El enigma Stonehenge

ElEnigmaStonehengeSamChrister

Reino Unido, época actual. Ocho días antes del solsticio de verano, es hallado el cadáver de un hombre en los alrededores del monumento de Stonehenge. En la piel tiene las marcas de unos extraños símbolos. Unas horas más tarde, un famoso cazador de recompensas se suicida en su propia casa, dejando una críptica carta a su hijo, el arqueólogo Gideon Chase. Tras el revuelo mediático, una policía y Chase se verán inmersos en una trama de sociedades secretas y una antiquísima logia, devota, durante siglos, de Stonehenge. Alentada por un nuevo y carismático líder, la logia ha vuelto a los rituales con sacrificios humanos en un intento desesperado por descubrir el secreto de las piedras del monumento megalítico…
Lleno de códigos, símbolos, suspense y detalles fascinantes sobre la historia de uno de los monumentos más misteriosos del mundo, El enigma Stonehenge es un trepidante thriller llamado a rivalizar con El código Da Vinci.

ANTICIPO:

10

Gideon no es ningún héroe.
La primera y única vez que se peleó fue en el colegio, y ni si­quiera se trató de una pelea propiamente dicha. Recibió varios puñetazos en la cara del matón de aquel año, y acabó con sangre en la nariz y sin dinero para comprarse caramelos.
Ha crecido bastante desde entonces. Y se ha ensanchado. Lo de la estatura se debe a la genética, y lo del ensanchamiento, a sus años de remero en Cambridge. Pero desde aquel día fatídico ha desarrollado un agudo instinto para detectar el peligro, y una convicción íntima de que una mente despierta resulta casi siem­pre de mayor utilidad que las manos rápidas del gamberro de turno.
Lo primero que hace al ver que alguien ha entrado en casa de su padre es llamar al 999. Lo segundo, moverse muy sigilosa­mente por el lugar para asegurarse de que no se ha equivocado de la manera más tonta.
La puerta del estudio se abre de par en par y la luz del vestí­bulo le permite ver la llave grande metida en la cerradura. Cuan­do ve a esa persona prender fuego a las cortinas, toma la decisión de cerrar la puerta hasta que llegue la policía.
Pero ahora está reconsiderando su decisión. Ha encerrado a alguien en una habitación en llamas, y si no le permite salir, mo­rirá. ¿Y qué? Una parte de él llega a formularse esa pregunta. ¿Y qué si muere? ¿El mundo echará de menos a alguien tan mezqui­no como para colarse en casa de un muerto y robarle, antes in­cluso de que le hayan dado sepultura?
Gideon sigue pensando en lo que debe hacer mientras abre la puerta.
La corriente de aire aviva el crepitar de las llamaradas. Da un paso atrás y se cubre el rostro caliente con los brazos. A través de un muro anaranjado, un bulto negro se abalanza sobre él y lo empuja contra un tabique. Su cuerpo vibra con el impacto. Un puño le golpea el pómulo izquierdo. Una rodilla se le clava en la entrepierna. Él se dobla de dolor y, al hacerlo, una bota le alcan­za de lleno la cara.
Tendido en el suelo, con la respiración entrecortada y los la­bios ensangrentados, lo último que Gideon ve antes de que lo engulla la oscuridad es la gigantesca oleada de llamas y humo que avanza hacia él

