El florecer de Mona Lisa

ElFlorecerDeMonaLisaSunny

Género :


Desde que era una niña huérfana, Mona Lisa supo que era distinta… Era una mestiza de los monère, los hijos de la Luna… y ahora es su nueva reina. Acompañada por un séquito formado por guerreros leales y familiares, Mona Lisa se introduce en el territorio de Luisiana. Poco a poco aprende las costumbres de la élite monère, eróticas y salvajes, y descubre que alguno de sus nuevos súbditos no se sienten cómodos siendo gobernados por alguien cuya pureza se ha mancillado con sangre humana. Nuevos y viejos enemigos amenazarán su reino, y se encontrará envuelta en medio de fuerzas oscuras que no podrá rechazar. En un mundo oculto, formado por pasiones animales y lujuria irrefrenable, Mona Lisa deberá aceptar el tremendo poder que debe dominar si quiere mantener su reino en pie…
La doctora Sunny Chan es una persona tranquila, correcta y formal. Su álter ego, Sunny, no lo es. Sunny es escritora…, escritora de novela romántica. Está bien, es escritora de novela romántica erótica. ¡Y le encanta!

ANTICIPO:

1

Volábamos en un avión privado a través de la oscuridad de la noche, hacia Nueva Orleans. Mi nuevo territorio. Vestía una túnica negra, larga y formal. No era mi estilo habitual, ni tampoco era de mi gusto. Al menos, esta me sentaba bien, no como la ropa usada de Mona Sera, que no se adaptaba a mi humilde busto. Mi madre tenía una consti­tución exuberante, pero yo no. No había heredado su aspecto físico, aunque quizás era bueno que no contara con más rasgos de ella. Mi madre no era muy buena persona.
Lo único que me parecía que había sacado de Mona Sera era el pelo negro, las mejillas elevadas y una mandíbula al mismo tiempo delicada y fuerte. Ah, claro, y la sangre monere que me corría, dominante, con fuerza y aplomo por las venas. Una cuarta parte de mí es humana; el resto es de otra especie, de otro mundo: es monere, los hijos de la luna, más fuertes y rápidos que los humanos. Y más poderosos. Somos la realidad en la que se basan las leyendas sobre los hombres lobo y los vampiros.
A mi lado estaba sentado Gryphon. Se había mostrado anormalmente silencioso. No nos estábamos tocando, pero de todos modos sentía su presencia, su poder, como una mano que presionase con delicadeza mi piel. Me giré para mirarlo, para observarlo; era una hermosa criatura, descendiente de gente de otro mundo que había huido de su planeta moribundo hacía cuatro millones de años. Su extrema hermosura, como siempre, fue como un golpe en el pecho que me arrancase el aliento. Pero ¿quién necesita respirar cuando puedes embriagarte de la riqueza de su belleza? Su pelo, negro como la medianoche, una cortina de sedosa oscuridad que caía sobre sus hombros. La pureza de alabastro de su piel. El asombroso color rojo de su boca en forma de arco. Aquella hermosura sobrenatural, aquellos labios, deberían haber pertenecido a un querubín. La prime­ra vez que había visto a Gryphon, me había cruzado la mente la idea de que se trataba de un ángel caído en la Tierra, expulsado del Paraíso. No me había alejado mucho de la realidad; su paraíso era la luna.
Una tristeza inquietante nadaba, como si gozase de vida, en sus ojos color cielo. Ojos tristes que habían contemplado demasiado, que habían hecho demasiado. Yo odiaba tener que mirar de nuevo en aquellas profundidades cristalinas. Al notar mi mirada amable, Gryphon se giró hacia mí y pude ver como aquella tristeza, que se me antojaba que formaba parte de él, se desvanecía, y como algo diferente brotaba de su interior y ocupaba su lugar. En sus ojos azules, en aquellos ojos azules, vi como mi sueño se hacía realidad. Pasión caliente, adoración dulce. Amor. Todo lo que había deseado durante toda mi vida y nunca había creído que conseguiría. Gryphon. Mis sueños hechos carne, un representante de otro mundo que había llegado a mí, solo, herido por la mano de su propia reina, moribundo. Salvarlo me había librado de la soledad y me había iniciado en la vida real.
Los recuerdos y la potencia de las emociones entre nosotros me embargaban, y me pregunté por qué no estábamos tocándonos. Deseaba arrullarlo, sentirlo, acariciar su dulce piel, para reafirmarme en que era real, que no era solo una visión que podía desvanecerse. Que no me abandonaría.
Un movimiento rompió aquel momento. Oh, claro. Por el pasillo se acercaba la razón por la que no tocaba a Gryphon. Amber, mi otro amante. Era tan alto como una montaña majestuosa, sólido, de huesos gruesos y músculos todavía más duros. Era tan robusto como un roble enorme, grandioso y tosco. Aquella rudeza, su corazón destrozado, su fuerza pura y sus emociones todavía más puras que normalmente escondía tras un frío muro de reserva, una fachada de control, la habitual en él, eran lo que lo hacía hermoso. Simular sus sentimientos se había convertido en un hábito necesario para la supervivencia al encontrarse bajo las crueles órdenes de Mona Sera, para que esta creyese que no sentía nada… hasta que me miraba, como hacía en aquellos momentos.
Tragué saliva al darme cuenta de lo que el rostro de Amber me revelaba completa, intensamente, lo que me permitía ver. En aquellos momentos, en él no había frialdad ni reserva. Sus ojos azul oscuro habían pasado a ser de un ardiente tono dorado, de un amarillo resplandeciente como si fuesen una joya acabada de pulir; eran del mismo color que su nombre. ámbar. Eran los ojos de una bestia. Cuando la pasión o la energía lo arrebataban, se calentaban y refulgían con aquel extraordinario color.
Lo miré acercarse a mí con aquellos ojos brillantes, fundidos, llenos de una mezcla indisoluble de anhelo y devoción, lo vi dividido entre la necesidad de huir corriendo o agarrarme con sus formidables brazos. Me había salvado, me había rescatado cuando estuve al borde de la muerte, me había protegido de los secuestradores renegados, y me había amado. Cuando volvimos de aquella terrible experiencia, el vínculo entre nosotros dos se había convertido en una cadena fuerte, fiel, y ahora amaba a Amber casi tanto como quería a Gryphon. Mis dos lores guerreros. Mis dos amantes. Todavía me costaba creer que no tendría que escoger entre ellos dos. Que podía mantenerlos a los dos y permitirles que me compartiesen, como ellos lo llamaban.
Amber se sentó en su asiento a mi lado; su cintura esbelta y sus caderas encajaban perfectamente. Incluso había espacio para la enor­me espada que colgaba de su cinto, pero tenía las espaldas tan anchas que nos llegábamos a tocar. Con aquel ínfimo contacto, un suspiro de alivio nos recorrió a todos. La tensión se suavizó, la presión decayó. Mi mano izquierda, con naturalidad, casi sin pensarlo, se levantó para posarse sobre la ancha y callosa mano de Amber, mientras la diestra jugueteaba con los dedos largos y esbeltos de Gryphon. Este la alzó, besó la palma y la apretó contra su corazón. Un gesto cortés tan natural y grácil como él mismo, que ponía en marcha un sentimiento extraño que cosquilleaba en mi interior. la felicidad. Y ser tan feliz, que todo fuese tan perfecto, me ponía nerviosa. ¿Por qué? Porque sabía que no duraría. Al menos, no para mí.
—El piloto me acaba de decir que aterrizaremos enseguida. —La voz de Amber era tan profunda, tan oscura, tan grave, que hacía que los escalofríos recorriesen mi columna—. Estás guapísima, Mona Lisa —añadió; mi nombre en sus labios sonaba como una caricia.
Sonreí. No cabía duda de que Amber se refería a mi largo pelo, que había dejado caer suelto, libre, y a mi túnica larga y formal, un torbellino de lazos negros sobre telas de seda negra. Era uno de los muchos vestidos que había comprado en Manhattan, no porque me gustasen… No, no por eso. A mí me apetecía llevar pantalones vaqueros, camisetas, zapatillas de deporte, y el pelo recogido en una coleta, y era lo que Amber y Gryphon ya se habían acostumbrado a ver. Pero los vestidos negros eran la indumentaria habitual de las reinas monere, y yo era una de ellas. Una reina monere. La más reciente.
