El crimen del Estrella del Mar

En 1847 el Estrella del Mar zarpa hacia Nueva York desde una Irlanda desgarrada por la injusticia y la hambruna. A bordo viajan centenares de emigrantes que oscilan entre el optimismo y la desesperación. Entre ellos, una sirvienta que esconde un secreto abrumador, el arruinado lord Merridth con su mujer y sus hijos, un aspirante a novelista, un misterioso compositor de baladas revolucionarias… Y un asesino ávido de consumar una venganza antes de que concluyan los veintiséis días que dura la travesía.

En esta absorbente aventura de crímenes y compasión, de amor y salvación, cuanto más se acerca el barco a la tierra prometida más ligados parecen sus pasajeros a un pasado que les perseguirá para siempre. Una novela decididamente contemporánea en sus planteamientos. Un thriller histórico que atrapa hasta su inolvidable final.

ANTICIPO:
CAPÍTULO IV

LA HAMBRUNA

CUARTA NOCHE DEL VIAJE EN LA QUE SE OFRECE UN RELATO DE LAS MAQUINACIONES DEL ASESINO, DE SUS CRUELES INTENCIONES Y SU DESPIADADA ASTUCIA

17º 22’ O; 51º 05’ N

— 5,15 P.M. —

El asesino, Pius Mulvey, andaba por la empapada cubierta arrastrando su muerto pie como si fuera un saco de tuercas. El mar era una extensión plateada, salpicada de remolinos de negrura. El crepúsculo se abatía sobre el cuarto día de viaje desde su partida de Cobh. Una pequeña luna creciente, como un trocito de uña, era visible entre las movedizas y negras nubes, algunas de las cuales, situadas a media distancia, derramaban brillantes chorros de aguanieve.

Mulvey estaba sufriendo. Ya le dolían las piernas. El frío le atenazaba los nudillos y las puntas de los dedos. Como el veneno de una bruja, las mojadas ropas quebrantaban su espíritu.

Varios días después de zarpar de Cobh, gaviotas argénteas y pájaros bobos habían seguido en medio de grandes chillidos al Estrella girando y bajando en picado, zambulléndose entre las olas, alineándose con algarabía sobre los pasamanos de la cubierta. Algunos hombres de tercera clase trataban de cazarlas con ganchos cebados, movidos más por la rivalidad que subyacía en aquel esfuerzo que por la correosa carne, con sabor a pescado, que tenía la atónita presa. Cormoranes y frailecillos habían sido vistos rozando las cabrillas, incluso cuando Irlanda desapareció de la vista, habitantes de las rocosas y

largo tiempo abandonadas islas que se extendían desde la costa sudoeste como manchas de tinta esparcidas por un descuidado cartógrafo. Pero ya no había pájaros. Ahora no había nada.

Excepto los incesantes gemidos y siniestros crujidos del barco; el alarmante gualdrapear de las velas; los gritos de los marineros cuando el viento se desataba desde el Norte; el llanto de los niños; los gruñidos de los hombres; la cacofónica tonada que formaban por la noche las sensibleras canciones de amor y de venganza; el ahogado resonar de las gaitas; los gritos de los animales enjaulados en cubierta y el interminable gorjeo de la cháchara femenina, de las mujeres más jóvenes especialmente.

¿Cómo sería Nueva York? ¿Qué clase de ropa llevarían en Nueva York? ¿Qué tipo de animales habría en el 7.00 de Nueva York? ¿Qué clase de música? ¿Y de comida? ¿Eran realmente amarillos los chinos? ¿Eran rojos los indios? ¿Era verdad que los negros tenían lo que tú ya sabes más grande que los cristianos? ¿Enseñaban las mujeres americanas sus pechos en público? A menudo, en su juventud especialmente, Mulvey había pensado que vivir en el mar sería una existencia silenciosa; una vida en la que un hombre podía muy bien escapar de su pasado. En realidad era como estar en el infierno que merecía. En cuanto a su pasado, estaba atado a él como con una amarra.

No podía estar cerca de las mujeres, sobre todo de las más jóvenes. En parte porque le afligía ver sus demacrados rostros: sus ojos sin luz y sus esqueléticos brazos. La ruina de sus esperanzas, la forma como se había grabado a fuego en ellas: una marca de absoluto desposeimiento. Paseaba por el barco durante toda la noche para evitarlas, y dormía durante el día para evitar a los hombres.

Los hombres eran en su mayor parte granjeros desahuciados de Connaught y West Cork, jornaleros empobrecidos de Carlow y Waterford; un tonelero, algunos herradores, un matarife de Kerry; un par de pescadores de Galway que habían conseguido vender sus redes. Los más pobres de los pobres se habían quedado en el muelle para morir, pues no tenían ni el dinero para comprarse un billete, ni las fuerzas para suplicar clemencia a los que podían ayudarlos.

