El comedor de piedras

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En una fría noche de septiembre, del fondo del río en un valle del Piamonte emerge el cadáver de un hombre. Quien lo descubre es Cesare, el Francés. La víctima, Fausto, un hombre de treinta años iniciado por Cesare en un peligroso oficio que él mismo hace tiempo ha abandonado. La gente del pueblo sabe quién ha sido y creen que Fausto merecía su suerte. Pero nadie hablará con la policía, el valle se cierra en un silencio obstinado. Sólo Cesare trata de llegar a la verdad, aunque para ello tenga que abrir viejas heridas. Lo que a primera vista parece una brillante novela negra situada en el medio rural, con cadáver en la primera parte, rencores y mentiras, montañas escarpadas y clima austero, se va desvelando poco a poco como una profunda reflexión sobre lo que significa estar al margen, no solo de una sociedad cerrada como la de este valle, sino del propio mundo.

Davide Longo, considerado uno de los escritores italianos contemporáneos más importantes, hace una despiadada radiografía, no exenta de un humor fino, de los seres que se alejan de los cauces habituales de la existencia, y con ello también de los que sí los siguen, empleando un estilo áspero, duro, agreste, a base de una magistral utilización del silencio y la mirada.

ANTICIPO:
AL DEJAR ATRÁS los últimos terraplenes, la montaña cambió de aspecto: la hierba se tornó más tupida y los matorrales de saúco llegaron para romper la monotonía del amarillo y la piedra. El sendero seguía ascendiendo a lo largo de viejos muros de mampostería que la gente del valle había construido para arrancar tierra al bosque. Desde que nadie se ocupaba ya de cuidarlas, las terrazas se habían cubierto de moras silvestres y de escaramujos. Las piedras indicaban todavía el lado de la montaña, antiguas líneas defensivas que habían sucumbido al ataque del enemigo. El grito de un cernícalo retumbó en lo alto del cañón. Cesare alzó la mirada sin detenerse. Aparentemente, las nubes que se cernían sobre la frontera no se desplazaban, pero el círculo pequeño que trazaba el pájaro dejaba bien claro que la estación estaba cambiando. La perra loba iba delante de él con el hocico aplastado rastreando cualquier olor, haciendo caso omiso de los tordos y los mirlos que, a su paso, alzaban el vuelo desde los arbustos. Tras doblar dos curvas, a las hayas se unieron encinas y castaños, y un ruido sordo empezó a elevarse desde la tierra anunciando el río. Cesare abandonó el sendero y, siguiendo un rastro que conocía de memoria, se encaminó hacia un matorral tupido de vegetación. La primera vez que había recorrido aquel camino tenía seis años. De aquel día recordaba el gris de los delantales de las mujeres, el olor del cáñamo podrido y el rojo de un perro pequeño que tenía por aquel entonces, cuyo nombre se había perdido entre los que lo habían sucedido. Cuando llegó al arroyo se detuvo y contempló durante algunos instantes el agua que fluía al fondo de la escarpadura. La corriente había excavado la montaña en aquel punto, como el hilo que corta la polenta, y una tupida maraña de abedules, mimosas y helechos habían crecido en aquella herida sin curarla. Unos veinte metros más abajo, la cabina de la potabilizadora formaba un pequeño embalse que apenas reflejaba la luz que llegaba desde lo alto. Cesare acarició el cuello de la perra. —Espera aquí —le dijo. Cogió un bastón y empezó a descender hacia el río abriéndose camino entre los helechos. Un hedor ácido se mezclaba a ráfagas con el olor a musgo. Cesare pensó que debía de tratarse de la carroña de algún animal que, tras bajar a beber, no había tenido fuerzas para volver a subir. En pocos días los zorros y las garduñas darían buena cuenta de la carne, y el invierno consumiría el resto devolviéndolo a la montaña de la que procedía. Cuando llegó a la cabina, el mal olor predominaba sobre el resto. Cesare miró a su alrededor. La superficie del embalse estaba tranquila y oscura. Los helechos, relucientes por el agua condensada, cubrían su perímetro. El follaje osciló silencioso en lo alto, movido por un viento que allí abajo era inexistente. Cesare se llevó una mano al bolsillo y extrajo un Gitanes que no estaba previsto para la noche. Mientras doblaba la cabeza para encenderlo, algo emergió del agua. Cesare guiñó los ojos y en la reverberación del sol reconoció el vientre hinchado y lívido del hombre. Poco después apareció también la cara, del color de la leche cuajada. Cesare miró la larga cabellera negra que se mecía en la corriente y sintió que la sombra lo cercaba. El cuerpo se balanceaba lentamente, las piernas habían quedado atrapadas en la cañería como si se tratase de una boca que hubiese errado al medir la comida. Los brazos, rotos en varios puntos, se doblaban hacia abajo de manera antinatural. Cesare bajó la mirada y, sin saber por cuánto tiempo, contempló cómo se condensaba su aliento en el aire frío. En el cañón sólo se oía el ruido que hacía la espuma al hincharse, blanca, entre los bordes del pedregal; después, del bosque llegó el canto del mochuelo llamando a la noche. Cesare dio algunos pasos y buscó la cara del hombre. La oreja derecha de Fausto colgaba sobre su mejilla, sujeta por una tira fina de piel. Una trucha pequeña nadaba junto a él abriendo y cerrando la boca.

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