El fantasma de la señora Crowl

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El fantasma de la señora Crowl es una selección de relatos de Sheridan Le Fanu realizada por el otro gran genio del ghost story inglés, M.R.James, en 1923. En ella se reúnen las mejores historias de horror de Le Fanu que hasta ese entonces habían estado dispersas por revistas y periódicos, y que aún retienen para el lector rnoderno toda su siniestra fascinación.

Entre los relatos incluidos, adernás del que da nombre al libro, destacan sin duda El testamento del caballero Toby, una de las mejores historias de fantasmas de la literatura inglesa; todo el horror de El demonio Dickon y la fábula que se troca en espanto de El niño que se fue con las hadas.

Ese método tranquilo y acumulativo de conducir a un terror intolerable es la característica de las mejores obras de Le Fanu…

E. F. Benson

ANTICIPO:
EXISTE LA FAMOSA HISTORIA DE UN gato blanco, que todos sabíamos de memoria en la guardería. Yo voy a relatar la historia de un gato blanco muy distinta de la de la hermosa y encantadora princesa que adoptó ese disfraz por una temporada. El gato blanco del que me ocuparé era un animal mucho más siniestro.

El viajero que va de Limerick a Dublín, tras pasar por los montes de Killaloe a la derecha, estando la montaña Keeper bien a la vista, se encuentra gradualmente encerrado, a la derecha, por una cordillera de montes bajos. Una llanura ondulante que desciende de forma gradual a un nivel más bajo que el de la carretera se interpone al paso y algunos setos diseminados por la comarca, alivian en cierto modo el carácter salvaje y melancólico de la misma.

Una de las pocas viviendas que enviaban sus volutas de humo de turba en aquella desolada llanura, era la casa de techo bajo y construida de arcilla, de un «poderoso granjero», en realidad, el más próspero de los de su clase en Munster. Se alzaba en medio de un bosquecillo, cerca de un sinuoso riachuelo, a medio camino entre las montañas y la carretera de Dublín, y había sido durante varias generaciones propiedad de una familia apellidada Donovan.

En un lugar distante, deseando estudiar unos libros irlandeses que habían caído en mis manos, y tras preguntar por un buen profesor capaz de enseñarme el lenguaje irlandés, me recomendaron para este propósito a un tal señor Donovan, soñador, inofensivo y experto.

Descubrí que había estudiado en calidad de becado en el Trinity College de Dublín. Vivía de la enseñanza y supuse que la orientación especial de mis estudios halagó su patriotismo nacional, porque dejó en libertad a sus largamente reservados pensamientos y recuerdos acerca de su país y sus años mozos. Fue él quien me contó esta historia, y voy a repetirla, lo mejor que sepa y pueda, con sus mismas palabras.

Yo ya había visto la antigua granja, con su huerto de magníficos manzanos. Había contemplado su peculiar paisaje, la torre sin techumbre, adornada de hiedra, que unos doscientos años antes había sido un refugio contra asaltos y saqueos, y que todavía ocupa su viejo lugar en una esquina del cobertizo, y los arbustos de denso follaje que a unos ciento cincuenta escasos pasos, recuerdan las labores agrícolas de una raza desaparecida; la oscura y elevada línea de la vieja Keeper al fondo, y la solitaria serie de colinas revestidas de tojos y brezales que forman una cercana barrera, con abundantes muros de roca gris, robles enanos y abedules La sensación de soledad componía un escenario bastante a propósito para una historia salvaje y sobrenatural. Y podía ver, imaginativamente, a la luz de una mañana gris y ventosa, amortajada en nieve, o bajo la melancólica gloria de un crepúsculo otoñal, o en el frío resplandor de una noche con luna, cómo podría haber ayudado a sincronizar una mente soñadora como la del honrado Dan Donovan, con la superstición y cierta propensión a las ilusiones de la fantasía. Sin embargo, es seguro que nunca me había tropezado con un ser de mentalidad tan simple o de tan buena fe en el que pudiera confiar por completo.

