El gato negro

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En 1843, cuando Poe sufría intensamente los estragos del alcohol y una cada vez más intensa carestía financiera, obtuvo una cierta fama y popularidad entre los lectores al ganar un concurso literario del Dollar Newspaper con el El escarabajo de oro, obra con la que retomaba los «relatos de razonamiento» y que se constituye en uno de los precedentes de la historia de detectives. Ese mismo año también publicó El gato negro una de sus obras más famosas y que da título al volumen, en la que da una vuelta de tuerca definitiva sobre el tema de «el demonio de la perversidad», la bestialidad irracional inherente al ser humano. El volumen también incluye La caja oblonga en el que retoma la obsesión por la amada difunta que llevará al protagonista a la consumación definitiva de ese amor. Completan el libro El timo y Los anteojos.

ANTICIPO:
No espero que crean el relato, sumamente extraño, y sin embargo de lo más doméstico, que voy a poner por escrito. Loco tendría que estar para esperarlo, puesto que mis propios sentidos rechazan la evidencia. Pero no estoy loco, y estoy seguro de no estar soñando. Sin embargo, mañana he de morir y quisiera hoy descargar mi alma. Mi propósito primero es exponer al mundo, en forma llana, sucinta y sin comentarios, una serie de sucesos que acaecieron en mi hogar. Las consecuencias de tales sucesos roe han aterrorizado, atormentado y destruido. No trataré de contarlos aún. Si para mí han resultado terroríficos, para la mayoría serán más grotescos que terribles. En el futuro puede que algún intelecto encuentre una explicación para lo que me atormenta; algún intelecto más calmado, lógico y menos excitable que el mío, y que pueda encontrar, en las circunstancias que detallo atemorizado, tan solo una sucesión de causas y efectos de lo más naturales.

Destaqué durante mi infancia por la docilidad y sociabilidad de carácter. Mi ternura era tan notable que me convirtió en objeto de burla por parte de mis compañeros. Me gustaban mucho los anímales y mis padres me regalaron gran cantidad de mascotas. Pasaba la mayor parte del tiempo con ellas y nada me hacía más feliz que alimentarlas y cuidar de ellas. Esa faceta de mi carácter creció conmigo y, al hacerme adulto, se convirtió en mi principal fuente de placer. Aquellos que han llegado a apreciar a un perro devoto y espabilado, no necesito explicarles la naturaleza o la intensidad de la gratificación que produce. Hay algo en el amor desprendido y sacrificado de una bestia que toca de lleno en el corazón de aquel que ha tenido ocasión frecuente de ver lo mísera que es la amistad y lo volátil que es la fidelidad del ser humano.

Me casé joven y me sentí feliz al descubrir en mi esposa una disposición no distinta a la mía. En vista de lo mucho que me gustaban las mascotas, no perdía oportunidad de conseguirme especimenes de las clases más agradables. Teníamos pájaros, peces dorados, un buen perro, conejos, un monito y un gato.

Este último era un animal sumamente grande y hermoso, por completo negro, y sagaz hasta extremos asombrosos. Al hablar de su inteligencia, mí esposa, que en el fondo era de lo más supersticiosa, hacía alusiones frecuentes a la antigua tradición popular, que consideraba a los gatos negros como brujas disfrazadas. No es que lo creyese a pies juntillas, y yo lo menciono tan solo porque, en vista de lo ocurrido, ahora acaba de acudir a mi memoria.

Plutón, que tal era el nombre del gato, era mi mascota favorita y mi mejor compañero de juegos. Yo lo alimentaba y él me seguía por toda la casa. Incluso me resultaba difícil impedir que me siguiera por las calles.

Una amistad que se desarrolló, de esta forma, durante varios años, en los que mi carácter y temperamento —por culpa del demonio de la incontinencia— había sufrido (he de confesarlo) un cambio radical para peor. Me tomé, de día en día, más taciturno e irritable y menos atento a los sentimientos ajenos. Solía utilizar un lenguaje soez con mi esposa. Al final, incluso la agredí físicamente. Mis mascotas, por supuesto, notaron mi cambio de disposición. No solo las descuidé, sino que las maltraté. Con Plutón, empero, me contuve a la hora de causarle daño alguno, pero no tuve reparo alguno en golpear a conejos, al mono, e incluso al perro cuando, por accidente, o incluso por demostrarme su afecto, se ponían en mi camino. Pero mi dolencia me ganaba — ¿qué dolencia hay que se pueda equiparar al Alcohol?—, y al final, incluso Plutón, que iba volviéndose viejo, y por tanto algo huraño, comenzó a sufrir los efectos de mi mal carácter.

