeó y agitó la cabeza.
—La ambición siempre ha de implicar cierta disposición al fracaso, Tam. Si no es así, no se avanza. No debes arrepentirte de tus errores.
—De este en particular me arrepiento, declarante —dijo con frialdad—. Es irrelevante si obtenemos un resultado favorable o no. Algunos errores son inexcusables.
Con estas palabras le clavó la mirada: ¿No se arrepentía él de nada?
—Es justo —dijo, y alzó las manos rindiéndose de inmediato, no fuera a ser que le forzara, de alguna manera, a explicarse o disculparse.
Tenía buenas razones para todo lo que había hecho.
—Eh, quizá deberías contarme lo que habéis estado haciendo. Con el colapsio, quiero decir.
Su majestad rascó el mantel.
—Libreta de bocetos, por favor.
Obedientemente, la mesa se oscureció, y allí por donde pasaba los dedos aparecían puntos, líneas y círculos de colores.
—Este es el Sol, ¿de acuerdo? No se me da bien dibujar, pero estas son las órbitas de Venus, la Tierra y Marte.
Lo cierto era que para estar hechos deprisa y con los dedos sus dibujos eran bastante precisos.
—Sol es enorme en el sistema interno, y si dos planetas se alinean con el Sol entre ellos (lo llaman oposición, ¿verdad?) entonces se han de enviar señales de red alrededor vía satélite. Hay un retraso temporal asociado con esta distancia extra que produce costes.
—Sí —dijo Bruno con tono de complicidad.
Él había diseñado las bases de la red colapsitadora, haciendo que los anteriores anchos de banda de red aumentaran seis veces, y entendía un poco de cómo funcionaba el sistema.
Tamra alzó los ojos pero se resistió a mirarle.
—Algunos de los nuestros han ideado una solución, declarante, al colocar un anillo de colapsio alrededor del Sol. El «anillo colapsitador», como lo ha llamado el declarante Sykes.
—¡Ah! —dijo Bruno, comprendiendo la idea al instante.
La velocidad de la luz era mucho más alta en el supervacío de Casimir de una retícula de colapsio que en los estados medio llenos de energía del espacio normal. Un anillo de colapsio alrededor del Sol admitiría señales en un lado, las expulsaría por el otro, y reduciría el tiempo no solo del viaje alrededor del Sol, sino del viaje a través de él también. Igual que una circunvalación en una autopista en la que el límite de velocidad fuese un billón de veces superior al de las atestadas calles del centro de la ciudad. ¿Por qué arrastrarte a través cuando puedes recorrer el largo camino alrededor en un instante ahorrándote minutos luz en el viaje?
—Muy elegante, muy impresionante. Enormemente caro, imagino. Tamra se encogió de hombros.
—Las damas de costes dicen que el gasto se amortizará en un siglo, gracias a un incremento de la eficacia. De hecho es la primera pieza de un nuevo sistema de red que nuestros componedores prevén: una telaraña de hilos de colapsio que se extienda hasta cada rincón del reino.
Bruno pensó que la metáfora había sido empleada en demasiadas ocasiones. Una «telaraña» se rompería en horas y cada anillo orbitaría alrededor del Sol a diferentes niveles, con velocidades diferentes. A menos que…
—Dios santo. Ese anillo tuyo. ¿Es estático?
Tamra movió la cabeza, sin entender.
—¿Es estacionario? —intentó—. ¿Orbita alrededor del Sol, y está suspendido por encima por algún medio?
—Oh —dijo asintiendo—. Sí, es estático. Me han dicho que así debe ser para que funcione correctamente. Tendrás que preguntarle los detalles a la gente del declarante Sykes.
Bruno estaba maravillado. Un anillo estático que rodeaba completamente el Sol. La madre de todos los colapsitadores, no en órbita sino colgado sobre su estrella materna como un puente colgante de telarañas. ¡Impensable! Sí que había cambiado la vida en el reino en su ausencia. Sintió que la boca se le llenaba de preguntas.
