El fantasma de Lucentum

lucentum

Durante su primera noche en su nuevo domicilio un psicólogo retirado, Miguel Bustamante, escucha un golpe en el apartamento contiguo. Al día siguiente descubre que allí se ha producido un crimen espeluznante.

Bustamante colaborará con la policía en una investigación en la que se encontrará con que ese no es el primer ataque que desemboca en un asesinato misterioso. La descripción de un niño que sobrevivió a uno de tales ataques no parece muy fiable: un ser cubierto por una vieja capa, de ojos brillantes y garras alargadas, que parece proceder de las ruinas de Lucentum, y que lleva al pánico a los habitantes locales.

El melillense Gerardo Muñoz escribió en 1987 su primera novela: una pesadilla que transcurre en nueve días, y que fue bien recibida por la crítica nacional.

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MARTES

EL FANTASMA

Aquella noche Miguel Bustamante cenó en su apartamento y se acostó pronto, poco antes de las diez. Se hallaba muy cansado pero, al mismo tiempo, las constantes cavilaciones que rebotaban en su mente como bolitas de goma le impedían conciliar el sueño.

Con las cortinas descorridas, desde la cama podía admirar una maravillosa panorámica. Sin necesidad de levantar la cabeza de la almohada, ladeándola tan sólo un poco hacia la izquierda, sus ojos contemplaban la mayor parte de la sierra encrespada que separaba la Albufereta de la capital. La carretera que corría entre los montes y el mar se veía iluminada por abundantes farolas blancas y, en su remate, sobre la cúspide de la última montaña de la sierra, el castillo de Santa Bárbara se elevaba sólido y casi a oscuras, sin los potentes focos que le adoraban durante los festivos. Más allá de las miríadas de lucecitas que conformaban la ciudad nocturna y las poblaciones aledañas, el faro enclavado en la punta del cabo de Santa Pola enviaba intermitentemente sus fugaces haces hacia el dormitorio de Miguel. Y, por fin, frente a su terraza, a unos pocos kilómetros del puerto deportivo y medio ocultas por la bruma, se apreciaban las tenues lucecitas de la isla de Tabarca.

Miguel se entretuvo aun un poco más, observando los pilotos encarnados, blancos y amarillos de los vehículos que circulaban por la carretera de la Albufereta y los flecos de los dos toldos de su terraza balanceándose cada vez más frenéticamente ante el impulso del fuerte viento. Y luego, sin darse cuenta, se quedó plácidamente dormido.

Pero al cabo de un buen rato, quizá después de varias horas, un suave pero insistente ruido despertó a Miguel. Si bien en un principio no supo de qué lugar procedía, al revolverse en la cama y mirar la cristalera descubrió, en la terraza, a un gato enorme y negro que se dedicaba a arañar el cristal con una de sus garras anteriores, mientras le miraba con ojos grandes y brillantes.

Aunque no sintió miedo, Miguel se sobresaltó ante la inesperada presencia del felino. Así que, dando un brinco, se puso en pie y trató de ahuyentar al gato gritándole y haciendo aspavientos. El animal dejó de arañar el cristal, le examinó con inquietante calma y, después de dar un tímido maullido, corrió hacia la jardinera para saltar acto seguido a la terraza del malogrado vecino.

Se cercioró de que la puerta de la cristalera estaba bien cerrada y volvió a acostarse. Pensó que, sin lugar a dudas, aquel gato era el de su vecino, el que le había molestado la noche anterior con su serenata de maullidos, interrumpida tal vez por la aparición del criminal, y que ahora había decidido regresar a su hogar. Pero los pensamientos de Miguel se mezclaron enseguida con las siguientes experiencias oníricas que creó su cerebro y pronto se olvidó del enorme gato negro.

Sin embargo, transcurridos unos pocos minutos, de nuevo el mismo ruido volvió a despertarle. Irritado, dispuesto a escarmentar al terco animal y correr luego las cortinas, se dispuso a levantarse una vez más de la cama. Pero cuando estaba en ello, todavía sentado y con las sábanas y el edredón en una mano, sus ojos se encontraron con una figura oscura y siniestra que hallábase agachada al otro lado de la cristalera, justo en el lugar donde hacía tan sólo un rato había estado el gato, y que le observaba con gran atención. Su cuerpo se paralizó, su mandíbula inferior se cayó involuntariamente y su mirada fue a fijarse en los dos puntitos brillantes que había dentro de una capucha tenebrosa. Miguel no pudo apreciar más, pues el cuerpo de aquel ser estaba cubierto por un ropaje oscuro que le cubría por completo y la capucha, grande y picuda, escondía las facciones de su dueño.

