El factor Scarpetta

ElFactorScarpetta

El desastre económico hace que la doctora Kay Scarpetta−pese a su apretada agenda y su trabajo como analista forense para la CNN− ofrezca sus servicios gratuitos a la Oficina del Jefe de Medicina Forense de Nueva York. Su mayor presencia pública parece precipitar una serie de acontecimientos turbadores e inesperados. En televisión, se le pregunta en directo por la sonada desaparición de Hannah Starr, a la que se da por muerta. Poco después, en el mismo programa, recibe la sorprendente llamada de una antigua paciente psiquiátrica de su marido. Cuando después del programa regresa a casa, encuentra un siniestro paquete, posiblemente una bomba, en la conserjería. Pronto las aparentes amenazas a la vida de Scarpetta se entrelazan en una trama surrealista que incluye a un actor famoso acusado de un delito sexual inimaginable y la desaparición de la hermosa millonaria con quien Lucy, sobrina de Scarpetta, quizá haya compartido un pasado secreto.
Una novela magnífica, de ritmo vertiginoso y acción trepidante. Una vez más, Patricia Cornwell sorprende con una obra maestra.

ANTICIPO:

Benton se enfundó unos guantes de algodón y extrajo un so­bre de FedEx y una felicitación navideña de la bolsa de pruebas donde los había guardado antes, ese mismo día.
Le inquietaba que le hubiesen enviado la inapropiada fe­licitación aquí, a Bellevue. ¿Cómo podía saber Dodie Hodge, a quien habían dado de alta en McLean cinco días antes, que Benton estaba ahora mismo en Bellevue? ¿Cómo tenía Dodie la menor idea de dónde estaba él? Benton había considerado varias posibilidades, se había obsesionado con eso todo el día; el espectro de Dodie le sacaba el poli que llevaba dentro, no el médico de salud mental.
Conjeturaba que Dodie, tras ver los anuncios televisivos de la aparición en directo de Scarpetta en El informe Crispin de esta noche, había supuesto que Benton acompañaría a su esposa, sobre todo con las fiestas tan próximas. Dodie habría deduci­do que si Benton iba a estar en la ciudad, pasaría por Bellevue, al menos para echar un vistazo al correo. También era posible que el estado mental de Dodie se hubiese deteriorado ahora que estaba en casa, que su insomnio hubiera empeorado o que sim­plemente le faltase la dosis de emoción que tanto ansiaba. Pero ninguna explicación satisfacía a Benton que, con el paso de las horas, se iba sintiendo más inquieto y alerta, en lugar de lo con­trario. Le preocupaba que el gesto perturbado de Dodie no le cuadrase, que no fuese lo que él habría previsto, y que quizá no actuase sola. Y también se preocupaba de sí mismo. Parecía que Dodie había despertado en él ciertas inclinaciones y conductas inaceptables en su profesión. Y últimamente tampoco se había comportado como era propio de él. No lo había hecho.
No había nada escrito en el sobre rojo de la felicitación, ni el nombre de Benton, ni el de Scarpetta, ni el de Dodie Hodge. Hasta ahí, al menos todo cuadraba con lo que él sabía de ella. Mientras estuvo en McLean, Dodie se había negado a escribir. Se había negado a dibujar. Al principio, había declarado que era tímida. Luego decidió que la medicación que tomaba duran­te la hospitalización le provocaba temblores y había dañado su coordinación, de manera que le resultaba imposible copiar la se­cuencia más sencilla de elementos geométricos o relacionar nú­meros en cierto orden, o clasificar tarjetas o manipular bloques. I Arante casi un mes, todo lo que había hecho era fingir, crear problemas, quejarse, sermonear, aconsejar, fisgonear, mentir y hablar con cualquiera que la escuchase, a veces a grito pelado. Nunca se cansaba de montar dramas para engrandecerse, ni de sus ideas mágicas; era la estrella de su propia película y su mayor
admiradora.
No había un trastorno de la personalidad que Benton temie­se más que el histrionismo, y desde el momento de la detención de Dodie en Detroit, Michigan, por hurto menor y alteración del orden público, el objetivo de todos los involucrados había sido conseguirle cuidados psiquiátricos, lo más lejos posible de ellos. Nadie quería tener nada que ver con esta mujer pomposa, que aullaba en la librería del Betty’s Café que ella era tía de la estrella de cine Hap Judd, que estaba en su «lista gratuita» y que, por tanto, meterse cuatro DVD de Judd en los pantalones no era robar. Hasta la misma Betty se mostró más que dispuesta a no presentar cargos siempre que Dodie no volviera a pisar jamás su tienda, o Detroit, o el estado de Michigan. El trato era que Dodie estuviese hospitalizada un mínimo de tres semanas y, si
lo acataba, se olvidarían del caso.