—¿Qué lo sostiene? Dios santo, ¿qué lo mantiene unido? Tendrías ondas estacionarias en múltiplos de la frecuencia gravitacional. Alrededor del anillo no pasa nada, pero a través de él no veo cómo podrían coincidir las fases. Obtendrías fuerzas cortantes que tenderían a sacar al colapsio de…
Se contuvo, la expresión de su majestad no mostraba nada más que una educada incomprensión. Sol tenía suerte de contar con una reina tan inteligente, tan rápida, pero la habían entrenado para propósitos más superficiales, la habían convertido en una especie de estrella glorificada. No era una científica.
—Discúlpame —dijo inclinando la cabeza para exponer a su inspección las raíces grises de sus cabellos—. No interrumpiré más. ¿Qué problema te ha traído hasta aquí? ¿Hasta mí, de entre todos los demás?
Ella frunció el ceño, las arrugas de preocupación se extendían por su rostro.
—Bruno, necesito que vengas conmigo de vuelta. No estoy de broma. Envíate por el fax del sistema; échale un vistazo, dinos qué podemos hacer. No hubiese venido hasta aquí si no fuera importante.
—¿El anillo necesita ser endurecido? —trató de adivinar.
Ella agitó la cabeza.
—Todos los análisis nos dicen que el diseño es bueno. Incluso los expertos en medio ambiente están de acuerdo en que es lo bastante fuerte, incluso ahora, que se ha completado tan solo un tercio y aún está sostenido por estaciones de grapas electromagnéticas.
—Ah. ¿Cuál es el problema entonces?
Su majestad suspiró, casi como si fuese a empezar a removerse, avergonzada por alguna inconveniencia personal. Finalmente, dijo:
—El mes pasado tuvimos una erupción solar. Una grande, que golpeó el punto muerto del colapsitador y quemó la mitad de las grapas que lo sostenían. Estamos trasladando nuevas para reemplazarlas, pero…
—Mientras tanto la estructura se está deslizando —dijo él.
Asintió, entonces agarró el vaso y le dio un buen sorbo, como si el agua helada fuese una bebida más fuerte que le pudiera calmar los nervios. Era un gesto que Bruno no había hecho, o visto, durante mucho tiempo. Después siguió agarrando el vaso y lo mantuvo cerca de los labios, hasta que Bruno se dio cuenta de que lo usaba como excusa para no tener que hablar más. Tras esperar mucho tiempo a que pronunciara sus siguientes palabras, dio un sorbo y después otro, hasta que finalmente el silencio se le hizo interminable y Bruno se vio obligado a rellenarlo.
Era algo demasiado torpe por su parte, otra indicación de su alarmante y poco majestuosa preocupación.
—Se está acelerando —sugirió—. No podéis situar las grapas en el lugar apropiado con la suficiente rapidez.
De nuevo asintió.
—Cuando una roca comienza a rodar cuesta abajo —dijo usando el tipo de analogía que ella prefería— puedes detenerla con un guijarro bien situado, pero si llegas tarde hace falta algo más; una piedra, un calzo de hierro. Y si la roca rueda por encima…
Ella dejó el vaso en la mesa.
—Sí, has captado la esencia del problema. Cuanto más cerca está el anillo, más se incrementa la gravedad del Sol, y no podemos construir grapas nuevas lo suficientemente rápido como para detenerlo. Me han dicho que tenemos seis meses.
Ahora fue Bruno el que frunció el ceño.
—Seis meses ¿antes de qué? ¿Antes de que el «anillo colapsitador» caiga al Sol?
Tamra asintió de nuevo.
Bruno se sintió empalidecer.
—Dios santo. Dios santo. ¡Sí que es un accidente!
—Nos ayudarás —dijo Tamra.
No era una orden; su tono se acercó más bien al de una pregunta. ¡Como si tuviese algún derecho a negarse! Como si siquiera tuviese la habilidad para negarse, ¿por qué si no se había ido de su lado?