—¿Quién…? ¿Quién es? —pudo pronunciar por fin a pesar del tremendo estremecimiento que sobrecogía todo su cuerpo.

La persona que había dentro de aquel ropaje no le contestó, pero a Miguel le pareció que los ojos relucientes le sonrieron, con una sonrisa tan misteriosa como escalofriante. Entonces reaccionó, y su reacción no pudo ser más distinta de la que él hubiese esperado o deseado de sí mismo en una circunstancia como aquella, pues, saltando encima de la cama, se puso a gritar con un histerismo irrefrenable.

La figura se puso en pie y, al hacerlo, su altura sobrecogió aún más al atemorizado Miguel. La mano derecha del fantasma apareció entonces por el extremo de una manga ancha y las uñas curvas y larguísimas que remataban sus huesudos dedos fueron a chocar varias veces con el cristal, rascándolo y produciendo el mismo ruido que le había despertado y confundido con las garras del felino.

Miguel saltó entonces de la cama por el lado opuesto a la cristalera y pegó su espalda, repentinamente húmeda, al armario empotrado. Empezaba a ser consciente de lo que tenía frente a él y trató de controlar el gran pavor que sentía, para poder escapar de allí. Pero no tuvo necesidad de pensar en el modo de huir, ni tampoco de salir del apartamento, ya que la figura dejó de golpear la cristalera y, tras dar media vuelta, corrió hacia el extremo más alejado de la terraza, desapareciendo al saltar a través de la jardinera y con la capa flotando a merced del intenso viento.

Miguel permaneció en tensión y con el rostro desencajado durante un instante, sin atreverse a despegar la espalda del armario. Luego, como un poseído, corrió hacia la cocina. Encendió la luz, abrió un cajón y sacó un cuchillo de hoja serrada. Después volvió al dormitorio, encendió también la lámpara que colgaba del techo y se empezó a relajar al percatarse de que aquel ser no había regresado.

Encorvado, al pie de la cama y con el cuchillo temblándole en su mano derecha, empezó a coordinar las ideas que su cerebro, ya desbloqueado, volvía a emitir.

Primero pensó que debía telefonear a la Policía, pero enseguida esta idea fue apartada por otra, presumiblemente más urgente: avisar al portero de noche; o mejor, al vecino del doce izquierda de Centauro, pues era su terraza adonde había saltado el fantasma. Pero la verdad es que no sabía si ese apartamento estaba ocupado ni tampoco le pareció seguro salir en ese momento del suyo para bajar a la conserjería.

Indeciso, con paso lento y pesado, Miguel fue hasta el salón. Allí también estaban las cortinas descorridas y la puerta cerrada. Se acercó a la cristalera y escudriñó con ojos aún muy abiertos la oscuridad del exterior. Las luces que había entonces por la Albufera eran escasas y muy repartidas. Por un momento, sintió el impulso de salir a la terraza, acercarse a la baranda y asomarse al otro lado de la pared que le separaba del apartamento de Centauro, pero un escalofrío le hizo encogerse y rechazar esta idea.

Ya más tranquilo, se dejó caer sobre el diván. Miró el teléfono que había sobre la mesita del rincón, junto a la lámpara de pie, y volvió a pensar en llamar a la Policía. Les diría que vinieran rápidamente, que había visto al asesino, el mismo que había matado a su vecino la noche anterior y quien, posiblemente, también había atacado a los muchachos franceses. Y, una vez llegaran, entonces… entonces… Miguel parpadeó confundido. Una vez llegaran los policías, ¿qué pasaría? Pues que empezarían las preguntas, la búsqueda, un nuevo interrogatorio y, casi con toda seguridad, las miradas escépticas de quienes creyeran que la aparición que él acababa de ver, con sus garras, su capa y sus ojos relucientes, era más producto de su imaginación que un ser real. Pero, ¿acaso no habían muerto ya dos personas, y una de ellas de una manera harto misteriosa?, se quiso convencer Miguel en tanto continuaba mirando al teléfono. Pero una cosa es que hubiese un asesino suelto y otra bien distinta un fantasma, pues aquel ser que había visto parecía el mismo que describiera el niño francés y, ¿por qué no?, el mismo que Juanón, el compañero de Roberto, identificara muchos años atrás como un espíritu maligno de Lucentum.