Ella había cooperado con la condición de que la admitiesen
en McLean porque era donde iban los VIP, los ricos y famosos; porque estaba cerca de su propiedad de Greenwich, Connecti- cut, y también de Salem, donde le gustaba comprar artículos de brujería, dar conferencias y hacer rituales, así como ofrecer, a cambio de un precio, los dones del Oficio. Insistió en que, dado el dinero que iba a costarle la hospitalización privada, quería que la atendiese el experto forense más prominente y prestigioso, un varón con un doctorado como mínimo y formado en el FBI, que además tuviese una mentalidad abierta hacia lo sobrenatural y tolerancia hacia otras fes, la religión antigua incluida.
La primera elección de Dodie fue el psiquiatra forense War­ner Agee porque había realizado perfiles criminológicos para el FBI, según ella, y también lo hacía en televisión. La petición fue denegada. Por un lado, Agee no estaba relacionado con el McLean y, por otro, la Oficina del Fiscal del Distrito de De­troit no quería asociarse en ningún modo con quien llamaban
«el teledoctor forense». Que el nombre de Agee fuera conocido era suficiente para que Benton se largase en dirección contraria, independientemente de quién fuera la paciente: hasta tal pun­to despreciaba a ese hombre. Pero Benton tenía obligaciones profesionales hacia McLean y fue mala suerte por su parte ser el candidato obvio para la desagradable tarea de evaluar a esta mujer que afirmaba ser una bruja con parientes famosos. El ob­jetivo era mantenerla fuera de los juzgados y fuera de la cárcel; aunque seguro que ninguna cárcel del planeta la querría.
Durante las cuatro semanas que había sido paciente de Ben­ton, éste pasó todo el tiempo que le era posible en Nueva York, no sólo para estar con Scarpetta, sino para mantenerse lejos de Dodie. Se había sentido tan aliviado cuando le dieron el alta el pasado domingo por la tarde, que comprobó varias veces si la habían pasado a buscar para llevarla a casa, no a una propiedad en Greenwich, porque eso era otra mentira. La depositaron en una casa pequeña de Edgewater, Nueva Jersey, donde vivía sola, tras haber pasado por cuatro maridos, todos muertos o huidos años atrás. Pobres desgraciados.
Benton descolgó el teléfono, marcó la extensión del jefe de psiquiatría forense de Bellevue, el doctor Nathan Clark, y le preguntó si podía dedicarle unos minutos. Mientras esperaba, volvió a examinar el sobre de FedEx; algunos detalles seguían desconcertándole y preocupándole, y le impulsaban a actuar de modos que sabía inapropiados. No había dirección de remite en el albarán del transportista y la dirección de Benton en Bellevue estaba escrita con una caligrafía tan funcional y precisa que pa­recían caracteres de imprenta. Para nada lo que habría esperado de alguien como Dodie, que lo único que había escrito durante su estancia en McLean era un garabato largo y torcido con el que firmó varios formularios.
Sacó la gruesa tarjeta brillante del sobre: un Santa Claus gran­de y gordo era perseguido por una furiosa señora Claus armada con un rodillo, y la frase: «¡A quién llamas zorra…!» Abrió la felicitación y la voz grabada y desafinada de Dodie Hodge em­pezó a cantar, con la melodía de «A Holly, Holly Christmas»:

Felices Navidades tengas
y, si de mí te acuerdas,
pon muérdago donde te quepa
y un ángel de tu árbol cuelga.
¡Felices, Felices Navidades,
A Benton y Kay les desean!

Una y otra vez, la misma letra enloquecedora con voz entre­cortada e infantil.
—No es exactamente Burl Ivés —dijo el doctor Clark, en­trando con el abrigo, su sombrero y una gastada cartera de cue­ro de correa larga, que a Benton le recordaba las sacas de los carteros en la época de los carromatos y el correo a caballo.
—Si puedes soportarlo, seguirá hasta que se acabe el tiempo de grabación. Exactamente cuatro minutos —dijo Benton.
