El Corazón de Tramórea

CorazonDeTramoreaJavierNegrete

El esperado final de la saga de Tramórea.
Quedan pocos días para que las tres lunas entren en conjunción y el dios loco Tubilok abra las puertas del infernal Prates, lo que provocará la aniquilación de Tramórea. Kratos y Derguín tratan de evitarlo, cabalgando por separado hacia la misteriosa Tártara, la ciudad prohibida del este que flota sobre el abismo. 
Mientras tanto, Tarimán vuelve a forjar, mil años después, una espada de poder. Ariel intenta burlar las acechanzas del nigromante Ulma Tor y devolverle Zemal a Derguín, y los magos Kalagorinôr tratan de ayudar a los humanos en su desesperada carrera contra el calendario y los dioses. Salvo Mikhon Tiq que, conocedor del terrible secreto de su propio origen, parece haberse convertido en aliado de Tubilok. 
Todas las piezas están colocadas en el tablero para una última partida. Para algunos, el premio es la supervivencia y la posesión de Tramórea. Para otros, el dominio absoluto de toda la realidad. El destino de universos enteros depende de la batalla final, que se librará bajo las rojas llamas del Prates, en el corazón de Tramórea.

ANTICIPO:

Una aldea entera de locos, pensó Derguín. Una de las escenas que vio se lo corroboró. Una mujer estaba acuclillada junto a un fuego, revolviendo algo en un puchero. Uno de los miembros de la partida de merodeadores, precisamente Bertru el manco, se acercó a ella por de­trás, la puso de rodillas, le levantó la ropa sobre las nalgas y sin más preámbulos la penetró allí mismo. Varios crios, algunos de los cuales no podían tener más de dos años, formaron un corro alrededor de la pareja copuladora y empezaron a saltar, a chillar y a tirar de los pelos a la mujer, que no parecía demasiado sorprendida por el asalto.
Al menos, aquellos lunáticos no eran demasiados. Allí debían vivir como mucho cien personas. Todos ellos, incluso los niños, mostraban la piel cuarteada por las mismas pústulas pardas, y los bordes de los ojos y el interior de la nariz tan rojos como si se los hubieran despelle­jado. Derguín se imaginó que aquella enfermedad tenía por fuerza que ser muy dolorosa, pero los Ghanim debían de estar acostumbrados.
Por cómo trataban y saludaban a Folgam, era evidente que se tra­taba del jefe de la tribu, no sólo de la banda de salteadores. Folgam agarró a Derguín del codo, como para demostrar que se trataba de su botín personal, y tiró de él abriéndose paso entre la gente para enseñar­le algo.
-¡Mira, mira! ¡Nuestra presa!
Allí estaba la Atagaira. La habían atado a una gran estaca clavada en el suelo. La cabeza se hallaba casi intacta, salvo por un pegote de sangre que manchaba su melena casi blanca. Folgam tiró de los cabe­llos para que Derguín pudiera verlos bien.
-¡Aquí, aquí le di! ¡Donde Folgam pone el ojo, allí llega su piedra!
Los brazos también seguían enteros, pero le habían arrancado la carne y las visceras del tórax, de tal manera que se veía todo el costillar, desnudo salvo por algunos restos que no habían conseguido mondar con los cuchillos y que ahora se disputaban bandadas de moscas y avispas. Las piernas habían desaparecido.
-Creo que esos hijos de puta piensan comerse mi lengua de verdad -masculló El Mazo, recurriendo de nuevo al Ainari.
-Y todo el resto -respondió Derguín.
Folgam corroboró sus temores al explicarles que iban a sacrificarlo a su dios, y que después se comerían su carne y sorberían el tuétano de sus huesos. Él, personalmente, se reservaba los testículos de ambos como manjar.
-Ahora, ¡venid! Quiero que el dios vea cuánta carne traemos.
Una mujer más audaz que las demás se acercó al Mazo y le clavó un palo en la pierna. El gigante Ainari se revolvió y le tiró una patada, pero la mujer se escurrió como una lagartija. Todos rieron de nuevo en ese disonante coro de carcajadas que resultaba casi lo más espeluznan­te de aquel lugar de pesadilla.
