El equilibrio de la balanza

EquilibrioDeLaBalanzaAnnePerry

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Sir Oliver Rathbone es un serio abogado de la época victoriana, que nunca se mezcla en asuntos turbios. Por ello, todo el mundo se extraña cuando acepta defender a la condesa Zorah Rostova, acusada de difamación por haber insinuado que la princesa Gisela ha matado a su esposo, el príncipe Friedrich. El detective William Monk es el encargado de investigar el caso. Tras determinar que sí hubo asesinato, debe descubrir el motivo e identificar al culpable. El equilibrio de la balanza es una nueva incursión de Anne Perry en las luces y las sombras de la Inglaterra victoriana. Sir Oliver encarga la investigación al detective Monk, que contará con la ayuda de Hester, una enfermera bastante perspicaz.

ANTICIPO:

Monk recibió la carta de Oliver Rathbone con interés. Llegó con el correo de la mañana, justo cuando acababa de desayunar. La leyó aún de pie, junto a la mesa.
Los casos de Rathbone eran siempre serios, a menudo estaban relacionados con crímenes violen­tos, emociones intensas, y ponían a prueba las habi­lidades de Monk al máximo. A él le gustaba descu­brir los límites extremos de su destreza, su imaginación y su resistencia mental y física. Necesitaba apren­der acerca de sí mismo mucho más que la mayoría de los hombres, porque un accidente de carruaje, hacía tres años, le había arrancado todo rastro de memo­ria. A excepción de algunos pocos destellos, los restos de luz y sombra que de vez en cuando bai­laban en su mente, esquivos e inesperados, no tenía nada. A veces esos recuerdos eran agradables, como los de su madre, que venían de la infancia, su her­mana, Beth, y la agreste costa de Northumberland con sus arenas desiertas y su horizonte infinito. Oía el grito de las gaviotas, casi podía ver la made­ra pintada de las barcas de pescadores galopando sobre el agua verdigris, y olía el viento salado sobre el brezo.
Otros recuerdos eran menos gratos: las peleas con Runcorn, su superior cuando trabajó en la policía. Tenía repentinos momentos en los que comprendía que el resentimiento de su jefe estaba provocado, en gran medida, por su propia arrogancia. Se había mos­trado impaciente con la inteligencia algo más lenta de su superior. Se había burlado de su ambición social, y se había aprovechado del conocimiento de esa vulnerabilidad que Runcorn nunca había logra­do esconder. De haber estado invertidos los pape­les, Monk habría odiado a Runcorn tanto como Runcorn lo odiaba a él. Ésa era la parte dolorosa: no le gustaban muchas de las cosas que descubría sobre sí mismo. Claro que también había tenido buenos momentos. Nadie había negado nunca que tuviera valor e inteligencia, ni que fuera sincero. A veces decía la verdad tal como la veía, aun cuando habría sido más bondadoso, y desde luego más pru­dente, haber permanecido en silencio.
Había descubierto poca cosa de sus otras rela­ciones, sobre todo con las mujeres. Ninguna había sido muy afortunada. Al parecer se enamoraba de mujeres de tierna belleza cuyo encanto y finos moda­les complementaban su fuerza aunque, finalmente, su falta de coraje y pasión por la vida lo dejaban más solo aún que antes y, por lo tanto, desilusionado. Quizá depositaba sus esperanzas en las personas equivocadas. Lo cierto era que conocía sus relacio­nes pasadas sólo a través de las frías pruebas que habían dejado los hechos, que no eran muchos, y de las emociones de los recuerdos provocados por las mujeres en cuestión. No muchas eran amables con él, y ninguna le explicaba nada.
Con Hester Latterly fue diferente. La había conocido después del accidente. Conocía cada deta­lle de su amistad, si es que ésa era la palabra ade­cuada. En ocasiones se trataba casi de enemistad. Al principio la había odiado. Incluso ahora, a menudo lo enervaban su dogmatismo obstinación. No había en ella nada romántico, nada femenino ni atrayen­te. No hacía concesiones a la delicadeza ni al arte de gustar a los demás.
Pero no, eso no era del todo cierto. Cuando se trataba de auténtico dolor, miedo, pena o culpabi­lidad, entonces no había nadie en el mundo más fuerte que Hester, nadie más valeroso ni más pacien­te. Hasta el demonio se habría visto obligado a reco­nocerlo: no había nadie tan valiente, ni tan dispuesto a perdonar. Monk valoraba esas cualidades más de lo que podía calibrar. Aunque también le enfurecían. Le atraían mucho más las mujeres divertidas, poco exigentes, encantadoras; las que sabían cuándo hablar, cómo adular y reír, cómo divertirse; las que sabían ser vulnerables en esos pequeños detalles tan fáciles de satisfacer y que, sin embargo, no renun­ciaban a las grandes cosas, los sacrificios que costa­ban demasiado, aquellos que la naturaleza y los sue­ños de Monk exigían.
Estaba de pie en su despacho, que Hester había arreglado para que resultara más atractivo a los posi­bles clientes que solicitasen sus servicios, ahora que había dejado la policía. La investigación, por lo que sabía, era su único arte. Leyó la carta de Rathbone, que era bastante parca en detalles.
Querido Monk:
Tengo un nuevo caso para el que necesitaría realizar algunas investigaciones que tal vez resul­ten difíciles y delicadas. El caso, cuando llegue a juicio, será complicado de defender y aún más de demostrar. Si estás dispuesto a aceptarlo y dispones de tiempo, preséntate en mi despacho en cuanto te sea posible, por favor. Intentaré por todos los medios estar libre.
