El color del Índico

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El escritor de best-sellers José Marguan, viudo y malherido por un cáncer terminal, decide regresar a Kenia, al mismo hotel de Mombasa donde vivió los mejores momentos de su carrera literaria. Mientras se prepara para una muerte solitaria y se enfrenta a sus recuerdos repasando los episodios más relevantes de su pasado, la visita de su hijo recién casado y de su editor rompen todos sus planes. Sin embargo, ese reencuentro no traerá la paz a sus últimos meses de vida, porque a orillas del Índico lo cotidiano se transforma en una realidad brutal, lo que deriva en una compleja historia de amor y odio que se convertirá en la última narración no escrita de Marguan, su último best-seller. Novela de personajes atormentados y de acción trepidante, el escenario acaba convirtiéndose en un protagonista más del relato, con la misma intensidad salvaje del big papa, ese gran tiburón blanco que amenaza la costa keniata y que muchos sueñan pescar a riesgo de sus vidas. Juan Bolea ha construido un mundo narrativo repleto de alegorías y de múltiples lecturas paralelas, donde un final deslumbrante atrapa la atención del lector sin dejarle un instante de descanso.

ANTICIPO:
A LA MAÑANA SIGUIENTE, como cada año por esa época, Moses presintió la lluvia. Estaba en el jardín, cortando unas orquídeas para la habitación del señor Marguan, cuando lo invadió el perfume indefinido del monzón; un olor dulce a tierra mojada, ron y tabaco cultivado más allá de Antanaribo, donde confluían los ríos de color arena.

En la melancolía de la estación lluviosa flotaba la muerte. Moses sabía muy bien de qué modo el mar se cobraba sus tributos. Cuando era joven, un ciclón había arrasado Kikambala, donde vivían los suyos. Las olas de aquel maremoto seguían golpeando su memoria. Hubo víctimas. Decenas de ellas.

Inquieto, Moses salió a comprobar el estado del mar. Durante la noche, su superficie se había hecho más opaca, tirando a un verde jade. Con las mareas, pensó, acudirían tiburones y acaso el big papa, cuya cólera homicida podría atravesar el rif a lomo de las grandes olas.

A Moses, la presencia de los escualos le inspiraba tal tenor que ni siquiera cuando descendía la pleamar osaba acercarse a las pozas marinas aisladas entre los limos.

Antes de guerrear contra los rebeldes de Masai Mará, cuando la metralla no le había reventado aún el ojo, ni el huracán desbaratado Kikambala arrebatado de la tierra a su padre y a dos de sus hermanos, había asistido, impotente, a la muerte de un pescador entre las mandíbulas del big papa.

La imagen de aquel hombre derribado del catamarán por una forma telúrica surgida de las tinieblas del océano le seguía inspirando un pánico cerval. Los cien colmillos de la bestia se habían cerrado sobre el náufrago, tiñendo el agua con una mancha escarlata. La cabeza, desgajada del pecho, había tardado en hundirse. En medio del terror, la vieron florar con los ojos abiertos hasta que el enorme tiburón blanco la engulló como si fuese una boya.

Hacia oriente, una difusa franja enturbiaba la claridad anaranjada y púrpura de la aurora. El tuerto respiró con ansiedad, percibiendo la esencia misma del viento. «Pronto volarán las palmeras por los aires», se dijo, acariciando el amuleto de ñú que le colgaba del cuello, al que atribuía propiedades mágicas contra el sheitani y los espíritus del mal.

MOSES REGRESÓ AL HOTEL. EÍ señor Marguan no había abandonado su habitación ni siquiera para recoger las ropas devueltas por los ladrones.

El tuerto sabía que el huésped no había podido descansar. Et se levantaba a las cinco, de noche oscura. A esa temprana hora, ya le había oído caminar nerviosamente de un tabique a otro, como un preso en su celda. Todavía no sabía por qué, pero aquel viajero le inspiraba lástima.