-¡Dejad a los prisioneros! -exigió Folgam, levantando el cuchillo como si fuera un cetro para poner orden-. Cuando los pongamos sobre las brasas todos podréis pincharlos. Y les arrancaréis tiras de carne. Y os haréis túnicas con su piel. ¡Y les reventaréis los ojos entre los dientes! -A cada nuevo comentario, los Ghanim respondían con una ovación-. ¡Pero antes tenemos que descubrir la piedra y ofrecer plegarias al dios!
A unos veinte pasos de la estaca donde habían colgado los restos de la Atagaira había una hoguera rodeada de piedras, y sobre las brasas al rojo una gran parrilla de metal. Varias mujeres abanicaban las ascuas con hojas de palma para avivarlas.
Derguín y El Mazo cruzaron una mirada. Yo no me voy a dejar, decían los ojos del Ainari.
Derguín estaba de acuerdo. Si los Ghanim querían matarlos, ten­drían que hacerlo luchando.
Dejaron atrás la parrilla, al menos de momento, y siguieron cami­nando hacia el vértice de la V. El suelo en esa zona se veía lleno de huesos humanos. Había cráneos de diversos tamaños, pero la mayoría eran tan pequeños que Derguín habría podido abarcarlos con ambas manos.
Son calaveras de bebés, pensó con un estremecimiento. Los bebés de los propios Ghanim.
Comprendió que aquello poseía su lógica, aunque fuese una lógica bárbara y salvaje. Un lugar tan miserable no daba para alimentar mu­chas bocas. Por lo que estaba observando -una pareja más se había puesto a fornicar delante de todos, mientras que a otra mujer la com­partían dos hombres-, los Ghanim no eran adeptos de la abstinencia sexual. ¿Cómo controlar su población para no sufrir hambruna?
Muchos otros pueblos practicaban el infanticidio como herramien­ta para reducir la natalidad. Algunos lo reconocían, como los Abinios, o lo hacían de forma clandestina, como los Ainari y los Ritiones. Los Ghanim habían ido un paso más allá. Ya que mataban a los niños que no podían alimentar, debían de haber pensado, ¿por qué no aprovechar su carne para complementar la parca dieta de los vivos?
Llegaron por fin al corazón del poblado. Donde las dos paredes de arenisca convergían, en el extremo de la cárcava, había una tarima de madera medio podrida, y sobre ella un objeto cubierto por una manta harapienta. Al parecer, los Ghanim no eran capaces de mantener la mínima higiene ni tan siquiera con los objetos que adoraban.
Folgam retiró la manta.
-¡Contemplad, extranjeros, nuestro orgullo! ¡La Piedra del Origen!
Lo que había sobre aquel tosco pedestal de tablas era, en efecto, una piedra. Debía pesar doscientos o trescientos kilos, y era negra como la noche. Pero por sus poros brotaban brillos fosforescentes, de un tono enfermizo, a medias verdoso y a medias violáceo. Derguín experimen­tó una repugnancia instintiva al ver la roca, y un extraño escalofrío penetró en sus huesos, como si unos dedos fantasmales le rozaran la médula.
-La roca emponzoñada de la leyenda -murmuró El Mazo, que debía estar notando las mismas sensaciones que él.
-Eso me temo -respondió Derguín.
-Los padres de los padres de nuestros padres la trajeron del desier­to, del centro del desierto -salmodió Folgam.
-¡Del centro del desierto! -corearon los demás en una cacofonía de voces desacompasadas y desafinadas.
-¡Con ella llegó nuestro dios!
-¡Nuestro dios! ¡Nuestro dios!
-¡Desde entonces somos los bienaventurados Ghanim!
-¡Los Ghanim! ¡Los Ghanim!
-Y ahora, ¡traed a nuestro dios para que vea las víctimas que le ofrendamos!
Al parecer, las sorpresas no habían terminado. De la cueva más cercana a la piedra espectral salió una mujer que debía de ser muy an­ciana. Las escaras del rostro no dejaban distinguir si tenía arrugas, pero caminaba con la parsimonia de los muchos años, y las pocas guedejas de pelo que le quedaban se adivinaban blancas bajo la grasa que las apelmazaba. Entre ambas manos sujetaba un objeto envuelto en un paño mohoso.
Folgam se acercó a ella y tiró del trapo.
-¡Contemplad al dios!
Derguín no pudo evitar un respingo. Lo que la mujer traía en las manos era una cabeza humana.
Con todo lo que habían presenciado en aquella aldea enferma, no debería haberse asustado ni sorprendido.