Un saludo,
Oliver Rathbone
No era propio de Rathbone dar tan poca infor­mación. Parecía intranquilo. El cortés y ligeramen­te condescendiente Rathbone estaba preocupado, y solo eso ya resultaba suficiente motivo para intrigar a Monk. Su relación se ceñía a un reticente respeto mutuo, templado a base de arrebatos de antipatía sur­gidos de la arrogancia, la ambición y la inteligencia que compartían, y de los caracteres, el trasfondo social y las habilidades profesionales que los hacían dife­rentes por completo. A eso se le añadía cada una de las cosas que compartían, los casos que habían defen­dido juntos y en los que habían creído con ardor, los fracasos y los triunfos; así como una honda estima por Hester Latterly, aunque ambos negaran que se tratase de algo más que una sincera amistad.
Monk sonrió y, después de ponerse la chaque­ta, se dirigió a la puerta para tomar un cabriolé que le llevara de Fitzroy Street, donde vivía, a Vere Street, la oficina de Rathbone.

Monk, debidamente contratado por Rathbone, llegó al lugar en el que se alojaba la condesa, cerca de Piccadilly, justo antes de las cuatro de la tarde. Le pareció una hora apropiada para encontrarla en casa. Si no estaba allí, lo más seguro era que regresara a tiempo para cambiarse de ropa para la cena; si es que aún salía a cenar después de haber lanzado en públi­co tan espantosa acusación. Seguro que ya no figu­raba en la lista de invitados de mucha gente.
Le abrió la puerta una doncella que le pareció francesa. Era pequeña, morena y muy guapa, y recordó haber oído que las damas a la moda que podían permitírselo tenían doncellas francesas. Decididamente, aquella chica hablaba con acento.
—Buenas tardes, señor.
—Buenas tardes. —A Monk no le pareció nece­sario intentar ganarse el aprecio de nadie. Era la con­desa quien necesitaba su ayuda, si es que aún se podía hacer algo—. Me llamo William Monk. Sir Oliver Rathbone —recordó el «sir» justo a tiempo para decirlo— me ha pedido que venga a visitar a la con­desa Rostova para ver si puedo serle de utilidad.
La doncella le sonrió. Lo cierto es que era muy guapa.
—Por supuesto. Entre, por favor. —Abrió un poco más la puerta y la sostuvo mientras él entra­ba a un vestíbulo espacioso aunque poco intere­sante. Había un florero lleno de alguna clase de margaritas. Desprendían un agradable aroma esti­val. La doncella cerró la puerta, lo condujo a una sala del fondo y lo hizo esperar mientras avisaba a su señora.
Monk se quedó de pie, mirando a su alrededor. La sala era por completo ajena a sus gustos y a todo lo que había visto antes y, aun así, no se sentía incó­modo. Se preguntó qué le habría parecido a Rathbone. Era obvio que pertenecía a alguien a quien no le importaban en absoluto los convencionalismos. Cruzó la sala para mirar más de cerca la librería revestida de ébano. Contenía libros en varios idio­mas: alemán, francés, ruso e inglés. Había novelas, poesía, relatos de viajes y algo de filosofía. Ojeó algunos de ellos y observó que todos se abrían con bastante facilidad, como si hubiesen sido utilizados con frecuencia. No estaban allí para crear un efec­to, sino porque a alguien le gustaba leerlos.
La condesa no parecía tener prisa. Le decep­cionó. Debía de tratarse de una de esas mujeres que hacen esperar a un hombre sólo para ejercer cierta clase de control sobre la situación.
Se dio la vuelta para contemplar la habitación y se sobresaltó al verla de pie en el umbral, comple­tamente quieta, mirándolo. Rathbone no le había dicho que fuese hermosa, lo cual era una extraordi­naria omisión. Monk no sabía por qué, pero la había imaginado poco agraciada. Tenía el cabello oscuro, recogido en un moño muy suelto. Apenas llegaba a la estatura media y su silueta no era nada especial, pero tenía un rostro extraordinario. Tenía los ojos alargados y un tanto oblicuos, de un verde brillan­te, sobre unos pómulos anchos. Pero lo que la hacía tan arrebatadora no eran tanto sus formas como su risa y su inteligencia, así como la intensa vitalidad de su carácter. Hacía que cualquier otra persona pareciera lenta y apática. Ni siquiera se fijó en qué llevaba puesto; podría haber sido cualquier cosa, a la moda o no.
Lo miraba con curiosidad. Aún no se había movido del umbral.
—Así que usted es el hombre que va a ayudar a sir Oliver. —Estaba a punto de sonreír, como si el investigador la interesara y la divirtiera—. No es como esperaba.
—Lo que, sin duda, debo tomar por un cum­plido —repuso Monk con frialdad.
Esta vez se rió, fue un sonido rico, algo ronco y lleno de placer. Entró y caminó con ligereza hasta una silla que había al otro lado de la habitación.
—Exacto —concedió ella—. Por favor, tome asiento, señor Monk, a no ser que se sienta más cómodo de pie. —Se hundió en la silla con un solo movimiento grácil, la espalda recta, los pies al lado, contemplándolo. Manejaba la falda como si apenas le resultara un estorbo—. ¿Qué desea saber de mí?
Monk lo había pensado a fondo durante el tra­yecto hasta allí. No le interesaban las emociones, ni las opiniones o las convicciones, sino los motivos y las creencias de otras personas. Tal vez habría tiem­po para eso más adelante, como indicaciones de por dónde buscar algo o cómo interpretar la informa­ción ambigua. Por lo que le había contado Rathbone, había esperado encontrar a alguien mucho menos inteligente pero, de todos modos, procedería según su plan original.
Tomó asiento en el sofá de piel y se relajó como si también él estuviera totalmente cómodo.
—Cuénteme lo sucedido a partir del primer inci­dente o la primera ocasión que considere relevante. Sólo quiero lo que vio u oyó. Cualquier cosa que suponga o deduzca puede esperar hasta más tarde. Si dice que sabe algo, espero que sea capaz de demos­trarlo. —La miró con atención para detectar irritación o sorpresa en su rostro, pero no las encontró.