El doctor Clark dejó sus pertenencias en una silla, se acercó a Benton y se inclinó para examinar la felicitación, posando am­bas manos en el extremo de la mesa para mantener el equilibrio. Tenía poco más de setenta años y hacía poco le habían diagnosti­cado la enfermedad de Parkinson, un cruel castigo para un hom­bre de talento cuyo cuerpo siempre había sido tan ágil como su mente. Tenis, esquí, alpinismo, pilotar su propia avioneta; no había muchas cosas que no hubiese probado con éxito, su amor por la vida era ilimitado. Se habían burlado de él la biología, la genética, el entorno, quizás algo tan prosaico como la exposi­ción a la pintura con plomo o las viejas cañerías; los radicales libres habrían dañado los ganglios basales de su extraordinario cerebro. Quién demonios sabía cómo había acabado Clark con semejante flagelo. Pero avanzaba con rapidez. Ya estaba encor­vado y sus movimientos eran lentos y torpes.
Benton cerró la tarjeta y la voz de Dodie se interrumpió bruscamente a media canción.
—Fabricación casera, es evidente —dijo Benton—. En una típica felicitación con voz, el tiempo de grabación suele ser de diez segundos, cuarenta y cinco como mucho, pero nunca cua­tro minutos. Por lo que sé, para componer una grabación más larga hay que comprar un módulo de voz vacío que tenga más memoria. Se pueden adquirir en Internet y te fabricas tu propia tarjeta de felicitación. Que es lo que ha hecho esta antigua pa­ciente mía. O alguien lo ha hecho por ella.
Cogió la tarjeta con las manos, enfundadas en guantes de algodón blanco, y la volvió en diferentes ángulos para que el doctor Clark examinara los extremos y viese cómo los habían pegado cuidada y meticulosamente.
—Ella encontró esta tarjeta de felicitación, o alguien lo hizo —continuó Benton—, y luego grabaron la voz en un módulo que pegaron dentro. Después pegaron un papel blanco encima, posiblemente la página en blanco recortada de otra tarjeta de felicitación. Motivo por el cual el interior de esta tarjeta está en blanco. Dodie no escribió nada ahí. Dodie no escribió nada du­rante toda su estancia en McLean. Ella dice que no escribe.
—¿Grafofobia?
—Eso y la medicación, o al menos es lo que dice.
El doctor Clark se desplazó al otro lado de la mesa:
—Una perfeccionista que no soporta la crítica.
—Una falsa enferma.
—Ah. Trastorno facticio. ¿Por qué motivo? —El doctor Clark ya no confiaba en lo que Benton le decía.
—El dinero y la atención son dos motivaciones importantes. Pero quizás haya algo más. Empiezo a preguntarme quién y qué tuvimos en McLean durante un mes. Y por qué.
El doctor Clark se sentó despacio, con cuidado; el mínimo acto físico no era algo que pudiese hacer sin más. Benton reparó en cuánto había envejecido su colega desde el verano.
—Siento importunarte con eso. Sé que estás ocupado —aña­dió Benton.
—Nunca me importunas, Benton. Echaba de menos hablar contigo y he estado pensando que debía llamarte. Me pregun­taba cómo estabas. —El doctor Clark lo dijo como si tuvieran asuntos que hablar y Benton se hubiera mostrado esquivo—. Así que ella se negó a hacer las pruebas de papel y lápiz.
No hizo el Bender-Gestalt, ni la figura compleja de Rey-Osterrieth, ni la sustitución de símbolos-dígitos, ni el test de cancelación de letras, ni siquiera el test del trazo.
—¿Y las pruebas de la función psicomotora?
—Ni el test de los cubos, ni el del tablero perforado, ni el de oscilación dactilar.
—Interesante. Nada que mida el tiempo de reacción.
—Su última excusa fue la medicación que tomaba; dijo que le provocaba temblores, que las manos le temblaban tanto que ni podía sostener un lápiz y no quería humillarse intentando escribir, dibujar o manipular objetos.
Benton no pudo evitar pensar en el estado del doctor Clark mientras explicaba las supuestas dolencias de Dodie Hodge.
—Nada que le exija llevar una acción física cuando se le pide, nada que pueda, en su opinión, incitar a la crítica o al juicio. No quiere que la midan. —El doctor Clark miró por la ventana, detrás de la cabeza de Benton, como si hubiese algo que mirar aparte de los ladrillos beige del hospital y el avance de la no­che—. ¿Medicación?
—Ahora nada, supongo. No es exactamente cumplidora con las tomas y no le interesan las sustancias, a menos que la hagan sentir bien. Alcohol, por ejemplo. Durante su hospitalización tomaba Risperdal.