Los hombres monere tenían el gusto un tanto primitivo en lo referente a sus muj eres: les gustaban los vestidos largos, el pelo suelto y la moral un poco más suelta, sobre todo en el caso de sus reinas. Si pudiesen, seguramente caminarían todo el día descalzas y estarían embarazadas siempre. Pero los monere no eran un pueblo fértil. Era muy difícil y extraño que sus mujeres se quedasen embarazadas. Yo me planteaba si aquello sería una condición natural para compensar su longevidad, ya que su esperanza de vida media era de trescientos años, o si era un rasgo que habían adquirido a causa de estar en aquel planeta extraño, su nuevo hogar. Y me pregunté si aquella condición también llegaría a afectarme a mí.
Me había puesto aquel vestido como una concesión, una de las muchas que seguramente tendría que hacer al adentrarme por primera vez en este territorio nuevo. Ya era lo bastante extraño que fuese la primera reina monere mestiza de la historia, por lo que no era necesario que, además, no vistiese el atuendo habitual de las reinas. al principio, al menos. Cuando ellos se hubiesen acostumbrado a mí, ya veríamos. Y con ellos me refería a mis súbditos, los monere locales. Pero no solo los de Nueva Orleans; esa ciudad era únicamente mi trono. Mi nueva provincia se extendía más allá del Barrio Francés, más allá de los pantanos y de sus aguas oscuras y espesas como chocolate. Sus tentáculos abarcaban todo el estado de Luisiana, e incluso un poco más allá.
Miré a la parte frontal del avión, donde seguía sentado el resto de mi pueblo, los que yo creía que eran mis otros súbditos hasta que Gryphon me corrigió. Mis ojos se relajaron cuando se posaron sobre el pelo liso y oscuro de Thaddeus, tan parecido al mío. Thaddeus, mi hermano de sangre.
Las cabelleras rojas de Jamie y Tersa refulgían como puntos de admiración rubí a ambos lados de Thaddeus; eran mi hermano y mi hermana de corazón. Los tres, como yo, eran mestizos; éramos pocos, extraños, nunca deseados. La madre de Jamie y Tersa, Rosemary, era una monere de sangre pura, y estaba sentada sola en la fila detrás de la de ellos. Era una cocinera con gran talento que había abandonado su envidiable posición en la Gran Corte para seguirme ciegamente al territorio que se me asignase. Había sido la única que había intercedido para salvar a su hija Tersa cuando un guerrero monere la estaba violando. Nadie más había interferido porque no es contrario a la ley monere violar, matar o hacerle cualquier cosa que te pida el cuerpo a un mestizo. A decir verdad, sus leyes habían sido redactadas contra los mestizos; nosotros no podíamos matar a los de sangre pura.
Pues sí, su ley era una mierda. Afortunadamente, la habían cam­biado cuando me convertí en una reina: yo era la excepción, la única mestiza a la que se permitía matar a un monere de sangre pura. Siempre que fuese en defensa propia, claro. Mis labios se curvaron en una sonrisa fría: cualquier asesinato que cometiese tendría que parecer defensa propia, fuese así o no, porque, y de eso no había ninguna duda, si los mataba, era porque merecían morir.
Rosemary me había seguido porque había creído firmemente que yo, al ser una mestiza, protegería a sus vástagos mestizos. Qué lista. Tenía razón; haría todo lo que estuviera en mis manos para mantenerlos a salvo. Al contemplarla se me hacía difícil creer que Rosemary, una cocinera voluminosa, de pelo negro, tan alta como una amazona, hubiese dado a luz a Jamie, que era alto y delgado como una caña, o a Tersa, de huesos tan ligeros y delicados como los de una paloma. Me hacía preguntarme, o no querer preguntarme, quién debía de ser su padre humano. Era evidente que era pelirrojo y de constitución delgada. Sacudí la cabeza para aclarar mi mente. No quería ni imaginar aquel encuentro tan extraño, tan poco compensado.
En la tercera fila estaban sentados Tomas y Aquila. Tenían los ojos de una suave tonalidad marrón, el pelo del color del trigo y un acento sureño que fluía tan cálido y espeso como la melaza. Tomas era tan recto, tan fiel y leal como la espada con que había jurado permanecer a mi servicio. Aquila, por otro lado, era un forajido. De hecho, era uno de mis secuestradores. Al observar a aquella persona tan precisa y segura, nunca lo habría imaginado; no superaba por mucho mi metro setenta y siete. Los pelos de su perilla puntiaguda eran lisos y estaban cuidadosamente recortados, a diferencia con su pelo castaño ondulado. Era mayor que yo, como Amber. Debía de tener alrededor de cien años. Era el único del grupo, sin contarme a mí, que sabía conducir, aunque lo hiciera de forma «pasada de moda, es que hace un medio siglo que no me pongo tras el volante». Los conocimientos de Aquila, y su mano para los negocios y el comercio nos eran de gran ayuda, aunque no nos sorprendía demasiado si teníamos en cuenta que era ordenado por naturaleza.
Tras ellos se sentaba Chami, el último y menos querido de mis guerreros. El más peligroso. Lo había aceptado en mis tropas porque si no Mona Teresa, una reina rival celosa y maliciosa, lo habría reclutado para ella. Lo había aceptado porque se había humillado y me había suplicado con aquellos ojos violetas suyos que no permi­tiese que Mona Teresa se quedase con él.
El pelo de Chami era castaño y rizado, como el de Aquila, pero tenía una constitución parecida a una tralla, delgada como la de un galgo. La presencia de su poder era como sentir un beso invisible en la piel, ligero, casi inexistente. hasta que aflojaba el escudo que lo rodeaba y te dejaba sentirlo en toda su fuerza, en toda su complejidad. Pero su verdadero don no era la capacidad de enmas­carar su energía, a pesar de que fuese un truco bastante útil. No, su verdadero don era la capacidad de enmascararse a sí mismo. No desaparecía realmente, claro, sino que se fundía con lo que le rodeaba, hasta hacerse invisible. Era un camaleón. Había sido un asesino, había matado en silencio, como una sombra cazadora, dotado de una naturaleza tan sombría y tan compleja como su don; no estaba totalmente convencida de su lealtad, aunque hasta entonces me había sido fiel, incluso cuando nos enfrentamos contra un demonio.
Eran mi familia. Mi círculo interno.
Sin saberlo, sin darme cuenta, nos habíamos sentado ordenados por la cantidad de energía que poseíamos. Los mestizos, tradicionalmen- te, y así se cumplía en casos como los de Jamie y Tersa, no eran mucho más poderosos que los humanos. Mi hermano Thaddeus y yo somos las excepciones, porque somos más monere que humanos. Nuestro padre había sido un mestizo, aunque no sabíamos quién era. Según nuestra madre, Mona Sera, ya estaba muerto, aunque yo me temía que nos hubiese mentido.
Thaddeus, además, también era una excepción en nuestra forma de habernos sentado, ya que había ocupado el asiento posterior a los nuestros para poder defender a los débiles. Con tiempo, si es que podíamos concederle un poco, Thaddeus podía llegar a demostrar que era el más poderoso de todos nosotros. No cabía ninguna duda de que era único, mucho más que yo, porque Thaddeus podía atrapar los rayos de luna, que prolongan la vida. Podía disfrutar de la luz del sol, algo que hasta entonces solo podían hacer las reinas. Mi hermano Thaddeus era la esperanza del futuro de los hombres. Lo veía en los ojos de todos cuando lo miraban. Aquila, Tomas, Chami; todos aquellos guerreros habían jurado servirme, pero su lealtad iba en primer lugar hacia mi hermano, fuese consciente o inconscientemente. Y me parecía bien. Yo también deseaba aquello. Prefería que lo mantuviesen a salvo. Yo podía cuidar de mí misma.