Una noche, al volver a casa, de lo más intoxicado, tras uno de mis vagabundeos por la ciudad, imaginé que el gato rehuía mi presencia. Lo cogí y él, espantado por mi violencia, me infligió una pequeña herida en la mano con los dientes. La furia de un demonio me poseyó al instante. Yo ya no era el mismo. Mi alma original parecía haber abandonado mi cuerpo y una malevolencia diabólica, empapada en ginebra, se expandió por cada fibra de mi cuerpo. Saqué del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí, agarré a la pobre bestia por la garganta ¡y le salté deliberadamente un ojo! Me sonrojo, me quemo, me estremezco al poner por escrito una atrocidad tan despreciable.

Cuando recobré la razón a la mañana siguiente, una vez disipados los vapores de la borrachera nocturna, experimenté un sentimiento por el crimen cometido que era mitad horror, mitad remordimiento; pero era, en el mejor de los casos, un sentimiento débil y equívoco, y el alma permanecía intacta. Me sumí de nuevo en tos excesos, y pronto ahogué en vino todo recuerdo de la fechoría.

Entre tanto, el gato se recuperó con lentitud. La cuenca vacía presentaba, en verdad, una apariencia espantosa, pero no pareció sufrir mucho dolor. Paseaba por la casa como de costumbre pero, como es de esperar, huía aterrorizado en cuanto me acercaba. Me quedaba bastante de mi vieja forma de ser como para sentirme agraviado por ese disgusto evidente por parte de una criatura que en otro momento me amaba.

Pero ese sentimiento pronto dio paso a la irritación. Y al final llegó, como final e irrevocable degradación, el espíritu de la PERVERSIDAD. La filosofía no repara en este espíritu. Pero lo mismo que creo que tengo un alma, creo que la perversidad es uno de los impulsos más primitivos del alma humana; una de las facultades primarias indivisibles, o sentimientos, que dan su impronta al hombre. ¿Quién no se ha descubierto, cientos de veces, cometiendo acciones viles o estúpidas, sin otra razón que saber que no deben hacerse? ¿Acaso no tenemos una perpetua inclinación, estando en nuestros cabales, a violar eso que es la Ley, tan solo por ser lo que es? El espíritu de la perversidad, como digo, me trajo la última degradación. Era esa insondable tendencia del alma a vejarse a sí misma, a atacar a su propia naturaleza, me urgía a continuar, y por último a consumar el daño que la había causado a aquella bestia inocente. Una mañana, a sangre fría, lo ahorqué de la rama de un árbol; lo ahorqué con las lágrimas saltándome de los ojos, y un amargo remordimiento en el corazón; lo ahorqué porque sabía que me había amado y porque sabia que no me había dado ninguna ofensa; le ahorqué porque sabía que estaba cometiendo un pecado, un pecado mortal que pondría en peligro mortal mi alma para colocarla, si algo así fuese posible, más allá incluso de la infinita misericordia del Dios.

La noche del día en que cometí tal fechoría cruel, me sacó del sueño el rugido del fuego. Las cortinas de mi cama se habían incendiado. La casa entera ardía. Con grandes dificultades, mi esposa, un criado y yo mismo conseguimos huir del desastre. La destrucción fue completa. Toda mi fortuna material desapareció y en adelante me hundí en la desesperación.

No voy a caer en la debilidad de establecer una relación causa efecto entre el desastre y la atrocidad. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quisiera olvidarme de ningún eslabón. Al día siguiente al incendio, fui a visitar las ruinas. Los muros se habían derrumbado, con una única excepción. Tal excepción era un muro de separación no muy grueso que se alzaba en mitad de la casa y contra el que se alzaba el cabecero de mi cama. El revocado había resistido allí en gran medida los efectos del fuego, algo que atribuí al hecho de que se había dado hacía poco. Había congregada una multitud junto a ese muro y muchas personas parecían enfrascadas en examinar una porción en concreto del mismo, con una atención extrema y ansiosa. Las palabras « ¡extraño!, y ¡singular!» y otras expresiones similares despertaron mi curiosidad Me aproximé y vi, como grabado en bajorrelieve sobre la superficie blanca, la figura de un gato gigantesco. La impresión que trasmitía era de un realismo verdaderamente maravilloso Había una cuerda en tomo al cuello del animal.

Al contemplar por vez primera esta aparición —porque apenas puedo considerarlo otra cosa— sentí un asombro y un terror extremos. Pero, al cabo, la reflexión vino en mi ayuda. Había colgado al gato, recordé, en un jardín adyacente a la casa. Tras darse la alarma de incendio, ese jardín había sido de inmediato invadido por una multitud, y alguien debía haber cortado la cuerda de la que el animal colgaba del árbol y lo había lanzado por la ventana abierta a mi habitación Eso tenia que haber sido lo que me había arrancado de mi sueno. La caída de otros muros había aplastado a la victima de mi crueldad contra la sustancia del yeso recién aplicado; la cal del mismo, junto con las llamas y la ammonia del cadáver, habían reaccionado para confeccionar esta figura.