—Que puede causar discinesia tardía. Pero de forma atípica —consideró el doctor Clark.
—No tuvo espasmos musculares ni tics, salvo los que simu­laba. Claro que ella afirma que su estado es crónico.
—Teóricamente podría ser un posible efecto permanente del Risperdal, sobre todo en mujeres de cierta edad.
—En su caso es simulación, sólo mentiras. Ella tiene algún plan. Gracias a Dios, seguí mi intuición e hice que grabasen to­das mis sesiones con ella en vídeo.
—¿Y eso qué le pareció a ella?
—Interpretaba el papel que se le ocurría, según su estado de ánimo: seductora, caritativa o bruja.
—¿Temes que pueda ser violenta?
—Sufre obsesiones violentas, afirma tener recuerdos de exesos en cultos satánicos, que su padre mataba a niños en altares de piedra y tenía relaciones sexuales con ella. No hay pruebas de que ocurriese nada semejante.
—¿Y qué pruebas podría haber?
Benton no respondió. No le estaba permitido comprobar la veracidad de las afirmaciones de un paciente. Se suponía que él no podía investigar. Operar de este modo era contraintuitivo para él, era casi intolerable, y los límites no estaban claros.
—No le gusta escribir, pero le va el drama —dijo el doctor Clark, observándolo con detenimiento.
—El drama es el denominador común —replicó Benton, y supo que el doctor Clark ya se acercaba a la verdad.
Intuía lo que Benton había hecho; o que había hecho algo. Benton pensó que subconscientemente había orquestado la conversación sobre Dodie porque en realidad necesitaba hablar de sí mismo.
—Una sed insaciable de dramatismo y un trastorno del sue­ño que ha sufrido durante la mayor parte de su vida —siguió Benton—. Le hicieron pruebas en el laboratorio del sueño de McLean y parece ser que ha participado en varios estudios ac- tográficos a lo largo de los años; es evidente que sufre un tras­torno del ritmo circadiano y padece insomnio crónico. Cuanto más se agrava, más empeoran su criterio y su percepción, más caótico se vuelve su estilo de vida. Tiene un amplio repertorio de conocimientos; tiene un nivel de inteligencia entre brillante y superior.
—¿Alguna mejora con el Risperdal?
—Se estabilizó su estado de ánimo, menos hipomanía, dijo que dormía mejor.
—Si ha dejado la medicación, es muy probable que empeore. ¿Qué edad tiene?
—Cincuenta y seis.
—¿Bipolar? ¿Esquizofrénica?
Sería más tratable si lo fuera. Trastorno de la personalidad eje dos, histriónica con rasgos de trastorno límite y antisocial.
Encantador. ¿Y por qué se le prescribió Risperdal?
—Cuando ingresó el mes pasado, parecía sufrir ideas deli­rantes y falsas, pero en realidad es una mentirosa patológica.
A continuación Benton le ofreció un breve resumen de la detención de Dodie en Detroit.
—¿Alguna posibilidad de que te acuse de haber violado sus derechos civiles, que afirme que la hospitalización se llevó a cabo en contra de su voluntad, que diga que fue coaccionada y forzada a tomar una medicación que la ha perjudicado de forma permanente? —preguntó el doctor Clark.
—Firmó un acuerdo voluntario, se le facilitó un tocho con sus derechos civiles, una notificación de sus derechos para con­sulta legal y todo lo demás. Por ahora, no es un litigio lo que me preocupa, Nathan.
—No suponía que llevabas guantes de reconocimiento por­que temes que te demanden.
Benton devolvió la felicitación y el sobre de FedEx a la bolsa de pruebas y la selló de nuevo. Se sacó los guantes y los arrojó a la papelera.
—¿Cuándo le dieron el alta de McLean? —preguntó el doc­tor Clark.
—La tarde del pasado domingo.
—¿La entrevistaste, hablaste con ella, antes de que se fuera?
—Dos días antes, el viernes.
—¿Y entonces no te dio ningún recuerdo, ninguna felicita­ción navideña, cuando podría haberlo hecho en persona y expe­rimentar la gratificación de mirar tu reacción?
—No lo hizo. Habló de Kay.
—Comprendo.
Claro que lo comprendía. Sabía muy bien la clase de asuntos que preocupaban a Benton.
El doctor Clark añadió:
—¿Es posible que Dodie seleccionara McLean porque sabía de antemano que tú, el célebre marido de la célebre Kay Scar- petta, trabajaba allí? ¿Es posible que Dodie eligiese McLean para poder pasar tiempo en exclusiva contigo?