Y los hombres se mareaban más que las mujeres. Mulvey no podía comprenderlo, pero a1 parecer era así. Dos pescadores de un lugar, cercano a Leenaun se mareaban más que nadie. Hablan vivido en los altos acantilados de Delphi Hill, atrapando cangrejos y langostas en las profundas aguas de Killary. En toda su vida no se habían adentrado en el océano. Aquellos dos hermanos, inexplicablemente guapos, bromeaban sobre el hecho de haber vivido rodeados de tierra. Hablaban de si mismos en irónica tercera persona, como si encontraran divertidos su impotencia y miedo. Los pescadores que jamás fueron al mar.

Al asesino le entristecía verles hacer comedia con las chicas, luchando entre si, haciendo carreras en calcetines sobre la cubierta. Hasta su bondad era en cierto modo patética. Nunca dejaban de ofrecer sus raciones a los niños de tercera; ni de canta, baladas patrióticas cuando sus camaradas estaban bajos de moral. El más joven moriría pronto. Eso estaba bastante claro. Habla desesperación en su alegría. No podía durar.

Mulvey conocía el hambre, sus engaños y estrategias; su truco de hacerte creer que no estas hambriento y entonces, de repente, lanzarse sobre ti como una salteador vociferante de mirada furiosa. La había conocido en Connemara, y en los caminos de Inglaterra. Toda su vida lo había seguido, como un espía furtivo. Y ahora cojeaba por las cubiertas, a su lado. Casi podía oír su risa de sirena y oler su pestilente aliento.

Dos noches antes habla dirigido su mirada a la cima de la vela mayor y visto a su padre muerto mirándolo desde la torre de vigía. Y más tarde, sobre el castillo de proa, divisó una pequeña y fiera ave, un asesino de pico de águila y brillantes alas afiles, cuando no podía haber un pájaro terrestre tan alejado de tierra firme. Y el día anterior por la tarde, poco antes del crepúsculo, a través de las rejas de hierro que separaban a los pasajeros de primera, Mulvey había visto otro fantasma. La figura de ojos oscuros de una muchacha a 1a qué una vez había engañado, paseando de la mano de un niño lloroso.

Contemplando la visión, Mulvey se habla dado cuenta de algo entraño. De haber dispuesto en aquel momento de un banquete ante sus ojos en platos dorados, no habría sido capaz de comer un solo bocado. Más bien hubiera sentido náuseas por el disgusto.

Tendría que andar con cuidado ahora. Así era como el hambre lanzaba su hechizo. No era cuando sentías hambre cuando estabas en el mayor de los peligros. Era cuando el hambre cesaba. Entonces morías.

Mary´s Violet Eyes Make John Sit Up Nights

La cosa empezó la segunda mañana después de zarpar de Cobh. Justo antes del alba, Mulvey se encontraba cerca de las escalas de la cubierta superior, contemplando las agonizantes estrellas. Pensaba en un escocés que había conocido en su infancia, un ingeniero llamado Nimmo que trabajaba para el gobierno. Nimmo había sido enviado a Connemara en el 22, cuando el fracaso de la cosecha afectó a la costa occidental. Mulvey y su hermano estaban entre los muchachos aún lo bastante sanos para emplearlos en las tareas de ayuda, acarreando cascotes para la nueva carretera de Clifden a Galway. El escocés se había mostrado como un capataz indulgente, pasando tiempo con los muchachos, participando en el arrastre y rotura del material, a veces explicando aspectos de ciencia o ingeniería. Los había divertido explicando en términos de la segunda ley de Newton por qué un río no puede ser forzado a fluir colina arriba. No necesitaban realmente que les explicaran este hecho, pero escuchar la explicación era mejor que trabajar. «Y no intentéis dividir por cero. Eso, amigos míos, es el undécimo mandamiento.» Y le había enseñado a Pius Mulvey una frase carente de sentido mediante la cual recordar la distancia relativa de los planetas al sol. Mary´s Violet Eyes Make John Sit Up Nights

Mulvey había estado dando vueltas a la frase en su cabeza mientras miraba fijamente el brillante cielo oriental. Esas palabras le aportaban consuelo. Le gustaba su ritmo.

De repente le pareció que había visto una ballena. Por la parte de estribor, a proa, quizás a milla y medía de distancia… un gran y voluminoso macho de rorcual azul grisáceo, tal como lo había visto una vez en un bestiario, en el escaparate de una librería londinense. La cola había sido lo primero en aparecer, golpeando con fuerza las olas. Transcurrió un largo momento. Mulvey estaba atónito. Después, su obscena mole se había deslizado, desde la cabeza hasta la aleta: increíblemente larga, increíblemente negra, con un chorro de espumeante agua derramándose de sus mandíbulas… tan brillante e inmensa que resultaba sobrenatural; algo horrible y espantosos surgido de las profundidades de una pesadilla.

La zambullida fue como si una montaña se desplomara en el mar.

Incapaz de moverse, permaneció quieto observando, horrorizado ante lo que acababa de ver. No muy seguro, de hecho, de que lo hubiera visto en realidad. Porque nadie más había visto nada. Ninguno de los pasajeros. Nadie de la tripulación. Y si lo habían visto, no decían ni una palabra. Cosa que seguramente habría sido lógica. No podrían haber permanecido silenciosos. La criatura tenía la longitud de la mitad del barco.

