El enemigo de Dios

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Tras una época de precariedad y batallas, el bravo guerrero Arturo ha logrado instaurar la paz entre los reinos britanos, y todo parece apuntar a una felicidad perpetua: el trono de Mordred está a salvo, Ginebra lleva en sus entrañas al hijo de Arturo, Lancelot está a punto de casarse. Sin embargo, Arturo, con su arrogancia de soldado, ha desdeñado la influencia de los caprichosos dioses paganos y de su aliado Merlín. Éste trata de reunir los trece objetos sagrados esparcidos por toda Britania para restituir el imperio del caos y expulsar a los sajones; tal vez porque la magia existe, siempre que haya quien crea en ella.

ANTICIPO:

Hoy he pensado en los muertos.
Es el último día del año viejo. Los helechos del cerro se han tornado marrones, los olmos del otro extremo del valle han perdido las hojas y la matanza invernal de ganado ha comenzado.
Esta noche es la vigilia de Samain.
Esta noche, la cortina que separa a los muertos de los vivos tiembla, se deshilacha y finalmente desaparece. Esta noche los muertos cruzan el puente de espadas. Esta noche los muertos llegan desde el otro mundo al nuestro, pero no los vemos. No son más que sombras en la oscuridad, meros susurros del viento en una noche serena, pero aquí están.
El obispo Sansum, el santo varón que gobierna nuestra reducida comunidad de monjes, se burla de tal creencia. Dice que los muertos no tienen cuerpos de sombra ni pueden cruzar el puente de espadas, sino que yacen en sus frías tumbas aguardando el advenimiento triunfal de nuestro Señor Jesucristo. Dice que está bien recordar a los muertos y rezar por su alma inmortal, pero que los cuerpos ya no existen. Se corrompen, los ojos se descomponen, sólo quedan unas cuencas oscuras, los gusanos reducen las entrañas a un líquido infecto y el moho recubre los huesos. El santo insiste en que los muertos no vienen a molestar a los vivos en la noche de Samain, pero esta noche también él se cuidará de dejar una hogaza de pan y un cuenco de agua en el fogón del monasterio. Finge que es un descuido pero, de todos modos, esta noche habrá una hogaza de pan y un cuenco de agua junto al rescoldo de la cocina.
Yo dejaré algo más; una copa de hidromiel y un salmón.
Son presentes modestos, pero es todo lo que tengo y esta noche lo dejaré en las sombras, junto al hogar, antes de retirarme a mi celda, donde daré la bienvenida a los muertos que acudan a esta casa fría y perdida en un cerro pelado.
Nombraré a los muertos. Ceinwyn, Ginebra, Nimue, Merlín, Lancelot, Galahad, Dian, Sagramor; ¡tantos son que llenaría de nombres dos pergaminos! Sus pasos no arrancarán un crujido a la madera ni espantarán a los ratones que habitan en el techo de paja del monasterio, pero hasta el obispo Sansum sabe que los gatos arquearán el lomo y bufarán desde los rincones de la cocina cuando las sombras que no son sombras se acerquen al lar a recoger los presentes que las disuadan de hacer el mal.
Así pues, hoy he pensado en los muertos.
Ya soy viejo, quizá tan viejo como llegó a ser Merlín, aunque ni de lejos tan sabio. Creo que el obispo Sansum y yo somos los únicos hombres que quedamos de aquellos días de gloria, y sólo yo los recuerdo con nostalgia. Quizá todavía vivan otros, en Irlanda o en los yermos que hay al norte de Lothian, pero nada sé de ellos; lo que sí sé es que si algún otro vive, esta noche se encogerá como yo ante la oscuridad invasora, igual que los espectros de esta noche intimidan a los gatos. Todo lo que un día amamos ha sido destruido; todo lo que construimos ha sido derruido y todo lo que sembramos lo han cosechado los sajones.
Los britanos nos refugiamos en las tierras altas del oeste y hablamos de venganza, pero no existe espada capaz de desafiar a las tinieblas. Son muchos los momentos en que todo cuanto deseo es reunirme con los muertos. El obispo Sansum aplaude este deseo y dice que es loable mi anhelo de estar en el Cielo a la derecha del Señor, pero yo no creo que alcance el paraíso de los justos. He pecado mucho y temo merecer el infierno, pero aún espero, en contra de mi fe, que mi destino sea el otro mundo.
Allí, bajo los manzanos de Annwn, la fortaleza de las cuatro torres, me aguarda una mesa rebosante de viandas a la que se sientan todos mis viejos amigos. Merlín engatusará a todos con sentencias, protestas y burlas, Galahad reventará de ganas de interrumpirle y Culhwch, aburrido de tanta cháchara, se hará con un gran pedazo de carne creyendo que nadie lo ha visto.
También Ceinwyn estará allí, mi amada y adorable Ceinwyn, poniendo paz en el tumulto provocado por Nimue.
Mas aún debo soportar la maldición de seguir respirando.
Vivo mientras mis amigos celebran un festín permanente, y en tanto, escribo la historia de Arturo. La escribo por mandato de la reina Igraine, la joven esposa del rey Brochvael de Powys, protector de nuestro humilde monasterio. Igraine deseaba conocer cuanto yo recordara de Arturo y así fue como emprendí la escritura de este relato que el obispo Sansum desaprueba. Dice que Arturo era el enemigo de Dios, un engendro del diablo, y por eso las escribo en sajón, mi lengua materna, que el santo no comprende. Igraine y yo le hemos dicho que estoy copiando el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo en la lengua del enemigo, y a lo mejor nos cree, pero también puede ser que espere la oportunidad de probar el engaño para castigarme después.
No pasa un día sin que escriba. Igraine visita el monasterio con frecuencia para rogar a Dios que bendiga su vientre con un hijo y, una vez hechas sus plegarias, recoge los pergaminos escritos y los manda traducir al britano al escribano del tribunal de justicia de Brochvael. Tengo para mí que cambia la historia para adecuarla más al Arturo de sus deseos, sin respetar el que realmente fue, pero ¿qué importa, si nadie ha de leer esta historia?
Soy como aquel que levanta un muro de barro y zarzo para protegerse de una inundación inminente. La oscuridad será completa cuando nadie lea. Sólo quedarán sajones.

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Interplanetaria

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