Zorah juntó las manos, como una buena alumna, y comenzó.
—Cenamos todos juntos. Fue una fiesta estu­penda. Gisela estaba de buen humor y nos distrajo con anécdotas de la vida en Venecia, que es donde pasan la mayor parte del tiempo. La corte en el exi­lio suele reunirse allí, hasta tal punto que no está en ningún otro lugar. Klaus von Seidlitz no hacía más que dirigir la conversación hacia temas políticos, pero a todos nos parecía aburrido, así que nadie le escuchaba, y menos aun Gisela. Hizo uno o dos comentarios hirientes acerca de él. Ahora no recuer­do qué dijo, pero sé que a todos nos pareció gra­cioso, menos a Klaus, claro. A nadie le gusta ser objeto de chiste, sobre todo si se trata de uno diver­tido de verdad.
Monk la observaba con interés. Se vio tentado a dejar volar la imaginación y pensar qué tipo de mujer sería cuando no estuviera bajo la presión de unas circunstancias que incluían una muerte, la ira y una demanda judicial que podía acabar con ella.
¿Por qué demonios habría decidido anunciar en público sus sospechas? ¿No era consciente de lo que podía costarle? ¿Tan fanático era su patriotismo? ¿O había amado alguna vez a Friedrich? ¿Qué pasión devoradora se escondía tras sus palabras?
Hablaba ya del día siguiente.
—Era media mañana. —Lo miraba con curiosi­dad, consciente de que la escuchaba sólo a medias—. Íbamos a comer en el campo. El servicio lo traía todo en un carro tirado por un poni. Gisela y Evelyn iban montadas en calesín.
—¿Quién es Evelyn? —interrumpió.
—La esposa de Klaus von Seidlitz —respondió Zorah—. Tampoco monta a caballo.
—¿Gisela no monta?
El rostro de la condesa revelaba diversión.
—No. ¿Sir Oliver no se lo ha dicho? No hay ninguna posibilidad de que el accidente fuese pro­vocado. Ella nunca haría nada tan atrevido, ni arries­gado hasta tal punto. No hay mucha gente que mue­ra al caer de un caballo. Es mucho más probable romperse una pierna, o incluso la espalda. ¡Y lo últi­mo que quería era un lisiado!
—Impediría que regresara a su país para liderar la resistencia contra la unificación —arguyó Monk.
—No tendría por qué haberlos liderado física­mente, montado en un caballo blanco, ¿no cree? —repuso ella con una sonrisa desdeñosa—. ¡Podría haber sido su mascarón de proa incluso en silla de ruedas!
—¿Y cree que él habría vuelto a su país incuso en esas circunstancias?
—Desde luego lo habría considerado —dijo Zorah sin dudar—. Nunca perdió la fe en que un día su país lo acogería de nuevo y en que Gisela ten­dría su legítimo lugar junto a él.
—Pero usted le dijo a Rathbone que no la acep­taban —señaló—. ¿No podría estar equivocada en ese punto?
—No.
—¿Y cómo podía Friedrich seguir mantenien­do esa esperanza?
Se encogió levemente de hombros.
—Tendría que haber conocido a Friedrich para comprender cómo creció. Nació para ser rey. Pasó toda la infancia y la juventud preparándose para ello, y la reina es muy severa y exigente. El obede­cía todas las reglas, y la corona era su carga y su premio.
—Pero renunció a todo por Gisela.
—Creo que hasta el último momento no pen­só que le harían escoger entre ambas cosas —expli­có Zorah—. Después ya fue demasiado tarde, cla­ro. Nunca pudo entender la irrevocabilidad de su decisión. Estaba convencido de que cederían y le pedirían que regresara. Consideraba su destierro como un gesto, no como algo que duraría para siempre.
—Y al parecer estaba en lo cierto —observó Monk—. Querían que volviese.
—Pero no pagando el precio de aceptar a Gisela. Él no lo entendía, pero ella sí. Ella era mucho más realista.
—El accidente —la acució.
—Lo llevaron a Wellborough Hall —continuó ella—. Llamamos al médico, por supuesto. No sé lo que dijo, sólo lo que me contaron.
—¿Qué le contaron? —preguntó Monk.
—Que Friedrich se había roto varias costillas, la pierna derecha por tres puntos, la clavícula dere­cha y que padecía graves heridas internas.
—¿Pronóstico?
—¿Cómo dice?
—¿Qué dijo el médico respecto a su recupe­ración?
—Que sería lenta, pero no creía que su vida estu­viera en peligro, a no ser que hubiese heridas que aún no había detectado.
—¿Qué edad tenía Friedrich?
—Cuarenta y dos.
—¿Y Gisela?
—Treinta y nueve. ¿Por qué?
—Veo que no era un hombre tan joven como para soportar bien una caída tan dura.
—No murió de las heridas. Lo envenenaron.
—¿Cómo lo sabe?
Por primera vez, Zorah vaciló.
Monk esperaba, mirándola de hito en hito.
Al cabo de un rato, ella se encogió un poco de hombros.
—Si pudiera demostrarlo, me habría dirigido a la policía. Lo sé porque conozco a esas personas. Hace muchos años que las conozco. He visto cómo se desarrollaba toda la trama. Ella hace muy bien el papel de viuda desolada… demasiado bien. Está en el centro del escenario y eso le encanta.
—Tal vez se trate de una actitud hipócrita y re­pulsiva —repuso Monk—, pero no es un delito. Y ade­más es sólo una opinión, la percepción que usted tiene de ella.
Por fin bajó la mirada.