2

El avión privado aterrizó con un par de golpes sobre la pista del Lakefront de Luisiana, un pequeño aeropuerto local que habíamos escogido para evitar el mucho más transitado aeropuerto internacio­nal Armstrong, bautizado así en honor al amado hijo de Nueva Orleans, la leyenda del jazz Louis Armstrong.
Descendimos sobre el negro asfalto y respiramos por primera vez el aire del sur profundo. Era húmedo, mezclado con un intenso sabor a agua, al mismo tiempo salado y fresco. Tras este aroma, a lo lejos, en la distancia, se distinguía el olor a la tierra húmeda y fértil, a la promesa de bosques y campos, a gran cantidad de campos. El suave brillo de nuestra madre, la luna, caía sobre nosotros como una bendición; el aire nocturno era fresco y sorprendentemente confor­table. O tal vez no. Al fin y al cabo, era invierno. Faltaban unas semanas para Navidad y aún no había un solo copo de nieve en el suelo. Me parecía bien. Los monere no éramos muy aficionados a fabricar muñecos de nieve. O eso me parecía.
Se acercaron dos hombres para darnos la bienvenida, con sonrisas en los rostros; todos mis sentidos se centraron en ellos tarde, demasiado tarde para estudiar un territorio nuevo y desconocido. Comprobé sus latidos lentos en el mismo momento que sentí el cosquilleo de descubrir que eran mis semejantes. Eran monere. De sangre pura.
Se detuvieron, de la misma forma que nosotros nos detuvimos, paralizados, hasta que yo inconscientemente desencadené toda mi fuerza sobre aquellos desconocidos; envié una oleada de energía para barrer y comprobar la suya, una onda precisa e invisible que recorrió el aire como una flecha disparada por un arco bien tensado. Surgió una respuesta. Brotó de ellos. Y fui consciente del momento exacto en que nuestras dos fuerzas se juntaron, y lo saboreé. Sí, tenían poder. Pero no mucho.
Un sonido estrangulado brotó de uno de los hombres. Las sonrisas de bienvenida se habían desvanecido completamente, y sus ojos se abrían como platos, salvajes; los cuerpos temblaban de la tensión.
—Mona Lisa —murmuró Gryphon, cerca de mí, a mis espaldas. Me di cuenta de que todos ellos estaban colocados detrás de mí. Me había desplazado inconscientemente hacia delante, en un gesto pro­tector, para enfrentarme a aquella amenaza desconocida. Y mis hombres lo habían permitido. La pregunta era: ¿por qué?
Sentía la presencia relajada, calmada, de mis hombres detrás de mí. Y aquella calma estaba buscada deliberadamente. Mmm… Me di cuenta demasiado tarde de que quizás no se trataba de ninguna amenaza.
Vaya.
—Por favor, señora. —La voz de barítono de Amber me llegaba suavemente desde el otro lado, y recuperé con rapidez toda mi energía, toda mi fuerza, lo que fuese… Volvió volando hacia mí, como un pájaro al que hubiese llamado, me envolvió, se hundió en las profundidades desde donde yo la había convocado, y desapareció.
¿Veis? No ha pasado nada.
El hombre más pequeño, el que había emitido el sonido estrangulado, sacó un pañuelo (¿es que todavía hay gente que usa esos objetos?) y se enjugó el sudor de la cara, secando con cuidado su bigotito perfecta­mente recortado. No intentó disimular la otra cosa que había brotado con el sudor. El hombre alto que estaba a su lado se relajó, o al menos lo intentó. Entre sus piernas se había erigido un enorme bulto, y no era capaz de relajarlo. Ahora me daba cuenta de los motivos por los que sus músculos seguían tiritando: la contención.
Al recordar mi primer encuentro con Gryphon, enrojecí de pronto embargada por el terror al pensar: Dios mío, no quería hacer esto. Me había olvidado de la aphidy, la fuerza de atracción sexual innata que se formaba entre las monere y sus reinas. Era algo insertado dentro de nosotras que servía para ayudar a la perdura­bilidad de la especie.
Era evidente que yo no había deseado usar la aphidy, ni tampoco era consciente de que podía hacerlo. Dios, había tenido suerte de que aquellos dos hombres hubiesen decidido comportarse, que no hubie­sen saltado sobre mí, impulsados por la lujuria. Hubiese sido tan bochornoso. Ya me sentía bastante avergonzada con lo que había sucedido, era como haber enseñado la ropa interior en público. Se me puso roja la cara.
El hombre más alto, de un pelo brillante, del color de los rayos de sol, habló desde el punto en que se encontraba. No podía culparle por no acercarse más.
—Bienvenidos, reina Mona Lisa, lord guerrero Amber, lord gue­rrero Gryphon, miembros del séquito de mi señora. —Sus vocales eran blandas, sus consonantes suaves—. Soy Bernard Fruge, uno de los ancianos de aquí. Les doy la bienvenida en nombre de nuestra comunidad.
