El enigma de la celda 13

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El personaje, científico y experto en lógica, que protagoniza esta antología gozó de una gran popularidad, casi inusual. El enigma de la celda 13, incluido en la presente antología, ha sido elegido repetidas veces entre los 100 mejores relatos de misterio de todos los tiempos.

Escritor meticuloso y pulcro, aunque distaba del estilo de sus vecinos neoyorquinos (Edith Wharton y O. Henry), jamás dejaba un hilo suelto en sus historias.

Le acompañan los siguientes relatos: La Máquina Pensante, Mi primera experiencia con el gran sabio, El caso del «Camerino A», del que les ofrecemos un extracto, El fantasma llameante, El «Dragón Verde», Misterio en un estudio de pintor, El robo del banco Ralston y La hebra escarlata.

ANTICIPO:
Aquella extraña, y al parecer inexplicable, cadena de circunstancias que estuvieron relacionadas con la misteriosa desaparición de la famosa actriz Irene Wallack, en su camerino de un teatro de Springfield durante una representación, mientras el eco de la tumultuosa ovación todavía resonaba en su oídos, fue uno de los problemas más fascinantes, aunque no puramente científico, que la Máquina Pensante pidió solucionar. La ayuda del científico fue aceptada en aquel singular misterio por el periodista Hutchinson Hatch.

-Hay algo más allá de lo ordinario en este caso -le explicó Hatch al científico-. Ha desaparecido una mujer, se ha evaporado en el aire al alcance del oído, casi al alcance de la vista de sus amigos. La policía no ha logrado nada. Es, pues, un problema para una mente más aguda que la de ellos.

El profesor Van Dusen le indicó un asiento al periodista y él tomó asiento en un sillón muy mullido, en el que su diminuta figura parecía aún más aniñada de lo que realmente era.

-Cuénteme la historia -solicitó con su acostumbrada petulancia-. Por entero.

La enorme cabeza de pelo amarillento descansó contra el respaldo del sillón, los ojos azules bizqueando con la mirada hacia el techo, los delgados dedos juntos con las yemas muy apretadas entre sí. La Máquina Pensante se hallaba en humor receptivo.

-La señorita Wallack tiene treinta años y es muy hermosa -empezó el periodista-. Como actriz ha conquistado no solamente a este país sino también a Inglaterra. usted con toda seguridad habrá leído algo sobre ella en la prensa diaria y…

-Jamás leo los periódicos a menos que me vea obligado a ello -le interrumpió secamente su oyente-. Adelante.

-Es soltera y, por lo que se sabe, no tiene, por el momento, iterés en cambiar este estado -resumió Hatch, mirando con curiosidad la enjuta cara del científico-. Supongo que tiene admiradores -todas las actrices hermosas los tienen-, pero su vida es completamente diáfana, y todo en ella es un libro abierto. le cuento esto porque podría orientarle en sus conclusiones hacia una posible razón de su desaparición.

»Bien, vamos a las circunstancias de tal desaparición. La señorita Wallack ha estado interpretando el repertorio shakespeariano. La semana pasada estaba en Springfield. La noche del sábado, que era la última de su contrato allí, apareció en escena como la Rosalinda de Como gustéis. El teatro estaba atestado. Interpretó los dos primeros actos en medio de un gran entusiasmo, a pesar de que estaba sufriendo un fuerte dolor de cabeza, a los que suele estar sujeta a menudo. Después del segundo acto volvió a su camerino y justo después de levantarse el telón del tercer acto, el traspunte la llamó. la joven contestó que salía de inmediato. No existe ni la menor sombra de una duda de que era su voz.

