El doctor Lerne. Imitador de Dios

DoctorLerneMauriceRenard

Maurice Renard (1875-1939), no es solamente el autor de manos de Orlac ,clásico llevado en tres ocasiones a la pantalla, sino también uno de los más singulares escritores franceses de fantasía y misterio, y, sobre todo, uno de los pioneros de la ciencia ficción. Considerado por especialistas como Jacques Sadoul, Pierre Versins o Arthur B. Evans como uno de los mejores, si no el mejor, de entre los escritores franceses del género fantástico y de ciencia ficción, su novela El doctor Lerne. Imitador de Dios (1908), fue la obra que le dio a conocer y constituye uno de los grandes clásicos de las historias protagonizadas por un «científico loco».

Cuando Nicolás Vermont retorna al castillo de Fonval para visitar a su tío, el doctor Frédéric Lerne, no podía sospechar que estaba a punto de penetrar en un auténtico museo de los horrores científico. Lerne, ayudado por un grupo de misteriosos alemanes, trabaja en experimentos tan secretos como siniestros, jugando a ser Dios por medio de injertos e implantes que dan lugar a criaturas monstruosas, a medio camino entre los distintos reinos de la Naturaleza, dispuesto a llegar más lejos todavía en su búsqueda de la inmortalidad y la riqueza. Enseguida descubriremos que el castillo alberga una prisionera, Emma, que juega a excitar los nervios tanto de su captor como del joven y enamorado Nicolás, decidido a rescatarla de las garras del científico a toda costa.

Escrita bajo la inspiración confesa de La isla del Dr. Moreau, El doctor Lerne supera a la novela de Wells en humor negro y erotismo, llevando al lector hasta un final tan sorprendente como delirante.

ANTICIPO:
Volví a toda prisa a Grey. La fiesta estaba en pleno apogeo y la gente alborotada me importunaba con burlas y bromas. Eran las cinco de la tarde según el reloj de la estación. Aproveché la espera para hacer un poco de puesta en escena. Mi tío caería en su propia trampa al haberme exigido que reparara una pieza de la que poseía un recambio en el maletero. Me puse un traje azul de mecánico, me ensucié las manos y el rostro, saqué la caja de herramientas y la desordené, di algunos martillazos sobre el nuevo carburador para mancharlo de grasa. Pasé la lima, frotando aquí y allá para dar a las piezas recién estrenadas un aspecto rudo y mal engrasado.

Llegó el tren.

Cuando Lerne me tocó la espalda, yo fingía atornillar con fuerza una tuerca que estaba perfectamente enroscada.

–¡Nicolás!

Me giré hacia mi tío con cara de carbonero intentando ser lo más arisco posible.

–Estoy acabando –mascullé–. ¡Menuda gracia! ¡Hacer trabajar a todo el mundo para nada!

–Pero ¿funciona?

–Sí; lo acabo de comprobar. El motor está todavía caliente.

–¿Quieres colocar en el carburador las piezas que me llevé?

–Guárdelas como recuerdo de hoy, tío. ¡Vayámonos en coche! Estoy harto de este lugar.

Frédéric Lerne se mostró contrariado.

–Sin rencor, ¿verdad, Nicolás?

–Sin rencor, tío.

–Ya sabes que tengo mis razones.

–No se preocupe. Si me conociera un poco más, no estaría tan pendiente. Pero su conducta de hoy concuerda con lo que hemos decidido. No me puedo quejar.

Hizo un gesto evasivo y dijo:

–Que no estés resentido conmigo es lo esencial. Al fin y al cabo, comprendes las cosas.

Evidentemente, Lerne temía haberme ofendido y también tenía miedo de que yo me fugara del castillo y de que divulgara los secretos de Fonval, aunque yo, en realidad, no supiera claramente cuáles eran. Ciertamente, la presencia en su casa de un extraño libre de marcharse era para mi tío motivo de constantes alarmas. Si yo hubiera estado en su lugar y hubiese tenido la obligación de recibir a un familiar cercano, habría escogido la vía rápida: hacerle mi cómplice para asegurarme su silencio.

«Después de todo –pensé–, ¿no habría pensado también mi tío en aquella opción de cómplice?»

Se suponía que Lerne pretendía desvelarme todo el proyecto, pero yo no sabía cuándo ni si realmente lo pensaba hacer. Mientras tanto, me tenía vigilado como si fuese un detective.

¿Por qué no dar yo el primer paso para alcanzar esa complicidad? Sin duda, se apresuraría a compartir alegremente conmigo sus sagrados conocimientos, con una confesión nos vincularíamos maestro y discípulo en el mismo complot.

No vi ninguna razón por la que Lerne pudiera malinterpretar aquel intento de complicidad. De todas formas, me lo contara o no, yo sólo tenía dos opciones posibles en esa situación: marcharme con la posibilidad de delatar lo que ocurría en Fonval o permanecer en el castillo.