Dos representantes para recibirnos. Me agradaba aquello. No me hubiese gustado que hubiese mucho follón. Y al recordar a mi madre, al grupito que Mona Sera tenía en Nueva York, pensé que la comunidad a la que se refería Bernard no debería superar los veinte individuos. Más pronto o más tarde nos encontraríamos con ellos.
Carraspeé delicadamente, aclarándome la garganta, sin estar segu­ra del protocolo que debía seguir. No me equivocaría mucho si me comportaba de forma educada y cortés, ¿no? Todo aquello de ser reina no podía ser tan duro.
—Gracias, señor Fruge.
—Llámeme Bernard, por favor, madame.
¿Madame? ¿Aquello no era francés? Y me pregunté si un miembro monere de sangre pura podía ser francés.
El hombrecito que seguía al lado de Bernard dio un paso adelante, precavido. Echó los hombros hacia atrás, ya que se había encorvado involuntariamente, e hinchó el pecho como un gorrioncito.
—Permítame que yo también me presente. Soy Horace, el antiguo mayordomo de la zona. Permaneceré a su lado durante un tiempo, para ayudarla a habituarse a sus muchas pertenencias, antes de volver junto a mi reina, Mona Louisa.
Entrecerré los ojos ya que sentí que entre mis hombres, detrás de mí, se estaba creando un poco de tensión. No estaba del todo segura, pero me parecía que me había insultado al no dirigirse a mí por mi título. Aunque una cosa era evidente: era un hombre de Mona Louisa y, por lo tanto, era nuestro enemigo.
Le devolví el insulto a Horace al no contestarle.
—¿Es ese el protocolo habitual, Amber?
—Yo. um, no estoy del todo seguro, señora.
¡Huy! Había supuesto que Amber lo sabría, ya que era uno de los mayores. Tenía ciento siete años. Había supuesto mal.
—Sí, señora —vino a mi rescate Aquila—. Es una cortesía que habitualmente se ofrece a una reina cuando esta se instala en un nuevo territorio.
—Gracias, Aquila. —No me preocupé de agradecérselo a Horace.
Bernard rompió el hostil silencio.
—Si nos indica dónde se encuentra su equipaje, madame, nos pondremos en camino.
Durante los siguientes diez minutos todos los hombres estuvieron atareados cargando nuestras maletas y nuestras bolsas en los maleteros de los dos enormes todoterrenos; uno era verde oscuro, el otro de un blanco impoluto.
—Tomas, Aquila, Rosemary. Si queréis, acompañad a Horace —les indicó suavemente Gryphon. Yo aprobé en silencio aquella reparti­ción, ya que mantenía a nuestro lado a Thaddeus, a Jamie y a Tersa, los más jóvenes, los más vulnerables.
Tomas y Aquila entraron en el coche verde a regañadientes; Horace, el mayordomo, estaba tras el volante. Rosemary hizo una mueca de asco, como si algo oliese mal a su lado, y se sentó también en el asiento trasero, lo que dejó el asiento del copiloto vacío. Parecía ser que Horace les caía tan bien como a mí.
Amber, el más grande de todos nosotros, se sentó en el asiento del copiloto, más amplio, e hizo que el todoterreno blanco se hundiese un poco bajo su peso, mientras los otros nos repartíamos por las dos hileras traseras de asientos, sorprendentemente cómodos y espaciosos. Bernard, el conductor, que estaba muy cerca de Amber, se mostraba notablemente nervioso. Supuse que se debía más al tamaño y la presencia imponente de Amber que al hecho de que se tratase de un lord guerrero.
Un reflejo me llamó la atención e hizo que me concentrase en las manos que agarraban el volante. Bernard llevaba un sencillo anillo de oro en la mano izquierda, en el cuarto dedo. ¿Una alianza? ¿Los monere se casaban?
—Mola. Son Suburbans, ¿verdad? —preguntó Jamie con su juve­nil entusiasmo. A diferencia que a la mayoría de los monere, le gustaba hablar con palabras a la moda que sacaba de la televisión.
—Sí —confirmó Bernard, sonriendo a Jamie a través del retrovisor mientras nos sacaba del aeropuerto. Con solo aquella sonrisa logró gustarme. No todos los monere eran amables con los mestizos. Normalmente pensaban en ellos y reaccionaban ante ellos como si fuesen «engendros inferiores e inútiles», aunque no sería muy diplomático referirse a ellos de aquel modo ante una reina mestiza recién coronada. A menos que quisieran suicidarse, claro. Pero me gustó que sonriese.
—El presidente y los cargos más importantes del Gobierno siem­pre viajan en Suburban —explicó con entusiasmo Jamie.
—¿Qué presidente? —preguntó Bernard. Me había parecido tan humano, tan normal, hasta aquel momento, como todos al principio.
—El de los Estados Unidos —respondió mi hermano Thaddeus.
—¡Ah!
Ya veis, después de todo no era tan humano.

