El desván de los cuervos solitarios

desvandecuervos

La obra (extracto del prólogo)

El lector descubrirá en estas páginas relatos muy variados que, sin embargo, comparten un punto común. Beben de la misma fuente, lo que se demuestra en la inusual coherencia del conjunto.

Así, en El cuervo del sepulturero se da una muestra de la más clásica ambientación gótica, la variante fosca más antigua y germen de todas las demás, caracterizada sobre todo por el espíritu

romántico desprestigiado hacia, cómo no, lo siniestro.

En Experimento fallido nos sumergimos de lleno en la ci-fi oscura, una de las variantes más interesantes al fusionar dos géneros claramente diferenciados como son el terror y la ciencia ficción.

Palmeros de sangre representa el espíritu de nuestros hermanos latinoamericanos cuya aportación al género fantástico en general y al fosco en particular es sinceramente envidiable, en muchos casos difícil de superar. Este relato es un guiño a su buen hacer literario.

Madre representa una de las variantes más duras de este género. No hablamos del gore, sino del terror amoral, mucho menos sangriento pero más inquietante.

En Casa de Carón damos protagonismo al horror mitológico al más puro estilo de Lovecraft, otro clásico, no tan antiguo como el gótico pero un digno sucesor.

En Polvo al polvo nos centramos en una variante inusual pero no por ello menos importante: el humor sórdido. No muy conocida pero en alza actualmente. El tiempo dirá.

La mecánica del alma explora el misterio sobrenatural de principios del siglo pasado, más centrado en el mundo de los muertos que en el de los vivos.

El ladrón de margaritas exprime el lado más oscuro del género policíaco manteniendo en todo momento la coherencia argumental propia del los relatos de detectives.

Para terminar, Una nueva esperanza nos sumerge en otro tipo de horror, el cotidiano, aderezando la experiencia con guiños cómplices a nuestro imaginario popular, realzando la impresión de que lo macabro está a la vuelta de la esquina.

ANTICIPO:
El cuervo del sepulturero

El año en que Thomas llegó a la ciudad los muertos andaban revueltos. La Peste no perdonaba en ningún barrio ni en ninguna casa, y los muros del reino de su hermana, la Muerte, se mostraban difusos. En las calles cubiertas de niebla se veían las siluetas de aquéllos que no deberían caminar, sombras siniestras que huían al aproximarse la carreta del sepulturero con su campana de bronce. Eran malos tiempos, de dolor y miedo.

La ciudad penaba cual ánima bajo un cielo amargo, negro como el destino, y sus habitantes se escondían tras los muros de sus casas, en torno a las chimeneas, a inventar historias con las que distraerse o a recordar tiempos mejores. Era una época de zarzas y polvo, como decía su abuela, tiempos para permanecer a resguardo mientras la cizaña señoreaba en los campos.

Por ello le tenía prohibido salir a la calle, a no ser que fuera necesario coger agua en el pozo o renovar las provisiones. La anciana no quería que su niño fuese presa de las garras de la Peste o de los espectros que vagaban perdidos sin saber a qué mundo pertenecían. Era una mujer sabia y paciente, y no ignoraba que debían aguardar a que las sombras partiesen.

Sin embargo, Thomas era un gato arrabalero y le llamaba la luna. Así, aprovechaba el sueño de su abuela para escaparse en busca de aventuras por los tejados y los muros de los callejones solitarios. ¿Cómo evitarlo? El mundo era tan fascinante en aquellos tiempos que nada hubiera podido retenerlo en la cama. Además, los muertos no se acercaban a la casa de su abuela porque ésta la había protegido con hierbas mágicas y cruces de hierro, así que tenía que ir a buscarlos más allá.

Desde las cornisas de las casas podía contemplar la niebla retorciéndose por las calles, medrando por los callejones, husmeando en cada rincón en busca de una nueva presa. Podía sorprender a las almas en pena cuando éstas eran envueltas por aquel sudario etéreo que muchas veces sería el único del que disfrutarían.

Thomas había descubierto que las ánimas vagaban sin rumbo por la ciudad, pero evitando determinados lugares y volviendo siempre al lugar donde quedaba su cuerpo. Ese último refugio era aquél que ansiaba encontrar, pues entre el polvo y las telarañas quedaba suspendida siempre parte de la historia del difunto. La suave y misteriosa brisa que recorre los edificios abandonados la susurraba a aquél que tuviera el coraje de permanecer a escucharla.

[…]

La mecánica del alma

-Discúlpeme la impertinencia, capitán Raleigh, pero deberían haber pernoctado en Sligankirk -dijo el anciano McLeod mientras asistía a Lady Rochester a bajar del carromato-. Hace una noche de perros para obligar a una señorita a atravesar cuarenta millas bajo la lluvia en esta vetusta calesa.