Excepto por el intrascendente detalle de que la cabeza estaba viva.
-¿Qué magia del infierno es ésta? -preguntó El Mazo en Ainari.
Mientras los Ghanim repetían «Nuestro dios, nuestro dios», la ca­beza parpadeó. Como no tenía cuello que girar, movió los ojos a uno y otro lado para contemplar a Derguín y al Mazo.
-Dhaumazo horaen dúo somata kadhará.
«Me asombra ver dos cuerpos limpios», tradujo Derguín. La cabe­za había hablado en Arcano.
Tengo que estar soñando otra vez, pensó. Sí, era la única explicación. Todo era delirante, onírico. Lo más desconcertante era que conocía al dueño de esa cabeza calva y enjuta, surcada por venas que parecían latir con vida propia.
Era uno de los Pinakles. Los sacerdotes que custodiaban la Espada de Fuego a la muerte de un Zemalnit y que revelaban su paradero a los candidatos. Derguín había visto a los tres juntos en el templo de Tari- mán en Koras, y después a uno de ellos por separado a orillas del mar Ignoto, justo antes de embarcar para la isla de Arak.
Lo cierto, recordó, era que los tres Pinakles eran idénticos, indis­tinguibles entre sí. ¿Y si había más de tres? ¿Y si el que tripulaba el balandro que lo llevó a la isla era otro, un cuarto Pinakle, y el que esta­ba viendo ahora mismo era el quinto de los hermanos?
Se trataba de una posibilidad tan absurda como cualquier otra.
Los Ghanim se habían prosternado en el suelo y hacían reverencias a la cabeza a la vez que repetían las antífonas que les proponía Folgam. Éste, aparte de la anciana, era el único que seguía de pie.
-¿Entiendes la lengua de estos hombres? -preguntó Derguín en Arcano.
-Por supuesto que sí -contestó la cabeza-. Llevan tanto tiempo torturando mis oídos con ella que sería imposible no haberla apren­dido.
Al darse cuenta de que Derguín estaba dialogando con su dios, todos se callaron y miraron expectantes, aún postrados de hinojos en el suelo. Ahora que se había hecho el silencio, Derguín ya no tenía que desgañitarse para seguir hablando con la cabeza.
-Entonces, podrías sugerirles que nos suelten. Su intención es asar­nos a la parrilla y comernos.
-Para eso tendría que dirigirme a ellos en su idioma.
-Lo conoces, tú lo has dicho.
-Que lo conozca y que quiera rebajarme a utilizarlo son dos cosas bien distintas.
Eh, que el Ritión también es mi idioma, pensó Derguín. Pero, por absurdo que pareciese, se dijo que no le convenía malquistarse con la cabeza.
-¿Puedo preguntarte cómo te llamas?
-Puedes hacerlo, sin duda. Entiendo, incluso, que ya lo has hecho.
-¿Me lo dirás?
-Por muchos nombres me han llamado. Puesto que me veo en esta situación, puedes dirigirte a mí usando el de Orfeo.
Derguín no entendía qué tenía que ver el nombre con la situación de la cabeza parlante, pero dijo:
-Bien, Orfeo. Yo soy Derguín, y mi compañero El Mazo. Ahora que has conocido a dos personas limpias, una de las cuales sabe hablar contigo en tu mismo idioma, ¿no te parece un fastidioso inconveniente perder la posibilidad de seguir conversando con nosotros?
-Que hables mi idioma no significa que tu conversación sea intere­sante. Eso tendrías que demostrarlo.
-¿Cómo voy a demostrarlo si estos salvajes se comen mi lengua, aparte de todo lo demás? Supon que mi conversación sí que es intere­sante.
-Es una posibilidad. Exigua, debo añadir por mi experiencia.
-Pero si me devoran, perderás esa posibilidad.
-Tu argumento no carece de lógica. Tienes razón, tal vez sea un inconveniente.
-En ese caso, quizá podrías hacer algo por evitar que nos maten y nos coman.
-Esa proposición no se colige de la anterior.
Derguín se estaba desesperando. Miró a los lados. Los Ghanim mira­ban embobados, mientras que Folgam tenía entrecerrados sus ojillos san­guinolentos, como si sospechara algo. Debe de estar escamado, pensó Der­guín, y se dio cuenta de que sin quererlo le había salido un chiste. Pero, o las tornas cambiaban, o no iba a tener tiempo de contárselo a nadie.

