El gran dios Pan y otros relatos de terror

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Arthur Machen (1863-1947), al igual que su contemporáneo Lord Dunsany, fue un obstinado soñador que creó una de las obras más líricas y exquisitas que ha dado hasta la fecha el denominado género de terror. Tutor, traductor, corrector de pruebas, catalogador de libros raros, actor de teatro y sobre todo periodista. Machen trasladó al papel sus arrebatados y melancólicos sueños con esa rara intensidad y soledad propias de la poesía, tratando de desvelar los enigmas que se ocultan más allá de la existencia y fuera del tiempo y logrando que la belleza y el horror suenen en sus relatos al unísono. A diferencia de Le Fanu o M.R. James, Machen, inspirado por su origen celta, no escribió sobre fantasmas sino más bien sobre fuerzas elementales, maleficios que sobreviven o poderes malignos invocados por el folklore y los cuentos de hadas, como la malévola “gente pequeña”, esa enigmática y horrible raza pre-céltica, negra y achaparrada, forzada a vivir en las entrañas de la tierra, donde todavía practica sus infames ritos sacrificiales. El presente volumen recoge cuatro extensos relatos (El gran dios Pan, La luz interior, La novela del Sello Negro y La novela del polvo blanco) que tanto influyeron en el maestro del horror sobrenatural, H.P. Lovecraft.

ANTICIPO:
Singular narración contada por mi amigo el doctor Phillips. Me asegura que los hechos aquí relatados son estricta y enteramente ciertos, pero se niega a darme los apellidos de las personas involucradas, o el lugar en donde ocurrieron estos extraordinarios sucesos.

El señor Clarke empezó a leer por décima vez, cotejando de vez en cuando las notas a lápiz que había tomado mientras se lo contaba su amigo. Le encantaba enorgullecerse de cierta habilidad literaria; apreciaba mucho su propio estilo y se esmeraba por conferir dramatismo a todo cuanto escribía. Leyó la siguiente historia:

Las personas a que atañe esta declaración son Helen v., que, si aun vive, debe de ser ahora una mujer de unos veintitrés años, Rachel M., ya fallecida, un año más joven que la anterior, y Trevor w., un débil mental de dieciocho años. Esas personas habitaban, en la época a que se refiere la historia, en un pueblo de los confines de Gales, lugar de cierta importancia en tiempos de la dominación romana, pero hoy en día reducido a un caserío desperdigado de no más de quinientas almas. Está situado en terreno elevado, a unas seis millas del mar, protegido por un extenso y pintoresco bosque.

Hace unos once años, Helen V. llegó al pueblo en circunstancias un tanto peculiares. Se supone que, siendo huérfana, fue adoptada en su infancia por un pariente lejano, el cual la crió en su propia casa hasta que cumplió doce años. Pensando, no obstante, que sería preferible que la niña tuviera compañeros de juegos de su misma edad, el pariente puso un anuncio en varios periódicos locales buscando un hogar en alguna confortable granja para una chica de doce años. El anuncio fue contestado por un tal señor R., acaudalado granjero del mencionado pueblo. Como sus referencias resultaron satisfactorias, el caballero envió a su hija adoptiva a casa del señor R., con una carta en la que estipulaba que la chica debería tener una habitación para ella sola y determinaba que sus tutores no necesitaban preocuparse por su educación, ya que estaba suficientemente educada para la posición social que debía ocupar. En realidad, al señor R. se le daba a entender que debería permitir que la chica buscara sus propias ocupaciones y pasara el tiempo como le apeteciese.

A su debido tiempo, el señor R. fue a recibida a la estación más próxima, a unas siete millas de distancia de su casa, y no pareció observar nada raro en la niña, excepto que se mostraba reservada en todo lo referente a su vida anterior y a su padre adoptivo. La chica se distinguía, sin embargo, de los habitantes del pueblo por su tez aceitunada, sus facciones muy marcadas y su aspecto en cierto modo extranjero. Pareció acomodarse fácilmente a la vida en la granja y llegó a ser muy popular entre los niños, los cuales iban a veces con ella al bosque, pues esa era su distracción favorita. El señor R. afirma que solía marcharse sola inmediatamente después de desayunar y que no regresaba hasta el anochecer, por lo que, preocupado de que una chica tan joven pasara sola tantas horas, se lo comunicó a su padre adoptivo, el cual contestó en una breve nota que Helen podía hacer cuanto se le antojase. En invierno, cuando los senderos del bosque eran intransitables, pasaba la mayor parte del tiempo en su dormitorio, donde dormía sola, de acuerdo con las instrucciones de su pariente. Fue en una de esas expediciones al bosque, poco más o menos un año después de su llegada al pueblo, cuando ocurrió el primero de los singulares incidentes relacionados con esta chica.