»Rosalind no apareció en el tercer acto ni cuando el telón llevaba levantado más de seis minutos. Cuando llegó el momento del primer bocadillo (*) de la señorita Wallack, ésta no lo pronunció. El traspunte se precipitó hacia la puerta del camerino y la llamó otra vez. No hubo respuesta. Entonces, temiendo que se hubiese desmayado, entró. La actriz ya no estaba allí. Un apresurado registro no dio ninguna pista, y el traspunte, finalmente, se vio obligado a anunciar que una súbita enfermedad de la estrella iba causar un ligero retraso, y que esperaba que en diez o quince minutos podría reanudar su papel. Bajaron el telón y reemprendieron la búsqueda. Registraron, sondearon cada rincón, cada esquina del escenario, desde las candilejas hasta el fondo. El portero del escenario, William Meegan, no había visto salir a nadie. Él y un policía habían estado charlando ante la puerta del escenario durante unos veinte minutos. Por consiguiente, hay que concluir que la señorita Wallack no salió del teatro por la puerta del escenario. La única salida posible, aparte de dicha puerta, es saltando por encima de las candilejas. Naturalmente, ella no las saltó. pero no se ha hallado el menor rastro de la actriz. ¿Dónde está?».

-¿Las ventanas? -inquirió la Máquina Pensante.

-El escenario está por debajo del nivel de la calle -explicó hatch-. La ventana del «Camerino A» es pequeña y tiene rejas de hierro. Se abre a un conducto de ventilación que mide unos diez pies, cubierto por un enrejado. Las otras ventanas del escenario no sólo son inaccesibles sino que también tienen barrotes de hierro. La señorita Wallack no pudo haberse acercado a ninguna de esas ventanas sin ser vista por otros miembros de la compañía o por algún tramoyista.

-¿Debajo del escenario? -sugirió el científico.

-Nada -respondió el periodista-. Es un amplio sótano bien cimentado, que era un antiguo solar. Fue registrado porque existía, claro está, la posibilidad de que la actriz hubiera perdido temporalmente el equlibrio, cayendo allí. Incluso registraron los telares, o sea, las galerías de la parte alta del escenario donde trabajan los responsables del telón y los decorados.

Durante largo tiempo reinó un profundo silencio. La Máquina Pensante separó los dedos y siguió la vista al techo. No había mirado al periodista ni una sola vez. Tras una larga pausa rompió el silencio.

-¿Cómo iba vestida la señorita Wallack en el momento de su desparición? -quiso saber.

-Con calzas y jubón… bueno, con mallas -respondió el periodista-. Lleva prácticamente este atuendo a partir del segundo acto hasta el final de la obra.

-¿Toda su ropa de calle estaba en el camerino?

Sí, todo estaba esparcido sobre un baúl sin abrir donde guarda sus trajes de escena. todo estaba como sihubiera salido muy deprisa para contestar al bocadillo de otro personaje; todo estaba en orden, incluso una cajita de bombones sobre la mesa de maquillaje…

-¿Sin señales de lucha?

-Ninguna.

-¿Rastros de sangre?

-Ninguno.

-¿Su doncella? ¿Tenía una?

-Oh, sí. No me había acordado de hablarle de ella, Gertrude Manning, que se marchó a casa inmediamente después del primer acto. Se sintió repentinamente enferma y se excusó.

La Máquina Pensante volvió sus bizqueantes ojos hacia el periodista por primera vez en la entrevista.

-¿Enferma? -repitió-. ¿Qué enfermedad?

-Lo ignoro -confesó Hatch.

-¿Dónde está ahora?

-No lo sé. Todos la hemos olvidado con el revuelo armado con la desaparición de la señorita Wallaci.

-¿Qué clase de bombones había en la caja?

-Temo que esto tampoco lo sé.

-¿Dónde la compraron?

El periodista se encogió de hombros ante su propia ignorancia. La Máquina Pensante formulaba sus preguntas agresivamente, mirando fijamente a Hatch, el cual parpadeaba con evidente nerviosismo.

-¿Dónde está ahora la bombonera? -preguntó el científico.

Hatch volvió a encogerse de hombros.

-¿cuánto pesa la señorita Wallack?

El periodista pudo contestar a tan rara pregunta. había visto a la actriz una media docena de veces.

-Entre sesenta y setenta y cinco kilos -fue su contestación tras un breve cálculo mental.

(*) En el argot teatral se llama «bocadillo» a cada una de las intervenciones habladas de los intérpretes.

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