Entonces los dioses, sin saberlo ellos mismos, favorecieron a Derguín.
La noche se convirtió en día. Todos levantaron la cabeza entre murmullos. Por un momento las paredes de la cárcava se recortaron como dientes afilados contra el cielo. Un sol en miniatura cruzaba el cielo, dejando tras de sí una larga estela blanca.
Cuando el rastro de luz se hubo desvanecido, los Ghanim volvieron a hacer reverencias y a salmodiar.
-¡La Piedra del Origen! ¡La Piedra del Origen!
Un segundo bólido surcó el cielo. Al contemplar el primero, Der­guín se había quedado tan extasiado como los demás, pero ahora deci­dió actuar.
En esta ocasión no se trataba de una pelea de taberna, como en Nikastu. Se olvidó de la segunda aceleración y pasó directamente a la tercera. Al entrar en Urtahitéi, sintió el latigazo familiar que partía de sus ríñones, y su cuerpo, aterido por el relente de la noche, entró por fin en calor.
Años atrás se había encontrado en un trance similar, cuando El Mazo lo llevaba prisionero con las manos atadas a la espalda. En aque­lla ocasión se había pasado los brazos por detrás de la nuca, pero al hacerlo se dislocó ambos hombros. Desde entonces, había buscado nuevas formas de librarse de esa situación, y era una maniobra que había practicado con los Ubsharim, los alumnos de su academia.
Ahora, felicitándose a sí mismo por su previsión, Derguín se tiró al suelo, encogió las piernas hasta tocarse con las rodillas en la frente y pasó las manos atadas por debajo de los glúteos. Los kilos que había perdido le facilitaron la labor.
Habían pasado unos segundos en su percepción, pero desde el punto de vista del resto del mundo todo debía haber ocurrido en un instante. Se puso de pie de nuevo y, todavía con las manos atadas, se abalanzó sobre Folgam.
-Quéeee haaazzz…………….
Antes de que el jefe terminara la pregunta, Derguín le arrebató el cuchillo de acero y se lo clavó debajo de la barbilla. Lo extrajo de un tirón y, mientras Folgam se desplomaba tan lento como un pino talado, se volvió hacia El Mazo. Éste ya había comprendido sus intenciones y le dio la espalda para ofrecerle sus muñecas maniatadas.
Las ligaduras eran de tiras de cuero. Estaban tan secas que el filo de acero las cortó a la primera. El Mazo se dio la vuelta de nuevo. Es­forzándose por hablar despacio para que le entendiera, Derguín le or­denó:
-¡Suéltame a mí!
El Mazo cogió el cuchillo y, con lo que a Derguín le pareció una lentitud desesperante, empezó a cortarle las ataduras. A su alrededor se oían graves ululatos, los gritos de los Ghanim que habían visto caer muerto a su jefe mientras el plato principal de la noche se movía a una velocidad imposible. Muchos de ellos se levantaban del suelo y señala­ban a Derguín con dedos llenos de postillas y miradas de odio.
-¡Yyyaaasssstáaaaa! -exclamó El Mazo.
Derguín le quitó el cuchillo y pasó a la siguiente fase de su impro­
visado plan. De un salto se plantó junto a la anciana. Ésta, al compren­der sus intenciones, trató de darse la vuelta y huir. A los ojos de Der­guín lo hizo con la lentitud de un cetáceo moviéndose en el agua.
Habría cogido a Orfeo por los pelos, pero era tan calvo como los poetas imaginaban a la fortuna, de modo que tan sólo se le ocurrió agarrarlo de la oreja. Él chilló, indignado.
Derguín se acomodó la cabeza en el hueco entre su codo izquierdo y su pecho y acercó el cuchillo a uno de los ojos. Sólo entonces salió de Urtahitéi. Todo había ocurrido tan rápido que aún conservaba fuerzas por si debía recurrir de nuevo a la aceleración.
Dudó si amenazar con arrancarle los ojos a la cabeza, o decir que le iba a hundir el cuchillo hasta llegar al cerebro. Al ver los rostros em­brutecidos y llenos de costras de los Ghanim, pensó que más le conve­nía ser claro y tajante para evitar malentendidos.
-¡Apartaos todos si no queréis que mate a vuestro dios!