11

Musca atraviesa corriendo los grandes prados que se extien­den tras la mansión campestre, el corazón a punto de salírse- le del pecho. Por encima del crepitar de las llamas le llega el aulli­do de la sirena (sólo un coche patrulla, a juzgar por la intensidad del sonido). Es más de medianoche, y sabe que la policía no acudi­rá en masa. En el mejor de los casos, habrán enviado un único vehículo, ocupado por un par de agentes.
Aun así, se alegra de haber aparcado en una calle que queda mucho más allá de la finca. El campo no presenta obstáculos, y no tardará en quedar fuera del resplandor de las luces. El proble­ma, más bien, lo plantea la oscuridad, casi total, que le impide dar con el punto exacto de la pared por el que ha saltado para co­larse, y que le conduciría directamente hasta su coche.
Tropieza con las ramas de un rosal y casi se cae sobre un montículo de topo tan grande que su dueño podría presentarse, seguramente, como candidato a gobernador de California. Fi­nalmente, encuentra el punto de referencia del que había tomado nota mental: un invernadero cuya mitad inferior es de ladrillo y la superior de madera y cristales dobles. Una vez que llega a él, cuenta trece pasos a lo largo del muro y encuentra el punto des­de el que debe trepar.
Pero hay un problema. Al entrar en la finca, se ha subido a un arbusto plantado al otro lado. Soltarse tres metros no le ha resultado difícil. Él mide poco más de un metro ochenta, por lo que ha podido soltar la bolsa que llevaba, colgarse de las puntas de los dedos y dejarse caer.
Pero ahora no consigue subir.
Por más que salta, por más que toma impulso y salta, no se acerca a lo alto del muro. Musca deja en el suelo la bolsa y, deses­peradamente, busca algo con que trepar. Algún bidón de abono, una pala o un rastrillo de jardín o, si la suerte le sonríe, una esca­lera de mano.
Pero no ve nada.
Escruta los prados oscuros. Las llamas se extienden por un lateral de la casa. Los policías van a tener mucho trabajo. Se tran­quiliza. Dispone de tiempo para concluir su misión sin cometer errores.
El invernadero.
Empuja la puerta y tira de ella. Está cerrada con llave. A tra­vés de la ventana distingue estantes de madera cubiertos de plan­tas. Con uno de ellos le bastaría. Regresa junto a su bolsa, y en­tonces se da cuenta de que se ha dejado la palanca de hierro en el estudio del viejo. No importa. Tendrá que recurrir a la fuerza bruta.
Musca toma impulso y golpea un cristal con el talón. La puerta se abre, y él se cuela dentro.
No se equivocaba. Los tableros de madera van a irle como anillo al dedo.
Suspendida en la negrura surge lo que parece ser una bola de luz. Una linterna. Un policía inspecciona el terreno con ella, y avanza deprisa hacia él.
Musca ya ha tenido que matar en alguna ocasión, y está dis­puesto a hacerlo de nuevo si se ve obligado a ello. Se desliza a la izquierda para evitar la luz, y arroja una piedra grande al lateral del invernadero.
«¡Alto, policía!»
Sonríe al comprobar que la luz avanza deprisa hacia el lugar del que procede el ruido. Un segundo después se coloca detrás del haz de luz, y el agente queda inconsciente en el suelo.
Musca regresa a los tableros llenos de plantas, agarra uno y lo apoya contra el muro del jardín.
No han transcurrido ni veinticinco segundos cuando alcanza el exterior.

12

Meg escucha a su hija de cuatro años, que respira con dificul­tad. Cada media hora se levanta y le toca la frente: Sammy está ardiendo. Es la octava vez esa noche que empapa una toalla pe­queña en agua fría y le cubre la frente con ella.
Suena su teléfono móvil. Medio dormida, se sobresalta, y responde al momento, antes de que despierte a Sammy.
—La inspectora Baker al aparato.
—Inspectora, soy Jack Bentley, de la sala de control.
—Espera un momento —susurra, mientras se baja de la ca­ma—. Dame un minuto. —Sale a la escalera—. Ya está. Dime.
—Acabamos de recibir aviso de un incidente en Tollard Ro- yal, y el agente de servicio me ha pedido que la llame.
—Me queda un poco lejos, Jack.
Se fija en el otro extremo del pasillo y descubre a su madre junto a la puerta de su dormitorio, que la observa con mirada asesina.
—Ya lo sé, pero se ha declarado un incendio en una de las mansiones. Y, según consta en la denuncia, se ha producido, ade­más, un allanamiento de morada. El asaltante ha atacado al agen­te antes de huir del lugar del crimen.
—IY por qué tienen que llamarme a mí?
—Han trasladado a un civil al hospital. Y al parecer llevaba su tarjeta de visita en el bolsillo.
Ella se da la vuelta para no seguir enfrentándose a la mirada acusadora de su madre.
—¿Le consta algún nombre? ¿Qué aspecto tenía?
—No cuento con ninguna descripción física, pero se ha en­contrado un coche aparcado en el exterior, un Audi 4 de un mo­delo antiguo. Está registrado a nombre de un tal Gideon Chase, en Cambridge.
Ella cree que conoce la respuesta, pero de todos modos for­mula la pregunta:
—¿Quién es el propietario de la casa?
Oye que Bentley teclea algo en su ordenador.
—La finca aparece a nombre de un tal Nathaniel Chase. En el censo figura como único ocupante de la vivienda.
—Y lo era. Creo que la persona a la que han llevado al hospi­tal es su hijo. Me he reunido con él hace unas horas. Ha venido hasta aquí porque tuve que llamarlo para informarle de la muer­te de su padre.
—Pobre tipo. Ésta no es su noche, ¿no? —Finalmente, Bent­ley entiende de quién se trata—. ¿No es el profesor que se ha pe­gado un tiro?
—El mismo.
—Bien, el caso es que se han presentado dos agentes, Robin Featherby y Alan Jones. A Jones lo están tratando por heridas en el cuello, y Featherby ha sido el que me ha pedido que la lla­mara y se lo comunicara. Me ha rogado que me disculpara en su nombre por llamarla a estas horas, pero dice que prefiere infor­marle ahora que recibir una bronca mañana.
—Parece un tipo listo. Gracias, Jack. Y buenas noches.
Cuelga el teléfono en el momento en que su madre se cuela en la habitación para ver cómo está Sammy. Van a discutir. Lo sabe. Y, como no quiere, baja a la cocina a prepararse un té.
Mientras el agua hierve, recuerda el breve encuentro que ha mantenido con Gideon, la perturbadora carta de su padre. Le parece imposible que el incidente de Tollard Royal sea sólo un intento fallido de robo a domicilio.
Totalmente imposible