—Yo no fui su primera opción.
—¿Quién lo fue? —Otro.
—¿Alguien a quien yo conozca? —preguntó el doctor Clark, como si tuviese a alguien en mente.
—Conoces su nombre.
—Posiblemente dudas de que su primera opción fuese en
realidad su primera opción, ya que los motivos y la sinceridad
de Dodie están en duda. ¿Fue McLean su primera elección? —Lo fue.
—Eso es significativo, ya que quizás el primer facultativo
que eligió no tenía privilegios allí, a menos que formara parte del personal.
—Que es lo que pasó —dijo Benton. —¿Ella tiene dinero?
—Supuestamente de todos los maridos por los que ha pasa­do. Se alojó en el pabellón, que es de pago y no lo cubre ninguna
aseguradora, como bien sabes. Pagó en efectivo. Bueno, su abo­gado lo hizo.
—¿Cuánto es ahora? ¿Tres mil al día? —Algo así.
—Pagó más de noventa mil dólares en efectivo. —Un depósito al ingresar, después el resto cuando se le dio
el alta. Una transferencia bancaria. Que realizó su abogado en Detroit.
—¿Vive ella en Detroit? —No.
—Pero tiene un abogado allí. —Eso parece.
—¿Qué hacía esa mujer en Detroit? Además de que la arres­taran.
—Dijo que estaba de visita. De vacaciones. Se hospedaba en el Gran Palais. Utilizaba su magia en las tragaperras y la ruleta. —¿Apuesta mucho?
Te venderá unos cuantos amuletos de la suerte, si eso te gusta. Parece disgustarte intensamente —observó el doctor Clark, con la misma expresión escrutadora en la mirada.
—No doy por hecho que yo no influyese en su elección de hospital. O Kay.
—Lo que oigo es que empiezas a temerlo —dijo el doctor Clark, quitándose las gafas para limpiarlas con su corbata de seda gris—. ¿Alguna posibilidad de que los últimos aconteci­mientos te vuelvan ansioso y desproporcionadamente descon­fiado de quienes te rodean?
—¿Te refieres a algunos acontecimientos en particular?
—Por qué no me lo dices tú.
—No estoy paranoico.
—Eso es lo que dicen los paranoicos.
—Me lo tomaré como una perla de tu humor mordaz.
—¿Cómo te va? ¿Aparte de esto? Han pasado muchas cosas por aquí, ¿verdad? Muchas cosas a la vez, este mes pasado.
—Siempre pasan muchas cosas.
—Kay ha aparecido en televisión y se ha expuesto a la mira­da pública. —El doctor Clark se puso las gafas—. También lo ha hecho Warner Agee.
Benton ya había anticipado que el doctor Clark mencionaría a Agee. Probablemente, Benton había estado evitando al doctor Clark. Probablemente, no. Lo había evitado. Hasta hoy.
—Se me ha ocurrido que reaccionarías al ver en las noticias a Warner, el hombre que saboteó tu carrera en el FBI, que saboteó toda tu vida porque quería ser tú —añadió el doctor Clark—. Ahora interpreta públicamente tu papel, metafóricamente ha­blando, asume el personaje de experto forense, de creador de perfiles del FBI, como su última oportunidad para alcanzar el estrellato.
—Hay muchas personas que hacen afirmaciones exageradas o falsas.
—¿Has leído su biografía en Wikipedia? Lo citan como uno de los padres fundadores de la elaboración de perfiles, y como tu mentor. Dice que durante la época que pasaste en la acade­mia del FBI, en la Unidad de Ciencias de la Conducta, y cuan­do iniciabas tu relación adúltera, y cito textualmente, con Kay Scarpetta, él trabajó con ella en varios casos célebres. ¿Es cierto que trabajó con Kay? Por lo que sé, Warner nunca ha elaborado perfiles para el FBI ni para nadie.
—No sabía que considerabas Wikipedia una fuente fiable —dijo Benton, como si fuese el doctor Clark quien difundiese estas mentiras.
—Eché un vistazo porque a menudo los individuos anóni­mos que contribuyen con información supuestamente objetiva a las enciclopedias online y otros sitios de Internet resultan tener también un gran y no tan imparcial interés en el tema del que es­criben furtivamente. Resulta curioso que estas últimas semanas la biografía de Warner se haya editado y ampliado considerable­mente. Me pregunto por quién.