De niño, me contó, yo vivía en nuestro hogar de Drumgunniol, solía coger mi Historia de Roma de Goldsmith y bajar a mi asiento favorito, una losa plana, sombreada por un enorme oxiacanto tallado de un pequeña extensión de agua, más bien una charca amplia y profunda, como las que llaman «lago» en Inglaterra. La losa se hallaba situada en el tramo gentil de un campo que se proyectaba hacia el norte por el viejo huerto, y como era un sitio desierto resultaba muy favorable a la quietud de mis estudios.

Un día, estando allí leyendo como de costumbre, me cansé al fin y empecé a mirar a mi alrededor, rememorando las heroicas escenas que acababa de leer. Me hallaba tan despierto como lo estoy ahora, y vi aparecer una mujer por la esquina del huerto, descendiendo la pendiente. Llevaba un vestido largo, de color gris claro, tan largo que parecía barrer la hierba a su paso, y tan singular era su presencia en aquella parte del mundo donde el atavío femenino está inflexiblemente fijado por la costumbre, que no acerté a apartar mi vista de ella. Su rumbo iba diagonalmente de esquina a esquina del campo, siendo éste bastante extenso, siguiéndolo sin el menor desvío.

Cuando estuvo más cerca pude ver que iba descalza y que fijaba los ojos en algún objeto remoto como guía. Su ruta se hubiera cruzado conmigo, de no haberse interpuesto el lago, a unos diez o doce metros por debajo del punto en que yo estaba sentado. Pero en vez de detener su marcha al llegar al borde del lago, como yo esperaba que haría, continuó sin tener, al parecer, conocimiento de su existencia, y la vi, tan bien como le estoy viendo a usted, señor, que cruzaba la superficie del agua, y pasaba, sin verme al parecer, a la distancia que yo había calculado. .

Estuve a punto de perder el sentido a causa del terror. Yo sólo tenía trece años de edad y recuerdo todos los detalles como si ocurriese ahora mismo.

La figura pasó a través del claro en la esquina del campo, y allí la perdí de vista. Apenas tuve fuerzas para regresar a casa, y me sentí tan nervioso y finalmente tan enfermo, que finalmente me vi confinado en casa por espacio de tres semanas, sin poder estar solo ni un momento. Nunca volví a aquel campo, tal era el horror que desde aquel día me atenazaba el ánimo. Ni siquiera ahora, al cabo de tanto tiempo, me atrevería a volver allí.

Aquella aparición la relacioné con un suceso misterioso y también con una responsabilidad que por casi ocho años distinguió, o más bien, afligió, a nuestra familia. No es ninguna tontería. Todo el mundo, en esa parte del país, lo conoce. Todo el mundo lo relacionó con lo que yo había presenciado.

Os lo contaré lo mejor que sepa.

Cuando cumplí los catorce años, o sea uno después de haber visto lo que vi junto al lado de aquel campo, estaba aguardando a mi padre que volviera de Killaloe. Mi madre también le aguardaba y yo con ella, pues nada me gustaba más que aquella especie de vigilia. Mis hermanos y hermanas, y los servidores de la granja, excepto los hombres que estaban conduciendo el ganado desde la feria, dormían en sus respectivas camas. Mi madre y yo nos hallábamos sentados junto a la chimenea entretenidos en una agradable charla, mientras ella vigilaba la cena de padre, que estaba en una olla sostenida sobre el fuego. Sabíamos que él llegaría antes que los hombres que conducían el ganado, porque iba a caballo, y nos había dicho que sólo esperaría a verles ya encaminados hacia casa, para espolear a su montura.

Al fin oímos su voz y el chasquido de su látigo contra la puerta, y mi madre abrió. Creo que jamás vi borracho a mi padre, lo cual no podían decirlo todos los chicos de mi edad en aquella parte del país, pero sí solía beber un vaso de whisky de vez en cuando, y generalmente volvía de una feria o un mercado un poco alegre, con algo de color en sus mejillas.

Aquella noche estaba, en cambio, hundido, pálido y triste. Entró con la silla de montar y la brida en sus manos, lo dejó caer todo junto a la pared, cerca de la puerta, y rodeó el cuello de mi madre con ambos brazos, besándola amorosamente.

-Bienvenido a casa, Meehal-Ie recibió ella, devolviéndole el beso.