13

Martes, 15 de junio Saiisbury

Cuando Gideon abre los ojos ya es de día, y al principio cree que se encuentra otra vez en casa, en su cama. Pero un parpadeo le basta para darse cuenta de su error. No es su casa, sino un hospital. Hubo un incendio y un allanamiento de morada en la mansión de su padre muerto, y los médicos del centro hospitalario del distrito insistieron en que se quedara a pasar la noche «en observación».
Intenta incorporarse en la cama, sentarse al menos, cuando aparece la figura maternal de la hermana Suzie Willoughby, en­cargada de planta.
—Así que ya se ha despertado. ¿Cómo se encuentra?
Él se lleva la mano a la cabeza, que en señal de protesta ha empezado a dolerle.
—Magullado.
Ella recoge el historial médico que cuelga a los pies de la cama, lo consulta e inspecciona al paciente con más detenimiento.
—Tiene usted un chichón en la cabeza, un labio partido y un corte muy feo en el pómulo izquierdo, pero según las radiogra­fías no se ha roto nada.
—O sea, que encima tengo que estar agradecido.
—Más o menos. —Le examina el corte de la cara—. Está me­nos inflamado que al principio, pero tal vez debamos darle un par de puntos.
—No hace falta. Soy de los que se curan rápido.
Ella se da cuenta de que en realidad tiene miedo.
—No duelen. Éstos no son como los de antes. ¿Le han pues­to la vacuna del tétanos recientemente?
—No desde que era niño.
—En ese caso, se la pondremos, y le haremos un análisis de sangre para detectar cualquier posible infección. Más vale preve­nir que curar. ¿Qué tal la garganta?
Se siente como si hubiera regresado al internado y la monja de turno intentara descubrir si lo que quería era saltarse clases.
—Me escuece un poco, pero estoy bien. De hecho, creo que ya puedo irme a casa, si no hay inconveniente.
Ella le dedica una mirada que significa que sí, que sí hay in­conveniente.
—El médico pasará por aquí dentro de unos veinte minutos. Él lo someterá a una última revisión, y si todo está bien le dare­mos el alta. —Le acomoda las ligeras mantas—. Le traeré algo para el dolor de cabeza, y agua para la garganta. Lo mejor es que beba mucha agua, para limpiar el organismo. El incendio en el que se vio atrapado generó gran cantidad de humo, y una parte entró en los pulmones. Es probable que tenga las vías respirato­rias irritadas durante unos días.
El asiente, agradecido.
—Gracias.
Cuando la religiosa se ausenta, él piensa en lo que acaba de decirle
«El incendio.» Ahora lo recuerda todo. El intruso en la casa de su padre, las cortinas en llamas, la pelea en el pasillo.
La enfermera regresa con un vaso de plástico y un par de tu­bos de pastillas.
—¿Es usted alérgico al paracetamol o al ibuprofeno?
—No.
La monja extrae de un envase dos pastillas de paracetamol.
—Tómeselas, por favor, y si no nota mejora, el doctor le dará algo más fuerte.
Para poder tragárselas tiene que beberse toda el agua. Vicky, su ex mujer, era capaz de tomar pastillas de todo tipo sin acom­pañarlas siquiera de un sorbo, pero él debe beberse medio Tá- mesis para poder tomar sólo una. Qué curioso que piense en ella precisamente hoy. Hace ya más de un año que rompieron. Su «Reina Victoria» regresó a Edimburgo tras concluir su doctora­do, como siempre había amenazado con hacer, y la separación les llevó a darse cuenta de que era el momento adecuado para que cada uno siguiera su camino. «Qué lástima», piensa Gideon.
Hay momentos en los que todavía la echa de menos. Momentos como ése.
La hermana Willoughby vacila.
—¿Cree que está en condiciones de recibir visitas? —le pre­gunta, casi disculpándose.
Gideon no sabe qué responder.
—¿Visitas de qué tipo?
—De la policía. Hay una inspectora que acaba de presentar­se en recepción. —Un destello de malicia brilla en los ojos de la religiosa—. No tiene por qué recibirla si no se siente con fuer­zas. Puedo pedir que le digan que regrese en otro momento.
—No hace falta. La recibiré, gracias.
Megan Baker no es, definitivamente, la clase de compañía fe­menina que deseaba en ese momento.