-No conoce usted a mi prima, Lord McLeod -aseguró el capitán-; la he visto trepar hasta lo alto del mástil bajo una tormenta monzónica, cerca del Cabo Comorin.

La muchacha aceptó la mano del viejo con una sonrisa de compromiso, pero insistió en portar ella misma su bolsa de equipaje. McLeod sostenía contra el viento un desvencijado paraguas, intentando, con escaso resultado, proteger a la dama del inclemente tiempo. Detrás de ella se apeó Norbert Raleigh, capitán de la Marina de Su Majestad Eduardo VII. Ordenó al carretero mediante gestos que le ayudase a llevar el arcón que contenía sus bártulos, y se dirigió, cerrando el pequeño grupo, hasta el resguardo de la puerta techada del Castillo McLeod.

-Le dije a Brian que hicieran noche en el pueblo si se les echaba la tarde encima -refunfuñó el noble, esperando que su protesta llegara al impasible aldeano, que acomodaba el baúl en la entrada de la mansión.

-No es culpa suya, señor -intervino Lady Rochester-. Insistimos en apresurar nuestra partida. Además, no llovía cuando salimos.

El carretero, enfundado en su capote de cuero engrasado, tosió sonoramente, se ciñó las solapas y marchó bajo la lluvia hacia el carromato sin ni siquiera despedirse.

-Unos modales atroces -comentó McLeod.

-Yo diría que es un hombre poco sociable -añadió el capitán Raleigh-. Apenas habló durante el trayecto.

-Sólo le vi intercambiar unas palabras con un viejo sacerdote cuando dejamos Sligankirk -dijo Lady Rochester-. Me pareció gaélico. ¿Acaso no habla inglés?

-Claro, cuando le interesa -respondió Lord Patrick McLeod, Conde de Sligankirk, señor de unas remotas tierras al norte de Inverness, en las Highlands escocesas.

El "Castillo McLeod" no era propiamente una fortaleza, sino más bien una mansión fortificada. Baluarte del Clan McLeod en tiempos pretéritos, perdió su carácter militar a comienzos del siglo XVIII, cuando Escocia se integró en el Reino Unido bajo la corona de los Stuart. De la antigua fortaleza conservaba los muros de la fachada oriental, que daba directamente a un lago entre boscosas montañas. La entrada, así como el puente que unía el islote sobre el que se asentaba la construcción con la tierra firme, databa de principios del XIX, en pleno auge del gótico previctoriano.

En el amplio recibidor, el capitan Raleigh y Lady Rochester fueron reconfortados con una taza de té servida por el ama de llaves del conde. Rachel, que así fue presentada por su señor, se apresuró a retirar los abrigos húmedos de los invitados y a llevarles hasta un saloncito contiguo, en el que una vivaz chimenea caldeaba el ambiente.

-Bien, espero que guarden aún energías para, al menos, hacernos el honor de compartir un Jerez en compañía del resto de invitados -dijo McLeod.

-Naturalmente, será todo un placer -convino Raleigh-. Estoy deseando conocerlos, en especial al profesor Waldheim.

[…]

El ladrón de margaritas

La primera precaución que ha de tomar el investigador privado cuando empieza es no hacerse las cosas más difíciles de lo que en realidad son. Se trata de un principio básico en esta profesión y que se aprende en la primera clase de universidad. Pero a veces, la realidad es mu-cho más compleja.

Aquella mañana de sábado se había levantado un tanto desapacible. Era una de esas ma-ñanas en las que uno se pregunta si quedarse en la cama es la forma más provechosa de pasar el día, y más aún siendo sábado. Desgraciadamente, y a pesar de ser el jefe de mi despacho de de-tectives, debía cumplir con las obligaciones de mi puesto de trabajo pues no solamente ejercía de jefe sino también de secretaria, de mensajero, de pasante, por lo que no me quedaba más re-medio que tragarme la desidia y enfilar hacia la oficina. Además, el panorama en casa tampoco invitaba a quedarse, con la caja de pizza en un equilibrio perfecto entre latas de cerveza, comida china de hacía dos días y unos condones por estrenar.

Cuando decidí abrir el despacho nueve meses atrás le puse un cartel flamante: De la Ve-ga y asociados. Tenía la firme convicción de convertir aquella primera planta de un edificio medio en ruinas en un buffet con pisapapeles de plata, cuadros con sentencias y máquinas de escribir repicando las veinticuatro horas del día. Anteriormente había soportado a unos cuantos abogados de pacotilla. Siete años trabajando como detective en casos de infidelidad me había decidido a dar el paso.

Llegué sin demasiada puntualidad. La mesa de trabajo estaba repleta de papeles, monta-ñas de ellos, aunque solamente se trataba de marketing. En aquel despacho se respiraba profe-sionalidad, como si tuviera decenas de encargos que investigar. De tanto en tanto cambiaba las pilas de sitio, les quitaba el polvo o me entretenía repasando los casos que había resuelto con más o menos pericia.