—Sé de lo que hablo, señor Monk. Estuve en la casa todo el tiempo. Vi a todo el que entraba y salía. Les oí hablar y observé las miradas que cruzaban. He formado parte del círculo de la corte desde que era una niña. Sé lo que sucedió, pero no tengo un atisbo de prueba. Gisela asesinó a Friedrich porque temía que escuchara por fin la llamada del deber y regresara a casa a liderar la lucha contra la unifica­ción dentro de la gran Alemania. Waldo no iba a hacerlo, y no había nadie más. Tal vez él pensaba que podía llevarla consigo, pero ella sabía que la rei­na no lo permitiría, ni siquiera entonces, al borde de la desintegración o de la guerra.
—¿Por qué esperó entonces varios días? —pre­guntó Monk—. ¿Por qué no matarlo de inmedia­to? Habría sido más seguro y nadie habría dudado.
—No había necesidad, si de todos modos iba a morir —contestó ella—. Y, al principio, todos lo creíamos así.
—¿Por qué la odia tanto la reina? —inquirió. No podía imaginar una pasión tan virulenta que lle­gara incluso a eclipsar aquella crisis. Se preguntó si sería el carácter de la reina el que alimentaba el odio, o si había algo en Gisela que encendía esas emo­ciones tan intensas en Friedrich y en la reina. Al parecer, también la extraordinaria mujer que tenía delante, en su habitación colorida y original, con su brillante chal y sus velas sin encender, sentía el influ­jo de esas pasiones.
—No lo sé. —Su voz tenía un ligero matiz de sorpresa y su mirada parecía dirigirse a la lejanía, remontarse a algún recuerdo—. A menudo me lo he preguntado, pero nunca he oído nada.
—¿Tiene alguna idea acerca del veneno que, según usted, utilizó Gisela?
—No. Murió bastante deprisa. Empezó a marear­se y se quedó frío, luego cayó en coma, al menos eso dijo Gisela. El servicio que entraba y salía de la habi­tación dijo lo mismo. Y, por supuesto, el médico.
—Podrían ser muchas cosas —dijo él en tono grave—. Bien podría haber muerto por hemorragia interna.
—¡Naturalmente! —contestó Zorah con algo de aspereza—. ¿Qué esperaba? ¿Algo que pareciera vene­no? Gisela es egoísta, ambiciosa, vana y cruel, pero no es tonta. —Su rostro reflejaba una rabia intensa y un terrible sentimiento de pérdida, como si algo muy preciado se le escapara entre los dedos, a pesar de que ella lo viera y luchara con desesperación por retener­lo. Sus facciones, que le habían parecido tan bellas al entrar, eran en ese momento demasiado duras, los ojos demasiado inteligentes, la boca transida de dolor.
Monk se puso de pie.
—Gracias por la sinceridad de sus respuestas, condesa Rostova. Iré a ver al señor Rathbone y con­sideraré los siguientes pasos a efectuar.
Sólo tras haberse marchado, cuando estaba fue­ra, a la luz del sol, recordó que había omitido el nue­vo título de Rathbone.

—¡No sé por qué has aceptado el caso! —le dijo a Rathbone con brusquedad cuando se presentó en su oficina una hora más tarde. Todos los empleados se habían ido a casa, y la luz de poniente resplan­decía en las ventanas. Fuera, en la calle, el tráfico era ingente, ruedas de carruajes que no chocaban entre sí por centímetros, cocheros impacientes, caba­llos acalorados y cansados y un aire cargado con olor a excrementos.
Rathbone ya tenía los nervios a flor de piel, cons­ciente de su error de apreciación.
—¿Es ésa tu forma de decir que crees que esta investigación sobrepasa tus capacidades? —dijo fría­mente.
—Si hubiese querido decir eso, lo habría dicho —contestó Monk, sentándose sin esperar a que se le ofreciera la posibilidad—. Ya sabes que nunca me ando con rodeos.
—¿Quieres decir con tacto? —Rathbone enar­có las cejas—. Nunca. Te pido disculpas. Era una pregunta innecesaria. ¿Investigarás su versión?
Habló con menos ambages de lo que Monk esperaba. Lo pilló algo desprevenido.
—¿Cómo lo harás? A no ser, claro, que te hayas formado la opinión de que la caída inicial fue pro­vocada.
—Incluso ella está convencida de que ahí no hay nada que objetar —dijo Monk—. Cree que Gisela lo envenenó, aunque no sabe cómo, ni con qué, y sólo tiene una vaga idea general del porqué.
Rathbone sonrió dejando entrever un poco los dientes.
—Te ha hecho perder la calma, Monk, si no, no tergiversarías de ese modo sus palabras. Sabe muy bien por qué. Porque existía la seria posibilidad de que Friedrich regresara a casa sin ella y se divorcia­ra por el bien de su país. Dejaría de ser una de las amantes con más encanto del mundo, con título, rica y envidiada, y en lugar de eso pasaría a ser una ex mujer abandonada, dependiente; sus antiguos ami­gos la compadecerían. No hace falta mucho esfuer­zo para imaginar y comprender las emociones a las que se enfrentaba ante tal disyuntiva.
—¿Crees que lo mató? —Monk estaba sorpren­dido, no de que Rathbone lo creyera, lo que era bas­tante fácil, sino de que estuviera dispuesto a defender esa creencia ante un tribunal. Mirándolo con buenos ojos, era una idiotez; mirándolo con malos, simple­mente había perdido el juicio.
—Creo que es muy probable que alguien lo hicie­ra —corrigió Rathbone fríamente mientras se recli­naba en la silla con el rostro endurecido—. Quiero que vayas a la casa de campo de lord y lady Wellborough, acompañado del barón Stephan von Emden, un amigo de la condesa que estará al corrien­te de quién eres. —Torció la boca—. Podrás descu­brir todo lo concerniente a los hechos que siguieron al accidente. Tendrás que encontrar la oportunidad para interrogar al servicio y observar a las personas que estuvieron presentes, a excepción, por supuesto, de la princesa Gisela. Al parecer, la acusación los ha vuelto a reunir, lo cual no es de extrañar, supongo. Espero que al menos seas capaz de averiguar quién estuvo en situación de envenenar al príncipe, y si alguien se percató de algo que pueda servir como prueba. También interrogarás al médico que aten­dió al príncipe y firmó el certificado de defunción.