-Dios te bendiga, querida -respondió él. Y volviendo a abrazarla, se volvió hacia mí, que le estaba cogiendo una mano, como celoso de su cariño. Yo era bajito y delgado para mi edad, y él me levantó en alto y me besó, y con mis brazos en torno a su cuello, le ordenó a mi madre:

-Corre el cerrojo, de prisa.

Mi madre obedeció y él, tras bajarme al suelo sin muchas contemplaciones, fue hacia el hogar y se sentó en un taburete, extendiendo los pies hacia el fuego, con las manos en las rodillas.

-Vamos, Mick, querido -le rogó mi madre, con creciente ansiedad-, dime qué tal se ha vendido el ganado y si todo ha ido bien en la feria, si has discutido con el señor, ¡o qué diablos te sucede, mi querido Mick!

-Nada, Molly. Las vacas se vendieron bien, gracias a Dios, no hubo ninguna disputa con el señor y todo marcha bien. No pasa nada en ninguna parte.

-Entonces, Mickey, si ésta es la verdad, dedícate a tu cena que está caliente, y cuéntanos las noticias que haya.

-Cené por el camino y no podría tragar ni un solo bocado más, Molly -respondió mi padre.

-Con que cenaste por el camino sabiendo que yo te la aguardaba, aquí sentada para vigilarla -gritó mi madre en son de reproche.

-Siempre le das un significado equivocado a cuanto digo -se quejó mi padre-. Algo sucedió que me dejó sin apetito, y voy a contártelo, Molly. Vi el gato blanco, mujer.

-iEI Señor se apiade de nosotros! -exclamó mi madre, tan pálida al momento como mi padre; pero luego, tratando de esbozar una sonrisa, añadió-: Bah, tratas de bromear conmigo… Seguro que un conejo blanco fue atrapado el domingo pasado, en el bosque de Grady; y Teigue vio una enorme rata blanca ayer en el cobertizo.

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Interplanetaria

8 Opiniones

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  • eze
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    La casa del Juez

    Bram Stoker

    Cuando llegó la época de sus exámenes, Malcolm Malcomson se decidió de repente a marchar a un lugar retirado, con el fin de poder estudiar con tranquilidad. Temía la atracción de las poblaciones costeras y también el aislamiento completamente rural. De las primeras conocía sus encantos. Determinó, pues, buscar un pueblo sin pretensiones, donde nadie ni nada pudieran distraerle.

    Como es natural, se abstuvo de preguntar acerca de nombres ni de lugares a sus amigos, puesto que todos le recomendarían con seguridad sitios ya conocidos por él. Y, lo que era peor, por aquéllos. Malcomson deseaba evitar las amistades, pues no quería que nadie le molestase en sus estudios. Por eso decidió buscar él mismo el lugar. Llenó una maleta con algunas prendas y todos los libros que necesitaba, y adquirió un billete para el primer nombre del horario de salidas que vio en la estación.

    Cuando al cabo de un viaje de tres horas se apeó en Benchurch, sintióse satisfecho de haber borrado su rastro por completo y de hallarse en un sitio donde podría estudiar con toda tranquilidad. Luego dirigióse directamente a la única posada de aquella adormilada aldea, y se dispuso a pasar allí la noche. Benchurch era un pueblo con mercado, por lo que una vez cada tres semanas se veía sumamente atestado de gente, aunque el resto del mes resultaba tan vacía como un desierto.

    Al día siguiente de su llegada, Malcolm empezó a buscar un alojamiento todavía más aislado que la posada, la cual se llamaba «Al buen viajero». Sólo una casa llamó su atención y satisfizo su idea de soledad: en realidad, soledad y quietud no eran los términos más apropiados para definirla, ya que el más adecuado seria desolación y no aislamiento. Era un edificio vetusto, decaido, de estilo jacobita, con pesados aleros y ventanas, usualmente pequeñas, más elevadas de lo normal en las demás casas del pueblo, muchas de las cuales estaban casi a ras del suelo, y rodeado por una tapia de construcción maciza.

    Tras un examen más detenido, le pareció más una morada fortificada que una mansión ordinaria. Fue todo esto lo que mas le gustó a Malcolm. “Aqui, pensó, tendré la verdadera oportunidad de estudiar. Aqui seré feliz. Si, ésta es la casa que andaba buscando”… Su alegria aumentó cuando supo, con certeza, que la casa no estaba habitada.