Su mirada captó los ojos color cobre de ella, su piel color nuez, la elegancia de su vestido púrpura, fruncido en la cintura con una cadena de oro incrustado de diamantes. Sorprendido, se dio cuenta de que era el mismo vestido con el que la había visto por última vez. El mismo peinado, los mismos colores en el maquillaje. ¿Lo llevaba de forma deliberada en algún grosero intento por influenciarlo? La idea era inquietante.
—Techo de cristal —le dijo a la casa.
La luz lo inundó todo. Miró a la izquierda arrugando los ojos y señaló algo.
—Mi sol calienta un solo súbdito, Tamra. El tuyo a miles de millones.
Incluso asumiendo una destrucción solar a la que de algún modo se pudiese sobrevivir, lo cual, dudo mucho, la idea de que no haya Sol, de tener un reino de… Tamra, ¿crees que me negaría? Nos hemos peleado, vale, ¿pero en tan poca consideración me tienes? ¿Por qué estás aquí? Tus robots deberían haberme arrastrado hasta ti.
—Casi lo hicieron —dijo con un toque de tristeza en la voz—. Y no, no creí que te negarías. Pero te gusta ser difícil. Una ha de acercarse a Bruno de Towaji de maneras muy precisas, me temo. Aunque se sea la reina de toda la humanidad.
Deseó que su ceño fruncido la impresionara.
—Soy tu siervo, Tam, como siempre. Condúceme hasta tu fax, y no pienses más en ello. ¡Partimos de inmediato!

3
En el que se examina una estructura impresionante

Pasaron a través del portal fax de la nave hasta una plataforma de obreros: un plato plano de neutronio recubierto de diamante protegido por una cúpula y tan grande como para albergar un partido de voleibol.
A Bruno se le hizo un nudo en la garganta.
—Dios santo —dijo.
—Sí —asintió su majestad con frialdad.
El diamante, la forma cristalina del carbón, es hermoso porque su alto índice de refracción causa que la luz que pasa por él quede atrapada y se divida. La propia piedra es transparente al ojo, pero la luz que entra es forzada, como si dijésemos en contra de su voluntad, a ralentizarse, a doblarse, a rebotar a partir de los bordes superficiales como si fuesen espejos. Al golpear un diamante, un rayo de luz blanca puede encontrar sus componentes verdes, amarillos y rojos desviados en caminos muy diversos, un fenómeno que se conoce comúnmente como «brillo».
Cuando los diamantes rodean un núcleo de materia deteriorada, el efecto se ve aún más realzado debido a la dispersión Compton de los fotones a partir de la superficie del neutrón. La descripción común, que el neutronio parece niebla blanca dentro de una gema, no se corresponde en absoluto con la realidad: no se parece a ninguna otra cosa que exista, es como un sueño de niebla hecho sólido. Muy sólido. Pero esa era tan solo la visión bajo los pies de Bruno y Tamra. Sobre sus cabezas, bueno…
Incluso el neutronio recubierto de diamante es tan mate como el cristal cortado en comparación con la sobrecogedora luz del colapsio, dentro del cual un rayo de luz partido puede dar vueltas durante días o semanas, o hasta el fin de los tiempos. Al igual que la velocidad de la luz es superior en el aire que en el diamante, y aún superior en el «vacío» del espacio, así también es superior la velocidad de la luz (un billón de veces superior) en el supervacío Casimir de la retícula de colapsio. El «azul Cherenkov» es la radiación emitida por veloces partículas que, al chocar contra un material más denso, exceden brevemente su velocidad de la luz, y es este brillo sobrenatural por lo que es mejor conocido el colapsio.
Así que imaginen un arco de colapsio que llene el cielo. Imaginen un universo de estrellas que alcancen el infinito por encima de ustedes, salpicaduras de puntos de luz que se filtran a través y alrededor del colapsio. Imaginen Sol debajo de sus pies, henchido, enorme pero eclipsado por un disco de cubierta de diamante, invisible a excepción del efecto de su luz, resonando a través del arco que se eleva por encima.