Entonces encendió la lámpara de pie que había al lado del teléfono y, con la luz, su mente pareció aclararse. De pronto, se encontró a sí mismo ridículo, sentado desnudo en el sofá de su salón a las seis de la madrugada, manoseando un cuchillo de cocina y dudando entre telefonear a la Policía, para avisarles de que había visto a un fantasma, o correr en cueros a la conserjería con intención de convencer al portero de que debía subir al apartamento contiguo para advertir al vecino, si es que lo había.

Se levantó por fin del diván y fue hasta la cocina para dejar el cuchillo en su sitio. Fue después al dormitorio, para ponerse su bata de paño y calzarse sus zapatillas, y luego volvió a la cocina para enchufar la cafetera.

Unos minutos más tarde, Miguel se hallaba sentado en uno de los taburetes de la cocina, con una taza llena de café recién hecho en la mesita que había pegada a la pared, bajo la ventana, y contemplando con mirada desvaída el paisaje que se extendía en la parte de atrás de la urbanización, más allá del aparcamiento y la carretera asfaltada que rodeaba el Parque Celeste y varios edificios cercanos.

El sol nacía a su derecha y sus todavía débiles rayos empezaban a iluminar las ruinas valladas que cubrían casi por completo la cumbre del cerro en donde se levantaba el Parque Celeste y varias urbanizaciones vecinas. Más allá había una vastísima llanura que se extendía a lo largo de varios kilómetros, hasta una cadena montañosa, presidida por el monte Aitana, cuyas cumbres comenzaban a despejarse. Por medio atravesaban varias carreteras, como la nacional que unía Alicante con Valencia, y había infinidad de casas y apartamentos. Enfrente, a unos cuatro kilómetros, un puñado de casas con agonizantes lucecitas blancas y amarillas señalaban el emplazamiento del pueblo de San Juan y a la derecha, medio tapada por un edificio próximo, divisó la continuación del litoral, con el desfile de altos bloques que acordonaban sin descanso la playa de San Juan hasta llegar a Campello.

Bajó la vista de nuevo a las cercanías del Parque Celeste, a la cumbre del cerro, y su mirada se perdió, entre las grandes piedras irregulares que conformaban las ruinas de Lucentum, ya mejor iluminadas por la claridad solar. Los ojos de Miguel recorrieron los restos de muros de piedra y barro que había repartidos por doquier, cuya altura no sobrepasaban los tres metros, y su memoria le recordó lo que los conserjes le habían contado. Allí habían sido asaltados dos niños hacía tan sólo unos meses y por una persona cuya descripción coincidía con el ser que él acababa de ver en su terraza. Allí un hombre creyó ver, muchos años atrás, un espíritu maligno de gran altura y ropas oscuras que, quizá como consecuencia de una indeliberada acción suya, había quedado en libertad para vagar y matar a quienes se atrevieran a deambular por los alrededores de Lucentum. Pero, ¿qué era Lucentum?, se preguntó Miguel. ¿Qué había sido en el pasado realmente ese lugar? ¿Quiénes habían poblado ese montón de piedras cuando formaban una ciudad y antes de convertirse en ruinas valladas y protegidas? ¿Tendría algo que ver el pasado de esos vestigios arqueológicos con la deformidad mental de quien atacaba y asesinaba sin causa aparente?

Miguel se dio cuenta entonces de que, a pesar de que había veraneado allí tantos años y haber paseado muchas veces alrededor de esos restos, nunca se había preocupado de averiguar qué era aquello en realidad. Había tenido que cometerse un crimen allí para que empezara a preocuparse de ese asunto. Pero, sea como fuere, se dijo mientras bebía el último sorbo de café, había llegado el momento de averiguarlo.

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Interplanetaria

21 Opiniones

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  • dude
    on

    ¿qué me podeis decir por aquí sobre esta novela, que sois los amos del género?

    un saludo.

  • jorge
    on

    Pues que está en imprenta y estará disponible en los primeros días del año.

    La portada y las ilustraciones del interior son de M. g. Calderón.