Desde la calle, el ruido del tráfico entraba por la ventana medio abierta. En la oficina, al otro lado de la puerta, reinaba el silencio.
Había muchas razones para aceptar el caso: Rathbone necesitaba ayuda urgente, y la situación le ofrecía a Monk la considerable satisfacción de encontrarse en una posición en la que, por una vez, Rathbone le estaría en deuda. No tenía otros casos de mayor importancia en ese momento y le vendrían bien el trabajo y la remuneración. Pero, sobre todo, su curiosidad era tan intensa que podía sentirla casi como si se tratara de un picor en la piel.
—Sí, desde luego, lo haré —dijo con una son­risa, quizá más rapaz que amistosa.
—Bien —aceptó Rathbone—. Te lo agradezco. Te daré la dirección del barón Von Emden para que vayas a conocerlo. ¿Quizá podrías ir a Wellborough Hall como criado suyo?
Monk se horrorizó.
—¿Qué?
—Que tal vez podrías ir como su criado —repi­tió Rathbone con los ojos muy abiertos—. Te brin­daría una magnífica oportunidad para hablar con el resto del servicio y descubrir lo que… —Se detu­vo, en sus labios se dibujaba un amago de sonri­sa—. O podrías ir como conocido suyo, si eso hace que te sientas más cómodo. Soy consciente de que quizá no estés familiarizado con las labores de un sirviente…
Monk se puso de pie con expresión adusta.
—Iré como conocido suyo —dijo con seque­dad—. Te haré saber lo que descubra, si es que des­cubro algo. No me cabe duda de que te gustará estar al tanto. —Y con eso le dio las buenas noches, reco­gió del escritorio el papel en el que Rathbone había escrito la dirección del barón y se fue.< /p>

Monk llegó a Wellborough Hall seis días des­pués de que Zorah Rostova entrara en la oficina de Rathbone para pedirle ayuda al abogado. Trans­currían los primeros días de septiembre, otoño dora­do, los campos de rastrojos se perdían en la lejanía, los castaños empezaban a teñirse de color ámbar y alguna esporádica franja de tierra recién labrada, allí donde la tierra húmeda estaba lista para la siembra, aparecía rica y oscura.
Wellborough Hall era un enorme e imponen­te caserón de estilo georgiano y proporciones clá­sicas. Se llegaba a él por una avenida de casi dos kilómetros de largo flanqueada por olmos. A cada lado de la misma se extendía un parque hacia los bosques, y más allá aún aparecía el campo abierto y otros grupos de árboles. Era fácil imaginar a los propietarios de semejante palacio entreteniendo a la realeza, montando felices a caballo entre tanta belleza, hasta que les alcanzó la tragedia y les recor­dó su fragilidad.
Monk había ido a ver a Stephan von Emden y éste se había mostrado dispuesto a ofrecer toda su ayuda para conseguir que lo invitaran como «ami­go» suyo en su inminente viaje a la casa solariega. Stephan encontró intrigante la profesión de Monk y dijo que le fascinaba la idea de la investigación, de un estilo de vida tan completamente diferente al que él llevaba. También le explicó que iban a reu­nirse todos en Wellborough Hall para coordinar sus respectivas versiones acerca de la muerte de Friedrich por si llegaba a haber un juicio.
A Monk le desconcertaba que fueran a obser­varlo tan de cerca y, a medida que transcurría el viaje, se dio cuenta de que Stephan no era una per­sona tan superficial ni tan poco informada como había asumido en un principio. Monk se había equivocado más de una vez debido a sus prejuicios: como Stephan poseía un título nobiliario y dine­ro, sin duda debía de ser estrecho de miras y bas­tante inútil en cualquier terreno práctico. Estaba furioso consigo mismo por haberse permitido mos­trar las restricciones de su educación. Intentaba hacerse pasar por un caballero. Algo en él sabía que los caballeros no son tan frágiles, no se apre­suran tanto en emitir juicios ni intentan defender tanto su dignidad. Sabía que no necesitaban actuar de ese modo.
Estaba enfadado consigo mismo porque sus pre­juicios eran injustos. Despreciaba la injusticia, más aún cuando, además, era estúpida.
Llegaron a la magnífica entrada y bajaron del carruaje para ser recibidos por un lacayo con librea.
Monk estaba a punto de ir en busca de sus male­tas, que con tanto cuidado había dispuesto, cuan­do recordó justo a tiempo que entrarlas era tarea del criado, y que ni siquiera debía pensar en ocu­parse de eso. Un caballero caminaría directamen­te hacia la casa con la absoluta certeza de que el servicio se ocuparía de llevar sus pertenencias a la habitación, abriría las maletas y colocaría todo en su sitio.
Los recibió lady Wellborough, una mujer mucho más joven de lo que Monk esperaba. No parecía tener más de treinta y tantos, era esbelta, un poco por encima de la altura media y con una abundan­te melena de color castaño. Tenía un aspecto bas­tante agradable, pero no era hermosa. Sus mayores encantos eran la inteligencia y la vitalidad. En cuan­to los vio descendió por la maravillosa escalera con pasamanos de hierro forjado y algún que otro ador­no dorado. Su cara resplandecía de entusiasmo.
—¡Mi querido Stephan! —Su gigantesca falda giraba entorno a ella y los aros saltaron hacia atrás cuando se detuvo. Llevaba un vestido con corpi­ño, muy a la moda, de grandes mangas y cintura estrecha, que resaltaba su esbeltez—. Es maravi­lloso volver a verte —continuó—. Y éste debe de ser tu amigo, el señor Monk. —Lo miró con gran interés, posando la mirada en las huesudas meji­llas, la nariz algo aguileña y la boca burlona. Ya había visto esa expresión de sorpresa en la mirada de las mujeres en más ocasiones, como si vieran en él algo que no esperaban pero que, muy a su pesar, no les desagradaba.