«Como la música de un coro a través de las vigas del cielo», escribirá más tarde Bruno de Towaji, un texto que será citado fuera de contexto durante decenas de miles de años. En realidad el pasaje continúa: «Era magnífico, enorme, un absurdo de proporciones y alcance sin precedentes. Una visión del cielo, sí, pero tal y como lo soñamos nosotros, urracas embelesadas por el brillo. Si es a Dios a quien deseamos impresionar, me atrevería a decir que también serviría una torre hecha con calcetines».
Esto es en sí mismo significativo: que incluso Bruno de Towaji, al ver el anillo colapsitador por primera vez, reaccionara ante él, no como ante una obra de ingeniería, sino de arte.
—Asombroso —concedió.
—Sí. —Su majestad no podía sino estar de acuerdo.
Sus dos robots se adelantaron y tomaron posiciones a cada lado del portal fax.
Tras ellos llegó un hombre de pelo corto y baja estatura, perfectamente afeitado, arreglado y vestido, que los robots examinaron por breve tiempo. Parecían conocerlo, y él, a su vez, se comportó como alguien acostumbrado al muy delicado escrutinio robot, y a la muy delicada compañía de la propia reina. Se mostraba respetuoso de un modo adecuado, sin parecer maravillado o reverencial o temeroso, y por esto Bruno lo tuvo en buena consideración de manera instantánea, aunque también percibió, casi tan al instante, algo frío y distante en sus ojos. Algo matemático, podrían decir algunos.
Sin embargo, las habilidades sociales de Bruno estaban un poco oxidadas y, como podemos sospechar, daba poca credibilidad a sus primeras impresiones, así que aguardó a un análisis posterior.
—Majestad —dijo el hombre mientras se descubría la cabeza y se inclinaba profundamente, de modo que sus manos casi rozaron la resbaladiza superficie de la plataforma.
—Marlon —contestó la reina inclinando la cabeza ligeramente—. Gracias por venir tan deprisa. Supongo que habías cargado tu patrón aquí antes de tiempo.
El hombre se inclinó de nuevo, esta vez en menor ángulo, para después ofrecer una sonrisa cortés.
—Almaceno copias de mí mismo allí donde es más probable que pueda ser de alguna ayuda, majestad. Esta es de hace unos días, aunque con gusto enviaré una nueva si así lo prefiere.
Ella agitó la cabeza.
—No es necesario. —Se giró hacia Bruno y dijo—: Marlon Sykes es el padre del proyecto del anillo colapsitador. Sin sus esfuerzos prolongados y continuos, esto —señaló el colapsio que se levantaba sobre ellos— nunca habría sucedido.
¿Se refería a la estructura o al accidente? ¿Había reproche en su tono? Bruno no era capaz de decidir, no podía detectar su estado anímico a través de la calmada máscara que proyectaba. Pero con toda seguridad la implicación era clara: Marlon Sykes la había convencido de que el proyecto del anillo era seguro. Y se había equivocado. Bruno sintió una empatía inmediata hacia el hombre. Era fácil equivocarse. Era tan fácil cometer un error…
—Doctor Sykes —dijo mientras lo saludaba inclinando la cabeza.
El hombre sonrió con calidez.
—Declarante Sykes, en realidad. Es agradable verlo de nuevo, señor.
—Bruno —lo reprendió Tamra—, conoces a Marlon de cuando estabas en la corte.
Ahora sí que había un tono amenazador en su voz; estaba avergonzada, y él, Bruno, era la causa.
Pensó durante varios segundos, intentando ubicar el nombre, el rostro. Había habido un Marlon no sé qué, pero era primer filandro, más un fantasma que una presencia real en la corte. Ex amante de la reina, supuestamente un programador de materia superdotado de algún tipo… Marlon Sykes, sí. Dioses de la memoria, ¿habían desaparecido los detalles de su vida de forma tan rápida?

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