-¡Esto es un ultraje! ¡Una indignidad! -protestó Orfeo, siempre en Arcano.
Derguín le habría tapado la boca con gusto, pero tenía una mano ocupada sosteniéndolo y la otra amenazándolo con el cuchillo. Acercó los labios a su oído y susurró:
-Échanos una mano por la cuenta que te trae. ¿Es que quieres se­guir en este nido de piojos?
Como no veía el gesto de la cabeza, no pudo saber qué opinaba, ya que Orfeo no contestó. Por el momento, la amenaza había surtido efec­to. Alrededor de Derguín se abrió un círculo. Había algunos Ghanim, hombres y mujeres, que se agazapaban como fieras y amagaban con saltar sobre él, pero no se decidían a hacerlo.
En parte era por la presencia del Mazo. No debía haber perdido de vista en ningún momento al merodeador que había venido azuzándolo todo el camino, porque lo primero que hizo tras cortar las ligaduras de Derguín fue acercarse a aquel tipo, darle un puñetazo con la mano iz­quierda y quitarle la lanza con la derecha.
El Ghanim se desplomó con la boca convertida en una pulpa de sangre y dientes rotos. Derguín no llegó a saber si el mojicón había bastado para dejarlo fuera de combate, porque antes de que pudiera rebullirse en el suelo El Mazo le clavó aquel palo aguzado en la gargan­ta, justo entre ambas clavículas, y lo removió hasta cerciorarse de que estaba muerto.
-¡Si alguien se me acerca, me hago un collar con sus tripas! -rugió el gigante Ainari.
-Nos vamos -le dijo Derguín-, Tú cúbreme la retaguardia.
Empezaron a dirigirse hacia la salida de la hondonada, Derguín delante y el Mazo detras de él, caminando de espaldas y volviendo la mirada y la lanza a todas partes.
Los separaban cien metros de sus caballos, tal vez menos. Der­guín no confiaba demasiado en que los volubles y enloquecidos Gha­nim aguantaran esa distancia antes de lanzarse sobre ellos como una jauría.
Oyó un ladrido a su derecha. Se volvió alarmado, dispuesto a en­trar de nuevo en Tahitéi. No era un perro, sino una mujer que se aba­lanzaba sobre El Mazo con una piedra en la mano mientras profería un alarido inhumano. Su amigo, que pese a su tamaño poseía unos reflejos excelentes, reaccionó lanzando una patada a su atacante. La punta de su bota impactó con un sordo crujido en el pecho de la mujer, que voló hacia atrás levantándose un palmo del suelo y cayó sobre otros dos Ghanim vomitando bocanadas de sangre.
No muy caballeroso, pero sí eficaz, pensó Derguín.
Poco a poco, los Ghanim fueron quedándose atrás, aunque no de­jaban de insultarlos. Derguín empezaba a pensar que saldrían con bien de aquella ratonera, cuando a un niño se le ocurrió la brillante idea de lanzarles una piedra. El proyectil pasó volando junto a la oreja de Der­guín, sin llegar a acertarle. Por el efecto que tuvo en los demás Ghanim, fue como si hubiera roto la quietud de un estanque tan liso como un espejo.
De pronto empezaron a lloverles piedras de todas partes. Derguín decidió que poner como escudo la cabeza de Orfeo no le iba a servir de mucho, de modo que encogió la suya entre los hombros, volvió a entrar en aceleración y corrió hacia los árboles donde estaban atados los ca­ballos. Confiaba en que El Mazo se salvase por sus propios medios, pues le era imposible protegerlo de la pedrea.
Una de aquellas peladillas le golpeó en la espalda, otra en un mus­lo y una tercera le golpeó de refilón en la coronilla. Notó que la piel le ardía, pero no se detuvo a comprobar si era por el roce del golpe o por el calor de la sangre.
A pesar de la algarabía de la persecución, los dos merodeadores a cargo de los caballos se habrían sentado en el suelo, ajenos a todo. Sólo al ver cómo Derguín irrumpía como un ciclón entre los tamarindos se volvieron hacia él con los ojos vidriosos y las bocas entreabiertas. Ha­bían sacado un pellejo de vino de las alforjas, y estaban tan borrachos que incluso sentados les costaba mantener el equilibrio.