Monk inclinó la cabeza.
—Es un placer, lady Wellborough. Han sido muy amables al permitirme acompañarles este fin de semana. Me siento muy honrado.
Ella le obsequió con una gran sonrisa. Era una expresión de lo más encantadora, en modo alguno afectada.
—Espero que aún se sienta así. —Se volvió hacia Stephan—. Gracias, esta vez lo has hecho especial­mente bien, querido. Allsop os acompañará arriba, aunque seguro que ya conoces el camino. —Miró de nuevo a Monk—. La cena es a las nueve. Nos reuniremos en la antesala a eso de las ocho, imagi­no. El conde Lansdorff y el barón Von Seidlitz han ido a dar un paseo, hacia el coto donde cazaremos este fin de semana, creo. Para comprobar el terre­no. ¿Caza usted, señor Monk?
Monk no recordaba haber disparado nunca, y su posición social hacia casi imposible que hubiese tenido oportunidad de hacerlo.
—No, lady Wellborough. Prefiero deportes en los que los participantes estén más igualados.
—¡Santo Cielo! —Rió de muy buen humor—. ¿Boxeo a puño descubierto? ¿Carreras de caballos? ¿Billar?
Tampoco tenía idea de si era hábil en alguna de esas especialidades. Se había precipitado al hablar y ahora se arriesgaba a quedar en ridículo.
—Lo intentaré con lo que se tercie —respon­dió mientras sentía cómo le ardían las mejillas—. Excepto donde pueda poner en peligro al resto de invitados por mi falta de experiencia.
—¡Qué original! —exclamó ella—. Estoy desean­do que llegue la hora de la cena. Monk ya se sentía aterrorizado.

La cena resultó ser todo un desafío para sus ner­vios, tal como había esperado. Su aspecto era el correcto. Lo sabía gracias al espejo. Había pasado gran parte de su vida profesional en la policía y siem­pre había sido muy escrupuloso con su aspecto físi­co. Las facturas del sastre, el zapatero y el camise­ro daban fe de ello. Sin duda, había gastado gran parte del sueldo en su vestuario. No necesitó pedir nada prestado para presentarse en aquella casa ata­viado de manera respetable.
Pero comportarse de un modo correcto en la mesa era algo distinto. Todas aquellas personas se conocían entre sí y compartían un estilo de vida, por no mencionar a centenares de conocidos comu­nes. En diez minutos descubrirían que era un intru­so en todos los sentidos. ¿Qué posible excusa podía encontrar, no sólo para preservar su orgullo, sino para lograr su propósito y salvarle el pescuezo a Rathbone.
En la mesa sólo había nueve personas, un núme­ro pequeño en extremo para una reunión en una casa de campo, a pesar de encontrarse a principios de septiembre y, por tanto, no haber finalizado aún la temporada londinense. Era demasiado pronto para las grandes recepciones de invierno, en las que los invitados solían quedarse uno o dos meses, yen­do y viniendo a su antojo.
Monk les había sido presentado a todos de for­ma bastante informal, como si fuera lógico que estu­viera allí y no se precisara más explicación. Frente a él, en la mesa, estaba sentado el tío de Friedrich y hermano de la reina Ulrike, el conde Rolf Lansdorff. Se trataba de un hombre bastante alto y de porte militar, pelo oscuro y bien alisado, con ligeras entra­das en la frente. Tenía una cara agradable, aunque los labios finos y delicados y la ancha nariz no deja­ban duda respecto a su poder. Su dicción era preci­sa, y tenía una bonita voz. Miraba a Monk sólo con un leve interés.
Klaus von Seidlitz era por completo diferente. Físicamente era muy grande, varios centímetros más alto que el resto, de anchos hombros, más bien des­garbado. El recio pelo le caía un poco sobre la fren­te, y tenía la costumbre de retirárselo hacia atrás con la mano. Tenía los ojos azules y bastante redon­dos, y las cejas un poco dobladas hacia abajo. Su nariz estaba torcida, como si se la hubiese roto algu­na vez. Parecía simpático, contaba chistes sin parar pero, cuando callaba, su rostro mostraba un estado de alerta que se contradecía con su aparente tran­quilidad. Monk pensó que tal vez era mucho más listo de lo que dejaba entrever.
Su esposa, la condesa Evelyn, era una de las muje­res más encantadoras que Monk había visto jamás. Le resultaba difícil no quedársela mirando más tiempo del que resultaba apropiado por encima de todos los objetos que reposaban en la mesa. Con gusto habría olvidado al resto de la concurrencia y se habría delei­tado hablando con ella y escuchándola. Era menuda, aunque tenía una figura muy femenina, pero su cara era fascinante. Tenía unos grandes ojos castaños que parecían rebosar humor e inteligencia. Por su expre­sión, daba la impresión de que conocer un estupen­do chiste sobre la vida y de estar dispuesta a compar­tirlo con alguien capaz de entenderlo. Se mostraba en todo momento sonriente y se comportaba como si desease lo mejor para todo el mundo. Fue muy sin­cera al referirse a Monk como una persona intrigan­te. El hecho de que no tuvieran ningún conocido en común era para ella una fuente de fascinación y, de no haber supuesto una descortesía imperdonable, le habría interrogado durante toda la velada acerca de quién era y a qué se dedicaba exactamente.
Brigitte —según Rathbone, la mujer con la que debería haberse casado el príncipe Friedrich para complacer a su país— estaba sentada junto a Monk. Hablaba muy poco. Era una mujer hermosa, de anchos hombros, busto prominente y tez exquisita, aunque a Monk le dio la impresión de que, a pesar de toda su riqueza y su gran popularidad, era una persona triste.