    En Correos se enteró del nombre del agente, quien raras veces se veia sorprendido por una solicitud relativa a la vieja casona. El señor Carnford, el agente y abogado local, era un caballero de cierta edad, que confesó encantado que hacia mucho tiempo que nadie deseaba alquilar aquella mansión.

    -A decir verdad -añadió-, habria llegado, en favor de sus propietarios, a alquilarla gratis al menos durante un año, con el fin de que la gente se acostumbrase a verla habitada. Lleva tanto tiempo vacia, que se ha creado incluso cierto prejuicio. Es posible que su ocupación lo destruya…, aunque esté ocupada -agregó con una timida mirada al aspecto de Malcolm- por un sabio como usted, que desea calma y tranquilidad para sus estudios.

    Malcolm juzgó innecesario preguntarle al agente cuál era el prejuicio… Sabia que conseguiria mejores informes respecto al tema, si los precisaba, por boca de otras personas. Abonó tres meses de renta, se guardó el recibo, y anotó el nombre de una mujer que seguramente haria las faenas de la casa. Luego, se marchó con las llaves en el bolsillo.

    Se dirigió en busca de la patrona de la posada, persona muy amable y simpática. y le pidió consejo sobre las tiendas y las provisiones que podria necesitar. Ella levantó las manos hacia el techo cuando él le contó adónde iba a alojarse.

    -¡No en la Casa del Juez! -exclamó aterrada.

    Malcolm le explicó las ventajas de aquella casa para él, añadiendo que ignoraba su nombre. Cuando terminó su exposición, ella le contestó:

    -Si, seguro…, seguro que es la misma. Seguro que es la Casa del Juez.

    Malcolm le preguntó gentilmente qué pasaba con semejante lugar, por qué le llamaban de aquel modo y qué tenian en contra del mismo.

    La mujer respondió que asi llamaban a la casa porque muchos años antes (ignoraba cuánto tiempo, puesto que ella era de otra parte del pais, aunque pensaba que se trataba de más de cien años) habia sido la morada de un juez a quien todos temian a causa de sus terribles sentencias y su hostilidad a los presos. Respecto a lo que hubiera en contra de la casa, lo ignoraba también. A menudo lo habia preguntado, pero nadie le habla informado; aunque existia la impresión general de un “algo”. Por su parte, ni por todo el dinero del Banco de Drinkwater permaneceria una sola hora en aquella casa. Después, se disculpó con Malcolm por aburrirle con su charla.

    -Opino -concluyó diciendo- que, para un joven caballero como usted, no es bueno que viva alli tan solo. Si usted fuera mi hijo, y perdóneme por decirle tal cosa, no dormiria alli esta noche, ni ninguna, claro. aunque tuviese que ir en persona a tocar la señal de alarma que hay en el tejado.

    La buena mujer estaba tan preocupada, y era tan amable en sus intenciones, que Malcolm, aunque interiormente divertido, sintióse emocionado. Asi, respondió que le agradecia sus buenas intenciones y añadió:

    -Mi querida señora Witham, no tiene por qué preocuparse por mi. Un hombre que estudia matemáticas superiores no tiene tiempo para ocuparse de cosas misteriosas. Su tarea es demasiado exacta y meticulosa y también prosaica para permitir que ningún rincón de su cerebro se dedique a especulaciones misteriosas de cualquier clase. Las progresiones armónicas, las permutaciones y las combinaciones, aparte de las funciones elipticas, ya suponen bastante misterio para mi -agregó riendo.

    La señora Witham se ofreció para adquirir cuanto él necesitase, y Malcolm se marchó a visitar a la mujer de faenas recomendada por el agente.

    Cuando volvió con ella a la Casa del Juez, al cabo de dos horas, vio que la señora Witham ya le aguardaba con varios hombres y chicos portadores de bultos y paquetes, asi como el mozo de un tapicero que llevaba una cama en una carreta, pues, según dijo la mujer, aunque las sillas y las mesas estuviesen en buen estado, una cama que no se había aireado en más de cincuenta años, no era lugar apropiado para unos huesos juveniles. Evidentemente, la señora Witham tenía curiosidad por visitar el interior de la casa, y aunque era manifiesto que temía «algo», pues al menor ruido se agarraba fuertemente a Malcolm, de quien no se apartaba ni un solo instante, examinó todo el lugar.