Aunque eso ya había satisfecho mi razón, no pasaba lo mismo con mi conciencia, ya que aquel suceso estremecedor, recién detallado, no pudo por menos que dejar una profunda impresión en mi imaginación. No pude librarme durante meses del fantasma del gato y, durante este periodo, volvió a mi espíritu un medio sentimiento que parecía, sin serlo, de remordimiento. Llegué tan lejos como a lamentar la pérdida del animal, y solía buscar a mí alrededor, por los viles tugurios que solía frecuentar, otra mascota de la misma especie, o algo de similar apariencia, que pudiera ocupar su lugar.

Una noche, mientras estaba sentado, medio idiotizado, en un antro más que infame, mi atención se vio de repente atraída por un objeto negro que reposaba en lo alto de uno de los inmensos toneles de ginebra, o ron, que constituían el principal mobiliario del local. Había estado mirando directamente encima de esa barrica durante varios minutos, y lo que me sorprendía era el hecho de que no me hubiera apercibido de la presencia ese objeto antes. Me aproximé y lo toqué con la mano. Era un gato negro, uno muy grande, tan grande como Plutón, y parecido en todo a él excepto en una cosa. Plutón no tema un pelo blanco en ninguna parte del cuerpo, pero este gato tenía una mancha blanca, grande pero indefinida, que le cubría casi toda la región del pecho.

Al tocarlo, se levantó de inmediato, ronroneó con fuerza, se froto contra mi mano y pareció encantado de mi presencia. Así que era esa la criatura a la que había estado buscando. Me ofrecí de inmediato a comprárselo al tabernero, pero aquel hombre manifestó que no era suyo, que no sabía nada de él, ni lo había visto antes.

Continué acariciándolo y, cuando me disponía a marcharme a casa, el animal mostró propensión a acompañarme. Se lo permití y a veces me detenía y lo palmeaba mientras caminaba. Cuando llegué a casa se adaptó a la misma al instante, y se convirtió en un gran favorito de mi mujer.

En lo que a mí respecta, no tardé en sentir que nacía en mí el disgusto. Fue justo lo contrario de lo que esperaba, pero —no sé cómo ni por qué— su obvia querencia por mi me disgustaba y fastidiaba. Poco a poco, esos sentimientos de disgusto y fastidio crecieron hasta alcanzar la amargura del odio. Rehuía a la criatura porque un cierto sentido de culpa y el recuerdo de mi primera fechoría cruel me impedían atacarlo. No lo golpeé durante algunas semanas, ni le causé ningún daño violento; pero gradualmente —muy gradualmente— comencé a mirarlo con odio indescriptible y a huir silenciosamente de su odiosa presencia, como si fuera el aliento de la peste

Algo que ayudó a mi odio hacia el animal fue sin duda el descubrimiento, hecho a la mañana siguiente de llevarlo a casa, que, como a Plutón, le habían saltado un ojo. Tal circunstancia empero, no hizo sino aumentar el cariño de mi esposa, que, como ya he dicho, poseía en grado sumo esa humanidad en los sentimientos que otrora fuese rasgo distintivo mío, y la fuente de muchos de mis más simples y puros placeres.

Pese a la aversión por ese gato, su querencia hacia mí pareció aumentar, empero. Seguía mis pasos con una persistencia que sería difícil de comprender para el lector. Allá donde me sentase, se acurrucaba bajo mi silla o saltaba sobre mis piernas, para cubrirme de caricias espantosas. Si me levantaba para pasear, se colaba por entre mis pies, al punto de hacerme casi caer, o clavaba sus uñas largas y afiladas en mi traje, para trepar a su manera hasta mi pecho. En esas ocasiones, aunque deseaba aplastarlo de un golpe, me contenía de hacerlo, en parte por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo —tengo que confesarlo de una vez— porque la bestia me tenía aterrorizado.

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Interplanetaria

2 Opiniones

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  • Hur
    on

    Valdemar está publicando la antología definitiva de Lovecraft. ¿Sabéis si ocurre algo parecido con Poe, en esa u otra editorial?

  • Wamba
    on

    Si sabeis catalán, hay una edición espectacular en dos volumenes de los cuentos completos, en un cofre, tapa dura… bueno, vamos, una edición de la hostia. Y la están saldando: antes, 50 euros; ahora, 9 euros. Yo la he comprado, claro. Lástima que no lleva la poesía.

    Y si sabeis ingles, hay una edición en rústica de Random House: The complete narrative and poetry. Pero la edición no es ninguna maravilla, sóolo tiene eso, que es completa de verdad.

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