—Quizá por la misma persona de la que habla. —Benton sentía el estómago tirante de resentimiento e ira.
—Supongo que Lucy podría descubrirlo, o ya lo sabe y po­dría eliminar esa falsa información. Pero es posible que no se le haya ocurrido comprobar ciertos detalles como he hecho yo, porque no has compartido con ella lo que sí has compartido conmigo acerca de tu pasado.
Benton no recordaba la última vez que se había sentido tan amenazado.
—Hay cosas mejores que perder el tiempo en individuos li­mitados que buscan atención desesperadamente. Lucy no tiene por qué malgastar sus recursos informáticos de investigación forense en cotilleos de Internet. Estás en lo cierto. No le he con­tado todo lo que te he contado a ti.
—Si no me hubieses llamado esta tarde, yo no habría tar­dado mucho en inventar alguna excusa para hablar contigo y poner todo esto sobre la mesa. Tienes todos los motivos para querer destruir a Warner Agee. Tengo motivos para esperar que superes tus deseos de hacerlo.
—No sé qué tiene esto que ver con lo que hablábamos, Na- than.
Todo tiene que ver con todo, Benton. —Observándolo, leyéndolo—. Pero volvamos al tema de tu ex paciente Dodie Hodge, porque tengo la sensación de que está relacionada, en cierto modo. Me sorprenden varias cosas. La primera es la feli­citación en sí, la evidente insinuación de violencia doméstica, de un hombre que degrada a una mujer llamándola zorra, la esposa que persigue al marido con la intención de golpearle con un ro­dillo, los matices sexuales. En otras palabras, una de esas bromas que no son divertidas. ¿Qué es lo que te dice Dodie?
—Proyección. —Benton se obligó a echar de la habitación la furia que sentía hacia Warner Agee—. Es lo que ella proyecta —se oyó decir en un tono razonable.
—Bien. ¿Y qué es lo que proyecta, en tu opinión? ¿Quién es Santa Claus? ¿Y quién es la señora Claus?
—Yo soy Santa Claus —respondió Benton, y la oleada ya pasaba. Le había parecido tan grande como un tsunami, luego retrocedió y casi había remitido. Se relajó un poco—. La señora Claus siente hostilidad hacia mí por algo que hice, que ella per­cibe como desagradable y degradante. Yo, Santa Claus, sólo dije «hola, hola, hola», pero ella interpretó que la llamaba zorra.
—Dodie Hodge percibe que es falsamente acusada, degrada­da, despreciada, trivializada. Sin embargo, sabe que su percep­ción es falsa. Ese es el trastorno de personalidad histriónica en funcionamiento. El mensaje obvio de la postal es que el pobre Santa Claus va a recibir una paliza porque la señora Claus ha ma- linterpretado terriblemente lo que él ha dicho, y es evidente que Dodie ha captado la broma o no hubiera escogido esa felicitación.
—Si la escogió ella.
—Sigues aludiendo a eso. La posibilidad de que cuente con ayuda. La posibilidad de un cómplice.
—La parte técnica del asunto —dijo Benton—. Entender de grabadoras, adquirirlas, montar el maldito artilugio. Dodie es impulsiva y busca la gratificación inmediata. Hay un grado de deliberación que no cuadra con lo que observé durante su estancia en el hospital. ¿Y cuándo ha tenido tiempo? Como he dicho, le dieron el alta el domingo pasado. La carta la enviaron ayer, miércoles. ¿Cómo supo que tenía que enviarla aquí? La dirección escrita a mano en el albarán es extraña. Todo es muy extraño.
—A ella le encanta dramatizar y la felicitación cantada es una interpretación. ¿No crees que eso encaja con sus tendencias histriónicas?
—Tú mismo has señalado que ella no ha presenciado la fun­ción. La función no es divertida si no hay público. No me ha visto abrir la felicitación, no sabe con certeza si lo he hecho. ¿Por qué no dármela antes de recibir el alta, hacerlo en perso­na?
—Así que alguien la incitó a hacerlo. Su cómplice.
—La letra me inquieta.
—¿Qué parte?
-—Pon muérdago donde te quepa y un ángel de tu árbol cuel­ga —respondió Benton.
—¿Quién es el ángel?
—Dímelo tú.
—Podría ser Kay —el doctor Clark sostuvo la mirada—. Tu árbol podría ser una referencia a tu pene, a la relación sexual con tu esposa.
—Y una alusión a un linchamiento —añadió Benton.

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