Derguín ni les prestó atención. Mientras una piedra destinada a él le acertaba entre las cejas a uno de los dos beodos, siguió corriendo hasta los caballos. Las albardas seguían en su sitio: como mozos de cuadra, aquellos dos Ghanim demostraban ser muy negligentes, pero su dejadez resultó muy conveniente para Derguín. El hueco donde iba el odre de vino se encontraba vacío. Allí, sin más contemplaciones, metió la cabeza, encajándola hasta el fondo.
-¡Hmmmpfffff! -protestó Orfeo.
Por un momento, Derguín pensó que quizá se había excedido y que su prisionero podía asfixiarse. Luego cayó en la cuenta de que no tenía pulmones.
Sin salir de Urtahitéi, cortó las ataduras de los caballos, montó en el suyo y «sacó de la funda a Brauna. Entretanto, El Mazo ya llegaba, acosado por una lluvia de piedras y perseguido por decenas de Ghanim que gritaban y agitaban palos contra él.
Por suerte, aquella extraña enfermedad debía afectar a la condición física de todo el cuerpo, y no sólo a la piel, porque los salvajes se habían quedado bastante rezagados. El Mazo trepó a su caballo con más agi­lidad que cualquier otro día, sacudió las riendas y clavó los talones en los ijares de su montura. Derguín observó que tenía una brecha en la sien, junto a la ceja izquierda, y la sangre le chorreaba hasta perderse en la espesa barba.
-¡Vamonos de este infierno! -exclamó El Mazo.
No hizo falta azuzar demasiado a los caballos. Ellos mismos, al ver la turbamulta que se les venía encima, volvieron grupas hacia la salida de la cárcava y huyeron al galope.
Pese a que cabalgaban en una oscuridad casi total, Derguín y El Mazo no refrenaron a sus monturas hasta media hora después. Por puro azar, habían llegado a la carretera que habían seguido el día an­terior, el Camino Negro de los Ghanim. De éstos ni se adivinaba el rastro.
-Como no nos persigan montadas en sus cabras… -dijo El Mazo.
Descabalgaron, y sacudieron una pequeña lámpara de luznago que habían traído de Zirna. El insecto se despertó y empezó a zumbar y a brillar con una luz azulada.
Aún les quedaba otro pellejo de vino. El Mazo sacó el corcho que lo tapaba, dio un buen trago y luego se lo pasó a Derguín. Empezaron a reírse, de pura histeria y pavor, y a comentar las escenas delirantes que habían presenciado.
-¡Hmmmpffffl
Derguín recordó que llevaba algo en las alforjas. Por un momento se le ocurrió que todo había sido una pesadilla, que cuando metiera las manos en la albarda sacaría un coco o un melón, no una cabeza.
Pero allí estaba Orfeo, mirándolos con ojos grandes y oscuros que apenas parpadeaban. Derguín tenía que sujetarlo poniéndole las manos bajo las orejas, lo cual no le parecía demasiado digno, pero no se le ocurría otra forma mejor de hacerlo. ¿Tal vez ensartando la cabeza en un palo? Por curiosidad, la giró un poco para mirar el cuello.
No encontró ninguna herida, ni una tráquea o un esófago corta­dos, como esperaba. La garganta se apoyaba en una especie de tapón redondo, de algún material negro que no era ni metal ni piedra ni ma­dera.
-¿Piensas tratarme con algo de respeto en algún momento? -pre­guntó la cabeza.
Derguín la enderezó y la levantó a la altura de su frente.
-Disculpa, Orfeo. Tenemos por delante un largo viaje, y no sé muy bien cómo colocarte para que estés más cómodo.
Al resplandor del luznago, Orfeo torció los ojos para ver sus alre­dedores. Derguín le ayudó girándose en círculo completo.
-Vais al centro del desierto.
-Así es.
-Entonces vuestro viaje va a ser mucho más largo de lo que sospe­cháis.
-¿Qué quieres decir?
-Los acontecimientos os darán la respuesta. ¿Por qué voy a hacer­lo yo?
Por más que insistió en sonsacarle información, Orfeo se negó. Al comprobar que la cortesía no funcionaba con aquella cabeza parlante, Derguín volvió a meterla en la alforja. Después, como estaban dema­siado nerviosos para dormir y querían alejarse lo más posible de la aldea Ghanim, prosiguieron camino hacia el sur a un paso tranquilo para no agotar más a los caballos.

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