Como el propio clima, en los últimos días Diana Creen, la directora del Colonial, de cuya jerarquía dependían él y su sobrina Farah, se mostraba voluble. Durante una buena parte del día, salvo los ratos que trabajaba en su despacho, Diana permanecía encerrada en su habitación.

Tenía problemas. El negocio no funcionaba bien. Los ingresos sólo permitían contratar ayudas eventuales. Cuando era necesario, el joven Johnny Moi, de Kikambala, se aprestaba a que Moses descargara en él las tareas más ingratas.

Trabajase o no en el hotel, Johnny Moi salía a pescar para abastecer su cocina. Merced a su pericia con los anzuelos, la carta del Colonial podía presumir de pescados y mariscos. Johnny Moi era muy joven y quizá por eso no conocía el miedo. Con rudimentarios arpones de punta de hierro se enfrentaba a tiburones atrapados en las templadas aguas del arrecife. Salía a navegar solo o en compañía de Abdul, otro pescador de la isla de Lamu. Con los papas la lucha les llevaba horas, pero el desenlace solía resumirse en una exhibición de tiburones colgados en la pértiga del puerto. Los desollaban y curtían las pieles para cinturones y bolsos que se venderían en los mercados. Moses reconocía que Abdul era un gran pescador, como casi todos los hombres de Lamu, pero si había alguien capaz de capturar al big papa, al tiburón blanco, al azote de aquella costa, ése era sin duda el joven Johnny Moi, de Kikambala.

Moses se entretuvo en la cocina haciendo un postre de papaya. Alrededor de las nueve de la mañana, con claros síntomas de insomnio, José Marguan bajó al comedor y pidió café. La dulce Farah de ojos de gacela se lo sirvió en una bandeja de plata que casi nunca se empleaba, pero que Moses había decidido bruñir para agasajar a un huésped que había conocido las épocas más gloriosas del hotel.

El escritor tomó dos tazas leyendo un ejemplar atrasado de The Nation en el que se analizaba la convocatoria de elecciones generales y la nueva ola de violencia en la frontera con Uganda, cerca de las sabanas donde Moses, enrolado con los escuadrones del gobierno, había combatido a los irredentos masai. El tuerto sentía escasa simpatía hacia esa etnia de orgullosos guerreros obstinados en conservar sus territorios, leyes y dioses. Su animadversión se debía al hecho de haber perdido un ojo combatiéndoles, pero tampoco era ajena a ese rechazo la presencia en Kikambala de Yomo Masai, el payaso loco que recorría las playas incomodando a los turistas con sus grotescas cabriolas, agitando su escudo y su lanza para reclamar su interés y endosarles pañuelos de seda, pulseras de turmalina y collares de falso coral.

La presencia de Yomo Masa; suponía una perpetua fuente de conflictos para Moses. El tuerto estaba harto de expulsarle del área de baño del hotel o de las inmediaciones de los cubos de basura que ese mal nacido del vientre de una hechicera fisgaba en busca de restos de alimentos que devoraría con las manos, en cuclillas, como un animal. ¿Por qué a los turistas les divertiría tanto su cómica presencia? Celebraban sus parodias, adquirían sus baratijas y acababan fotografiándose Junto a su figura de dos metros de piel broncínea, elástica y brillante por la acción del mismo aceite de soja con que se embadurnaba las trenzas.

La señorita Diana no se dejó ver hasta pasado el mediodía. Desde hacía algún tiempo venía ocupando la suite principal, donde antaño se alojaron personajes ilustres, astros del cinematógrafo, cazadores, príncipes saudíes a cuyas espléndidas propinas, cuando el Colonial encarnaba una meca del juego, un emporio en la ruta keniana de la aventura y del placer, se referían aún los viejos crupieres del casino. Diana llevaba sólo unos meses residiendo en el hotel. Una vez Tarsin la hubo nombrado directora, había tomado la decisión de trasladarse desde los vecinos cottages, que antes compartía con su hermana Susan. A partir de su nombramiento y cambio de residencia, su poder y su mal humor parecían haber aumentado de forma paralela.