  • Sr.Cuervo
    on

    No está mal, no es ninguna obra maestra pero sin duda es mas entretenida que la mayoría de las novelas de terror modernas que se publican hoy día.

  • yomismo
    on

    Parece que el Sr. Cuervo la ha leido en su edición anterior. Podía ampliar la información para los nuevos.

    El anticipo promete, así que…

  • Pollito
    on

    Las ilustraciones interiores no se pero la portada es espantosa

  • Sr. Cuervo
    on

    En mi opinión es una novela simple, eficaz y previsible, sin el despectivismo de las palabras. Simple, porque es una narración rápida, de leerse de un tirón; eficaz, porque juega con unos componentes interesantes, algo ramplones, y los pone sobre el tapete para poco a poco ir descubriéndo el pastel; previsible, porque alguna de las situaciones te las esperas de antemano, sobre todo la parte mas interesante, para mí, de la novela: lo concerniente a la extraña criatura y las ruinas de Lucentum.

    Como decía, una novela que para lo que actualmente se publica, anglosajón principalmente, no tiene que envidiar nada. Además, tiene el aliciente que es una de las pocas novelas de terror autoctonas, y eso es un valor añadido.

    Un saludo.

  • Sr. Cuervo
    on

    Y diefiero de Pollito; la portada es potente :-)

    Si hubieras visto la anterior edición de Acervo, entonces te comprendería.

  • yomismo
    on

    Gracias a Sr. Cuervo por sus comentarios. La compraré y opinaré.

    Lo que me llamó la atención es precisamente que sea de un españo.

    También difiero de Pollito sobre la portada. Me parece buena e ilustrativa.

  • El Pend
    on

    Bien, estoy buscando la novela desesperadamente y no la encuentro por ningún lado. ¿Alguna pista por Madrid?

  • Sr. Cuervo
    on

    Sí, he leído la de Acervo :-)

  • yomismo
    on

    He llamado a la Editorial, y me han dicho que en Madrid, se presentará el libro a las librerías el próximo lunes 12, así que en pocos días más estará para comprar.

    ¡Me pongo a la cola!

  • yomismo
    on

    Se me olvidó en el mensaje anterior.

    Me han dicho que el días 22 se presentará el libro en Alicante, en la librería "80 Mundos", pero que ya emitirán un comunicado en los próximos días.

  • egipto
    on

    Localizada y comprada: veremos si cumple expectativas.

  • yomismo
    on

    ¿Dónde? en que librería.

  • egipto
    on

    En baratalia, una librería de segunda mano. Es la edición de Acervo ¿ok?

  • Bernie
    on

    Entonces, ¿la nueva edición donde puedo comprarla?

  • MCG
    on

    Tened un poco de paciencia y ya que teneis intención de comprarla, comprad la nueva. Que es la primera novela que ilustro y me encantaría conocer la opinión de la gente. Por cierto, espero que el error tipográfico en mi nombre no salga tambien en el libro impreso.:-(

  • Jose Luis
    on

    Manuel, ya he recibido el libro de prensa y decirte que las ilustraciones interiores son magnifícas :-)

    Bueno reconozco que tus dibujos suelen gustarme bastante. Los incluidos en el relato de Pallarés El último pizzicato en la revista Galaxia son estupendos.

    Un saludo.

  • El Pend
    on

    A mí también me gustan mucho las ilustraciones de ese cuento.

    Mis felicitaciones Manuel Calderón.

  • oscar
    on

    El día 22 de Enero, jueves, a las 20:00 horas, se presentará en la librería 80 Mundos de Alicante, sita en Avda. General Marvá, 14.

    Los presentadores serán Emilio Soler, historiador y

    Juan Ramón Gil, periodista.

    Asístirá también el autor.

  • Gemmax
    on

    A mí no me pareció gran cosa Lucentum, previsible en algunos casos, como dice Sr. Cuervo, pero está bien que lo intenten los autores españoles. Lo mejor que he leí do últimamente de un español fue El Misterio del Vislatek, un juego constante de engaños que te hace pasar miedo. Fue, cómo no, gracias a Valdemar, que también mete otros dos relatos de españoles en la antología de Mares Tenebrosos (aunque aviso, los otros dos no me dieron especialmente miedo). Os recomiendo Al otro lado de la montaña o La noche del océano, de Lovecraft, dentro de este impresionante libro.

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