14

El Primer Círculo se reúne en una de las cámaras exteriores del Santuario. Un anillo de cirios, de cera pura de abeja, proyec­ta un resplandor espectral sobre los presentes, congregados por el Custodio con carácter de urgencia.
Musca se sitúa en el centro, de pie, y su fracaso le pesa como una piedra que llevara colgada al cuello.
—Has fallado. —La voz de Draco retumba en las paredes ca­vernosas—. Has fallado a tus hermanos, has fallado a tu Oficio, y has puesto en peligro todo aquello por lo que luchamos.
Musca se cuida mucho de no protestar.
La voz de Draco, poco a poco, adopta un tono de mayor crueldad.
—En honor a tus hermanos, resume la lista de «regalitos» que has dejado a la policía.
Musca los recita en tono monocorde.
—Una bolsa con herramientas. Contenía una palanca, un destornillador, un martillo, cinta aislante, tenazas…
Draco lo interrumpe.
—Y suficiente ADN como para que te condenen por allana­miento de morada, incendio intencionado y, tal vez, asesinato en grado de tentativa.
—No pueden atribuírmelo a mí.
—Todavía.
—No tengo antecedentes. No estoy fichado —protesta Mus­ca—. Ni mis huellas dactilares ni mi material genético constan en ningún archivo.
Draco lo abofetea.
—No añadas descaro a tu incompetencia. Concédeme el res­peto que merezco en tanto que Custodio del Primer Círculo.
Musca se lleva la mano a la mejilla caliente.
—Pido disculpas.
Draco desplaza la mirada por la sala en penumbra.
—Grus, ¿es posible hacer desaparecer esas pruebas?
—¿Hacer que se pierdan?
Draco asiente.
—Todavía no. Queda el «pequeño asunto sin importancia» del agente al que agredió. Pero más adelante sí. Estoy bastante seguro de que podrá hacerse.
—Bien. —Se vuelve hacia Musca—. ¿Alguien te vio el rostro?
—El policía no. Estaba demasiado oscuro. Pero el hijo… es­toy seguro de que me vio.
Draco lanza una pregunta a los presentes:
—¿Sabemos cómo es? ¿Dónde está?
El más bajo de todos, un hermano pelirrojo conocido como Fornax, es quien responde.
—Se encuentra en un hospital de Salisbury, en observación. No presenta heridas graves. Mañana le darán el alta, o tal vez hoy mismo, más tarde.
Grus interviene a continuación, con voz madura, sosegada:
—Los Observantes le seguirán el rastro cuando salga.
—Bien. —Draco hace otra pregunta a Musca—: En resumen, ¿no encontraste nada en la casa que pudiera dar a conocer al mundo nuestra existencia?
—Nada. Busqué en todas las habitaciones. Arriba y abajo. Había centenares, tal vez miles, de libros. Pero nada de docu­mentos, de cartas, de registros de alguna clase en los que se hicie­ra referencia a los Sacros de nuestro Oficio.
Grus vuelve a intervenir.
—Tal vez se mantuviera leal hasta el fin.
Draco no opina lo mismo.
—Sabemos que sentías un gran afecto por nuestro hermano desaparecido, aunque él no lo mereciera. Su suicidio no sólo es inoportuno: resulta egoísta, y es potencialmente desastroso. El sabía bien qué planeábamos, y lo que se esperaba de él.
El Custodio centra ahora su atención en Musca.
—¿Estás seguro de que no había nada en aquella casa que hi­ciera referencia a nosotros y a nuestro Oficio?
—Si lo había, ya no lo hay. Estoy seguro de que el incendio ha destruido todo el estudio.
La ira y la angustia de Draco remiten. Tal vez el error de la bolsa olvidada sea el precio que deban pagar por un fuego puri- ficador que salvaguarda el secreto del Oficio. Pero sigue exis­tiendo un problema, un problema mayor. Nathaniel Chase de­bía desempeñar un papel vital para el destino de su Hermandad. Ocupaba una posición clave en la segunda fase de la ceremonia.
Ahora que se ha ido, su puesto debe ocuparlo otro.
Y deprisa.

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1 Opinión

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  • Interplanetaria
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