Mientras el hierático Tarsin transcurría la mayor parte de la semana en sus oficinas de Mombasa, atendiendo negocios bancarios, inmobiliarios y de compraventa de oro y piedras preciosas, la señorita Diana, velando por sus intereses hoteleros con un estilo tan particular como autoritario, le representaba con idéntico celo al que él había invertido cuando llevaba personalmente la administración del hotel. Esa consagrada dedicación, que en Diana adquiría los obsesivos niveles del deber, la mantenía ocupada durante la jornada completa, y a menudo, en su enorme y solitaria habitación de la tercera planta, durante parte de la noche. La inteligencia de Moses no alcanzaba a deducir qué arduas tareas agobiaban a Diana, puesto que el hotel permanecía cerrado un trimestre al año y casi vacío durante la estación lluviosa. Ese evidente fracaso no afectaba a su disciplina. La nueva directora se mostraba imperturbable con sus hábitos de trabajo.

Su suite, siempre cerrada, era un enigma para el tuerto Diana le había prohibido la entrada. ¡A él, que se preciaba de disfrutar de la confianza del amo Tarsin y de custodiar las llaves de todas las dependencias, incluyendo la bodega con los vinos de reserva y el propio despacho del dueño! Ni siquiera a Farah le estaba permitido franquear esa puerta. Ambos, su sobrina y él, daban por supuesto que la propia Diana sacudía el polvo de los muebles y estiraba las sábanas de la cama provista de mosquitero y dosel pero no acertaban a adivinar qué clase de secretos ocultaba en su suite ni a qué consagraba sus largas vigilias ilustradas por arias de ópera que se expandían en la noche, hasta amortiguarse en la selva Cuando no podía dormir, Moses se quedaba acurrucado en la cama escuchando la música e imaginando a la señorita Diana transida de tristeza, en camisón, fumando frente al balcón con los ojos llenos de lágrimas.

Diana no comía nada. No pocas jornadas aguantaba sin más alimento que una sopa de cuscús. A pesar de sus defectos, y del trato que le destinaba, el tuerto sentía hacia ella una suerte de veneración, en parte interesada. Moses estaba seguro de que la señorita Diana, en caso de ausentarse en su puesto por razón de un largo viaje, o porque finalmente decidiera casarse con el amo Tarsin y trasladar su residencia a Mombasa, no dudaría en responsabilizarle de la gerencia del hotel.

Según pasaba el tiempo, el tuerto había ido consolidando los argumentos de un sueño que se le antojaba a la medida de su ambición. Ya se veía, enfundado en un traje de raya diplomática, ocupando el despacho de administración y disfrutando de un sueldo que le permitiera deslumbrar en el Gran Casino de Mombasa a los prestamistas chinos ante los que había tenido que arrastrarse para obtener los créditos con los que sobrevivió en la época en que fue rechazado por inútil en la oficina de reclutamiento del ejército regular de Kenia. Hilos de plata iluminaban hoy sus ensortijados cabellos, pero Moses no cejaba en su ilusión de convertirse en un hombre poderoso. Tanto como para adquirir, al menos, uno de los cuatro automóviles Mercedes Benz, cada uno de distinto color, que Tarsin aparcaba en el garaje del hotel.

Tampoco Diana Green tenía aspecto de haber pasado buena noche. Para esa mañana de febrero había elegido un vestido abierto que resaltaba la esbeltez de sus piernas. Bajó las escaleras y se encaró directamente con Moses:

—¿Alguna llamada?

El tuerto se encontraba en la recepción volviendo las páginas de un cuaderno de reservas desoladoramente vacío.

—No, madame.

—¿Del sahib Tarsin?

—No, madame.

—¿Y el huésped?

—Desayunando.

—¿Ha dicho hasta cuándo se queda?

—Hasta mayo.

—¿Tres meses?

—Es un cliente especial, madame, un hombre con clase y dinero. ¿Sabía que con anterioridad ya estuvo hospedado aquí?