    Tras la visita a la casa, Malcolm decidió instalarse en el inmenso comedor, que podía satisfacer todas sus necesidades; y la señora Witham, con la ayuda de la señora Dempster, que así se llamaba la «interina», procedió a efectuar los arreglos necesarios. Cuando hubieron desenvuelto y vaciado todas las cajas, Malcolm comprendió que la señora Witham había sido previsora en extremo, pues las provisiones al menos eran para una semana. Antes de marcharse, ella le deseó mucha suerte. Y ya en la puerta se volvió y le espetó:

    -Tal vez, señor, el comedor resulte excesivamente grande para usted, y además, habrá quizá corrientes de aire, por lo que sería conveniente que instalara alrededor de su cama, al menos por las noches, una cosa de esas que se llaman… biombos; aunque, a decir verdad, antes me moriría que estar encerrada dentro de uno de esos objetos, con todas esas cosas… que asoman la cabeza por todas partes… incluso por arriba… podrían mirarme…

    El panorama que ella misma acababa de evocar fue demasiado para sus nervios, y huyó velozmente de allí.

    La señora Dempster resopló con aires de superioridad cuando desapareció la otra mujer, y observó que por su parte no temía a ningún duende del reino.

    -Le diré una cosa, señor -continuó-: los duendes son muchas cosas, muchas… menos duendes. Ratas y ratones, y también avispas o cucarachas; puertas que crujen, tejas sueltas, vidrios rotos, manijas y tiradores flojos en las cómodas… que a veces caen por la noche. Fíjese en el artesonado de esta habitación. ¡Tiene unos cien años de antigüedad! ¡Imagínese las ratas y cucarachas que habrá ahí dentro! Y usted no ve nada. Las ratas son los duendes, se lo aseguro, y los duendes son las ratas. ¡ Y no crea otra cosa!

    -Señora Dempster -replicó Malcolm con gravedad, con una ligera inclinación cortés-, sabe usted más que un sabio auténtico. Y permítame decirle, como signo de estimación hacia su indudable bondad de corazón y buen juicio, que cuando yo me vaya, le cederé la posesión de esta casa, donde podrá usted vivir al menos dos meses, puesto que la he alquilado por tres y a mi me bastará para mis estudios con cuatro semanas a lo sumo.

    -Muchas gracias, señor -repuso ella-, pero no podría dormir ni una sola noche fuera de mi propio lugar. Yo vivo en la Greenshow’s Charity, y si durmiera una sola noche fuera de mi habitación, la perdería. En esa casa de beneficencia las reglas son muy estrictas; y hay demasiadas personas que aguardan una vacante para arriesgarme a perder mi cama. Aunque le aseguro, señor, que me encantará servirle en cuanto sea menester durante su estancia aquí.

    -Mi buena mujer -observó Malcolm rápidamente-, he venido aquí en busca de soledad y aislamiento, y créame que le estoy agradecido al difunto Greenshow por haber organizado una casa de beneficencia de forma tan admirable, pues de este modo me veo frustrado en la oportunidad de experimentar esta forma de tentación. El mismo San Antonio no habría podido ser más rígido en este punto.

  • vale
    on

    :-\ho{a me encato este cuento :)gracias besos

  • joseph sherilam
    on

    ah hola les queria decir algo acerca de este cuento crei que seria un poco mas interesante 😮 y mas de terror por ese me incline a leerlo :( pero no todo raro la cosa es que me sirvio para taea gracias por todo 😛 ::) ??? :-X :-\ 8) ;D.

  • J. sheridan le fanu
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    nesecito el resumenn de el fantasma de la señora crowl [font=arial][size=4][size=7][color=pink][/color][/size][/size][/font]

  • Elmo
    on

    8)eeh wachoo es de terror este cuentoo

  • Maru
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    ehh que deci gil? :-*

  • Chanchito
    on

    :-X estuve re chebere 😀 ::)

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