3

Cruzamos Nueva Orleans y nos dirigimos a. No podría llamarlos las afueras, realmente. Eran como puntos de civilización erigidos entre los bosques. Cuanto más nos alejábamos de la ciudad, más bonito era. Aquella exuberancia de hojas verdes, de troncos gruesos, de campos que se extendían al infinito. Veinticinco millas más adelante el olor y la sensación de agua se hizo mucho más presente en el aire. Cerca, el río Misisipi susurraba una amable bienvenida mientras nosotros torcíamos por una larga carretera privada. Al doblar una curva, Bernard me miró por el espejo retrovisor.
—Bienvenida a Belle Vista, su nuevo hogar.
Parecía que aquí, en Luisiana, no iba a ser un almacén medio en ruinas, decorado como si fuese una mansión, como en Nueva York. No, señor. Esto era una mansión con todas las de la ley. Sin disimulos. Sin pretensiones. Tenía tres pisos, y tantas columnas. A primera vista pude contar una docena. Un montón de columnas. Un montón de ventanas. Un montón de grandeza.
Un viejo roble, de gran altura y cubierto de musgo negro, colindaba por la izquierda con el edificio, dándole un efecto espectacular. A la derecha se vislumbraba un ala redonda, llena de pilares, en una grácil forma de semicírculo. Las balaustradas de hierro forjado brillaban, negras, en la oscuridad. Cuando me di cuenta de que tenía la boca abierta, la cerré grácilmente.
—Se construyó Belle Vista sobre unos cimientos que formaban un montículo de tres metros y medio sobre el suelo, lo que permitió que se mantuviese seco cuando el resto de edificios se inundaron. Es la casa de una plantación. La construyeron originalmente en 1857. —anunciaba orgulloso Bernard mientras el vehículo se detenía suavemente.
«Casa» no acababa de describir la inmensidad de aquella estructura.
Nos apeamos de ambos coches, arrebatados todos por la belleza pura, la grandeza atemporal de aquel magnífico edificio.
—Es tan hermoso —susurró Tersa, describiendo aquel sentimien­to en nombre de todos.
—Es neoclásico —proclamó Thaddeus, más técnico—, aunque también se observa una evidente influencia palladiana.
Horace resopló con sorpresa, lo que le dio todavía más aspecto de comadreja.
—Está en lo cierto, joven.
—Columnas estriadas —murmuró Thaddeus— y, Dios mío, fijaos en estos capiteles corintios. ¡Magníficos! Qué tamaño. Apuesto a que son artesanales.
Mi mano detuvo a Thaddeus, que había dado un paso acercándose a la casa.
—Espera —le ordené.
No había más coches; era lo primero que había echado de menos. Aunque era complicado comprender por qué lo echaba en falta. con los cientos de latidos de corazón. Latidos lentos, muy lentos. Mucho más lentos que los de un corazón humano.
—Hay gente dentro —dije con voz grave, pero parecía tensa ante Bernard y Horace.
Bernard bajó la cabeza, tranquilamente.
—Su pueblo, mi reina.
¿Mi pueblo? ¿Tantos? Se me humedecieron repentinamente las palmas de las manos.
Amber y Gryphon avanzaron hasta flanquearme, cada uno a un lado. Tomas y Aquila rodearon a Rosemary y los niños, aunque técnicamente ya no eran niños. Tersa era mayor que yo, pero yo seguía considerándolos como tales. Chami se colocó automáticamente en la retaguardia. Lo hicieron sin reflexionar.
—Han venido a darle la bienvenida, señora —dijo Bernard, abrien­do mucho los ojos. Me había llamado «señora», y no «madame». Había usado el apelativo estándar y formal de los monere. ¿con qué fin? ¿ Calmar a la salvaje bestia. quiero decir, reina? Estaba conven­cida de que mis ojos deberían parecer un tanto salvajes.
—Está bien. —No estaba segura de a quién quería tranquilizar, si a él o a mí misma—. Vayamos a conocerles. —Intenté sonreír. Bernard no parecía muy tranquilizado. Seguramente me había salido una mueca, pero no podía evitarlo. Deseaba tanto aquello como que me raspasen y taladrasen una muela cariada sin novo­caína.
Horace y Bernard ascendieron por la ancha escalinata de piedra y abrieron las puertas dobles de madera de roble; se movían lentamen­te, como si temiesen asustar a las bestias salvajes. Pero tienen algo de razón, pensaba yo mientras los seguía subiendo los escalones. Está­bamos muy asustados.
Mi voz interior seguía chillando: ¿Qué? ¿Estamos locos? ¿ Vamos a entrar los diez por propia voluntad en una mansión llena de centenares de monere de sangre pura? Tal vez eso era lo que implicaba ser una reina: estar loca. No veía motivo por el que una persona en su sano juicio entraría por su propio pie en una situación tan desfavorable.
El vestíbulo de entrada era ancho y espacioso, y llegaba hasta el techo. Genial. Una escalinata en espiral se alzaba majestuosa y nos rodeaba, invitándonos a subir hasta el segundo piso. Bajo nuestros pies brillaban inmaculadas unas losas de mármol blanco rosado, atravesado por vetas. ¿Nos habíamos limpiado los zapatos antes de entrar? No lo recordaba.
No hacía falta una de esas enormes lámparas de cristal colgantes para impresionar a la gente, pero también había una. Tan solo el tamaño del palacio, todo aquel espacio libre conseguía dejarte sin aliento. ¿Cómo podía haber tanto espacio en un solo lugar?
Fue como si el mayordomo me hubiese leído la mente.
—Cinco mil metros cuadrados. La mayoría de los muebles, de las pinturas, de los tapices y de las alfombras son originales importados de Europa —nos informó remilgadamente Horace, en voz baja, como si fuese un sacrilegio alzar demasiado el tono—. El mármol también, claro.
Claro.
Olfateé, no con desaprobación, sino porque había un penetrante aroma metálico en el aire.
—¿Eso es. oro?
—Empapelado con pan de oro de catorce quilates. —Horace señaló con un gesto las paredes.
¿Era eso cierto? Mi nariz lo confirmó.
Los seguí, a él y a Bernard, casi aturdida, mientras doblaban hacia la derecha y nos llevaban por un enorme pasillo hasta otro juego de puertas dobles, en este caso fabricadas con madera de cerezo. Horace las abrió con un gesto dramático.
—La Gran Sala Blanca —entonó.
Sí, era grande y blanca. Baldosas blancas. Y ribetes de mármol. Un océano de rostros blancos nos miraba.
Tragué saliva.
La energía colectiva de la sala me recorrió como si se tratase de dedos pegajosos e invisibles que me recorriesen la piel, casi masajeándola. Sentí como mi propia energía empezaba a reaccionar instintivamente y la detuve, casi ahogándola. No era ni el mejor momento ni el mejor lugar para permitir que mi aphidy se desplega­se. Si lo hacía, ni siquiera Amber y Gryphon podrían salvarme, no contra tantos enemigos. Dios, ¿cuánta gente había allí?
—Somos cuatrocientos veintitrés, señora —respondió Bernard. De nuevo aquel extraño truco. No me gustaba ni un pelo que tanto él como Horace supiesen lo que pensaba.
Mi corazón dio un vuelco cuando el mar de rostros descendió de pronto y se giró a la vez, fluyendo como la marea. Me di cuenta de que estaban haciendo una reverencia. Intenté tranquilizar mi corazón, que latía ruidosamente, pensando que se trataba de una cortesía habitual. Aunque ellos eran los que, de pronto, parecían asustados.
—Señora —oí que decía Bernard, en un extraño tono.
Me di la vuelta y me lo encontré mirando fascinado mis manos. A los dos puñales largos y afilados que sostenía. Los envainé de nuevo con calma, con naturalidad, sin parpadear, como si fuese algo cotidiano que las reinas convocasen sus puñales a sus manos; una de ellas era una hoja de plata que le había arrebatado a su antigua reina. Me pregunté si alguno de ellos la habría reconocido, mientras bajaba la cabeza, saludando a mi vez a toda aquella multitud.
Bernard carraspeó cuidadosamente.