Por Emma y por la curiosidad de desentrañar el misterio del lugar, decidí quedarme.

Entonces, sólo me quedaba simular una comedia que tendría, además, la ventaja de ahondar en más misterios. ¿Quién mejor que Lerne para instruirme, ya que Emma no sabía nada? Era consciente de que si investigaba por mi cuenta, la resolución de cada enigma me llevaría a otro nuevo sin resolver.

Ciertamente, una sutil diplomacia podía conducir a mi tío a relatarme las fechorías, y en el fondo lo estaba deseando. Pero ¿cómo lograr aquel propósito?

Era necesario insinuar a Lerne que sus secretos no me asustaban, por muy criminales que fueran.

Tenía que aparentar ser un hombre decidido que no se escandaliza por los crímenes y que sabe guardar silencio porque él mismo, dada la situación, también podría cometer esos crímenes. La idea me pareció acertada. Pero… ¿de dónde sacar un delito que Lerne fuera capaz de perpetrar y del que yo pudiera decir que es natural, normal y que lo cometería en cuanto pudiese? Debía confesar a Lerne que estaba al corriente de un acto reprensible y convencerle de que aprobaba no solamente aquella fechoría, sino todas las de aquel tipo, que estaba dispuesto a ayudarle. Entonces, de cara a esa actitud, mi tío se desahogaría y yo me enteraría de todo.

Sin embargo, por prudencia hablaría con mi tío un día en que estuviera de buen humor y previamente tendría que averiguar lo que escondía el viejo zapato.

Así estaba yo especulando mientras conducía en dirección a Fonval con Lerne en el coche. El cansancio me empobrecía las ideas; pensaba tenerlas sosegadas y claras, pero me sentía muy agotado.

Los supuestos crímenes de Lerne me preocupaban mucho, los imaginaba numerosos y horribles. Olvidaba que sus trabajos, protegidos y realizados con discreción, podían realmente tener un fin industrial. Movido por la curiosidad y cansado después de haberme saciado de amor y tal vez por ello, pensé que mi estrategia era buena. No me daba cuenta del impacto que podía causar la falsa confesión que había tramado, ya que no me beneficiaba para nada. Un poco más de reflexión me hubiera advertido del peligro. Además, mi tío, satisfecho por mi reacción y por verme «comprender las cosas», mostraba una jovialidad inusual. No habría una mejor ocasión para hablar.

Y la aproveché, imprudentemente.

Como siempre, entusiasta con el automóvil, mi tío me hizo ejecutar varias maniobras por el laberinto, y yo, mientras tomaba las curvas, intentaba organizar mi mente.

–¡Increíble, Nicolás! No me canso de repetirlo: este automóvil es un prodigio. ¡Una bestia! Una verdadera bestia organizada, puede que la menos imperfecta. ¡Y quién sabe hasta dónde la llevará el progreso! Una chispa de vida ahí dentro, un poco más de espontaneidad, una brizna de cerebro… ¡y tendríamos la criatura más bella de la tierra! Sí, en algún sentido, sería más hermosa que nosotros, porque recuerda lo que te dije: se puede mejorar la máquina hasta el infinito mientras que con el ser humano es más difícil conseguirlo.

»Todo nuestro cuerpo se renueva casi totalmente, Nicolás. Tu pelo, por ejemplo (¿por qué diablos hablaba siempre del pelo?), tu pelo no es el mismo que el año pasado. Vuelve a crecer, pero más débil, más viejo, más escaso. Sin embargo, las piezas de un automóvil pueden cambiarse a voluntad, la máquina rejuvenece cada vez con un nuevo corazón o unos huesos nuevos colocados con más ingenio y resistencia que las piezas primitivas.

»De esa manera, dentro de mil años cualquier coche podrá seguir siendo un automóvil nuevo, tan nuevo como el de hoy, si se cambian las piezas que lo componen una por una cuando sea necesario.

»Y no me respondas que no será el mismo coche porque todas las piezas habrán sido cambiadas. No acepto esa objeción, Nicolás, ¿qué pensaríamos entonces del hombre que durante su vida o su camino hacia la muerte se ve sometido a continuas transformaciones orgánicas?

»Ya que si seguimos ese razonamiento podríamos afirmar que cuando una persona mayor muere no es la misma persona que la que nació. Que la persona que acaba de nacer, cuyo destino es la muerte, no morirá. Al menos no morirá de golpe sino progresivamente, esparcida como un polvo orgánico por los vientos. Será una fase durante la cual otra persona se formará lentamente dentro de su propio cuerpo. Similar a un nacimiento imperceptible pero que crece en cada uno de nosotros, sin que lo sepamos, a medida que el primer cuerpo se deshace. El nuevo cuerpo que suplanta día a día al anterior lo modificará incesantemente con millares de células. Células permanentes que morirán y se regenerarán sin dejar de formar el conjunto de un ensamblaje que hará desaparecer al anterior.

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