A última hora de la mañana escuché la campanilla de la puerta principal del edificio. Hacía dos semanas que no oía ese sonido y debo confesar que me alegró la cara. Puesto que yo era el único inquilino y que el correo ya había pasado, supe que se trataba de un nuevo caso. Rápidamente tomé asiento, agarré un bolígrafo caro y la carpeta de mi última investigación. Por unos instantes soñé viéndome en los periódicos como el detective que había destapado el mayor caso de corrupción de la historia. Pero tras enfocar la mirada en los papeles de la carpeta me di cuenta que eso sólo pasaba en las películas de Hitchcock. Escuché los pasos que subían por las escaleras, un tanto presurosos. Seguramente el asunto requería una rápida intervención, pensé, aunque poco después un mensajero abría la puerta de mi despacho con la desfachatez de los que cumplen encargos y apenas se preocupan de las formas. Me traía un sobre y necesitaba que le firmara, que tenía mucha prisa y aún le faltaban muchos paquetes que llevar en la furgo-neta y no tenía todo el día. Me dieron ganas de firmar el papel y facilitarle su trabajo enseñán-dole el camino más corto de vuelta hacia su furgoneta a través de la ventana.

Abrí el sobre sin demasiado entusiasmo aunque al no existir remitente una lucecita se encendió en mi cabeza. Me lancé a la ventana. El mensajero ya se alejaba a toda prisa con su vehículo. Me resultó extraño que un paquete pudiera entregarse sin remitente. La carta estaba escrita con perfecta caligrafía, de forma muy escueta y a la vez correcta. Me citaba para esa misma noche en una mansión situada a las afueras de la ciudad. Sólo había un nombre como firma: Alexandra. Muy probablemente sería la clásica infidelidad por parte del hombre, un tan-to anciano, que busca a una jovencita para algún tipo de fantasía senil. Conocía aquella zona, un barrio de mansiones del siglo XIX, con sus torreones, balcones de forja y verjas altísimas de hierro colado. En aquel momento, un vago recuerdo me vino a la cabeza, de esos que por más que intentas indagar en la memoria no terminan de salir. Pronto desistí.

[…]

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5 Opiniones

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  • Frau Hesselius
    on

    ¿Quiénes son los autores de El desván de los cuervos solitarios? ¿Son anglófonos o se incluyen también narradores españoles? ¿Quién lo ha editado? (No puede ser que haya alguna editorial que se llama Edición propia).

    Lo pregunto porque me he leído el anticipo y me da la impresión de que puede estar bien. Y, encima, por cinco euros.

  • josemiguel
    on

    Tengo entendido que es una antología de género fosco, nombre en el que se agrupan todas aquellas obras de temática siniestra que no tienen cabida en el terror strictu sensu y la iniciativa parte de Círculo de Escritores Errantes. No tengo más información al respecto, lo siento :(

  • elrikes
    on

    Respondiendo a tus preguntas (pues soy uno de los participantes en esta edición)

    Hoy en día el Relato es un género desprestigiado o, como mínimo, con muy poca acogida en el mercado de "El código la Vinci". Conscientes que llamar a las puertas de las editoriales sería como predicar en el desierto, un grupo de escritores nos hemos unido en un proyecto común: la edición de sucesivos volúmenes de relatos aprovechando las facilidades de las editoriales especializadas en edición digital (que no es lo mismo que en web). Este primer volumen lo hemos dedicado al género fosco y seguramente el año que viene será de Leyendas Urbanas. De momento ofrecemos un producto de calidad no apto para el público que prefiere zamparse novelas "megapromocionas". Respecto al precio, aunque parezca increíble, te puedo asegurar que no perdemos dinero (tampoco es que lo ganemos pero no es nuestra intención).

    Si estas interesado en adquirir un ejemplar:

    http://www.abadiaespectral.com/eldesvandeloscuervossolitarios.html

  • Verner
    on

    Tengo la antología y pensé que la editorial se llamaba Círculo de Escritores Errantes.

    Si de verdad es autoedición, no lo parece. Han cuidado mucho la estética y la relación calidad precio me parece francamente buena.

    La mayoría de los autores son desconocidos (vamos, que yo no los conozco), sólo me sonó el nombre de Santiago Eximeno. Pero no desmerece.

    Me he llevado una muy grata sorpresa con este libro, la verdad.

  • Latos
    on

    La edición tiene una pinta excelente, y me encantan los libros de relatos. Dos preguntas:

    1-¿Se puuede participar o entrar en algun concurso para formar parte de la siguiente antologia?

    2-¿Qué es el genero fosco? Tengo cierta idea, pero me gustaria una explicación para niño de cinco años, que suele ser como me entero 😛

    Gracias¡¡¡

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