—Si desea. eh… venir por aquí, reina Mona Lisa. —Me indicaba una silla enorme, adornada, colocada sobre un estrado. Era un trono—. Le presentaré a su gente. —Lo dijo como si fuese una pregunta, y pareció bastante aliviado cuando asentí y me senté tranquilamente en el trono. Amber se colocó a mi izquierda, Gryphon a mi derecha. Tras unos segundos de vacilación, los otros siete miembros de mi pequeño grupo los siguieron, y se quedaron a unos cuantos metros detrás de mí, manteniendo la formación de protec­ción. Vigilando nuestras espaldas.
Un pequeño grupo de bellezas rubias se acercó siguiendo las instrucciones de Bernard. Eran dos mujeres y un hombre. Presentó primero a las mujeres.
—Lady Margaret Fruge —anunció el mayordomo con voz alta, mientras una encantadora mujer de rasgos delicados, con el pelo recogido en un complicado moño, me hacía una grácil reverencia. Me sentía incómoda estando sentada allí mientras ella se inclinaba, con la cabeza tan cerca de mis pies. Lo que hizo a continuación motivó que me olvidara totalmente de la incomodidad y que pasara directamente a sentirme aterrorizada: se arrodilló. Margaret recogió el dobladillo de mi vestido y lo besó. Ahora sabía por qué las reinas vestíamos túnicas largas; para que los súbditos pudiesen besarlas. ¡Joder, por Dios!
Se quedó de rodillas.
Yo me había quedado sin palabras, por lo que la señalé con los dedos y le indiqué que podía levantarse. Insegura, ella miró hacia Bernard, que asintió. Se puso en pie, pero se quedó con la cabeza inclinada ante mí. Mis ojos descendieron hasta sus manos y observé que ella también llevaba una alianza de oro en la mano izquierda.
—Tu nueva reina, Mona Lisa —anunció Horace.
Dubitativa, como si no supiera con exactitud qué hacer a continua­ción ahora que yo le había desbaratado el procedimiento habitual, Margaret hizo una nueva reverencia.
—Mi reina.
—¿Eres familia de Bernard? —inquirí.
Sorprendida, alzó la mirada, asintió con la cabeza y miró de nuevo hacia el suelo.
—Soy su esposa, señora.
—Ha sido un placer conocerte, lady Margaret. —Hice un gesto a mi derecha, ya que era evidente que Horace no tenía intención de presentar a ninguno de los míos—. Este es el lord guerrero Gryphon. —Desplacé la mano a la izquierda—. Y el lord guerrero Amber.
—Mis señores. —Otra reverencia mientras mantenía los ojos clavados en el suelo. Me pregunté si no le dolería la espalda de tanto inclinarse.
Margaret dio unos pasos atrás y otra mujer avanzó para inclinarse. Tenía el pelo claro, rubio, como un campo de trigo blanqueado por el sol, largo y suelto. Sus rasgos eran idénticos a los de Margaret, aunque un poco más marcados, más valientes; tenía la nariz más elevada, la boca más llena. En el segundo durante el que me miró fijamente, me di cuenta de que los ojos tenían una tonalidad gris inusual.
—Lady Francine Fruge —fue el seco anuncio de Horace.
Empezó a arrodillarse.
—Una reverencia es suficiente —indiqué con firmeza.
Ella se quedó de pie.
—Reina Mona Lisa. —El seco rostro de Horace me observaba con desaprobación, mientras continuaba con las presentaciones casi a regañadientes—. Los lores guerreros Gryphon y Amber.
Una segunda reverencia de Francine.
—Mi reina. Mis señores. —Me fijé que sus ojos grises se detenían levemente sobre Gryphon, lo que levantó en mí sentimientos encon­trados. Sobre todo irritación.
—¿También formas parte de la familia de Bernard? —pregunté. Suponía que se trataba de la hermana de Margaret, pero nunca se podía estar segura con una monere. Todas parecían jóvenes. Podía tener entre veinte y doscientos años, ya que pensaba que a partir de esa edad el pelo les empezaba a encanecer; podía ser desde su bisabuela a su bisnieta.
—Su hija, reina.
¿ Lo veis ?
Mis ojos se clavaron en ella con interés. Nunca antes había visto una familia monere completa, una unidad completa formada por el padre, la madre, la hija. una niña preciosa.
El siguiente en avanzar fue un hombre. Su porte era grácil y confiado, con algún rasgo de arrogancia. Seguramente aquello provenía de su aspecto. Era guapo, como los otros, y tenía una espesa mata de pelo del color del sol; era tan sobrecogedoramente bello como uno de los antiguos dioses griegos: alto y ligeramente mus­culado, con unos ojos verdes encantadores. Pero era una belleza simple, una perfección superficial. Algo que se podía admirar desde la distancia, como un retrato en una moneda o una estatua de frío mármol. La belleza de Gryphon era de otro mundo, como la de un ángel caído, sin parangón, con una sensualidad asfixiante que te hacía desear tocarle, acariciarle, absorber su esencia en tu cuerpo y dejarte rodear por su dulzura.
—Dontaine Fruge. —Había algo distinto en la forma en que Horace lo presentó que proclamaba que era especial.
Mis ojos se redujeron a rendijas mientras lo sentía, mientras comprobaba el silencioso latido de su energía. Era fuerte, mucho más que Bernard. Así pues, tal vez su confianza no proviniese solo de su aspecto; Horace seguía con su cháchara.
Dontaine se inclinó ligeramente.
—Mi reina. —Arrodillado, depositó un beso sobre el dorso de mi mano. Otros hombres me la habían besado al presentármelos, así que no podía protestar, aunque lo deseaba. Dontaine lo había hecho de una forma distinta. Sus labios habían acariciado mi piel con un calor consciente, provocativo, que había hecho que el verdor de sus ojos se convirtiese en un jade oscuro y ardiente. Además, no solo me había tocado con su carne; no, también lo había hecho con su energía, con una pequeña parte de ella. Era una energía distinta a la que había sentido hasta entonces. Era un rasgueo eléctrico que me recorría como pequeños relámpagos aturdidores sobre mi piel. Por un segun­do me pareció placentero, pero contenían la oscura promesa del dolor si seguían adelante.
Aparté la mano y él se retiró.
—¿Otro Fruge? —inquirí fríamente.
—Margaret es mi madre.
Era curioso cómo lo había dicho.
—¿Y Bernard?
—Es el segundo marido de mi madre.
—Tu padrastro, pues.
—Así es, mi reina.
Así que Margaret había traído al mundo a dos hijos de sangre pura. Una chica preciosa y un guerrero poderoso. Era una familia valiosa, y sin duda la antigua reina, Mona Louisa, que tenía el pelo tan rubio como el de ellos, les había favorecido. Ahora intuía que era evidente que Dontaine había sido uno de sus favoritos. ¿Por qué los había dejado Mona Louisa allí, para mí?
Dontaine giró la cabeza a mi izquierda, mirando tras de mí, e inclinó la cabeza con respeto.
—Lord guerrero Amber. —Y cuando pasó la mirada a mi derecha, se produjo cierto reconocimiento, una sutil diferencia en aquellos ojos de gato verdes—. Lord guerrero Gryphon, un placer volver a verle.
—Dontaine —respondió Gryphon, con voz anodina; no me hizo falta mirarle para saber que su cuerpo y su rostro serían tan inescrutables como su tono.
Se conocían. Se me enarcó una ceja mientras reflexionaba sobre ello. Dontaine no había acompañado a Mona Louisa a la Gran Corte. Entonces me acordé: Mona Louisa había traído a Gryphon aquí, a su hogar, cuando él había ofrecido su cuerpo a cambio de mi protección. ¿Había mostrado a Gryphon ante su pueblo como si fuese su nueva mascota? ¿Un nuevo juguete con el que entretenerse hasta que muriese por el envenenamiento de plata? ¿Le había colocado un collar de joyas alrededor de la garganta y le sujetaba la correa con las manos, mientras lo mostraba ante toda la Gran Corte? La respuesta «sí» me vino a la cabeza con certidumbre.
Oh, cielo. No me extraña que parecieses tan triste.