El último invitado era Florent Barberini, un pri­mo lejano de Friedrich, medio italiano. Poseía la oscura belleza dramática que Monk imaginaba en alguien de semejante linaje, además de una educa­da soltura y una total confianza en sí mismo. El espe­so pelo ondulado le nacía de la frente en forma de pico. Tenía ojos oscuros y pestañas abundantes; y una boca sensual y pronta para la sonrisa. Coque­teaba con las tres mujeres como si fuera una cos­tumbre. A Monk no le gustó.
El anfitrión, lord Wellborough, estaba sentado en la cabecera de la mesa. En el magnífico come­dor azul ultramar y rosa en el que se encontraban, además de la mesa de roble de treinta metros de lar­go, había tres aparadores de roble, y el fuego ardía en la chimenea. Lord Wellborough era un hombre que apenas llegaba a la estatura media. Tenía el cabe­llo rubio y lo llevaba bastante corto y ahuecado, como si pretendiera ganar algo más de altura. Tenía unos hermosos ojos, de un azul grisáceo claro, y fuertes huesos, pero una boca de labios extremada­mente finos. Cuando no gesticulaba, su rostro tenía un aspecto duro y cerrado.
Sirvieron el primer plato, a elegir entre dos tipos de sopa: de fideos o de pescado. Monk tomó la de pescado y la encontró deliciosa. A la sopa le seguía salmón, eperlanos o boquerones picantes. Escogió el salmón; era tan exquisito y rosado que casi se des­hacía en el tenedor. Observó la gran cantidad de comida que se retiraba de la mesa sin que nadie la hubiera tocado y se preguntó si le ofrecerían algo de todo aquello al servicio. El resto de los invitados sin duda habría venido acompañado por su corres­pondiente equipo de criados, doncellas y, a lo mejor, también lacayos y cocheros. Stephan había justifi­cado la falta de sirvientes de Monk aduciendo que había estado enfermo. Fuera lo que fuese lo que les pasó por la cabeza, nadie fue descortés y no pre­guntaron más.
Al pescado le siguió el segundo plato: huevos al curry, mollejas y champiñones, o albóndigas de conejo.
Evelyn era el centro de atención, lo cual le ofre­ció a Monk una excusa para poder mirarla. Era encantadora de verdad. Poseía la pureza y la mali­cia inocente de un niño junto a la calidez y el genio de una mujer inteligente.
Florent la adulaba con descaro y ella le contes­taba con gracia, mofándose de él, pero no porque se sintiera molesta.
Si a Klaus le importaban estos jueguecitos, sus duras facciones no lo traslucían. Al parecer, estaba más interesado en la conversación que mantenía con Wellborough acerca de unos conocidos comunes.
Retiraron el segundo plato y sirvieron el siguien­te, que aquella noche consistía en espárragos glasea­dos. El cristal brillaba sobre la mesa, reflejando el sinfín de velas de las lámparas de araña. La cuber­tería de plata, los saleros, las copas y los vasos titi­laban. Las flores traídas del invernadero, dispues­tas por todas partes junto con frutas ornamentales, perfumaban el aire.
Monk dejó de mirar a Evelyn y estudió con dis­creción a cada uno de los invitados. Todos habían estado presentes cuando Friedrich cayó del caballo, también durante su aparente convalecencia, y así como en el momento de su muerte. ¿Qué habían visto y oído? ¿Cuál era su versión sobre lo sucedi­do? ¿Cuánta luz deseaban arrojar sobre el asunto, y a qué precio? El detective no estaba allí para comer platos exquisitos y jugar a ser un caballero, sutil ago­nía la suya, haciendo equilibrios de una cuerda flo­ja social a otra. La reputación de Zorah, su estilo de vida, pendía de un hilo; y con seguridad también la reputación de Rathbone. En cierto sentido, el honor de Monk también estaba en tela de juicio. Se había comprometido a ayudar. El hecho de que el caso fuera prácticamente irresoluble era irrelevante. Cabía la posibilidad de que el príncipe Friedrich hubiese sido asesinado, quizá no por su viuda sino por una de las personas que charlaba y reía alrede­dor de aquella espléndida mesa, o se llevaba una copa de vino a los labios mientras los diamantes cen­telleaban a la luz de las velas.
Terminaron los espárragos y llegó el plato de caza, a escoger entre codorniz, urogallo, perdiz o gallos lira; y, por supuesto, trajeron más vino. Monk no había visto tanta comida en toda su vida.
La conversación discurría a su alrededor. Charlaban de moda, de teatro, de reuniones socia­les en las que habían visto a tal persona o a tal otra, de quién iba acompañado de quién, de posibles matrimonios futuros. A Monk le parecía que cada una de las familias importantes debía de estar empa­rentada con todas las demás mediante ramificacio­nes demasiado complicadas para ser desentrañadas. A medida que avanzaba la velada, se sentía más excluido. Tal vez debería haber aceptado la suge­rencia de Rathbone, por repulsiva que pudiera pare­cer, y haber acudido como criado de Stephan. Habría herido su orgullo, pero a largo plazo habría resul­tado menos doloroso que ser tratado como una per­sona de inferior rango social aun fingiendo ser algo que no era, ¡como si ser aceptado le importase has­ta el punto de verse obligado a mentir! La rabia que le provocaba ese pensamiento le encogía el estó­mago, provocando que, al sentarse de un modo rígi­do sobre la silla de madera tallada y tapicería de seda, le doliera la espalda.
—Dudo que nos inviten —afirmó Brigitte, com­pungida, a una sugerencia que había lanzado Klaus.
—¿Y por qué no? —inquirió Klaus. Parecía molesto—. Yo siempre voy. ¡He estado allí cada año desde 1853!
Evelyn alzó la mano para sofocar una sonrisa; tenía los ojos muy abiertos.