El invierno anterior había sido extremadamente riguroso. La nieve se amontonó hasta una gran altura y durante un periodo de tiempo sin precedente continuaron las heladas. El verano siguiente fue igualmente notable por su extremado calor. Uno de los días más calurosos de ese estío, Helen V. salió de la granja para dar uno de sus largos paseos por el bosque, llevándose, como de costumbre, un poco de pan y carne para el almuerzo. Unos campesinos la vieron dirigirse hacia la antigua Vía Romana, verde calzada que atraviesa la parte más elevada del bosque, y se quedaron asombrados al observar que la chica se había quitado el sombrero aunque el calor del sol era ya casi tropical. Mientras esto sucedía, un labriego llamado Joseph W. se encontraba trabajando en el bosque cerca de la Vía Romana y, a las doce en punto, su hijo pequeño Trevor le llevó su almuerzo, consistente en pan y queso. Después de comer, el niño, que por aquel entonces tendría unos siete años, dejó a su padre trabajando y, según dijo, se fue a coger flores al bosque. El hombre, que le oía gritar entusiasmado por sus hallazgos, no sentía preocupación alguna. Sin embargo, de pronto quedó horrorizado de pronto al oír unos espantosos chillidos, causados manifiestamente por un terror intenso, y, arrojando apresuradamente sus aperos, corrió a ver lo que sucedía. Guiándose por los gritos, encontró al pequeño corriendo precipitadamente, presa de un pavor evidente. Al preguntarle, el hombre acabó por enterarse de que, después de coger un ramillete de flores, el niño se sintió cansado, se tumbó en la hierba y se quedó dormido. De repente le despertó, según declaró, un sonido peculiar, una especie de cántico que le llamaba, y atisbando por entre las ramas, vio a Helen V. jugando en la hierba con un «extraño hombre desnudo», al cual parecía incapaz de describir más exactamente. Dijo que se sintió espantosamente asustado y que huyó llamando a gritos a su padre. Joseph W. siguió la dirección indicada por su hijo y encontró a Helen v., sentada en la hierba en medio de un claro o espacio abierto dejado por los carboneros. La riñó airadamente por haber asustado a su hijo pequeño, pero ella negó la acusación en su totalidad y se rió de la historia infantil del «hombre extraño», a la cual el mismo padre tampoco daba mucho crédito. Joseph w. llegó a la conclusión de que su hijo se había despertado repentinamente asustado, como a veces les ocurre a los niños. Pero Trevor se aferró a su historia y continuó tan asustado que por fin su padre se lo llevó a casa, esperando que su madre fuera capaz de apaciguarle. Sin embargo, durante varias semanas el niño inquietó bastante a sus padres; siempre estaba nervioso y su comportamiento se volvió extraño, negándose a salir solo de casa y alarmando constantemente a su familia al despertarse por las noches con gritos de «¡El hombre del bosque! ¡Padre! ¡Padre!»

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5 Opiniones

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  • QUATERMAIN
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    ¡Qué pedazo de libro! Contiene algunos de los relatos más perturbadores que he leído en mi vida (el que da título al libro, "La novela del polvo blanco"…). Con la calidad de edición de Valdemar y a ese precio, quien no lo tenga ya no debe dejarlo pasar.

  • Iscariot
    on

    Yo tengo el de la gótica y me temo que te faltarán algunos relatos, Quatermain. Lo ideal sería que Valdemar reeditase esas joyas que encierra su colección de tapa dura. Una opción interesante sería un tamaño intermedio para las viejas glorias de la gótica, pero con la presentación y acabado de sus hermanas mayores. Ya le he dado la tabarra a Ravenous y a Melmoth con este asunto. Mis plegarias serán escuchadas algún día…

  • QUATERMAIN
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    No, si yo también tengo el de Gótica. Pensaba que la edición en El club Diógenes incluía el mismo material…

  • tonibrasil
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    Es que estrictamente no son el mismo libro, el de Gótica se llama "El Gran Dios Pan y otros relatos de terror sobrenatural" y el de Club Diogenes "El Gran Dios Pan y otros relatos de terror". Poco pero suficiente para explicar que no tengan los mismos relatos, seguramente han puesto los mejores.

  • Tamez
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    Entonces la versión del Club Diogenes ¿tiene otras historias, diferentes a las de la edición de Gótica? ¿O simplemente faltan historias de la edición Gótica?

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