4

El resto de presentaciones se sucedieron tan rápidas como un torrente de agua, y llenaron mi mente con una impresión general de todo aquel grupo que se desvanecía si intentaba quedarme con detalles como, por ejemplo, los nombres individuales. Era un gentío brillante, ataviado con sus mejores ropas para conocer y saludar a su nueva reina; las mujeres barrían el suelo con sus vestidos largos, como bellezas de antes de la guerra civil, mientras que los hombres relucían con sus trajes formales. Encajaban tan bien en aquel enorme salón que podían haber sido una extensión del atrezo natural de la sala, ya que la moda databa de hacía más de dos décadas, o incluso de hacía un siglo: las cinturas de los hombres estaban acentuadas por fajines; las camisas blancas, bien planchadas, estaban rematadas con pajaritas, corbatines e incluso pañuelos de cuello. En general, había muchos más hombres que mujeres, como parecía ser habitual entre los monere. Había al menos veinte mujeres allí, el número total sobre el que yo creía que gobernaría. Si tenía en cuenta la cantidad de mujeres, aquellas mujeres preciosas y escasas, aquel debía de haber sido considerado un territorio bastante próspero, incluso aunque todavía estuviese recuperándose de los estragos del huracán Katrina.
Cuando se hubo completado la ceremonia, se sirvieron algunos refrescos y se esperaba de nosotros que nos mezclásemos con ellos. Yo nunca he sido muy buena en eso. Agarré a Gryphon y me escabullí con él hasta una terraza; cerré las puertas acristaladas tras nosotros. El aire frío de la noche nos dio la bienvenida con un abrazo ventoso, una brisa que jugueteaba con nuestro pelo, por nuestros rostros, que nos besaba la piel con una gracia refrescante.
—Gryphon, ¿te encuentras bien? —Mi pregunta era como la misma noche: suave, natural, un susurro. Le acaricié la cara y Gryphon alzó su mano para cubrir la mía, como si él quisiese que nos quedásemos así para siempre. Le dio la vuelta y depositó un suave beso en el hueco de mi palma.
—Estoy bien —respondió quedamente.
—Ya habías estado aquí. —Sí.
—Habías conocido a esta gente.
—A algunos.
—¿Te. ? —Vacilé—. ¿Te. ?
La brisa hacía que las hojas susurrasen, que algunos de los gigan­tescos árboles se balanceasen en la distancia.
—¿Tengo que matar a alguien? —le pregunté bruscamente.
Gryphon rió, pero era un sonido tan triste que te hacía desear llorar en lugar de sonreír.
—No, mi corazón. —Me llamaba de ese modo, pero era al revés. Gryphon era mi corazón, el motivo por el que yo estaba allí—. A nadie. Mona Louisa era egoísta. Deseaba el don de poder caminar bajo el sol para ella, antes que para los otros. No compartí el lecho de aquí con nadie más, solo con ella.
Ahora Gryphon era capaz de aventurarse sin daños bajo la luz del día, una habilidad escasa entre los monere, seres de sangre fría. No había muchas cosas que pudiesen matar a los monere, y el sol era una de ellas. Si los colocabas bajo los cálidos rayos del astro rey los freías literalmen­te. Si estaban una hora bajo ellos, cogían el color de una langosta y jadeaban; si estaban cuatro horas, quedaban cubiertos de llagas y ampo­llas burbujeantes, y la piel se les despegaba. Y si ningún sanador los ayudaba, morirían. Eso era lo que mi amantísima madre, Mona Sera, le había hecho a Amber. Un recuerdo me recorrió como un escalofrío al visualizar de nuevo el aspecto de Amber cuando había sucedido aquello.
Yo le había transmitido mi habilidad para aguantar la luz del sol a Gryphon cuando lo tomé como amante. Para los monere, el sexo era mucho más que la realización de la lujuria, era también una forma de adquirir nuevos poderes y habilidades. Este era otro de los motivos para su habitual promiscuidad. Mona Louisa había intentado absor­ber aquella habilidad al acostarse con Gryphon. Me preguntaba si lo habría logrado, si el calor del sol ya no era más que un suave beso sobre su piel. Esperaba que no. Esperaba que cuando diese un paso baj o la luz del día, su piel se quemase hasta convertirse en una patata frita enrojecida y llena de cicatrices.
Gryphon soltó mi mano y se apartó de mi lado, haciendo que me sintiese ligeramente abandonada y fría. Su voz era un sonido yermo, grave que resonaba en la noche.
—Cuando me recuperaste, incluso sabiendo que había estado en el lecho de Mona Louisa, me aceptaste, me deseaste, aunque yo no podía creerlo. Era un milagro que esperaba con todo mi corazón. Pero sabía que no duraría mucho. —Sus ojos azules se cerraron lenta­mente; sus grandes pestañas proyectaban unas sombras delicadas sobre sus mejillas—. Hay cosas sobre mí, sobre mi pasado, que siempre habría mantenido alejadas de ti si hubiese sido capaz. Pero no siempre puedes dejar atrás tu pasado, aunque tengas alas —continuó con una ligera sonrisa. En su otra forma, Gryphon era un halcón.
Su sonrisa se desvaneció.
—Hay gente ahí dentro que me conoce. Que conocen mi pasado. Encontrarán una forma de susurrártelo al oído, y he decidido que no deseo esperar agónicamente a que suceda, atormentado en silencio. Te lo contaré yo mismo y acabaré con todo esto.
Una tenue luz brotaba de la sala, y me permitía observar aquellos hermosos ojos, que sostenían el peso de unas sombras profundas. Su voz cayó hasta convertirse en tan solo un débil susurro, poco más que un sonido murmurado.
—En otros lugares, en otras cortes, con otras reinas, he hecho cosas con mujeres. con hombres. He hecho cosas que ni siquiera puedes imaginar. He hecho cosas y he permitido que me las hagan. —Su voz tembló con el dolor del recuerdo, con la vergüenza del recuerdo.
Me acerqué y le besé el tembloroso labio, para detenerle, para arrebatarle el dolor.
—Chss, no pasa nada —murmuré, acariciando su sedosa cabellera negra—. Todo ha quedado atrás.