Moses se sujetó el lápiz en el hueco de la oreja.

—¿Almorzará en el hotel, miss Diana?

—Lo haré en Mombasa. Saca un coche a la puerta, hazme el favor. El Mercedes de color lila, si eres tan amable.

Fuera, en el jardín, con el ejemplar de The Nation extendido sobre las rodillas, Marguan dormitaba bajo el frescor de una parra. Al aproximarse Diana, el roce de la gravilla lo espabiló.

—Por un instante, la había confundido con una mujer a la que conocí ayer por la tarde —comentó el escritor.

—Debía de ser mi hermana Susan.

—¿Son gemelas?

—Sí.

—Hace anos escribí un relato basado en la desdoblada personalidad de los protagonistas, que eran, como ustedes, gemelos. Me interesó el tema y leí cuanto encontré.

—¡Cómo terminaba su cuento, señor Marguan?

_Me temo que bastante mal. Con un crimen.

Diana sonrió.

—Mi hermana Susan y yo no nos llevamos bien con demasiada gente, pero no hasta el punto de liquidar i nadie.

—Verá —matizó Marguan—, en mi relato no eran los gemelos quienes planificaban un homicidio contra un tercero. Uno de ellos asesinaba al otro. ¿Puedo hacerle una pregunta?

—A condición de que no me acuse de nada…

El escritor sonrió.

—De las dos, ¿cuál es la mayor;

—Tiene eso alguna importancia;

—Depende. ¡Quién nació antes, Susan o usted?

_Susan. Un minuto antes, más o menos.

El ruido de un motor llegó hasta la glorieta. Marguan atisbo entre la parra.

—¿Tenemos visita?

—Soy yo la que se marcha a Mombasa. ¿Desea algo;

—Acompañarla, quizá —improvisó Marguan, consultando su reloj—. Me sentará bien ver gente.

—¡Tan pronto echa en falta la humanidad; Pensé que había venido en busca de paz.

—Y no se equivoca. (ES suyo ese automóvil; —Como ella no respondiera, Marguan apuntó—: ¿De Tarsin, quizá;

Diana lo miró con enfado.

—Suba al coche, señor Marguan.

Moses les abrió las portezuelas con una unción que al escritor se le antojó anacrónica, como esas serviles impostaciones de las películas de época.

En múltiples oportunidades —y ésa era, sin duda, una de ellas— -a Marguan le resultaba complejo distinguir la fantasía de la realidad; dicotomía que en lugares como Kikambala se acentuaba hasta el extremo de impedirle discernir si se hallaba protagonizando su existencia real o si, por el contrario, también él, como el resto de los personajes que compartían su escenario, integraba un elenco de actores.

Para redactar sus novelas, o para traducirlas al lenguaje cinematográfico, Marguan solía utilizar el recurso de implicarse en la trama. Sus esquemas psicológicos eran elementales; la acción, incesante; los desenlaces, tan emotivos como previsibles.

Su editor, Rafael de Garay, que había amasado una fortuna con los derechos de sus cuarenta títulos, muchos de los cuales habían sido adaptados a la gran pantalla o a series de televisión, atribuía sus éxitos de ventas a esas claves de identidad y reconocimiento, y le animaba a mantenerse en una línea popular, renovando los arquetipos de la novela de aventuras. Los conflictos particulares de Marguan con la ficción solían resolverse por si solos. Nunca había padecido otros trastornos creativos que un cierto gusto por la divagación. Gozaba de mayor difusión en algunos países extranjeros que en España, donde su estilo no había obtenido la sanción de la critica, aunque si el apoyo de un lector numeroso que apreciaba el estilo ágil, periodístico, de sus relatos ambientados en lugares exóticos, islas remotas, desiertos de hielo, o a bordo de sofisticadas naves del espacio exterior. Generosas dosis de sexo resultaban determinantes para garantizar los efectos de su cóctel literario. Las películas habían reforzado la promoción de los libros, convirtiendo a José Marguan en un hombre rico y famoso.

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