—¡Oh, cariño! ¿De verdad crees que eso impor­ta tanto? ¿Seremos ahora todos personas non gratas? Lo encuentro de lo más ridículo. No tiene nada que ver con nosotros.
—Tiene todo que ver —dijo Rolf con rotundi­dad—. Se trata de nuestra familia real, y nosotros, en concreto, estábamos allí cuando sucedió.
—¡Nadie cree a esa dichosa mujer! —exclamó Klaus, su duro rostro mostraba señales de ira—. Como de costumbre, no ha hecho más que hablar a gritos para llamar la atención a cualquier precio, y seguro que también para vengarse de que Friedrich la rechazara hace doce años. Esa mujer está loca… Siempre lo ha estado.
Monk se dio cuenta, lo que acrecentó su inte­rés, de que hablaban de Zorah y del efecto que su acusación había tenido en la vida social de todos ellos. Era un aspecto en el que no había pensado, algo particularmente repugnante. Pero no debía perder la oportunidad de aprovecharlo.
—Seguro que todo queda olvidado en cuando se vea el caso —comentó, fingiendo inocencia.
—Depende de lo que diga esa retorcida mujer —contestó Klaus con acritud—. Siempre hay alguien lo bastante imbécil como para repetir un chisme, por necio que sea.
Monk se preguntó por qué a Klaus le importa­ba tanto lo que pensara alguien a quien tenía en tan poca consideración, aunque ahora era el momento de plantear preguntas más provechosas.
—¿Qué podría decir ella que alguien en su sano juicio creyera? —preguntó, con el mismo aire com­pasivo.
—Seguro que ya ha oído los chismes. —Evelyn lo miraba con los ojos muy abiertos—. Pero si todo el mundo habla de ello. Ha llegado a acusar a la princesa Gisela de haber matado al pobre Friedrich… ¡Intencionadamente! ¡Como si fuera capaz de algo así! Se adoraban. El mundo entero lo sabe.
—Habría tenido más sentido que alguien mata­ra a Gisela —dijo Rolf con una mueca—. Eso sí lo creería.
Monk no tuvo que fingir interés. —¿Por qué?
Todos los integrantes de la mesa se volvieron para mirarlo y se dio cuenta con rabia de que había sido ingenuo y demasiado brusco. Pero era tarde para echarse atrás. Si añadía algo sólo conseguiría empeorar la situación.
No fue Rolf quien contestó, sino Evelyn.
—Bueno, ella es muy lista, tiene encanto. Eclipsa un poco a los demás. No sería fácil imaginar que alguien hubiese sido objeto de sus burlas y se hubie­se sentido tan furioso, y quizá humillado, que podría haber perdido los nervios y haberle deseado algún mal. —Sonrió al decirlo, privando a la frase de toda malevolencia.
Era una imagen de Gisela que Monk aún no había tenido oportunidad de considerar: un inge­nio no sólo divertido, sino también cruel. Quizá no debería sorprenderle. Esa gente tenía poco que temer, no estaban obligados a vigilar lo que decían o si, llegado el caso, podían ofender a alguien, no como el resto de personas que él conocía. Durante un fugaz instante se preguntó en qué medida los buenos modales eran un tipo de protección perso­nal y en qué medida se trataba del genuino deseo de agradar a los demás. Sólo podía saberse en aqué­llos que no tenían nada que temer.
Dirigió la mirada del encantador rostro de Evelyn al de lady Wellborough, luego a Klaus y des­pués a Rolf.
—De cualquier forma, ¿si se llega a juicio, será fácil demostrar lo que sucedió? —preguntó con gen­tileza—. Los que estuvieron aquí pueden testificar y, estando todos de acuerdo, se demostrará que es una embustera, o algo peor.
—Antes tendremos que ver si estamos todos de acuerdo —intervino Stephan, con la sonrisa torci­da y la mirada grave—. A fin de cuentas, sabemos más o menos qué sucedió. Sólo tendremos que acla­rar lo que desconocemos para no contradecirnos unos a otros.
—¿Qué demonios quieres decir? —preguntó lord Wellborough, con un gesto que hizo desapa­recer sus finos labios—. Por supuesto que sabemos qué sucedió. El príncipe Friedrich murió a causa de las heridas. —Lo dijo como si las palabras le hicie­ran daño. Monk se preguntó si el dolor procedía del afecto que había sentido por Friedrich o de la mácu­la que la muerte de éste suponía en su reputación como anfitrión.
Monk soltó la cuchara y se olvidó de la confitu­ra de nectarina.
—Imagino que exigirán mucho más. Querrán saber qué paso en cada instante, quién tenía acceso a las habitaciones donde estaba el príncipe Friedrich, quién le preparaba la comida, quién se la subía, quién entraba y salía a cada momento.
—¿Para qué? —preguntó Evelyn—. ¿No pensa­rán que alguno de nosotros le hizo daño, verdad? No pueden pensar eso. ¿Por qué? ¿Por qué habríamos de hacerlo? Éramos sus amigos. Lo fuimos durante años.
—Los asesinatos que se cometen en casa suelen estar protagonizados por miembros de la familia del difunto… o por los amigos —respondió Monk.
Una mirada de profundo desagrado asomó en el rostro de Rolf.
—Posiblemente. Es algo de lo que, gracias a Dios, no entiendo demasiado. Supongo que Gisela con­tratará al mejor abogado disponible, a uno de cate­goría superior. Y llevará el caso del modo más ade­cuado para evitar cualquier escándalo que no sea ya inevitable. —Dirigió a Monk una fría mirada—. ¿Sería tan amable de pasarme el queso, señor?
Rolf ya tenía una tabla con siete tipos diferen­tes de queso frente a él. Así pues, estaba muy claro lo que pretendía decir. Comieron los postres sin vol­ver a mencionar el tema, helado de tres sabores y almíbar de frambuesa, y después la fruta: piñas, fre­sas, albaricoques, cerezas y melones.

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