Gryphon tenía solo setenta y cinco años. Era considerablemente joven, sobre todo para haber conseguido ya tanto poder. Pero incluso entre los encantadores monere, donde los más sencillos todavía conservábamos la mirada humana, era excepcionalmente bello. Lo habían acogido muchas reinas en sus camas. hasta que se había hecho demasiado poderoso para ellas.
Sabía que Gryphon había pertenecido a una casta cuyos integrantes eran considerados hombres y mujeres de consuelo. Mona Sera lo había prostituido con los humanos, a cambio de contratos de negocios o de concesiones monetarias, siempre que había sido preciso. Francamente, no podía imaginar nada peor que ser prostituido con los humanos. Los monere no sentían ningún placer al acostarse con humanos; yo había tenido dos parejas humanas con las que me había acostado antes de conocer mi ascendencia monere y en lugar de placer había sentido dolor. Había pensado que era frígida. Como siempre, había sido el peliagudo asunto de irse a la cama con hombres no adecuados. o, en mi caso, con la especie no adecuada. Encontrar a Gryphon había sido como tropezarse con un tesoro inesperado cuando ya había abandonado toda esperanza.
—Te quiero —le dije con una furia suave— y siempre te querré. Siempre te desearé. Nada de lo que digas, de lo que hagas. nada de lo que nadie pueda decir podrá cambiarlo.
Inseguras, las manos de Gryphon descansaron suavemente sobre mi espalda.
—¿De verdad? —Su frente descendió para tocar la mía, como si le pesase demasiado la cabeza para sostenerla. Su rígido cuerpo se relajó al tocar el mío, y su pesada respiración se convirtió en pequeños resoplidos suaves sobre mis labios.
—¡Oh, Gryphon!, eres mi compañero. —Se lo repetiría una y otra vez hasta que me creyese. Vaya pareja tan triste formábamos: los dos esperábamos que el otro nos abandonase—. Eres mi corazón, y te amaré hasta el fin de los tiempos.
Sus brazos me acercaron a él y hundió la cara en mi pelo, susurran­do mi nombre. Deseé que todo aquel gentío se fuese. Deseé que estuviésemos solos, que nos pudiésemos tocar, que nos pudiésemos tranquilizar mutuamente con nuestro contacto, que nos pudiése­mos besar. No deseaba besos castos, sino besos calientes, húmedos, con las lenguas uniéndose, enroscándose mientras nosotros también nos fundíamos, nos uníamos en un solo ser.
Un vocerío desde el interior rompió bruscamente nuestra soledad robada. Nos separamos, mirándonos; yo me quedé observándolo hasta que Gryphon recuperó la compostura en su cara, como si se estuviese colocando una máscara.
—Parece que nos necesitan dentro —dijo.
Asentí. Abrió la puerta y volvimos a la estancia.
Lo mejor fue que no tuvimos que abrirnos paso a empellones hasta llegar a lo que estaba sucediendo en el centro de la enorme sala. La gente se apartaba de nosotros, se separaba como si fuese el mar Rojo, y después volvía a juntarse una vez nosotros ya habíamos cruzado entre ellos.
El hermoso y rubio Dontaine se enfrentaba a Amber. El aire crepitaba a causa de la energía y la tensión que había entre los dos hombres. Chami, Aquila y el resto de nuestro pequeño grupo se mantenían, solidarios, tras Amber. No nos habíamos sabido mezclar muy bien con ellos.
—¿Qué está sucediendo aquí? —inquirí, deteniéndome ante los dos hombres.
—Dontaine me ha retado —respondió Amber. Su voz grave y furiosa llenó la habitación.
—¿Te ha retado? —repetí yo—. ¿Por qué?
—Por ti —contestó quedamente Gryphon—. O mejor dicho, por el derecho a ti.
—¿Qué? —No estaba segura de haberlo escuchado correctamente.
—He retado al lord guerrero Amber a un combate de fuerza —explicó Dontaine, mirándome fijamente a la cara—, por el favor de la reina.
—¿Cómo esperas ganar mi favor enfrentándote a uno de mis hombres? —pregunté con tranquilidad y cautela.
—Yo también soy uno de sus hombres, señora —respondió Dontaine.
De acuerdo. Me había expresado mal.
—Los retos son la forma tradicional de los guerreros para compro­bar su fuerza y están permitidos, están aceptados por la regla —me explicó Gryphon—. Es una de las formas con que un macho fuerte puede alzarse por encima de otro.
—¿Como una pelea de gallos? —pregunté, alzando una ceja.
—Similar, sí. —Gryphon inclinó la cabeza.
—¿Y qué consigue el ganador?
—El ganador asume el rango del oponente vencido, si este es superior al suyo.
—No me digas que puedes conseguir el título de lord guerrero de esta forma. —Era más que solo un título y el precioso collar que llevaban. Eso era solo la forma externa de mostrar el poder que se escondía debajo.
—No, señora, estás en lo cierto. Los hombres no pueden convertir­se en lores guerreros de ese modo. Si Dontaine vence a Amber, tan solo estaría demostrando que es el macho dominante. —Gryphon vaciló, y yo ya había aprendido que no era una buena señal que lo hiciese—. Al menos, el ganador. Normalmente, quien vence a un campeón de la reina es acogido en su cama.
—¿Es obligatorio? —pregunté llanamente. Si lo era, las cosas cambiarían con bastante rapidez.
—No, es lo que las reinas acostumbran a hacer.
Idiotas. No había ninguna duda de que a aquellas mujeres les excitaba la sangre y la violencia entre machitos.
—Dontaine no está siguiendo las reglas —intervino Tomas, con un tono agresivo. Su voz también resonaba con acento sureño, pero era distinto al del resto de gente de allí—. Tiene que empezar por el más bajo jerárquicamente, y lograr ascender; no al revés.
Dontaine miró fríamente a Tomas.
—Estaré encantado de hacerlo. ¿Empiezo contigo?
Tomas se erizó al oír el insulto.
En realidad, no teníamos un orden jerárquico marcado, y yo odiaría tener que establecer uno. Pero sí, Amber estaba casi arriba del todo.
—No es necesario —intercedió Amber—. Si eres lo bastante idiota para retarme, me complacerá aceptarlo.

compra en casa del libro Compra en Amazon El florecer de Mona Lisa
Interplanetaria

1 Opinión

Escribe un comentario

  • Sunny
    on

    ;D- Hola, si alguien tiene esta nov. en buen estado, q se ponga en contacto conmigo en micerise@yahoo.es – Gracias, Carmen R. 😉

Leave a Comment

 

↑ RETOUR EN HAUT ↑