Permaneció vigilante durante una hora –o tal vez más— preguntándose si no se estaría volviendo loco. Había visto que eso les sucedía a los hambrientos. Había visto cómo le ocurría a su pobre hermano. Mientras observaba las grandes olas, le vino un recuerdo de la última noche que pasó en Connemara. No podía ignorarlo. Se abrió paso violentamente en su cabeza, como el remordimiento que siente un viejo por sus crímenes de juventud.

Recordó cómo les había suplicado, pero sin lograr convencerlos. «Tendremos hombres en el muelle de Nueva York. Tendremos hombres en el barco. Si esa escoria inglesa llega a poner un pie en la pasarela, tú eres hombre muerto y enterrado. No creas que mentimos. Y tendrás la muerte de traidor que mereces, bastardo del demonio. Tú mismo verás cómo te arrancan y queman el corazón.»

Hermanos de duro corazón con puños como troncos de roble. Él había suplicado que le ahorraran esa patriótica tarea. Quienquiera que le hubiera denunciado había cometido un error. Él no era un asesino. Nunca había matado a nadie. Eso, dijo su jefe, era una cuestión de opinión.

—Me marcho de mi tierra. ¿No es bastante?

—Está bien que tengas una tierra que dejar.

—Ese hombre tiene hijos —dijo Mulvey.

—¿Y nosotros qué? ¿No tenemos hijos?

—Me podéis pedir lo que sea. Pero no eso.

Entonces fue cuando la paliza volvió a empezar

Recordó sus ojos: tan asustados y convencidos. Y la tela de saco teñida de negro de las caperuzas que llevaban. Y los agujeros por los que asomaban sus labios. Esgrimían las herramientas con que se ganaban la vida, pero como si fueran armas: guadañas, azadas, layas, podaderas. Ahora ya no les quedaba vida por ganarse. Siglos enteros robados en un pasmoso momento. Los esfuerzos de sus padres, las herencias de sus hijos. De un plumazo, todo se había perdido.

Suelo negro. Campos verdes. El verde de la bandera dispuesta sobre la mesa, salpicada con hilos de la sangre de Mulvey. El brillo del arma que le habían obligado a coger, el cuchillo de pescador apretado contra su tembloroso pecho mientras le bramaban enfurecidos palabras sobre libertad y robo. Las palabras ACERO DE SHEFFIELD grabadas en la hoja. Podía sentirla ahora, en el bolsillo de su capote, junto a su lacerado muslo. Recordó las cosas que le dijeron que le harían con ese cuchillo si no dejaba de quejarse diciendo que el asesinato era una carga demasiado pesada para echársela encima. Cuando lo sujetaron y empezaron a pincharlo, Mulvey gritó que se le permitiera matar.

Un hombre con el que nunca se había encontrado, y menos hablado con él. Terrateniente e inglés; por tanto un enemigo del pueblo. Terrateniente sin tierra; un inglés nacido en Irlanda… Pero no tenía demasiado sentido buscar definiciones. Por su clase, su genealogía, los crímenes de sus padres, el linaje familiar donde habían nacido. Por la iglesia que asistía y las plegarias que rezaba. Tanto por su nombre como por todo lo demás… una sola palabra en cuya elección no había intervenido.

Merridith.

Esta trinidad de sílabas había sentenciado al sacrificio de su portador, lo había marcado como culpable. Su arbol familiar se había convertido en su cadalso. No contaba el hecho de que tal vez él no era culpable de nada; eso era introducir complicaciones innecesarias. Los hombres que golpeaban a Mulvey tampoco habían echo nada, pero eso no les había librado cuando llegó su hora. Su tierra había desaparecido. Eran hombres sin destino. Hambrientos y derrotados. Vencidos.

Antaño habían sido agricultores; ahora estaban desposeídos. Aún despedían el olor de su tierra mientras lo aporreaban hasta dejarlo medio atontado. Sus guantes de lona, las botas de su amo granjero, todavía apelmazadas por los terrones de tierra negra, muerta. Dedos que habían cuidado y plantado y mimado, ahora asfixiaban, torcían, desgarraban su rostro. Lo habían dejado escapar y luego lo volvieron a coger… como para decirle «no hay escape». Uno tenía un chucho, el otro, un perro de caza. Los ladridos, los aullidos eran lo más espantoso de recordar: los cálidos, húmedos alientos de los hambrientos sabuesos, los rasguños de sus zarpas y los gritos apremiantes de los hombres. Arrancaron un terrón de tierra guijosa de una zanja y se lo metieron en la boca hasta que empezó a tener arcadas. Llovieron piedras sobre su cuerpo, y aun así la paliza no cesaba. Sentía algo de lo que ellos mismos debían de haber sentido, en cada patada, en cada arañazo, escupitajo, puñetazo. Aun a través de la sangre que le empañaba los ojos, parecían muy empequeñecidos, completamente asustados. Habían sido hechos para parecer pequeños, y lo eran, y lo sabían. Lo que les había pasado a sus atacantes era una especie de violación. «Lo harás, Mulvey, o no volverás a ver la luz del día. Y te vigilaremos en ese barco para asegurarnos de que lo haces.» A través de los dientes rotos, dio su conformidad. Lo haría.

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